Etiqueta: Walter Kaufmann

  • 4.20. EL SIGNO

    En la mañana, después de esta noche, saltó Zaratustra de su lecho, se ciñó los lomos y salió de su cueva, radiante y fuerte, como un sol de la mañana que surge de oscuras montañas.

    “¡Tú, gran astro —dijo, como antaño había dicho—, tú, profundo ojo de felicidad! ¿Qué sería toda tu felicidad, si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas? Y si permanecieran en sus cámaras mientras tú ya estás despierto y vienes y regalas y repartes: ¡cómo se encolerizaría entonces tu orgullosa vergüenza!”

    “¡Bien! Aún duermen estos hombres superiores, mientras yo estoy despierto: ¡no son mis verdaderos compañeros! No a ellos aguardo yo aquí en mis montañas. A mi tarea quiero ir, a mi día: pero ellos no entienden qué son los signos de mi mañana; mi paso no es para ellos un llamado a despertar. Aún duermen en mi cueva, su sueño rumia aún mis medianoches. El oído que escucha hacia mí —el oído obediente— falta en sus miembros.”

    —Esto había dicho Zaratustra a su corazón, cuando el sol salió: entonces miró inquisitivamente hacia lo alto, pues oyó sobre sí el agudo grito de su águila. “¡Bien! —gritó hacia arriba—, así me agrada y me corresponde. Mis animales están despiertos, porque yo estoy despierto. Mi águila está despierta y honra, como yo, al sol. Con garras de águila busca la nueva luz. Vosotros sois mis verdaderos animales; yo os amo. ¡Pero aún me faltan mis verdaderos hombres!”—

    Así habló Zaratustra; pero entonces sucedió que de pronto se sintió como rodeado por un enjambre y el aleteo de innumerables pájaros; y el batir de tantas alas y el apiñamiento en torno a su cabeza eran tan grandes, que cerró los ojos. Y en verdad, como una nube cayó sobre él, como una nube de flechas que se descarga sobre un nuevo enemigo. Pero, ¡mira!, aquí era una nube de amor, y sobre un nuevo amigo.

    “¿Qué me sucede?”, pensó Zaratustra en su asombrado corazón, y se dejó caer lentamente sobre la gran piedra que yacía junto a la salida de su cueva. Pero mientras tanteaba con las manos a su alrededor y por encima y por debajo de sí, y apartaba a los tiernos pájaros, mira, le sucedió algo aún más extraño: pues metió la mano inadvertidamente en una espesa y cálida maraña de pelo; al mismo tiempo resonó ante él un rugido —un suave y prolongado rugido de león.

    “El signo llega”, dijo Zaratustra, y su corazón se transformó. Y en verdad, cuando se hizo claro ante él, yacía a sus pies una amarilla y poderosa bestia, que apoyaba la cabeza en sus rodillas y no quería apartarse de él por amor, y hacía como un perro que encuentra de nuevo a su antiguo amo. Pero las palomas no eran menos fervorosas en su amor que el león; y cada vez que una paloma rozaba fugazmente la nariz del león, este sacudía la cabeza y se maravillaba y reía.

    Ante todo ello, Zaratustra no dijo más que una palabra: “mis niños están cerca, mis niños” —y luego quedó completamente mudo. Su corazón se le desató, y de sus ojos caían lágrimas que descendían sobre sus manos. Y no atendía ya a nada más, sino que permanecía allí sentado, inmóvil y sin defenderse de los animales. Entonces las palomas volaban de un lado a otro y se posaban sobre su hombro, acariciaban su blanco cabello y no se cansaban de ternura y júbilo. El fuerte león, por su parte, lamía siempre las lágrimas que caían sobre las manos de Zaratustra, y rugía y gruñía tímidamente al hacerlo. Así se comportaban estos animales. —

    Todo esto duró mucho tiempo o poco tiempo: pues, hablando con propiedad, para tales cosas no hay tiempo en la tierra. Entretanto, los hombres superiores en la cueva de Zaratustra habían despertado y se dispusieron en comitiva para salir al encuentro de Zaratustra y ofrecerle el saludo de la mañana: pues habían advertido, al despertar, que ya no estaba entre ellos. Pero cuando llegaron a la puerta de la cueva y el ruido de sus pasos corría delante de ellos, el león se detuvo bruscamente, se apartó de pronto de Zaratustra y, rugiendo salvajemente, se lanzó contra la cueva; los hombres superiores, al oírle rugir, gritaron todos como con una sola voz, huyeron hacia atrás y en un instante desaparecieron.

    Zaratustra mismo, aturdido y como extraño a sí mismo, se levantó de su asiento, miró a su alrededor, quedó en pie asombrado, interrogó a su corazón, se recogió y quedó solo. “¿Qué oí?”, dijo por fin lentamente, “¿qué me ha sucedido?” Y ya le vino el recuerdo, y comprendió de una sola mirada todo lo que había ocurrido entre ayer y hoy. “Aquí está, en efecto, la piedra —dijo, y se pasó la mano por la barba—, sobre ella me senté ayer por la mañana; y aquí se me acercó el adivino, y aquí oí por primera vez el grito que acabo de oír, el gran grito de angustia.

    “¡Oh vosotros, hombres superiores, de vuestra angustia fue, en efecto, que aquel viejo adivino me profetizó ayer por la mañana —; a vuestra angustia quiso seducirme y tentarme: ‘¡oh Zaratustra —me dijo—, vengo para seducirte hacia tu último pecado!’”

    “¿A mi último pecado?”, gritó Zaratustra y rió colérico ante sus propias palabras; “¿qué me quedaba aún reservado como mi último pecado?”

    —Y de nuevo Zaratustra se hundió en sí mismo y volvió a sentarse sobre la gran piedra y caviló. De pronto se levantó de un salto—: “¡Compasión! ¡La compasión con el hombre superior!”, gritó, y su rostro se volvió de bronce. “¡Bien! ¡Eso —tuvo su tiempo! ¡Mi sufrimiento y mi compasión —qué importa eso! ¿Aspiro yo acaso a la felicidad? ¡Yo aspiro a mi tarea!”

    “¡Bien! El león ha venido, mis niños están cerca, Zaratustra está maduro, mi hora ha llegado: — ¡este es mi mañana, mi día comienza: arriba ahora, arriba, tú, gran mediodía!” — — Así habló Zaratustra y abandonó su cueva, radiante y fuerte, como un sol matinal que surge de oscuras montañas.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.19. LA CANCIÓN DEL SONÁMBULO

    Entretanto, uno tras otro habían salido afuera, al aire libre y a la fría, pensativa noche; y el propio Zaratustra llevaba al hombre más feo de la mano, para mostrarle su mundo nocturno, la gran luna redonda y las plateadas cascadas junto a su cueva. Al fin se quedaron allí de pie, unos junto a otros, todos gente vieja, pero con el corazón consolado y valeroso, y maravillados en su interior de hallarse tan a gusto sobre la tierra; y el sigilo de la noche se les iba acercando más y más al corazón. Y de nuevo pensó Zaratustra para sí: «¡Oh, cuánto me gustan ahora estos hombres superiores!» — pero no lo dijo en voz alta, pues respetaba su felicidad y su silencio.

    Pero entonces ocurrió aquello que, en aquel asombroso y largo día, fue lo más asombroso: el hombre más feo comenzó una vez más, y por última vez, a gorgotear y resollar; y cuando al fin lo hubo llevado hasta las palabras, he aquí que de su boca saltó una pregunta redonda y limpia, una buena, profunda, clara pregunta, que a todos los que la escucharon les conmovió el corazón en el pecho.

    «Amigos míos todos —dijo el hombre más feo—, ¿qué os parece? Por causa de este día, por vez primera estoy satisfecho de haber vivido la vida entera. Y dar testimonio de tanto no me basta todavía. Vale la pena vivir sobre la tierra: un día, una fiesta con Zaratustra, me enseñó a amar la tierra.»

    «¿Era eso — la vida?», quiero decirle a la muerte. «¡Bien! ¡Otra vez!»

    «Amigos míos, ¿qué os parece? ¿No queréis decirle también vosotros, como yo, a la muerte: “¿Era eso — la vida? ¡Por amor a Zaratustra, bien! ¡Otra vez!”» — —

    Así habló el hombre más feo; pero no faltaba ya mucho para la medianoche. ¿Y qué creéis, pues, que aconteció entonces? Tan pronto como los hombres superiores oyeron su pregunta, cobraron de pronto conciencia de su transformación y de su convalecencia, y de quién se la había dado; entonces se lanzaron hacia Zaratustra, dándole las gracias, venerándolo, acariciándolo, besándole las manos, según la índole propia de cada uno: de modo que unos reían y otros lloraban. Pero el viejo adivino danzaba de placer; y aunque también, según creen algunos narradores, por entonces estaba lleno de dulce vino, estaba sin duda más lleno todavía de la dulce vida, y había renunciado a todo cansancio. Hay incluso quienes cuentan que entonces danzó el asno: pues no en vano le había dado antes de beber vino el hombre más feo. Esto pudo haber sido así o de otra manera; y si en verdad aquella tarde el asno no danzó, ocurrieron, sin embargo, entonces prodigios más grandes y más extraños que el baile de un asno. En suma, como reza el proverbio de Zaratustra: «¡qué importa!»

    Pero Zaratustra, cuando esto ocurrió con el hombre más feo, quedó allí de pie como ebrio: su mirada se apagó, su lengua balbució, sus pies vacilaron. ¿Y quién podría adivinar qué pensamientos corrían entonces sobre el alma de Zaratustra? Pero, al parecer, su espíritu se retiró hacia atrás y huyó hacia adelante, y estaba en remotas lejanías y, por así decirlo, «sobre altos lomos, entre dos mares, vagando como una pesada nube entre pasado y futuro», como está escrito. Poco a poco, sin embargo, mientras los hombres superiores lo sostenían en sus brazos, volvió un poco en sí y apartó con las manos el apretamiento de los reverentes y preocupados; sin embargo, no habló. Pero de pronto volvió rápidamente la cabeza, pues parecía oír algo: entonces se llevó el dedo a la boca y dijo: «¡Venid!»

    Y al punto se hizo en torno silencio y sigilo; pero desde lo hondo ascendía lentamente el sonido de una campana. Zaratustra escuchó hacia él, igual que los hombres superiores; pero luego se llevó por segunda vez el dedo a la boca y dijo de nuevo: «¡Venid! ¡Venid! ¡Se acerca la medianoche!» — y su voz se había transformado. Pero aún no se movía del lugar: entonces todo se hizo todavía más silencioso y más sigiloso, y todo escuchaba, también el asno, y los animales de honor de Zaratustra, el águila y la serpiente, y asimismo la cueva de Zaratustra, y la gran luna fría, y la noche misma. Zaratustra, sin embargo, se llevó por tercera vez la mano a la boca y dijo: «¡Venid! ¡Venid! ¡Venid! ¡Caminemos ahora! ¡Es la hora: caminemos en la noche!»

    «Vosotros, hombres superiores, se acerca la medianoche: quiero deciros algo al oído, como esa vieja campana me lo dice al oído a mí — — tan sigilosa, tan terrible, tan cordialmente como me habla esa campana de medianoche, que ha vivido más que un hombre: — la que ya contó los latidos de dolor del corazón de vuestros padres — ¡ay! ¡ay! cómo suspira, cómo ríe en sueños, la vieja, honda, honda medianoche!»

    «¡Silencio! ¡Silencio! Ahora se oye algo que de día no debe hacerse oír; ahora, en el aire frío, cuando también todo el clamor de vuestros corazones se ha aquietado — — ahora habla, ahora se deja oír, ahora se desliza en las almas nocturnas, más que despiertas: ¡ay! ¡ay! cómo suspira, cómo ríe en sueños — — ¿no lo oyes, cómo te habla, sigilosa, terrible, cordialmente, la vieja, honda, honda medianoche? ¡Oh hombre, presta atención!»

    «¡Ay de mí! ¿Adónde se ha ido el tiempo? ¿No me he hundido en hondos pozos? El mundo duerme — ¡ay! ¡ay! El perro aúlla, la luna brilla. Prefiero morir, morir, a deciros lo que ahora piensa mi corazón de medianoche.»

    «Ahora ya he muerto. Todo pasó. Araña, ¿qué tejes en torno a mí? ¿Quieres sangre? ¡ay! ¡ay! El rocío cae, la hora llega — — la hora en que tirito y me hielo, la que pregunta y pregunta y pregunta: “¿quién tiene corazón bastante para ello? — ¿quién ha de ser señor de la tierra? ¿Quién quiere decir: así debéis correr, vosotros, ríos grandes y pequeños?” — la hora se acerca: ¡oh hombre, tú, hombre superior, presta atención! Este discurso es para oídos finos, para tus oídos: ¿qué dice la honda medianoche?»

    «Me arrastra — mi alma danza. ¡Tarea del día! ¡Tarea del día! ¿Quién ha de ser señor de la tierra?»

    «La luna está fría, el viento calla. ¡Ay! ¡Ay! ¿Habéis volado ya lo bastante alto? Vosotros danzasteis: pero una pierna no es, sin embargo, un ala. Vosotros, buenos danzantes, ahora todo gozo ha terminado, el vino se ha vuelto hez, cada copa se ha vuelto frágil, las tumbas tartamudean. No habéis volado lo bastante alto: ahora tartamudean las tumbas: “¡Redimid a los muertos! ¿Por qué es tan larga la noche? ¿No nos embriaga la luna?”»

    «¡Vosotros, hombres superiores, redimid las tumbas, despertad a los cadáveres! ¡Ay! ¿Qué excava aún el gusano? Se acerca, se acerca la hora — — zumba la campana, cruje aún el corazón, excava aún el gusano de la madera, el gusano del corazón. ¡Ay! ¡Ay! El mundo es hondo!»

    «¡Dulce lira! ¡Dulce lira! Amo tu sonido, tu ebrio sonido de sapo — ¡cuán lejos, cuán remoto me llega tu sonido, desde lejos, desde los estanques del amor! Tú, vieja campana, tú, dulce lira: cada dolor te desgarró el corazón, dolor de padre, dolor de padres, dolor de antepasados; tu palabra se volvió madura — — madura como dorado otoño y tarde, como mi corazón de ermitaño: ahora hablas; el mundo mismo se ha vuelto maduro, la uva se torna parda — — ahora quiere morir, morir de felicidad. Vosotros, hombres superiores, ¿no lo oléis? Brota sigiloso un olor — — un olor de eternidad — un olor, bienaventurado como de rosas, de pardo vino dorado, de antigua felicidad, — de ebria felicidad de morir a medianoche, que canta: el mundo es hondo, y más hondo de lo que el día ha pensado.»

    «¡Déjame! ¡Déjame! Soy demasiado puro para ti. ¡No me toques! ¿No se ha vuelto mi mundo, ahora mismo, perfecto? Mi piel es demasiado pura para tus manos. ¡Déjame, tú, estúpido, torpe, obtuso día! ¿No es la medianoche más clara? Los más puros han de ser señores de la tierra, los más desconocidos, los más fuertes, las almas de medianoche, que son más claras y más hondas que cualquier día.»

    «¡Oh día, vas a tientas tras de mí? ¿Tanteas mi felicidad? ¿Soy para ti rico, solitario, un pozo de tesoro, una cámara de oro? ¡Oh mundo, tú me quieres? ¿Soy para ti mundano? ¿Soy para ti espiritual? ¿Soy para ti divino? Pero día y mundo, sois demasiado toscos — — tened manos más hábiles, buscad una felicidad más honda, una desdicha más honda, buscad algún dios, no me busquéis a mí: — mi desdicha, mi felicidad es honda, tú, extraño día; pero no soy ningún dios, ningún infierno de dios: hondo es su dolor.»

    «El dolor de dios es más hondo, tú, extraño mundo. ¡Busca el dolor de dios, no a mí! ¿Qué soy yo? Una ebria, dulce lira — — una lira de medianoche, un sapo-campana al que nadie entiende, pero que debe hablar ante sordos, vosotros, hombres superiores; pues vosotros no me entendéis.»

    «¡Allá! ¡Allá! ¡Oh juventud! ¡Oh mediodía! ¡Oh tarde! Ahora llegaron el ocaso, la noche y la medianoche — el perro aúlla, el viento — — ¿no es el viento un perro? Gime, ladra, aúlla. ¡Ay! ¡Ay! cómo suspira, cómo ríe, cómo resolla y jadea la medianoche!»

    «¡Cómo habla ahora sobriamente, esta ebria poetisa! ¿Bebió más allá de su ebriedad? ¿Se volvió más que despierta? ¿Rumia? — — su dolor lo rumia en sueños, la vieja, honda, honda medianoche, y más aún su gozo. Pues el gozo, si ya el dolor es hondo: el gozo es más hondo aún que el dolor del corazón.»

    «¡Tú, vid! ¿Qué me alabas? ¡Yo te corté! Soy cruel, tú sangras — ¿qué quiere tu alabanza de mi ebria crueldad?»

    «“Todo lo que se volvió perfecto, todo lo maduro — quiere morir”, así hablas tú. ¡Bendito, bendito sea el cuchillo del vendimiador! Pero todo lo inmaduro quiere vivir: ¡ay!»

    «El dolor dice: “¡Pasa! ¡Fuera, dolor!” Pero todo lo que sufre quiere vivir, para volverse maduro y alegre y anhelante — — anhelante de lo más lejano, de lo más alto, de lo más claro. “Quiero herederos — así habla todo lo que sufre —, quiero hijos, no me quiero a mí mismo” —»

    «Pero el gozo no quiere herederos, no quiere hijos — el gozo se quiere a sí mismo, quiere eternidad, quiere retorno, quiere todo-igual-a-sí-mismo eternamente.»

    «El dolor dice: “¡Rómpete, sangra, corazón! ¡Camina, pierna! ¡Vuela, ala! ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Dolor!” — ¡Ea! ¡Arriba! ¡Oh, mi viejo corazón! El dolor dice: “¡Pasa!”»

    «Vosotros, hombres superiores, ¿qué os parece? ¿Soy un adivino? ¿Un soñador? ¿Un ebrio? ¿Un intérprete de sueños? ¿Una campana de medianoche? ¿Una gota de rocío? ¿Un vapor y un aroma de la eternidad? ¿No lo oís? ¿No lo oléis? Ahora mismo se ha vuelto mi mundo perfecto, medianoche es también mediodía — el dolor es también un gozo, la maldición es también una bendición, la noche es también un sol — ¡id, o aprenderéis: un sabio es también un necio!»

    «¿Dijisteis alguna vez sí a un solo gozo? Oh, amigos míos, entonces dijisteis sí también a todo dolor. Todas las cosas están encadenadas, entrelazadas, enamoradas — — si quisisteis alguna vez una cosa dos veces, si dijisteis alguna vez: “¡me gustas, felicidad! ¡rápido! ¡instante!”, entonces lo quisisteis todo de vuelta. — todo de nuevo, todo eterno, todo encadenado, entrelazado, enamorado — ¡oh, entonces amasteis el mundo! — vosotros, eternos, lo amáis eternamente y en todo tiempo; y también al dolor le decís: “¡pasa, pero vuelve!” Pues todo gozo quiere — eternidad.»

    «Todo gozo quiere la eternidad de todas las cosas, quiere miel, quiere hez, quiere ebria medianoche, quiere tumbas, quiere consuelo de lágrimas de tumbas, quiere dorado arrebol vespertino —»

    «— ¿qué no quiere el gozo? Es más sediento, más cordial, más hambriento, más terrible, más sigiloso que todo dolor; se quiere a sí mismo, muerde en sí mismo, la voluntad del anillo pugna en él — — quiere amor, quiere odio, es sobreabundante, regala, arroja, mendiga que alguien lo tome, da gracias al que toma, querría ser odiado — — tan rico es el gozo que tiene sed de dolor, de infierno, de odio, de ignominia, de lo deforme, de mundo — pues este mundo, ¡oh, vosotros lo conocéis ya!»

    «Vosotros, hombres superiores, a vosotros os anhela el gozo, el incontenible, bienaventurado — a vuestro dolor, vosotros malogrados! Lo malogrado anhela todo gozo eterno. Pues todo gozo se quiere a sí mismo — por eso quiere también dolor del corazón. ¡Oh felicidad, oh dolor! ¡Oh, rómpete, corazón! Vosotros, hombres superiores, aprendedlo: el gozo quiere eternidad — — el gozo quiere la eternidad de todas las cosas, quiere honda, honda eternidad!»

    «¿Habéis aprendido ahora mi canción? ¿Adivinasteis lo que quiere? ¡Ea! ¡Arriba! Vosotros, hombres superiores, cantadme ahora mi canto circular. Cantadme ahora vosotros mismos la canción cuyo nombre es “¡Otra vez!”, cuyo sentido es “¡por toda la eternidad!”, cantad, vosotros, hombres superiores, el canto circular de Zaratustra. ¡Oh hombre! ¡Presta atención! ¿Qué dice la honda medianoche? “Dormí, dormí —, “de profundo sueño he despertado: — “el mundo es hondo, “y más hondo de lo que el día ha pensado. “Hondo es su dolor —, “gozo — más hondo aún que el dolor del corazón: “el dolor dice: ¡Pasa! “pero todo gozo quiere eternidad —, “— quiere honda, honda eternidad!”»

  • 4.18. LA FIESTA DEL ASNO


    Pero en este punto de la letanía Zaratustra no pudo contenerse por más tiempo; gritó él mismo ¡I-A!, más alto todavía que el asno, y saltó en medio de sus huéspedes enloquecidos. “¿Pero qué hacéis ahí, vosotros hijos de los hombres?”, gritó, mientras arrancaba del suelo a los que rezaban. “¡Ay, si os hubiera visto alguien distinto de Zaratustra! Todo el mundo juzgaría que, con vuestra nueva fe, sois los peores blasfemos o las más tontas de todas las viejecitas.”

    “¿Y tú mismo, tú viejo papa, cómo concuerda eso contigo mismo, que adores aquí de tal forma a un asno como Dios?”

    “Oh Zaratustra —respondió el papa—, perdóname; pero en cosas de Dios soy más ilustrado aún que tú. Y así es justo. ¡Mejor adorar a Dios bajo esta forma que bajo ninguna forma en absoluto! Reflexiona sobre esta sentencia, mi elevado amigo: pronto adivinarás que en tal sentencia hay sabiduría.

    Aquel que dijo “Dios es un espíritu” dio hasta ahora sobre la tierra el mayor paso y salto hacia la incredulidad. Tal palabra no es fácil de reparar sobre la tierra. Mi viejo corazón salta y brinca por ello: porque sobre la tierra todavía hay algo que adorar. Perdona esto, oh Zaratustra, al viejo y piadoso corazón de un papa.”

    “¿Y tú?”, dijo Zaratustra al caminante y sombra, “¿te llamas y te crees un espíritu libre? ¿Y practicas aquí tal idolatría y servicio sacerdotal? Peor, en verdad, lo practicas aquí que con tus malas muchachas morenas, tú mal nuevo creyente.”

    “Ya es bastante malo,” respondió el caminante y sombra, “tienes razón: pero ¿qué puedo hacer yo? El viejo Dios vive de nuevo, oh Zaratustra, di lo que quieras. El hombre más feo es culpable de todo: él lo ha resucitado. Y si dice que una vez lo mató, entre los dioses la muerte es siempre solo un prejuicio.”

    “Y tú,” dijo Zaratustra, “tú mal viejo mago, ¿qué has hecho? ¿Quién ha de creer de ahora en adelante en ti, en este tiempo de libertad, si crees en tales asnadas divinas? Fue una estupidez lo que hiciste: ¿cómo pudiste tú, tú tan listo, hacer una estupidez así?”

    “Oh Zaratustra,” respondió el astuto mago, “tienes razón, fue una estupidez — también a mí me ha resultado bastante arduo.”

    “Y tú además,” dijo Zaratustra al concienzudo del espíritu, “reflexiona y pon el dedo en tu nariz. ¿No hay aquí nada que vaya contra tu conciencia? ¿No es tu espíritu demasiado pulcro para esta oración y el tufo de estos beatos?”

    “Algo hay en ello,” respondió el concienzudo y puso el dedo en la nariz, “algo hay en este espectáculo que incluso hace bien a mi conciencia. Quizá no me sea lícito creer en Dios; pero es cierto que Dios, bajo esta forma, me parece aún el más digno de fe. Dios ha de ser eterno, según el testimonio de los más piadosos: quien tiene tanto tiempo se toma su tiempo. Lo más lentamente y lo más estúpidamente posible: de este modo uno así puede llegar muy lejos.”

    Y quien tiene demasiado espíritu podría encapricharse con la estupidez y la necedad mismas. ¡Piensa en ti mismo, oh Zaratustra! Tú mismo — en verdad, también tú podrías, por sobreabundancia y sabiduría, volverte un asno. ¿No recorre un perfecto sabio con gusto los más torcidos caminos? La evidencia lo demuestra, oh Zaratustra — ¡tu propia evidencia!”

    “Y tú mismo, por último,” dijo Zaratustra, volviéndose hacia el hombre más feo, que todavía yacía sobre el suelo, levantando el brazo hacia el asno (pues le daba a beber vino). “¡Habla, tú, indecible, qué has hecho ahí! Me pareces transformado: tu ojo brilla, el manto de lo sublime cubre tu fealdad. ¿Qué hiciste? ¿Es verdad lo que dicen, que lo resucitaste de nuevo? ¿Y para qué? ¿No fue muerto y eliminado con razón? Tú mismo me pareces despierto. ¿Qué hiciste? ¿Qué revertiste? ¿A qué te convertiste? ¡Habla, tú, indecible!”

    “¡Oh Zaratustra,” respondió el hombre más feo, “eres un pícaro! Si todavía vive, o si vuelve a vivir, o si está bien muerto — ¿quién de nosotros dos sabe eso mejor? Yo te pregunto. Pero una cosa sé — de ti mismo la aprendí una vez, oh Zaratustra: quien quiere matar del todo, ríe.

    “No por la ira, sino por la risa se mata” — así hablaste una vez. ¡Oh Zaratustra, tú oculto, tú destructor sin ira, tú santo peligroso — eres un pícaro!”

    Pero entonces ocurrió que Zaratustra, sorprendido por todas esas pícaras respuestas, retrocedió de un salto hasta la puerta de su cueva y, vuelto hacia todos sus huéspedes, gritó con fuerte voz:

    “¡Oh vosotros, pícaros locos, todos, vosotros bufones! ¿Qué disimuláis y ocultáis? ¿A vosotros de mí? ¡Cómo le brincaba a cada uno de vosotros el corazón de placer y maldad por eso, porque finalmente habéis vuelto a ser como los niños pequeños, a saber, piadosos — — porque finalmente habéis hecho de nuevo como hacen los niños, a saber, rezar, juntar las manos y decir ‘¡querido Dios!’! Pero ahora dejadme este cuarto de niños, mi propia cueva, donde hoy toda niñería está en casa. ¡Enfriad aquí fuera vuestro ardiente ímpetu infantil y clamor de corazón!”

    Ciertamente: si no os volvéis como los niños pequeños, no entraréis en el reino de los cielos. (Y Zaratustra señaló con las manos hacia arriba.) Pero nosotros tampoco queremos en absoluto entrar en el reino de los cielos: nos hemos vuelto hombres, — así queremos el reino de la tierra.

    Y una vez más alzó Zaratustra la voz. “¡Oh mis nuevos amigos, — dijo, — vosotros extraños, vosotros hombres superiores, qué bien me gustáis ahora, — — desde que os habéis vuelto otra vez alegres! En verdad, todos habéis florecido: me parece que a flores tales como sois vosotros les hacen falta nuevas fiestas, — — un pequeño y valeroso sinsentido, algún culto y fiesta del asno, algún viejo y alegre loco de Zaratustra, un viento impetuoso que os sople claras las almas.

    ¡No olvidéis esta noche y esta fiesta del asno, vosotros hombres superiores! Eso lo inventasteis junto a mí, eso lo tomo como buen signo, — ¡cosas así sólo las inventan los convalecientes!

    Y si lo celebráis otra vez, esta fiesta del asno, hacedlo por amor a vosotros mismos, hacedlo también por amor a mí. ¡Y en memoria mía!”

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.


  • 4.17. EL DESPERTAR

    1

    Después de la canción del caminante y sombra quedó la cueva de repente llena de clamor y risa; y como los huéspedes reunidos hablaban todos al mismo tiempo, y tampoco el asno, con tal animación, permanecía ya en silencio, sobrevino a Zaratustra una pequeña aversión y burla contra sus visitantes, aunque se regocijaba de su alegría. Pues le parecía un signo de convalecencia. Así se escabulló afuera, al aire libre, y habló a sus animales. «¿Dónde está ahora su angustia?», dijo, y ya respiró él mismo aliviado de su pequeño hastío; «conmigo han desaprendido, como me parece, a gritar de angustia — aunque, por desgracia, aún no a gritar». Y Zaratustra se tapó los oídos, pues justo entonces el ¡iaaa! del asno se mezcló extrañamente con el clamor jubiloso de estos hombres superiores. «Están alegres», comenzó de nuevo, «y quién sabe, quizá a costa de su anfitrión; y si aprendieron de mí a reír, sin embargo no es mi risa la que aprendieron. Pero ¿qué importa? Son gente vieja: convalecen a su manera, ríen a su manera; mis oídos ya han soportado cosas peores y no se volvieron ariscos. Este día es una victoria: se retira ya, huye el espíritu de la gravedad, mi viejo archienemigo. ¡Qué bien quiere terminar este día, que empezó tan malo y grave! Y quiere terminar. Ya llega la tarde: sobre el mar cabalga hacia aquí el buen jinete. ¡Cómo se balancea el bienaventurado, el que vuelve a casa, en sus sillas de púrpura! El cielo mira claro a ello, el mundo yace profundo: ¡oh todos vosotros extraños que vinisteis a mí, ya vale la pena vivir conmigo!». Así habló Zaratustra. Y de nuevo llegó desde la cueva el griterío y la risa de los hombres superiores: entonces comenzó otra vez. «Pican, mi cebo funciona, también de ellos se retira su enemigo, el espíritu de la gravedad. Ya aprenden a reír de sí mismos: ¿escucho bien? Mi alimento de hombres funciona, mi palabra de savia y fuerza: y en verdad, no los nutrí con verduras flatulentas, sino con alimento de guerrero, con alimento de conquistador: desperté nuevos deseos. Nuevas esperanzas hay en sus brazos y piernas, su corazón se expande. Encuentran nuevas palabras, pronto su espíritu respirará malicia. Tal alimento no es ciertamente para niños, ni tampoco para mujercitas nostálgicas, viejas o jóvenes: a esas se les convence de otro modo las entrañas; de esas no soy médico ni maestro». La náusea se aleja de estos hombres superiores: ¡bien! esa es mi victoria. En mi reino se vuelven seguros, toda estúpida vergüenza echa a correr, se vacían. Vacían su corazón, buenas horas regresan a ellos, celebran y rumian de nuevo — se vuelven agradecidos. Esto lo tomo como el mejor signo: se vuelven agradecidos. No pasará mucho tiempo y se inventarán fiestas y levantarán piedras conmemorativas a sus viejas alegrías. ¡Son convalecientes!». Así habló Zaratustra alegre a su corazón y miró hacia afuera; pero sus animales se apretaron contra él y honraron su felicidad y su silencio.

    2

    De repente, sin embargo, se sobresaltó el oído de Zaratustra: la cueva, que hasta entonces estaba llena de clamor y risa, se volvió de pronto mortalmente silenciosa; pero su nariz percibió un humo fragante e incienso como de piñas ardiendo. «¿Qué sucede? ¿Qué hacen?», se preguntó, y se acercó sigilosamente a la entrada para poder observar a sus huéspedes sin ser advertido. Pero — ¡maravilla sobre maravilla! — ¿qué tuvo que ver allí con sus propios ojos? «¡Se han vuelto todos piadosos de nuevo, rezan, están locos!», dijo, y se maravilló más allá de toda medida. Y en verdad, todos estos hombres superiores — los dos reyes, el papa fuera de servicio, el malvado mago, el mendigo voluntario, el caminante y sombra, el viejo adivino, el concienzudo del espíritu y el hombre más feo — yacían todos como niños y como viejas mujercillas creyentes sobre las rodillas y adoraban al asno. Y justo entonces comenzó el hombre más feo a gorgotear y resollar, como si algo inexpresable quisiera salir de él; pero cuando por fin lo hubo llevado a palabras, he aquí que era una piadosa, extraña letanía en alabanza del asno adorado e incensado. Pero esta letanía sonaba así:

    ¡Amén! ¡Alabanza y honor y sabiduría y gracias y gloria y fortaleza haya para nuestro Dios, de eternidad a eternidad!

    – Pero el asno gritó a esto: ¡Ia!

    Él porta nuestra carga, él adoptó forma de siervo, es paciente de corazón y jamás dice No; y quien ama a su Dios, lo castiga.

    Pero el asno gritó a esto: ¡Ia!


    No habla, excepto que al mundo que creó dice siempre Sí: así glorifica a su mundo. Su astucia es la que no habla: así raramente se le muestra errado.

    Pero el asno gritó a esto: ¡Ia!


    Sin llamar la atención pasa a través del mundo. Gris es el color del cuerpo en que envuelve su virtud. Si tiene espíritu, lo esconde; pero todos creen en sus largas orejas.

    Pero el asno gritó a esto: ¡Ia!


    ¡Qué escondida sabiduría es que porte largas orejas y diga solo Sí y jamás No! ¿No ha creado el mundo a su imagen, a saber, tan estúpido como fuera posible?

    Pero el asno gritó a esto: ¡Ia!


    Recorres caminos rectos y torcidos; poco te importa lo que a nosotros los hombres nos parece recto o torcido. Más allá de bien y mal está tu reino. Es tu inocencia no saber lo que es la inocencia.

    Pero el asno gritó a esto: ¡Ia!


    Mira cómo a nadie empujas lejos de ti, ni a mendigos ni a reyes. A los niños pequeños los dejas venir a ti; y si los chicos malos te llaman, dices simplemente: ¡Ia!

    Pero el asno gritó a esto: ¡Ia!


    Amas a las asnas y los higos frescos, no eres despreciador de alimento. Un cardo cosquillea tu corazón cuando tienes hambre. En ello yace la sabiduría de un dios.

    Pero el asno gritó a esto: ¡Ia!

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.16. ENTRE HIJAS DEL DESIERTO

    1

    «¡No te vayas! —dijo entonces el caminante que se llamaba a sí mismo la sombra de Zaratustra—. Quédate con nosotros: de lo contrario podría volver a acometernos la vieja y opresiva tristeza. Ya nos ha brindado ese viejo mago lo peor que lleva dentro; y mira: el buen y piadoso papa tiene lágrimas en los ojos y se ha embarcado de nuevo por entero en el mar de la melancolía. Esos reyes aún saben poner buena cara ante nosotros: eso es lo que hoy han aprendido mejor de todos nosotros. Pero si no tuvieran testigos, apuesto a que también en ellos comenzaría otra vez el mal juego — el mal juego de las nubes errantes, de la húmeda melancolía, de los cielos velados, de los soles robados, de los ululantes vientos de otoño — el mal juego de nuestro ulular y de nuestros gritos de angustia. ¡Quédate con nosotros, oh Zaratustra! Aquí hay mucho oculto sufrimiento que quiere hablar, mucho atardecer, mucha nube, mucho aire pesado. Nos has nutrido con fuerte alimento de hombres y vigorosos proverbios: no permitas que, como postre, vuelvan a acometernos los blandos y mujeriles espíritus. Tú solo haces el aire a tu alrededor fuerte y claro. ¿He encontrado alguna vez en la tierra aire tan bueno como junto a ti, en tu cueva? Muchos países he visto; mi nariz aprendió a probar y a valorar muchos aires: pero contigo saborean mis narinas su mayor placer.

    «¡A menos que — a menos que —! Oh, perdona un viejo recuerdo. Perdóname una vieja canción de postre que compuse una vez entre hijas del desierto: — pues entre ellas había un aire igualmente bueno y claro del Oriente; allí estuve más lejos que nunca de la nubosa, húmeda y melancólica vieja Europa. Entonces amé a tales muchachas del Oriente y a otro azul reino del cielo sobre el cual no penden nubes ni pensamientos. No creeríais con qué gracia se sentaban cuando no bailaban: hondas, pero sin pensamientos; como pequeños secretos, como acertijos ceñidos con cintas, como nueces de postre — multicolores y extrañas, en verdad, pero sin nubes: acertijos que se dejan adivinar. Por amor a tales muchachas inventé entonces un salmo de postre.»

    Así habló el caminante y sombra; y antes de que nadie le respondiera, ya había asido el arpa del viejo mago, cruzado las piernas y mirado sereno y sabio a su alrededor. Con las narinas aspiró lentamente y con curiosidad el aire, como quien en tierras nuevas prueba un aire nuevo y extranjero. Después comenzó, con una especie de rugido, a cantar.

    2

    El desierto crece: ¡ay de quien alberga desiertos!

    ¡Ja! ¡Solemne!
    ¡En verdad solemne!
    ¡Un digno comienzo!
    ¡Africano-solemne!
    Digno de un león,
    o de un mono moral aullador —
    — pero nada para vosotras,
    vosotras, mis más queridas amigas,
    a cuyos pies me es concedido
    por primera vez,
    a mí, un europeo, bajo palmeras,
    tomar asiento.
    Sela.

    ¡Maravilloso, en verdad!
    Aquí estoy sentado ahora,
    cerca del desierto y ya
    de nuevo tan lejos del desierto,
    y todavía en nada devastado:
    a saber, engullido hacia abajo
    por este, el más pequeño oasis —
    — que abrió, apenas bostezando,
    su encantadora boca,
    la más fragante de todas las boquitas:
    y yo caí dentro,
    hacia abajo, a través — bajo vosotras,
    mis más queridas amigas.
    Sela.

    ¡Salve, salve a aquella ballena,
    si así trató bien a su huésped! —
    ¿entendéis mi erudita alusión?
    ¡Salve a su vientre,
    si fue así
    un vientre-oasis tan encantador
    como este — lo cual, sin embargo, pongo en duda;
    — pues de Europa vengo yo,
    que es más adicta a la duda que todas
    las mujercillas casadas algo entradas en años.
    ¡Que Dios lo mejore!
    Amén.

    Aquí estoy sentado ahora
    en este, el más pequeño oasis,
    semejante a un dátil,
    pardo, dulce de parte a parte, ulcerado de oro, lujurioso
    de una redonda boca de muchacha,
    pero aún más de dientes de muchacha —
    fríos como el hielo, blancos como la nieve, afilados —
    pues tras ellos
    suspira el corazón de todos los dátiles ardientes.
    Sela.

    Semejante a los mencionados frutos del sur,
    demasiado semejante,
    yazco aquí,
    danzado y jugueteado por pequeños
    escarabajos alados,
    e igualmente por aún más pequeños,
    más necios, más maliciosos
    deseos y ocurrencias —
    sitiado por vosotras,
    vosotras mudas, vosotras presentidoras,
    gatas muchacha,
    Dudu y Suleika,
    — rodeado como por esfinges,
    para meter en una sola palabra
    muchos sentimientos:
    (¡Perdóname, Dios,
    este pecado de lenguaje!) —
    me siento aquí, olfateando el mejor aire,
    aire de paraíso en verdad,
    aire claro, ligero, veteado de oro,
    tan buen aire como sólo alguna vez
    cayó de la luna —
    ¿fue por azar,
    o sucedió por pura desmesura?,
    como cuentan los viejos poetas.
    Yo, sin embargo, dudador, lo pongo
    en duda — pues de Europa vengo,
    que es más adicta a la duda que todas
    las mujercillas casadas algo entradas en años.
    ¡Que Dios lo mejore!
    Amén.

    Bebiendo este aire bellísimo,
    con las narinas hinchadas como copas,
    sin futuro, sin recuerdos,
    así me siento aquí,
    mis más queridas amigas,
    y contemplo la palmera,
    cómo, semejante a una danzarina,
    se dobla y se ciñe y se mece en la cadera —
    uno acaba haciéndolo también, si mira largo rato.

    Como una danzarina que, según me parece,
    demasiado tiempo ya, peligrosamente largo,
    siempre, siempre sólo sobre una pierna estuvo en pie —
    ¿olvidó entonces, según me parece,
    la otra pierna?

    En vano, al menos,
    busqué, echándola en falta,
    la joya gemela —
    es decir, la otra pierna —
    en la sagrada proximidad
    de su tan querida, tan delicada
    faldita de abanicos y vuelos y lentejuelas.

    Sí, si vosotras, vosotras hermosas amigas,
    queréis creerme del todo:
    ¡la ha perdido!
    ¡Se fue!
    ¡Se fue para siempre!
    ¡La otra pierna!

    ¡Oh, lástima de esa encantadora otra pierna!
    ¿Dónde — podrá acaso morar y llorar abandonada
    la pierna solitaria?

    ¿Temerosa quizá ante una
    fiera, amarilla, rubio-rizada
    bestia-león?
    ¿O ya incluso
    roída, mordisqueada —
    miserablemente, ay, ay, mordisqueada?
    Sela.


    ¡Oh, no me lloréis,
    suaves corazones!
    ¡No me lloréis, vosotras,
    corazones-dátil! ¡pechos de leche!
    ¡Vosotras, bolsitas
    de corazón de regaliz!

    No llores más,
    pálida Dudu.
    ¡Sé un hombre, Suleika! ¡Valor! ¡Valor!

    — ¿O debería acaso
    haber aquí algo fortalecedor,
    algo que fortalezca el corazón?
    ¿Una sentencia ungida?
    ¿Una exhortación solemne?


    ¡Ha! ¡Arriba, dignidad!
    ¡Dignidad-virtud! ¡Dignidad-europea!
    ¡Sopla, sopla de nuevo,
    fuelle de la virtud!
    ¡Ha!

    ¡Rugir una vez más,
    rugir moralmente!
    Como león moral
    ante las hijas del desierto rugir.

    — Pues el aullido de la virtud,
    mis más queridas doncellas,
    vale más que todo fervor europeo,
    hambre ardiente europea.

    Y ya estoy aquí,
    como europeo:
    no puedo hacer otra cosa, ¡Dios me ayude!
    Amén.

    El desierto crece: ¡ay de quien alberga desiertos!

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.15. LA CIENCIA

    Así cantó el mago; y todos los que estaban reunidos entraron como pájaros, sin advertirlo, en la red de su astuta y melancólica voluptuosidad. Sólo el concienzudo del espíritu no fue atrapado: arrebató al vuelo al mago el arpa y gritó: «¡Aire! ¡Dejad entrar buen aire! ¡Deja entrar a Zaratustra! ¡Haces esta cueva sofocante y ponzoñosa, tú malvado viejo mago! Seduces, tú falso, tú refinado, hacia deseos desconocidos y lugares salvajes. ¡Y ay cuando tales como tú hacen de la verdad discurso y espectáculo! ¡Ay de todos los espíritus libres que no están en guardia contra tales magos! ¡Se acabó su libertad: enseñas y atraes de vuelta a prisiones! — tú viejo diablo melancólico, de tu lamento suena una flauta que seduce; te asemejas a aquellos que, con su elogio de la castidad, invitan en secreto a voluptuosidades.»

    Así habló el concienzudo; pero el viejo mago miró a su alrededor, disfrutó de su triunfo y se tragó el disgusto que le causaba el concienzudo. «¡Calla! —dijo con voz modesta—. Las buenas canciones quieren resonar bien; tras buenas canciones se ha de guardar largo silencio. Así hacen todos ellos, los hombres superiores. Pero tú has comprendido poco de mi canción; en ti hay poco de espíritu hechicero.»

    «Me alabas —respondió el concienzudo— al mismo tiempo que me separas de ti; ¡bien! Pero vosotros los demás, ¿qué veo? Seguís sentados ahí con ojos ávidos: vosotros, almas libres, ¿adónde ha ido vuestra libertad? Casi, me parece, os asemejáis a quienes han contemplado durante largo tiempo malas muchachas desnudas danzando: ¡vuestras almas mismas danzan! En vosotros, hombres superiores, debe de haber más de aquello que el mago llama su mal espíritu de hechicería y engaño: debemos, ciertamente, ser distintos.»

    Y en verdad, hablamos y pensamos bastante juntos antes de que Zaratustra regresara a su cueva, de modo que yo bien lo sé: somos distintos. Buscamos también cosas distintas aquí arriba, vosotros y yo. Yo, en efecto, busco mayor seguridad; por eso vine a Zaratustra. Él es todavía la torre y voluntad más firmes — hoy, cuando todo vacila, cuando toda la tierra tiembla. Pero cuando veo la mirada que adoptáis, casi me parece que buscáis más inseguridad — más estremecimiento, más peligro, más terremoto. Anheláis, casi me lo parece así — perdonad mi presunción, hombres superiores —, anheláis la vida peor y más peligrosa, la que a mí más me infunde miedo: la vida de animales salvajes, bosques, cuevas, montañas escarpadas y desfiladeros extraviados. Y no os agradan más los guías que conducen fuera del peligro, sino aquellos que os apartan de todos los caminos, los seductores. Pero si tal anhelo hay realmente en vosotros, sin embargo me parece imposible.

    El miedo — ese es el sentimiento hereditario y fundamental del hombre; desde el miedo se explica todo, pecado hereditario y virtud hereditaria. Del miedo creció también mi virtud, que se llama ciencia. El miedo a las fieras — ese fue cultivado durante más tiempo en el hombre, incluido el animal que en sí mismo alberga y teme: Zaratustra lo llama «la bestia interior». Ese largo y viejo miedo, finalmente afinado, vuelto espiritual y mental — hoy, me parece, se llama ciencia.

    Así habló el concienzudo; pero Zaratustra, que en ese momento regresaba a su cueva y había oído y adivinado el último discurso, arrojó al concienzudo un puñado de rosas y se rió de sus «verdades». «¡Cómo! —gritó—. ¿Qué he oído ahí ahora? En verdad, me parece que tú eres un necio o yo mismo lo soy: y tu “verdad” la pongo de un tirón y al vuelo cabeza abajo. El miedo es nuestra excepción. Pero valor, aventura y gusto por lo incierto, por lo no intentado — el valor me parece la entera prehistoria del hombre. A los animales más salvajes y más valientes les envidió y arrebató todas sus virtudes: así llegó a ser — hombre. Este valor, finalmente afinado, vuelto espiritual y mental, este valor humano con alas de águila e inteligencia de serpiente: ese, me parece, se llama hoy —»

    «¡Zaratustra!», gritaron todos los que estaban reunidos, como de una sola boca, y prorrumpieron en una gran carcajada; y de ellos se elevó algo como una pesada nube. También el mago rió y dijo con inteligencia: «¡Bien! Se ha ido mi mal espíritu. ¿Y no os advertí yo mismo contra él cuando dije que es un embaucador, un espíritu de mentira y engaño? Especialmente cuando se muestra desnudo. Pero ¿qué puedo yo contra sus artimañas? ¿Lo he creado yo a él y al mundo? ¡Bien! Volvamos a estar bien y de buen ánimo. Y aunque Zaratustra mire con enojo — miradlo: está resentido conmigo — antes de que llegue la noche volverá a aprender a amarme y alabarme; no puede vivir mucho tiempo sin cometer tales locuras. Ama a sus enemigos: este arte lo entiende mejor que todos los que he visto. Pero se venga de ello — en sus amigos.»

    Así habló el viejo mago, y los hombres superiores le tributaron aplauso; entonces Zaratustra dio la vuelta y estrechó con malicia y amor las manos de sus amigos — como quien tiene algo que reparar y excusar ante todos. Pero cuando llegó a la puerta de su cueva, ya volvió a anhelar el buen aire de fuera y sus animales — y quiso de nuevo escabullirse.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.14. LA CANCIÓN DE LA MELANCOLÍA

    1.

    Cuando Zaratustra pronunció estos discursos, estaba cerca de la entrada de su cueva; pero con las últimas palabras se escabulló de sus huéspedes y huyó por un breve rato al aire libre.

    “¡Oh puros aromas en torno a mí —exclamó—, oh bienaventurado silencio en torno a mí! Pero ¿dónde están mis animales? ¡Acercaos, acercaos, mi águila y mi serpiente! Decidme, pues, animales míos: esos hombres superiores todos juntos —¿huelen quizá mal? ¡Oh puros aromas en torno a mí! Solo ahora sé y siento cuánto os amo, animales míos!”

    —Y Zaratustra dijo una vez más: “¡Os amo, animales míos!” Pero el águila y la serpiente se apretaron contra él cuando dijo estas palabras y alzaron hacia él la vista. Así estaban los tres juntos, en silencio, y juntos husmeaban y sorbían el buen aire. Pues el aire aquí fuera era mejor que junto a los hombres superiores.

    2.

    Pero apenas hubo Zaratustra abandonado su cueva, se levantó el viejo mago, miró con astucia a su alrededor y dijo: “¡Ha salido! Y ya, vosotros, hombres superiores —permitidme cosquillearos con este nombre de alabanza y lisonja, como él mismo—, ya me acomete mi maligno espíritu de engaño y hechicería, mi diablo melancólico, que es, desde lo más hondo, un adversario de este Zaratustra: ¡perdonádselo! Ahora quiere hacer magia ante vosotros; esta es precisamente su hora; en vano lucho yo con este mal espíritu. A vosotros todos, sean cuales sean los honores que os deis con palabras, ya os llaméis ‘los espíritus libres’ o ‘los veraces’ o ‘los penitentes del espíritu’ o ‘los desencadenados’ o ‘los del gran anhelo’ —a vosotros todos, que padecéis de la gran náusea igual que yo, a quienes les murió el viejo Dios y aún no les yace ningún Dios nuevo en cunas y pañales—, a vosotros todos os es propicio mi mal espíritu y diablo hechicero.

    Os conozco, hombres superiores, a él lo conozco —conozco también a ese engendro, al que amo contra mi voluntad, a ese Zaratustra: él mismo me parece a menudo semejante a una bella máscara de santo —semejante a una nueva y extraña mascarada en la que mi mal espíritu, el diablo melancólico, se complace—: amo a Zaratustra, así me parece a menudo, por causa de mi mal espíritu.

    Pero ya me acomete y me obliga este espíritu de la melancolía, este diablo del crepúsculo vespertino: y, en verdad, vosotros, hombres superiores, le apetece —¡abrid bien los ojos!— le apetece venir desnudo; si es masculino o femenino, aún no lo sé: pero viene, me obliga, ¡ay! ¡Abrid vuestros sentidos! El día se apaga; a todas las cosas les llega ahora la tarde, también a las mejores cosas: oíd ahora y ved, hombres superiores, qué diablo —hombre o mujer— es este espíritu de la melancolía vespertina.”

    Así habló el viejo mago, miró con astucia a su alrededor y luego echó mano de su arpa.

    3.

    Con el aire aclarado,
    cuando ya el consuelo del rocío
    mana hacia la tierra,
    invisible, tampoco oído: —
    pues calzado delicado lleva
    el consolador rocío, como todos los suaves consoladores—:
    ¿Recuerdas entonces, recuerdas, ardiente corazón,
    cómo antaño tuviste sed,
    de lágrimas celestiales y goteo de rocío,
    abrasado y cansado tuviste sed,
    mientras por amarillos senderos de hierba
    maliciosas miradas vespertinas del sol
    corrían a tu alrededor entre negros árboles,
    cegadoras miradas ardientes del sol, gozosas del daño?

    “¿Cortejador de la verdad? ¿Tú? —así se burlaron—
    ¡No! ¡Solo un poeta!
    Un animal, uno astuto, rapaz, sigiloso,
    que debe mentir,
    que a sabiendas, voluntariamente, debe mentir:
    ávido de botín,
    multicolor enmascarado,
    máscara para sí mismo,
    a sí mismo vuelto presa—
    ¿Eso —cortejador de la verdad?
    ¡No! ¡Solo necio! ¡Solo poeta!
    Solo diciendo cosas abigarradas,
    gritando en colores desde máscaras de bufón,
    trepando sobre puentes mentirosos de palabras,
    sobre arcoíris multicolores,
    entre falsos cielos
    y falsas tierras,
    errando, flotando—
    ¡Solo necio! ¡Solo poeta!

    ¿Eso —cortejador de la verdad?
    No quieto, rígido, liso, frío,
    convertido en imagen,
    en columna de Dios,
    no erigido ante templos,
    portero de la puerta de un dios:
    ¡No! Hostil a tales estatuas de la verdad,
    más en casa en toda selva que ante templos,
    lleno de capricho felino,
    saltando por cada ventana —¡Zas!— hacia todo azar,
    husmeando cada selva primigenia,
    husmeando con ansia y deseo,
    para que tú en selvas primigenias,
    entre bestias de presa con manchas multicolores,
    pecadoramente sano y multicolor y bello corrieras,
    con belfos lascivos,
    bienaventuradamente burlón, bienaventuradamente infernal, bienaventuradamente sediento de sangre,
    robando, sigiloso, mintiendo corrieras: —

    O como el águila, que largo,
    largo tiempo mira fija al interior de abismos,
    al interior de sus abismos: — —
    ¡Oh cómo aquí se enroscan hacia abajo,
    abajo, adentro,
    hacia profundidades cada vez más hondas! —
    Entonces,
    de repente, en línea recta,
    de vuelo desenvainado,
    precipitarse sobre corderos,
    de súbito hacia abajo, ardientemente hambriento,
    ávido de corderos,
    enemigo de todas las almas de cordero,
    ferozmente hostil a todo lo que mira
    como oveja, con ojos de cordero, de lana crespa,
    gris, con benevolencia de cordero y oveja.

    Así,
    de águila, de pantera,
    son los anhelos del poeta,
    son tus anhelos bajo mil máscaras,
    ¡Tú, necio! ¡Tú, poeta!
    Tú que contemplaste al hombre
    como dios, como oveja —:
    desgarrar al dios en el hombre
    como a la oveja en el hombre,
    y, desgarrando, reír —

    ¡Eso, eso es tu bienaventuranza!
    ¡Bienaventuranza de pantera y de águila!
    ¡Bienaventuranza de poeta y de necio!” — —

    Con el aire aclarado,
    cuando ya la hoz lunar,
    verde entre púrpuras encendidos,
    y envidiosa se desliza:
    —hostil al día,
    con cada paso secreto
    segando en hamacas de rosas,
    hasta que se hunden,
    hacia la noche, pálidas se hunden hacia abajo: —

    Así me hundí yo mismo antaño
    desde mi locura por la verdad,
    desde mis anhelos del día,
    cansado del día, enfermo de la luz,
    —me hundí hacia abajo, hacia la tarde, hacia la sombra:
    por una sola verdad
    abrasado y sediento:
    —¿recuerdas aún, recuerdas, corazón ardiente,
    cómo entonces tuviste sed?—
    Que esté yo desterrado
    de toda verdad,
    ¡solo necio!
    ¡Solo poeta!

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.13. DEL HOMBRE SUPERIOR

    1

    Cuando vine por primera vez a los hombres, cometí la locura del ermitaño, la gran locura: me presenté en el mercado.Y cuando hablé a todos, no hablé a ninguno. Pero por la tarde eran mis compañeros funámbulos y cadáveres; y yo mismo, casi un cadáver.Pero con la nueva mañana me llegó una nueva verdad: entonces aprendí a hablar: «¡Qué se me da a mí de mercado y populacho y ruido del populacho y largas orejas del populacho!».

    Vosotros, hombres superiores, aprended esto de mi: en el mercado nadie cree en hombres superiores. Y si quereis hablar alli, ¡pues bien! Pero el populacho parpadea: “Somos todos iguales”.

    «Vosotros, hombres superiores —así parpadea el populacho—: no hay hombres superiores, somos todos iguales, hombre es hombre; ante Dios —somos todos iguales!».

    ¡Ante Dios! —Pero ahora murió ese Dios. Pero ante el populacho no queremos ser iguales. ¡Vosotros, hombres superiores, apartaos del mercado!

    2

    ¡Ante Dios! —¡Pero ahora murió ese Dios! Vosotros, hombres superiores, ese Dios fue vuestro mayor peligro. Solo desde que él yace en la tumba habéis vuelto a resucitar. Solo ahora llega el gran mediodía, ¡solo ahora deviene el hombre superior —señor!

    ¿Entendisteis esta palabra, oh hermanos míos? Estáis asustados: ¿sienten vértigo vuestros corazones? ¿Se os abre aquí el abismo? ¿Os ladra aquí el perro del infierno? ¡Pues bien! ¡Adelante! ¡Vosotros, hombres superiores! Solo ahora está de parto la montaña del futuro del hombre. Dios murió: ahora queremos —que el superhombre viva.

    3

    Los más solícitos preguntan hoy: «¿Cómo se conserva al hombre?». Pero Zaratustra pregunta como el único y el primero: «¿Cómo es superado el hombre?».

    El superhombre es lo que me importa, ese es para mí lo primero y lo único —y no el hombre: no el prójimo, no el más pobre, no el que más sufre, no el mejor —

    Oh hermanos míos, lo que puedo amar en el hombre es que es un tránsito y un ocaso. Y también en vosotros hay mucho que me hace amar y esperar. Que hayáis despreciado, vosotros, hombres superiores, eso me hace esperar. Los grandes despreciadores, en efecto, son los grandes veneradores. Que hayáis desesperado, en eso hay mucho que honrar. Pues no aprendisteis a rendiros, no aprendisteis las pequeñas prudencias. Hoy, en efecto, las pequeñas gentes se han hecho señores: todas ellas predican sumisión y modestia y prudencia y diligencia y consideración y el largo «y así sucesivamente» de las pequeñas virtudes.

    Lo que es de índole de mujer, lo que procede de índole servil y, en especial, el revoltijo del populacho: eso quiere ahora llegar a ser señor de todo el destino humano —¡oh náusea! ¡Náusea! ¡Náusea! Eso pregunta y pregunta y no se cansa: «¿Cómo se conserva el hombre de la mejor manera, durante el mayor tiempo posible, del modo más agradable?». Con ello —son los señores de hoy.

    Superadme a estos señores de hoy, oh hermanos míos —a estas pequeñas gentes: ¡ellas son el mayor peligro del superhombre!

    ¡Superadme, vosotros, hombres superiores, las pequeñas virtudes, las pequeñas prudencias, los miramientos de grano de arena, el trajín de hormigas, el miserable bienestar, la «dicha de la mayoría» —! Y preferid desesperar a rendiros. ¡Y, en verdad, os amo por eso, porque hoy no sabéis vivir, vosotros, hombres superiores! Así, en efecto, vivís —¡de la mejor manera!

    4

    ¿Tenéis valor, oh hermanos míos? ¿Sois valientes de corazón? ¿No valor ante testigos, sino valor de ermitaño y de águila, que ya ni siquiera un dios contempla?

    A las almas frías, las mulas, los ciegos, los borrachos no los llamo valientes de corazón. Corazón tiene quien conoce el miedo, pero somete el miedo, quien ve el abismo, pero con orgullo.

    Quien ve el abismo, pero con ojos de águila, quien con garras de águila aferra el abismo: ese tiene valor. 

    5

    «El hombre es malo» —así me hablaron para consolarme todos los más sabios. ¡Ay, ojalá hoy siga siendo verdad! Pues lo malo es la mejor fuerza del hombre.

    «El hombre debe volverse mejor y más malo» —así enseño yo. Lo más malo es necesario para lo mejor del superhombre. Podía estar bien para aquel predicador de las pequeñas gentes que sufriera y cargara con el pecado del hombre. Pero yo me alegro del gran pecado como de mi gran consuelo. —

    Pero esto no está dicho para orejas largas. Tampoco toda palabra es para toda boca. Son cosas finas y lejanas: ¡que no traten de agarrarlas pezuñas de oveja!

    6

    ¿Vosotros, hombres superiores, pensáis que estoy aquí para enmendar lo que hicisteis mal? ¿O que querría en lo sucesivo acostaros más cómodamente a vosotros, los que sufrís? ¿O mostraros nuevos senderos más fáciles a vosotros, inconstantes, extraviados, encaramados sin salida?

    ¡No! ¡No! ¡Tres veces no! Cada vez más, cada vez mejores de vuestra especie han de perecer —porque habéis de tenerlo cada vez peor y más duro. Solo así — —solo así crece el hombre hasta la altura donde el rayo lo golpea y lo hace pedazos: ¡lo bastante alto para el rayo!

    Hacia lo poco, hacia lo prolongado, hacia lo distante van mi pensamiento y mi anhelo: ¡qué se me daría de vuestra pequeña, numerosa y breve miseria! ¡Aún no sufrís lo suficiente para mí! Pues sufrís de vosotros mismos, aún no sufristeis del hombre. ¡Mentiríais si dijerais otra cosa! Ninguno de vosotros sufre de aquello de lo que yo sufrí. — —

    7

    No me basta que el rayo no haga ya daño. No quiero desviarlo: ha de aprender —a trabajar para mí. —

    Mi sabiduría se acumula desde hace ya mucho tiempo como una nube, se vuelve más silenciosa y más oscura. Así hace toda sabiduría que un día ha de parir rayos. —

    Para estos hombres de hoy no quiero ser luz, no quiero que me llamen luz. A esos —quiero cegarlos: ¡rayo de mi sabiduría! ¡Sácales los ojos!

    8

    No queráis nada por encima de vuestras posibilidades: hay una mala falsedad en aquellos que quieren por encima de sus posibilidades. ¡Especialmente cuando quieren cosas grandes! Porque despiertan desconfianza hacia las cosas grandes, estos sutiles falsificadores de moneda y actores: — —hasta que finalmente son falsos ante sí mismos, bizcos, carcoma encalada, envueltos en un manto de fuertes palabras, de virtudes-anuncio, de brillantes obras falsas.

    ¡Tened buena cautela en esto, vosotros, hombres superiores! Pues nada hay hoy para mí más precioso y más raro que la honestidad.

    ¿No es este hoy del populacho? Pero el populacho no sabe qué es grande, qué es pequeño, qué es recto y honesto: es inocentemente torcido, miente siempre.

    9

    ¡Tened hoy una buena desconfianza, vosotros, hombres superiores, vosotros, valientes de corazón! ¡Vosotros, francos de corazón! ¡Y mantened vuestras razones en secreto! Pues este hoy es del populacho.

    Lo que el populacho aprendió un día a creer sin razones, ¿quién podría mediante razones —derribárselo?

    Y en el mercado se convence con gestos. Pero las razones hacen desconfiar al populacho.

    Y si allí alguna vez la verdad alcanzó la victoria, entonces preguntaos con buena desconfianza: «¿Qué poderoso error luchó por ella?».

    ¡Guardaos también de los eruditos! ¡Os odian: pues son estériles! Tienen ojos fríos y resecos; ante ellos yace cada pájaro desplumado.

    Los tales se pavonean de no mentir: pero la incapacidad para la mentira está aún muy lejos de ser amor por la verdad. ¡Guardaos!

    ¡La ausencia de fiebre está aún muy lejos de ser conocimiento! No creo a los espíritus enfriados. Quien no puede mentir no sabe lo que es la verdad.

    10

    ¡Si queréis llegar alto, emplead vuestras propias piernas! ¡No os dejéis llevar hacia arriba, no os sentéis sobre espaldas y cabezas ajenas! ¿Pero tú montaste a caballo? ¿Cabalgas ahora velozmente hacia arriba, hacia tu meta? ¡Pues bien, amigo mío! ¡Pero tu pie cojo está también sentado contigo a caballo! Cuando estés en tu meta, cuando saltes de tu caballo: precisamente en tu altura, tú, hombre superior —¡tropezarás!

    11

    ¡Vosotros, creadores, vosotros, hombres superiores! Solo para el hijo propio se está grávido. ¡No dejéis que os cuenten cuentos ni que os metan nada en la cabeza! ¿Quién es, pues, vuestro prójimo? Y aunque obréis «para el prójimo» —¡vosotros no creáis para él!

    Desaprendedme, pues, este «para», vosotros, creadores: precisamente vuestra virtud quiere que no hagáis cosa alguna con «para» y «por» y «porque». Contra estas falsas pequeñas palabras debéis sellar vuestro oído. El «para el prójimo» es la virtud solo de las pequeñas gentes: allí se dice «igual y igual» y «mano lava mano»: —¡no tienen ni derecho ni fuerza para vuestro egoísmo! ¡En vuestro egoísmo, vosotros, creadores, están la previsión y la providencia de las grávidas! Lo que nadie vio aún con los ojos, el fruto: todo vuestro amor lo protege y lo cuida y lo nutre. ¡Donde está todo vuestro amor, con vuestro hijo, allí está también toda vuestra virtud! Vuestra obra, vuestra voluntad es vuestro «prójimo»: ¡no dejéis que os metan en la cabeza valores falsos!

    12

    ¡Vosotros, creadores, vosotros, hombres superiores! Quien tiene que parir está enfermo; pero quien ha parido está impuro. Preguntad a las mujeres: no se pare porque dé placer. El dolor hace cacarear a las gallinas y a los poetas.

    ¡Vosotros, creadores, en vosotros hay mucho de impuro! Eso es porque tuvisteis que ser madres.

    Un nuevo niño: ¡oh, cuánta nueva suciedad vino también al mundo! ¡Apartaos! ¡Y quien ha parido ha de lavar su alma hasta purificarla!

    13.

    ¡No seáis virtuosos por encima de vuestras fuerzas! ¡Y no queráis de vosotros nada que vaya contra la verosimilitud!

    ¡Caminad en las huellas por donde ya caminó la virtud de vuestros padres! ¿Cómo pretenderíais subir alto si no sube con vosotros la voluntad de vuestros padres?

    ¡Pero quien quiera ser un primogénito cuide de no devenir también un ultimogénito! ¡Y donde están los vicios de vuestros padres, en eso no habéis de querer haceros pasar por santos! Aquel cuyos padres gustaron de mujeres y de vinos fuertes y de puercos salvajes: ¿qué sería si ese quisiera de sí mismo castidad? ¡Una necedad sería! Mucho, en verdad, me parece para uno así si es marido de una o de dos o de tres mujeres. Y si fundara monasterios y escribiera sobre la puerta: «el camino hacia el santo» —yo diría, sin embargo: ¡para qué! ¡Es una nueva necedad! Habría fundado para sí mismo una casa de corrección y de huida: ¡que le aproveche! Pero yo no creo en ello.

    En la soledad crece lo que uno lleva a ella, también el animal interior. Así la soledad resulta desaconsejable para muchos. ¿Hubo algo más sucio hasta hoy sobre la tierra que los santos del desierto? A su alrededor estaba suelto no solo el diablo —sino también el puerco.

    14 

    Tímidos, avergonzados, torpes, como un tigre al que el salto se le malogró: así, vosotros, hombres superiores, os vi a menudo escabulliros a un lado. Una tirada se os malogró. Pero, vosotros, jugadores de dados, ¡qué importa eso! ¡No aprendisteis a jugar y a burlaros como hay que jugar y burlarse! ¿No estamos sentados siempre a una gran mesa de burla y de juego? Y si se os malogró algo grande, ¿quedasteis por ello vosotros mismos —malogrados? Y si os malograsteis vosotros mismos, ¿se malogró por ello —el hombre? Pero si se malogró el hombre: ¡pues bien! ¡Adelante!

    15

    Cuanto más alta es una cosa por su índole, más raramente resulta bien. Vosotros, hombres superiores aquí presentes, ¿no quedasteis todos —malogrados?

    ¡Tened buen ánimo! ¡Qué importa eso! ¡Cuántas cosas son todavía posibles! ¡Aprended a reíros de vosotros mismos como hay que reír!

    ¡Qué tiene de extraño, además, que quedarais malogrados y resultarais bien a medias, vosotros, medioquebrados! ¿No se agolpa y se empuja en vosotros —el futuro del hombre? Lo más lejano del hombre, lo más profundo, lo más alto hasta las estrellas, su desmesurada fuerza: ¿no espumea todo eso, lo uno contra lo otro, en vuestra olla? ¡Qué tiene de extraño que más de una olla se rompa! ¡Aprended a reíros de vosotros como hay que reír! ¡Vosotros, hombres superiores, oh, cuántas cosas son todavía posibles!

    ¡Y, en verdad, cuánto resultó bien ya! ¡Qué rica es esta tierra en cosas pequeñas, buenas, perfectas, en lo bien logrado!

    ¡Colocad cosas pequeñas, buenas, perfectas en torno a vosotros, vosotros, hombres superiores! Su dorada madurez sana el corazón. Lo perfecto enseña a esperar.

    16

    ¿Cuál fue aquí sobre la tierra hasta hoy el mayor pecado? ¿No fue la palabra del que dijo: «¡Ay de aquellos que aquí ríen!»? ¿No encontró él mismo ninguna razón para reír sobre la tierra? Entonces solo buscó mal. Un niño encuentra aquí todavía razones. Ese —no amó lo suficiente: ¡si no, nos habría amado también a nosotros, los que reímos! Pero nos odió y se burló de nosotros; llanto y rechinar de dientes nos prometió.

    ¿Hay, pues, que maldecir enseguida allí donde no se ama? Eso —me parece de mal gusto. Pero así lo hizo él, ese incondicional. Venía del populacho. Y él mismo simplemente no amó lo suficiente: de lo contrario, se habría enfurecido menos porque no se le amara. Ningún gran amor quiere amor: —quiere más.

    ¡Apartaos de todos esos incondicionales! Eso es una índole pobre, enferma, una índole de populacho: miran con malos ojos esta vida, tienen una mirada maléfica para esta tierra. ¡Apartaos de todos esos incondicionales! Tienen pies pesados y corazones sofocantes: —no saben danzar. ¡Cómo podría serles ligera la tierra!

    17

    Torcidamente se acercan todas las cosas buenas a su meta. Como gatos arquean el lomo, ronronean por dentro ante su dicha cercana, —todas las cosas buenas ríen.

    El paso delata si alguien camina ya por su senda: ¡miradme, pues, andar! Pero quien se acerca a su meta danza. Y, en verdad, no llegué a ser estatua, todavía no estoy ahí, rígido, embotado, pétreo, una columna; amo el correr veloz. Y aunque haya sobre la tierra pantano y densa aflicción: quien tiene pies ligeros corre aun por encima del fango y danza como sobre hielo barrido.

    ¡Levantad vuestros corazones, hermanos míos, alto! ¡Más alto! ¡Y no me olvidéis tampoco las piernas! ¡Levantad también vuestras piernas, vosotros, buenos danzantes, y mejor aún: os sostenéis también sobre la cabeza!

    18

    Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: yo mismo me puse esta corona, yo mismo declaré sagrada mi risa. A ningún otro encontré hoy lo bastante fuerte para ello.

    Zaratustra, el danzarín, Zaratustra, el ligero, el que hace señas con las alas, uno presto al vuelo, haciendo señas a todos los pájaros, presto y listo, un bienaventurado ligero: —Zaratustra, el adivino, Zaratustra, el que ríe de verdad, no un impaciente, no un incondicional, uno que ama los saltos y los saltos laterales; ¡yo mismo me puse esta corona!

    19

    ¡Levantad vuestros corazones, hermanos míos, alto! ¡Más alto! ¡Y no me olvidéis tampoco las piernas! ¡Levantad también vuestras piernas, vosotros, buenos danzantes, y mejor aún: os sostenéis también sobre la cabeza!

    También en la dicha hay animales pesados, hay torpes de pies desde el principio. De modo extraño se esfuerzan, como un elefante que se esfuerza en sostenerse sobre la cabeza. Pero mejor aún ser necio por dicha que necio por desdicha, mejor danzar torpemente que caminar cojo. Así pues, aprended de mí mi sabiduría: también la peor cosa tiene dos buenos reversos, — —también la peor cosa tiene buenas piernas de danza: ¡así pues, aprendedme, vosotros, hombres superiores, a poneros vosotros mismos como es debido sobre vuestras piernas! ¡Así pues, desaprendedme el suspirar de aflicción y toda tristeza de populacho! ¡Oh, qué tristes me parecen hoy todavía los Hanswürste del populacho! Pero este hoy es del populacho.

    20

    Imitadme al viento cuando se precipita desde sus cuevas de montaña: al son de su propio silbido quiere danzar; los mares tiemblan y saltan bajo sus pisadas.

    El que da alas a los asnos, el que ordeña a las leonas, alabado sea este espíritu bueno e indomable que llega como un viento de tormenta a todo hoy y a todo populacho, — —el que es enemigo de las cabezas de cardo y de las cabezas puntillosas, y de todas las hojas marchitas y malas hierbas: ¡alabado sea este espíritu de tormenta salvaje, bueno y libre que danza sobre pantanos y aflicciones como sobre praderas! El que odia a los perros farfullantes del populacho y a toda ralea malograda y sombría: ¡alabado sea este espíritu de todos los espíritus libres, la tormenta que ríe, que sopla polvo en los ojos de todos los que ven negro y están ulcerados!

    ¡Vosotros, hombres superiores, lo peor de vosotros es esto: ninguno aprendió a danzar como se debe danzar —a danzar por encima de vosotros mismos! ¿Qué importa que hayáis quedado malogrados? ¡CuántasCosas son todavia posiblesm! ¡Aprended, pues, a reír por encima de vosotros mismos! ¡Levantad vuestros corazones, vosotros, buenos danzantes, alto! ¡Más alto! ¡Y no me olvidéis tampoco la buena risa! Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: a vosotros, hermanos míos, os arrojo esta corona. Declaré sagrada la risa; vosotros, hombres superiores, ¡aprendedme —a reír!

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.12. LA SANTA CENA

    En este punto, en efecto, interrumpió el adivino el saludo de Zaratustra y de sus huéspedes: se abrió paso como quien no tiene tiempo que perder, asió la mano de Zaratustra y gritó: «¡Pero Zaratustra! Una cosa es más necesaria que la otra —así hablas tú mismo—: pues bien, una cosa es para mí ahora más necesaria que todas las otras. Una palabra a su debido tiempo: ¿no me has invitado al banquete? Y aquí hay muchos que recorrieron largos caminos. ¿No querrás despacharnos con discursos? También todos habéis pensado ya demasiado, para mi gusto, en el helarse, el ahogarse, el asfixiarse y otros apuros corporales: pero nadie pensó en mi apuro, a saber, en el morir de hambre…»

    (Así habló el adivino; pero cuando los animales de Zaratustra oyeron estas palabras, salieron corriendo espantados. Pues vieron que todo cuanto habían traído a casa durante el día no bastaría para atiborrar a ese único adivino).

    «Incluido el morir de sed —prosiguió el adivino—. Y aunque oigo aquí el agua chapotear como discursos de sabiduría, a saber, abundante e incansablemente: yo —¡quiero vino! No todo el mundo es, como Zaratustra, un bebedor de agua nato. El agua tampoco sirve para los cansados y marchitos: a nosotros nos corresponde el vino —¡solo él da una repentina convalecencia y una salud improvisada!»

    En esta ocasión, cuando el adivino reclamó vino, ocurrió que también el rey de la izquierda, el silencioso, tomó por una vez la palabra. «Del vino —dijo— nos ocupamos nosotros, yo junto con mi hermano, el rey de la derecha: tenemos suficiente vino —todo un asno cargado. Así pues, no falta nada salvo pan».

    «¿Pan? —replicó Zaratustra y rió—. Pero pan solo no tienen los ermitaños. Mas el hombre no vive solo de pan, sino también de carne de buenos corderos, de los que tengo dos: —a esos hay que sacrificarlos sin demora y prepararlos bien sazonados, con salvia: así me gusta. Y tampoco faltan raíces y frutos, lo bastante buenos incluso para golosos y sibaritas; ni nueces y otros enigmas para cascar. Así pues, haremos en breve una buena comida. Pero quien quiera comer con nosotros tendrá también que echar una mano, incluso los reyes. Pues en casa de Zaratustra hasta un rey puede hacer de cocinero».

    Esta propuesta fue del agrado de todos: solo que el mendigo voluntario se erizó contra la carne y el vino y las sazones. «¡Pero escuchad a este glotón de Zaratustra! —dijo en broma—. ¿Se va uno para eso a cuevas y a la alta montaña, para preparar semejantes comidas? Ahora, ciertamente, entiendo lo que una vez nos enseñó: “¡Bendita sea la pequeña pobreza!”. Y por qué quiere abolir a los mendigos».

    «Ten buen ánimo —le respondió Zaratustra—, como lo tengo yo. Sigue con tu costumbre, tú, hombre excelente; masca tus granos, bebe tu agua, alaba tu cocina: ¡con tal de que te alegre!

    Yo soy una ley solo para los míos, yo no soy una ley para todos. Pero quien es de los míos debe ser de huesos fuertes y también de pies ligeros, —alegre para guerras y fiestas, no un sombrío, no un Juan-Soñador, dispuesto para lo más duro como para su fiesta, sano y entero. Lo mejor pertenece a los míos y a mí; y si no nos lo dan, lo tomamos: —¡el mejor alimento, el cielo más puro, los pensamientos más fuertes, las mujeres más bellas!»

    Así habló Zaratustra; pero el rey de la derecha replicó: «¡Extraño! ¿Oyó alguien alguna vez cosas tan inteligentes de boca de un sabio? Y, en verdad, eso es lo más extraño en un sabio: que, además de todo eso, sea también inteligente y no un asno».

    Así habló el rey de la derecha y se asombró; pero el asno respondió a su discurso con mala voluntad: I-A. Pero esto fue el comienzo de aquella larga comida que en los libros de historia es llamada «La última cena». Pero en ella no se habló de nada más que del hombre superior.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.11. EL SALUDO

    No fue hasta última hora de la tarde cuando Zaratustra, tras mucho buscar en vano y andar errante, volvió a su cueva. Pero cuando se hallaba frente a ella, ya a menos de veinte pasos de distancia, ocurrió lo que ahora menos esperaba: oyó de nuevo el gran grito de angustia. Y —¡sorprendente!— esta vez este provenía de su propia cueva. Pero era un grito largo, múltiple, extraño, y Zaratustra distinguió claramente que se componía de muchas voces, aunque, oído desde lejos, pudiera sonar como el grito de una sola boca.

    Entonces Zaratustra se lanzó hacia su cueva, y mira, ¡qué espectáculo le aguardaba ahora después de este espectáculo para los oídos! Pues allí estaban todos sentados juntos, aquellos con quienes se había cruzado durante el día: el rey de la derecha y el rey de la izquierda, el viejo mago, el papa, el mendigo voluntario, la sombra, el concienzudo del espíritu, el triste adivino y el asno; pero el hombre más feo se había puesto una corona y ceñido dos cinturones de púrpura, pues, como todos los feos, le gustaba disfrazarse y dárselas de hermoso. Pero en medio de esta triste compañía estaba el águila de Zaratustra, erizada e inquieta, pues debía responder a demasiadas cosas para las cuales su orgullo no tenía respuesta; la sabia serpiente, en cambio, colgaba en torno a su cuello.

    Todo esto lo contempló Zaratustra con gran asombro; pero entonces examinó a cada uno de sus huéspedes con afable curiosidad, leyó sus almas y se asombró de nuevo. Entretanto, los reunidos se habían levantado de sus asientos y esperaban con reverencia a que Zaratustra hablara. Pero Zaratustra habló así:

    «¡Vosotros, desesperados! ¡Vosotros, extraños! ¿Así que era vuestro grito de angustia el que oí? Y ahora sé también dónde hay que buscar a aquel a quien hoy busqué en vano: el hombre superior… En mi propia cueva está sentado el hombre superior. ¿Pero de qué me asombro? ¿No lo he atraído yo mismo hacia mí mediante sacrificios de miel y astutos reclamos de mi dicha?

    Pero me parece que sois mala compañía unos para otros: os ponéis unos a otros el corazón de mal humor, vosotros, los que gritáis de angustia, cuando estáis aquí sentados juntos, ¿no? Primero tiene que venir alguien —alguien que vuelva a haceros reír, un buen y alegre Hanswurst, un danzarín y viento y espíritu indómito, algún viejo necio—: ¿qué os parece?

    Perdonadme, pues, vosotros, desesperados, que ante vosotros hable con palabras tan pequeñas, indignas, en verdad, de tales huéspedes. Pero no adivináis qué es lo que vuelve travieso mi corazón: vosotros mismos lo hacéis y lo hace vuestro aspecto, ¡perdonádmelo! Pues todo el que contempla a un desesperado se vuelve valeroso. Dar ánimos a un desesperado —para eso cualquiera se cree lo bastante fuerte. A mí mismo me disteis esta fuerza: ¡un buen don, mis elevados huéspedes! ¡Un cabal regalo de huésped! ¡Bien! No os encolericéis ahora porque yo también os ofrezca algo de lo mío.

    Esto de aquí es mi reino y mi dominio; pero lo que es mío, durante esta tarde y esta noche ha de ser vuestro. Mis animales han de serviros: ¡que mi cueva sea vuestro lugar de descanso! En mi casa y en mi hogar nadie ha de desesperar; en mi territorio protejo a cada cual de sus animales salvajes. Y esto es lo primero que os ofrezco: seguridad. Pero lo segundo es: mi dedo meñique. Y una vez que lo tengáis, tomad también la mano entera, ¡bien!, ¡y con ella el corazón! ¡Bienvenidos aquí, bienvenidos, mis amigos huéspedes!»

    Así habló Zaratustra, y rió por amor y por malicia. Después de esta bienvenida, sus huéspedes volvieron a inclinarse y callaron con reverencia; pero el rey de la derecha le respondió en nombre de todos:

    «Por el modo, oh Zaratustra, en que nos ofreciste la mano y el saludo, te reconocemos como Zaratustra. Te humillaste ante nosotros; casi hiciste daño a nuestra reverencia. Pero ¿quién podría, como tú, humillarse con tal orgullo? Eso nos levanta a nosotros mismos; es un refrigerio para nuestros ojos y corazones. Solo por contemplar esto subiríamos con gusto a montañas más altas que esta montaña. Pues vinimos como curiosos espectadores; queríamos ver qué vuelve luminosos los ojos apagados. Y mira, ya ha cesado todo nuestro gritar de angustia. Ya se nos hallan abiertos el sentido y el corazón, y están arrebatados. Poco falta: y nuestro valor se vuelve travieso.

    Nada más grato crece sobre la tierra que una voluntad superior y fuerte: esa es su planta más hermosa. Un paisaje entero se reconforta con semejante árbol. Con el pino comparo a quien, como tú, oh Zaratustra, crece: alto, silencioso, duro, solitario, de la mejor y más flexible madera, magnífico; pero extendiendo al final fuertes ramas verdes hacia su dominio, formulando fuertes preguntas a vientos y tempestades y a cuanto tiene su hogar en las alturas, respondiendo con más fuerza, uno que manda, un vencedor: oh, ¿quién no habría de subir a altas montañas para contemplar tales plantas? También el sombrío, el malogrado, halla refrigerio en este árbol tuyo, oh Zaratustra; al contemplarte, también el inconstante cobra seguridad y cura su corazón. Y, en verdad, hacia tu montaña y tu árbol se dirigen hoy muchos ojos; un gran anhelo se puso en camino, y muchos aprendieron a preguntar: ¿quién es Zaratustra?

    Y todo aquel al que alguna vez le destilaste tu canto y tu miel en el oído: todos los escondidos, los ermitaños, los que viven a pares hablaron de pronto a su corazón: “¿Vive aún Zaratustra? Ya no vale la pena vivir, todo es igual, todo es en vano: o bien… ¡debemos vivir con Zaratustra!”

    “¿Por qué no viene él, que llevaba tanto tiempo anunciándose? —así preguntan muchos—. ¿Lo devoró la soledad? ¿O acaso debemos ir nosotros hasta él?”

    Ahora sucede que la soledad misma se vuelve frágil y se quiebra, como una tumba que se quiebra y ya no puede retener a sus muertos. Por todas partes se ven resucitados. Ahora suben y suben las olas en torno a tu montaña, oh Zaratustra. Y por muy alta que sea tu altura, muchos han de subir hasta ti; tu bote no permanecerá ya mucho tiempo en seco. Y que nosotros, los desesperados, hayamos venido ahora a tu cueva y ya no desesperemos: eso no es sino una señal y un presagio de que otros mejores están en camino hacia ti; pues él mismo está en camino hacia ti, el último resto de Dios entre los hombres, esto es: ¡todos los hombres del gran anhelo, de la gran náusea, del gran hastío, todos los que no quieren vivir a menos que aprendan de nuevo a esperar —o que aprendan de ti, oh Zaratustra, la gran esperanza!»

    Así habló el rey de la derecha, y asió la mano de Zaratustra para besarla; pero Zaratustra rechazó su veneración y retrocedió sobresaltado, en silencio y como huyendo de pronto hacia vastas lejanías. Pero al cabo de un breve rato ya estaba de nuevo junto a sus huéspedes, los miró con ojos claros y escrutadores y dijo:

    «Huéspedes míos, vosotros, hombres superiores, quiero hablar con vosotros en alemán y con claridad. No era a vosotros a quienes esperaba aquí en estas montañas».

    («¿En alemán y con claridad? ¡Que Dios se apiade! —dijo aquí, aparte, el rey de la izquierda—. ¡Se nota que no conoce a los queridos alemanes, este sabio de Oriente! Pero quiere decir “en alemán y con crudeza”… ¡Bien! ¡Ese no es hoy todavía el peor de los gustos!»)

    «Puede que, en verdad, seáis todos hombres superiores —prosiguió Zaratustra—; pero para mí no sois lo bastante altos ni fuertes. Para mí, esto es: para lo inexorable que en mí calla, pero que no siempre callará. Y si me pertenecéis, desde luego no como mi brazo derecho. Pues quien se mantiene él mismo en pie sobre piernas enfermas y delicadas, como vosotros, quiere ante todo, lo sepa o se lo oculte: que se le trate con miramiento. Pero yo no trato con miramiento a mis brazos ni a mis piernas, no trato con miramiento a mis guerreros: ¿cómo podríais servir para mi guerra? Con vosotros se me malograría toda victoria. Y más de uno de vosotros se desplomaría con solo oír el fuerte retumbar de mis tambores.

    Tampoco sois para mí lo bastante hermosos ni bien nacidos. Necesito espejos puros y lisos para mis enseñanzas; en vuestra superficie se distorsiona aún mi propia imagen. Sobre vuestros hombros pesa más de una carga, más de un recuerdo; más de un enano ruin se agazapa en vuestros rincones. También hay en vosotros populacho oculto. Y aunque seáis altos y de índole superior, mucho en vosotros está torcido y deforme. No hay herrero en el mundo que pueda daros la forma debida y enderezaros para mí a martillazos.

    Sois solo puentes: ¡que otros más altos crucen sobre vosotros! Representáis peldaños: así pues, no os encolericéis con aquel que sube por encima de vosotros hasta su altura. De vuestra semilla podría brotar también algún día para mí un hijo genuino y heredero perfecto: pero eso está lejos. Vosotros mismos no sois aquellos a quienes pertenecen mi herencia y mi nombre.

    No es a vosotros a quienes espero aquí en estas montañas; no me es dado descender con vosotros por última vez. Vinisteis a mí únicamente como presagio de que otros más altos ya están en camino hacia mí: no los hombres del gran anhelo, de la gran náusea, del gran hastío, ni aquello que llamasteis el resto de Dios. ¡No! ¡No! ¡Tres veces no! Es a otros a quienes espero aquí en estas montañas, y no quiero levantar el pie de aquí sin ellos: a otros más altos, más fuertes, más victoriosos, más animosos, tales que están construidos a escuadra en cuerpo y alma. ¡Tienen que venir leones rientes!

    ¡Oh, mis amigos huéspedes, vosotros, extraños! ¿Aún no oísteis nada de mis hijos? ¿Y que están de camino hacia mí? Habladme, pues, de mis jardines, de mis islas bienaventuradas, de mi nueva y hermosa especie —¿por qué no me habláis de ello? Este regalo de huésped se lo pido a vuestro amor: que me habléis de mis hijos. Para esto soy rico, para esto me volví pobre: ¿qué no entregué yo —qué no entregaría— para tener una sola cosa: estos hijos, esta viviente plantación, estos árboles de vida de mi voluntad y de mi más alta esperanza?»

    Así habló Zaratustra e hizo de pronto una pausa en su discurso, pues lo asaltó su anhelo, y cerró los ojos y la boca ante la agitación de su corazón. Y también todos sus huéspedes callaron y permanecieron en pie, inmóviles y sobrecogidos: solo el viejo adivino hacía señas con las manos y con ademanes.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.10. A MEDIODÍA

    Y Zaratustra corrió y corrió y no encontró ya a nadie, y estuvo solo, y se encontró una y otra vez a sí mismo, y gozó y sorbió su soledad y pensó en cosas buenas —durante horas. Pero hacia la hora del mediodía, cuando el sol estaba justo sobre la cabeza de Zaratustra, pasó junto a un viejo árbol torcido y nudoso, abrazado por todas partes por el rico amor de una vid y oculto a sí mismo: de él colgaban amarillas uvas en abundancia, saliendo al encuentro del caminante. Entonces le entró el deseo de apagar una pequeña sed y arrancar para sí un racimo; pero cuando ya extendía el brazo para ello, le entró todavía más el deseo de algo distinto: a saber, tenderse junto al árbol, a la hora del mediodía perfecto, y dormir.

    Esto hizo Zaratustra; y en cuanto estuvo tendido en el suelo, en la quietud y el secreto de la hierba multicolor, ya había olvidado también su pequeña sed y se quedó dormido. Pues, como dice el proverbio de Zaratustra: una cosa es más necesaria que la otra. Solo que sus ojos permanecieron abiertos: —pues no se saciaban de ver y alabar el árbol y el amor de la vid. Pero, mientras se dormía, Zaratustra habló así a su corazón:

    ¡Silencio! ¡Silencio! ¿No acaba de volverse perfecto el mundo? ¿Qué me sucede, pues? Como un delicado viento, sin ser visto, danza sobre un mar entablado, ligero, pluma-ligero: así —danza el sueño sobre mí. No me cierra ojo alguno, me deja el alma despierta. Ligero es, en verdad, pluma-ligero. Me persuade, no sé cómo; me da toques por dentro con mano halagadora, me obliga. Sí, me obliga a que mi alma se estire: —¡cómo se me vuelve larga y cansada, mi extraña alma! ¿Le llegó acaso la tarde de un séptimo día justo a mediodía? ¿Caminó ya demasiado tiempo, bienaventurada, entre cosas buenas y maduras? Se estira larga, larga, —¡más larga aún! Yace quieta, mi extraña alma. Ya ha probado demasiado de lo bueno; esta dorada tristeza la oprime, tuerce la boca.

    —Como un barco que entró en su bahía más quieta: —ahora se apoya en la tierra, cansado de los largos viajes y de los mares inciertos. ¿No es la tierra más fiel? Cuando un barco así se arrima a tierra, se acurruca contra ella: —entonces basta con que una araña tienda hasta él su hilo desde tierra. Allí no hacen falta amarras más fuertes. Como un barco así, cansado, en la bahía más quieta: así descanso también yo ahora cerca de la tierra, fiel, confiado, a la espera, atado a ella con los hilos más tenues.

    ¡Oh dicha! ¡Oh dicha! ¿Quieres quizá cantar, oh alma mía? Yaces en la hierba. Pero esta es la hora secreta y solemne en la que ningún pastor toca su flauta. ¡Ten cuidado! El ardiente mediodía duerme sobre los campos. ¡No cantes! ¡Silencio! El mundo es perfecto. ¡No cantes, tú, ave de la hierba, oh alma mía! ¡Ni siquiera susurres! Mira —¡silencio!—: el viejo mediodía duerme, mueve la boca: ¿no bebe ahora mismo una gota de dicha, una vieja gota parda de dorada dicha, de dorado vino? Algo pasa fugazmente sobre él, su dicha ríe. Así —ríe un dios. ¡Silencio!—

    «¡Por dicha, qué poco basta para la dicha!». Así hablé yo una vez y me tuve por inteligente. Pero era una blasfemia: eso lo aprendí ahora. Los necios inteligentes hablan mejor. Precisamente lo más mínimo, lo más quedo, lo más ligero, el rumor de una lagartija, un soplo, un pasar fugaz, un parpadeo —lo poco constituye la índole de la mejor dicha. ¡Silencio!

    —¿Qué me sucedió? ¡Escucha! ¿Acaso se alejó volando el tiempo? ¿No caigo? ¿No caí —¡escucha!— en el pozo de la eternidad? —¿Qué me sucede? ¡Silencio! ¿Me punza —¡ay!— en el corazón? ¡En el corazón! ¡Oh, hazte pedazos, hazte pedazos, corazón, tras tal dicha, tras tal punzada! —¿Cómo? ¿No acaba de volverse perfecto el mundo? ¿Redondo y maduro? ¡Oh, el dorado y redondo aro! ¿Adónde vuela acaso? ¿Corro tras él? ¡Deprisa! Silencio… (Y aquí Zaratustra se estiró y sintió que dormía.)

    «¡Arriba! —se dijo a sí mismo—. ¡Tú, durmiente! ¡Tú, durmiente de mediodía! ¡Ea, arriba, viejas piernas! Es tiempo y sobretiempo; aún os queda más de un buen trecho de camino — Ahora habéis dormido hasta saciaros —¿cuánto tiempo, pues? ¡Media eternidad! ¡Ea, arriba ahora, mi viejo corazón! ¿Cuánto tiempo te llevará aún después de tal sueño —despertarte del todo?». (Pero entonces ya se quedó dormido de nuevo, y su alma habló contra él y se resistió y volvió a tenderse.) —«¡Déjame! ¡Silencio! ¿No acaba de volverse perfecto el mundo? ¡Oh, la dorada y redonda bola!».

    «¡Levántate —dijo Zaratustra—, tú, pequeña ladrona, tú, ladrona del día! ¿Cómo? ¿Aún estirarse, bostezar, suspirar, caer en hondos pozos? ¡Quién eres, pues! ¡Oh, alma mía!» (y aquí se sobresaltó, pues un rayo de sol cayó del cielo sobre su rostro). «¡Oh, cielo sobre mí! —dijo suspirando y se sentó erguido—. ¿Me miras? ¿Escuchas atentamente a mi extraña alma? ¿Cuándo beberás esta gota de rocío que cayó sobre todas las cosas de la tierra? ¿Cuándo beberás esta extraña alma? ¿Cuándo, pozo de la eternidad? ¡Tú, sereno y pavoroso abismo-mediodía! ¿Cuándo beberás mi alma de vuelta en ti?»

    Así habló Zaratustra y se levantó de su lecho junto al árbol como de una extraña embriaguez: y mira, allí estaba el sol todavía justo sobre su cabeza. Pero de ello podría uno deducir con razón que Zaratustra no había dormido mucho en aquella ocasión.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.9. LA SOMBRA

    Pero apenas se había alejado corriendo el mendigo voluntario y estaba Zaratustra de nuevo a solas consigo mismo, cuando oyó detrás de sí una nueva voz, que gritaba: “¡Alto! ¡Zaratustra! ¡Espera, pues! ¡Soy yo, oh Zaratustra, yo, tu sombra!” Pero Zaratustra no esperó, pues le sobrevino un repentino fastidio por tanta afluencia y tanto apretujamiento en sus montañas. “¿Dónde ha ido a parar mi soledad? —dijo—. Esto se me hace, en verdad, demasiado; este macizo hormiguea, mi reino ya no es de este mundo, necesito nuevas montañas. ¿Mi sombra me llama? ¡Qué importa mi sombra! ¡Que corra tras de mí! Yo —me alejo corriendo de ella”.

    Así habló Zaratustra a su corazón y se alejó corriendo. Pero el que estaba detrás de él le siguió: de modo que al punto eran allí tres los que corrían, uno tras otro; a saber: delante el mendigo voluntario, luego Zaratustra y, como tercero y último, su sombra. No corrieron así mucho tiempo, cuando Zaratustra cayó en la cuenta de su necedad y, de un tirón, se sacudió de encima todo fastidio y hartazgo. “¡Cómo! —dijo—. ¿No han sucedido desde siempre las cosas más ridículas entre nosotros, viejos ermitaños y santos? En verdad, mi necedad alcanzó gran altura en las montañas. ¡Ahora oigo traquetear, una tras otra, seis viejas piernas de necios! Pero ¿puede acaso Zaratustra tener miedo de una sombra? También me parece, a fin de cuentas, que tiene las piernas más largas que yo”.

    Así habló Zaratustra, riendo con ojos y entrañas, se detuvo y se dio rápidamente la vuelta —y mira, casi derribó con ello a su seguidor y sombra: tan pegado iba ya este a sus talones, y tan débil era también. Pues cuando lo examinó con la mirada, se sobresaltó como ante un espectro repentino: tan flaco, negruzco, hueco y consumido parecía este seguidor. “¿Quién eres? —preguntó Zaratustra con vehemencia—. ¿Qué haces aquí? ¿Y por qué te llamas mi sombra? No me gustas”.

    “Perdóname —respondió la sombra— que sea yo; y si no te gusto, pues bien, oh Zaratustra, en eso te elogio a ti y a tu buen gusto. Un caminante soy yo, que ya ha caminado mucho tras tus talones: siempre de camino, pero sin meta, también sin hogar; de modo que, en verdad, poco me falta para ser el Judío Errante, salvo que no soy eterno, y tampoco judío. ¿Cómo? ¿He de estar siempre de camino? ¿Arremolinado por cada viento, errante, arrastrado sin cesar? ¡Oh tierra, te me has vuelto demasiado redonda!

    Sobre toda superficie me he sentado ya; como polvo cansado me dormí sobre espejos y vidrios de ventana: todo me quita, nada me da, voy adelgazando —casi me parezco a una sombra. Pero tras de ti, oh Zaratustra, volé y marché durante más tiempo; y aunque me he escondido de ti, he sido, pese a todo, tu mejor sombra: dondequiera que tú te has sentado, me he sentado yo también.

    Contigo he andado por los mundos más remotos, más fríos, como un espectro que voluntariamente corre sobre tejados invernales y nieve. Contigo me lancé hacia todo lo prohibido, lo peor, lo más remoto: y si algo en mí es virtud, es que no tuve miedo de prohibición alguna. Contigo hice pedazos lo que alguna vez veneró mi corazón; derribé todos los mojones y las imágenes, corrí tras los deseos más peligrosos —en verdad, pasé una vez por encima de cada crimen. Contigo desaprendí la fe en palabras y valores y grandes nombres. Cuando el diablo muda de piel, ¿no se le cae también su nombre? Pues también el nombre es piel. El diablo mismo es quizá —piel.

    “Nada es verdadero, todo está permitido”: así me decía para darme ánimo. En las aguas más frías me precipité con cabeza y corazón. ¡Ay, cuántas veces me encontré por ello desnudo como un rojo cangrejo! ¡Ay, adónde se me fue todo lo bueno y toda vergüenza y toda fe en los buenos! ¡Ay, dónde está aquella mentirosa inocencia que una vez poseí, la inocencia de los buenos y de sus nobles mentiras!

    Demasiado a menudo, en verdad, seguí a la verdad pegado a sus talones: entonces ella me dio una patada en la cabeza. A veces creí mentir, y mira, solo entonces di —con la verdad. Demasiado se me aclaró: ahora ya nada me concierne. Nada vive ya que yo ame —¿cómo habría aún de amarme a mí mismo? “Vivir como tenga ganas, o no vivir en absoluto”: así lo quiero, así lo quiere también el más santo. Pero, ¡ay! ¿cómo he de tener aún —ganas? ¿Tengo —aún una meta? ¿Un puerto hacia el que vaya mi vela? ¿Un buen viento? ¡Ay, solo quien sabe adónde navega sabe también qué viento es bueno y cuál es su viento propicio! ¿Qué me quedó aún? Un corazón cansado e insolente; una voluntad inconstante; alas de revoloteo; una columna vertebral rota. Este buscar mi hogar: oh Zaratustra, bien lo sabes, este buscar fue mi azote, me devora. “¿Dónde está —mi hogar?” Por él pregunto y busco y busqué, y no lo encontré. ¡Oh eterno en todas partes, oh eterno en ninguna parte, oh eterno —en vano!”

    Así habló la sombra, y el rostro de Zaratustra se alargó al oír sus palabras. “Tú eres mi sombra —dijo al fin con tristeza—. Tu peligro no es pequeño, tú, espíritu libre y caminante. Has tenido un mal día: mira que no te venga una tarde peor. A inconstantes como tú, al fin hasta una cárcel les parece bienaventurada. ¿Has visto alguna vez cómo duermen los criminales encarcelados? Duermen tranquilos, disfrutan de su nueva seguridad. ¡Guárdate de que al final te encarcele todavía una fe estrecha, un delirio duro, severo! Pues ahora ya te seduce y te tienta todo lo que es estrecho y firme.

    Has perdido la meta: ¡ay! ¿cómo vas a malbaratar y a sobrellevar esa pérdida? Con ello —has perdido también el camino. ¡Tú, pobre errante, soñador, tú, cansada mariposa! ¿Quieres esta tarde tener un descanso y morada? Entonces sube a mi cueva. Hacia allí conduce el camino a mi cueva.

    Y ahora quiero alejarme de nuevo corriendo de ti. Ya pesa sobre mí como una sombra. Quiero correr solo, para que vuelva a haber claridad en torno a mí. Para eso tengo que seguir todavía mucho tiempo alegre sobre las piernas. Pero esta tarde, en mi casa —¡se danza!” — —

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.8. EL MENDIGO VOLUNTARIO

    Cuando Zaratustra hubo dejado al hombre más feo, tuvo frío y se sintió solo: pues muchas cosas frías y solitarias le pasaron por los sentidos, así que, por ello, también sus miembros se enfriaron. Pero conforme seguía subiendo y subiendo —arriba, abajo—, unas veces junto a verdes prados, pero también sobre salvajes lechos pedregosos, donde acaso antaño se había tendido a dormir un impaciente arroyo, se le hizo otra vez más cálido y más cordial el ánimo.

    «¿Qué me ha sucedido? —se preguntó—. Algo cálido y vivo me reconforta, eso tiene que estar cerca de mí. Ya estoy menos solo; compañeros y hermanos inconscientes vagan a mi alrededor, su cálido aliento toca mi alma».

    Pero cuando miró a su alrededor y buscó a los consoladores de su soledad: mira, eran vacas, que estaban juntas sobre una altura; su proximidad y su olor habían calentado su corazón. Pero aquellas vacas parecían escuchar con empeño a alguien que hablaba y no prestaron atención al que se acercaba. Pero cuando Zaratustra estuvo ya muy cerca de ellas, oyó claramente que una voz humana hablaba desde en medio de las vacas; y era evidente que todas habían vuelto sus cabezas hacia el que hablaba.

    Entonces Zaratustra saltó hacia arriba con ímpetu y apartó a los animales, pues temía que allí a alguien le hubiese ocurrido algún mal, al que difícilmente podría poner remedio la compasión de las vacas. Pero en esto se había engañado; pues mira, allí estaba sentado un hombre en el suelo y parecía hablarles a los animales para que no tuvieran miedo de él, un hombre pacífico y predicador de montaña, desde cuyos ojos predicaba la bondad misma. «¿Qué buscas aquí?», gritó Zaratustra con extrañeza.

    «¿Qué busco aquí? —respondió él—. Lo mismo que buscas tú, perturbador: a saber, la dicha en la tierra. Pero para eso querría aprender de estas vacas. Pues, ya sabes, media mañana llevo hablándoles, y ahora mismo querían darme respuesta. ¿Por qué, pues, las perturbas?

    Si no nos volvemos y nos hacemos como las vacas, no entraremos en el reino de los cielos. Pues deberíamos aprender una cosa de ellas: el rumiar. Y en verdad, aunque el hombre ganase el mundo entero y no aprendiese esa única cosa, el rumiar: ¿de qué le aprovecharía? No se libraría de su aflicción —de su gran aflicción: que hoy se llama náusea. ¿Quién no tiene hoy el corazón, la boca y los ojos llenos de náusea? ¡También tú! ¡También tú! ¡Pero mira estas vacas!»

    Así habló el predicador de la montaña y volvió entonces su propia mirada hacia Zaratustra —pues hasta entonces su mirada estaba amorosamente prendida de las vacas—: pero entonces se transformó. «¿Quién es ese con quien hablo? —gritó sobresaltado y saltó del suelo—. Este es el hombre sin náusea, este es Zaratustra mismo, el superador de la gran náusea; este es el ojo, esta es la boca, este es el corazón de Zaratustra mismo». Y, mientras así hablaba, besaba las manos de aquel a quien hablaba, con los ojos desbordantes, y se comportaba por completo como uno a quien un precioso regalo y una joya le caen de improviso del cielo. Pero las vacas contemplaban todo aquello y se maravillaban.

    «¡No hables de mí, tú extraño! ¡Encantador! —dijo Zaratustra, y rechazó sus muestras de ternura—, ¡háblame primero de ti! ¿No eres tú el mendigo voluntario, que una vez arrojó lejos de sí una gran riqueza, —el que se avergonzó de su riqueza y de los ricos, y huyó hacia los más pobres, para regalarles su plenitud y su corazón? Pero ellos no lo aceptaron».

    «Pero ellos no me aceptaron —dijo el mendigo voluntario—, ya lo sabes. Así que al final me fui a los animales y a estas vacas».

    «Ahí aprendiste —interrumpió Zaratustra al que hablaba— cuánto más difícil es dar bien que recibir bien, y que regalar bien es un arte y el último y más astuto arte magistral de la bondad».

    «Especialmente hoy —respondió el mendigo voluntario—: hoy, en efecto, cuando todo lo bajo se volvió rebelde y receloso y, a su manera, altivo: a saber, a la manera del populacho. Pues llegó la hora, ya lo sabes, de la gran, mala, larga y lenta insurrección del populacho y de los esclavos: ¡esa crece y crece! Ahora indigna a los bajos todo hacer el bien y todo pequeño dar; ¡y que los riquísimos estén en guardia! Quien hoy gotea, como las botellas barrigonas, por cuellos demasiado estrechos: —a tales botellas se les rompe hoy de buen grado el cuello. Codicia lasciva, envidia biliosa, amargado afán de venganza, orgullo de populacho: todo eso me saltó a la cara. Ya no es verdad que los pobres sean bienaventurados. Pero el reino de los cielos está con las vacas».

    «¿Y por qué no está con los ricos?» —preguntó Zaratustra, poniéndolo a prueba, mientras contenía a las vacas, que resoplaban confiadas hacia el hombre pacífico.

    «¿Por qué me pones a prueba? —respondió este—. Tú mismo lo sabes aún mejor que yo. ¿Qué me empujó, pues, hacia los más pobres, oh Zaratustra? ¿No fue la náusea ante nuestros más ricos? —ante los forzados de la riqueza, que rebuscan su ventaja en cada montón de basura, con ojos fríos, pensamientos lúbricos; ante esa chusma que apesta hasta el cielo, —ante ese populacho dorado y falsificado, cuyos padres fueron rateros o aves carroñeras o traperos, con mujeres complacientes, lascivas, olvidadizas: —pues a todas, en efecto, les falta poco para ser putas—. ¡Populacho arriba, populacho abajo! ¿Qué significan hoy todavía “pobre” y “rico”? Esa distinción la desaprendí; —entonces huí de allí, más lejos, siempre más lejos, hasta que vine a estas vacas».

    Así habló el pacífico y él mismo resoplaba y sudaba al decir estas palabras: de modo que las vacas se maravillaron de nuevo. Pero Zaratustra lo miraba siempre a la cara sonriendo, mientras hablaba con tanta dureza, y a la vez sacudía en silencio la cabeza. «Te haces violencia, tú, predicador de la montaña, cuando empleas palabras tan duras. Para tal dureza no te crecieron la boca ni el ojo. Tampoco, según me parece, tu propio estómago: no soporta todo ese encolerizarse y odiar y desbordarse. Tu estómago quiere cosas más suaves: tú no eres un carnicero. Más bien me pareces un hombre de plantas y raíces. Quizá tritures granos. Pero ciertamente eres reacio a los placeres de la carne y amas la miel».

    «Me adivinaste bien —respondió el mendigo voluntario, con el corazón aliviado—. Amo la miel, trituro también granos, pues busqué lo que es agradable al paladar y hace puro el aliento: —también lo que requiere mucho tiempo, una labor de día y de boca para apacibles holgazanes y ladrones del día. Pero quienes más lejos llegaron, ciertamente, fueron estas vacas: se inventaron el rumiar y el tenderse al sol. También se abstienen de todos los pensamientos pesados que hinchan el corazón».

    «¡Bien! —dijo Zaratustra—: deberías ver también a mis animales, a mi águila y mi serpiente: hoy no hay en la tierra otros como ellos. Mira, hacia allí conduce el camino a mi cueva: sé esta noche su huésped. Y habla con mis animales de la dicha de los animales, —hasta que yo mismo vuelva a casa. Pues ahora me llama con urgencia un grito de angustia lejos de ti. También hallarás nueva miel en mi casa, miel de oro de panal, fresca como el hielo: ¡cómela! Pero ahora despídete al punto de tus vacas, tú, extraño, ¡encantador!, aunque te cueste. Pues son tus más cálidas amigas y maestras».

    «—Excepto a uno, al que quiero aún más —respondió el mendigo voluntario—. ¡Tú mismo eres bueno y mejor aún que una vaca, oh Zaratustra!»

    «¡Fuera, fuera contigo, tú, malvado adulador! —gritó Zaratustra con malicia—. ¿Por qué me echas a perder con tal elogio y miel de adulación?» «¡Fuera, fuera de mí!» —gritó una vez más y blandió su bastón contra el tierno mendigo: pero este salió corriendo a toda prisa.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.7. EL HOMBRE MÁS FEO

    Y otra vez corrieron los pies de Zaratustra por montañas y bosques, y sus ojos buscaban y buscaban, pero en ninguna parte se dejaba ver aquel a quien querían ver: el gran afligido y el que gritaba de angustia. Pero a lo largo de todo el camino se regocijaba en su corazón y estaba agradecido. «¡Qué buenas cosas —dijo— me regaló este día, en compensación por haber empezado mal! ¡Qué extraños interlocutores encontré! En sus palabras quiero ahora masticar largo tiempo como en buenos granos; mi diente ha de molerlas y machacarlas bien menudas, hasta que fluyan a mi alma como leche.» —

    Pero cuando el camino volvió a doblar en torno a un peñasco, de golpe cambió el paisaje, y Zaratustra entró en un reino de la muerte. Aquí se erguían abruptos riscos negros y rojos: ni hierba, ni árbol, ni voz de pájaro. Era, en efecto, un valle que evitaban todos los animales, incluso las bestias de presa; solo una especie de serpientes feas, gruesas y verdes, cuando se hacían viejas, venían aquí a morir. Por eso los pastores llamaban a este valle «Muerte de serpientes».

    Pero Zaratustra se hundió en un negro recuerdo, pues le pareció como si ya una vez hubiera estado en este valle. Y muchas cosas graves se posaron sobre su ánimo: de tal modo que caminó lentamente, y cada vez más lentamente, y finalmente se detuvo. Entonces vio, cuando abrió los ojos, algo que estaba sentado junto al camino, con forma de hombre y apenas de hombre, algo indecible. Y de un golpe sobrevino a Zaratustra la gran vergüenza de haber contemplado con los ojos algo semejante: enrojeciendo hasta su blanco cabello, desvió la mirada y alzó el pie para abandonar aquel terrible lugar. Pero entonces el yermo muerto se hizo sonoro: desde el suelo, en efecto, brotó algo gorgoteando y estertoreando, como de noche gorgotea y estertorea el agua por cañerías atascadas; y finalmente surgió de aquello una voz humana y un habla humana: —que decía así.

    «¡Zaratustra! ¡Zaratustra! ¡Adivina mi enigma! ¡Habla, habla! ¿Qué es la venganza contra el testigo? Te atraigo de vuelta, ¡aquí hay hielo resbaladizo! ¡Ten cuidado, ten cuidado, no vaya tu orgullo a romperse aquí las piernas! Te tienes por sabio, tú, orgulloso Zaratustra. ¡Pues adivina el enigma, tú, duro cascanueces, —el enigma que yo soy! Habla, pues: ¿quién soy yo?»

    Pero cuando Zaratustra oyó estas palabras —¿qué pensáis que ocurrió entonces en su alma? Le asaltó la compasión; y de golpe se desplomó, como un roble que durante mucho tiempo resistió a muchos leñadores —pesado, de repente, para espanto incluso de aquellos que querían talarlo. Pero ya se alzó de nuevo del suelo, y su semblante se endureció.

    «Bien te reconozco —dijo con una voz de bronce—: ¡tú eres el asesino de Dios! Déjame ir. No soportaste a aquel que te veía —que te veía siempre y hasta el fondo, tú, el hombre más feo. ¡Te vengaste de ese testigo!»

    Así habló Zaratustra y quiso irse; pero el indecible asió un extremo de su manto y comenzó de nuevo a gorgotear y a buscar palabras. «¡Quédate! —dijo al fin—, ¡quédate! ¡No pases de largo! Adiviné qué hacha te derribó: ¡salud a ti, oh Zaratustra, porque de nuevo estás en pie! Adivinaste, lo sé bien, cómo se siente aquel que lo mató —el asesino de Dios. ¡Quédate! Siéntate aquí a mi lado, no es en vano. ¿A quién habría de ir, si no es a ti? ¡Quédate, siéntate! ¡Pero no me mires! ¡Honra así —mi fealdad! Me persiguen: ahora eres mi último refugio. No con su odio, no con sus esbirros: —¡oh, de tal persecución me burlaría y estaría orgulloso y alegre!

    ¿No ha estado todo éxito hasta ahora del lado de los bien-perseguidos? Y quien persigue bien aprende fácilmente a seguir: —pues, al fin y al cabo, ya está —detrás. Pero es la compasión de ellos —la compasión de ellos— ante la que huyo y a ti me acojo. Oh Zaratustra, protégeme, tú, mi último refugio, tú, el único que me adivinaste: —tú adivinaste cómo se siente aquel que lo mató. ¡Quédate! Y si quieres irte, tú, impaciente: no vayas por el camino que yo vine. El camino es malo. ¿Te irritas conmigo porque ya demasiado tiempo hablo-chapurreo? ¿Porque incluso te aconsejo? Pero sábelo: soy yo, el hombre más feo, —el que también tiene los pies más grandes y más pesados. Donde yo caminé, el camino es malo. Yo piso todos los caminos hasta dejarlos muertos y destrozados.

    Pero que tú pasaste de largo junto a mí, callando; que enrojeciste, lo vi bien: por eso te reconocí como Zaratustra. Cualquier otro me habría arrojado su limosna, su compasión, con la mirada y la palabra. Pero para eso —no soy lo bastante mendigo, eso lo adivinaste—, para eso soy demasiado rico, rico en lo grande, en lo terrible, en lo más feo, en lo más indecible. ¡Tu vergüenza, oh Zaratustra, me honró! A duras penas salí del apretujón de los compasivos, —para encontrar al único que hoy enseña «la compasión es impertinente» —a ti, oh Zaratustra. —Sea la compasión de un dios, sea la de los hombres: la compasión va contra el pudor. Y no querer ayudar puede ser más noble que esa virtud que salta a socorrer.

    Pero eso se llama hoy la virtud misma entre toda la gente pequeña, la compasión: —no tienen reverencia ante la gran desdicha, ante la gran fealdad, ante el gran malogro. Por encima de todos estos miro, como un perro mira por encima de los lomos de rebaños de ovejas que pululan. Son pequeñas gentes lanosas, de buena voluntad, grises. Como una garza mira con desprecio por encima de estanques someros, con la cabeza echada hacia atrás: así miro yo por encima del hormigueo de pequeñas olas grises y voluntades y almas. Demasiado tiempo se les ha dado la razón a esas gentes pequeñas: así se les dio al fin también el poder —ahora enseñan: «bueno es solo lo que las gentes pequeñas llaman bueno».

    Y «verdad» se llama hoy a lo que dijo el predicador que procedía él mismo de entre ellos, ese extraño santo y abogado de las gentes pequeñas, el cual dio testimonio de sí mismo: «yo —soy la verdad». Este insolente hace ya mucho tiempo que les hincha la cresta a las gentes pequeñas —él, que no enseñó un pequeño error cuando enseñó: «yo —soy la verdad». ¿Se respondió jamás con mayor cortesía a un insolente? —Pero tú, oh Zaratustra, pasaste de largo junto a él y dijiste: «¡No! ¡No! ¡Tres veces no!». Tú advertiste contra su error, tú advertiste como el primero contra la compasión —no a todos, no a ninguno, sino a ti y a los de tu especie.

    Tú te avergüenzas ante la vergüenza del gran sufriente; y en verdad, cuando dices: «De la compasión viene una gran nube; ¡tened cuidado, vosotros, hombres!» —cuando enseñas: «Todos los creadores son duros, todo gran amor está por encima de su compasión»: oh Zaratustra, ¡qué bien me pareces instruido en los signos del tiempo! Pero tú mismo —¡adviértete también a ti mismo contra tu compasión! Pues muchos van de camino hacia ti, muchos que sufren, que dudan, que desesperan, que se ahogan, que se hielan—. Yo te advierto también contra mí. Tú adivinaste mi mejor, mi peor enigma, a mí mismo y lo que hice. Yo conozco el hacha que te derriba.

    Pero él —debía morir: él veía con ojos que lo veían todo, —veía las profundidades y los fondos del hombre, toda su ignominia y fealdad ocultas. Su compasión no conocía la vergüenza: se arrastraba hasta mis rincones más sucios. Este curiosísimo, ultra-entrometido, ultra-compasivo debía morir. Él me veía siempre: de un testigo así quería yo vengarme —o no vivir yo mismo. El Dios que lo veía todo, también al hombre: este Dios debía morir. El hombre no soporta que viva un testigo así».

    Así habló el hombre más feo. Pero Zaratustra se levantó y se dispuso a marcharse, pues se estremecía de frío hasta las entrañas. «Tú, indecible —dijo—, tú me advertiste de tu camino. En agradecimiento por ello te recomiendo el mío. Mira, allá arriba está la cueva de Zaratustra. Mi cueva es grande y profunda y tiene muchos rincones; allí encuentra su escondite el más escondido. Y muy cerca de ella hay cien escondrijos y vericuetos para el bicherío que repta, aletea y salta. Tú, expulsado, que te expulsaste a ti mismo, ¿no quieres vivir entre los hombres y la compasión de los hombres? Bien, pues ¡haz como yo! Así aprendes tú también de mí; solo el que hace aprende. ¡Y habla primero y, por lo pronto, con mis animales! El animal más orgulloso y el animal más sabio —bien podrían ser para nosotros dos los consejeros adecuados.» — —

    Así habló Zaratustra y siguió su camino, aún más pensativo y más lento que antes: pues se preguntaba muchas cosas y no sabía responderse fácilmente. «¡Qué pobre es, sin embargo, el hombre! —pensó en su corazón—, ¡qué feo, qué estertoroso, qué lleno de oculta vergüenza! Me dicen que el hombre se ama a sí mismo: ¡ay, qué grande debe de ser este amor de sí! ¡Cuánto desprecio tiene contra sí! También este de ahí se amaba: ¡cómo se despreciaba! —un gran amante es para mí y un gran despreciador. A ninguno encontré aún que se hubiera despreciado más profundamente: también eso es altura. ¡Ay! ¿Era quizá aquel el hombre superior cuyo grito escuché? Amo a los grandes despreciadores. Pero el hombre es algo que debe ser superado.» — —

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.6. AUSSER DIENST («FUERA DE SERVICIO»)

    Pero no mucho después de haberse zafado Zaratustra del mago, vio de nuevo a alguien sentado junto al camino que recorría, a saber, un hombre alto, vestido de negro, con un pálido rostro demacrado: este le disgustó sobremanera. «¡Ay! —dijo a su corazón—, ahí está sentada la aflicción embozada; eso me parece de la índole de los sacerdotes: ¿qué quieren esos en mi reino? ¡Cómo! Apenas he escapado de aquel mago: ¿ha de cruzárseme otra vez en el camino otro hechicero negro, —algún brujo de imposición de manos, un oscuro hacedor de milagros por la gracia de Dios, un ungido calumniador del mundo, ¡al que ojalá se lleve el diablo! Pero el diablo nunca está en el sitio donde estaría en su sitio: siempre llega demasiado tarde, ese maldito enano y patizambo». —

    Así maldijo Zaratustra, impaciente en su corazón, y pensó cómo podría escurrirse junto al hombre negro con la mirada apartada; pero mira, ocurrió de otro modo. Pues en ese mismo instante ya lo había visto el que estaba sentado; y, no muy distinto de alguien a quien le sobreviene una dicha inesperada, se puso en pie de un salto y se dirigió hacia Zaratustra.

    «Quienquiera que seas, tú, caminante —dijo—, ayuda a un extraviado, a un buscador, a un anciano que aquí puede fácilmente sufrir algún daño. Este mundo de aquí me es extraño y lejano, también oí aullar a bestias salvajes; y aquel que habría podido ofrecerme amparo, ese ya no existe. Yo buscaba al último hombre piadoso, a un santo y ermitaño que, solo en su bosque, aún no había oído nada de aquello que hoy sabe todo el mundo».

    «¿Qué sabe hoy todo el mundo? —preguntó Zaratustra—. ¿Acaso esto: que el viejo Dios ya no vive, en quien todo el mundo creyó una vez?»

    «Tú lo has dicho —respondió el anciano, afligido—. Y yo serví a ese viejo Dios hasta su última hora. Pero ahora estoy fuera de servicio, sin señor, y, sin embargo, no libre, ni alegre ya una sola hora, salvo en los recuerdos. Para eso subí a estas montañas, para celebrar por fin de nuevo una fiesta, como corresponde a un viejo papa y Padre de la Iglesia; pues sábelo: ¡soy el último papa! —una fiesta de piadosos recuerdos y oficios divinos. Pero ahora está muerto él mismo, el hombre más piadoso, aquel santo en el bosque, que alababa constantemente a su Dios con cantos y murmullos. A él mismo ya no lo hallé cuando hallé su cabaña, —pero sí dos lobos dentro, que aullaban por su muerte —pues todos los animales lo amaban. Entonces eché a correr. ¿Vine, pues, en vano a estos bosques y montañas? Entonces se resolvió mi corazón a buscar a otro, al más piadoso de todos los que no creen en Dios —, ¡a buscar a Zaratustra!»

    Así habló el anciano y miró con mirada penetrante a aquel que estaba ante él; pero Zaratustra asió la mano del viejo papa y la contempló largo tiempo con admiración. «¡Mira ahí, venerable! —dijo entonces—, ¡qué mano tan hermosa y larga! Esa es la mano de uno que siempre ha repartido bendiciones. Pero ahora sujeta con firmeza a aquel al que tú buscas, a mí, a Zaratustra. Soy yo, el impío Zaratustra, el que dice: “¿quién es más impío que yo, para que me alegre de su enseñanza?”» —

    Así habló Zaratustra y horadó con sus miradas los pensamientos y los pensamientos detrás de los pensamientos del viejo papa. Al fin, este empezó: «Quien más lo amaba y lo poseía, ese es ahora también quien más lo ha perdido —: mira, quizá sea yo mismo, de nosotros dos, el más impío ahora. ¡Pero quién podría alegrarse de ello!» —

    «Le serviste hasta el final —preguntó Zaratustra pensativo, tras un hondo silencio—, ¿tú sabes cómo murió? ¿Es verdad lo que se dice, que lo estranguló la compasión, —que vio cómo el hombre colgaba en la cruz y no lo soportó, que el amor al hombre se convirtió en su infierno y, al final, en su muerte?» — —

    Pero el viejo papa no respondió, sino que miró hacia un lado con recelo y con una expresión dolorida y sombría. «Déjalo ir —dijo Zaratustra después de una larga reflexión, mientras seguía mirando directamente a los ojos al anciano—. Déjalo ir, ya se fue. Y aunque te honre que de ese muerto no hables sino bien, tú sabes tan bien como yo quién era; y que iba por caminos extraños».

    «Dicho entre tres ojos —dijo alborozado el viejo papa (pues era ciego de un ojo)—, en cosas de Dios estoy más enterado que el propio Zaratustra —y me está permitido estarlo. Mi amor le sirvió largos años, mi voluntad siguió en todo a la suya. Pero un buen servidor lo sabe todo, y también muchas cosas que su señor se oculta a sí mismo. Era un Dios oculto, lleno de secretos. En verdad, incluso a tener un hijo no llegó sino por caminos furtivos. A la puerta de su fe se alza el adulterio.

    Quien lo alaba como un Dios del amor no piensa con suficiente altura del amor mismo. ¿No quiso este Dios también ser juez? Pero el que ama, ama más allá de recompensa y retribución.

    Cuando era joven, este Dios de Oriente, entonces era duro y vengativo, y se construyó un infierno para solaz de sus favoritos. Pero al final se volvió viejo y blando y decrépito y compasivo, más semejante a un abuelo que a un padre, pero, más que a nada, a una vieja abuela tambaleante. Allí se sentaba, marchito, en su rincón junto a la estufa, se afligía por sus débiles piernas, cansado del mundo, cansado del querer, y un día se asfixió por su demasiado grande compasión». —

    «Tú, viejo papa —interrumpió en este punto Zaratustra—, ¿has visto tú eso con tus propios ojos? Bien podría haber sucedido así: así, y también de otro modo. Cuando los dioses mueren, mueren siempre muchas clases de muerte. Pero ¡bien! Sea como sea, así o asá —¡ya se fue! Iba contra el gusto de mis oídos y mis ojos; nada peor quisiera decir de él.

    Amo todo lo que mira con claridad y habla con honradez. Pero él —tú lo sabes bien, tú, viejo sacerdote, había algo de tu índole en él, de índole sacerdotal— era ambiguo. Era también poco claro. ¡Cómo se irritó con nosotros por ello, ese resoplador de ira, porque lo entendiéramos mal! ¿Pero por qué no habló más limpiamente? Y si era cosa de nuestros oídos, ¿por qué nos dio oídos que lo oían mal? ¿Había barro en nuestros oídos? ¡Pues bien! ¿Quién lo metió ahí dentro? Demasiadas cosas le salieron mal a ese alfarero que no había acabado su aprendizaje. Pero que tomase venganza de sus cacharros y criaturas porque le salieron mal —eso fue un pecado contra el buen gusto. Hay también buen gusto en la piedad: este dijo al fin: “¡Fuera con un Dios así! ¡Mejor ningún Dios, mejor hacer destino por cuenta propia, mejor ser necio, mejor ser uno mismo Dios!”

    —«¿Qué oigo? —dijo aquí el viejo papa con los oídos aguzados—. Oh Zaratustra, eres más piadoso de lo que crees, ¡con semejante incredulidad! Algún Dios dentro de ti te convirtió a tu impiedad. ¿No es tu piedad misma la que ya no te deja creer en un Dios? ¡Y tu desmesurada honradez te llevará todavía más allá de bien y mal! ¡Mira, qué te quedó reservado! Tienes ojos y mano y boca: están predestinados a bendecir desde la eternidad. No se bendice solo con la mano. En tu cercanía, aunque quieras ser el más impío, olfateo un secreto olor a consagración y fragancia de largas bendiciones: me siento bien y mal con ello. ¡Déjame ser tu huésped, oh Zaratustra, por una sola noche! En ninguna parte de la tierra me sentiré ahora mejor que junto a ti». —

    «¡Amén! ¡Así ha de ser! —dijo Zaratustra con gran sorpresa—. Por allí arriba conduce el camino, allí está la cueva de Zaratustra. Con gusto, en verdad, te acompañaría yo mismo hasta allí, tú, venerable, pues amo a todos los hombres piadosos. Pero ahora me llama con urgencia un grito de angustia lejos de ti. En mi dominio nadie ha de sufrir daño; mi cueva es un buen puerto. Y más que nada querría volver a poner a todo triste sobre tierra firme y piernas firmes.

    ¿Pero quién te quitaría de los hombros tu melancolía? Para eso soy demasiado débil. Mucho tiempo, en verdad, podríamos esperar hasta que alguien te despertase de nuevo a tu Dios. Pues ese viejo Dios ya no vive: está muerto de veras». —

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.5. EL MAGO

    [1]

    Pero cuando Zaratustra rodeó un peñasco, vio, no muy por debajo de él, en el mismo camino, a un hombre que agitaba los miembros como un loco furioso y que finalmente se desplomó en tierra boca abajo. «¡Alto! —dijo entonces Zaratustra a su corazón—. Ese de allí debe de ser el hombre superior; de él vino aquel terrible grito de angustia: quiero ver si se le puede ayudar». Pero cuando corrió hasta el lugar donde el hombre yacía en el suelo, encontró a un anciano tembloroso, de ojos fijos; y por mucho que Zaratustra se esforzó en incorporarlo y volver a ponerlo en pie, fue en vano. Tampoco parecía el desdichado advertir que alguien estuviese junto a él; antes bien, miraba una y otra vez a su alrededor con gestos conmovedores, como alguien abandonado por todo el mundo y completamente aislado. Pero finalmente, tras mucho temblar, convulsionarse y retorcerse sobre sí mismo, comenzó a lamentarse así:

    «¿Quién me calienta, quién me ama aún?
    ¡Dadme manos calientes!
    ¡Dadme braseros para el corazón!
    Tendido, estremeciéndome,
    semejante a un semimuerto al que calientan los pies —
    sacudido, ¡ay!, por fiebres desconocidas,
    temblando ante agudas y gélidas flechas de escarcha,
    ¡acosado por ti, pensamiento!
    ¡Innombrable! ¡Velado! ¡Espantoso!
    ¡Tú, cazador tras las nubes!
    Derribado por tu rayo,
    tú, ojo burlón que me mira desde la oscuridad:
    — así yazgo,
    me doblo, me retuerzo, atormentado
    por todos los eternos suplicios,
    herido
    por ti, cazador cruelísimo,
    tú, desconocido — ¡Dios!

    ¡Hiere más hondo,
    hiere una vez más!
    ¡Atraviesa, quiebra este corazón!
    ¿Para qué esta tortura
    con flechas de dientes romos?
    ¿Por qué vuelves a mirar,
    no cansado del suplicio de los hombres,
    con ojos-relámpago de dioses, gozosos del daño?
    ¿No quieres matar,
    solo torturar, torturar?
    ¿Para qué — torturarme,
    tú, desconocido Dios gozoso del daño? —

    ¡Ja, ja! ¿Te acercas furtivamente?
    A semejante medianoche,
    ¿qué quieres? ¡Habla!
    Me empujas, me oprimes —
    ¡Ja! ¡Ya estás demasiado cerca!
    ¡Fuera! ¡Fuera!
    Me oyes respirar,
    escuchas a escondidas mi corazón,
    tú, celoso —
    ¿celoso de qué, entonces?
    ¡Fuera! ¡Fuera! ¿Para qué la escalera?
    ¿Quieres entrar,
    en el corazón,
    subir, a mis más secretos
    pensamientos subir?
    ¡Desvergonzado! ¡Desconocido — ladrón!
    ¿Qué quieres hurtarme,
    qué quieres sonsacarme escuchando,
    qué quieres arrancarme mediante tortura,
    tú, torturador?
    ¡Tú — Dios-verdugo!
    ¿O he de, como un perro,
    revolcarme ante ti?
    Entregado, arrebatado-fuera-de-mí,
    ¿menearte — amor con la cola?

    ¡En vano! ¡Pincha más,
    cruelísimo aguijón! ¡No,
    no soy un perro — solo tu presa,
    cruelísimo cazador!
    ¡Tu más orgulloso prisionero,
    tú, bandido tras las nubes!
    ¡Habla al fin!
    ¿Qué quieres, salteador de caminos, de mí?
    ¡Tú, velado por el relámpago! ¡Desconocido! ¡Habla!
    ¿Qué quieres, desconocido Dios? — —

    ¿Cómo? ¿Rescate?
    ¿Cuánto quieres de rescate?
    ¡Exige mucho — eso aconseja mi orgullo!
    ¡Y sé breve — eso aconseja mi otro orgullo!

    ¡Ja, ja!
    ¿A mí — me quieres? ¿A mí?
    ¿A mí — por entero?

    ¡Ja, ja!
    ¿Y me torturas, necio que eres,
    torturas hasta destrozar mi orgullo?
    ¡Dame amor — quién me calienta aún?
    ¿Quién me ama aún? — da manos calientes,
    da braseros para el corazón,
    dame a mí, el más solitario,
    a quien el hielo, ¡ay!, un séptuple hielo,
    hasta por enemigos,
    por enemigos enseña a languidecer,
    ¡da, sí, entrégate,
    cruelísimo enemigo,
    a mí — tú! — —

    ¡Se fue!
    Ahí huyó él mismo,
    mi último, único compañero,
    mi gran enemigo,
    mi desconocido,
    ¡mi Dios-verdugo! —

    — ¡No! ¡Vuelve,
    con todas tus torturas!
    ¡Al último de todos los solitarios,
    oh, vuelve!
    ¡Todos los arroyos de mis lágrimas
    siguen hacia ti su curso!

    Y mi última llama del corazón —
    ¡para ti se enciende!
    ¡Oh, vuelve,
    mi desconocido Dios! ¡Mi dolor! ¡Mi última — dicha!»

    [2]

    Pero aquí Zaratustra ya no pudo contenerse más tiempo, tomó su bastón y se puso a golpear con todas sus fuerzas al que se lamentaba. «¡Basta! —le gritó con risa enconada—, ¡basta, comediante! ¡Falsificador de moneda! ¡Mentiroso hasta el fondo! ¡Bien te reconozco! ¡Yo sí que voy a calentarte las piernas, malvado mago; sé muy bien cómo calentar a tipos como tú!»

    «¡Basta! —dijo el viejo, y saltó del suelo—. ¡No golpees más, oh Zaratustra! ¡Solo lo hacía por juego! ¡Eso forma parte de mi arte; a ti mismo quería ponerte a prueba cuando te di esta prueba! Y, en verdad, ¡me has calado bien! Pero también tú — me diste de ti una prueba nada pequeña: ¡eres duro, tú, sabio Zaratustra! ¡Con dureza golpeas con tus “verdades”; tu garrote me arranca por la fuerza — esta verdad!»

    «¡No adules! —respondió Zaratustra, todavía alterado y con mirada sombría—. ¡Tú, comediante hasta el fondo! Eres falso: ¡qué vienes tú a hablar — de verdad! Tú, pavo real de los pavos reales, tú, mar de vanidad, ¿qué representabas ante mí, tú, malvado mago? ¿Quién debía creer yo que eras cuando bajo semejante figura te lamentabas?»

    «Al penitente del espíritu —dijo el viejo—, a ese representaba yo: tú mismo inventaste una vez esta palabra — al poeta y mago que finalmente vuelve su espíritu contra sí mismo, al transformado que se hiela en su mal saber y su mala conciencia. Y admítelo sin más: ¡duró mucho, oh Zaratustra, hasta que descubriste mi arte y mi mentira! Creíste en mi angustia cuando me sostenías la cabeza con ambas manos — yo te oí lamentarte: “¡Se le ha amado demasiado poco, demasiado poco!” Que te engañara hasta tal punto: de eso se regocijaba interiormente mi maldad.»

    «Puede que hayas engañado a otros más finos que yo —dijo Zaratustra con dureza—. Yo no estoy en guardia contra embaucadores, debo estar sin cautela: así lo quiere mi suerte. Pero tú — debes engañar: ¡hasta ese punto te conozco! ¡Debes ser siempre de dos, de tres, de cuatro y de cinco sentidos! ¡También lo que acabas de confesar era para mí, ni de lejos, bastante verdadero ni bastante falso! ¡Tú, malvado falsificador de moneda, cómo podrías hacer otra cosa! Aun tu enfermedad maquillarías si te mostraras desnudo a tu médico. Así acabas de maquillar ante mí tu mentira cuando dijiste: “¡Solo lo hacía por juego!”. También había seriedad en ello: ¡eres algo así como un penitente del espíritu! Te adivino bien: llegaste a ser el hechizador de todos, pero contra ti ya no te queda mentira ni astucia alguna — ¡tú mismo estás desencantado ante ti mismo! Cosechaste la náusea como tu única verdad. Ninguna palabra es ya auténtica en ti, sino tu boca: a saber, la náusea que se pega a tu boca. — —»

    «¡Pero quién eres tú! —gritó aquí el viejo mago con voz desafiante—. ¿Quién se atreve a hablarme así, a mí, al más grande de cuantos viven hoy?» — y un relámpago verde salió disparado de su ojo hacia Zaratustra. Pero inmediatamente después se transformó y dijo con tristeza: «Oh Zaratustra, estoy cansado de esto, me dan náuseas mis artes, no soy grande, ¡para qué sigo fingiendo! Pero tú lo sabes bien — ¡yo buscaba la grandeza! Quería representar a un gran hombre y convencí a muchos: pero esta mentira sobrepasó mis fuerzas. Contra ella me hago pedazos. Oh Zaratustra, todo es mentira en mí; pero que yo me haga pedazos — este hacerme pedazos es auténtico.» —

    «Te honra —dijo Zaratustra, sombrío y mirando hacia abajo a un lado—, te honra que buscaras la grandeza, pero también te delata. No eres grande. Tú, malvado viejo mago, eso es lo mejor y más honrado de ti, eso es lo que honro en ti: que te cansaste de ti mismo y lo expresaste: “No soy grande”. En eso te honro como a un penitente del espíritu: y aunque solo por un soplo y un tris, ese único instante fuiste — auténtico.»

    «Pero di: ¿qué buscas aquí, en mis bosques y peñascos? Y cuando te me pusiste en el camino, ¿qué prueba querías de mí? — ¿En qué me ponías a prueba?» — Así habló Zaratustra, y sus ojos centelleaban.

    El viejo mago calló un momento; después dijo: «¿Que yo te puse a prueba? Yo — solo busco. Oh Zaratustra, busco a uno auténtico, recto, sencillo, inequívoco, a un hombre de toda honradez, un vaso de sabiduría, un santo del conocimiento, un gran hombre. ¿No lo sabes, pues, oh Zaratustra? Yo busco a Zaratustra.»

    Y en este punto se hizo un largo silencio entre ambos; pero Zaratustra se hundió profundamente en sí mismo, de modo que cerró los ojos. Luego, volviendo a su interlocutor, asió la mano del mago y dijo, lleno de cortesía y astucia: «¡Bien! Hacia arriba conduce el camino, allí está la cueva de Zaratustra. En ella puedes buscar a quien deseas encontrar. Y pide consejo a mis animales, a mi águila y a mi serpiente: ellos han de ayudarte a buscar. Pero mi cueva es grande. Yo mismo, ciertamente — todavía no he visto a ningún gran hombre. Para lo grande, el ojo de los más finos es hoy tosco. Es el reino del populacho. A más de uno he encontrado ya que se estiraba y se hinchaba, y el pueblo gritaba: “¡Mirad ahí, un gran hombre!”. Pero ¿de qué sirven todos los fuelles? Al final sale el viento. Al final revienta una rana que se hinchó demasiado tiempo: entonces sale el viento. Pinchar en el vientre a un hinchado, a eso llamo yo un buen pasatiempo. ¡Oídlo, muchachos!»

    «Este hoy es del populacho: ¿quién sabe aún qué es grande, qué es pequeño? ¿Quién buscaría ahí con suerte la grandeza? Solo un necio: ¡los necios tienen suerte! ¿Tú buscas grandes hombres, tú, extraño necio? ¿Quién te enseñó eso? ¿Es hoy tiempo para ello? Oh tú, malvado buscador, ¿en qué — me pones a prueba?» — —

    Así habló Zaratustra, con el corazón reconfortado, y se fue riendo camino adelante.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.4. LA SANGUIJUELA

    Y Zaratustra siguió adelante, pensativo y cada vez más adentro, atravesando bosques y pasando junto a hondonadas pantanosas; pero, como le sucede a cualquiera que medita sobre cosas graves, pisó sin advertirlo a un hombre. Y mira, de golpe le saltaron al rostro un grito de dolor, dos maldiciones y veinte terribles insultos: de modo que, en su espanto, levantó el bastón y encima golpeó al hombre que había pisado. Pero inmediatamente después volvió en sí; y su corazón se rio de la necedad que acababa de cometer.

    “Perdona —dijo al hombre que había pisado, que se había levantado furioso y se había sentado—, perdona, y escucha ante todo un símil. Como un caminante que sueña con cosas lejanas topa sin advertirlo, en un camino solitario, con un perro dormido, un perro tendido al sol: —como entonces ambos se sobresaltan y se increpan, cual enemigos mortales, esos dos muertos de miedo: así nos ha ocurrido a nosotros. ¡Y sin embargo! ¡Y sin embargo, qué poco faltó para que se acariciasen, este perro y este solitario! ¡Pues ambos son —solitarios!”

    “Quienquiera que seas —dijo, todavía furioso, el hombre que había sido pisado—, también con tu símil me pisas demasiado de cerca, y no solo con el pie. ¡Mira, pues! ¿Acaso soy yo un perro?” —Y, al decir esto, el que estaba sentado se levantó y sacó del pantano su brazo desnudo. Pues al principio había estado tendido en el suelo, oculto e irreconocible como quienes acechan a un animal del pantano.

    “¡Pero qué haces! —gritó Zaratustra, sobresaltado, pues vio que mucha sangre corría a lo largo del brazo desnudo—. ¿Qué te ha sucedido? ¿Te ha mordido, desdichado, alguna mala bestia?”

    El hombre que sangraba rio, todavía irritado. “¡Qué te importa! —dijo, y se dispuso a seguir adelante—. Aquí estoy en casa y en mis dominios. Que me pregunte quien quiera: pero difícilmente responderé a un zopenco”.

    “Te equivocas —dijo Zaratustra compasivamente, y lo retuvo—, te equivocas: aquí no estás en tus dominios, sino en mi reino, y en él nadie ha de sufrir daño. Pero llámame como quieras: yo soy quien debo ser. Yo mismo me llamo Zaratustra. ¡Bien! Por allí arriba va el camino hacia la cueva de Zaratustra: no está lejos; ¿no quieres cuidar de tus heridas junto a mí? Mal te fue, desventurado, en esta vida: primero te mordió la bestia, y luego —te pisó el hombre”.

    Cuando el hombre que había sido pisado oyó el nombre de Zaratustra, se transformó. “¡Pero qué me sucede! —exclamó—. ¿Quién me importa ya en esta vida sino este único hombre, a saber, Zaratustra, y aquel único animal que vive de sangre, la sanguijuela? Por mor de la sanguijuela yacía yo aquí, junto a este pantano, como un pescador, y mi brazo extendido había sido mordido ya diez veces, cuando viene a morder en busca de mi sangre un erizo aún más hermoso: ¡el propio Zaratustra! ¡Oh dicha! ¡Oh maravilla! ¡Alabado sea este día que me atrajo a este pantano! ¡Alabada sea la mejor y más viva ventosa que hoy vive, alabada sea la gran sanguijuela de la conciencia, Zaratustra!”

    Así habló el hombre que había sido pisado; y Zaratustra se alegró de sus palabras y de su refinada y reverente manera. “¿Quién eres? —preguntó, y le tendió la mano—; entre nosotros queda mucho por aclarar y por alegrar: pero ya, me parece, comienza a hacerse un día claro y luminoso”.

    “Yo soy el concienzudo del espíritu —respondió el interpelado—, y en cosas del espíritu no es fácil que nadie se lo tome con mayor rigor, estrechez y dureza que yo, salvo aquel de quien lo aprendí: el propio Zaratustra.

    ¡Mejor no saber nada que saber muchas cosas a medias! ¡Mejor ser un necio por cuenta propia que un sabio según criterio ajeno! Yo —voy al fondo: —¿qué importa que sea grande o pequeño? ¿Que se llame pantano o cielo? Me basta un palmo de suelo: ¡con tal de que sea realmente fondo y suelo! —Un palmo de suelo: sobre él se puede estar en pie. En la verdadera conciencia de la ciencia no hay nada grande ni nada pequeño”.

    “¿Entonces eres quizá el conocedor de la sanguijuela? —preguntó Zaratustra—; ¿e investigas la sanguijuela hasta sus últimos fundamentos, tú, concienzudo?”

    “¡Oh, Zaratustra! —respondió el hombre que había sido pisado—. Eso sería una empresa desmesurada: ¡cómo osaría yo acometerla! Pero aquello de lo que soy maestro y conocedor es el cerebro de la sanguijuela: —¡ese es mi mundo! ¡Y también él es un mundo! Pero perdona que aquí tome la palabra mi orgullo, pues en esto no tengo igual. Por eso dije: «Aquí estoy en casa». ¡Cuánto tiempo llevo ya tras esta única cosa, el cerebro de la sanguijuela, para que aquí la escurridiza verdad no vuelva a escurrírseme! ¡Aquí está mi reino! —Por eso arrojé lejos todo lo demás, por eso todo lo demás me dio igual; y junto a mi saber acampa mi negra ignorancia.

    Mi conciencia del espíritu me exige que sepa una sola cosa y que, fuera de ella, no sepa nada: me dan náuseas todos los medias tintas del espíritu, todos los nebulosos, flotantes y exaltados.

    Donde acaba mi probidad, estoy ciego y quiero también estar ciego. Pero donde quiero saber, quiero también ser probo, es decir: duro, severo, estrecho, cruel, inexorable.

    Que tú dijeras una vez, oh, Zaratustra: «Espíritu es la vida que ella misma abre cortes en la vida», eso me condujo y me sedujo hacia tu enseñanza. Y, en verdad, ¡con mi propia sangre acrecenté mi propio saber!”

    “Como enseña la evidencia visible” —intervino Zaratustra—; pues la sangre seguía descendiendo por el brazo desnudo del concienzudo. En efecto, diez sanguijuelas se habían prendido de él. “¡Oh, extraño compañero, cuánto me enseña esta evidencia visible que tengo ahí ante mí, a saber, tú mismo! ¡Y quizá no debería verterlo todo en tus severos oídos! ¡Bien! ¡Separémonos aquí! Pero quisiera volver a encontrarte. Por allí arriba conduce el camino hacia mi cueva: ¡esta noche serás allí mi querido huésped! También quisiera reparar en tu cuerpo el que Zaratustra te pisara con los pies: ya pensaré en ello. Pero ahora un grito de angustia me llama urgentemente lejos de ti”.

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.3. CONVERSACIÓN CON LOS REYES

    Zaratustra no llevaba aún una hora de camino por sus montañas y bosques cuando vio de repente un extraño cortejo. Justamente por el camino por el que él quería bajar venían caminando dos reyes, adornados con coronas y ceñidores de púrpura y multicolores como flamencos: arreaban delante de sí un asno cargado. «¿Qué quieren estos reyes en mi reino?», dijo Zaratustra, asombrado, a su corazón, y se escondió rápidamente detrás de un arbusto. Pero cuando los reyes llegaron hasta él, dijo a media voz, como quien habla a solas consigo mismo: «¡Extraño! ¡Extraño! ¿Cómo rima esto? ¡Dos reyes veo —y un solo asno!».

    Entonces los dos reyes hicieron alto, sonrieron, miraron hacia el lugar de donde venía la voz y se miraron luego el uno al otro a la cara. «Cosas así también se piensan entre nosotros —dijo el rey de la derecha—, pero no se dicen en voz alta». Pero el rey de la izquierda se encogió de hombros y respondió: «Bien podría ser un pastor de cabras. O un ermitaño que ha vivido demasiado tiempo entre rocas y árboles. Pues la falta absoluta de compañía también corrompe las buenas costumbres».

    «¿Las buenas costumbres? —replicó, contrariado y amargo, el otro rey—. ¿De quién huimos, pues? ¿No es de las “buenas costumbres”? ¿De nuestra “buena sociedad”? ¡Antes, en verdad, vivir entre ermitaños y pastores de cabras que con nuestro dorado, falso y pintarrajeado populacho, aunque se llame a sí mismo “buena sociedad”, aunque se llame a sí mismo “nobleza”! Pero ahí todo es falso y podrido, ante todo la sangre, gracias a viejas malas enfermedades y a aún peores artistas de la curación. El mejor y más querido para mí sigue siendo hoy un campesino sano, rudo, astuto, obstinado, de largo aguante: ese es hoy el tipo más noble. El campesino es hoy el mejor; ¡y el tipo campesino debería ser señor! Pero este es el reino del populacho: ya no dejo que me engañen. Y populacho significa: revoltijo. Populacho-revoltijo: en él todo está revuelto con todo, santo y canalla y junker y judío y toda bestia del arca de Noé. ¡Buenas costumbres! Todo entre nosotros es falso y podrido. Nadie sabe ya reverenciar: de eso precisamente huimos. Son perros dulzarrones e importunos; doran hojas de palma».

    «Esta náusea me ahoga: que nosotros mismos, los reyes, nos hayamos vuelto falsos, cubiertos y disfrazados con el viejo y amarilleado boato de nuestros abuelos, monedas de ostentación para los más estúpidos y los más astutos, y para todo el que hoy hace toda clase de cambalaches con el poder. No somos los primeros —y, sin embargo, tenemos que pasar por tales—: de este fraude estamos al fin hartos y asqueados. De la chusma huimos, de todos esos vocingleros y moscas carroñeras de la escritura, del hedor de tendero, del pataleo de la ambición, del aliento fétido: ¡puaf, vivir entre la chusma, puaf, pasar por los primeros entre la chusma! ¡Ay, náusea! ¡Náusea! ¡Náusea! ¡Qué importamos ya nosotros, los reyes!».

    «Tu vieja enfermedad te acomete —dijo entonces el rey de la izquierda—, la náusea te acomete, mi pobre hermano. Pero bien lo sabes: alguien nos escucha».

    Zaratustra, que había abierto bien los ojos y los oídos a estas palabras, se levantó al instante de su escondrijo, se acercó a los reyes y comenzó: «El que os escucha, el que os escucha con gusto, reyes, se llama Zaratustra. Yo soy Zaratustra, el que una vez dijo: “¡Qué importan ya los reyes!”. Perdonadme: me alegré cuando os dijisteis el uno al otro: “¡Qué importamos ya nosotros, los reyes!”. Pero aquí está mi reino y mi señorío: ¿qué podéis estar buscando en mi reino? Quizá, sin embargo, encontrasteis por el camino lo que yo busco: a saber, al hombre superior».

    Cuando los reyes oyeron esto, se golpearon el pecho y hablaron a una sola voz: «¡Nos has reconocido! Con la espada de esta palabra haces pedazos la más espesa tiniebla de nuestro corazón. Has descubierto nuestra necesidad, pues, mira, estamos en camino para encontrar al hombre superior, al hombre que es superior a nosotros, aunque seamos reyes. A él le llevamos este asno. Pues el hombre supremo ha de ser también el supremo señor sobre la tierra. No hay desdicha más dura en todo el destino humano que cuando los poderosos de la tierra no son también los primeros hombres. Entonces todo se vuelve falso y torcido y monstruoso. Y cuando son incluso los últimos y más bestia que hombre, entonces el populacho sube y sube de precio, y al final hasta la virtud-populacho dice: “¡Mira, yo sola soy virtud!”».

    «¿Qué acabo de oír? —respondió Zaratustra—. ¡Qué sabiduría entre reyes! Estoy encantado y, en verdad, ya me entran ganas de hacerle una rima a eso, aunque resulte una rima que no sea apta para todos los oídos. Hace ya mucho que desaprendí a guardar miramientos con las orejas largas. ¡Ea! ¡Adelante!». (Pero entonces ocurrió que también el asno tomó la palabra: dijo clara y malintencionadamente: I-A.)

    Antaño —creo, en el año de la Salvación uno—
    habló la sibila, ebria sin vino alguno:
    «¡Ay, ahora todo va torcido!
    ¡Decadencia! ¡Decadencia! ¡Nunca tan bajo el mundo ha caído!
    Roma cayó en puta y en puterío,
    el César de Roma cayó en bestia, Dios mismo —se hizo judío!».

    Con estas rimas de Zaratustra se recrearon los reyes; pero el rey de la derecha dijo: «Oh, Zaratustra, ¡qué bien hicimos en salir para verte! Pues tus enemigos nos mostraron tu imagen en su espejo: allí mirabas con la mueca de un diablo, riendo con escarnio, de modo que te temimos. ¡Pero de qué sirvió! Una y otra vez nos punzabas el oído y el corazón con tus sentencias. Entonces dijimos por fin: “¡Qué importa qué aspecto tenga! Tenemos que escucharlo, a él, que enseña: ‘Debéis amar la paz como medio para nuevas guerras, y la paz breve más que la larga’”. Nadie dijo jamás palabras tan guerreras: “¿Qué es bueno? Ser valiente es bueno. Es la buena guerra la que santifica toda causa”. Oh, Zaratustra, la sangre de nuestros padres se agitó en nuestro cuerpo con tales palabras: aquello fue como el discurso de la primavera a viejos toneles de vino. Cuando las espadas corrían entrecruzándose como serpientes moteadas de rojo, nuestros padres se hacían amigos de la vida; todo sol de paz les parecía insípido y tibio, pero la larga paz les daba vergüenza. ¡Cómo suspiraban nuestros padres cuando veían en la pared espadas relucientes y resecas! Como ellas, tenían sed de guerra. Pues una espada quiere beber sangre y centellea de deseo».

    Mientras los reyes hablaban y charlaban de este modo, con fervor, acerca de la dicha de sus padres, a Zaratustra le entraron no pocas ganas de burlarse de su fervor: pues, evidentemente, eran reyes muy pacíficos los que veía ante sí, unos reyes de rostros viejos y finos. Pero se contuvo. «¡Ea! —dijo—, por allí va el camino, allí está la cueva de Zaratustra; ¡y este día ha de tener una larga tarde! Pero ahora un grito de angustia me llama con urgencia lejos de vosotros. Es un honor para mi cueva que unos reyes quieran sentarse en ella y esperar; pero, ciertamente, ¡habréis de esperar largo tiempo! ¡En fin! ¡Qué importa! ¿Dónde se aprende hoy mejor a esperar que en las cortes? Y toda la virtud de los reyes, la que les ha quedado, ¿no se llama hoy saber esperar?».

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 4.2. EL GRITO DE ANGUSTIA

    Al día siguiente volvió Zaratustra a sentarse sobre su piedra delante de la cueva, mientras los animales vagaban fuera, por el mundo, para traer a casa nuevo alimento —también nueva miel: pues Zaratustra había gastado y derrochado la miel vieja hasta el último grano. Pero mientras estaba así sentado, con un palo en la mano, y trazaba sobre la tierra la sombra de su figura, pensando y, ¡en verdad!, no sobre sí mismo y su sombra, de pronto se asustó y dio un respingo: pues vio junto a su sombra otra sombra más. Y cuando miró rápidamente a su alrededor y se levantó, mira, allí estaba junto a él el adivino, el mismo a quien una vez había dado de comer y beber a su mesa, el anunciador de la gran fatiga, que enseñaba: «Todo es igual, nada merece la pena, el mundo carece de sentido, el saber ahoga». Pero su rostro se había transformado entretanto; y cuando Zaratustra lo miró a los ojos, su corazón volvió a sobresaltarse: tantos anuncios funestos y relámpagos gris ceniza corrían por este rostro.

    El adivino, que había percibido lo que acontecía en el alma de Zaratustra, se pasó la mano por el rostro, como si quisiera borrárselo; lo mismo hizo Zaratustra. Y cuando ambos habían recobrado de este modo, en silencio, la compostura y las fuerzas, se dieron la mano, en señal de que querían reconocerse de nuevo.

    —Sé bienvenido —dijo Zaratustra—, tú, adivino de la gran fatiga; no ha de haber sido en vano que antaño fueras mi amigo de mesa y huésped. Come y bebe también hoy conmigo, y perdona que un viejo alegre se siente contigo a la mesa.

    —¿Un viejo alegre? —respondió el adivino, sacudiendo la cabeza—. Pero seas quien seas o quieras ser, oh Zaratustra, llevas ya demasiado tiempo aquí arriba: dentro de poco tu bote ya no estará en seco.

    —¿Estoy, pues, en seco? —preguntó Zaratustra riendo.

    —Las olas alrededor de tu montaña —respondió el adivino— suben y suben, las olas de gran necesidad y aflicción: pronto levantarán también tu bote y te llevarán de aquí.

    Zaratustra guardó silencio y se quedó extrañado.

    —¿Aún no oyes nada? —prosiguió el adivino—. ¿No suben desde la profundidad un rumor y un bramido?

    Zaratustra guardó silencio de nuevo y prestó oído: entonces oyó un grito largo, largo, que los abismos se arrojaban unos a otros y se iban pasando, pues ninguno quería retenerlo: tan siniestro sonaba.

    —Tú, funesto anunciador —dijo por fin Zaratustra—, eso es un grito de angustia y el grito de un hombre; bien podría venir de un mar negro. Pero ¿qué me importa a mí la angustia humana? Mi último pecado, el que me quedó reservado, ¿sabes cómo se llama?

    —¡Compasión! —respondió el adivino con el corazón desbordante, y levantó ambas manos—. ¡Oh Zaratustra, vengo para seducirte hacia tu último pecado!

    Y apenas fueron pronunciadas estas palabras, volvió a resonar el grito, más largo y más angustioso que antes, y también mucho más cerca.

    —¿Oyes? ¿Oyes, oh Zaratustra? —gritó el adivino—. A ti va dirigido el grito, a ti te llama: ¡ven, ven, ven! ¡Es la hora, es más que la hora!

    Zaratustra guardó silencio, confuso y estremecido; por fin preguntó, como alguien que vacila consigo mismo: —¿Y quién es el que allí me llama?

    —¡Pero si ya lo sabes! —respondió el adivino con vehemencia—. ¿Por qué te ocultas? ¡Es el hombre superior quien clama por ti!

    —¿El hombre superior? —gritó Zaratustra, sobrecogido de horror—. ¿Qué quiere? ¿Qué quiere? ¡El hombre superior! ¿Qué quiere aquí? —Y su piel se cubrió de sudor.

    Pero el adivino no respondió a la angustia de Zaratustra, sino que escuchó y escuchó hacia la profundidad. Sin embargo, cuando allí permaneció todo en silencio durante largo rato, volvió la mirada y vio a Zaratustra de pie y temblando. —Oh Zaratustra —comenzó con voz triste—, no estás ahí como alguien a quien su dicha hace girar: ¡tendrás que danzar para que no te me caigas! Pero aunque quisieras danzar delante de mí y saltar todos tus saltos laterales, nadie ha de poder decirme: «Mira, aquí danza el último hombre alegre». En vano subiría hasta esta altura quien lo buscara aquí: cuevas encontraría, sí, y cuevas tras las cuevas, escondrijos para escondidos, pero no pozos de dicha, ni cámaras del tesoro, ni nuevas vetas de oro de la dicha. Dicha —¡cómo podría encontrarse la dicha entre semejantes sepultados y ermitaños! ¿He de buscar todavía la última dicha en islas bienaventuradas y lejos, entre mares olvidados? Pero todo es igual, nada merece la pena, de nada sirve buscar, ¡ya tampoco hay islas bienaventuradas!

    Así suspiró el adivino; pero con su último suspiro Zaratustra volvió a estar lúcido y seguro, como quien sale de una profunda sima a la luz. —¡No! ¡No! ¡Tres veces no! —gritó con voz fuerte, y se acarició la barba—. ¡Eso lo sé yo mejor! ¡Todavía hay islas bienaventuradas! ¡Silencio sobre eso, tú, suspirante saco de tristeza! ¡Deja de chapotear con eso, tú, nube de lluvia matutina! ¿No estoy ya aquí empapado por tu aflicción y calado como un perro? Ahora me sacudo y echo a correr lejos de ti, para volver a secarme: ¡no debes extrañarte de ello! ¿Te parezco descortés? Pero aquí está mi corte. Pero en cuanto a tu hombre superior: ¡pues bien!, voy a buscarlo de inmediato en aquellos bosques: de allí vino su grito. Quizá lo acosa allí un animal maligno. Está dentro de mis dominios: ¡en ellos no debe sufrir daño! Y, en verdad, hay por aquí muchos animales malignos.

    Con estas palabras Zaratustra se volvió para marcharse. Entonces dijo el adivino: —¡Oh Zaratustra, eres un pícaro! Ya lo sé: ¡quieres librarte de mí! ¡Antes corres a los bosques y das caza a animales malignos! Pero ¿de qué te sirve? Al caer la tarde volverás a tenerme: en tu propia cueva estaré allí sentado, paciente y pesado como un tronco, ¡y te esperaré!

    —¡Así sea! —gritó Zaratustra hacia atrás mientras se alejaba—. ¡Y lo que es mío en mi cueva te pertenece también a ti, mi amigo huésped! Pero si aún encontraras miel dentro, ¡pues bien!, lámela toda, tú, oso gruñón, ¡y endulza tu alma! Pues esta tarde queremos ambos estar de buen humor, de buen humor y alegres de que este día haya llegado a su fin. Y tú mismo has de danzar al son de mis canciones como mi oso danzante. ¿No lo crees? ¿Sacudes la cabeza? ¡Pues bien! ¡Arriba, viejo oso! Pero también yo —soy un adivino.

    Así habló Zaratustra.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.


  • 4.1. EL SACRIFICIO DE MIEL

    Y de nuevo corrieron lunas y años sobre el alma de Zaratustra, y él no hizo caso de ello; pero su cabello se volvió blanco. Un día, cuando estaba sentado sobre una piedra delante de su cueva y miraba en silencio a lo lejos —pues desde allí se mira hacia el mar, por encima de sinuosos abismos—, sus animales anduvieron pensativos en torno a él y acabaron por plantarse delante de él.

    —Oh, Zaratustra —dijeron—, ¿miras acaso a lo lejos en busca de tu dicha?

    —¡Qué importa la dicha! —respondió él—. Hace ya mucho que no aspiro a la dicha; aspiro a mi obra.

    —Oh, Zaratustra —volvieron a decir los animales—, eso lo dices como quien tiene de lo bueno más que de sobra. ¿No yaces acaso en un lago azul celeste de dicha?

    —¡Necios pícaros! —respondió Zaratustra sonriendo—. ¡Qué bien habéis escogido la comparación! Pero también sabéis que mi dicha es pesada, y no como una líquida ola de agua: me apremia, no quiere separarse de mí y se comporta como pez derretida.

    Entonces los animales volvieron a andar pensativos en torno a él y luego se plantaron de nuevo delante de él. —Oh, Zaratustra —dijeron—, ¿de ahí viene, pues, que tú mismo te vuelvas cada vez más amarillo y más oscuro, aunque tu cabello quiera parecer blanco y del color del lino? ¡Mira, estás sentado en tu pez!

    —¿Qué decís ahí, animales míos? —dijo Zaratustra, y rio al decirlo—. En verdad, blasfemé cuando hablé de la pez. Lo que me ocurre a mí les sucede a todos los frutos que maduran. Es la miel en mis venas la que hace más espesa mi sangre y también más silenciosa mi alma.

    —Así será, oh, Zaratustra —respondieron los animales, y se apretaron contra él—; pero ¿no quieres subir hoy a una alta montaña? El aire está limpio, y hoy se ve más mundo que nunca.

    —Sí, animales míos —respondió él—, aconsejáis con acierto y conforme a mi corazón: hoy quiero subir a una alta montaña. Pero procurad que allí tenga miel a mano: amarilla, blanca, buena, miel dorada de panal fresca como el hielo. Pues sabed que allá arriba quiero ofrecer el sacrificio de miel.

    Pero cuando Zaratustra estuvo arriba, en lo alto, envió de vuelta a casa a los animales que lo habían acompañado y comprobó que ahora estaba solo: entonces rio de todo corazón, miró a su alrededor y habló así:

    Que hablara de sacrificios y sacrificios de miel no fue sino una astucia de mi discurso y, en verdad, una necedad útil. Aquí arriba puedo hablar ya con mayor libertad que ante cuevas de ermitaños y animales domésticos de ermitaños.

    ¡Sacrificar, qué va! Yo derrocho lo que se me regala, yo, derrochador de mil manos: ¿cómo podría llamar todavía a eso —sacrificio? Y cuando deseé miel, no deseé sino cebo y dulce jarabe y baba, por los que también los osos gruñones y las aves extrañas, hoscas y malvadas se relamen: —el mejor cebo, como el que necesitan cazadores y pescadores. Pues si el mundo es como un oscuro bosque de fieras y el jardín de delicias de todos los cazadores salvajes, aún más, y con mayor gusto, me parece un mar abismal y rico, —un mar lleno de peces de muchos colores y cangrejos, por el que incluso a los dioses podría entrarles el deseo de hacerse en él pescadores y lanzadores de redes: ¡tan rico es el mundo en cosas extrañas, grandes y pequeñas! Sobre todo el mundo de los hombres, el mar de los hombres: hacia él lanzo ahora mi caña de pescar de oro y digo: ¡ábrete, abismo de los hombres!

    ¡Ábrete y lánzame tus peces y tus cangrejos centelleantes! Con mi mejor cebo atraigo hoy hacia mí a los más extraños peces-hombres. —Mi propia dicha la arrojo a todas las vastedades y lejanías, entre amanecer, mediodía y ocaso, por si muchos peces-hombres aprenden a tirar de mi dicha y a colear. Hasta que, al morder mis afilados anzuelos ocultos, tengan que subir a mi altura, los más coloridos pececillos del fondo del abismo, hacia el más malévolo de todos los pescadores de peces-hombres. Pues eso soy yo desde el fondo y desde el comienzo: tirando, atrayendo, haciendo subir, criando; un tirador, criador y maestro de disciplina, que no en vano se dijo una vez a sí mismo: «¡Llega a ser el que eres!»

    Así pueden ahora los hombres subir hasta mí: pues aún espero las señales de que sea tiempo de mi descenso; todavía no voy yo mismo a mi ocaso, como debo, entre los hombres. Para eso espero aquí, astuto y burlón, en altas montañas: no un impaciente, no un paciente, sino más bien uno que hasta ha desaprendido la paciencia —porque ya no «padece». Pues mi destino me deja tiempo: ¿acaso se ha olvidado de mí? ¿O está sentado a la sombra detrás de una gran piedra y caza moscas? Y, en verdad, le tengo afecto por ello, a mi eterno destino, porque no me acosa ni me apremia y me deja tiempo para bufonadas y maldades: así que hoy subí a esta alta montaña para pescar.

    ¿Ha capturado jamás un hombre peces en altas montañas? Y aunque sea una necedad lo que aquí arriba quiero y hago: mejor aún esto que volverme ahí abajo solemne de tanto esperar, y verde y amarillo —un engallado resoplador de ira de tanto esperar, una santa tormenta de aullidos venida de las montañas, un impaciente que grita hacia los valles: «¡Oíd, o bien os fustigo con el azote de Dios!»

    ¡No es que yo les guarde rencor por ello a tales iracundos: me bastan para reírme! Impacientes tienen que ser, desde luego, esos grandes tambores de estrépito, que hoy o nunca toman la palabra. Pero yo y mi destino —nosotros no hablamos al «Hoy», tampoco hablamos al «Nunca»: para hablar tenemos ya paciencia y tiempo y sobretiempo. Pues algún día ha de llegar, y no puede pasar de largo. ¿Quién ha de llegar algún día y no puede pasar de largo? Nuestro gran Hazar, esto es, nuestro gran y lejano reino de los hombres, el reino de Zaratustra de mil años — —. ¿Cuán lejos puede estar tal «lejanía»? ¡Qué me importa! Pero no por ello está menos firme para mí: con ambos pies estoy firmemente plantado sobre este fundamento, —sobre un fundamento eterno, sobre dura roca primigenia, sobre esta altísima y durísima cordillera primigenia, a la que todos los vientos llegan como a una divisoria meteorológica, preguntando: «¿Dónde?», «¿De dónde?» y «¿Adónde?»

    ¡Ríe aquí, ríe, mi luminosa y sana maldad! ¡Desde altas montañas arroja hacia abajo tu centelleante carcajada de burla! ¡Con tu centelleo ceba para mí a los más hermosos peces-hombres! Y lo que en todos los mares me pertenece, mi en-y-para-mí en todas las cosas —eso péscamelo fuera, eso súbemelo hasta mí: eso espero yo, el más malévolo de todos los pescadores.

    ¡Fuera, fuera, anzuelo mío! ¡Dentro, abajo, cebo de mi dicha! ¡Deja caer gota a gota tu rocío más dulce, miel de mi corazón! ¡Muerde a toda negra aflicción en el vientre!

    ¡Fuera, fuera, ojo mío! ¡Oh, cuántos mares en torno a mí, cuántos futuros de los hombres que alborean! Y sobre mí —¡qué rosada quietud! ¡Qué silencio sin nubes!

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 3.16. LOS SIETE SELLOS (O: LA CANCIÓN DEL SÍ Y EL AMÉN)

    [1]

    Si soy un adivino y estoy lleno de aquel espíritu adivinatorio que camina sobre una alta cresta entre dos mares, —que entre lo pasado y lo futuro camina como una pesada nube—, enemigo de las hondonadas sofocantes y de todo cuanto está cansado y no puede ni morir ni vivir: dispuesto, en su oscuro seno, para el relámpago y para el redentor rayo de luz, grávido de relámpagos que dicen ¡Sí!, que ríen ¡Sí!, dispuesto para fulgores adivinatorios: —¡bienaventurado, sin embargo, quien así está grávido! ¡Y, en verdad, durante largo tiempo ha de pender como un pesado temporal sobre la montaña quien un día haya de encender la luz del futuro!— ¡Oh, cómo no habría yo de estar en celo por la eternidad y por el anillo nupcial de los anillos, —el anillo del retorno!

    Nunca encontré aún a la mujer de la que quisiera hijos, a no ser esta mujer, a la que amo: ¡porque te amo, oh eternidad!

    ¡Porque te amo, oh eternidad!

    [2]

    Si mi cólera alguna vez rompió tumbas, desplazó mojones e hizo rodar viejas tablas rotas hacia escarpadas profundidades; si mi escarnio alguna vez dispersó con su soplo palabras podridas, y llegué como una escoba para las arañas de la cruz y como viento barredor para las viejas cámaras sepulcrales de aire viciado; si alguna vez me senté exultante allí donde yacen enterrados viejos dioses, bendiciendo el mundo, amando el mundo, junto a los monumentos de antiguos calumniadores del mundo: —pues incluso las iglesias y las tumbas de Dios amo, cuando el cielo mira ya con ojo puro a través de sus techos rotos; de buen grado me siento, como la hierba y la roja amapola, sobre iglesias rotas—, ¡oh, cómo no habría yo de estar en celo por la eternidad y por el anillo nupcial de los anillos, —el anillo del retorno!

    Nunca encontré aún a la mujer de la que quisiera hijos, a no ser esta mujer, a la que amo: ¡porque te amo, oh eternidad!

    ¡Porque te amo, oh eternidad!

    [3]

    Si alguna vez llegó hasta mí un soplo del soplo creador y de aquella necesidad celestial que fuerza incluso a los azares a danzar rondas de estrellas; si alguna vez reí con la risa del relámpago creador, al que sigue, retumbando pero obediente, el largo trueno del acto; si alguna vez jugué a los dados con dioses en la mesa de dioses de la tierra, de modo que la tierra tembló y se quebró y arrojó hacia lo alto, resoplando, ríos de fuego: —pues una mesa de dioses es la tierra, temblorosa por nuevas palabras creadoras y por tiradas de los dioses—, ¡oh, cómo no habría yo de estar en celo por la eternidad y por el anillo nupcial de los anillos, —el anillo del retorno!

    Nunca encontré aún a la mujer de la que quisiera hijos, a no ser esta mujer, a la que amo: ¡porque te amo, oh eternidad!

    ¡Porque te amo, oh eternidad!

    [4]

    Si alguna vez bebí a grandes tragos de aquel espumeante cántaro de sazón y mezcla, en el que todas las cosas están bien mezcladas; si mi mano alguna vez vertió lo más lejano en lo más próximo, y fuego en espíritu, y placer en sufrimiento, y lo peor en lo más bondadoso; si yo mismo soy un grano de aquella sal redentora que hace que todas las cosas se mezclen bien en el cántaro de mezcla: —pues hay una sal que liga lo bueno con lo malo; y también lo más malo es digno de servir de condimento para el último rebosar—, ¡oh, cómo no habría yo de estar en celo por la eternidad y por el anillo nupcial de los anillos, —el anillo del retorno!

    Nunca encontré aún a la mujer de la que quisiera hijos, a no ser esta mujer, a la que amo: ¡porque te amo, oh eternidad!

    ¡Porque te amo, oh eternidad!

    [5]

    Si soy amigo del mar y de todo cuanto es de índole marina, y más amigo aún cuando se me opone airado; si hay en mí aquel deseo buscador que impulsa las velas hacia lo inexplorado, si hay en mi deseo un deseo de navegante; si alguna vez mi júbilo exclamó: «La costa se desvaneció, —ahora cayó de mí la última cadena—, lo ilimitado ruge a mi alrededor, a lo lejos me resplandecen el espacio y el tiempo, ¡ea! ¡Arriba, viejo corazón!»—, ¡oh, cómo no habría yo de estar en celo por la eternidad y por el anillo nupcial de los anillos, —el anillo del retorno!

    Nunca encontré aún a la mujer de la que quisiera hijos, a no ser esta mujer, a la que amo: ¡porque te amo, oh eternidad!

    ¡Porque te amo, oh eternidad!

    [6]

    Si mi virtud es virtud de danzarín, y yo a menudo salté con ambos pies dentro de un éxtasis de oro y esmeralda; si mi maldad es una maldad riente, en su casa entre laderas de rosas y setos de lirios: —pues en la risa está reunido todo lo malo, pero declarado santo y absuelto por su propia bienaventuranza—; y si esto es mi alfa y omega: que todo lo pesado se vuelva ligero, todo cuerpo danzarín, todo espíritu pájaro: ¡y, en verdad, esto es mi alfa y omega!—, ¡oh, cómo no habría yo de estar en celo por la eternidad y por el anillo nupcial de los anillos, —el anillo del retorno!

    Nunca encontré aún a la mujer de la que quisiera hijos, a no ser esta mujer, a la que amo: ¡porque te amo, oh eternidad!

    ¡Porque te amo, oh eternidad!

    [7]

    Si alguna vez extendí sobre mí cielos silenciosos y volé con mis propias alas a mis propios cielos; si nadé jugando en profundas lejanías de luz, y a mi libertad le llegó sabiduría de pájaro: —pero así habla la sabiduría de pájaro: «Mira, no hay arriba ni abajo. ¡Arrójate de un lado a otro, hacia fuera, hacia atrás, tú, ligero! ¡Canta! ¡No hables más! ¿No están hechas todas las palabras para los pesados? ¿No le mienten al ligero todas las palabras? ¡Canta! ¡No hables más!»—, ¡oh, cómo no habría yo de estar en celo por la eternidad y por el anillo nupcial de los anillos, —el anillo del retorno!

    Nunca encontré aún a la mujer de la que quisiera hijos, a no ser esta mujer, a la que amo: ¡porque te amo, oh eternidad!

    ¡Porque te amo, oh eternidad!

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 3.15. LA OTRA CANCIÓN PARA LA DANZA

    [1]

    «En tu ojo miré hace poco, oh, vida: oro vi relucir en tu ojo nocturno, —mi corazón se detuvo ante esta voluptuosidad: —una barca de oro vi relucir sobre aguas nocturnas, una barca de oro mecida, que se hundía, bebía y volvía a hacer señas. Hacia mi pie, loco por danzar, lanzaste una mirada, una mirada mecida, risueña, interrogante, derretida: solo dos veces agitaste tu crótalo con tus pequeñas manos —y ya se mecía mi pie por el frenesí de danzar.—

    Mis talones se encabritaron, mis dedos de los pies se pusieron a la escucha para entenderte: ¡pues el danzarín lleva el oído —en los dedos de los pies!

    Salté hacia ti: entonces retrocediste huyendo ante mi salto; ¡y hacia mí lengüeteó la lengua de tu fugitivo y volador cabello!

    Salté alejándome de ti y de tus serpientes: entonces ya estabas allí, vuelta a medias, el ojo lleno de deseo.

    Con miradas torcidas —me enseñas sendas torcidas; por sendas torcidas aprende mi pie —¡mañas!

    Te temo cercana, te amo lejana; tu huida me atrae, tu buscar me retrae: —sufro, pero ¡qué no sufrí gustoso por ti!

    Tú, cuya frialdad enciende, cuyo odio seduce, cuya huida ata, cuyo escarnio —conmueve:

    —¿quién no te odiaría, a ti, gran atadora, envolvedora, tentadora, buscadora, halladora? ¿Quién no te amaría, a ti, inocente, impaciente, veloz como el viento, de ojos infantiles, pecadora?

    ¿Adónde me arrastras ahora, tú, dechado y desatada? ¡Y ahora vuelves a huir de mí, tú, dulce criatura montaraz e ingratitud!

    Danzo tras de ti, te sigo aun por el rastro más leve. ¿Dónde estás? ¡Dame la mano! ¡O un dedo tan solo!

    Aquí hay cuevas y espesuras: ¡nos extraviaremos! —¡Alto! ¡Quédate quieta! ¿No ves revolotear búhos y murciélagos?

    ¡Tú, búho! ¡Tú, murciélago! ¿Quieres remedarme? ¿Dónde estamos? ¿De los perros aprendiste este aullar y ladrar?

    Me enseñas dulcemente los blancos dientecillos; ¡tus malvados ojos saltan contra mí desde tu rizada melenita!

    Esta es una danza sobre troncos y piedras: yo soy el cazador, —¿quieres ser mi perro o mi rebeco?

    ¡Ahora a mi lado! ¡Y deprisa, taimada saltarina! ¡Ahora arriba! ¡Y al otro lado! —¡Ay! ¡Ahí me caí yo mismo al saltar!

    ¡Oh, mírame, tú, desmesura, yacer e implorar clemencia! Con gusto querría recorrer contigo —senderos más dulces:

    —¡los senderos del amor a través de silenciosos y multicolores matorrales! O por allí, a lo largo del lago: ¡allí nadan y danzan peces dorados!

    ¿Estás ahora cansada? Allá hay ovejas y arreboles de la tarde: ¿no es hermoso dormir cuando los pastores tocan la flauta?

    ¿Estás tan terriblemente cansada? Yo te llevaré hasta allí; ¡deja caer los brazos! Y si tienes sed, —algo tendría yo, pero tu boca no quiere beberlo!—

    —¡Oh, esta maldita, ágil, flexible serpiente y bruja escurridiza! ¿Adónde has ido? Pero en la cara siento, de tu mano, dos toques y manchas rojas.

    ¡Estoy en verdad cansado de ser siempre tu pastor ovejuno! Tú, bruja, hasta ahora he cantado para ti; ahora tú has de —¡gritar para mí!

    ¡Al compás de mi látigo has de danzar y gritar para mí! ¿No me habré olvidado del látigo? —¡No!»—

    [2]

    Entonces me respondió así la vida, tapándose al mismo tiempo las delicadas orejas: «¡Oh, Zaratustra! ¡No hagas restallar tan terriblemente tu látigo! Ya lo sabes: el ruido asesina los pensamientos, —y justo ahora me vienen unos pensamientos tan tiernos. Los dos somos auténticos no-bienhechores y no-malhechores. Más allá del bien y del mal encontramos nuestra isla y nuestra verde pradera —¡nosotros dos solos! Por eso hemos de ser buenos el uno con el otro. Y aunque no nos amemos de raíz, —¿acaso hay que guardarse rencor porque no se ama de raíz? Y que yo soy buena contigo, y a menudo demasiado buena, eso lo sabes: y la raíz de ello es que estoy celosa de tu sabiduría. ¡Ah, esa vieja loca y necia que es la sabiduría! Si alguna vez tu sabiduría se te escapase, ¡ay!, entonces también mi amor se te escaparía muy pronto».—

    Entonces la vida miró pensativa hacia atrás y a su alrededor y dijo en voz baja: «¡Oh, Zaratustra, no me eres lo bastante fiel! No me amas ni de lejos tanto como dices; sé que piensas abandonarme pronto. Hay una vieja y grave, grave campana retumbante: por la noche retumba hasta tu cueva: —cuando a medianoche oyes a esta campana dar la hora, piensas en ello entre el Uno y el Doce— —piensas en ello, oh, Zaratustra, lo sé: ¡en que pronto quieres abandonarme!»—

    «Sí —respondí vacilante—, pero tú también lo sabes—». Y le dije algo al oído, justo en medio de sus enmarañados, amarillos y necios mechones de cabello.

    «¿Sabes eso, oh, Zaratustra? Eso no lo sabe nadie».— —

    Y nos miramos y contemplamos la verde pradera, sobre la cual corría en aquel momento el fresco atardecer, y lloramos juntos.— Pero entonces la vida me fue más querida que nunca lo había sido toda mi sabiduría.—

    [3]

    ¡Uno!
    ¡Oh, hombre! ¡Presta atención!

    ¡Dos!
    ¿Qué dice la profunda medianoche?

    ¡Tres!
    «Yo dormía, dormía—,

    ¡Cuatro!
    de profundo sueño he despertado:—

    ¡Cinco!
    el mundo es profundo,

    ¡Seis!
    y más profundo de lo que el día pensó.

    ¡Siete!
    Profundo es su dolor—,

    ¡Ocho!
    el placer —más profundo aún que el dolor del corazón:

    ¡Nueve!
    el dolor dice: “¡Pasa!”.

    ¡Diez!
    Pero todo placer quiere eternidad—,

    ¡Once!
    —¡quiere profunda, profunda eternidad!».

    ¡Doce!

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 3.14. DEL GRAN ANHELO

    Oh, alma mía, te enseñé a decir «hoy» como «una vez» y «antaño», y a danzar tu ronda por encima de todo Aquí y Ahí y Allá.

    Oh, alma mía, te redimí de todos los rincones; barrí de ti el polvo, las arañas y la penumbra.

    Oh, alma mía, lavé de ti la pequeña vergüenza y la virtud-de-rincón, y te persuadí a estar en pie desnuda ante los ojos del sol. Con la tormenta que se llama «espíritu» soplé sobre tu mar agitado; alejé soplando todas las nubes, estrangulé incluso a la estranguladora que se llama «pecado».

    Oh, alma mía, te di el derecho a decir «No» como la tormenta y a decir «Sí» como dice «Sí» el cielo abierto: silenciosa como la luz, estás en pie y caminas ahora a través de tormentas negadoras.

    Oh, alma mía, te devolví la libertad sobre lo creado y lo increado: ¿y quién conoce, como tú la conoces, la voluptuosidad de lo futuro?

    Oh, alma mía, te enseñé el desprecio que no llega como carcoma de gusano, el gran desprecio, el desprecio amante, que más ama allí donde más desprecia.

    Oh, alma mía, te enseñé a persuadir de tal manera que persuades hacia ti los fundamentos mismos: como el sol, que aun al mar lo persuade hacia su altura.

    Oh, alma mía, te quité todo obedecer, todo doblar la rodilla y todo decir «Señor»; te di a ti misma los nombres de «viraje de la necesidad» y «destino».

    Oh, alma mía, te di nuevos nombres y juguetes multicolores; te llamé «destino» y «límite de los límites» y «cordón umbilical del tiempo» y «campana azur».

    Oh, alma mía, di de beber a tu tierra toda la sabiduría, todos los vinos nuevos y también todos los fuertes vinos de la sabiduría, viejos desde tiempo inmemorial.

    Oh, alma mía, derramé sobre ti cada sol y cada noche y cada silencio y cada anhelo: entonces creciste para mí como una vid.

    Oh, alma mía, desbordante de riqueza y pesada estás ahora ahí, una vid con ubres henchidas y apretados racimos de uvas de oro pardo: — apretada y oprimida por tu dicha, esperando por sobreabundancia y todavía pudorosa por tu espera.

    Oh, alma mía, ahora no hay en ninguna parte un alma que sea más amante, más envolvente y más vasta. ¿Dónde estarían el futuro y el pasado más estrechamente reunidos que en ti?

    Oh, alma mía, te lo di todo, y todas mis manos quedaron vacías al darte: — ¡y ahora! Ahora me dices, sonriente y llena de melancolía: «¿Quién de nosotros tiene que dar las gracias? — ¿No tiene el dador que dar las gracias porque el que recibe aceptó? ¿No es regalar una necesidad? ¿No es recibir — compasión?»

    Oh, alma mía, entiendo la sonrisa de tu melancolía: ¡tu sobre-riqueza misma extiende ahora manos anhelantes! Tu plenitud mira más allá de rugientes mares y busca y espera; ¡el anhelo de la sobre-plenitud mira desde el sonriente cielo de tus ojos! Y en verdad, oh, alma mía, ¿quién vería tu sonrisa y no se desharía en lágrimas? Los ángeles mismos se deshacen en lágrimas por la sobre-bondad de tu sonrisa. Es tu bondad y sobre-bondad la que no quiere quejarse ni llorar: y, sin embargo, oh, alma mía, tu sonrisa anhela lágrimas y tu boca temblorosa, sollozos. «¿No es todo llorar un quejarse? ¿Y todo quejarse un acusar?». Así te hablas a ti misma, y por eso prefieres, oh, alma mía, sonreír antes que derramar tu dolor — derramar en lágrimas que se precipitan todo tu dolor por tu plenitud y por todo el apremio de la vid por el viñador y la podadera.

    Pero si no quieres llorar, no quieres desahogar llorando tu purpúrea melancolía, entonces tendrás que cantar, ¡oh, alma mía! Mira, yo mismo sonrío, yo que te predigo tales cosas: — cantar con canto rugiente, hasta que todos los mares se aquieten para prestar oído a tu anhelo, — hasta que sobre mares quietos y anhelantes se deslice el bote, la maravilla dorada, en torno a cuyo oro brincan todas las cosas buenas, malas y extrañas: — también muchos animales grandes y pequeños y todo lo que tiene pies ligeros y extraños, para poder correr por senderos azul violeta, — hacia la maravilla dorada, el bote voluntario, y hacia su señor: pero este es el viñador, que espera con podadera de diamante, — tu gran liberador, oh, alma mía, el Sin Nombre — — ¡al que solo cantos futuros hallarán nombres! Y, en verdad, ya huele tu aliento a cantos futuros, — ya ardes y sueñas, ya bebes sedienta de todos los profundos y resonantes pozos de consuelo, ¡ya descansa tu melancolía en la bienaventuranza de cantos futuros!

    Oh, alma mía, ahora te lo di todo y también mi último don, y todas mis manos quedaron vacías al darte: — que te mandara cantar, mira, ¡ese fue mi último don! Que te mandara cantar; habla ahora, habla: ¿quién de nosotros tiene ahora — que dar las gracias? — Pero mejor aún: ¡cántame, canta, oh, alma mía! ¡Y déjame a mí dar las gracias!

    Así habló Zaratustra.


    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 3.13. EL CONVALECIENTE

    [1]

    Una mañana, no mucho después de su regreso a la cueva, Zaratustra saltó de su lecho como un loco, gritó con voz terrible y se agitó como si aún hubiera otro tendido en el lecho que no quisiera levantarse de él; y de tal modo resonó la voz de Zaratustra, que sus animales acudieron espantados y de todas las cuevas y escondrijos próximos a la cueva de Zaratustra huyeron furtivamente todos los animales —volando, aleteando, arrastrándose, saltando, según la clase de patas y alas que a cada cual le había sido dada. Pero Zaratustra dijo estas palabras:

    ¡Sube, pensamiento abismal, desde mi profundidad! Yo soy tu gallo y tu aurora, gusano adormilado: ¡arriba! ¡arriba! ¡Mi voz te cantará hasta despertarte! Desata la atadura de tus oídos: ¡presta oído! Pues quiero oírte. ¡Arriba! ¡Arriba! Aquí hay trueno suficiente para que hasta las tumbas aprendan a escuchar. ¡Y límpiate de los ojos el sueño y todo lo torpe y ciego! Escúchame también con tus ojos: mi voz es un remedio incluso para los ciegos de nacimiento. Y una vez despierto, has de permanecer despierto para mí eternamente. No es propio de mí despertar del sueño a bisabuelas para decirles que —sigan durmiendo.

    ¿Te remueves, te estiras, estertoreas? ¡Arriba! ¡Arriba! ¡No has de estertorear, sino hablarme! ¡Zaratustra, el impío, te llama! Yo, Zaratustra, el intercesor de la vida, el intercesor del sufrimiento, el intercesor del círculo, te llamo a ti, mi pensamiento más abismal.

    ¡Salud para mí! ¡Vienes —te oigo! Mi abismo habla, ¡he vuelto del revés hacia la luz mi última profundidad! ¡Salud para mí! ¡Acércate! ¡Dame la mano! —¡Ah! ¡Suelta! ¡Ja, ja!— Náusea, náusea, náusea —¡ay de mí!

    [2]

    Pero apenas hubo Zaratustra pronunciado estas palabras, se desplomó como un muerto y permaneció largo tiempo como muerto. Cuando volvió en sí, estaba pálido y temblaba, y permaneció tendido y durante largo tiempo no quiso comer ni beber. Tal estado le duró siete días; sus animales, sin embargo, no lo abandonaron ni de día ni de noche, salvo cuando el águila salía volando a buscar alimento. Y lo que traía y reunía como botín lo depositaba sobre el lecho de Zaratustra, de modo que Zaratustra acabó yaciendo cubierto de bayas amarillas y rojas, uvas, manzanas de rosa, hierbas fragantes y piñas. A sus pies, sin embargo, yacían tendidos dos corderos que el águila, no sin esfuerzo, había arrebatado a sus pastores.

    Finalmente, después de siete días, Zaratustra se incorporó en su lecho, tomó una manzana de rosa en la mano, la olió y encontró grato su aroma. Entonces sus animales creyeron que había llegado la hora de hablar con él.

    «Oh, Zaratustra —dijeron—, ya llevas siete días yaciendo así, con los ojos pesados: ¿no quieres por fin volver a ponerte de pie? Sal de tu cueva: el mundo te espera como un jardín. El viento juega con intensos aromas que quieren llegar hasta ti, y todos los arroyos querrían correr tras de ti. Todas las cosas te anhelan porque permaneciste siete días solo: ¡sal de tu cueva! Todas las cosas quieren ser tus médicos. ¿Te llegó acaso un nuevo saber, uno agrio, pesado? Como masa fermentada yacías; tu alma subió y se hinchó hasta rebasar todos sus bordes.»

    —Oh, animales míos —respondió Zaratustra—, seguid así, parloteando, y dejadme escuchar. Me reconforta tanto que parloteéis: donde se parlotea, allí el mundo yace ya ante mí como un jardín. ¡Qué delicioso es que haya palabras y sonidos! ¿No son las palabras y los sonidos arcoíris y puentes ilusorios entre lo eternamente separado?

    A cada alma le corresponde un mundo distinto; para cada alma, toda otra alma es un trasmundo. Precisamente entre lo más semejante miente la apariencia de la manera más bella; pues la brecha más pequeña es la más difícil de salvar.

    Para mí, ¿cómo habría de haber un fuera-de-mí? ¡No hay ningún afuera! Pero eso lo olvidamos con todos los sonidos; ¡qué delicioso es que olvidemos! ¿No les han sido regalados a las cosas nombres y sonidos para que el hombre se reconforte con las cosas? Una hermosa necedad es el hablar: con él danza el hombre por encima de todas las cosas. ¡Qué delicioso es todo hablar y toda mentira de los sonidos! Con sonidos danza nuestro amor sobre arcoíris multicolores. —

    —Oh, Zaratustra —dijeron entonces los animales—, para quienes piensan como nosotros, todas las cosas mismas danzan: todo viene y se tiende la mano y ríe y huye —y vuelve. Todo se va, todo vuelve; eternamente rueda la rueda del ser. Todo muere, todo vuelve a florecer; eternamente transcurre el año del ser. Todo se rompe, todo es unido de nuevo; eternamente se construye a sí misma la misma casa del ser. Todo se separa, todo vuelve a saludarse; eternamente permanece fiel a sí mismo el anillo del ser. En cada instante comienza el ser; alrededor de cada aquí rueda la esfera del allí. El centro está en todas partes. Torcida es la senda de la eternidad. —

    —¡Oh, necios pícaros y organillos! —respondió Zaratustra, y volvió a sonreír—. ¡Qué bien sabéis lo que en siete días debía cumplirse: —y cómo aquel monstruo se me metió arrastrándose en las fauces y me estranguló! Pero yo le mordí la cabeza y la escupí lejos de mí. Y vosotros, ¿ya hicisteis de ello una canción de organillo? Pero ahora yazgo aquí, cansado aún de ese morder y escupir lejos, enfermo aún de mi propia redención. ¿Y vosotros contemplasteis todo eso? Oh, animales míos, ¿sois también vosotros crueles? ¿Quisisteis contemplar mi gran dolor, como hacen los hombres? Pues el hombre es el animal más cruel.

    En tragedias, corridas de toros y crucifixiones es cuando mejor se ha sentido hasta ahora en la tierra; y cuando inventó para sí el infierno, mira, ese fue entonces su cielo en la tierra.

    Cuando el gran hombre grita, al punto acude corriendo el pequeño; y la lengua le cuelga fuera de la boca de pura avidez. Pero él llama a eso su «compasión».

    El hombre pequeño, especialmente el poeta, ¡con cuánto celo acusa a la vida con palabras! Prestad oído, pero no dejéis de oír el placer que hay en toda acusación. A tales acusadores de la vida los vence la vida con un parpadeo. «¿Me amas? —dice la insolente—; espera todavía un poco, aún no tengo tiempo para ti.»

    El hombre es para consigo mismo el animal más cruel; y en todo lo que se llama «pecador», «portador de la cruz» y «penitente», no dejéis de oír la voluptuosidad que hay en este lamentarse y acusar.

    Y yo mismo, ¿quiero por ello ser acusador del hombre? Ay, animales míos, solo esto he aprendido hasta ahora: que al hombre le es necesario lo peor de sí para lo mejor de sí, —que todo lo peor es su mejor fuerza y la piedra más dura para el más alto creador; y que el hombre tiene que volverse mejor y más malo:

    No estaba yo clavado a este madero de suplicio —saber que el hombre es malo—, sino que grité como nadie había gritado aún: «¡Ay, que lo peor de él sea tan absolutamente pequeño! ¡Ay, que lo mejor de él sea tan absolutamente pequeño!»

    El gran hastío del hombre —ese me estranguló y se me había arrastrado a las fauces: y lo que vaticinó el adivino: «Todo es igual, nada vale la pena, el saber estrangula.» Un largo crepúsculo cojeaba delante de mí, una tristeza mortalmente cansada, ebria de muerte, que hablaba con boca bostezante. «Eternamente regresa, el hombre del que estás cansado, el hombre pequeño» —así bostezaba mi tristeza y arrastraba el pie y no podía dormirse. La tierra de los hombres se me transformó en cueva, su pecho se hundió hacia dentro, todo lo viviente se me volvió podredumbre humana y huesos y pasado carcomido. Mi suspiro estaba sentado sobre todas las tumbas de los hombres y ya no podía levantarse; mi suspirar y preguntar croaban, se ahogaban, roían y se lamentaban día y noche: —«¡Ay, el hombre regresa eternamente! ¡El hombre pequeño regresa eternamente!»—

    Una vez había visto desnudos a ambos, al hombre más grande y al hombre más pequeño: demasiado parecidos el uno al otro, —¡demasiado humano todavía el más grande! ¡Demasiado pequeño el más grande! —¡Ese fue mi hastío del hombre! ¡Y eterno retorno también del más pequeño! —¡Ese fue mi hastío de toda existencia! ¡Ay, náusea! ¡Náusea! ¡Náusea! — —

    Así habló Zaratustra y suspiró y se estremeció, pues recordó su enfermedad. Pero entonces sus animales no le dejaron seguir hablando.

    «¡No sigas hablando, convaleciente! —así le respondieron sus animales—, sino sal fuera, donde el mundo te espera como un jardín. ¡Sal fuera, ve a las rosas y a las abejas y a las bandadas de palomas! Pero especialmente a los pájaros cantores: ¡para que aprendas de ellos a cantar! Pues cantar es para el convaleciente; el sano puede hablar. Y aunque también el sano quiera canciones, quiere, sin embargo, canciones distintas de las del convaleciente.»

    —¡Oh, necios pícaros y organillos, callad ya! —respondió Zaratustra, y sonrió de sus animales—. ¡Qué bien sabéis qué consuelo inventé para mí durante estos siete días! Que tenía que volver a cantar, —ese consuelo y esa recuperación inventé para mí: ¿queréis también hacer enseguida de ello otra canción de organillo?

    —No sigas hablando —le respondieron una vez más sus animales—; mejor todavía, convaleciente, prepárate primero una lira, ¡una nueva lira! Pues mira, oh, Zaratustra: para tus nuevas canciones se necesitan nuevas liras. ¡Canta y desbórdate rugiendo, oh, Zaratustra; sana con nuevas canciones tu alma, para que lleves tu gran destino, que aún no fue destino de hombre alguno! Pues tus animales saben bien, oh, Zaratustra, quién eres y tienes que llegar a ser: mira, tú eres el maestro del eterno retorno, —¡ese es ahora tu destino! Que tú, siendo el primero, tengas que enseñar esta enseñanza, —¿cómo no habría de ser este gran destino también tu mayor peligro y enfermedad?

    Mira, nosotros sabemos lo que enseñas: que todas las cosas regresan eternamente, y nosotros mismos con ellas, y que hemos existido ya eternas veces, y todas las cosas con nosotros. Enseñas que hay un gran año del devenir, un monstruo de gran año: este tiene que darse la vuelta siempre de nuevo, como un reloj de arena, para que vuelva a correr y a agotarse, —de modo que todos esos años son iguales a sí mismos, en lo más grande y también en lo más pequeño, —de modo que nosotros mismos, en cada gran año, somos iguales a nosotros mismos, en lo más grande y también en lo más pequeño.

    Y si ahora quisieras morir, oh, Zaratustra: mira, sabemos también cómo te hablarías entonces a ti mismo: —¡pero tus animales te piden que todavía no mueras! Hablarías sin temblar, más bien respirando aliviado de bienaventuranza: pues una gran gravedad y opresión te serían quitadas, ¡tú, el más paciente! —

    «Ahora muero y me desvanezco —dirías—, y en un instante soy una nada. Las almas son tan mortales como los cuerpos. Pero el nudo de causas en el que estoy enredado regresa, —¡ese volverá a crearme! Yo mismo pertenezco a las causas del eterno retorno. Regreso, con este sol, con esta tierra, con este águila, con esta serpiente, —no a una vida nueva ni a una vida mejor ni a una vida semejante: —regreso eternamente a esta misma e idéntica vida, en lo más grande y también en lo más pequeño, para que vuelva a enseñar el eterno retorno de todas las cosas, —para que vuelva a pronunciar la palabra del gran mediodía de la tierra y del hombre, para que vuelva a proclamar el superhombre a los hombres. Pronuncié mi palabra, me hago pedazos contra mi palabra: así lo quiere mi suerte eterna, —¡como proclamador perezco! Ha llegado ahora la hora de que el que va a su ocaso se bendiga a sí mismo. Así —termina el ocaso de Zaratustra.» — —

    Cuando los animales hubieron pronunciado estas palabras, callaron y esperaron que Zaratustra les dijera algo; pero Zaratustra no oyó que habían callado. Más bien permaneció tendido en silencio, con los ojos cerrados, semejante a un durmiente, aunque no dormía; pues en aquel momento conversaba con su alma. Pero la serpiente y el águila, al encontrarlo sumido en tal silencio, honraron la gran quietud que había en torno a él y se alejaron con cautela.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 3.12. DE TABLAS VIEJAS Y NUEVAS

    [1]

    Aquí estoy sentado y espero, viejas tablas rotas a mi alrededor, y también nuevas tablas a medio escribir. ¿Cuándo llegará mi hora? -la hora de mi descenso, de mi ocaso: pues una vez más quiero ir a los hombres. Por eso espero ahora: porque primero deben llegarme las señales de que es mi hora -a saber, el león riente con la bandada de palomas. Entre tanto hablo conmigo mismo como quien tiene tiempo. Nadie me cuenta nada nuevo: así, me relato a mí mismo.

    [2]

    Cuando llegué a los hombres, los encontré sentados sobre un viejo engreimiento: todos se figuraban saber desde hacía ya mucho qué era para el hombre bueno y malo. Una cosa vieja y cansada les parecía todo hablar de virtud; y quien quería dormir bien, antes de acostarse aún hablaba de “bien” y “mal”.

    Sacudí este sopor cuando enseñé: qué es bueno y malo, eso no lo sabe nadie todavía -a no ser el creador. Pero este es aquel que crea la meta del hombre y da a la tierra su sentido y su futuro: solo este hace que algo sea bueno y malo.

    Y les mandé derribar sus viejas cátedras, y dondequiera que aquel viejo engreimiento se hubiera sentado; les mandé reírse de sus grandes maestros de virtud, de sus santos, de sus poetas y de sus redentores del mundo. De sus sombríos sabios les mandé reírse, y de cualquiera que alguna vez, como negro espantapájaros, se hubiera sentado advirtiendo sobre el árbol de la vida. En su gran calle de tumbas me senté, yo mismo entre carroña y buitres, y me reí de todo su antaño y de su gloria quebradiza y ruinosa.

    En verdad, igual que predicadores de penitencia y necios, grité ira y clamores contra todo lo grande y pequeño de ellos: ¡que lo mejor de ellos sea tan absolutamente pequeño! ¡Que lo peor de ellos sea tan absolutamente pequeño! -así reí.

    Mi sabio anhelo gritaba y reía así desde dentro de mí, nacido en las montañas, una sabiduría salvaje, en verdad: mi gran anhelo de alas rugientes. Y a menudo me arrebató lejos y arriba y más allá, y en medio de la risa: entonces sí que volé, estremeciéndome, una flecha, a través de un arrobamiento ebrio de sol: hacia fuera, hacia futuros lejanos que ningún sueño había visto aún, hacia sures más ardientes de los que jamás soñaron los artífices: allí donde los dioses, danzando, se avergüenzan de toda vestidura: a saber, que hablo en parábolas y, como los poetas, cojeo y tartamudeo: y en verdad, me avergüenzo de tener que ser aún poeta.

    Donde todo devenir me parecía danza de dioses y travesura de dioses, y el mundo suelto y desatado y huyendo de vuelta hacia sí mismo: como un eterno huirse y volver a buscarse de muchos dioses, como el bienaventurado contradecirse, volver a oírse, volver a pertenecerse mutuamente de muchos dioses:

    Donde todo tiempo me parecía una bienaventurada burla de instantes, donde la necesidad era la libertad misma, que bienaventurada jugaba con el aguijón de la libertad:

    Donde también reencontré a mi viejo diablo y archienemigo, el espíritu de la gravedad y todo lo que él creó: coacción, precepto, necesidad y consecuencia, y propósito y voluntad, y bueno y malo:

    Porque ¿no tiene que haber algo sobre lo que se dance, algo por encima de lo cual se dance y se pase más allá? ¿No tienen que existir, por mor de los ligeros, de los más ligeros, topos y enanos pesados?

    [3]

    Allí fue también donde recogí del camino la palabra “superhombre”, y que el hombre es algo que debe ser superado: que el hombre es un puente y no una meta, declarándose bienaventurado por su mediodía y su tarde, como camino hacia nuevas auroras: la palabra de Zaratustra sobre el gran mediodía, y cuanto además colgué sobre el hombre, como segundos arreboles purpúreos del atardecer.

    En verdad, también les hice ver estrellas nuevas junto con noches nuevas; y sobre las nubes y el día y la noche extendí además la risa como un pabellón multicolor.

    Les enseñé todo mi poetizar y mi empeño: componer en uno y reunir lo que en el hombre es fragmento y enigma y azar espantoso; como poeta, adivinador de enigmas y redentor del azar les enseñé a forjar el futuro y a redimir, creando, todo lo que fue. Redimir lo pasado en el hombre y transformar todo “Fue” hasta que la voluntad diga: “¡Pero así lo quise! ¡Así lo querré!” -a eso llamé redención ante ellos; solo a eso les enseñé a llamar redención.

    Ahora espero mi redención: ir a ellos por última vez. Porque una vez más quiero ir a los hombres: entre ellos quiero ir a mi ocaso, muriendo quiero darles mi más rico don. Del sol aprendí esto: cuando se pone, el sobreabundante, derrama oro en el mar desde inagotable riqueza, de modo que hasta el pescador más pobre rema aún con remo de oro. Esto lo vi una vez y no me saciaba de lágrimas al contemplarlo.

    Como el sol, también Zaratustra quiere ir a su ocaso: ahora está aquí sentado y espera, con viejas tablas rotas a su alrededor y también nuevas tablas, a medio escribir.

    [4]

    Mira, aquí hay una nueva tabla: pero ¿dónde están mis hermanos, que la lleven conmigo al valle y a corazones de carne?

    Así lo exige mi gran amor por los más lejanos: ¡no trates con miramiento a tu más próximo! El hombre es algo que debe ser superado.

    Hay muchos caminos y maneras de la superación: ¡mira tú por ello! Pero solo un bufón piensa: “al hombre también se le puede saltar por encima”.

    Supérate a ti mismo aun en tu más próximo: y un derecho que puedas arrebatar para ti, no has de dejar que te lo den.

    Lo que tú haces, nadie puede hacértelo de vuelta. Mira, no hay retribución.

    Quien no puede mandarse a sí mismo, ha de obedecer. Y más de uno puede mandarse a sí mismo, pero todavía falta mucho para que también se obedezca a sí mismo.

    [5]

    Así lo quiere la índole de las almas nobles: no quieren tener nada gratis, y menos aún la vida. Quien es del populacho quiere vivir gratis; pero nosotros, los otros, a quienes la vida se nos dio, cavilamos siempre sobre qué es lo mejor que podemos dar a cambio. Y, en verdad, este es un dicho noble, el que dice: “lo que la vida nos promete, eso queremos — cumplírselo a la vida”.

    No se ha de querer gozar donde no se da a gozar. Y — ¡no se ha de querer gozar! Pues el goce y la inocencia son las cosas más pudorosas: ambas no quieren ser buscadas. Se las ha de tener —, pero más bien se ha de buscar aun culpa y dolores.

    [6]

    ¡Oh hermanos míos, quien es una primicia, siempre es sacrificado. Pero ahora somos primicias. Todos sangramos en secretos altares de sacrificio, todos ardemos y nos asamos en honor de viejos ídolos. Lo mejor en nosotros es todavía joven: eso tienta a viejos paladares. Nuestra carne es tierna, nuestra piel es solo piel de cordero: ¿cómo no habríamos de tentar a viejos sacerdotes de ídolos? En nosotros mismos habita aún él, el viejo sacerdote de ídolos, que se asa lo mejor en nosotros para su festín. ¡Ay, hermanos míos, cómo no habrían las primicias de ser víctimas!

    Pero así lo quiere nuestra índole; y yo amo a quienes no quieren preservarse. A quienes van a su ocaso los amo con todo mi amor: pues pasan al otro lado.

    [7]

    Ser veraz — ¡eso lo pueden pocos! Y quien lo puede, aún no lo quiere. Pero menos que nadie lo pueden los buenos. ¡Oh estos buenos! Los hombres buenos no dicen nunca la verdad; para el espíritu, ser bueno de esa manera es una enfermedad. Ceden, estos buenos, se resignan, su corazón repite, su fondo obedece: pero quien obedece no se escucha a sí mismo.

    Todo lo que para los buenos se llama malo debe juntarse para que nazca una verdad: oh hermanos míos, ¿sois vosotros también lo bastante malos para esta verdad? El temerario osar, la larga desconfianza, el cruel No, el hastío, el cortar en lo vivo — ¡qué raramente se junta eso! Pero de tal semilla se engendra — verdad.

    ¡Junto a la mala conciencia ha crecido hasta ahora todo conocimiento! ¡Rompedme, rompedme, vosotros, los que conocéis, las viejas tablas!

    [8]

    Cuando el agua tiene vigas, cuando pasarelas y barandillas saltan por encima del río: en verdad, no encuentra crédito quien allí dice: “Todo fluye”. Antes bien, hasta los torpes le contradicen. “¿Cómo? —dicen los torpes—. ¿Todo estaría en flujo? ¡Pero si vigas y barandillas están por encima del río! Por encima del río todo es firme, todos los valores de las cosas, los puentes, los conceptos, todo ‘Bien’ y ‘Mal’: ¡todo eso es firme!”

    Cuando llega incluso el duro invierno, el domador de la bestia-río: entonces hasta los más agudos aprenden la desconfianza; y, en verdad, no solo los torpes dicen entonces: “¿No debería todo — estar quieto?”

    “En el fondo todo está quieto” —, esa es una auténtica doctrina invernal, una buena cosa para tiempo estéril, un buen consuelo para dormidores de invierno y arrimados a la estufa.

    “En el fondo todo está quieto” —: ¡contra eso, sin embargo, predica el viento del deshielo! El viento del deshielo, un toro que no es toro arador, un toro furioso, un destructor que con cuernos airados rompe hielo. Pero el hielo — ¡rompe pasarelas!

    ¡Oh hermanos míos, ¿no está ahora todo en flujo? ¿No han caído al agua todas las barandillas y pasarelas? ¿Quién se aferraría aún a “Bien” y “Mal”?

    “¡Ay de nosotros! ¡Salvación para nosotros! ¡Sopla el viento del deshielo!” — Así predicadme, oh hermanos míos, por todas las calles.

    [9]

    Hay un viejo delirio, que se llama Bien y Mal. En torno a adivinos y astrólogos ha girado hasta ahora la rueda de este delirio. Antaño se creyó en adivinos y astrólogos, y por eso se creyó: “Todo es destino: has de, pues tienes que.”

    Luego, por el contrario, se desconfió de todos los adivinos y astrólogos, y por eso se creyó: “Todo es libertad: puedes, pues quieres.”

    Oh, hermanos míos, sobre estrellas y futuro hasta ahora sólo se ha imaginado, no sabido; y por eso sobre Bien y Mal hasta ahora sólo se ha imaginado, no sabido.

    [10]

    “¡No robarás! ¡No matarás!” — a tales palabras se las llamó antaño sagradas; ante ellas se doblaban rodillas y cabezas y se quitaban los zapatos. Pero yo os pregunto: ¿dónde ha habido jamás en el mundo mejores ladrones y homicidas que tales palabras sagradas?

    ¿No hay en toda vida misma robar y matar? Y que tales palabras se llamaran sagradas, ¿no se dio con ello muerte a la verdad misma? ¿O fue una predicación de la muerte que se llamara sagrado a lo que contradecía y desaconsejaba toda vida? — ¡Oh, hermanos míos, rompedme, rompedme las viejas tablas!

    [11]

    Esta es mi compasión por todo lo pasado: que veo que está entregado, — entregado a la gracia, al espíritu, a la locura de cada generación que llega y reinterpreta todo lo que fue como su puente.

    Un gran déspota podría llegar, un monstruo astuto, que con su gracia y su desgracia obligara y constriñera todo lo pasado: hasta que se le volviera puente y presagio y heraldo y canto de gallo.

    Pero este es el otro peligro y mi otra compasión: quien es del populacho, su memoria se remonta hasta el abuelo, — pero con el abuelo se termina el tiempo.

    Así está entregado todo lo pasado: pues podría ocurrir un día que el populacho se hiciera señor y ahogara todo tiempo en aguas someras.

    Por eso, oh, hermanos míos, se necesita una nueva nobleza, que sea adversaria de todo populacho y de todo lo despótico, y que sobre tablas nuevas escriba de nuevo la palabra “noble”.

    Pues se necesitan muchos nobles y nobles de muchas clases para que haya nobleza. O, como una vez dije en la parábola: “Eso precisamente es divinidad, que haya dioses, pero ningún Dios.”

    [12]

    Oh, hermanos míos, yo os consagro y os destino a una nueva nobleza: habéis de convertiros para mí en engendradores y criadores y sembradores del futuro, — en verdad, no a una nobleza que pudierais comprar como tenderos y con oro de tendero: pues poco valor tiene todo lo que tiene su precio.

    ¡Que no sea de dónde venís lo que en adelante constituya vuestro honor, sino adónde vais! Vuestra voluntad y vuestro pie, que quiere ir más allá de vosotros mismos, — eso constituya vuestro nuevo honor.

    En verdad, no que hayáis servido a un príncipe —¡qué importan aún los príncipes!—, o que os hayáis vuelto baluarte de aquello que está en pie, para que estuviera en pie más firme.

    No que vuestro linaje se volviera cortesano en las cortes, y aprendierais, multicolores, semejantes a un flamenco, a permanecer de pie largas horas en estanques poco profundos. — Pues poder estar de pie es un mérito entre cortesanos; y todos los cortesanos creen que a la bienaventuranza después de la muerte pertenece —¡poder sentarse!

    Ni tampoco que un espíritu que ellos llaman santo condujera a vuestros antepasados a tierras prometidas que yo no alabo: pues donde creció el peor de todos los árboles, la cruz, — en esa tierra nada hay que alabar. — Y en verdad, adondequiera que este “santo espíritu” condujera a sus caballeros, siempre corrían por delante en tales campañas — cabras y gansos y cabezotas de cruz y de través.

    ¡Oh, hermanos míos, no hacia atrás ha de mirar vuestra nobleza, sino hacia fuera! ¡Desterrados habéis de ser de todas las tierras paternas y ancestrales! La tierra de vuestros hijos habéis de amar: este amor sea vuestra nueva nobleza, — la no descubierta, en el mar más lejano. ¡A buscarla y buscarla mando yo a vuestras velas!

    En vuestros hijos habéis de reparar que sois hijos de vuestros padres: ¡todo lo pasado habéis así de redimir! ¡Esta nueva tabla coloco sobre vosotros!

    [13]

    “¿Para qué vivir? ¡Todo es vanidad! Vivir — eso es trillar paja; vivir — eso es quemarse y, sin embargo, no entrar en calor.” — Tal arcaica cháchara pasa todavía por “sabiduría”; pero porque es vieja y huele a rancio, por eso se la honra más. También la podredumbre ennoblece.

    A los niños se les podría permitir hablar así: rehúyen el fuego porque los quemó. Hay muchas niñerías en los viejos libros de la sabiduría. Y quien siempre “trilla paja”, ¿cómo habría de poder maldecir la trilla? ¡A tal necio habría que atarle el hocico!

    Tales se sientan a la mesa y no traen nada consigo, ni siquiera el buen hambre: — y ahora maldicen: “Todo es vanidad.” Pero comer y beber bien, oh, hermanos míos, en verdad, no es un arte vano. ¡Rompedme, rompedme las tablas de los Nunca-Alegres!

    [14]

    “Para el puro todo es puro” — así habla el pueblo. Pero yo os digo: para los puercos todo se vuelve puerco.

    Por eso predican los fanáticos y los cabizbajos, a quienes también se les descuelga el corazón: “El mundo mismo es un monstruo excrementicio.” Porque todos estos son de espíritu poco limpio; pero en especial aquellos que no tienen paz ni reposo si no ven el mundo por detrás, — ¡los transmundanos! A esos les digo a la cara, aunque no suene grato: el mundo se parece en esto al hombre, en que tiene un trasero, — ¡eso es verdad! Hay en el mundo mucho excremento: ¡eso es verdad! Pero por eso el mundo mismo no es aún ningún monstruo excrementicio.

    Hay sabiduría en esto, en que muchas cosas en el mundo huelen mal: ¡la náusea misma crea alas y fuerzas que adivinan fuentes! En lo mejor hay todavía algo que da náusea; y el mejor es todavía algo que debe ser superado. — ¡Oh, hermanos míos, hay mucha sabiduría en esto, en que hay mucho excremento en el mundo!

    [15]

    Tales sentencias oí a piadosos transmundanos decir a su conciencia; y en verdad, sin maldad ni falsedad, — aunque no hay en el mundo nada más falso ni peor:

    “¡Deja, pues, que el mundo sea el mundo! ¡No levantes contra él ni un dedo!”

    “Deja que quien quiera estrangule y apuñale y corte y raspe a la gente: ¡no levantes contra ello ni un dedo! Por eso aprenden aún a renunciar al mundo.”

    “Y tu propia razón — con ella has de hacer gárgaras y estrangularla tú mismo; pues es una razón de este mundo, — por eso aprendes tú mismo a renunciar al mundo.” —

    ¡Rompedme, rompedme, oh, hermanos míos, estas viejas tablas de los piadosos! ¡Hacedme trizas las sentencias de los calumniadores del mundo!

    [16]

    “Quien mucho aprende, desaprende todo deseo vehemente” — eso se susurra hoy en todos los callejones oscuros.

    “La sabiduría cansa, no vale la pena — nada; ¡no has de desear!” — esta nueva tabla la encontré colgada incluso en mercados abiertos.

    Rompedme, oh, hermanos míos, rompedme también esta nueva tabla. Los cansados del mundo la colgaron ahí, y los predicadores de la muerte, y también los amos de la vara: pues, mirad, es también una prédica de la servidumbre. Que aprendieran mal, y no lo mejor, y todo demasiado pronto, y todo demasiado deprisa: que comieran mal, de ahí les vino aquel estómago estragado, — un estómago estragado es, en efecto, su espíritu: este aconseja la muerte. Pues, en verdad, hermanos míos, el espíritu es un estómago. La vida es un manantial del placer: pero aquel desde quien habla el estómago estragado, el padre de la aflicción, para él están envenenadas todas las fuentes.

    ¡Conocer: eso es placer para el que tiene voluntad de león! Pero quien se cansó, ese ya solo es “querido”; con él juegan todas las olas. Y así es siempre la índole de los hombres débiles: se pierden en sus caminos. Y al final su cansancio pregunta todavía: “¿Para qué recorrimos jamás caminos? ¡Todo es igual!” A esos les suena dulce al oído que se predique: “¡No vale la pena — nada! ¡No habéis de querer!” Pero esto es una prédica de la servidumbre.

    Oh, hermanos míos, como un fresco viento rugiente llega Zaratustra a todos los cansados del camino; muchas narices hará aún estornudar. También a través de muros sopla mi libre aliento, y hasta el interior de las prisiones y de los espíritus cautivos. Querer libera: pues querer es crear: así enseño. Y solo para crear habéis de aprender.

    Y también el aprender habéis primero de aprenderlo de mí: ¡el buen-aprender! Quien tenga oídos, que oiga.

    [17]

    Ahí está el bote, — por allí se cruza quizá hacia la gran nada. — Pero ¿quién quiere embarcarse en este “quizá”? ¡Ninguno de vosotros quiere embarcarse en el bote de la muerte! ¿Cómo queréis, entonces, estar cansados del mundo? ¡Cansados del mundo! ¡Y aún ni siquiera llegasteis a ser arrebatados de la tierra! Ávidos os encontré siempre aún de tierra, enamorados aún del propio cansancio de la tierra. No en vano os cuelga el labio hacia abajo: — ¡un pequeño deseo terrenal se posa aún sobre él! Y en el ojo — ¿no flota ahí una nubecilla de placer terrenal no olvidado?

    Hay sobre la tierra muchas buenas invenciones, unas útiles, otras agradables: por ellas hay que amar la tierra. Y muchas cosas tan bien inventadas hay allí, que son como el seno de la mujer: útiles y a la vez agradables.

    Pero vosotros, cansados del mundo, vosotros, holgazanes de la tierra: ¡a vosotros hay que azotaros con varas! Con varazos se os han de volver a hacer vivaces las piernas. Pues, si no sois enfermos y criaturillas gastadas, de las que está cansada la tierra, entonces sois astutos animales perezosos o gatas de placer golosas y agazapadas. Y si no queréis volver a correr alegremente, entonces habéis de partir de este mundo. De los incurables no se ha de querer ser médico: así lo enseña Zaratustra: — ¡así que habéis de partir de este mundo!

    Pero se requiere más valor para poner fin que para hacer un nuevo verso: eso lo saben todos los médicos y poetas.

    [18]

    Oh, hermanos míos, hay tablas que creó el cansancio, y tablas que creó la pereza, la podrida: aunque hablen de igual modo, quieren, no obstante, ser escuchadas de modo distinto.

    ¡Mirad aquí a este languideciente! Solo a un palmo de distancia está aún de su meta, pero por cansancio se ha tendido desafiante aquí en el polvo: ¡este valiente! Por cansancio bosteza ante el camino y la tierra y la meta y ante sí mismo: no quiere dar ni un paso más, — ¡este valiente! Ahora arde el sol sobre él, y los perros lamen su sudor: pero él yace ahí en su desafío y prefiere languidecer: — ¡a un palmo de distancia de su meta languidecer! En verdad, aún tendréis que arrastrarlo por los cabellos hasta su cielo, — ¡a este héroe! Mejor aún, dejadlo yacer allí donde se ha tendido, para que le venga el sueño, el consolador, con lluvia refrescante y rumorosa: Dejadlo yacer hasta que despierte por sí mismo, — hasta que por sí mismo se retracte de todo cansancio y de lo que el cansancio enseñó a través de él.

    Solo, hermanos míos, que ahuyentéis de él a los perros, los merodeadores podridos, y todo el enjambre de alimañas: — todo el enjambre de alimañas de los “cultos”, que se regala con el sudor de cada héroe.

    [19]

    Trazo círculos a mi alrededor y fronteras sagradas; cada vez son menos los que ascienden conmigo a montañas cada vez más altas, — construyo una cordillera con montañas cada vez más sagradas. Pero adondequiera que ascendáis conmigo, oh, hermanos míos: ¡cuidad de que no ascienda con vosotros ningún parásito! Parásito: eso es un gusano, una criatura rastrera y arrimadiza, que quiere engordar en vuestros rincones enfermos y heridos. Y este es su arte: adivina dónde están cansadas las almas que ascienden: en vuestro pesar y desaliento, en vuestro delicado pudor construye su nauseabundo nido.

    Donde el fuerte es débil, donde el noble es demasiado benigno, — ahí dentro construye su nauseabundo nido: el parásito habita donde el grande tiene pequeños rincones heridos.

    ¿Cuál es la especie más alta de todo lo existente y cuál la más baja? El parásito es la especie más baja; pero quien es de la especie más alta, ese alimenta el mayor número de parásitos. Pues el alma que tiene la escalera más larga y puede descender más abajo: ¿cómo no habrían de asentarse en ella el mayor número de parásitos?  El alma más amplia, que más lejos puede correr y errar y vagar dentro de sí misma; la más necesaria, que por placer se lanza al azar; el alma que es, que se sumerge en el devenir; la que tiene, que quiere entrar en el querer y anhelar; la que huye de sí misma, la que se alcanza a sí misma en el círculo más amplio; el alma más sabia, a la que la necedad habla de la manera más dulce; la que más se ama a sí misma, en la que todas las cosas tienen su corriente y contracorriente, su bajamar y pleamar: — oh, ¿cómo no habría de tener el alma más alta los peores parásitos?

    [20]

    Oh, hermanos míos, ¿soy entonces cruel? Pero digo: lo que cae, eso debe aún ser empujado. Todo eso de hoy — eso cae, eso se desmorona: ¿quién querría sostenerlo? Pero yo — yo quiero aún empujarlo.

    ¿Conocéis aquella voluptuosidad que hace rodar piedras hacia profundidades escarpadas? — Estos hombres de hoy: ¡miradlos cómo ruedan hacia mis profundidades!

    ¡Soy un preludio de jugadores mejores, oh, hermanos míos! ¡Un ejemplo! ¡Obrad según mi ejemplo!

    Y al que no enseñéis a volar, a ese enseñádmelo — ¡a caer más deprisa! —

    [21]

    Amo a los valientes: pero no basta con ser espadachín, — ¡hay que saber también mirar a quién se golpea! Y a menudo hay más valentía en esto, en que uno se contenga y pase de largo: para reservarse para el enemigo más digno.

    Sólo habeis de tener enemigos a quienes se pueda odiar, pero no enemigos a quienes se pueda despreciar: debéis estar orgullosos de vuestro enemigo: así enseñé ya una vez. Para el enemigo más digno, oh, amigos míos, habéis de reservaros: por eso debéis pasar de largo ante muchas cosas, — especialmente ante mucha chusma que os atruena los oídos con su clamor sobre pueblo y pueblos. ¡Mantened vuestro ojo limpio de su pro y su contra! Ahí hay mucho derecho, mucha injusticia: quien ahí mira, se vuelve airado. Meter la mirada, meter el golpe — eso es allí una sola cosa: por eso marchaos a los bosques y poned a dormir vuestra espada.”

    ¡Recorred vuestros caminos! Y dejad a pueblo y pueblos recorrer los suyos, — oscuros caminos, en verdad, sobre los que ya ni una sola esperanza relampaguea. ¡Que domine el tendero allí donde todo lo que aún brilla es oro de tendero! Ya no es tiempo de reyes: lo que hoy se llama pueblo no merece reyes. Mirad cómo estos pueblos hacen ahora ellos mismos igual que los tenderos: rebuscan aún las más pequeñas ventajas en cada montón de basura. Se acechan unos a otros, se sacan algo unos a otros al acecho, — a eso lo llaman “buena vecindad”. ¡Oh, bienaventurado tiempo lejano, cuando un pueblo se decía: “quiero ser señor sobre pueblos!” Pues, hermanos míos: lo mejor debe dominar, lo mejor quiere también dominar. Y donde la doctrina reza de otro modo, allí — falta lo mejor.

    [22]

    Si esos tuvieran pan gratis, ¡ay! ¿Por qué clamarían? Su manutención — ese es su verdadero entretenimiento; y han de tenerlo difícil. Son bestias de presa: en su “trabajar” — ahí hay todavía robo, en su “ganar” — ahí hay todavía engaño. ¡Por eso han de tenerlo difícil! Así han de volverse mejores bestias de presa, más finas, más inteligentes, más semejantes al hombre: pues el hombre es la mejor bestia de presa. A todos los animales les ha robado ya el hombre sus virtudes: eso viene de que, de todos los animales, el hombre es el que lo ha tenido más difícil. Solo los pájaros están aún por encima de él. Y si el hombre aprendiera aún a volar, ¡ay! ¿hacia qué alturas volaría su ansia de rapiña?

    [23]

    Así quiero a varón y mujer: apto para la guerra al uno, apta para dar a luz a la otra, pero ambos aptos para danzar con cabeza y piernas. ¡Y perdido sea para nosotros el día en que no se danzó ni una sola vez! ¡Y falsa se llame para nosotros toda verdad en la que no hubo una risa!

    [24]

    Vuestro contraer matrimonio: ¡mirad que no sea un mal contraer! Contrajisteis demasiado deprisa: así se sigue de ello — ¡romper el matrimonio! ¡Y mejor aún romper el matrimonio que torcer el matrimonio, mentir el matrimonio! — Así me habló una mujer: “Cierto es que rompí el matrimonio, pero primero el matrimonio — me rompió a mí.”

    A los mal emparejados los encontré siempre como los más vengativos: hacen pagar a todo el mundo el que ya no corran solos.

    Por eso quiero que los honrados se digan el uno al otro: “Nos amamos: procuremos seguir queriéndonos. ¿O ha de ser nuestra promesa un desacierto?”

    “Dadnos un plazo y un pequeño matrimonio, para ver si somos aptos para el gran matrimonio. ¡Es cosa grande ser siempre dos!”

    [25]

    Quien se volvió sabio acerca de antiguos orígenes, mira, ese acabará por buscar fuentes del futuro y nuevos orígenes. Oh, hermanos míos, no pasará mucho tiempo: entonces brotarán nuevos pueblos y nuevas fuentes se precipitarán rugiendo hacia nuevas profundidades. Pues el terremoto — ese ciega muchos pozos, ese crea mucho languidecer: ese saca también a la luz fuerzas interiores y secretos.

    El terremoto vuelve manifiestas nuevas fuentes. En el terremoto de viejos pueblos irrumpen nuevas fuentes.

    Y quien clama: “Mira, he aquí un pozo para muchos sedientos, un corazón para muchos anhelantes, una voluntad para muchas herramientas” — en torno a él se congrega un pueblo, esto es: muchos que ensayan.

    Quién puede mandar, quién debe obedecer — ¡eso es lo que ahí se ensaya! Ay, ¡con qué largo buscar y conjeturar y desacertar y aprender y ensayar de nuevo!

    La sociedad de los hombres: esa es un ensayo, así lo enseño, — una larga búsqueda: ¡pero busca al que manda! — ¡un ensayo, oh, hermanos míos! ¡Y no un “contrato”! Rompedme, rompedme tal palabra de los de corazón blando y de los mitad-y-mitad.

    [26]

    Oh, hermanos míos, ¿en quiénes radica el mayor peligro para todo futuro humano? ¿No es en los buenos y justos? — en aquellos que dicen y sienten en el corazón: “sabemos ya lo que es bueno y justo, lo tenemos también: ¡ay de aquellos que aquí aún buscan!” Y cualquiera que sea el daño que puedan hacer los malvados: el daño de los buenos es el daño más dañino. Y cualquiera que sea el daño que puedan hacer los calumniadores del mundo: el daño de los buenos es el daño más dañino.

    Oh, hermanos míos, uno vio una vez en el corazón de los buenos y justos, el que dijo: “Son los fariseos”. Pero no se le entendió. Los buenos y justos mismos no podían entenderlo: su espíritu está cautivo en su buena conciencia. La necedad de los buenos es insondablemente astuta. Pero esta es la verdad: los buenos tienen que ser fariseos, — ¡no tienen elección! Los buenos tienen que crucificar a aquel que se inventa su propia virtud. ¡Esa es la verdad!

    El segundo, en cambio, que descubrió su país, país, corazón y suelo de los buenos y justos: ese fue el que preguntó: “¿A quién odian más?” Al creador es al que más odian: al que rompe tablas y viejos valores, al rompedor — a ese lo llaman criminal. Pues los buenos — esos no pueden crear: esos son siempre el principio del fin: crucifican a aquel que escribe nuevos valores sobre nuevas tablas, sacrifican el futuro a sí mismos, — ¡crucifican todo futuro humano!

    Los buenos — esos fueron siempre el principio del fin. 

    [27]

    Oh, hermanos míos, ¿entendisteis también esta palabra? ¿Y lo que un día dije sobre el “último hombre”? ¿En quiénes radica el mayor peligro para todo futuro humano? ¿No es en los buenos y justos? ¡Rompedme, rompedme a los buenos y justos!  Oh, hermanos míos, ¿entendisteis también esta palabra?

    [28]

    ¿Huís de mí? ¿Estáis espantados? ¿Tembláis ante esta palabra? 

    Oh, hermanos míos, cuando os mandé romper a los buenos y las tablas de los buenos: entonces por primera vez embarqué al hombre en su alta mar. Y ahora por primera vez le llega el gran espanto, el gran mirar en torno, la gran enfermedad, la gran náusea, el gran mal de mar.

    Falsas costas y falsas seguridades os enseñaron los buenos; en mentiras de los buenos nacisteis y estuvisteis cobijados. Todo está, hasta el fondo, falseado y torcido por los buenos.

    Pero quien descubrió la tierra “hombre”, descubrió también la tierra “futuro humano”. ¡Ahora habéis de serme navegantes, bravos, pacientes! Erguidos caminadme a tiempo, oh, hermanos míos, ¡aprended a caminar erguidos! El mar está en tempestad: muchos quieren erguirse de nuevo apoyándose en vosotros. El mar está en tempestad: todo está en el mar. ¡Ea! ¡Arriba! ¡Vosotros, viejos corazones de marino!

    ¡Qué patria! ¡Hacia allá quiere ir nuestro timón, donde está la tierra de nuestros hijos! ¡Hacia allá fuera, más tempestuoso que el mar, embiste nuestro gran anhelo! 

    [29]

    “¿Por qué tan duro?”, le dijo al diamante un día el carbón de cocina; “¿no somos, entonces, parientes cercanos?” —

    ¿Por qué tan blandos? Oh, hermanos míos, así os pregunto: ¿no sois, entonces, — mis hermanos?

    ¿Por qué tan blandos, tan cedicios y condescendientes? ¿Por qué hay tanta negación, renegación en vuestro corazón? ¿Tan poco destino en vuestra mirada?

    Y si no queréis ser destinos e inexorables: ¿cómo podríais vencer conmigo?

    Y si vuestra dureza no quiere relampaguear y separar y cortar en pedazos: ¿cómo podríais un día crear conmigo?

    Pues los creadores son duros. Y debe pareceros bienaventuranza imprimir vuestra mano sobre milenios como sobre cera, 

    Bienaventuranza, escribir sobre la voluntad de milenios como sobre bronce, — más duro que bronce, más noble que bronce. Enteramente duro es solo lo más noble.

    Esta nueva tabla, oh, hermanos míos, pongo sobre vosotros: ¡volveos duros!

    [30]

    ¡Oh tú, mi voluntad! ¡Tú, viraje de toda necesidad, tú, mi necesidad! ¡Presérvame de todas las pequeñas victorias! ¡Tú, providencia de mi alma, a la que llamo destino! ¡Tú, en-mí! ¡Sobre-mí! ¡Presérvame y resérvame para un gran destino!

    Y tu última grandeza, voluntad mía, resérvatela para tu final, — para ser inexorable en tu victoria. ¡Ay, quién no sucumbió a su victoria! ¡Ay, a quién no se le ensombreció el ojo en este ebrio crepúsculo! ¡Ay, a quién no se le tambaleó el pie y desaprendió, en la victoria, — a estar en pie! 

    Para que un día esté preparado y maduro en el gran mediodía: preparado y maduro como bronce incandescente, nube preñada de relámpagos y ubre henchida de leche: — preparado para mí mismo y para mi voluntad más escondida: un arco en celo tras su flecha, una flecha en celo tras su estrella — una estrella preparada y madura en su mediodía, incandescente, traspasada, bienaventurada ante las aniquilantes flechas del sol: — un sol él mismo y una inexorable voluntad de sol, preparada para aniquilar en la victoria.

    ¡Oh, voluntad, viraje de toda necesidad, tú, mi necesidad! ¡Resérvame para una gran victoria!

    Así habló Zaratustra.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 3.11. DEL ESPÍRITU DE LA GRAVEDAD

    [1]

    Mi boca es del pueblo: hablo con demasiada rudeza y cordialidad para las liebres de seda. Y todavía más extraña suena mi palabra a todos los calamares y zorros de pluma.

    Mi mano es una mano de necio: ¡ay de todas las mesas y paredes, y de cuanto aún tenga sitio para adorno de necio, borrón de necio!

    Mi pie es una pata de caballo; con ella pataleo y troto por palos y piedras, de acá para allá, campo a través, y ando endiablado de placer en todo correr veloz.

    Mi estómago: ¿es quizá el estómago de un águila? Pues ama sobre todo la carne de cordero. Pero, ciertamente, es el estómago de un pájaro. Alimentado con cosas inocentes y con poco, dispuesto e impaciente por volar, por volar lejos: esa es ahora mi naturaleza; ¡cómo no habría de haber en ella algo de naturaleza de pájaro! Y sobre todo, que soy enemigo del espíritu de la gravedad, eso es naturaleza de pájaro: y en verdad, enemigo a muerte, archienemigo, enemigo primordial. ¡Oh, adónde no ha volado ya y se ha extraviado volando mi enemistad!

    De ello podría ya cantar una canción, y quiero cantarla: aunque esté solo en una casa vacía y deba cantarla a mis propios oídos. Hay, ciertamente, otros cantores a quienes solo la casa llena les hace suave la garganta, locuaz la mano, expresivo el ojo, despierto el corazón: a esos no me parezco.

    [2]

    El que un día enseñe a volar a los hombres, habrá desplazado todos los mojones; todos los mojones mismos volarán para él por los aires, bautizará de nuevo la tierra como «la ligera».

    El avestruz corre más veloz que el caballo más veloz, pero también él hunde aún pesadamente la cabeza en tierra pesada: así el hombre que aún no puede volar. Pesadas llama él a la tierra y a la vida; y así lo quiere el espíritu de la gravedad. Pero quien quiera volverse ligero y pájaro, debe amarse a sí mismo: así enseño yo.

    No, ciertamente, con el amor de los enfermos crónicos y los adictos: pues en ellos apesta incluso el amor propio. Uno debe aprender a amarse a sí mismo —así enseño yo— con un amor íntegro y sano: de modo que uno se soporte a sí mismo y no ande errante. Tal andar errante se bautiza a sí mismo «amor al prójimo»: con esta palabra se ha mentido y se ha fingido hipócritamente hasta ahora de la mejor manera, y en especial por aquellos que eran una carga pesada para todo el mundo.

    Y, en verdad, aprender a amarse a sí mismo no es un mandamiento para hoy y mañana. Más bien, de entre todas las artes, esta es la más fina, la más astuta, la última y la más paciente. Pues para su dueño todo lo propio está bien escondido; y de todas las minas de tesoros, la propia es la que más tarde se desentierra: así lo dispone el espíritu de la gravedad.

    Casi ya en la cuna se nos dan en dote palabras pesadas y valores: «bien» y «mal», así se llama a sí misma esa dote. Por causa de ella se nos perdona que vivamos.

    Y para eso se deja que los niñitos se acerquen, para impedirles a tiempo que se amen a sí mismos: así lo dispone el espíritu de la gravedad.

    Y nosotros, nosotros acarreamos fielmente lo que se nos da en dote, sobre hombros duros y por ásperos montes. Y si sudamos, se nos dice: «Sí, la vida es pesada de llevar». ¡Pero solo el hombre es pesado de llevar para sí mismo! Eso se debe a que carga demasiado de ajeno sobre sus hombros. Igual que el camello, se arrodilla y deja que lo carguen bien. En especial el hombre fuerte, sufrido, en quien mora la reverencia: demasiadas palabras y valores ajenos y pesados carga sobre sí, y ahora la vida le parece un desierto.

    ¡Y, en verdad, también más de una cosa propia es pesada de llevar! Y mucho de lo interior en el hombre es como la ostra: nauseabundo y escurridizo y difícil de asir, de modo que una noble concha, con noble adorno, debe interceder por ello. Pero también este arte se debe aprender: tener concha y bello parecer y sagaz ceguera. Y, de nuevo, engaña acerca de más de una cosa en el hombre el que más de una concha sea pobre y triste y demasiado concha. Mucha bondad y fuerza escondidas no llegan nunca a ser adivinadas; los bocados más exquisitos no encuentran paladares que los gusten. Las mujeres lo saben, las más exquisitas: un poco más gruesa, un poco más enjuta —¡oh, cuánto destino yace en tan poco!

    El hombre es difícil de descubrir, y a sí mismo, más difícil todavía; a menudo miente el espíritu acerca del alma. Así lo dispone el espíritu de la gravedad. Pero se ha descubierto a sí mismo aquel que dice: «Esto es mi bien y mi mal»: con ello ha hecho enmudecer al topo y al enano que dice: «Para todos bueno, para todos malo».

    En verdad, tampoco me gustan aquellos a quienes toda cosa les parece buena y este mundo incluso el mejor. A esos los llamo los omnicomplacientes. Omnicomplacencia que sabe gustar de todo: ¡ese no es el mejor gusto! Honro las lenguas y los estómagos díscolos y selectivos, que aprendieron a decir «Yo» y «Sí» y «No». Pero masticarlo y digerirlo todo: ¡eso es una verdadera naturaleza porcina! Decir siempre «i-a»: eso lo aprendió solo el asno, y quien es de su espíritu.

    El amarillo profundo y el rojo ardiente: así lo quiere mi gusto, que mezcla sangre en todos los colores. Pero quien encala de blanco su casa delata ante mí un alma encalada. Unos, enamorados de momias; otros, de fantasmas; y ambos por igual enemigos de toda carne y sangre: ¡oh, cómo van ambos contra mi gusto! Pues yo amo la sangre.

    Y allí no quiero habitar ni permanecer, donde todo el mundo escupe y esputa: ese es ahora mi gusto; antes viviría aún entre ladrones y perjuros. Nadie lleva oro en la boca. Pero más repugnantes me son todavía todos los lamebabas; y la más repugnante bestia de hombre que encontré, a esa la bauticé «parásito»: no quería amar y, sin embargo, quería vivir del amor.

    Desventurados llamo a todos los que tienen solo una elección: volverse bestias malvadas o malvados domadores de bestias; entre tales no levantaría para mí cabañas.

    Desventurados llamo también a aquellos que siempre deben esperar: esos van contra mi gusto, todos los aduaneros y tenderos y reyes, y los demás guardianes de países y de tiendas. En verdad, también yo aprendí a esperar, y a fondo, pero solo a esperarme a mí mismo. Y por encima de todo aprendí a estar de pie y a caminar y a correr y a saltar y a trepar y a danzar. Pero esta es mi enseñanza: quien quiera un día aprender a volar, primero debe aprender a estar de pie y a caminar y a correr y a trepar y a danzar: no se consigue volar a fuerza de volar. Con escalas de cuerda aprendí a trepar a más de una ventana; con piernas veloces subí a altos mástiles: estar sentado en altos mástiles del saber no me pareció pequeña bienaventuranza, —flamear como pequeñas llamas en altos mástiles: una pequeña luz, ciertamente, pero aun así un gran consuelo para navegantes extraviados y náufragos.

    Por muchos caminos y maneras llegué a mi verdad; no ascendí por una sola escalera a la altura donde mi ojo vaga hacia mi lejanía. Y solo a disgusto pregunté siempre por caminos: ¡eso iba siempre contra mi gusto! Antes bien, pregunté y probé los caminos mismos.

    Un probar y preguntar fue todo mi caminar: y, en verdad, también se debe aprender a responder a tal preguntar. Pero esto es mi gusto: —ni bueno ni malo, sino mi gusto, del que ya no tengo ni vergüenza ni ocultamiento.

    «Este es ahora mi camino: ¿dónde está el vuestro?», así respondí a quienes me preguntaban «por el camino». Pues el camino: ese no existe. 

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 3.10. DE LOS TRES MALES

    [1]

    En el sueño, en el último sueño de la mañana, hoy estuve de pie sobre un promontorio —más allá del mundo, sostenía una balanza y pesaba el mundo. ¡Ay, que demasiado pronto me vino la aurora: me abrasó hasta despertarme, la celosa! Siempre está celosa de los ardores de mis sueños matutinos.

    Mensurable para quien tiene tiempo, pesable para un buen pesador, alcanzable en vuelo para alas fuertes, adivinable para divinos cascanueces: así halló mi sueño el mundo: — Mi sueño, un audaz navegante, mitad nave, mitad novia del viento, silencioso como las mariposas, impaciente como los halcones nobles: ¿cómo tuvo, sin embargo, hoy paciencia y tiempo para pesar el mundo? ¿Le susurró acaso en secreto mi sabiduría, mi sabiduría diurna, risueña y despierta, que se burla de todos los “mundos infinitos”? Pues ella dice: “donde hay fuerza, también el número se hace señor: este tiene más fuerza.”

    Con qué seguridad contempló mi sueño este mundo finito, no curioso, no ávido de lo viejo, no temeroso, no suplicante, como si una manzana colmada se ofreciese a mi mano, una madura manzana de oro de fresca, suave, aterciopelada piel, así se me ofreció el mundo; como si un árbol me hiciera señas, uno de anchas ramas, de fuerte voluntad, curvado para servir de respaldo y aun de reposapiés al fatigado del camino, así se alzaba el mundo sobre mi promontorio; como si delicadas manos me acercaran un sagrario, un sagrario abierto para el deleite de ojos pudorosos y veneradores: así me salió hoy el mundo al encuentro; no enigma bastante como para ahuyentar de él el amor humano, no solución bastante como para adormecer la sabiduría humana: una cosa humanamente buena fue hoy para mí el mundo, al que tanto mal se le achaca.

    ¡Cómo agradezco a mi sueño matutino que así, de madrugada, haya pesado hoy el mundo! Como una cosa humanamente buena vino a mí, este sueño, este consolador del corazón. Y para hacer yo como él durante el día y aprender de él, siguiéndolo, lo mejor: quiero ahora poner sobre la balanza las tres cosas más malas y sopesarlas humanamente bien. Quien enseñó a bendecir, enseñó también a maldecir; ¿cuáles son en el mundo las tres cosas más malditas? Estas quiero poner sobre la balanza.

    Voluptuosidad, ansia de dominio, egoísmo: estos tres han sido hasta ahora los mejor maldecidos y los peor difamados por bocas mentirosas; estos tres quiero sopesarlos humanamente bien.

    ¡Ea! Aquí está mi promontorio y allí el mar: este rueda hacia mí, hirsuto, zalamero, el viejo y fiel monstruo canino de cien cabezas al que amo. ¡Ea! Aquí quiero sostener la balanza sobre el mar revuelto; y también elijo a un testigo para que mire, — a ti, árbol ermitaño, a ti, de fuerte fragancia, de amplia bóveda, al que amo.

    ¿Sobre qué puente va el ahora hacia el algún-día? ¿Por qué coacción se fuerza lo alto hacia lo bajo? ¿Y qué ordena incluso a lo más alto crecer aún hacia arriba? —

    Ahora está la balanza equilibrada y quieta: tres pesadas preguntas arrojé en ella; tres pesadas respuestas sostiene el otro platillo.

    [2]

    Voluptuosidad: para todos los despreciadores del cuerpo vestidos de cilicio, su aguijón y su estaca, y maldita como “mundo” entre todos los ultramundanos porque se burla y escarnece a todos los maestros de la confusión y del error.

    Voluptuosidad: para la chusma, el fuego lento en el que se quema; para toda la madera agusanada, para todos los andrajos apestosos, el horno presto de celo y hervor.

    Voluptuosidad: para los corazones libres, inocente y libre, la dicha-jardín de la tierra, el desbordamiento de gratitud de todo futuro hacia el ahora.

    Voluptuosidad: solo para lo marchito, un veneno dulzón; pero para los de voluntad de león, el gran fortalecimiento del corazón, y el vino de los vinos preservado con reverencia.

    Voluptuosidad: la gran dicha-parábola para una dicha más alta y para la más alta esperanza. Porque a muchas cosas les está prometido matrimonio y más que matrimonio, — a muchas cosas que son más extrañas entre sí que hombre y mujer: — ¿y quién comprendió del todo cuán extraños entre sí son hombre y mujer?

    Voluptuosidad: — pero quiero tener cercas en torno a mis pensamientos y también en torno a mis palabras: ¡para que no irrumpan en mis jardines los puercos y los fanáticos!

    Ansia de dominio: el látigo incandescente de los más duros entre los duros de corazón; la atroz tortura que se reserva al más cruel mismo; la llama sombría de piras vivientes.

    Ansia de dominio: el tábano malicioso que se les pone a los pueblos más vanidosos; la escarnecedora de toda virtud incierta; la que cabalga sobre todo corcel y sobre todo orgullo.

    Ansia de dominio: el terremoto que rompe y abre todo lo podrido y ahuecado; la demoledora rodante, rugiente y castigadora de sepulcros blanqueados; el relampagueante signo de interrogación junto a respuestas prematuras.

    Ansia de dominio: ante cuya mirada el hombre se arrastra y se agacha y sirve servilmente, y se vuelve más bajo que serpiente y puerco, hasta que por fin el gran desprecio grita desde él.

    Ansia de dominio: la temible maestra del gran desprecio, que predica a ciudades e imperios a la cara: “¡fuera contigo!” — hasta que desde ellos mismos grita: “¡fuera conmigo!”

    Ansia de dominio: pero la que también asciende, seductora, hacia los puros y los solitarios y arriba hacia alturas autosuficientes, ardiente como un amor que pinta, seductor, bienaventuranzas purpúreas en cielos terrenales.

    Ansia de dominio: pero ¿quién la llamaría ansia cuando lo alto apetece hacia abajo poder? En verdad, nada enfermizo ni adictivo hay en tal apetecer y descender. Que la altura solitaria no se aísle eternamente ni se baste a sí misma; que la montaña venga al valle y los vientos de la altura a las tierras bajas: — ¡oh!, ¿quién hallaría el justo nombre de bautismo y de virtud para tal anhelo? “Virtud que hace regalos”: así llamó Zaratustra una vez a lo innombrable.

    Y en aquel tiempo sucedió también, — y en verdad, sucedió por primera vez, — que su palabra proclamó bienaventurado el egoísmo, el íntegro, sano egoísmo que brota de un alma poderosa: — de un alma poderosa a la que pertenece el cuerpo alto, el hermoso, triunfante, vivificante, en torno al cual toda cosa se vuelve espejo — el cuerpo ágil y persuasivo, el danzante, cuya parábola y compendio es el alma gozosa de sí misma. El goce de sí de tales cuerpos y almas se llama a sí mismo “virtud”.

    Con sus palabras acerca de lo bueno y lo malo, tal goce de sí se protege como con sotos sagrados; con los nombres de su dicha destierra de sí todo lo despreciable. Destierra lejos de sí todo lo cobarde; dice: malo — ¡eso es cobarde! Despreciable le parece el que siempre se preocupa, suspira, se lamenta, y quien recoge incluso las más pequeñas ventajas. Desprecia también toda sabiduría doliente: porque, en verdad, hay también sabiduría que florece en la oscuridad, una sabiduría de hierba mora, como aquella que siempre suspira: “Todo es vano.”

    La medrosa desconfianza le merece poca estima, y todo aquel que quiere juramentos en vez de miradas y manos; también toda sabiduría demasiado desconfiada, pues tal es la índole de las almas cobardes. Menor estima aún le merece el pronto en complacer, el perruno, el que enseguida yace sobre el lomo, el humilde; y también hay sabiduría que es humilde y perruna y piadosa y pronta en complacer. Por completo odioso le es, y una náusea, quien nunca quiere defenderse, quien se traga baba venenosa y malas miradas, el demasiado paciente, el que todo lo soporta, el que con todo se contenta: pues esa es la índole servil.

    Tanto si alguien es servil ante los dioses y los puntapiés divinos, como si lo es ante los hombres y las necias opiniones humanas: sobre toda índole servil escupe este egoísmo bienaventurado. Malo: así llama a todo lo que está doblegado y es mezquino-servil, a los ojos que guiñan sin libertad, a los corazones oprimidos, y a esa falsa índole que cede, que besa con anchos labios cobardes.

    Y pseudo-sabiduría: así llama a todo aquello con lo que hacen agudezas los siervos y los viejos y los cansados; y, en especial, a toda la mala, disparatada y sobreaguda necedad sacerdotal. Pero los pseudo-sabios -todos los sacerdotes, cansados del mundo y cuantos tienen alma de índole mujeril y servil— ¡oh, cómo desde siempre su juego le ha jugado malas pasadas al egoísmo! ¡Y eso precisamente habría de ser virtud y llamarse virtud, que se le jueguen malas pasadas al egoísmo! Y “sin yo” — así deseaban llamarse a sí mismos, con buen fundamento, todos esos cobardes cansados del mundo y arañas de la cruz.

    Pero a todos ellos les llega ahora el día, la transformación, la espada del juicio, el gran mediodía: entonces muchas cosas han de hacerse manifiestas.

    Y quien proclama al yo sano y sagrado y al egoísmo bienaventurado, en verdad, dice también, como adivino, lo que sabe: “¡Mira, llega, está cerca, el gran mediodía!”

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 3.9. EL REGRESO A CASA

    ¡Oh soledad! ¡Tú, mi hogar, soledad! Demasiado tiempo viví salvaje en salvaje tierra extraña como para no regresar con lágrimas a ti. Ahora amenázame con el dedo, como amenazan las madres; ahora sonríeme, como sonríen las madres; ahora di tan sólo:

    «¿Y quién fue aquel que antaño se alejó de mí como un viento de tormenta? — el que al partir gritó: “¡Demasiado tiempo me senté junto a la soledad, allí desaprendí el silencio!” Eso — lo aprendiste ahora, ¿no? ¡Oh Zaratustra, todo lo sé: y también que entre los muchos estabas más abandonado, tú uno solo, que nunca junto a mí! Una cosa es abandono, otra cosa soledad: eso — lo aprendiste ahora. Y que entre los hombres serás siempre salvaje y extraño: — salvaje y extraño incluso cuando te amen: pues antes que nada quieren que se les trate con miramiento.

    Pero aquí estás contigo, en el hogar y en casa; aquí puedes decirlo todo sin reservas y derramar todas tus razones; nada se avergüenza aquí de sentimientos ocultos, obstinados. Aquí todas las cosas acuden, acariciantes, a tu palabra y te halagan: pues quieren cabalgar sobre tu espalda. Sobre cada parábola cabalgas aquí hacia cada verdad. Erguido y sincero puedes aquí hablar a todas las cosas: y en verdad, como un elogio suena a sus oídos que uno hable con todas las cosas — de frente.

    Pero otra cosa distinta es estar abandonado. Porque, ¿lo recuerdas aún, oh Zaratustra? Cuando entonces tu pájaro gritó sobre ti, cuando estabas de pie en el bosque, indeciso hacia dónde, sin saber, cerca de un cadáver: — cuando dijiste: “¡Que mis animales me guíen! Encontré más peligroso estar entre hombres que entre animales”: — ¡eso era abandono! ¿Y lo recuerdas aún, oh Zaratustra? Cuando estabas sentado en tu isla, pozo de vino entre cubos vacíos, dando y gastando, entre sedientos regalando y escanciando: — hasta que por fin, sediento, te sentaste solo entre borrachos y te quejaste en la noche: “¿No es tomar más bienaventurado que dar? ¿Y robar aún más bienaventurado que tomar?” — ¡Eso era abandono! ¿Y lo recuerdas aún, oh Zaratustra? Cuando llegó tu hora más silenciosa y te empujó lejos de ti mismo, cuando con maligno susurro dijo: “¡Habla y rómpete!” — cuando te hizo aborrecible todo tu esperar y callar, y desalentó tu humilde valor: eso era abandono.»

    ¡Oh soledad! ¡Tú, mi hogar, soledad! ¡Cuán bienaventurada y tiernamente me habla tu voz! No nos hacemos preguntas el uno al otro, no nos hacemos reproches el uno al otro, caminamos francos, juntos, por puertas abiertas. Pues contigo todo es abierto y luminoso; y también las horas corren aquí sobre pies más ligeros. En lo oscuro, en efecto, se carga más pesadamente con el tiempo que en la luz. Aquí se me abren de golpe las palabras y sagrarios de palabras de todo ser: todo ser quiere aquí devenir palabra, todo devenir quiere aquí aprender de mí a hablar.

    Pero allí abajo — allí todo hablar es en vano. Allí, olvidar y pasar de largo es la mejor sabiduría: eso — lo aprendí ahora. Quien quisiera comprenderlo todo entre los hombres tendría que asirlo todo. Pero para eso tengo las manos demasiado limpias. Ni siquiera quiero respirar su aliento; ay, ¡que viví tanto tiempo entre su estruendo y su aliento viciado!

    ¡Oh bienaventurado silencio a mi alrededor! ¡Oh olores puros a mi alrededor! ¡Oh, cómo desde lo hondo del pecho este silencio cobra aliento puro! ¡Oh, cómo escucha, este bienaventurado silencio!

    Pero allí abajo — allí todo habla, allí todo se desoye. Uno puede anunciar su sabiduría al repique de campanas: los tenderos en el mercado la acallarán con el tintineo de sus monedas.

    Todo entre ellos habla, ya nadie sabe comprender. Todo se va al agua, ya nada cae en pozos profundos.

    Todo entre ellos habla, ya nada sale bien ni llega a término. Todo cacarea; pero ¿quién quiere aún sentarse en silencio sobre el nido y empollar huevos?

    Todo entre ellos habla, todo se habla hasta gastarlo. Y lo que ayer aún era demasiado duro para el tiempo mismo y para su diente, hoy cuelga, raspado y roído, de los hocicos de los de hoy.

    Todo entre ellos habla, todo es traicionado. Y lo que antaño se llamaba secreto y reserva de almas profundas, hoy pertenece a los trompeteros de las callejas y a otras mariposas.

    ¡Oh ser humano, tú, criatura extraña! ¡Tú, estrépito sobre oscuras callejas! Ahora yaces de nuevo detrás de mí: — ¡mi mayor peligro yace detrás de mí!

    En el miramiento y en la compasión yació siempre mi mayor peligro; y todo lo humano quiere ser tratado con miramiento y compadecido. Con verdades contenidas, con mano de necio y corazón encaprichado, y rico en pequeñas mentiras de la compasión: — así viví siempre entre los hombres. Disfrazado me senté entre ellos, dispuesto a desconocerme a mí mismo para sobrellevarlos, y diciéndome gustosamente: “Tú, necio, no conoces a los hombres.”

    Uno desaprende a los hombres cuando vive entre los hombres: hay demasiado primer plano en todos los hombres, — ¿qué han de hacer ahí ojos que ven lejos, ojos ávidos de lejanía? Y cuando ellos me desconocían, yo, necio, los trataba por ello con más miramiento que a mí mismo: acostumbrado a la dureza contra mí mismo y a menudo vengándome todavía en mí mismo por ese miramiento. Acribillado por moscas venenosas y socavado, como la piedra, por muchas gotas de maldad, así me sentaba entre ellos y todavía me decía: “Inocente es todo lo pequeño de su pequeñez.”

    Especialmente a aquellos a quienes ellos llaman “los buenos” los encontré como las moscas más venenosas: pican con toda inocencia, mienten con toda inocencia; ¿cómo podrían ser justos conmigo? A quien vive entre los buenos, la compasión le enseña a mentir. La compasión vuelve viciado el aire para todas las almas libres. La necedad de los buenos, en efecto, es insondable.

    Ocultarme a mí mismo y ocultar mi riqueza: eso aprendí allí abajo; pues a cada cual lo hallé todavía pobre de espíritu. Esa fue la mentira de mi compasión: que yo sabía de cada cual, — que a cada cual le veía y le olía cuánto espíritu le bastaba y cuánto espíritu era ya demasiado para él. A sus rígidos sabios los llamé sabios, no rígidos: — así aprendí a tragar palabras. A sus sepultureros los llamé investigadores y examinadores: — así aprendí a trocar palabras. Los sepultureros excavan para sí enfermedades. Bajo viejos escombros reposan malos miasmas. No se ha de remover el lodazal. Se ha de vivir sobre montañas.

    Con bienaventuradas narinas respiro de nuevo libertad de montaña. ¡Al fin está liberada mi nariz del olor de todo lo humano! Cosquilleada por aires afilados, como por vinos espumosos, estornuda mi alma, — estornuda y jubilosa se grita a sí misma: ¡Salud!

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 3.8. DE LOS APÓSTATAS

    Ay, ¿yace ya todo marchito y gris lo que hasta hace poco se alzaba verde y multicolor en este prado? ¡Y cuánta miel de esperanza llevé desde aquí a mis colmenas! Estos jóvenes corazones se han vuelto todos ya viejos —¡y ni siquiera viejos! Solo cansados, vulgares, cómodos: a eso lo llaman: «Nos hemos vuelto otra vez piadosos».

    Hasta hace poco los vi salir corriendo, por la mañana temprano, sobre pies valerosos: pero sus pies del conocimiento se cansaron, y ahora calumnian incluso su valentía matutina. En verdad, más de uno de ellos alzaba antaño las piernas como un bailarín; la risa en mi sabiduría le hacía señas: entonces se lo pensó. Acabo de verlo, encorvado, arrastrarse hacia la cruz. En torno a la luz y a la libertad revoloteaban antaño como mosquitos y jóvenes poetas. Un poco más viejos, un poco más fríos: y ya son sombríos, murmuradores y arrimados a la estufa.

    ¿Se les acobardó quizá el corazón por ello: porque a mí la soledad me devoró como una ballena? ¿Escuchó acaso su oído, largamente anhelante, en vano, hacia mí y mis llamadas de trompeta y de heraldo? Ay, siempre hay entre ellos solo unos pocos cuyo corazón tiene un largo valor y una larga osadía; y a tales también el espíritu les permanece paciente. Pero el resto es cobarde. El resto: esos son siempre los más de todos, lo cotidiano, lo sobrante, los demasiado-muchos: ¡todos ellos son cobardes!

    A quien es de mi índole, también las vivencias de mi índole se le cruzarán en el camino: de modo que sus primeros compañeros deberán ser cadáveres y bufones. Pero sus segundos compañeros —esos se llamarán a sí mismos sus creyentes: un enjambre vivo, mucho amor, mucha necedad, mucha veneración imberbe. A estos creyentes no ha de atar su corazón quien es de mi índole entre los hombres; en estas primaveras y prados multicolores no ha de creer aquel que conoce la índole fugaz y cobarde de los hombres.

    Si pudieran de otro modo, también querrían de otro modo. Lo medio y lo a medias echan a perder todo lo entero. Que las hojas se marchiten —¿qué hay ahí que lamentar? Déjalas ir y caer, oh Zaratustra, y no te lamentes. Mejor aún, sopla con vientos rumorosos entre ellas —sopla entre estas hojas, oh Zaratustra: para que todo lo marchito huya todavía más rápido de ti.

    «Nos hemos vuelto otra vez piadosos» —así confiesan estos apóstatas; y algunos de ellos son aún demasiado cobardes para confesarlo así.

    A esos los miro a los ojos, —a esos se lo digo a la cara y en el rubor de sus mejillas: vosotros sois de aquellos que rezan otra vez.

    ¡Pero rezar es una deshonra! No para todos, pero sí para ti y para mí y para quien también tenga su conciencia en la cabeza. ¡Para ti es una deshonra rezar!

    Bien lo sabes: tu diablo cobarde dentro de ti, el que de buena gana quisiera plegar las manos, ponerlas en el regazo y tenerlo más cómodo: —ese diablo cobarde te persuade: «¡Hay un Dios!». Pero con ello perteneces a la ralea que rehúye la luz, a aquellos a quienes la luz jamás deja en paz; ahora debes hundir cada día la cabeza más hondo en noche y bruma.

    Y en verdad, elegiste bien la hora: pues justo ahora vuelven a echar a volar las aves nocturnas. Llegó la hora para todo el pueblo que rehúye la luz, la hora vespertina y festiva, en la que no —«festeja». Lo oigo y lo huelo: ha llegado su hora para la caza y la procesión, no, ciertamente, para una caza salvaje, sino para una caza mansa, renqueante, husmeadora, de pisadores quedos y rezadores quedos —una caza en pos de mojigatos llenos de alma: ¡todas las ratoneras del corazón están ahora otra vez colocadas! Y donde levanto una cortina, de allí sale disparada una polillita nocturna. ¿Estaba allí acaso acurrucada junto con otra polillita nocturna? Pues por todas partes huelo pequeñas congregaciones agazapadas; y donde hay cuartitos, allí hay dentro nuevos hermanos de rezo y el vaho de hermanos de rezo.

    Se sientan largas veladas juntos y dicen: «¡Volvamos a ser otra vez como los niñitos y digamos “querido Dios”!»: echados a perder de boca y estómago por los piadosos confiteros.

    O bien pasan largas veladas mirando a una astuta y acechante araña de la cruz, que predica prudencia a las propias arañas y así enseña: «¡Bajo cruces se teje bien!».

    O bien se sientan durante el día con cañas de pescar junto a pantanos y por ello se creen profundos; pero a quien pesca allí donde no hay peces, a ese no lo llamo ni siquiera superficial.

    O bien aprenden, piadosos y alegres, a tañer el arpa con un poeta-cantor que de buena gana quisiera arpearse hasta el corazón de jovencitas: —pues se cansó de las viejecitas y de sus alabanzas.

    O bien aprenden a estremecerse con un erudito semiloco, que en cuartos oscuros espera a que le lleguen los espíritus —¡y el espíritu echa a correr por completo de allí!

    O bien escuchan a un viejo flautista de ronroneos y gruñidos, zarandeado de acá para allá, que de vientos turbios aprendió la tribulación de los tonos; ahora silba según el viento y predica tribulación en tonos turbios.

    Y algunos de ellos se han vuelto incluso serenos: ahora entienden de tocar cuernos y de rondar por la noche y despertar viejas cosas que hace ya mucho que están dormidas. Cinco palabras de viejas cosas oí anoche junto al muro del jardín: venían de esos viejos serenos tristes y resecos.

    «Para ser padre, no se preocupa bastante por sus hijos: ¡los padres humanos hacen esto mejor!» —

    «¡Es demasiado viejo! Ya no se preocupa en absoluto por sus hijos» —así respondió el otro sereno.

    «¿Tiene entonces hijos? Nadie puede probarlo, si él mismo no lo prueba. Hace ya tiempo que quisiera que lo probase alguna vez a fondo».

    «¿Probar? ¡Como si Él hubiera probado jamás algo! Probar le resulta difícil; le importa mucho que se crea en Él».

    «¡Sí! ¡Sí! La fe lo hace bienaventurado, la fe en Él. Esa es la índole de los viejos. Así nos pasa también a nosotros». —

    Así hablaron entre sí los dos viejos serenos y espantaluces, y luego tocaron apesadumbrados sus cuernos: así ocurrió anoche junto al muro del jardín. Pero a mí se me retorció el corazón de risa, y quería reventar, y no sabía hacia dónde, y se hundió en el diafragma. En verdad, esa será aún mi muerte: que me asfixie de risa cuando vea asnos borrachos y oiga a serenos dudar así de Dios. ¿No hace ya mucho que también todas esas dudas quedaron atrás? ¡Quién tiene derecho aún a despertar tales viejas cosas dormidas que rehúyen la luz!

    Con los viejos dioses, ciertamente, hace ya mucho que las cosas llegaron a su fin; y, en verdad, tuvieron un buen y alegre final de dioses. No «crepuscularon» hasta la muerte, —¡eso se miente, sin duda! Más bien: ellos mismos, una vez, murieron de risa. Eso ocurrió cuando la palabra más impía salió de un dios mismo: la palabra: «¡Hay un solo Dios! ¡No has de tener ningún otro dios junto a mí!». Un viejo dios de barba airada, un dios celoso, se olvidó así de sí mismo. Y todos los dioses rieron entonces y se tambalearon sobre sus sillas y gritaron: «¿No es precisamente divinidad que haya dioses, pero ningún Dios?».

    Quien tenga oídos, que oiga.

    Así habló Zaratustra en la ciudad que él amaba y que es llamada también «la Vaca Multicolor». Pues desde aquí le quedaban solo dos días más de camino para llegar de nuevo a su cueva y a sus animales; pero su alma exultaba sin cesar por la cercanía de su regreso al hogar. —

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 3.7. DEL PASAR DE LARGO

    Así, avanzando lentamente entre mucha gente y por ciudades de toda laya, Zaratustra regresaba por rodeos a su montaña y a su cueva. Y mira, entonces llegó inesperadamente también a la puerta de la gran ciudad; pero aquí un loco espumeante saltó hacia él con las manos extendidas y se interpuso en su camino. Pero este era aquel mismo loco al que el pueblo llamaba “el mono de Zaratustra”: porque le había captado algo del fraseo y de la cadencia del discurso, y sin duda tomaba también con gusto prestado del tesoro de su sabiduría. Pero el loco habló así a Zaratustra:

    “Oh Zaratustra, aquí está la gran ciudad: aquí no tienes nada que buscar y todo que perder. ¿Por qué querrías vadear este lodo? ¡Ten compasión de tu pie! Escupe más bien sobre la puerta de la ciudad y da la vuelta. Aquí está el infierno para los pensamientos de ermitaño: aquí los grandes pensamientos son hervidos vivos y cocidos hasta que se vuelven pequeños. Aquí se descomponen todos los grandes sentimientos: aquí solo pueden castañetear sentimientitos secos como huesos. ¿No hueles ya los mataderos y las cocinas del espíritu? ¿No humea esta ciudad con el vaho del espíritu degollado?

    ¿No ves las almas colgar como flácidos y sucios harapos? ¡Y aún hacen periódicos de estos harapos!

    ¿No oyes cómo el espíritu aquí se convirtió en juego de palabras? ¡Repelente enjuagadura de palabras vomita! ¡Y aún hacen periódicos de esta enjuagadura de palabras!

    Se azuzan unos a otros y no saben adónde; se acaloran unos a otros y no saben por qué. Tintinean con su hojalata, repican con su oro. Están fríos y buscan calor en aguardientes; están acalorados y buscan frescor en espíritus helados; todos están enfermos y adictos a las opiniones públicas.

    Todas las lujurias y vicios están aquí en su casa; pero hay aquí también virtuosos, hay mucha virtud diligente y empleada: — mucha virtud diligente, con dedos de escribiente y dura carne de asiento y de espera, bendecida con pequeñas estrellas en el pecho y con hijas rellenas y sin trasero. Hay aquí también mucha piedad y mucho devoto lamer babas, confitería de halagos ante el Dios de los Ejércitos. “De Arriba” gotean, sí, la estrella y la baba de gracia; hacia arriba anhela todo pecho sin estrellas.

    La luna tiene su halo, y la corte tiene sus becerros lunares: pero a todo lo que viene de la corte reza el pueblo mendigo y toda diligente virtud mendicante. “Yo sirvo, tú sirves, nosotros servimos” — así reza hacia arriba, hacia el príncipe, toda virtud diligente: ¡para que la merecida estrella se prenda por fin al pecho estrecho!

    Pero la luna gira aún en torno a todo lo terrenal: así gira también el príncipe aún en torno a lo más terrenal de todo: — pero eso es el oro de los tenderos. El Dios de los Ejércitos no es un dios de los lingotes de oro; el príncipe piensa, pero el tendero — dirige.

    Por todo lo luminoso, fuerte y bueno que hay en ti, oh Zaratustra, ¡escupe sobre esta ciudad de los tenderos y da la vuelta! Aquí fluye toda la sangre podrida, tibia y espumosa por todas las venas: escupe sobre la gran ciudad, que es el gran vertedero, donde toda la hez espumea junta. Escupe sobre la ciudad de las almas hundidas y los pechos estrechos, de los ojos punzantes, de los dedos pegajosos — sobre la ciudad de los impertinentes, de los desvergonzados, de los plumíferos y vociferantes, de los ambiciosos sobrecalentados: — donde todo lo podrido, lo infame, lo lascivo, lo oscuro, lo reblandecido en exceso, lo ulceroso, lo conspiratorio, supura junto: — ¡escupe sobre la gran ciudad y da la vuelta!” — —

    Pero aquí interrumpió Zaratustra al loco espumeante y le tapó la boca. “¡Acaba de una vez!”, gritó Zaratustra; “me da náusea desde hace ya mucho tu discurso y tu manera de ser. ¿Por qué habitaste tanto tiempo junto al pantano, que tú mismo tuviste que convertirte en rana y en sapo? ¿No te corre a ti mismo ahora una podrida y espumosa sangre de pantano por las venas, para que así aprendieras a croar y denigrar? ¿Por qué no fuiste al bosque? ¿O araste la tierra? ¿No está el mar lleno de islas verdes? Desprecio tu despreciar; y si me advertías, — ¿por qué no te advertiste a ti mismo?

    Solo desde el amor han de alzar el vuelo para mí mi despreciar y mi pájaro avisador: pero no desde el pantano.

    Se te llama mi mono, tú, loco espumeante; pero yo te llamo mi cerdo gruñón: con tu gruñir todavía me echas a perder mi elogio de la locura. ¿Qué fue entonces lo que primero te hizo gruñir? Que nadie te ha halagado lo bastante: — por eso te sentaste junto a esta inmundicia, para tener motivo de mucho gruñir, — para tener motivo de mucha venganza. Pues venganza, tú, loco vanidoso, es todo tu espumear; te adiviné bien.

    Pero tu palabra de loco me hace daño, aun allí donde tienes razón. Y aunque la palabra de Zaratustra tuviera incluso cien veces razón: tú, con mi palabra, siempre harías injusticia.”

    Así habló Zaratustra; y miró la gran ciudad, suspiró y calló largo tiempo. Al fin habló así: “También esta gran ciudad me da náusea, y no solo este loco. Aquí como allí no hay nada que mejorar, nada que empeorar. ¡Ay de esta gran ciudad! — Y quisiera ver ya la columna de fuego en la que será abrasada. Porque tales columnas de fuego deben preceder al gran mediodía. Sin embargo, esto tiene su tiempo y su propio destino. —

    Pero esta enseñanza te doy, tú, loco, como despedida: donde ya no se puede amar, allí hay que — pasar de largo. —”

    Así habló Zaratustra y pasó de largo junto al loco y a la gran ciudad.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 3.6. EN EL MONTE DE LOS OLIVOS

    El invierno, un mal huésped, está sentado en mi casa; azules están mis manos por el apretón de manos de su amistad. Yo lo honro, a este mal huésped, pero con gusto lo dejo sentado a solas. Con gusto huyo de él; y, si uno corre bien, se le escapa. Con pies calientes y pensamientos calientes corro hacia donde el viento está quieto, —al rincón de sol de mi monte de los olivos. Allí me río de mi severo huésped y aún le tengo buena voluntad, porque en casa me caza las moscas y acalla mucho pequeño alboroto. Pues no tolera que un mosquito quiera cantar, o incluso dos; hasta la calleja la vuelve solitaria, de modo que la luz de la luna se asusta dentro de ella por la noche.

    Es un huésped duro, —pero yo lo honro, y no rezo, como los delicados, al panzudo ídolo del fuego. ¡Antes aún un poco de castañeteo de dientes que adorar ídolos! —así lo quiere mi índole. Y especialmente soy enemigo de todos los ardorosos, humeantes y sofocantes ídolos del fuego.

    Al que amo, lo amo mejor en invierno que en verano; mejor me burlo ahora de mis enemigos y con más brío, desde que el invierno está sentado en mi casa. Con brío, en verdad, incluso cuando me arrastro a la cama —: entonces ríe y hace travesuras aún mi dicha acurrucada; ríe aún mi sueño mentiroso. ¿Yo —un rastrero? Jamás me arrastré en la vida ante los poderosos; y si alguna vez mentí, mentí por amor. Por eso estoy alegre también en el lecho de invierno. Una cama humilde me calienta más que una rica, pues soy celoso de mi pobreza. Y en invierno me es ella la más fiel.

    Con una maldad empiezo cada día, me burlo del invierno con un baño frío: por ello gruñe mi severo amigo de casa. También me gusta cosquillearlo con una velita de cera, para que por fin me deje salir el cielo del crepúsculo gris ceniza. Pues soy especialmente malévolo por la mañana: a la hora temprana, cuando el cubo tintinea en el pozo y los caballos relinchan calientes por las grises callejas: —impaciente espero entonces a que por fin se me abra el cielo claro, el cielo de invierno de barba nevada, el anciano y cabeza blanca, —el cielo de invierno, el silencioso, que a menudo aún oculta su sol.

    ¿Aprendí yo acaso de él el largo y luminoso silencio? ¿O lo aprendió él de mí? ¿O lo ha inventado cada uno de nosotros por sí mismo? El origen de todas las cosas buenas es mil veces diverso, —todas las cosas buenas y traviesas saltan de puro placer a la existencia: ¿cómo habrían de hacerlo siempre solo —una vez? Una cosa buena y traviesa es también el largo silencio, y mirar, como el cielo de invierno, desde un rostro luminoso de ojos redondos: —como él, callar su sol y su indomable voluntad solar: en verdad, este arte y esta travesura invernal los aprendí bien.

    Mi más amada maldad y arte es que mi silencio aprendió a no delatarse por el silencio. Repiqueteando con palabras y dados, engaño a los solemnes aguardadores: a todos esos severos vigilantes han de escapárseles mi voluntad y mi propósito. Para que nadie mire hacia abajo, dentro de mi fondo y de mi última voluntad, para eso inventé para mí el largo y luminoso silencio. A más de un sagaz encontré: velaba su rostro y enturbiaba su agua, para que nadie viera a través de él y hacia abajo. Pero precisamente a él acudían los desconfiados y cascanueces más sagaces: precisamente a él le pescaban fuera su pez más oculto. Sino los claros, los bravos, los transparentes —esos son para mí los silenciosos más sagaces: aquellos cuyo fondo es tan hondo que ni siquiera el agua más clara lo —delata.—

    ¡Tú, cielo de invierno de barba nevada y silencioso, tú, cabeza blanca de ojos redondos sobre mí! ¡Oh tú, celestial parábola de mi alma y de su travesura!

    ¿Y no debo ocultarme, como uno que ha tragado oro, —para que no me rajen el alma? ¿No debo llevar zancos para que pasen por alto mis largas piernas, —todos estos envidiosos y amigos del dolor que me rodean? Estas almas ahumadas, calentadas en habitación, gastadas, enverdecidas, amargadas —¿cómo podría su envidia soportar mi felicidad? Así les muestro solo el hielo y el invierno sobre mis cumbres —y no que mi montaña aún ciñe a su alrededor todos los cinturones del sol. Oyen solo silbar mis tormentas de invierno: y no que también navego sobre mares cálidos, como anhelantes, pesados, ardientes vientos del sur. Todavía se compadecen de mis infortunios y azares: —pero mi palabra dice: «Dejad venir a mí el azar: inocente es él, como un niñito».

    ¿Cómo podrían soportar mi dicha, si yo no pusiera infortunios y penurias de invierno y gorros de oso polar y envolturas de cielo nevado alrededor de mi dicha? —si yo mismo no me apiadara de su compasión —de la compasión de esos envidiosos y amigos del dolor. —si yo mismo no suspirara ante ellos y castañeteara de frío, y pacientemente me dejara envolver en su compasión. Esta es la sabia travesura y benevolencia de mi alma, que no oculta su invierno ni sus tormentas de escarcha; tampoco oculta sus sabañones.

    La soledad del uno es la huida del enfermo; la soledad del otro, la huida ante los enfermos.

    Que me oigan castañetear y suspirar de frío invernal, todos estos pobres bribones bizcos a mi alrededor. Con tales suspiros y castañeteos huyo aún de sus habitaciones caldeadas.

    Que me compadezcan y suspiren compasivamente por mis sabañones: «¡En el hielo del conocimiento todavía acabará helándosenos!» —así se quejan.

    Entretanto corro con pies calientes de acá para allá sobre mi monte de los olivos: en el rincón de sol de mi monte de los olivos canto y me burlo de toda compasión. —

    Así cantó Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli–Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann. 

  • 3.5. DE LA VIRTUD QUE EMPEQUEÑECE

    [1]

    Cuando Zaratustra estuvo de nuevo en tierra firme, no fue derecho hacia su montaña y su cueva, sino que tomó muchos caminos e hizo muchas preguntas e indagó esto y aquello, de modo que, bromeando, decía de sí mismo: «¡Mira: un río que, en muchos meandros, fluye de vuelta hacia la fuente!» Pues quería averiguar qué había sucedido entretanto con el hombre: si se había vuelto más grande o más pequeño. Y una vez vio una hilera de casas nuevas; entonces se maravilló y dijo:

    ¿Qué significan estas casas? En verdad, ningún alma grande las puso ahí como imagen de sí misma. ¿Las sacó acaso un niño bobo de su caja de juguetes? ¡Ojalá otro niño volviera a meterlas en su caja! Y esas estancias y aposentos: ¿pueden entrar y salir ahí hombres? Me parecen hechas para muñecas de seda; o para gatas golosas, que también de buena gana se dejan probar.

    Y Zaratustra se detuvo y reflexionó. Finalmente dijo, afligido: «¡Todo se ha vuelto más pequeño! En todas partes veo puertas más bajas: el que es de mi índole aún puede pasar por ellas, pero — tiene que agacharse. ¡Oh, cuándo volveré a mi patria, donde ya no tenga que agacharme — ya no tenga que agacharme ante los pequeños!» Y Zaratustra suspiró y miró a la lejanía.—

    Pero aquel mismo día pronunció su discurso sobre la virtud que empequeñece.

    [2]

    Camino entre este pueblo y mantengo los ojos abiertos: no me perdonan que no envidie sus virtudes. Me lanzan dentelladas porque les digo: para gente pequeña son necesarias virtudes pequeñas —y porque duro se me hace aceptar que la gente pequeña sea necesaria.

    Todavía me parezco aquí al gallo en corral ajeno, al que también las gallinas picotean; pero por ello no estoy mal dispuesto hacia esas gallinas. Soy cortés con ellas, como con toda pequeña molestia; ser espinoso con lo pequeño me parece sabiduría de erizos.

    Todos hablan de mí cuando, por la tarde, se sientan alrededor del fuego — hablan de mí, pero nadie piensa — en mí. Este es el nuevo silencio que aprendí: su ruido en torno a mí extiende un manto sobre mis pensamientos.

    Alborotan entre sí: «¿Qué quiere de nosotros esta nube sombría? ¡Cuidemos de que no nos traiga una peste!» Y hace poco una mujer arrancó hacia sí a su hijo, que quería venir a mí: «¡Apartad a los niños! —gritó—; tales ojos abrasan almas de niños.» Tosen cuando hablo: creen que la tos es una objeción contra vientos fuertes — nada adivinan del bramido de mi dicha. «Aún no tenemos tiempo para Zaratustra» — así objetan; pero ¿qué importa un tiempo que para Zaratustra «no tiene tiempo»?

    Y cuando incluso me elogian, ¿cómo podría yo dormirme sobre su elogio? Un cinturón de púas es para mí su alabanza: todavía me araña cuando me la quito de encima. Y también esto aprendí entre ellos: el que alaba se comporta como si devolviera, pero en verdad quiere ser obsequiado con más.

    ¡Preguntad a mi pie si le agrada su tonada de elogio y reclamo! En verdad, a tal compás y tictac no quiere ni danzar ni estarse quieto. A la pequeña virtud querrían atraerme y alabarme; al tictac de la pequeña dicha querrían persuadir a mi pie.

    Camino entre este pueblo y mantengo los ojos abiertos: se han vuelto más pequeños y se vuelven cada vez más pequeños: — eso lo produce su doctrina de la dicha y la virtud. En efecto, también en la virtud son modestos — pues quieren bienestar. Pero con el bienestar solo se aviene la virtud modesta.

    Ciertamente, también ellos aprenden, a su manera, a caminar y a avanzar: a eso llamo yo su cojear. Con ello se vuelven un obstáculo para todo el que tiene prisa. Y más de uno de ellos va hacia delante y mira al mismo tiempo hacia atrás, con el cuello rígido: a ese lo embisto de buena gana. Pie y ojos no deben mentir, ni desmentirse el uno al otro. Pero hay mucha mentira entre la gente pequeña. Algunos de ellos quieren, pero la mayoría solo son queridos. Algunos de ellos son auténticos, pero la mayoría son malos actores. Hay entre ellos actores sin saberlo y actores contra su voluntad — los auténticos son siempre raros, en especial los auténticos actores.

    De hombre hay aquí poco: por eso se masculinizan sus mujeres. Pues solo quien es lo bastante hombre redimirá en la mujer a la mujer.

    Y esta hipocresía encontré entre ellos como la peor: que incluso aquellos que mandan simulan las virtudes de aquellos que sirven. «Yo sirvo, tú sirves, nosotros servimos» — así reza aquí también la hipocresía de los gobernantes —, ¡y ay, cuando el primer señor no es sino el primer servidor!

    Ay, también hacia sus hipocresías se extravió volando la curiosidad de mi ojo; y bien adiviné toda su dicha de moscas y su zumbar en torno a cristales soleados. Tanta bondad, tanta debilidad veo. Tanta justicia y compasión, tanta debilidad.

    Redondos, rectos y bondadosos son entre sí, como los granos de arena son redondos, rectos y bondadosos con los granos de arena. Abrazar modestamente una pequeña dicha — a eso lo llaman «resignación» —, y al mismo tiempo miran ya modestamente de reojo en busca de una nueva pequeña dicha. En el fondo quieren ingenuamente una sola cosa por encima de todo: que nadie les haga daño. Así se anticipan a cualquiera y le hacen bien. Pero esto es cobardía, aunque se llame «virtud». —

    Y si alguna vez hablan ásperamente, esta gente pequeña: ahí solo oigo su ronquera — pues toda corriente de aire los vuelve roncos. Son astutos, sus virtudes tienen dedos astutos. Pero les faltan los puños, sus dedos no saben esconderse detrás de puños. Virtud es para ellos lo que vuelve modesto y manso: con ello hicieron del lobo el perro y del hombre mismo el mejor animal doméstico del hombre.

    «Colocamos nuestra silla en medio» — eso me dice su sonrisilla — «y a igual distancia de los espadachines moribundos que de las cerdas satisfechas.» Pero esto es — mediocridad, aunque se llame moderación. —

    [3]

    Camino entre este pueblo y dejo caer más de una palabra: pero no saben ni recoger ni guardar.

    Se maravillan de que yo no haya venido a vituperar placeres y vicios; y, en verdad, tampoco vine a prevenir contra carteristas.

    Se maravillan de que no esté dispuesto a hacer todavía más ingeniosa y punzante su astucia: ¡como si no tuvieran ya bastantes listillos, cuya voz me raspa como lápices de pizarra!

    Y cuando grito: «¡Maldecid a todos los diablos cobardes que hay en vosotros, que de buena gana quisieran gimotear, plegar las manos y adorar!»: entonces ellos gritan: «Zaratustra es impío.» Y en especial lo gritan sus maestros de la resignación —; pero precisamente a ellos me gusta gritarles al oído: ¡Sí! ¡Yo soy Zaratustra, el impío! ¡Estos maestros de la resignación! Por todas partes donde hay algo pequeño y enfermo y costroso se arrastran, como piojos; y solo mi náusea me impide aplastarlos.

    ¡Bien! Esta es mi prédica para sus oídos: soy Zaratustra, el impío, el que habla así: «¿Quién es más impío que yo, para que yo me alegre de su enseñanza?»

    Soy Zaratustra, el impío: ¿dónde encontraré a mi igual? Y todos aquellos son mis iguales, los que se dan a sí mismos su voluntad y apartan de sí toda resignación.

    Soy Zaratustra, el impío: aún cuezo para mí cada azar en mi olla. Y solo cuando está allí bien cocido le doy la bienvenida como mi alimento. Y en verdad, más de un azar vino imperiosamente hasta mí: pero más imperiosamente todavía le habló mi voluntad — y allí yacía ya suplicante de rodillas —, suplicando encontrar albergue y corazón junto a mí, y diciéndome zalamero: «¡Mira, oh Zaratustra, cómo solo un amigo viene a un amigo!» —

    Pero ¿qué digo, donde nadie tiene mis oídos? Y así quiero gritarlo fuera, a todos los vientos: ¡Os volvéis cada vez más pequeños, vosotros, gente pequeña! ¡Os desmoronáis, vosotros, los cómodos! Todavía os iréis a pique — por vuestras muchas pequeñas virtudes, por vuestras muchas pequeñas omisiones, por vuestra mucha pequeña resignación. Demasiado indulgente, demasiado condescendiente: ¡así es vuestro suelo! Pero para que un árbol se haga grande, para eso quiere echar duras raíces en torno a duras rocas.

    También lo que vosotros omitís teje en la trama de todo futuro humano; también vuestra nada es una tela de araña y una araña que vive de la sangre del futuro. Y cuando tomáis, entonces es como hurtar, vosotros, pequeños virtuosos; pero incluso entre pícaros habla el honor: «solo se debe hurtar donde no se puede robar.»

    «Se da» — esa es también una doctrina de la resignación. Pero yo os digo, vosotros, los cómodos: ¡se toma, y cada vez tomará más todavía de vosotros! ¡Ay, si apartarais de vosotros todo querer a medias y os volvierais resueltos tanto para la inercia como para la acción!

    ¡Ay, si entendierais mi palabra: «Haced, sí, lo que queráis, — pero sed primero tales que puedan querer!» «Amad, sí, a vuestro prójimo como a vosotros mismos, — pero sedme primero tales que se amen a sí mismos — que se amen con el gran amor, que se amen con el gran desprecio!» Así habla Zaratustra, el impío. —

    Pero ¿qué digo, donde nadie tiene mis oídos? Todavía es aquí una hora demasiado pronto para mí. Soy mi propio precursor entre este pueblo, mi propio canto de gallo por oscuras callejas. ¡Pero llega su hora! ¡Y llega también la mía! De hora en hora se vuelven más pequeños, más pobres, más estériles, — ¡pobre hierba! ¡pobre suelo! Y pronto deberán estar ahí ante mí como hierba seca y estepa, y, en verdad, cansados de sí mismos — y más que de agua, sedientos de fuego.

    ¡Oh bendita hora del relámpago! ¡Oh secreto antes del mediodía! Fuegos corredores quiero hacer todavía un día de ellos, y heraldos con lenguas de llama: — han de proclamar todavía un día con lenguas de llama: ¡Llega, está cerca, el gran mediodía!

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli–Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann. 

  • 3.4. ANTES DEL AMANECER

    Antes del amanecer

    ¡Oh cielo sobre mí, tú, puro! ¡Profundo! ¡Tú, abismo de luz! Al contemplarte me estremezco de deseos divinos. ¡Arrojarme a tu altura: esa es mi profundidad! ¡Refugiarme en tu pureza: esa es mi inocencia!

    Al dios lo vela su belleza: así ocultas tú tus estrellas. No hablas: así me anuncias tu sabiduría. Mudo, sobre el mar rugiente, te has alzado hoy para mí; tu amor y tu pudor hablan como revelación a mi alma rugiente. Porque hermoso viniste a mí, velado en tu belleza, porque mudo me hablas, manifiesto en tu sabiduría: ¡oh, cómo no habría de adivinar todo lo pudoroso de tu alma! Antes del sol viniste a mí, al más solitario.

    Somos amigos desde el comienzo: nos son comunes la pena, el horror y el fundamento; aun el sol nos es común. No nos hablamos el uno al otro, porque sabemos demasiadas cosas: guardamos silencio el uno ante el otro, nos sonreímos mutuamente nuestro saber. ¿No eres tú la luz para mi fuego? ¿No tienes el alma hermana de mi comprensión? Juntos lo aprendimos todo; juntos aprendimos a ascender por encima de nosotros hacia nosotros mismos y a sonreír sin nubes: — a sonreír sin nubes hacia abajo desde ojos luminosos y desde una lejanía inmensa, cuando bajo nosotros la coacción, el propósito y la culpa humean como lluvia.

    Y si caminaba solo: ¿de qué tenía hambre mi alma en las noches y en los senderos extraviados? Y si escalaba montañas, ¿a quién busqué jamás, sino a ti, en las montañas? Y todo mi caminar y escalar montañas: solo una necesidad era y un recurso del desvalido: solo volar quiere toda mi voluntad, volar a ti, dentro de ti.

    ¿Y a quién odié más que a las nubes errantes y a todo lo que te mancha? Y aun odié mi propio odio, porque te manchaba. Guardo rencor a las nubes errantes, a estos sigilosos felinos de presa: nos arrebatan a ti y a mí lo que nos es común: el inmenso, ilimitado decir Sí y Amén. A estos mediadores y mezcladores les guardamos rencor, a las nubes errantes: a esas medias tintas que ni aprendieron a bendecir ni a maldecir de raíz.

    Prefiero aún sentarme en el tonel bajo un cielo cerrado, prefiero sentarme sin cielo en el abismo, antes que verte a ti, cielo de luz, manchado por nubes errantes.

    Y a menudo sentí ganas de sujetarlas con los dentados hilos de oro del relámpago, para que yo, igual que el trueno, golpeara el timbal sobre sus vientres de caldera: — un airado timbalero, porque ellas me arrebatan tu Sí y tu Amén, tú, cielo sobre mí, tú, puro, luminoso, tú, abismo de luz; — porque ellas te arrebatan mi Sí y mi Amén. Pues prefiero aún ruido y trueno y maldiciones de tormenta a esa circunspecta, dubitativa quietud felina; y también entre los hombres odio sobre todo a todos los que pisan quedamente y a los medias tintas y a las dubitativas y vacilantes nubes errantes.

    Y «el que no puede bendecir, debe aprender a maldecir»: esta luminosa enseñanza me cayó de un cielo luminoso, esta estrella aún está en mi cielo en noches negras.

    Pero yo soy uno que bendice y uno que dice Sí, con tal de que tú estés en torno a mí, tú, puro, luminoso, tú, abismo de luz: — a todos los abismos llevo entonces mi decir Sí que bendice. En uno que bendice me he convertido y en uno que dice Sí; y para eso luché largo tiempo y fui un luchador, para que un día tuviera las manos libres para bendecir. Pero esto es mi bendecir: estar sobre cada cosa como su propio cielo, como su techo redondo, su campana azur y eterna seguridad; y bienaventurado es el que así bendice.

    Porque todas las cosas están bautizadas en la fuente de la eternidad y más allá del bien y del mal; pero el bien y el mal mismos son solo sombras intermedias, húmedas tribulaciones y nubes errantes.

    En verdad, es un bendecir y no una blasfemia cuando enseño: «sobre todas las cosas está el cielo azar, el cielo inocencia, el cielo acaso, el cielo desmesura».

    «Por acaso»: esa es la más antigua nobleza del mundo, esa devolví yo a todas las cosas, las redimí de la servidumbre bajo el propósito. Esta libertad y serenidad celeste coloqué como una campana azur sobre todas las cosas, cuando enseñé que por encima de ellas y a través de ellas ninguna «voluntad eterna» — quiere. Esta desmesura y esta necedad puse en el lugar de aquella voluntad, cuando enseñé: «en todo una cosa es imposible: ¡racionalidad!».

    Un poco de razón, ciertamente, una semilla de sabiduría esparcida de estrella en estrella: — esta levadura está mezclada en todas las cosas: por causa de la necedad hay sabiduría mezclada en todas las cosas. Un poco de sabiduría es ya posible; pero esta bienaventurada seguridad encontré en todas las cosas: que prefieren aún, sobre los pies del azar — danzar.

    ¡Oh cielo sobre mí, tú, puro! ¡Alto! Esto es para mí ahora tu pureza: que no hay ninguna eterna araña de la razón ni telarañas de la razón: — que eres para mí un suelo de danza para azares divinos, que eres para mí una mesa de dioses para dados divinos y jugadores de dados. — ¿Pero te sonrojas? ¿Dije lo indecible? ¿Blasfemé cuando quería bendecirte? ¿O es el pudor de dos lo que te hizo sonrojar? — ¿Me ordenas marcharme y callar, porque ahora — llega el día?

    El mundo es profundo: — y más profundo de lo que el día jamás ha pensado. No todo debe tener palabras ante el día. Pero llega el día: ¡así nos separamos ahora!

    ¡Oh cielo sobre mí, tú, pudoroso! ¡Ardiente! ¡Oh tú, mi dicha antes del amanecer! Pero llega el día: ¡así nos separamos ahora! —

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli–Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann. 

  • 3.3. DE LA BIENAVENTURANZA CONTRA LA VOLUNTAD

    Con tales enigmas y amarguras en el corazón navegó Zaratustra sobre el mar. Pero cuando estuvo a cuatro jornadas de viaje de las islas bienaventuradas y de sus amigos, entonces había superado todo su dolor: triunfante y con pies firmes estaba de nuevo en pie sobre su destino. Y entonces habló Zaratustra así a su conciencia exultante:

    Solo estoy de nuevo y quiero estarlo, solo con el cielo puro y el mar libre; y de nuevo es la tarde a mi alrededor. Por la tarde encontré un día por primera vez a mis amigos, por la tarde también por segunda vez: —a la hora en que toda luz se vuelve más quieta. Pues lo que de dicha aún está de camino entre cielo y tierra busca ahora todavía como albergue un alma luminosa: por la dicha se ha vuelto ahora toda luz más quieta.

    ¡Oh tarde de mi vida! Un día también mi dicha descendió al valle para buscarse un albergue: allí encontró estas almas abiertas y hospitalarias. ¡Oh tarde de mi vida! ¡Qué no entregué yo para tener una sola cosa: esta viviente plantación de mis pensamientos y esta luz matinal de mi más alta esperanza!

    Compañeros buscó un día el creador, y niños de su esperanza: y, mira, resultó que no podía encontrarlos, a menos que primero los creara él mismo. Así estoy yo en medio de mi obra, yendo hacia mis niños y regresando de ellos: por causa de sus niños debe Zaratustra completarse a sí mismo. Porque de raíz uno ama solamente a su niño y a su obra; y donde hay un gran amor hacia uno mismo, allí es este el signo de la preñez: así lo encontré. Aún me verdecen mis niños en su primera primavera, erguidos unos junto a otros y sacudidos juntos por los vientos: los árboles de mi jardín y de mi mejor tierra. Y en verdad, donde tales árboles se alzan unos junto a otros, allí están las islas bienaventuradas. Pero un día quiero sacarlos de raíz y poner a cada uno por sí solo, para que aprenda soledad y desafío y cautela. Nudoso y retorcido y con flexible dureza ha de alzárseme entonces junto al mar, un viviente faro de vida invencible.

    Allí donde las tormentas se precipitan hacia abajo en el mar, y la trompa de la montaña bebe agua, allí ha de tener cada uno sus vigilias de día y de noche, para su prueba y conocimiento. Ha de ser conocido y probado en esto: si es de mi índole y linaje, si es señor de una larga voluntad, silencioso aun cuando habla, y cediendo de tal modo que, al dar, toma: —para que un día llegue a ser mi compañero y un co-creador y co-celebrador de Zaratustra: uno tal que me escriba mi voluntad sobre mis tablas, para la más plena consumación de todas las cosas. Y por causa de él y de sus semejantes debo yo mismo completarme: por eso me aparto ahora de mi dicha y me ofrezco a toda desdicha —para mi última prueba y conocimiento.

    Y en verdad, era tiempo de que me fuese; y la sombra del caminante y el más largo tedio y la hora más silenciosa —todos me persuadían: «¡Ya es más que hora!» El viento me sopló a través de la cerradura y dijo: «¡Ven!» La puerta se me abrió astutamente y dijo: «¡Ve!» Pero yo yacía encadenado al amor a mis niños: el deseo me puso este lazo, el deseo de amor, que yo llegara a ser presa de mis niños y me perdiera en ellos. Deseo —eso significa ya para mí: haberme perdido. ¡Os tengo a vosotros, mis niños! En este tener debe ser todo seguridad y nada deseo.

    Pero el sol de mi amor yacía incubando sobre mí; en su propio jugo se cocía Zaratustra —entonces pasaron volando sombras y dudas por encima de mí. Anhelaba ya escarcha e invierno: «¡Oh, que la escarcha y el invierno me hicieran de nuevo chascar y crujir!», suspiré: —entonces se alzaron de mí brumas heladas. Mi pasado quebró sus sepulcros, más de un dolor enterrado vivo despertó: solo había dormido hasta saciarse, escondido en vestiduras de cadáver.

    Así me gritaba todo con señales: «¡Es hora!» Pero yo —no escuché: hasta que por fin mi abismo se agitó y mi pensamiento me mordió. ¡Ay, pensamiento abismal, que tú eres mi pensamiento! ¿Cuándo encontraré la fuerza para oírte cavar y no temblar más? Hasta la garganta me golpea el corazón cuando te oigo cavar. Tu silencio aún quiere estrangularme, tú, abismal silencioso. Aún no osé nunca llamarte hacia arriba: bastante ya fue que te llevase conmigo. Aún no fui lo bastante fuerte para la última arrogancia de león y travesura de león. Bastante de terrible fue para mí siempre ya tu peso: pero un día he de encontrar todavía la fuerza y la voz de león que te llame hacia arriba. Cuando primero me haya superado en esto, entonces quiero superarme también en lo todavía más grande; y una victoria ha de ser el sello de mi consumación. —

    Entretanto aún voy a la deriva sobre mares inciertos; el azar me adula, el de lengua suave; miro adelante y atrás —aún no veo ningún fin. Aún no me llegó la hora de mi última lucha —¿o me llega quizá precisamente ahora? En verdad, con traicionera belleza me miran por todas partes el mar y la vida.

    ¡Oh tarde de mi vida! ¡Oh dicha antes del anochecer! ¡Oh puerto en alta mar! ¡Oh paz en lo incierto! ¡Cómo desconfío de todos vosotros! En verdad, desconfío de vuestra traicionera belleza. Me asemejo al amante que desconfía de una sonrisa demasiado aterciopelada. Como él empuja delante de sí a la más amada, tierno todavía en su dureza, el celoso —así empujo yo delante de mí esta bienaventurada hora.

    ¡Fuera contigo, tú, bienaventurada hora! ¡Contigo me llegó una bienaventuranza contra mi voluntad! Dispuesto a mi más profundo dolor estoy aquí: —¡a destiempo llegaste!

    ¡Fuera contigo, tú, bienaventurada hora! Mejor toma albergue allí —con mis niños. ¡Apresúrate!, y bendícelos todavía antes del anochecer con mi dicha.

    Ahí se acerca ya el anochecer: el sol se hunde. ¡Allá —mi dicha! —

    Así habló Zaratustra. Y esperó su desdicha toda la noche: pero esperó en vano. La noche permaneció clara y silenciosa, y la dicha misma se le acercaba más y más. Pero hacia la mañana rió Zaratustra en su corazón y dijo burlonamente: «La dicha corre tras de mí. Eso viene de que yo no corro tras las mujeres. Pero la dicha es una mujer.»

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli–Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann. 

  • 3.2. DE LA VISIÓN Y EL ENIGMA

    [1]

    Cuando entre la gente del barco se supo que Zaratustra estaba a bordo —pues al mismo tiempo que él había subido a bordo un hombre que venía de las islas bienaventuradas—, surgieron una gran curiosidad y expectación. Pero Zaratustra calló durante dos días y estuvo frío y sordo de tristeza, de modo que no respondía ni a miradas ni a preguntas. Pero al atardecer del segundo día volvió a abrir sus oídos, aunque aún callaba: pues había muchas cosas extrañas y peligrosas que oír en aquel barco, que venía de lejos y quería ir aún más lejos. Zaratustra, empero, era amigo de todos aquellos que emprenden largos viajes y no gustan de vivir sin peligro. Y mira, por fin, al escuchar, se le soltó su propia lengua, y se quebró el hielo de su corazón: entonces comenzó a hablar así:

    A vosotros, los osados buscadores, tentadores, y a quienquiera que alguna vez se embarcó con astutas velas en mares terribles, — a vosotros, los ebrios de enigmas, los alegres del crepúsculo, cuya alma es atraída con flautas hacia todo abismo del extravío: — pues no queréis seguir tanteando un hilo con mano cobarde; y allí donde podéis adivinar, odiáis deducir — a vosotros solos os cuento el enigma que vi, — la visión del más solitario. —

    Sombrío caminé hace poco por un crepúsculo de color de cadáver, — sombrío y duro, con los labios apretados. No solo un sol se había puesto para mí. Un sendero que ascendía desafiante entre el cascajal, uno maligno, solitario, al que ni hierba ni arbusto dirigía ya la palabra: un sendero de montaña crujía bajo el desafío de mi pie. Mudo, avanzando sobre el burlón tintinear de los guijarros, aplastando la piedra que lo hacía resbalar: así se forzó mi pie hacia arriba. Hacia arriba: — en desafío al espíritu que lo arrastraba hacia abajo, lo arrastraba hacia el abismo, al espíritu de la gravedad, mi diablo y archienemigo. Hacia arriba: — aunque él estaba sentado sobre mí, medio enano, medio topo; cojo; paralizante; goteando plomo a través de mi oído, pensamientos como gotas de plomo en mi cerebro.

    “¡Oh Zaratustra —susurró burlonamente, sílaba a sílaba—, tú, piedra de la sabiduría! Te arrojaste hacia lo alto, pero toda piedra arrojada debe — caer. ¡Oh Zaratustra, tú, piedra de la sabiduría, tú, piedra de honda, tú, quebrantador de estrellas! A ti mismo te arrojaste tan alto, — pero toda piedra arrojada — debe caer. Condenado a ti mismo y a tu propia lapidación: oh Zaratustra, lejos arrojaste, sí, la piedra, — pero sobre ti volverá a caer.”

    Entonces calló el enano; y eso duró mucho. Pero su silencio me oprimía; y de esa manera, estando dos, se está en verdad más solo que estando uno. Subía, subía, soñaba, pensaba, — pero todo me oprimía. Me asemejaba a un enfermo al que su cruel tormento deja exhausto, y al que luego un sueño peor despierta del adormecimiento. — Pero hay algo en mí que yo llamo valor: eso me ha dado muerte hasta ahora a todo desánimo. Este valor me ordenó por fin detenerme y hablar: “¡Enano! ¡Tú! ¡O yo!” —

    Pues el valor es el mejor matador, — el valor que ataca: porque en todo ataque hay juego resonante.

    Pero el hombre es el animal más valeroso: con ello superó a todo animal. Con juego resonante superó aún todo dolor; pero el dolor humano es el dolor más profundo.

    El valor da muerte también al vértigo junto a los abismos: ¿y dónde no estaría el hombre junto a abismos? ¿No es ver, ello mismo, — ver abismos?

    El valor es el mejor matador: el valor da muerte también a la compasión. Pero la compasión es el abismo más profundo: tan profundamente como mira el hombre en la vida, tan profundamente mira también en el sufrimiento.

    Pero el valor es el mejor matador, el valor que ataca: ese da muerte incluso a la muerte, pues dice: “¿Fue esto la vida? ¡Bien! ¡Una vez más!”

    Pero en tal sentencia hay mucho juego resonante. El que tenga oídos, que oiga. —

    [2]

    “¡Alto, enano! —dije yo—. ¡Yo! ¡O tú! Pero yo soy el más fuerte de nosotros dos —: ¡tú no conoces mi pensamiento abismal! Ese — no podrías soportarlo.” —

    Entonces ocurrió lo que me hizo más ligero: pues el enano saltó de mi hombro, ¡el curioso! Y se puso en cuclillas sobre una piedra ante mí. Pero allí, precisamente donde nos detuvimos, había un portal.

    “¡Mira este portal, enano! —seguí hablando—. Tiene dos rostros. Dos caminos se juntan aquí: nadie los ha recorrido aún hasta el final. Esta larga calleja hacia atrás: dura una eternidad. Y aquella larga calleja hacia delante — esa es otra eternidad. Se contradicen, estos caminos; se chocan justamente de frente: — y aquí, en este portal, es donde se juntan. El nombre del portal está escrito arriba: “Instante”. Pero el que siguiera uno de ellos más allá — y siempre más allá y siempre más lejos: ¿crees tú, enano, que estos caminos se contradicen eternamente?” —

    “Todo lo recto miente —murmuró despreciativamente el enano—. Toda verdad es torcida; el tiempo mismo es un círculo.”

    “¡Tú, espíritu de la gravedad! —dije airado—, ¡no te lo pongas demasiado fácil! O te dejo acuclillado donde te acuclillas, pie cojo, — ¡y yo te llevé a lo alto!

    ¡Mira —seguí hablando— este instante! Desde este portal, Instante, corre hacia atrás una larga calleja eterna: detrás de nosotros yace una eternidad. ¿No debe todo aquello que, de entre todas las cosas, puede correr, haber corrido ya una vez por esta calleja? ¿No debe todo aquello que, de entre todas las cosas, puede suceder, haber sucedido ya una vez, haber sido hecho, haber pasado? Y si todo ha estado ya ahí: ¿qué piensas tú, enano, de este Instante? ¿No debe también este portal haber — estado ya ahí? ¿Y no están de tal manera firmemente anudadas todas las cosas que este Instante arrastra tras de sí todas las cosas venideras? Así pues — — ¿también a sí mismo? Pues todo aquello que, de entre todas las cosas, puede correr: también por esta larga calleja hacia delante — debe correr aún una vez más. —

    Y esta lenta araña, que se arrastra a la luz de la luna, y esta misma luz de luna, y yo y tú en el portal, susurrando juntos, susurrando de cosas eternas — ¿no debemos todos haber estado ya ahí? — y volver y correr por aquella otra calleja, hacia fuera, delante de nosotros, por esta larga, pavorosa calleja — ¿no debemos volver eternamente?” —

    Así hablé, y cada vez más quedo: pues temía mis propios pensamientos y los pensamientos detrás de mis pensamientos. Entonces, de pronto, oí a un perro aullar cerca. ¿Había oído yo jamás a un perro aullar así? Mi pensamiento corrió hacia atrás. ¡Sí! Cuando era niño, en la más remota infancia: — entonces oí a un perro aullar así. Y también lo vi, erizado, con la cabeza hacia arriba, temblando, en la más callada medianoche, cuando hasta los perros creen en fantasmas: — de modo que me movió a compasión. En efecto, justo entonces pasaba la luna llena, muda como la muerte, por encima de la casa; justo entonces permanecía quieta, una brasa redonda, — quieta sobre el tejado plano, como sobre propiedad ajena: — por eso se espantó entonces el perro: pues los perros creen en ladrones y en fantasmas. Y cuando volví a oír aullar así, me movió a compasión una vez más.

    ¿Adónde había ido ahora el enano? ¿Y el portal? ¿Y la araña? ¿Y todo el susurrar? ¿Soñaba acaso? ¿Me desperté?

    Entre peñascos salvajes estaba yo de pronto, solo, desolado, en la más desolada luz de luna. ¡Pero allí yacía un hombre! ¡Y allí! El perro, saltando, erizado, gimiendo, — ahora me veía llegar — entonces aulló de nuevo, entonces gritó: — ¿había oído yo jamás a un perro gritar así pidiendo auxilio? Y, en verdad, lo que vi, nada igual había visto nunca. Vi a un joven pastor, retorciéndose, ahogándose, convulso, con el rostro desencajado, al que una serpiente negra y pesada le colgaba de la boca. ¿Había visto yo jamás tanta náusea y pálido espanto en un solo rostro? ¿Se habría dormido? Entonces se le arrastró la serpiente en las fauces — entonces se clavó allí mordiendo. Mi mano tiró de la serpiente y tiró: — ¡en vano! No arrancó la serpiente de las fauces. Entonces gritó desde mí: “¡Muerde! ¡Muerde! ¡La cabeza fuera! ¡Muerde!” — así gritó desde mí, mi horror, mi odio, mi náusea, mi compasión, todo mi bien y mi mal gritó desde mí con un solo grito. —

    ¡Vosotros, osados en torno a mí! ¡Vosotros, buscadores, tentadores, y quien de vosotros se embarcó con astutas velas en mares inexplorados! ¡Vosotros, alegres de enigmas! Adivinadme, pues, el enigma que entonces contemplé, interpretadme, pues, la visión del más solitario. Pues fue una visión y un prever: — ¿qué vi entonces en parábola? ¿Y quién es el que un día aún debe venir? ¿Quién es el pastor al que así se le arrastró la serpiente a las fauces? ¿Quién es el hombre al que así todo lo más pesado, lo más negro, se le arrastrará a las fauces?

    Pero el pastor mordió, como mi grito le aconsejaba; ¡mordió con buen mordisco! Escupió lejos la cabeza de la serpiente: — y saltó hacia arriba. — ¡Ya no pastor, ya no hombre: — un transformado, un circundado de luz, que reía! ¡Nunca todavía en la tierra rió jamás un hombre como él reía! Oh, hermanos míos, oí una risa que no era risa de hombre, — — y ahora me roe una sed, un anhelo que nunca se aquieta. Mi anhelo por esta risa me roe: ¡oh, cómo soporto aún vivir! ¡Y cómo soportaría ahora morir! —

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli–Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 3.1. EL CAMINANTE

    A medianoche fue cuando Zaratustra tomó su camino por el lomo de la isla, para llegar con la mañana temprana a la otra orilla: pues allí quería embarcar. Había, en efecto, en aquel lugar una buena rada, donde también barcos extranjeros gustaban de echar el ancla; estos tomaban consigo a más de uno que quería cruzar el mar desde las islas bienaventuradas.

    Cuando entonces Zaratustra subía así la montaña, pensaba por el camino en su mucho caminar solitario desde la juventud, y en cuántas montañas, lomos y cumbres había ya ascendido.

    Soy un caminante y un escalador de montañas, dijo a su corazón; no amo las llanuras y, por lo visto, no puedo permanecer mucho tiempo sentado en quietud. Y lo que aún me llegue como destino y vivencia, — habrá en ello un caminar y un escalar montañas: uno acaba por no experimentar ya más que a sí mismo. Ha pasado el tiempo en que aún podían salirme al encuentro azares; ¿y qué podría aún caer hacia mí que no fuese ya mío propio? Solo retorna, al fin vuelve a casa, mi propio sí-mismo, y lo que de él estuvo largo tiempo en tierra extraña y disperso entre todas las cosas y azares. Y una cosa más sé: ahora estoy ante mi última cumbre y ante aquello que más tiempo me había estado reservado. ¡Ay, mi camino más duro debo subir! ¡Ay, he comenzado mi caminata más solitaria! Pero quien es de mi especie no escapa a una hora semejante: la hora que le dice:

    “Solo ahora recorres tu camino de grandeza. Cumbre y abismo — están ahora reunidos en uno.

    Recorres tu camino de grandeza: ahora se ha convertido en tu último refugio lo que hasta ahora se llamaba tu último peligro.

    Recorres tu camino de grandeza: ese debe ser ahora tu mejor valor, que tras de ti ya no hay camino alguno.

    Recorres tu camino de grandeza: aquí no debe seguirte nadie a hurtadillas. Tu propio pie borró el camino tras de ti, y sobre él está escrito: Imposibilidad.

    Y si de ahora en adelante te faltan todas las escaleras, debes saber subir aún sobre tu propia cabeza: ¿cómo, si no, querrías ascender? ¡Sobre tu propia cabeza y lejos, más allá de tu propio corazón! Ahora lo más suave en ti debe todavía convertirse en lo más duro. El que siempre ha tenido muchos miramientos consigo mismo, enferma al final por sus muchos miramientos. ¡Alabado sea lo que endurece! Yo no alabo la tierra donde fluye mantequilla y miel.

    Es necesario aprender a apartar la mirada de uno mismo para ver mucho: esta dureza le es necesaria a todo escalador de montañas.

    Pero quien, como conocedor, es impertinente con los ojos, ¿cómo habría de ver de todas las cosas más que sus primeros planos? Pero tú, oh Zaratustra, quisiste contemplar de todas las cosas fundamento y trasfondo: así debes ya subir por encima de ti mismo, — arriba, hacia lo alto, hasta tener también tus estrellas por debajo de ti.

    ¡Sí! Mirar hacia abajo sobre mí mismo y aun sobre mis estrellas: solo eso se llamaría para mí mi cumbre; eso me quedaba todavía como mi última cumbre. —”

    Así habló Zaratustra consigo mismo mientras subía, consolando su corazón con duras sentencillas: pues estaba herido de corazón como nunca antes. Y cuando llegó a lo alto del lomo de la montaña, mira, allí yacía el otro mar extendido ante él; y se detuvo y guardó silencio largo rato. Pero la noche era fría en aquella altura, y clara, y cuajada de estrellas.

    Reconozco mi destino, dijo finalmente con tristeza. ¡Bien! Estoy preparado. Acaba de comenzar mi última soledad.

    ¡Ay, este negro, triste mar debajo de mí! ¡Ay, esta preñada desazón nocturna! ¡Ay, destino y mar! ¡Hacia vosotros debo ahora descender! Estoy ante mi montaña más alta y ante mi caminata más larga: por eso debo primero descender más hondo de lo que jamás descendí: — más hondo en el dolor de lo que jamás descendí, hasta dentro de su marea más negra. Así lo quiere mi destino: ¡Bien! Estoy preparado.

    ¿De dónde vienen las montañas más altas? Así pregunté una vez. Entonces aprendí que vienen del mar. Este testimonio está escrito en su roca y en las paredes de sus cumbres. Desde lo más profundo debe lo más alto llegar a su altura. —

    Así habló Zaratustra en la cima de la montaña, donde hacía frío; pero cuando llegó a la proximidad del mar y al fin estuvo solo bajo los acantilados, se había cansado por el camino y estaba más anhelante que nunca antes.

    Ahora todo duerme todavía, dijo; también el mar duerme. Ebrio de sueño y extraño mira su ojo hacia mí. Pero respira cálido, eso lo siento. Y también siento que sueña. Se retuerce, soñando, sobre duras almohadas. ¡Escucha! ¡Escucha! ¡Cómo gime por malos recuerdos! ¿O por malos presentimientos? Ay, estoy triste contigo, tú, oscuro monstruo, y aún me guardo rencor a mí mismo por tu causa. ¡Ay, que mi mano no tenga fuerza suficiente! De buena gana, en verdad, querría redimirte de malos sueños. —

    Y mientras Zaratustra hablaba así, rió con melancolía y amargura de sí mismo. “¡Cómo! ¡Zaratustra!, dijo, ¿quieres cantarle todavía consuelo al mar? Ay, tú, necio lleno de amor, Zaratustra, tú, sobrebienaventurado por la confianza. Pero así has sido siempre: siempre te acercaste confiadamente a todo lo terrible. A cada monstruo querías todavía acariciar. Un soplo de aliento cálido, un poco de pelambre suave en la pata —: y al punto estabas dispuesto a amarlo y atraerlo.

    El amor es el peligro del más solitario, el amor a todo, con tal de que viva. ¡Es de risa, en verdad, mi necedad y mi modestia en el amor!” —

    Así habló Zaratustra y rió por segunda vez; pero entonces recordó a sus amigos abandonados —, y como si hubiera cometido una falta contra ellos con sus pensamientos, se airó consigo mismo por sus pensamientos. Y enseguida ocurrió que el que reía lloró: — de ira y anhelo lloró Zaratustra amargamente.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 2.22. LA HORA MÁS SILENCIOSA

    ¿Qué me ha sucedido, amigos míos? Me veis turbado, arrastrado lejos, obediente a mi pesar, dispuesto a partir —ay, a partir lejos de vosotros. Sí, una vez más debe Zaratustra ir a su soledad; pero esta vez vuelve el oso a su cueva de mala gana. ¿Qué me ha sucedido? ¿Quién ordena esto? — Ay, mi airada señora así lo quiere, ella me habló: ¿os he dicho alguna vez su nombre? Ayer, hacia la tarde, me habló mi hora más silenciosa: ese es el nombre de mi terrible señora. Y así sucedió —pues debo deciros todo, para que vuestro corazón no se endurezca contra el que parte de pronto.

    ¿Conocéis el espanto del que cae dormido? — Hasta los dedos de los pies se espanta, por el hecho de que el suelo le cede y comienza el sueño. Esto os lo digo a modo de parábola. Ayer, a la hora más silenciosa, el suelo cedió bajo mí: comenzó el sueño. La manecilla avanzó, el reloj de mi vida tomó aliento —, nunca oí tal silencio en torno a mí: de modo que mi corazón se espantó.

    Entonces me habló sin voz: “¿Lo sabes, Zaratustra?” — Y yo grité de espanto ante este susurro, y la sangre se retiró de mi rostro: pero callé.

    Entonces volvió a hablarme sin voz: “¡Lo sabes, Zaratustra, pero no lo dices!” — Y por fin respondí como un desafiante: “¡Sí, lo sé, pero no quiero decirlo!”

    Entonces volvió a hablarme sin voz: “¿No quieres, Zaratustra? ¿Es eso realmente verdad? ¡No te escondas en tu obstinación!” — Y lloré y temblé como un niño y dije: “Ay, sí querría, pero ¿cómo puedo? ¡Dispénsame solo esto! ¡Está por encima de mis fuerzas!”

    Entonces volvió a hablarme sin voz: “¿Qué importas tú, Zaratustra? ¡Di tu palabra y hazte pedazos!” —

    Y yo respondí: “Ay, ¿es mi palabra? ¿Quién soy yo? Espero a uno más digno; no soy digno ni siquiera de hacerme pedazos contra ella.”

    Entonces volvió a hablarme sin voz: “¿Qué importas tú? Aún no eres lo bastante humilde para mí. La humildad tiene la piel más dura.” — Y yo respondí: “¡Qué no ha soportado ya la piel de mi humildad! Moro al pie de mi altura: ¿cuán altas son mis cumbres? Nadie me lo dijo aún. Pero conozco bien mis valles.”

    Entonces volvió a hablarme sin voz: “Oh Zaratustra, quien tiene que mover montañas, mueve también valles y tierras bajas.” — Y yo respondí: “Aún no movió mi palabra montañas, y lo que dije no alcanzó a los hombres. Fui, sí, hacia los hombres, pero aún no llegué hasta ellos.”

    Entonces volvió a hablarme sin voz: “¿Qué sabes tú de eso? El rocío cae sobre la hierba cuando la noche es más sigilosa.” — Y yo respondí: “Se burlaron de mí cuando hallé mi propio camino y lo recorrí; y en verdad, temblaron entonces mis pies. Y me hablaron así: ‘Desaprendiste el camino, ahora desaprendes también a andar.’”

    Entonces volvió a hablarme sin voz: “¿Qué importa su burla? Tú eres uno que ha desaprendido a obedecer: ahora debes mandar. ¿No sabes quién hace más falta a todos? Aquel que manda grandes cosas. Realizar grandes cosas es difícil: pero más difícil es mandar grandes cosas. Esto es en ti lo más imperdonable: tienes el poder, y no quieres gobernar.” — Y yo respondí: “Me falta la voz del león para mandar.”

    Entonces volvió a hablarme como un susurro: “Las palabras más silenciosas son las que traen la tempestad. Los pensamientos que vienen con pies de paloma dirigen el mundo. Oh Zaratustra, has de ir como una sombra de lo que tiene que venir: así mandarás y, mandando, irás delante.” — Y yo respondí: “Me avergüenzo.”

    Entonces volvió a hablarme sin voz: “Debes aún hacerte niño y quedar libre de vergüenza. Aún está sobre ti el orgullo de la juventud, tarde te volviste joven: pero quien quiere hacerse niño debe también superar todavía su juventud.” — Y medité largo tiempo y temblé. Pero por fin dije lo que había dicho al principio: “No quiero.”

    Entonces estalló una risa a mi alrededor. ¡Ay, cómo esa risa me desgarró las entrañas y me abrió el corazón de un tajo! Y me habló por última vez: “Oh Zaratustra, tus frutos están maduros, pero tú no estás maduro para tus frutos. Así debes volver a la soledad: pues aún has de ablandarte.” — Y volvió a reír y huyó: luego se hizo silencio a mi alrededor, como con un doble silencio. Pero yo yacía en el suelo, y el sudor me manaba de los miembros.

    Ahora lo habéis oído todo, y por qué debo volver a mi soledad. Nada os he callado, amigos míos. Pero también esto habéis oído de mí: quién es todavía el más reservado de todos los hombres —y quiere serlo. ¡Ay, amigos míos! Aún tendría algo que deciros, aún tendría algo que daros. ¿Por qué no lo doy? ¿Soy, pues, avaro?” —

    Cuando Zaratustra hubo pronunciado estas palabras, lo asaltó la violencia del dolor y la inminencia de la despedida de sus amigos, de modo que lloró en voz alta; y nadie supo consolarlo. Pero por la noche se marchó solo y dejó a sus amigos.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 2.21. DE LA PRUDENCIA HUMANA

    No la altura: ¡la pendiente es lo terrible! La pendiente, donde la mirada se precipita hacia abajo y la mano se ase hacia lo alto. Allí le da vértigo al corazón ante su doble voluntad. ¡Ay, amigos! ¿Adivináis acaso también la doble voluntad de mi corazón?

    Esto, esto es mi pendiente y mi peligro: que mi mirada se precipita hacia la altura y que mi mano quisiera sostenerse y apoyarse —¡en lo profundo! Al hombre se aferra mi voluntad, con cadenas me ato al hombre, porque algo me arrastra hacia lo alto, hacia el superhombre: pues hacia allí quiere mi otra voluntad. Y para ello vivo ciego entre los hombres, como si no los conociera: para que mi mano no pierda del todo su fe en lo firme.

    No os conozco, hombres: esta oscuridad y este consuelo se extienden a menudo en torno a mí. Me siento en el umbral para cualquier pícaro y pregunto: ¿quién quiere engañarme? Esa es mi primera prudencia humana: que me dejo engañar para no estar en guardia contra los embaucadores. ¡Ay, si estuviera en guardia contra el hombre: cómo podría ser el hombre un ancla para mi globo! ¡Demasiado fácilmente algo me arrebataría hacia lo alto y lejos! Esta providencia está sobre mi destino: que debo estar sin cautela.

    Y el que no quiera morir de sed entre los hombres debe aprender a beber de todos los vasos; y el que quiera permanecer limpio entre los hombres debe saber lavarse también con agua sucia. Y así me decía a menudo para consolarme: “¡Ea! ¡Arriba! ¡Viejo corazón! Una desdicha te salió mal: disfruta esto como tu — ¡dicha!”

    Pero esta es mi otra prudencia humana: tengo más miramiento con los vanidosos que con los orgullosos. ¿No es la vanidad herida la madre de todas las tragedias? Pero donde se hiere el orgullo, allí crece acaso algo aún mejor que el orgullo.

    Para que la vida sea grata de contemplar, su juego debe estar bien jugado: para ello hacen falta buenos actores. A todos los vanidosos los encontré buenos actores: actúan y quieren que se los contemple de buen grado, — todo su espíritu está en este querer. Se ponen en escena, se inventan a sí mismos; en su cercanía amo contemplar la vida, — eso cura de la melancolía. Por eso tengo miramiento con los vanidosos, porque son médicos de mi melancolía y me mantienen aferrado al hombre como a un espectáculo.

    Y además: ¿quién puede medir en el vanidoso toda la profundidad de su modestia? Le tengo afecto y compasión por su modestia. De vosotros quiere aprender su fe en sí mismo; se nutre de vuestras miradas, devora el elogio de vuestras manos. Incluso cree vuestras mentiras, si mentís en bien suyo: pues en lo más profundo suspira su corazón: “¿qué soy yo?” Y si esa es la verdadera virtud, la que nada sabe de sí misma: pues bien, ¡el vanidoso nada sabe de su modestia! —

    Pero esta es mi tercera prudencia humana: que no dejo que vuestra pusilanimidad me eche a perder la contemplación de los malvados. Soy bienaventurado al ver las maravillas que incuba el sol ardiente: tigres y palmeras y serpientes de cascabel. También entre los hombres hay hermosa prole del sol ardiente y mucho digno de maravilla en los malvados.

    Ciertamente, así como vuestros más sabios no me parecieron del todo tan sabios, así también encontré la maldad de los hombres por debajo de su fama. Y a menudo, meneando la cabeza, preguntaba: ¿por qué aún hacer sonar el cascabel, vosotras, serpientes de cascabel?

    En verdad, también para el mal hay aún un futuro. Y el sur más ardiente no está aún descubierto para el hombre. ¡Cuántas cosas se llaman ya la peor maldad que sin embargo no tienen más que doce pies de ancho y tres meses de largo! Pero un día vendrán al mundo dragones más grandes. Porque, para que al superhombre no le falte su dragón, el superdragón que es digno de él: para eso aún ha de arder mucho sol ardiente sobre húmeda selva primigenia. De vuestros gatos salvajes han de hacerse primero tigres, y de vuestros sapos venenosos, cocodrilos: ¡pues el buen cazador ha de tener buena caza!

    ¡Y en verdad, vosotros, buenos y justos! En vosotros hay mucho de qué reír, y en especial vuestro miedo a lo que hasta ahora se llamó “diablo”. Tan ajenos sois en vuestra alma a lo grande que el superhombre os resultaría terrible en su bondad. Y vosotros, sabios y conocedores, huiríais del ardor solar de la sabiduría en el que el superhombre baña con placer su desnudez. ¡Vosotros, hombres supremos con quienes se encontró mi ojo! Esta es mi duda acerca de vosotros y mi risa secreta: adivino que llamaríais a mi superhombre —¡diablo!

    ¡Ay, me cansé de estos supremos y mejores: desde su “altura” me entró anhelo de subir, salir, alejarme hacia el superhombre! Un horror me asaltó cuando vi desnudos a estos mejores: entonces me crecieron alas para flotar lejos hacia futuros remotos. Hacia futuros más remotos, hacia sures más meridionales que cuantos soñó jamás artífice alguno: allí donde los dioses se avergüenzan de todas las ropas. Pero disfrazados quiero veros, vosotros, prójimos y semejantes, y bien acicalados, y vanidosos, y dignos, como “los buenos y justos”, — y disfrazado quiero yo mismo sentarme entre vosotros, — para desconoceros a vosotros y a mí: esta es, en efecto, mi última prudencia humana.

    Así habló Zaratustra.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 2.20. DE LA REDENCIÓN

    Cuando Zaratustra cruzaba un día el gran puente, lo rodearon los tullidos y mendigos, y un jorobado le habló así: “¡Mira, Zaratustra! También el pueblo aprende de ti y va cobrando fe en tu enseñanza; pero para que crea en ti por completo, hace falta aún una cosa: todavía debes convencernos primero a nosotros, los tullidos. Aquí tienes ahora una bonita selección y, en verdad, una ocasión con más de un mechón por donde cogerla. Puedes curar a los ciegos y hacer andar a los cojos; y al que lleva demasiado a cuestas, bien podrías quitarle también un poco: eso, pienso yo, sería la manera correcta de hacer que los tullidos crean en Zaratustra.”

    Pero Zaratustra respondió así al que hablaba: “Si al jorobado se le quita su joroba, se le quita también su espíritu —así enseña el pueblo. Y si al ciego se le dan sus ojos, ve entonces demasiadas cosas malas sobre la tierra: de modo que maldice a quien lo curó. Pero quien hace andar al cojo, ese le causa el mayor daño: pues apenas puede andar, sus vicios se desbocan con él —así enseña el pueblo sobre los tullidos. ¿Y por qué no habría de aprender también Zaratustra del pueblo, si el pueblo aprende de Zaratustra?

    “Pero esto es para mí lo de menos desde que estoy entre los hombres: ver que a este le falta un ojo y a aquel una oreja y a un tercero la pierna; y otros hay que han perdido la lengua o la nariz o la cabeza. Veo y he visto cosas peores, y muchas tan repugnantes que no quisiera hablar de todo, y sobre algunas ni siquiera quisiera callar: a saber, hombres a los que les falta todo, salvo que una sola cosa la tienen de más —hombres que no son más que un gran ojo, o unas grandes fauces, o un gran vientre, o alguna otra cosa grande: a esos los llamo tullidos inversos.

    “Y cuando salí de mi soledad y crucé por primera vez este puente, no podía dar crédito a mis ojos, y miré, y volví a mirar, y al fin dije: ‘¡Eso es una oreja! ¡Una oreja tan grande como un hombre!’ Miré aún con más atención: y realmente, debajo de la oreja se movía todavía algo pequeño hasta dar compasión, pobre y enclenque. Y en verdad, aquella oreja monstruosa estaba asentada sobre un pequeño tallo delgado —pero el tallo era un hombre. Quien se ponía una lente ante el ojo podía incluso distinguir todavía un pequeño semblante envidioso; también que una almita abotargada colgaba del tallo. Pero el pueblo me decía que la gran oreja no solo era un hombre, sino un gran hombre, un genio. Pero yo nunca creí al pueblo cuando hablaba de grandes hombres —y mantuve mi convicción de que era un tullido inverso, que de todo tenía demasiado poco y de una sola cosa, demasiado.”

    Cuando Zaratustra hubo hablado así al jorobado y a aquellos de quienes este era portavoz y defensor, se volvió con profundo disgusto hacia sus discípulos y dijo: “En verdad, amigos míos, camino entre los hombres como entre fragmentos y miembros de hombres. Esto es para mi ojo lo espantoso: que encuentro al hombre hecho pedazos y disperso como sobre un campo de batalla y de carnicería. Y si mi ojo huye del ahora al antaño, encuentra siempre lo mismo: fragmentos y miembros y horrendos azares —pero no hombres.

    “El ahora y el antaño sobre la tierra —¡ay, amigos míos!— eso es lo más intolerable para mí; y no sabría vivir, si no fuera todavía un vidente de lo que tiene que venir. Un vidente, uno que quiere, uno que crea, un futuro él mismo y un puente hacia el futuro —y ay, también, por así decir, un tullido en este puente: todo eso es Zaratustra.

    “Y también vosotros os preguntasteis a menudo: ‘¿Quién es para nosotros Zaratustra? ¿Cómo ha de llamarse para nosotros?’ Y, al igual que yo mismo, os disteis preguntas por respuesta. ¿Es uno que promete? ¿O uno que cumple? ¿Uno que conquista? ¿O uno que hereda? ¿Un otoño? ¿O una reja de arado? ¿Un médico? ¿O un convaleciente? ¿Es un poeta? ¿O uno veraz? ¿Un libertador? ¿O un domador? ¿Un bueno? ¿O un malo?

    “Camino entre los hombres como entre los fragmentos del futuro: ese futuro que contemplo. Y ese es todo mi poetizar y porfiar: que yo poetice en unidad y reúna lo que es fragmento y enigma y horrendo azar. ¿Y cómo soportaría yo ser hombre, si el hombre no fuera también poeta y descifrador de enigmas y redentor del azar?

    “Redimir a los que vivieron en el pasado y recrear todo ‘fue’ en un ‘¡así lo quise yo!’ —a eso solo llamaría yo redención. Voluntad —así se llama el libertador y portador de alegría: así os enseñé, amigos míos. Y ahora aprended también esto: la voluntad misma está todavía prisionera. Querer libera: ¿pero cómo se llama aquello que encadena incluso al libertador? ‘Fue’: así se llama el rechinar de dientes y la más solitaria pesadumbre de la voluntad. Impotente contra lo hecho, es un maligno espectador de todo lo pasado. No puede la voluntad querer hacia atrás; que no pueda quebrar el tiempo ni el anhelo del tiempo —eso es la más solitaria pesadumbre de la voluntad.

    “Querer libera: ¿qué se inventa el querer mismo para quedar libre de su pesadumbre y burlarse de su mazmorra? Ay, todo prisionero se vuelve un necio; neciamente se redime también la voluntad prisionera. Que el tiempo no corra hacia atrás, ese es su rencor; ‘lo que fue’ —así se llama la piedra que no puede hacer rodar. Y así hace rodar piedras por rencor y disgusto, y se venga de aquello que no siente, como él, rencor y disgusto. Así la voluntad, la libertadora, se volvió hacedora de daño: y de todo lo que puede sufrir toma venganza por no poder volver atrás. ‘Esto, sí, solo esto es la venganza misma: la aversión de la voluntad contra el tiempo y su ‘fue’.’

    “En verdad, una gran necedad mora en nuestra voluntad; y en una maldición se convirtió para todo lo humano que esta necedad aprendiese espíritu.

    “El espíritu de la venganza: amigos míos, eso ha sido hasta ahora la mejor reflexión de los hombres; y donde había sufrimiento, allí debía haber siempre castigo.

    “‘Castigo’, en efecto, así se llama a sí misma la propia venganza: con una palabra mentirosa se finge una buena conciencia.

    “Y porque en el propio que quiere hay sufrimiento, por no poder querer hacia atrás, así el querer mismo y toda vida debían ser castigo. Y entonces rodó nube tras nube sobre el espíritu: hasta que finalmente la locura predicó: ‘Todo perece; por eso todo merece perecer.’ ‘Y esto es la justicia misma, aquella ley del tiempo: que debe devorar a sus hijos’: así predicó la locura.

    “‘Moralmente están ordenadas las cosas conforme a derecho y castigo. Oh, ¿dónde está la redención del flujo de las cosas y del castigo ‘existencia’?’ Así predicó la locura.

    “‘¿Puede haber redención, si hay un derecho eterno? Ay, inamovible es la piedra ‘fue’: eternos deben ser también todos los castigos.’ Así predicó la locura.

    “‘Ningún acto puede ser aniquilado: ¿cómo podría ser deshecho mediante el castigo? Esto, esto es lo eterno en el castigo ‘existencia’: que la existencia también deba ser eternamente de nuevo acto y culpa. Salvo que la voluntad finalmente se redimiera a sí misma y querer se volviera no-querer—’: pero conocéis, hermanos míos, este canto fabuloso de la locura.

    “Os conduje lejos de estos cantos fabulosos cuando os enseñé: ‘La voluntad es creadora.’ Todo ‘fue’ es un fragmento, un enigma, un horrendo azar —hasta que la voluntad creadora le dice: ‘¡Pero así lo quise yo!’ Hasta que la voluntad creadora le dice: ‘¡Pero así lo quiero! ¡Así lo querré!’

    “¿Pero habló ya así? ¿Y cuándo acontece esto? ¿Está la voluntad ya desenjaezada de su propia necedad? ¿Se convirtió ya la voluntad para sí misma en redentora y portadora de alegría? ¿Desaprendió el espíritu de la venganza y todo rechinar de dientes? ¿Y quién le enseñó reconciliación con el tiempo, y algo más alto que toda reconciliación? Algo más alto que toda reconciliación debe querer la voluntad que es voluntad de poder: ¿pero cómo le acontece eso? ¿Quién le enseñó también a querer hacia atrás?”

    Pero en este punto de su discurso ocurrió que Zaratustra se detuvo de repente y se asemejó por completo a alguien que se espanta en grado extremo. Con ojo espantado miró a sus discípulos; su ojo atravesó como con flechas sus pensamientos y los pensamientos detrás de sus pensamientos. Pero al cabo de un momento volvió ya a reír y dijo en tono apaciguador: “Es difícil vivir con los hombres, porque callar es tan difícil. Especialmente para un parlanchín”.

    Así habló Zaratustra.

    Pero el jorobado había escuchado la conversación y, mientras tanto, se había cubierto el rostro; pero cuando oyó reír a Zaratustra, levantó la vista con curiosidad y dijo lentamente: “¿Pero por qué habla Zaratustra de modo distinto a nosotros que a sus discípulos?”

    Zaratustra respondió: “¿Qué hay ahí de asombroso? Con jorobados bien se puede ya hablar en jorobado.”

    “Bien —dijo el jorobado—; y con escolares bien se puede ya charlar fuera de la escuela. ¿Pero por qué habla Zaratustra de modo distinto a sus escolares que a sí mismo?”

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 2.19. EL ADIVINO

    «—Y vi una gran tristeza venir sobre los hombres. Los mejores se cansaron de sus obras. Una doctrina se difundió, una fe corrió junto a ella: «¡Todo está vacío, todo es igual, todo ha sido!». Y desde todas las colinas resonaba: «¡Todo está vacío, todo es igual, todo ha sido!». Ciertamente, hemos cosechado: pero ¿por qué se nos pudrieron y se nos pusieron pardos todos los frutos? ¿Qué cayó de la luna funesta en la última noche? En vano fue todo trabajo, veneno se volvió nuestro vino, una mala mirada abrasó nuestros campos y nuestros corazones hasta amarillearlos. Secos nos volvimos todos; y si el fuego cae sobre nosotros, nos dispersamos como ceniza: sí, al propio fuego lo hemos cansado. Todos los manantiales se nos secaron, también el mar retrocedió. Todo suelo quiere resquebrajarse, pero la profundidad no quiere tragar. «Ay, ¿dónde queda aún un mar en que poder ahogarse?»: así resuena nuestro lamento —lejos, por encima de pantanos poco profundos. En verdad, para morir nos hemos vuelto ya demasiado cansados; ahora velamos todavía y seguimos viviendo —¡en cámaras sepulcrales!—»

    Así oyó Zaratustra hablar a un adivino; y su profecía le llegó al corazón y lo transformó. Triste iba de un lado a otro, y cansado; y se volvió semejante a aquellos de quienes había hablado el adivino.

    «En verdad —dijo a sus discípulos—, falta poco, y llegará este largo crepúsculo. Ay, ¿cómo he de salvar mi luz al otro lado? ¡Que no se me ahogue en esta tristeza! Ha de ser luz para mundos más lejanos, sí, y aun para las noches más remotas».

    De tal modo, afligido en su corazón, fue Zaratustra de un lado a otro; y durante tres días no tomó ni bebida ni alimento, no tuvo reposo y perdió el habla. Finalmente ocurrió que cayó en un profundo sueño. Pero sus discípulos estaban sentados a su alrededor en largas vigilias nocturnas, y aguardaban con preocupación a ver si despertaba y hablaba de nuevo y sanaba de su aflicción.

    Pero este es el discurso que Zaratustra pronunció cuando despertó; su voz, sin embargo, llegó a sus discípulos como desde una gran lejanía.

    «Escuchadme, pues, el sueño que soñé, amigos, y ayudadme a adivinar su sentido. Todavía es para mí un enigma, este sueño; su sentido está oculto en él y aprisionado, y aún no vuela sobre él con alas libres.

    Había renunciado a toda vida, así soñé. Me había convertido en vigía nocturno y guardián de tumbas, allá en la solitaria fortaleza de montaña de la muerte. Allí arriba guardaba sus ataúdes: repletas estaban las bóvedas opresivas de tales signos de victoria. Desde ataúdes de cristal me miraba la vida vencida. Respiraba el olor de eternidades polvorientas: sofocante y polvorienta yacía mi alma. ¿Y quién habría podido allí airear su alma?

    Claridad de medianoche había siempre a mi alrededor; la soledad se agazapaba junto a ella; y, como tercera, estertorosa quietud de muerte, la peor de mis amigas. Llevaba llaves, las más herrumbrosas de todas las llaves; y sabía abrir con ellas el más chirriante de todos los portones. Como un graznido amargo y maligno corría el sonido por los largos corredores, cuando se alzaban las hojas del portón: siniestro gritaba ese pájaro, de mala gana quería ser despertado. Pero más espantoso aún, y más opresor para el corazón, era cuando callaba de nuevo y todo en torno quedaba en silencio, y yo estaba sentado solo en ese silencio traicionero.

    Así transcurría para mí, y se deslizaba, el tiempo, si es que aún había tiempo: ¡qué sé yo de ello! Pero finalmente ocurrió aquello que me despertó. Tres veces golpearon golpes en el portón, como truenos; las bóvedas resonaron y aullaron tres veces de nuevo: entonces fui al portón. «¡Alpa! —grité—, ¿quién lleva su ceniza a la montaña? ¡Alpa! ¡Alpa! ¿Quién lleva su ceniza a la montaña?». Y presioné la llave, y alcé el portón, y me esforcé. Pero aún no estaba abierto ni un dedo de ancho: entonces un viento rugiente desgarró sus hojas abriéndolas de par en par: silbando, chirriando y cortando, me arrojó un ataúd negro:

    Y entre el rugido, el silbido y el estridor, el ataúd estalló y escupió una risa mil veces multiplicada. Y desde mil máscaras de niños, ángeles, búhos, necios y mariposas grandes como niños, ello reía y se burlaba y bramaba contra mí. Me espanté horriblemente ante aquello: me derribó. Y grité de espanto como nunca había gritado. Pero mi propio grito me despertó: —y volví en mí.—»

    Así relató Zaratustra su sueño y luego calló: pues aún no conocía la interpretación de su sueño. Pero el discípulo al que más amaba se levantó rápidamente, tomó la mano de Zaratustra y dijo:

    «Tu propia vida nos interpreta este sueño, oh Zaratustra. ¿No eres tú mismo el viento de estridente silbido que abre de par en par los portones de las fortalezas de la muerte? ¿No eres tú mismo el ataúd lleno de malicias multicolores y máscaras de ángeles de la vida? En verdad, como risa de niños mil veces multiplicada llega Zaratustra a todas las cámaras sepulcrales, riéndose de esos vigías nocturnos y guardianes de tumbas, y de todo el que además hace sonar lúgubres llaves. Los espantarás y derribarás con tu risa; el desmayo y el despertar probarán tu poder sobre ellos. Y aun cuando venga el largo crepúsculo y el cansancio de muerte, no te pondrás en nuestro cielo, tú, intercesor de la vida. Nuevas estrellas nos hiciste ver y nuevas magnificencias nocturnas; en verdad, la risa misma tendiste como un pabellón multicolor sobre nosotros. Ahora manará siempre risa de niños desde los ataúdes; ahora vendrá siempre victorioso un viento fuerte contra todo cansancio de muerte: de eso eres tú mismo para nosotros garante y adivino. En verdad, a ellos mismos los soñaste, a tus enemigos: ese fue tu sueño más duro. Pero así como despertaste de ellos y volviste a ti, así han de despertar ellos mismos de sí —¡y venir a ti!».

    Así habló el discípulo; y todos los demás se apretaron ahora en torno a Zaratustra, y le tomaron las manos, y quisieron persuadirle de que dejase el lecho y la tristeza y volviese a ellos. Pero Zaratustra estaba sentado erguido en su lecho, y con mirada extraña. Como uno que regresa a casa desde una lejana tierra extraña, miró a sus discípulos y examinó sus rostros; y aún no los reconocía. Pero cuando lo alzaron y lo pusieron en pie, mira, entonces se transformó de repente su ojo; comprendió todo lo que había ocurrido, se acarició la barba y dijo con voz fuerte:

    «¡Ea! Esto tiene ahora su tiempo; pero cuidadme, discípulos míos, de que hagamos una buena comida, ¡y pronto! Así pienso hacer penitencia por malos sueños. Pero el adivino ha de comer y beber a mi lado: y en verdad, quiero aún mostrarle un mar en el que pueda ahogarse».

    Así habló Zaratustra. Pero después miró largo tiempo al rostro del discípulo que había hecho de intérprete del sueño, y al mismo tiempo sacudió la cabeza.—

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 2.18. DE LOS GRANDES ACONTECIMIENTOS

    Hay una isla en el mar —no lejos de las islas bienaventuradas de Zaratustra— en la que humea de continuo un volcán; de ella dice el pueblo, y en especial lo dicen las viejecitas del pueblo, que está colocada como un peñasco ante la puerta del inframundo; pero que a través del propio volcán desciende el estrecho camino que lleva a esa puerta del inframundo.

    Por aquel tiempo, cuando Zaratustra moraba en las islas bienaventuradas, ocurrió que un barco echó ancla en la isla sobre la que se alza el monte humeante, y su tripulación fue a tierra a cazar conejos. Pero hacia la hora del mediodía, cuando el capitán y su gente estaban de nuevo reunidos, vieron de pronto a un hombre venir hacia ellos por el aire, y una voz dijo claramente: “¡Es hora! ¡Ya es más que hora!” Pero cuando la figura estuvo ya muy cerca de ellos —y pasó volando velozmente junto a ellos como una sombra, en dirección a donde se hallaba el volcán—, reconocieron con la mayor consternación que era Zaratustra; pues todos lo habían visto ya antes, salvo el propio capitán, y lo amaban como ama el pueblo: de modo que estaban juntos en partes iguales amor y temor. “¡Mirad!, dijo el viejo timonel; ¡ahí va Zaratustra al infierno!”

    Por el mismo tiempo en que estos marineros tomaron tierra en la isla de fuego, corría el rumor por todas partes de que Zaratustra había desaparecido; y cuando se preguntó a sus amigos, contaron que se había embarcado de noche sin decir adónde quería viajar. Así surgió cierta inquietud; pero después de tres días se sumó a esta inquietud el relato de los marineros, y entonces todo el pueblo dijo que el diablo se había llevado a Zaratustra. Sus discípulos se reían, ciertamente, de esas habladurías; y uno de ellos dijo incluso: “Antes creería todavía que Zaratustra se ha traído al diablo”. Pero en el fondo de sus almas estaban todos llenos de preocupación y anhelo: así fue grande su alegría cuando, al quinto día, Zaratustra apareció entre ellos.

    Y este es el relato del diálogo de Zaratustra con el perro de fuego:

    “La tierra —dijo él— tiene una piel; y esta piel tiene enfermedades. Una de estas enfermedades se llama, por ejemplo, ‘hombre’. Y otra de estas enfermedades se llama ‘perro de fuego’: sobre él los hombres se han mentido muchas cosas y se han dejado mentir muchas cosas. Para desentrañar este secreto crucé el mar: y he visto la verdad desnuda, ¡en verdad!, descalza hasta el cuello. Ahora sé lo que hay detrás del perro de fuego; y lo mismo detrás de todos esos diablos de expulsión y subversión, a los que no solo temen las viejecitas.”

    “¡Fuera contigo, perro de fuego, fuera de tu hondura!, grité yo, y confiesa qué profunda es esa profundidad. ¿De dónde proviene eso que resoplas hacia arriba? Bebes abundantemente del mar: eso delata tu elocuencia muy salada. En verdad, para ser un perro de la hondura, tomas demasiado tu alimento de la superficie. Como mucho te tengo por el ventrílocuo de la tierra; y siempre que he oído hablar a diablos de subversión y expulsión, los he encontrado parecidos a ti: salados, mentirosos y superficiales. Entendéis de bramar y de oscurecer con ceniza. Sois los mejores bocazas y aprendisteis hasta la saciedad el arte de hacer hervir caliente el lodo. Donde vosotros estáis, ahí debe haber siempre lodo en la cercanía, y mucho de esponjoso, cavernoso, comprimido: eso quiere salir a la libertad. ‘Libertad’ bramáis todos con el mayor gusto: pero yo desaprendí la fe en ‘grandes acontecimientos’ en cuanto hay mucho bramido y humo en torno a ellos.”

    “Y créeme, amigo estruendo infernal: los más grandes acontecimientos no son nuestras horas más ruidosas, sino nuestras horas más silenciosas. No en torno a los inventores de nuevo ruido: en torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo; gira inaudible.”

    “¡Y confiésalo solo! Siempre había ocurrido bien poca cosa cuando se disipaban tu ruido y tu humo. ¿Qué importa que una ciudad se convirtiera en momia y una estatua yazca en el lodo? Y esta palabra digo aún a los que derriban estatuas: esta es ciertamente la mayor necedad, arrojar sal al mar y estatuas al lodo. En el lodo de vuestro desprecio yacía la estatua: pero esta es precisamente su ley, que de vuestro desprecio vuelvan a crecerle vida y belleza viviente. Con rasgos más divinos se alza ahora, seductora en su sufrimiento; y en verdad, todavía os dará las gracias por haberla derribado, vosotros, derribadores. Pero este consejo aconsejo yo a reyes e iglesias y a todo lo que es débil por edad y por virtud: ¡dejaos solo derribar! Para que volváis de nuevo a la vida, y vuelva a vosotros —¡la virtud!”

    Así hablé ante el perro de fuego: entonces me interrumpió hoscamente y preguntó: “¿Iglesia? ¿Qué es eso?”

    “¿Iglesia?, respondí yo, eso es una especie de Estado, y ciertamente la más embustera de todas. Pero cállate, tú, perro hipócrita. ¡Tú conoces ya sin duda tu especie mejor que nadie! Igual que tú mismo, el Estado es un perro hipócrita; igual que tú, le gusta hablar con humo y bramido —para hacer creer, igual que tú, que habla desde el vientre de las cosas. Pues quiere ser a toda costa el animal más importante sobre la tierra, el Estado; y también se le cree.”

    “Cuando hube dicho eso, el perro de fuego se agitó como enloquecido de envidia. ‘¿Cómo?, gritó él, ¿el animal más importante sobre la tierra? ¿Y también se le cree?’ Y tanto vapor y voces espantosas le salieron de la garganta, que pensé que se ahogaría de rabia y envidia.”

    “Por fin se fue calmando, y su jadeo cedió; pero tan pronto como quedó callado, dije riendo: ‘Te enfadas, perro de fuego: ¡así que tengo razón sobre ti! Y para que siga teniendo razón, escucha acerca de otro perro de fuego: ese sí habla realmente desde el corazón de la tierra. Oro exhala su aliento, y lluvia dorada: así lo quiere su corazón. ¡Qué son ya para él ceniza y humo y baba ardiente! La risa sale revoloteando de él como una nube multicolor; es hostil a tu gorgoteo, a tu escupir y al furor de tus entrañas. Pero el oro y la risa —eso lo toma del corazón de la tierra: pues, para que lo sepas, el corazón de la tierra es de oro.’”

    Cuando el perro de fuego oyó esto, ya no soportó seguir escuchándome. Avergonzado, recogió el rabo, dijo con voz apagada: “¡Guau! ¡Guau!”, y se arrastró hacia abajo, a su cueva.

    Así contó Zaratustra. Pero sus discípulos apenas le escuchaban: tan grande era su deseo de contarle lo de los marineros, los conejos y el hombre que volaba.

    “¡Qué he de pensar de esto! —dijo Zaratustra—. ¿Soy entonces un fantasma? Pero habrá sido mi sombra. ¿Habéis oído ya algo del caminante y su sombra? Pero esto es seguro: tengo que llevarla más corta, —si no, aún me arruinará la reputación.”

    Y una vez más sacudió Zaratustra la cabeza y se extrañó. “¡Qué he de pensar de esto!”, dijo una vez más. “¿Por qué gritó entonces el fantasma: ‘¡Es hora! ¡Ya es más que hora!’? ¿Para qué es entonces —más que hora?”

    Así habló Zaratustra.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 2.17. DE LOS POETAS

    «Desde que conozco mejor el cuerpo —dijo Zaratustra a uno de sus discípulos—, el espíritu no es para mí ya sino, por así decirlo, espíritu; y todo eso “imperecedero”: también eso es solo una parábola.»

    «Ya te oí decir eso una vez —respondió el discípulo—; y aquella vez añadiste: “pero los poetas mienten demasiado”. ¿Por qué dijiste, pues, que los poetas mienten demasiado?»

    «¿Por qué? —dijo Zaratustra—. ¿Preguntas por qué? Yo no pertenezco a aquellos a los que se puede preguntar por su porqué. ¿Es acaso mi vivencia de ayer? Hace mucho tiempo que viví las razones de mis opiniones. ¿No tendría que ser un barril de memoria, si quisiera tener también conmigo mis razones? Ya es demasiado para mí conservar mis opiniones mismas; y más de un pájaro echa a volar. Y a veces encuentro también un animal venido volando a mi palomar, que me es extraño y que tiembla cuando pongo mi mano sobre él. Pero ¿qué te dijo una vez Zaratustra? ¿Que los poetas mienten demasiado? — Pero también Zaratustra es un poeta. ¿Crees ahora que en esto decía la verdad? ¿Por qué crees eso?»

    El discípulo respondió: «Creo en Zaratustra». Pero Zaratustra sacudió la cabeza y sonrió.

    «La fe no me hace bienaventurado —dijo—, y menos aún la fe en mí. Pero suponiendo que alguien dijera con toda seriedad que los poetas mienten demasiado: tendría razón; nosotros mentimos demasiado. También sabemos demasiado poco y somos malos aprendices: así que tenemos que mentir. ¿Y quién de nosotros, los poetas, no ha adulterado su vino? Más de un brebaje venenoso se preparó en nuestros sótanos; más de una cosa indescriptible fue allí hecha. Y porque sabemos poco, nos gustan de corazón los pobres de espíritu, especialmente cuando son hembras jóvenes. E incluso codiciamos todavía las cosas que las hembras viejas se cuentan por la noche. A eso lo llamamos nosotros mismos lo eterno femenino en nosotros. Y como si hubiera un acceso secreto especial al saber, que se cerrara a aquellos que aprenden algo: así creemos en el pueblo y en su “sabiduría”.

    «Pero esto creen todos los poetas: que quien, yaciendo en la hierba o en laderas solitarias, aguza los oídos, llega a saber algo de las cosas que hay entre el cielo y la tierra. Y cuando les vienen tiernos movimientos, entonces los poetas piensan siempre que la naturaleza misma está enamorada de ellos, y que se desliza hasta su oído para decir en él secretos y halagos amorosos: de esto sacan pecho y se inflan ante todos los mortales.

    «Ay, hay tantas cosas entre el cielo y la tierra sobre las que solo los poetas han llegado a soñar algo.

    «Y especialmente sobre el cielo: porque todos los dioses son parábola de poetas, ardid de poetas. En verdad, siempre nos arrastra hacia lo alto —es decir, al reino de las nubes: sobre estas asentamos nuestros pellejos multicolores y los llamamos entonces dioses y superhombres: — pues son precisamente lo bastante ligeros para estas sillas — todos estos dioses y superhombres. Ay, qué cansado estoy de todo lo insuficiente que a toda costa quiere ser acontecimiento. Ay, qué cansado estoy de los poetas».

    Cuando Zaratustra habló así, su discípulo se indignó contra él, pero calló. Y también Zaratustra calló; y su ojo se había vuelto hacia dentro, como si mirara a vastas lejanías. Por fin suspiró y tomó aliento.

    «Soy de hoy y de antaño —dijo entonces—; pero algo hay en mí que es de mañana y de pasado mañana y de algún día. Me cansé de los poetas, de los antiguos y de los nuevos: superficiales son para mí todos ellos, y mares someros. No pensaron lo bastante hacia lo profundo: por eso su sentimiento no se hundió hasta los fondos. Algo de voluptuosidad y algo de aburrimiento: eso ha sido incluso su mejor meditación. Hálito de fantasmas y fugaz deslizarse de fantasmas me parece todo su tintineo de arpas; ¿qué han sabido hasta ahora del fervor de los tonos?

    «Tampoco son lo bastante limpios para mí: enturbian todos sus aguas para que parezcan profundas. Y con gusto se dan con ello por reconciliadores: pero mediadores y mezcladores siguen siendo para mí, medias tintas e impuros.

    «Ay, ciertamente eché mi red en sus mares y quise pescar buenos peces; pero siempre saqué a la superficie la cabeza de un viejo dios. Así el mar dio una piedra al hambriento. Y ellos mismos bien pueden provenir del mar. Ciertamente, se encuentran perlas en ellos: tanto más semejantes son ellos mismos a duros animales de concha. Y en lugar de alma encontré a menudo en ellos mucosidad salada.

    «Aprendieron del mar también su vanidad: ¿no es el mar el pavo real de los pavos reales? Aun ante el más feo de todos los búfalos despliega su cola, jamás se cansa de su abanico de encaje, plata y seda. Desafiante mira el búfalo todo eso, cercano a la arena en su alma, más cercano aún al matorral, pero lo más cercano de todo al pantano. ¿Qué son para él belleza y mar y ornato de pavo real? Esta parábola se la digo a los poetas. En verdad, su espíritu mismo es el pavo real de los pavos reales y un mar de vanidad. El espíritu del poeta quiere espectadores: ¡aunque sean búfalos!

    «Pero me cansé de este espíritu: y veo venir que él se cansará de sí mismo. He visto ya a los poetas transformados y con la mirada dirigida contra sí mismos. Vi venir penitentes del espíritu: surgían de ellos».

    Así habló Zaratustra.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 2.16. DE LOS ERUDITOS

    Cuando yacía dormido, una oveja comía de la corona de hiedra de mi cabeza — comía y decía además: “Zaratustra ya no es un erudito.” Dijo esto y se fue tiesa y orgullosa. Un niño me lo contó.

    Con gusto yago aquí, donde los niños juegan, junto al muro derrumbado, entre cardos y rojas amapolas. Todavía soy un erudito para los niños, y también para los cardos y las rojas amapolas. Inocentes son, aun en su malicia. Pero para las ovejas ya no lo soy: así lo quiere mi suerte — ¡bendita sea!

    Porque esta es la verdad: he salido de la casa de los eruditos, y hasta he cerrado de golpe la puerta detrás de mí. Demasiado tiempo estuvo sentada mi alma hambrienta a su mesa; no, como ellos, estoy adiestrado para el conocer como para cascar nueces. Amo la libertad y el aire sobre tierra fresca; antes quiero dormir sobre pieles de buey que sobre sus dignidades y respetabilidades.

    Soy demasiado ardiente y estoy abrasado por pensamientos propios: a menudo quiere quitarme el aliento. Entonces debo salir al aire libre y alejarme de todas las habitaciones polvorientas. Pero ellos se sientan fríos en fría sombra: en todo quieren ser solamente espectadores y se guardan de sentarse allí donde el sol arde sobre los peldaños. Como aquellos que están en la calle y miran boquiabiertos a la gente que pasa: así también esperan ellos y miran boquiabiertos los pensamientos que otros han pensado.

    Si uno los agarra con las manos, desprenden polvo a su alrededor como sacos de harina, y sin querer: pero ¿quién adivinaría que su polvo procede del grano y de la amarilla delicia de los campos de verano? Si se dan aires de sabios, me dan escalofríos sus pequeñas sentencias y verdades: a menudo hay en su sabiduría un olor, como si procediera del pantano: y en verdad, también he oído ya a la rana croar desde ella. Son hábiles, tienen dedos inteligentes: ¿qué quiere mi sencillez junto a su multiplicidad? Todo enhebrar, anudar y tejer entienden sus dedos: así confeccionan las medias del espíritu.

    Son buenos mecanismos de relojería: ¡basta con que uno cuide de darles cuerda correctamente! Entonces indican la hora sin falsedad y hacen con ello un ruido modesto. Como mecanismos de molino trabajan y machacan: ¡basta con que uno les arroje sus propios granos de fruto! — ellos ya saben moler menudo el grano y hacer de él polvo blanco.

    Se miran unos a otros bien los dedos y no se fían unos de otros ni lo más mínimo. Inventivos en pequeñas astucias, esperan a aquellos cuyo saber anda sobre pies cojos — como arañas esperan. Siempre los vi preparar veneno con cautela; y siempre se ponían para ello guantes de cristal en los dedos. También saben jugar con dados falsos; y tan afanosamente los encontré jugando que sudaban mientras tanto.

    Nos somos mutuamente extraños, y sus virtudes repugnan a mi gusto aún más que sus falsedades y sus falsos dados. Y cuando viví entre ellos, viví por encima de ellos. Por ello me guardaron rencor. No quieren oír nada de que alguien camine por encima de sus cabezas; y así pusieron madera, tierra e inmundicia entre mí y sus cabezas. Así amortiguaron el sonido de mis pasos: y hasta ahora, quienes peor me han oído han sido los más eruditos. La falta y la debilidad de todos los hombres las pusieron entre ellos y yo: — “falso suelo” llaman a eso en sus casas. Pero, aun así, camino con mis pensamientos por encima de sus cabezas; e incluso si quisiera caminar sobre mis propios errores, todavía estaría por encima de ellos y de sus cabezas.

    Porque los hombres no son iguales: así habla la justicia. ¡Y lo que yo quiero, no les estaría permitido quererlo!

    Así habló Zaratustra.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 2.15. DEL SABER SIN MANCHA

    Cuando ayer salió la luna, imaginé que quería dar a luz un sol: tan ancha y preñada yacía en el horizonte. Pero fue para mí una mentirosa con su preñez; y antes aún quiero creer en el hombre en la luna que en la mujer.

    Ciertamente, poco hombre es también este tímido noctámbulo. En verdad, con mala conciencia camina sobre los tejados. Pues es lascivo y celoso, el monje en la luna, lascivo por la tierra y por todas las alegrías de los amantes.

    ¡No, no me gusta ese gato sobre los tejados! ¡Me resultan repulsivos todos los que se deslizan furtivamente alrededor de ventanas semicerradas! Piadoso y callado camina sobre alfombras de estrellas: — pero no me gustan los pies de hombre que pisan quedamente, en los que ni siquiera tintinea una espuela. El paso de todo hombre honrado habla; pero el gato se escabulle por el suelo. Mira, como una gata llega la luna, y deshonesta.

    Esta parábola os doy a vosotros, hipócritas sensibles, a vosotros, los “conocedores puros”. A vosotros os llamo — lascivos.

    También vosotros amáis la tierra y lo terrenal: bien os he adivinado — pero hay vergüenza en vuestro amor y mala conciencia — os parecéis a la luna. Han persuadido a vuestro espíritu al desprecio de lo terrenal, pero no a vuestras entrañas: pero ellas son lo más fuerte en vosotros. Y ahora se avergüenza vuestro espíritu de ceder a la voluntad de vuestras entrañas, y ante su propia vergüenza recorre caminos de sigilo y mentira.

    “Eso sería para mí lo más alto — así habla consigo mismo vuestro espíritu mentiroso — contemplar la vida sin deseo, y no como el perro con la lengua colgando: ser dichoso en la contemplación, con voluntad extinguida, sin asimiento ni codicia del egoísmo — frío y gris ceniza en todo el cuerpo, pero con embriagados ojos de luna.

    “Eso sería para mí lo más amado — así se seduce a sí mismo el seducido — amar la tierra como la ama la luna, y palpar su belleza solo con el ojo.

    “Y a eso llamo yo el saber sin mancha de todas las cosas: no querer nada de las cosas, salvo que se me permita yacer ante ellas como un espejo con cien ojos”.

    ¡Oh, vosotros, hipócritas sensibles, vosotros, lascivos! Os falta la inocencia en el deseo: y ahora calumniáis por eso el deseo. En verdad, no como creadores, engendradores, gozosos de devenir amáis la tierra. ¿Dónde hay inocencia? Allí donde hay voluntad de engendrar. Y quien quiere crear más allá de sí mismo, ese tiene para mí la voluntad más pura.

    ¿Dónde hay belleza? Allí donde debo querer con toda mi voluntad; donde quiero amar y perecer, para que una imagen no quede solo como imagen. Amar y perecer: eso rima desde eternidades. Voluntad de amar: eso es estar también dispuesto a la muerte. ¡Así os hablo a vosotros, cobardes!

    Pero ahora vuestra castrada bizquera quiere llamarse “contemplación”. Y lo que se deja palpar con ojos cobardes ha de ser bautizado como “bello”. ¡Oh, vosotros, que ensuciáis nobles nombres!

    Pero esta ha de ser vuestra maldición, vosotros, sin mancha, vosotros, conocedores puros: que nunca daréis a luz, aunque yazcáis anchos y preñados en el horizonte. En verdad, os llenáis la boca de nobles palabras: ¿y hemos de creer que os rebosa el corazón, vosotros, embusteros? Pero mis palabras son palabras pequeñas, despreciadas, torcidas: con gusto recojo lo que en vuestra comida cae bajo la mesa. Siempre aún puedo con ellas decir la verdad — a hipócritas. Sí, mis raspas, conchas y hojas espinosas han de cosquillear la nariz — a hipócritas. Mal aire hay siempre alrededor de vosotros y de vuestras comidas: vuestros pensamientos lascivos, vuestras mentiras y secretos están, sí, en el aire. Atreveos primero a creer en vosotros mismos — en vosotros y en vuestras entrañas. Quien no se cree a sí mismo, miente siempre.

    La máscara de un dios os colgasteis delante de vosotros mismos, vosotros, “puros”: en el interior de la máscara de un dios se escondió reptando vuestro horrible gusano anillado. En verdad, engañáis, vosotros, “contemplativos”. También Zaratustra fue una vez el necio de vuestras pieles divinas; no adivinó el enroscamiento de serpientes con que estaban rellenas. El alma de un dios imaginé una vez ver jugar en vuestros juegos, vosotros, conocedores puros. Ningún arte imaginé una vez mejor que vuestras artes. Inmundicia de serpiente y mal olor me ocultó la distancia: y que la astucia de una lagartija reptaba lascivamente por aquí.

    Pero me acerqué a vosotros, entonces llegó a mí el día, y ahora os llega a vosotros; se acabó el amorío de la luna. ¡Mirad ahí! Sorprendida y pálida está ella ahí — ante la aurora. Pues ya llega, la incandescente; su amor por la tierra llega. Inocencia y deseo creador es todo amor del sol.

    Mirad ahí cómo llega impaciente sobre el mar. ¿No sentís la sed y el aliento ardiente de su amor? Quiere sorber del mar y beber su profundidad hacia sí, hacia la altura: entonces se alza el deseo del mar con mil pechos. Quiere ser besado y sorbido por la sed del sol; quiere volverse aire y altura y sendero de la luz y él mismo luz.

    En verdad, como el sol amo yo la vida y todos los mares profundos. ¡Y a esto llamo saber: todo lo profundo ha de subir — a mi altura!

    Así habló Zaratustra.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 2. 14. DEL PAÍS DE LA CULTURA

    Demasiado lejos volé hacia el interior del futuro: un espanto me sobrevino. Y cuando miré en torno a mí, mira: entonces era el tiempo mi único contemporáneo. Entonces huí hacia atrás, hacia el hogar —y cada vez más deprisa: así llegué a vosotros, los del presente, y al país de la cultura. Por primera vez traje conmigo un ojo para vosotros, y buen deseo: en verdad, con anhelo en el corazón vine.

    Pero ¿qué me ocurrió? Por mucho miedo que tuviera, tuve que reír. ¡Nunca vio mi ojo algo tan moteado de colores! Reí y reí, mientras aún me temblaba el pie y con él el corazón: “Aquí está, sí, el hogar de todos los botes de pintura”, dije.

    Pintados con cincuenta manchas en rostro y miembros: así estabais allí sentados, para mi asombro, vosotros, los del presente. Y con cincuenta espejos a vuestro alrededor, que halagaban y repetían vuestro juego de colores. En verdad, no podríais llevar mejor máscara, vosotros, los del presente, que vuestro propio rostro. ¡Quién podría — reconoceros!

    Escritos de arriba abajo con los signos del pasado, y también esos signos sobrepintados con nuevos signos: así os habéis ocultado bien de todos los intérpretes de signos. Y aunque uno fuese escrutador de riñones: ¿quién cree aún que tenéis riñones? Parecéis horneados de colores y de papeles encolados. Todos los tiempos y pueblos miran abigarrados desde vuestros velos; todas las costumbres y creencias hablan abigarradas desde vuestros gestos.

    Quien os quitara velos y mantos y pinturas y gestos: justo lo bastante conservaría para espantar con ello a los pájaros. En verdad, yo mismo soy el pájaro espantado que una vez os vio desnudos y sin pintura; y huí lejos cuando el esqueleto me hizo señas de amor. Antes querría aún ser jornalero en el inframundo y entre las sombras de antaño: ¡más gordos y más llenos que vosotros están, sí, aún los del inframundo!

    Esto, sí, esto es amargura para mis entrañas: que ni desnudos ni vestidos os soporte, vosotros, los del presente. Todo lo inquietante del futuro, y cuanto alguna vez hizo estremecerse a pájaros extraviados, es en verdad más hogareño aún y más familiar que vuestra “realidad”. Pues así habláis: “Reales somos por entero, y sin fe ni superstición”: así sacáis pecho —¡ay, aun sin pechos! Sí, ¡cómo habríais de poder creer, vosotros, moteados de colores! — vosotros, que sois pinturas de todo lo que alguna vez fue creído. Refutaciones andantes sois de la fe misma, y quebrantamiento de miembros de todos los pensamientos. Inverosímiles: así os llamo yo, vosotros, los reales.

    Todos los tiempos parlotean unos contra otros en vuestros espíritus; y los sueños y parloteos de todos los tiempos fueron más reales aún que vuestra vigilia. Estériles sois: por eso os falta fe. Pero quien tuvo que crear tuvo también siempre sus sueños verdaderos y señales de las estrellas —y creía en la fe. Puertas medio abiertas sois, ante las cuales esperan sepultureros. Y esa es vuestra realidad: “Todo merece perecer”.

    ¡Ay, cómo estáis ahí plantados, vosotros, estériles, qué magros en las costillas! Y más de uno de vosotros tuvo él mismo alguna conciencia de ello. Y dijo: “¿Acaso un dios, mientras yo dormía, me ha robado algo en secreto? ¡En verdad, lo bastante para formarse de ello una mujercilla! ¡Asombrosa es la pobreza de mis costillas!” Así habló ya más de uno de los del presente.

    Sí, motivo de risa sois para mí, vosotros, los del presente. Y especialmente cuando os asombráis de vosotros mismos. ¡Y ay de mí, si no pudiera reír de vuestro asombro y tuviera que tragar todo lo repugnante de vuestras escudillas! Pero así quiero tomármelo más a la ligera con vosotros, pues cosas pesadas tengo que llevar; ¿y qué me importa si escarabajos y gusanos alados se posan aún sobre mi fardo? En verdad, no se me ha de volver por eso más pesado. Y no de vosotros, vosotros, los del presente, ha de venirme el gran cansancio.

    ¡Ay, adónde he de ascender ahora todavía con mi anhelo! Desde todas las montañas miro en busca de tierras paternas y maternas. Pero hogar no encontré en ningún sitio: sin asiento soy en todas las ciudades, y una partida en todas las puertas. Extraños me son y una burla los del presente, a los que hace poco me llevó el corazón; y desterrado estoy de las tierras paternas y maternas. Así amo solo aún la tierra de mis hijos, la no descubierta, en el mar más lejano: hacia ella mando a mis velas buscarla y buscarla. En mis hijos quiero reparar que soy hijo de mis padres: y en todo el futuro — este presente.

    Así habló Zaratustra.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.


  • 2.13. DE LOS SUBLIMES

    Quieto es el fondo de mi mar: ¿quién adivinaría acaso que alberga monstruos juguetones? Inconmovible es mi profundidad, pero brilla con enigmas y risas que nadan.

    Hoy vi a un sublime, un solemne, un penitente del espíritu: ¡oh, cómo se rió mi alma de su fealdad! Con el pecho erguido y semejante a aquellos que aspiran hacia sí el aliento: así estaba allí, el sublime, y silencioso: cargado de feas verdades, su botín de caza, y rico en ropas desgarradas; también muchas espinas colgaban de él — pero aún no vi ninguna rosa.

    Aún no aprendió la risa ni la belleza. Sombrío volvió este cazador del bosque del saber. De la lucha regresó a casa con bestias salvajes: pero desde su seriedad mira aún también una bestia salvaje — ¡una no vencida! Como un tigre que quiere saltar sigue todavía ahí en pie; pero no me gustan estas almas tensas, adverso es mi gusto a todos estos retraídos.

    ¿Y vosotros me decís, amigos, que no cabe disputar sobre el gusto y el gustar? Pero toda vida es disputa por el gusto y el gustar. Gusto: eso es al mismo tiempo peso, balanza y el que pesa; ¡y ay de todo viviente que quisiera vivir sin disputa por peso, balanza y los que pesan!

    Si se cansara de su sublimidad, este sublime: solo entonces comenzaría su belleza — y solo entonces quiero probarlo y hallarlo sabroso. Y solo cuando se aparte de sí mismo, saltará por encima de su propia sombra — y, en verdad, ¡hacia dentro de su sol! Demasiado tiempo estuvo sentado en la sombra, palidecieron las mejillas del penitente del espíritu; casi murió de hambre a causa de sus expectativas. Desprecio hay todavía en su ojo; y náusea se oculta en su boca. Ciertamente reposa ahora, pero su reposo aún no se ha tendido al sol. Debería obrar igual que el toro; y su dicha debería oler a tierra y no a desprecio de la tierra. Como toro blanco querría verlo, resoplando y bramando mientras va por delante de la reja del arado: ¡y su bramido debería aún alabar todo lo terrenal!

    Oscuro aún es su semblante; la sombra de la mano juega sobre él. Ensombrecido está aún el sentido de su ojo. Su acto mismo es todavía la sombra sobre él: la mano oscurece al que actúa. Aún no ha superado su acto.

    Ciertamente amo en él el cuello del toro: pero ahora quiero ver también el ojo del ángel. También debe aún desaprender su voluntad heroica: un elevado ha de ser para mí y no solo un sublime: — ¡el éter mismo debería elevarlo, al sin voluntad!

    Venció monstruos, resolvió enigmas: pero debería aún redimir también a sus monstruos y enigmas, en niños celestiales debería aún transformarlos. Su saber aún no ha aprendido a reír y a estar sin celos; su pasión torrencial aún no se ha aquietado en la belleza.

    En verdad, no en la saciedad ha de callar y sumergirse su deseo, sino en la belleza. La gracia pertenece a la magnanimidad del magnánimo.

    El brazo puesto sobre la cabeza: así debería el héroe reposar; así debería superar aún su reposo. Pero precisamente para el héroe lo bello es lo más difícil de todas las cosas. Inconquistable es lo bello para toda voluntad vehemente. Un poco más, un poco menos: eso precisamente es aquí mucho, eso es aquí lo más.

    Estar en pie con músculos relajados y con voluntad desenjaezada: eso es lo más difícil para todos vosotros, vosotros, sublimes.

    Cuando el poder se vuelve benigno y desciende a lo visible: belleza llamo yo a tal descenso.

    Y de nadie quiero yo belleza tanto como precisamente de ti, tú, poderoso: que tu bondad sea tu última superación de ti mismo.

    Todo mal te creo capaz de hacer: por eso quiero de ti lo bueno.

    En verdad, me reí a menudo de los enclenques que se creen buenos porque tienen zarpas tullidas.

    La virtud de la columna has de perseguir: más bella se vuelve siempre y más delicada, pero por dentro más dura y más capaz de soportar, cuanto más asciende.

    Sí, tú, sublime, un día has de ser aún bello y sostener el espejo ante tu propia belleza. Entonces tu alma se estremecerá de divinos deseos; ¡y habrá adoración aún en tu vanidad!

    Pues este es el secreto del alma: solo cuando el héroe la ha abandonado, se acerca a ella, en sueños — el sobre-héroe.

    Así habló Zaratustra.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 2.12. DE LA SUPERACIÓN DE SÍ MISMO

    ¿«Voluntad de verdad» llamáis, vosotros, los más sabios, a aquello que os impulsa y os inflama?

    Voluntad de hacer pensable todo ente: así llamo yo a vuestra voluntad. Todo ente queréis primero hacerlo pensable, pues dudáis con buen recelo de si es ya pensable. Pero ha de someterse y plegarse a vosotros. Así lo quiere vuestra voluntad. Pulido ha de volverse, y sometido al espíritu, como su espejo y contraimagen. Esa es vuestra entera voluntad, vosotros, los más sabios, como una voluntad de poder; y también cuando habláis de bien y mal y de las valoraciones. Crear queréis todavía el mundo ante el que podáis arrodillaros: así es vuestra última esperanza y embriaguez.

    Los no sabios, ciertamente, el pueblo, esos son como el río sobre el que avanza flotando un bote: y en el bote se sientan, solemnes y embozadas, las valoraciones. Vuestra voluntad y vuestros valores los pusisteis sobre el río del devenir; lo que el pueblo cree como bueno y malo me revela una antigua voluntad de poder.

    Vosotros fuisteis, vosotros, los más sabios, los que en este bote pusisteis tales huéspedes y les disteis pompa y nombres orgullosos, — vosotros y vuestra voluntad dominadora. Ahora el río lleva más lejos vuestro bote: debe llevarlo. Poco importa si la ola quebrada espumea y furiosa contraría a la quilla. No es el río vuestro peligro ni el fin de vuestro bien y mal, vosotros, los más sabios: sino esa voluntad misma, la voluntad de poder, — la inagotada, engendradora voluntad de vida.

    Pero para que entendáis mi palabra acerca del bien y del mal, quiero deciros todavía mi palabra acerca de la vida y de la índole de todo lo viviente.

    Fui tras lo viviente; recorrí los caminos más grandes y los más pequeños para conocer su índole. Con espejo centuplicado capté aún su mirada cuando la boca le estaba cerrada, para que su ojo me hablara. Y su ojo me habló.

    Pero allí donde encontré algo viviente, allí escuché también la palabra acerca de la obediencia. Todo viviente es un obediente.

    Y esto es lo segundo: a aquel que no puede obedecerse a sí mismo, a ese se le manda. Así es la índole de lo viviente.

    Pero esto es lo tercero que escuché: que mandar es más difícil que obedecer. Y no sólo porque el que manda lleva la carga de todos los que obedecen, y porque esa carga fácilmente lo aplasta: — tentativa y riesgo se me aparecieron en todo mandar; y siempre, cuando manda, lo viviente se juega a sí mismo en ello. Sí, aun cuando se manda a sí mismo: incluso entonces debe expiar su mandar. Ante su propia ley debe hacerse juez, vengador y víctima. ¿Cómo ocurre esto?, así me pregunté. ¿Qué persuade a lo viviente a que obedezca y mande y, mandando, aún ejerza obediencia?

    ¡Escuchad ahora mi palabra, vosotros, los más sabios! Comprobad seriamente si me arrastré hasta el corazón de la vida misma y hasta las raíces de su corazón.

    Donde encontré algo viviente, allí encontré voluntad de poder; y aun en la voluntad del que sirve encontré la voluntad de ser señor.

    Que lo más débil sirva a lo más fuerte, a ello lo persuade su voluntad, que quiere ser señor sobre lo aún más débil: solo de este placer no quiere privarse. Y como lo menor se entrega a lo mayor para tener placer y poder sobre lo más pequeño, así también lo más grande se entrega todavía y, por el poder, pone en juego la vida. Esa es la entrega de lo más grande, que es riesgo y peligro y un juego de dados con la muerte.

    Y donde hay sacrificio y servicios y miradas de amor, también ahí hay voluntad de ser señor. Por caminos escondidos se desliza a hurtadillas el más débil hasta la fortaleza y hasta el corazón del más poderoso — y roba allí poder.

    Y este secreto me lo dijo la vida misma. “Mira —dijo—, yo soy aquello que siempre debe superarse a sí mismo. Ciertamente vosotros lo llamáis voluntad de engendrar, o instinto hacia un fin, hacia lo más alto, lo más lejano, lo más múltiple: pero todo esto es uno y un único secreto.

    “Prefiero aun sucumbir antes que renunciar a esta única cosa; y en verdad, donde hay ocaso y caída de hojas, mira, allí se sacrifica la vida —por poder. Que yo deba ser lucha y devenir y fin y contradicción de los fines: ay, quien adivina mi voluntad, adivina también por qué torcidos caminos debe esta marchar.

    “Sea lo que sea lo que yo cree y comoquiera que lo ame, — pronto debo ser adversario de ello y de mi amor: así lo quiere mi voluntad. Y también tú, el que conoce, no eres más que un sendero y una huella de mi voluntad: en verdad, mi voluntad de poder camina también sobre los pies de tu voluntad de verdad.

    “Ciertamente no acertó en la verdad quien disparó hacia ella la palabra «voluntad de existencia»: esa voluntad no existe. Porque lo que no es, no puede querer; pero lo que ya está en la existencia, ¿cómo podría querer aún existencia? Solo donde hay vida hay también voluntad: pero no voluntad de vivir, sino —así te lo enseño— voluntad de poder.

    “Muchas cosas estima el viviente por encima de la vida misma; pero desde el estimar mismo habla —la voluntad de poder.”

    Así me enseñó una vez la vida: y a partir de ello os descifro, vosotros, los más sabios, aun el enigma de vuestro corazón.

    En verdad, os digo: bien y mal que fueran imperecederos — eso no existe. Desde sí mismo debe superarse siempre de nuevo. Con vuestros valores y palabras acerca de bien y mal ejercéis violencia, vosotros, valoradores: y esto es vuestro amor oculto y el brillar, estremecerse y rebosar de vuestra alma. Pero de vuestros valores crece una violencia más fuerte y una nueva superación: en ella se rompen huevo y cáscara.

    Y quien debe ser un creador en el bien y en el mal: en verdad, ese debe ser primero un destructor y quebrar valores. Así pertenece el mal más alto a la bondad más alta: pero esta es la creadora. —

    Hablemos solo de eso, vosotros, los más sabios, aunque sea malo. Callar es peor; todas las verdades silenciadas se vuelven venenosas.

    ¡Y que se quiebre todo lo que pueda quebrarse contra nuestras verdades! Aún queda más de una casa por construir.

    Así habló Zaratustra.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.


  • 2.11. LA CANCIÓN DE LA TUMBA

    “Allí está la isla de las tumbas, la silenciosa; allí están también las tumbas de mi juventud. Allí quiero llevar una corona siempreverde de vida”. Resolviéndolo así en el corazón, crucé el mar. —

    ¡Oh, vosotras, visiones y apariciones de mi juventud! ¡Oh, vosotras, miradas del amor todas, vosotros, instantes divinos! ¡Qué pronto os extinguisteis para mí! Hoy me acuerdo de vosotros como de mis muertos. De vosotros, mis muertos más queridos, me llega un dulce olor, uno que desata el corazón y las lágrimas. En verdad, estremece y desata el corazón del navegante solitario. Todavía soy el más rico y el más envidiable —¡yo, el más solitario! Pues yo os tuve, después de todo, y vosotros todavía me tenéis: decidme, ¿a quién cayeron del árbol, como a mí, tales manzanas de rosa? Todavía soy heredero y tierra de vuestro amor, floreciendo en memoria vuestra con virtudes multicolores y silvestres, oh, vosotros, los más amados.

    Ay, estábamos hechos para permanecer uno cerca de otro, vosotros, dulces, extrañas maravillas; y no vinisteis como tímidos pájaros a mí y a mi deseo, no, sino como quienes confían a quien confía. Sí, hechos para la fidelidad, como yo, y para tiernas eternidades —debo llamaros ahora según vuestra infidelidad, vosotros, divinas miradas e instantes: aún no aprendí ningún otro nombre. En verdad, demasiado pronto os extinguisteis para mí, fugitivos. Pero no huisteis de mí, ni huí yo de vosotros: inocentes somos uno para otro en nuestra infidelidad.

    Para matarme a mí, os estrangularon a vosotros, pájaros cantores de mis esperanzas. Sí, contra vosotros, los más queridos, disparó siempre la maldad flechas —para alcanzar mi corazón. ¡Y lo alcanzó! Pues erais siempre lo más entrañable mío, mi posesión y mi estar-poseído: por eso debisteis morir jóvenes y demasiado temprano. Contra lo más vulnerable que yo poseía se disparó la flecha: eso erais vosotros, cuya piel es semejante a un plumón, y más aún a la sonrisa que se extingue ante una mirada.

    Pero esta palabra quiero decir a mis enemigos: ¿qué es todo asesinato de hombres frente a lo que vosotros me hicisteis? Algo peor me hicisteis que todo asesinato de hombres; me arrebatasteis lo irrecuperable: así os hablo, enemigos míos. Pues asesinasteis las visiones y las más queridas maravillas de mi juventud. Mis compañeros de juegos me quitasteis, los espíritus bienaventurados. A su memoria deposito esta corona y esta maldición. ¡Esta maldición contra vosotros, enemigos míos! Hicisteis breve lo mío eterno, como un sonido se quiebra en la fría noche. Apenas me llegó sólo como un destello de ojos divinos —¡como instante!

    Así habló en buena hora un día mi pureza: “Divinos han de ser para mí todos los seres”. Entonces me asaltasteis con sucios fantasmas; ay, ¿adónde huyó entonces aquella buena hora?

    “Todos los días han de ser para mí sagrados” —así habló un día la sabiduría de mi juventud: en verdad, el discurso de una alegre sabiduría. Pero entonces vosotros, enemigos, me robasteis mis noches y las vendisteis para tormento sin sueño: ay, ¿adónde huyó entonces aquella alegre sabiduría?

    Un día anhelé augurios dichosos: entonces pusisteis en mi camino un monstruo-búho, uno repugnante. Ay, ¿adónde huyó entonces mi tierno anhelo?

    Un día hice voto de renunciar a toda náusea: entonces convertisteis a mis cercanos y más próximos en tumores de pus. Ay, ¿adónde huyó entonces mi más noble voto?

    Como un ciego recorrí una vez caminos bienaventurados: entonces arrojasteis inmundicia sobre el camino del ciego: y entonces le dio náusea la vieja senda del ciego.

    Y cuando llevé a cabo mi más ardua tarea y festejé el triunfo de mis superaciones: entonces hicisteis gritar a los que me amaban que yo les hacía el mayor daño.

    En verdad, ese fue siempre vuestro obrar: amargasteis mi mejor miel y la diligencia de mis mejores abejas. A mi beneficencia enviasteis siempre a los mendigos más insolentes; alrededor de mi compasión amontonasteis siempre a los incurablemente desvergonzados. Así heristeis mi virtud en su fe. Y si aún ponía yo lo más sagrado mío como sacrificio, al punto colocaba vuestra “piedad” junto a ello sus dones más grasos: de modo que en el vapor de vuestra grasa aún lo más sagrado mío se ahogaba.

    Y una vez quise danzar como nunca aún había danzado: más allá de todos los cielos quería danzar. Entonces persuadisteis a mi cantor más querido. Y entonces entonó una melodía sorda, siniestra; ay, ¡me resonó en los oídos como un cuerno sombrío! ¡Cantor asesino, herramienta de la maldad, inocentísimo! Ya estaba yo preparado para la mejor danza: ¡entonces asesinaste con tus tonos mi éxtasis! Solo en la danza sé decir la parábola de las cosas más altas: —y ahora me quedó mi más alta parábola sin decir en mis miembros. ¡Sin decir y sin redimir me quedó la más alta esperanza! ¡Y se extinguieron para mí todas las visiones y consuelos de mi juventud! ¿Cómo lo soporté? ¿Cómo sobrellevé y superé tales heridas? ¿Cómo resurgió mi alma de nuevo de estas tumbas?

    Sí, algo invulnerable, insepultable hay en mí, algo que hace saltar las rocas: eso se llama mi voluntad. Silencioso avanza e inalterado a través de los años. Su propio paso quiere andar sobre mis pies, mi vieja voluntad; duro de corazón es su ánimo e invulnerable.

    Solo en mi talón soy invulnerable. Aún hoy vives tú ahí y eres igual a ti misma, la más paciente. Aún hoy te has abierto paso a través de todas las tumbas. En ti vive también todavía lo no redimido de mi juventud; y como vida y juventud te sientas esperanzada aquí sobre amarillos escombros de tumbas.

    Sí, aún eres tú para mí la demoledora de todas las tumbas: ¡Salve, voluntad mía! Y solo donde hay tumbas, hay resurrecciones. —

    Así cantó Zaratustra. —

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 2.10 LA CANCIÓN PARA LA DANZA

    Una tarde marchaba Zaratustra con sus discípulos a través del bosque; y cuando buscaba una fuente, mira, entonces llegó a una verde pradera que, silenciosa, estaba rodeada de árboles y matorrales: en ella danzaban doncellas unas con otras. Tan pronto las doncellas reconocieron a Zaratustra, dejaron la danza; pero Zaratustra se acercó a ellas con gesto amistoso y dijo estas palabras:

    “¡No dejéis la danza, encantadoras doncellas! No ha venido a vosotras ningún aguafiestas con mirada malvada, ningún enemigo de doncellas. Soy abogado de Dios ante el diablo: pero este es el espíritu de la gravedad. ¿Cómo habría yo, vosotras, ligeras, de ser enemigo de danzas divinas? ¿O de pies de doncellas con bellos tobillos?

    Ciertamente soy un bosque y una noche de árboles oscuros; pero quien no se arredra ante mi oscuridad encuentra también laderas de rosas bajo mis cipreses. Y encuentra también al pequeño dios, el más grato a las doncellas: junto a la fuente yace, quieto, con los ojos cerrados. ¡En verdad, a plena luz del día se me quedó dormido, el ladrón del día! ¿Habrá perseguido acaso demasiadas mariposas? No os enojéis conmigo, hermosas danzantes, si castigo un poco al pequeño dios. Chillará, probablemente, y llorará, —pero da risa aun al llorar. Y con lágrimas en los ojos ha de pediros un baile; y yo mismo quiero cantar una canción para su danza: una canción de danza y burla contra el espíritu de la gravedad, mi altísimo y poderosísimo diablo, de quien dicen que es ‘el señor del mundo’.”

    Y esta es la canción que Zaratustra cantó cuando Cupido y las doncellas danzaron juntos:

    En tu ojo miré hace poco, ¡oh vida! Y en lo insondable me pareció entonces hundirme. Pero tú me sacaste con anzuelo de oro; burlonamente reíste cuando te llamé insondable.

    “Así va el discurso de todos los peces”, dijiste; “lo que ellos no sondan es insondable. Pero cambiante soy solamente, y salvaje, y en todo una mujer, y no virtuosa: aunque entre vosotros, los hombres, me llame ‘la profundidad’ o ‘la fidelidad’, ‘la eterna’, la ‘misteriosa’. Pero vosotros, los hombres, nos regaláis siempre vuestras propias virtudes —¡ay, vosotros, los virtuosos!”

    Así rió, la increíble; pero yo nunca le creo a ella ni a su risa, cuando habla mal de sí misma. Y cuando hablé cara a cara con mi salvaje sabiduría, me dijo airada: “¡Quieres, deseas, amas —solo por eso alabas la vida!” Casi habría respondido entonces mal, y dicho la verdad a la airada; y no se puede responder peor que cuando “se dice la verdad” a la propia sabiduría.

    Pues así están las cosas entre nosotros tres. Desde el fondo amo solamente a la vida —y, en verdad, más que nunca cuando la odio. Que yo, sin embargo, tenga cariño a la sabiduría, y a menudo demasiado cariño: eso se debe a que me recuerda muchísimo a la vida. Tiene su ojo, su risa y hasta su cañita de pescar dorada: ¿qué puedo hacer si ambas se parecen tanto?

    Y cuando una vez la vida me preguntó: “¿Quién es esa, la sabiduría?”, dije con entusiasmo: “¡Ah, sí! ¡La sabiduría! Se tiene sed de ella y no llega uno a saciarse; se la mira a través de velos, se la intenta atrapar a través de redes. ¿Es hermosa? ¿Qué sé yo! Pero todavía se ceba con ella a las carpas más viejas. Cambiante es, y rebelde; a menudo la vi morderse el labio y llevar el peine a contrapelo. Quizá sea mala y falsa, y en todo una mujerzuela; pero cuando habla mal de sí misma, entonces es cuando más seduce.”

    Cuando dije esto a la vida, rió maliciosa y cerró los ojos. “Pero ¿de quién hablas, pues?”, dijo ella, “¿tal vez de mí? Y aunque tuvieras razón, ¿se me dice eso a mí tan a la cara? Pero ahora habla también de tu sabiduría.”

    ¡Ah, y entonces abriste de nuevo tu ojo, oh amada vida! Y en lo insondable me pareció hundirme de nuevo.

    Así cantó Zaratustra. Pero cuando la danza llegó a su fin y las doncellas se hubieron marchado, se entristeció.

    “El sol hace mucho que se ha puesto”, dijo por fin; “la pradera está húmeda y de los bosques llega frescor. Algo desconocido hay a mi alrededor y mira pensativo. ¡Qué! ¿Vives aún, Zaratustra? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Por medio de qué? ¿Adónde? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿No es necedad seguir viviendo?

    Ay, amigos míos, es la tarde la que así pregunta desde mí. Perdonadme mi tristeza. Ha caído la tarde: perdonadme que haya caído la tarde.”

    Así habló Zaratustra.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.