3.4. ANTES DEL AMANECER

Antes del amanecer

¡Oh cielo sobre mí, tú, puro! ¡Profundo! ¡Tú, abismo de luz! Al contemplarte me estremezco de deseos divinos. ¡Arrojarme a tu altura: esa es mi profundidad! ¡Refugiarme en tu pureza: esa es mi inocencia!

Al dios lo vela su belleza: así ocultas tú tus estrellas. No hablas: así me anuncias tu sabiduría. Mudo, sobre el mar rugiente, te has alzado hoy para mí; tu amor y tu pudor hablan como revelación a mi alma rugiente. Porque hermoso viniste a mí, velado en tu belleza, porque mudo me hablas, manifiesto en tu sabiduría: ¡oh, cómo no habría de adivinar todo lo pudoroso de tu alma! Antes del sol viniste a mí, al más solitario.

Somos amigos desde el comienzo: nos son comunes la pena, el horror y el fundamento; aun el sol nos es común. No nos hablamos el uno al otro, porque sabemos demasiadas cosas: guardamos silencio el uno ante el otro, nos sonreímos mutuamente nuestro saber. ¿No eres tú la luz para mi fuego? ¿No tienes el alma hermana de mi comprensión? Juntos lo aprendimos todo; juntos aprendimos a ascender por encima de nosotros hacia nosotros mismos y a sonreír sin nubes: — a sonreír sin nubes hacia abajo desde ojos luminosos y desde una lejanía inmensa, cuando bajo nosotros la coacción, el propósito y la culpa humean como lluvia.

Y si caminaba solo: ¿de qué tenía hambre mi alma en las noches y en los senderos extraviados? Y si escalaba montañas, ¿a quién busqué jamás, sino a ti, en las montañas? Y todo mi caminar y escalar montañas: solo una necesidad era y un recurso del desvalido: solo volar quiere toda mi voluntad, volar a ti, dentro de ti.

¿Y a quién odié más que a las nubes errantes y a todo lo que te mancha? Y aun odié mi propio odio, porque te manchaba. Guardo rencor a las nubes errantes, a estos sigilosos felinos de presa: nos arrebatan a ti y a mí lo que nos es común: el inmenso, ilimitado decir Sí y Amén. A estos mediadores y mezcladores les guardamos rencor, a las nubes errantes: a esas medias tintas que ni aprendieron a bendecir ni a maldecir de raíz.

Prefiero aún sentarme en el tonel bajo un cielo cerrado, prefiero sentarme sin cielo en el abismo, antes que verte a ti, cielo de luz, manchado por nubes errantes.

Y a menudo sentí ganas de sujetarlas con los dentados hilos de oro del relámpago, para que yo, igual que el trueno, golpeara el timbal sobre sus vientres de caldera: — un airado timbalero, porque ellas me arrebatan tu Sí y tu Amén, tú, cielo sobre mí, tú, puro, luminoso, tú, abismo de luz; — porque ellas te arrebatan mi Sí y mi Amén. Pues prefiero aún ruido y trueno y maldiciones de tormenta a esa circunspecta, dubitativa quietud felina; y también entre los hombres odio sobre todo a todos los que pisan quedamente y a los medias tintas y a las dubitativas y vacilantes nubes errantes.

Y «el que no puede bendecir, debe aprender a maldecir»: esta luminosa enseñanza me cayó de un cielo luminoso, esta estrella aún está en mi cielo en noches negras.

Pero yo soy uno que bendice y uno que dice Sí, con tal de que tú estés en torno a mí, tú, puro, luminoso, tú, abismo de luz: — a todos los abismos llevo entonces mi decir Sí que bendice. En uno que bendice me he convertido y en uno que dice Sí; y para eso luché largo tiempo y fui un luchador, para que un día tuviera las manos libres para bendecir. Pero esto es mi bendecir: estar sobre cada cosa como su propio cielo, como su techo redondo, su campana azur y eterna seguridad; y bienaventurado es el que así bendice.

Porque todas las cosas están bautizadas en la fuente de la eternidad y más allá del bien y del mal; pero el bien y el mal mismos son solo sombras intermedias, húmedas tribulaciones y nubes errantes.

En verdad, es un bendecir y no una blasfemia cuando enseño: «sobre todas las cosas está el cielo azar, el cielo inocencia, el cielo acaso, el cielo desmesura».

«Por acaso»: esa es la más antigua nobleza del mundo, esa devolví yo a todas las cosas, las redimí de la servidumbre bajo el propósito. Esta libertad y serenidad celeste coloqué como una campana azur sobre todas las cosas, cuando enseñé que por encima de ellas y a través de ellas ninguna «voluntad eterna» — quiere. Esta desmesura y esta necedad puse en el lugar de aquella voluntad, cuando enseñé: «en todo una cosa es imposible: ¡racionalidad!».

Un poco de razón, ciertamente, una semilla de sabiduría esparcida de estrella en estrella: — esta levadura está mezclada en todas las cosas: por causa de la necedad hay sabiduría mezclada en todas las cosas. Un poco de sabiduría es ya posible; pero esta bienaventurada seguridad encontré en todas las cosas: que prefieren aún, sobre los pies del azar — danzar.

¡Oh cielo sobre mí, tú, puro! ¡Alto! Esto es para mí ahora tu pureza: que no hay ninguna eterna araña de la razón ni telarañas de la razón: — que eres para mí un suelo de danza para azares divinos, que eres para mí una mesa de dioses para dados divinos y jugadores de dados. — ¿Pero te sonrojas? ¿Dije lo indecible? ¿Blasfemé cuando quería bendecirte? ¿O es el pudor de dos lo que te hizo sonrojar? — ¿Me ordenas marcharme y callar, porque ahora — llega el día?

El mundo es profundo: — y más profundo de lo que el día jamás ha pensado. No todo debe tener palabras ante el día. Pero llega el día: ¡así nos separamos ahora!

¡Oh cielo sobre mí, tú, pudoroso! ¡Ardiente! ¡Oh tú, mi dicha antes del amanecer! Pero llega el día: ¡así nos separamos ahora! —

Así habló Zaratustra.

Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli–Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann. 

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