Categoría: Zaratustra III

  • 3.16. LOS SIETE SELLOS (O: LA CANCIÓN DEL SÍ Y EL AMÉN)

    [1]

    Si soy un adivino y estoy lleno de aquel espíritu adivinatorio que camina sobre una alta cresta entre dos mares, —que entre lo pasado y lo futuro camina como una pesada nube—, enemigo de las hondonadas sofocantes y de todo cuanto está cansado y no puede ni morir ni vivir: dispuesto, en su oscuro seno, para el relámpago y para el redentor rayo de luz, grávido de relámpagos que dicen ¡Sí!, que ríen ¡Sí!, dispuesto para fulgores adivinatorios: —¡bienaventurado, sin embargo, quien así está grávido! ¡Y, en verdad, durante largo tiempo ha de pender como un pesado temporal sobre la montaña quien un día haya de encender la luz del futuro!— ¡Oh, cómo no habría yo de estar en celo por la eternidad y por el anillo nupcial de los anillos, —el anillo del retorno!

    Nunca encontré aún a la mujer de la que quisiera hijos, a no ser esta mujer, a la que amo: ¡porque te amo, oh eternidad!

    ¡Porque te amo, oh eternidad!

    [2]

    Si mi cólera alguna vez rompió tumbas, desplazó mojones e hizo rodar viejas tablas rotas hacia escarpadas profundidades; si mi escarnio alguna vez dispersó con su soplo palabras podridas, y llegué como una escoba para las arañas de la cruz y como viento barredor para las viejas cámaras sepulcrales de aire viciado; si alguna vez me senté exultante allí donde yacen enterrados viejos dioses, bendiciendo el mundo, amando el mundo, junto a los monumentos de antiguos calumniadores del mundo: —pues incluso las iglesias y las tumbas de Dios amo, cuando el cielo mira ya con ojo puro a través de sus techos rotos; de buen grado me siento, como la hierba y la roja amapola, sobre iglesias rotas—, ¡oh, cómo no habría yo de estar en celo por la eternidad y por el anillo nupcial de los anillos, —el anillo del retorno!

    Nunca encontré aún a la mujer de la que quisiera hijos, a no ser esta mujer, a la que amo: ¡porque te amo, oh eternidad!

    ¡Porque te amo, oh eternidad!

    [3]

    Si alguna vez llegó hasta mí un soplo del soplo creador y de aquella necesidad celestial que fuerza incluso a los azares a danzar rondas de estrellas; si alguna vez reí con la risa del relámpago creador, al que sigue, retumbando pero obediente, el largo trueno del acto; si alguna vez jugué a los dados con dioses en la mesa de dioses de la tierra, de modo que la tierra tembló y se quebró y arrojó hacia lo alto, resoplando, ríos de fuego: —pues una mesa de dioses es la tierra, temblorosa por nuevas palabras creadoras y por tiradas de los dioses—, ¡oh, cómo no habría yo de estar en celo por la eternidad y por el anillo nupcial de los anillos, —el anillo del retorno!

    Nunca encontré aún a la mujer de la que quisiera hijos, a no ser esta mujer, a la que amo: ¡porque te amo, oh eternidad!

    ¡Porque te amo, oh eternidad!

    [4]

    Si alguna vez bebí a grandes tragos de aquel espumeante cántaro de sazón y mezcla, en el que todas las cosas están bien mezcladas; si mi mano alguna vez vertió lo más lejano en lo más próximo, y fuego en espíritu, y placer en sufrimiento, y lo peor en lo más bondadoso; si yo mismo soy un grano de aquella sal redentora que hace que todas las cosas se mezclen bien en el cántaro de mezcla: —pues hay una sal que liga lo bueno con lo malo; y también lo más malo es digno de servir de condimento para el último rebosar—, ¡oh, cómo no habría yo de estar en celo por la eternidad y por el anillo nupcial de los anillos, —el anillo del retorno!

    Nunca encontré aún a la mujer de la que quisiera hijos, a no ser esta mujer, a la que amo: ¡porque te amo, oh eternidad!

    ¡Porque te amo, oh eternidad!

    [5]

    Si soy amigo del mar y de todo cuanto es de índole marina, y más amigo aún cuando se me opone airado; si hay en mí aquel deseo buscador que impulsa las velas hacia lo inexplorado, si hay en mi deseo un deseo de navegante; si alguna vez mi júbilo exclamó: «La costa se desvaneció, —ahora cayó de mí la última cadena—, lo ilimitado ruge a mi alrededor, a lo lejos me resplandecen el espacio y el tiempo, ¡ea! ¡Arriba, viejo corazón!»—, ¡oh, cómo no habría yo de estar en celo por la eternidad y por el anillo nupcial de los anillos, —el anillo del retorno!

    Nunca encontré aún a la mujer de la que quisiera hijos, a no ser esta mujer, a la que amo: ¡porque te amo, oh eternidad!

    ¡Porque te amo, oh eternidad!

    [6]

    Si mi virtud es virtud de danzarín, y yo a menudo salté con ambos pies dentro de un éxtasis de oro y esmeralda; si mi maldad es una maldad riente, en su casa entre laderas de rosas y setos de lirios: —pues en la risa está reunido todo lo malo, pero declarado santo y absuelto por su propia bienaventuranza—; y si esto es mi alfa y omega: que todo lo pesado se vuelva ligero, todo cuerpo danzarín, todo espíritu pájaro: ¡y, en verdad, esto es mi alfa y omega!—, ¡oh, cómo no habría yo de estar en celo por la eternidad y por el anillo nupcial de los anillos, —el anillo del retorno!

    Nunca encontré aún a la mujer de la que quisiera hijos, a no ser esta mujer, a la que amo: ¡porque te amo, oh eternidad!

    ¡Porque te amo, oh eternidad!

    [7]

    Si alguna vez extendí sobre mí cielos silenciosos y volé con mis propias alas a mis propios cielos; si nadé jugando en profundas lejanías de luz, y a mi libertad le llegó sabiduría de pájaro: —pero así habla la sabiduría de pájaro: «Mira, no hay arriba ni abajo. ¡Arrójate de un lado a otro, hacia fuera, hacia atrás, tú, ligero! ¡Canta! ¡No hables más! ¿No están hechas todas las palabras para los pesados? ¿No le mienten al ligero todas las palabras? ¡Canta! ¡No hables más!»—, ¡oh, cómo no habría yo de estar en celo por la eternidad y por el anillo nupcial de los anillos, —el anillo del retorno!

    Nunca encontré aún a la mujer de la que quisiera hijos, a no ser esta mujer, a la que amo: ¡porque te amo, oh eternidad!

    ¡Porque te amo, oh eternidad!

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 3.15. LA OTRA CANCIÓN PARA LA DANZA

    [1]

    «En tu ojo miré hace poco, oh, vida: oro vi relucir en tu ojo nocturno, —mi corazón se detuvo ante esta voluptuosidad: —una barca de oro vi relucir sobre aguas nocturnas, una barca de oro mecida, que se hundía, bebía y volvía a hacer señas. Hacia mi pie, loco por danzar, lanzaste una mirada, una mirada mecida, risueña, interrogante, derretida: solo dos veces agitaste tu crótalo con tus pequeñas manos —y ya se mecía mi pie por el frenesí de danzar.—

    Mis talones se encabritaron, mis dedos de los pies se pusieron a la escucha para entenderte: ¡pues el danzarín lleva el oído —en los dedos de los pies!

    Salté hacia ti: entonces retrocediste huyendo ante mi salto; ¡y hacia mí lengüeteó la lengua de tu fugitivo y volador cabello!

    Salté alejándome de ti y de tus serpientes: entonces ya estabas allí, vuelta a medias, el ojo lleno de deseo.

    Con miradas torcidas —me enseñas sendas torcidas; por sendas torcidas aprende mi pie —¡mañas!

    Te temo cercana, te amo lejana; tu huida me atrae, tu buscar me retrae: —sufro, pero ¡qué no sufrí gustoso por ti!

    Tú, cuya frialdad enciende, cuyo odio seduce, cuya huida ata, cuyo escarnio —conmueve:

    —¿quién no te odiaría, a ti, gran atadora, envolvedora, tentadora, buscadora, halladora? ¿Quién no te amaría, a ti, inocente, impaciente, veloz como el viento, de ojos infantiles, pecadora?

    ¿Adónde me arrastras ahora, tú, dechado y desatada? ¡Y ahora vuelves a huir de mí, tú, dulce criatura montaraz e ingratitud!

    Danzo tras de ti, te sigo aun por el rastro más leve. ¿Dónde estás? ¡Dame la mano! ¡O un dedo tan solo!

    Aquí hay cuevas y espesuras: ¡nos extraviaremos! —¡Alto! ¡Quédate quieta! ¿No ves revolotear búhos y murciélagos?

    ¡Tú, búho! ¡Tú, murciélago! ¿Quieres remedarme? ¿Dónde estamos? ¿De los perros aprendiste este aullar y ladrar?

    Me enseñas dulcemente los blancos dientecillos; ¡tus malvados ojos saltan contra mí desde tu rizada melenita!

    Esta es una danza sobre troncos y piedras: yo soy el cazador, —¿quieres ser mi perro o mi rebeco?

    ¡Ahora a mi lado! ¡Y deprisa, taimada saltarina! ¡Ahora arriba! ¡Y al otro lado! —¡Ay! ¡Ahí me caí yo mismo al saltar!

    ¡Oh, mírame, tú, desmesura, yacer e implorar clemencia! Con gusto querría recorrer contigo —senderos más dulces:

    —¡los senderos del amor a través de silenciosos y multicolores matorrales! O por allí, a lo largo del lago: ¡allí nadan y danzan peces dorados!

    ¿Estás ahora cansada? Allá hay ovejas y arreboles de la tarde: ¿no es hermoso dormir cuando los pastores tocan la flauta?

    ¿Estás tan terriblemente cansada? Yo te llevaré hasta allí; ¡deja caer los brazos! Y si tienes sed, —algo tendría yo, pero tu boca no quiere beberlo!—

    —¡Oh, esta maldita, ágil, flexible serpiente y bruja escurridiza! ¿Adónde has ido? Pero en la cara siento, de tu mano, dos toques y manchas rojas.

    ¡Estoy en verdad cansado de ser siempre tu pastor ovejuno! Tú, bruja, hasta ahora he cantado para ti; ahora tú has de —¡gritar para mí!

    ¡Al compás de mi látigo has de danzar y gritar para mí! ¿No me habré olvidado del látigo? —¡No!»—

    [2]

    Entonces me respondió así la vida, tapándose al mismo tiempo las delicadas orejas: «¡Oh, Zaratustra! ¡No hagas restallar tan terriblemente tu látigo! Ya lo sabes: el ruido asesina los pensamientos, —y justo ahora me vienen unos pensamientos tan tiernos. Los dos somos auténticos no-bienhechores y no-malhechores. Más allá del bien y del mal encontramos nuestra isla y nuestra verde pradera —¡nosotros dos solos! Por eso hemos de ser buenos el uno con el otro. Y aunque no nos amemos de raíz, —¿acaso hay que guardarse rencor porque no se ama de raíz? Y que yo soy buena contigo, y a menudo demasiado buena, eso lo sabes: y la raíz de ello es que estoy celosa de tu sabiduría. ¡Ah, esa vieja loca y necia que es la sabiduría! Si alguna vez tu sabiduría se te escapase, ¡ay!, entonces también mi amor se te escaparía muy pronto».—

    Entonces la vida miró pensativa hacia atrás y a su alrededor y dijo en voz baja: «¡Oh, Zaratustra, no me eres lo bastante fiel! No me amas ni de lejos tanto como dices; sé que piensas abandonarme pronto. Hay una vieja y grave, grave campana retumbante: por la noche retumba hasta tu cueva: —cuando a medianoche oyes a esta campana dar la hora, piensas en ello entre el Uno y el Doce— —piensas en ello, oh, Zaratustra, lo sé: ¡en que pronto quieres abandonarme!»—

    «Sí —respondí vacilante—, pero tú también lo sabes—». Y le dije algo al oído, justo en medio de sus enmarañados, amarillos y necios mechones de cabello.

    «¿Sabes eso, oh, Zaratustra? Eso no lo sabe nadie».— —

    Y nos miramos y contemplamos la verde pradera, sobre la cual corría en aquel momento el fresco atardecer, y lloramos juntos.— Pero entonces la vida me fue más querida que nunca lo había sido toda mi sabiduría.—

    [3]

    ¡Uno!
    ¡Oh, hombre! ¡Presta atención!

    ¡Dos!
    ¿Qué dice la profunda medianoche?

    ¡Tres!
    «Yo dormía, dormía—,

    ¡Cuatro!
    de profundo sueño he despertado:—

    ¡Cinco!
    el mundo es profundo,

    ¡Seis!
    y más profundo de lo que el día pensó.

    ¡Siete!
    Profundo es su dolor—,

    ¡Ocho!
    el placer —más profundo aún que el dolor del corazón:

    ¡Nueve!
    el dolor dice: “¡Pasa!”.

    ¡Diez!
    Pero todo placer quiere eternidad—,

    ¡Once!
    —¡quiere profunda, profunda eternidad!».

    ¡Doce!

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 3.14. DEL GRAN ANHELO

    Oh, alma mía, te enseñé a decir «hoy» como «una vez» y «antaño», y a danzar tu ronda por encima de todo Aquí y Ahí y Allá.

    Oh, alma mía, te redimí de todos los rincones; barrí de ti el polvo, las arañas y la penumbra.

    Oh, alma mía, lavé de ti la pequeña vergüenza y la virtud-de-rincón, y te persuadí a estar en pie desnuda ante los ojos del sol. Con la tormenta que se llama «espíritu» soplé sobre tu mar agitado; alejé soplando todas las nubes, estrangulé incluso a la estranguladora que se llama «pecado».

    Oh, alma mía, te di el derecho a decir «No» como la tormenta y a decir «Sí» como dice «Sí» el cielo abierto: silenciosa como la luz, estás en pie y caminas ahora a través de tormentas negadoras.

    Oh, alma mía, te devolví la libertad sobre lo creado y lo increado: ¿y quién conoce, como tú la conoces, la voluptuosidad de lo futuro?

    Oh, alma mía, te enseñé el desprecio que no llega como carcoma de gusano, el gran desprecio, el desprecio amante, que más ama allí donde más desprecia.

    Oh, alma mía, te enseñé a persuadir de tal manera que persuades hacia ti los fundamentos mismos: como el sol, que aun al mar lo persuade hacia su altura.

    Oh, alma mía, te quité todo obedecer, todo doblar la rodilla y todo decir «Señor»; te di a ti misma los nombres de «viraje de la necesidad» y «destino».

    Oh, alma mía, te di nuevos nombres y juguetes multicolores; te llamé «destino» y «límite de los límites» y «cordón umbilical del tiempo» y «campana azur».

    Oh, alma mía, di de beber a tu tierra toda la sabiduría, todos los vinos nuevos y también todos los fuertes vinos de la sabiduría, viejos desde tiempo inmemorial.

    Oh, alma mía, derramé sobre ti cada sol y cada noche y cada silencio y cada anhelo: entonces creciste para mí como una vid.

    Oh, alma mía, desbordante de riqueza y pesada estás ahora ahí, una vid con ubres henchidas y apretados racimos de uvas de oro pardo: — apretada y oprimida por tu dicha, esperando por sobreabundancia y todavía pudorosa por tu espera.

    Oh, alma mía, ahora no hay en ninguna parte un alma que sea más amante, más envolvente y más vasta. ¿Dónde estarían el futuro y el pasado más estrechamente reunidos que en ti?

    Oh, alma mía, te lo di todo, y todas mis manos quedaron vacías al darte: — ¡y ahora! Ahora me dices, sonriente y llena de melancolía: «¿Quién de nosotros tiene que dar las gracias? — ¿No tiene el dador que dar las gracias porque el que recibe aceptó? ¿No es regalar una necesidad? ¿No es recibir — compasión?»

    Oh, alma mía, entiendo la sonrisa de tu melancolía: ¡tu sobre-riqueza misma extiende ahora manos anhelantes! Tu plenitud mira más allá de rugientes mares y busca y espera; ¡el anhelo de la sobre-plenitud mira desde el sonriente cielo de tus ojos! Y en verdad, oh, alma mía, ¿quién vería tu sonrisa y no se desharía en lágrimas? Los ángeles mismos se deshacen en lágrimas por la sobre-bondad de tu sonrisa. Es tu bondad y sobre-bondad la que no quiere quejarse ni llorar: y, sin embargo, oh, alma mía, tu sonrisa anhela lágrimas y tu boca temblorosa, sollozos. «¿No es todo llorar un quejarse? ¿Y todo quejarse un acusar?». Así te hablas a ti misma, y por eso prefieres, oh, alma mía, sonreír antes que derramar tu dolor — derramar en lágrimas que se precipitan todo tu dolor por tu plenitud y por todo el apremio de la vid por el viñador y la podadera.

    Pero si no quieres llorar, no quieres desahogar llorando tu purpúrea melancolía, entonces tendrás que cantar, ¡oh, alma mía! Mira, yo mismo sonrío, yo que te predigo tales cosas: — cantar con canto rugiente, hasta que todos los mares se aquieten para prestar oído a tu anhelo, — hasta que sobre mares quietos y anhelantes se deslice el bote, la maravilla dorada, en torno a cuyo oro brincan todas las cosas buenas, malas y extrañas: — también muchos animales grandes y pequeños y todo lo que tiene pies ligeros y extraños, para poder correr por senderos azul violeta, — hacia la maravilla dorada, el bote voluntario, y hacia su señor: pero este es el viñador, que espera con podadera de diamante, — tu gran liberador, oh, alma mía, el Sin Nombre — — ¡al que solo cantos futuros hallarán nombres! Y, en verdad, ya huele tu aliento a cantos futuros, — ya ardes y sueñas, ya bebes sedienta de todos los profundos y resonantes pozos de consuelo, ¡ya descansa tu melancolía en la bienaventuranza de cantos futuros!

    Oh, alma mía, ahora te lo di todo y también mi último don, y todas mis manos quedaron vacías al darte: — que te mandara cantar, mira, ¡ese fue mi último don! Que te mandara cantar; habla ahora, habla: ¿quién de nosotros tiene ahora — que dar las gracias? — Pero mejor aún: ¡cántame, canta, oh, alma mía! ¡Y déjame a mí dar las gracias!

    Así habló Zaratustra.


    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 3.13. EL CONVALECIENTE

    [1]

    Una mañana, no mucho después de su regreso a la cueva, Zaratustra saltó de su lecho como un loco, gritó con voz terrible y se agitó como si aún hubiera otro tendido en el lecho que no quisiera levantarse de él; y de tal modo resonó la voz de Zaratustra, que sus animales acudieron espantados y de todas las cuevas y escondrijos próximos a la cueva de Zaratustra huyeron furtivamente todos los animales —volando, aleteando, arrastrándose, saltando, según la clase de patas y alas que a cada cual le había sido dada. Pero Zaratustra dijo estas palabras:

    ¡Sube, pensamiento abismal, desde mi profundidad! Yo soy tu gallo y tu aurora, gusano adormilado: ¡arriba! ¡arriba! ¡Mi voz te cantará hasta despertarte! Desata la atadura de tus oídos: ¡presta oído! Pues quiero oírte. ¡Arriba! ¡Arriba! Aquí hay trueno suficiente para que hasta las tumbas aprendan a escuchar. ¡Y límpiate de los ojos el sueño y todo lo torpe y ciego! Escúchame también con tus ojos: mi voz es un remedio incluso para los ciegos de nacimiento. Y una vez despierto, has de permanecer despierto para mí eternamente. No es propio de mí despertar del sueño a bisabuelas para decirles que —sigan durmiendo.

    ¿Te remueves, te estiras, estertoreas? ¡Arriba! ¡Arriba! ¡No has de estertorear, sino hablarme! ¡Zaratustra, el impío, te llama! Yo, Zaratustra, el intercesor de la vida, el intercesor del sufrimiento, el intercesor del círculo, te llamo a ti, mi pensamiento más abismal.

    ¡Salud para mí! ¡Vienes —te oigo! Mi abismo habla, ¡he vuelto del revés hacia la luz mi última profundidad! ¡Salud para mí! ¡Acércate! ¡Dame la mano! —¡Ah! ¡Suelta! ¡Ja, ja!— Náusea, náusea, náusea —¡ay de mí!

    [2]

    Pero apenas hubo Zaratustra pronunciado estas palabras, se desplomó como un muerto y permaneció largo tiempo como muerto. Cuando volvió en sí, estaba pálido y temblaba, y permaneció tendido y durante largo tiempo no quiso comer ni beber. Tal estado le duró siete días; sus animales, sin embargo, no lo abandonaron ni de día ni de noche, salvo cuando el águila salía volando a buscar alimento. Y lo que traía y reunía como botín lo depositaba sobre el lecho de Zaratustra, de modo que Zaratustra acabó yaciendo cubierto de bayas amarillas y rojas, uvas, manzanas de rosa, hierbas fragantes y piñas. A sus pies, sin embargo, yacían tendidos dos corderos que el águila, no sin esfuerzo, había arrebatado a sus pastores.

    Finalmente, después de siete días, Zaratustra se incorporó en su lecho, tomó una manzana de rosa en la mano, la olió y encontró grato su aroma. Entonces sus animales creyeron que había llegado la hora de hablar con él.

    «Oh, Zaratustra —dijeron—, ya llevas siete días yaciendo así, con los ojos pesados: ¿no quieres por fin volver a ponerte de pie? Sal de tu cueva: el mundo te espera como un jardín. El viento juega con intensos aromas que quieren llegar hasta ti, y todos los arroyos querrían correr tras de ti. Todas las cosas te anhelan porque permaneciste siete días solo: ¡sal de tu cueva! Todas las cosas quieren ser tus médicos. ¿Te llegó acaso un nuevo saber, uno agrio, pesado? Como masa fermentada yacías; tu alma subió y se hinchó hasta rebasar todos sus bordes.»

    —Oh, animales míos —respondió Zaratustra—, seguid así, parloteando, y dejadme escuchar. Me reconforta tanto que parloteéis: donde se parlotea, allí el mundo yace ya ante mí como un jardín. ¡Qué delicioso es que haya palabras y sonidos! ¿No son las palabras y los sonidos arcoíris y puentes ilusorios entre lo eternamente separado?

    A cada alma le corresponde un mundo distinto; para cada alma, toda otra alma es un trasmundo. Precisamente entre lo más semejante miente la apariencia de la manera más bella; pues la brecha más pequeña es la más difícil de salvar.

    Para mí, ¿cómo habría de haber un fuera-de-mí? ¡No hay ningún afuera! Pero eso lo olvidamos con todos los sonidos; ¡qué delicioso es que olvidemos! ¿No les han sido regalados a las cosas nombres y sonidos para que el hombre se reconforte con las cosas? Una hermosa necedad es el hablar: con él danza el hombre por encima de todas las cosas. ¡Qué delicioso es todo hablar y toda mentira de los sonidos! Con sonidos danza nuestro amor sobre arcoíris multicolores. —

    —Oh, Zaratustra —dijeron entonces los animales—, para quienes piensan como nosotros, todas las cosas mismas danzan: todo viene y se tiende la mano y ríe y huye —y vuelve. Todo se va, todo vuelve; eternamente rueda la rueda del ser. Todo muere, todo vuelve a florecer; eternamente transcurre el año del ser. Todo se rompe, todo es unido de nuevo; eternamente se construye a sí misma la misma casa del ser. Todo se separa, todo vuelve a saludarse; eternamente permanece fiel a sí mismo el anillo del ser. En cada instante comienza el ser; alrededor de cada aquí rueda la esfera del allí. El centro está en todas partes. Torcida es la senda de la eternidad. —

    —¡Oh, necios pícaros y organillos! —respondió Zaratustra, y volvió a sonreír—. ¡Qué bien sabéis lo que en siete días debía cumplirse: —y cómo aquel monstruo se me metió arrastrándose en las fauces y me estranguló! Pero yo le mordí la cabeza y la escupí lejos de mí. Y vosotros, ¿ya hicisteis de ello una canción de organillo? Pero ahora yazgo aquí, cansado aún de ese morder y escupir lejos, enfermo aún de mi propia redención. ¿Y vosotros contemplasteis todo eso? Oh, animales míos, ¿sois también vosotros crueles? ¿Quisisteis contemplar mi gran dolor, como hacen los hombres? Pues el hombre es el animal más cruel.

    En tragedias, corridas de toros y crucifixiones es cuando mejor se ha sentido hasta ahora en la tierra; y cuando inventó para sí el infierno, mira, ese fue entonces su cielo en la tierra.

    Cuando el gran hombre grita, al punto acude corriendo el pequeño; y la lengua le cuelga fuera de la boca de pura avidez. Pero él llama a eso su «compasión».

    El hombre pequeño, especialmente el poeta, ¡con cuánto celo acusa a la vida con palabras! Prestad oído, pero no dejéis de oír el placer que hay en toda acusación. A tales acusadores de la vida los vence la vida con un parpadeo. «¿Me amas? —dice la insolente—; espera todavía un poco, aún no tengo tiempo para ti.»

    El hombre es para consigo mismo el animal más cruel; y en todo lo que se llama «pecador», «portador de la cruz» y «penitente», no dejéis de oír la voluptuosidad que hay en este lamentarse y acusar.

    Y yo mismo, ¿quiero por ello ser acusador del hombre? Ay, animales míos, solo esto he aprendido hasta ahora: que al hombre le es necesario lo peor de sí para lo mejor de sí, —que todo lo peor es su mejor fuerza y la piedra más dura para el más alto creador; y que el hombre tiene que volverse mejor y más malo:

    No estaba yo clavado a este madero de suplicio —saber que el hombre es malo—, sino que grité como nadie había gritado aún: «¡Ay, que lo peor de él sea tan absolutamente pequeño! ¡Ay, que lo mejor de él sea tan absolutamente pequeño!»

    El gran hastío del hombre —ese me estranguló y se me había arrastrado a las fauces: y lo que vaticinó el adivino: «Todo es igual, nada vale la pena, el saber estrangula.» Un largo crepúsculo cojeaba delante de mí, una tristeza mortalmente cansada, ebria de muerte, que hablaba con boca bostezante. «Eternamente regresa, el hombre del que estás cansado, el hombre pequeño» —así bostezaba mi tristeza y arrastraba el pie y no podía dormirse. La tierra de los hombres se me transformó en cueva, su pecho se hundió hacia dentro, todo lo viviente se me volvió podredumbre humana y huesos y pasado carcomido. Mi suspiro estaba sentado sobre todas las tumbas de los hombres y ya no podía levantarse; mi suspirar y preguntar croaban, se ahogaban, roían y se lamentaban día y noche: —«¡Ay, el hombre regresa eternamente! ¡El hombre pequeño regresa eternamente!»—

    Una vez había visto desnudos a ambos, al hombre más grande y al hombre más pequeño: demasiado parecidos el uno al otro, —¡demasiado humano todavía el más grande! ¡Demasiado pequeño el más grande! —¡Ese fue mi hastío del hombre! ¡Y eterno retorno también del más pequeño! —¡Ese fue mi hastío de toda existencia! ¡Ay, náusea! ¡Náusea! ¡Náusea! — —

    Así habló Zaratustra y suspiró y se estremeció, pues recordó su enfermedad. Pero entonces sus animales no le dejaron seguir hablando.

    «¡No sigas hablando, convaleciente! —así le respondieron sus animales—, sino sal fuera, donde el mundo te espera como un jardín. ¡Sal fuera, ve a las rosas y a las abejas y a las bandadas de palomas! Pero especialmente a los pájaros cantores: ¡para que aprendas de ellos a cantar! Pues cantar es para el convaleciente; el sano puede hablar. Y aunque también el sano quiera canciones, quiere, sin embargo, canciones distintas de las del convaleciente.»

    —¡Oh, necios pícaros y organillos, callad ya! —respondió Zaratustra, y sonrió de sus animales—. ¡Qué bien sabéis qué consuelo inventé para mí durante estos siete días! Que tenía que volver a cantar, —ese consuelo y esa recuperación inventé para mí: ¿queréis también hacer enseguida de ello otra canción de organillo?

    —No sigas hablando —le respondieron una vez más sus animales—; mejor todavía, convaleciente, prepárate primero una lira, ¡una nueva lira! Pues mira, oh, Zaratustra: para tus nuevas canciones se necesitan nuevas liras. ¡Canta y desbórdate rugiendo, oh, Zaratustra; sana con nuevas canciones tu alma, para que lleves tu gran destino, que aún no fue destino de hombre alguno! Pues tus animales saben bien, oh, Zaratustra, quién eres y tienes que llegar a ser: mira, tú eres el maestro del eterno retorno, —¡ese es ahora tu destino! Que tú, siendo el primero, tengas que enseñar esta enseñanza, —¿cómo no habría de ser este gran destino también tu mayor peligro y enfermedad?

    Mira, nosotros sabemos lo que enseñas: que todas las cosas regresan eternamente, y nosotros mismos con ellas, y que hemos existido ya eternas veces, y todas las cosas con nosotros. Enseñas que hay un gran año del devenir, un monstruo de gran año: este tiene que darse la vuelta siempre de nuevo, como un reloj de arena, para que vuelva a correr y a agotarse, —de modo que todos esos años son iguales a sí mismos, en lo más grande y también en lo más pequeño, —de modo que nosotros mismos, en cada gran año, somos iguales a nosotros mismos, en lo más grande y también en lo más pequeño.

    Y si ahora quisieras morir, oh, Zaratustra: mira, sabemos también cómo te hablarías entonces a ti mismo: —¡pero tus animales te piden que todavía no mueras! Hablarías sin temblar, más bien respirando aliviado de bienaventuranza: pues una gran gravedad y opresión te serían quitadas, ¡tú, el más paciente! —

    «Ahora muero y me desvanezco —dirías—, y en un instante soy una nada. Las almas son tan mortales como los cuerpos. Pero el nudo de causas en el que estoy enredado regresa, —¡ese volverá a crearme! Yo mismo pertenezco a las causas del eterno retorno. Regreso, con este sol, con esta tierra, con este águila, con esta serpiente, —no a una vida nueva ni a una vida mejor ni a una vida semejante: —regreso eternamente a esta misma e idéntica vida, en lo más grande y también en lo más pequeño, para que vuelva a enseñar el eterno retorno de todas las cosas, —para que vuelva a pronunciar la palabra del gran mediodía de la tierra y del hombre, para que vuelva a proclamar el superhombre a los hombres. Pronuncié mi palabra, me hago pedazos contra mi palabra: así lo quiere mi suerte eterna, —¡como proclamador perezco! Ha llegado ahora la hora de que el que va a su ocaso se bendiga a sí mismo. Así —termina el ocaso de Zaratustra.» — —

    Cuando los animales hubieron pronunciado estas palabras, callaron y esperaron que Zaratustra les dijera algo; pero Zaratustra no oyó que habían callado. Más bien permaneció tendido en silencio, con los ojos cerrados, semejante a un durmiente, aunque no dormía; pues en aquel momento conversaba con su alma. Pero la serpiente y el águila, al encontrarlo sumido en tal silencio, honraron la gran quietud que había en torno a él y se alejaron con cautela.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 3.12. DE TABLAS VIEJAS Y NUEVAS

    [1]

    Aquí estoy sentado y espero, viejas tablas rotas a mi alrededor, y también nuevas tablas a medio escribir. ¿Cuándo llegará mi hora? -la hora de mi descenso, de mi ocaso: pues una vez más quiero ir a los hombres. Por eso espero ahora: porque primero deben llegarme las señales de que es mi hora -a saber, el león riente con la bandada de palomas. Entre tanto hablo conmigo mismo como quien tiene tiempo. Nadie me cuenta nada nuevo: así, me relato a mí mismo.

    [2]

    Cuando llegué a los hombres, los encontré sentados sobre un viejo engreimiento: todos se figuraban saber desde hacía ya mucho qué era para el hombre bueno y malo. Una cosa vieja y cansada les parecía todo hablar de virtud; y quien quería dormir bien, antes de acostarse aún hablaba de “bien” y “mal”.

    Sacudí este sopor cuando enseñé: qué es bueno y malo, eso no lo sabe nadie todavía -a no ser el creador. Pero este es aquel que crea la meta del hombre y da a la tierra su sentido y su futuro: solo este hace que algo sea bueno y malo.

    Y les mandé derribar sus viejas cátedras, y dondequiera que aquel viejo engreimiento se hubiera sentado; les mandé reírse de sus grandes maestros de virtud, de sus santos, de sus poetas y de sus redentores del mundo. De sus sombríos sabios les mandé reírse, y de cualquiera que alguna vez, como negro espantapájaros, se hubiera sentado advirtiendo sobre el árbol de la vida. En su gran calle de tumbas me senté, yo mismo entre carroña y buitres, y me reí de todo su antaño y de su gloria quebradiza y ruinosa.

    En verdad, igual que predicadores de penitencia y necios, grité ira y clamores contra todo lo grande y pequeño de ellos: ¡que lo mejor de ellos sea tan absolutamente pequeño! ¡Que lo peor de ellos sea tan absolutamente pequeño! -así reí.

    Mi sabio anhelo gritaba y reía así desde dentro de mí, nacido en las montañas, una sabiduría salvaje, en verdad: mi gran anhelo de alas rugientes. Y a menudo me arrebató lejos y arriba y más allá, y en medio de la risa: entonces sí que volé, estremeciéndome, una flecha, a través de un arrobamiento ebrio de sol: hacia fuera, hacia futuros lejanos que ningún sueño había visto aún, hacia sures más ardientes de los que jamás soñaron los artífices: allí donde los dioses, danzando, se avergüenzan de toda vestidura: a saber, que hablo en parábolas y, como los poetas, cojeo y tartamudeo: y en verdad, me avergüenzo de tener que ser aún poeta.

    Donde todo devenir me parecía danza de dioses y travesura de dioses, y el mundo suelto y desatado y huyendo de vuelta hacia sí mismo: como un eterno huirse y volver a buscarse de muchos dioses, como el bienaventurado contradecirse, volver a oírse, volver a pertenecerse mutuamente de muchos dioses:

    Donde todo tiempo me parecía una bienaventurada burla de instantes, donde la necesidad era la libertad misma, que bienaventurada jugaba con el aguijón de la libertad:

    Donde también reencontré a mi viejo diablo y archienemigo, el espíritu de la gravedad y todo lo que él creó: coacción, precepto, necesidad y consecuencia, y propósito y voluntad, y bueno y malo:

    Porque ¿no tiene que haber algo sobre lo que se dance, algo por encima de lo cual se dance y se pase más allá? ¿No tienen que existir, por mor de los ligeros, de los más ligeros, topos y enanos pesados?

    [3]

    Allí fue también donde recogí del camino la palabra “superhombre”, y que el hombre es algo que debe ser superado: que el hombre es un puente y no una meta, declarándose bienaventurado por su mediodía y su tarde, como camino hacia nuevas auroras: la palabra de Zaratustra sobre el gran mediodía, y cuanto además colgué sobre el hombre, como segundos arreboles purpúreos del atardecer.

    En verdad, también les hice ver estrellas nuevas junto con noches nuevas; y sobre las nubes y el día y la noche extendí además la risa como un pabellón multicolor.

    Les enseñé todo mi poetizar y mi empeño: componer en uno y reunir lo que en el hombre es fragmento y enigma y azar espantoso; como poeta, adivinador de enigmas y redentor del azar les enseñé a forjar el futuro y a redimir, creando, todo lo que fue. Redimir lo pasado en el hombre y transformar todo “Fue” hasta que la voluntad diga: “¡Pero así lo quise! ¡Así lo querré!” -a eso llamé redención ante ellos; solo a eso les enseñé a llamar redención.

    Ahora espero mi redención: ir a ellos por última vez. Porque una vez más quiero ir a los hombres: entre ellos quiero ir a mi ocaso, muriendo quiero darles mi más rico don. Del sol aprendí esto: cuando se pone, el sobreabundante, derrama oro en el mar desde inagotable riqueza, de modo que hasta el pescador más pobre rema aún con remo de oro. Esto lo vi una vez y no me saciaba de lágrimas al contemplarlo.

    Como el sol, también Zaratustra quiere ir a su ocaso: ahora está aquí sentado y espera, con viejas tablas rotas a su alrededor y también nuevas tablas, a medio escribir.

    [4]

    Mira, aquí hay una nueva tabla: pero ¿dónde están mis hermanos, que la lleven conmigo al valle y a corazones de carne?

    Así lo exige mi gran amor por los más lejanos: ¡no trates con miramiento a tu más próximo! El hombre es algo que debe ser superado.

    Hay muchos caminos y maneras de la superación: ¡mira tú por ello! Pero solo un bufón piensa: “al hombre también se le puede saltar por encima”.

    Supérate a ti mismo aun en tu más próximo: y un derecho que puedas arrebatar para ti, no has de dejar que te lo den.

    Lo que tú haces, nadie puede hacértelo de vuelta. Mira, no hay retribución.

    Quien no puede mandarse a sí mismo, ha de obedecer. Y más de uno puede mandarse a sí mismo, pero todavía falta mucho para que también se obedezca a sí mismo.

    [5]

    Así lo quiere la índole de las almas nobles: no quieren tener nada gratis, y menos aún la vida. Quien es del populacho quiere vivir gratis; pero nosotros, los otros, a quienes la vida se nos dio, cavilamos siempre sobre qué es lo mejor que podemos dar a cambio. Y, en verdad, este es un dicho noble, el que dice: “lo que la vida nos promete, eso queremos — cumplírselo a la vida”.

    No se ha de querer gozar donde no se da a gozar. Y — ¡no se ha de querer gozar! Pues el goce y la inocencia son las cosas más pudorosas: ambas no quieren ser buscadas. Se las ha de tener —, pero más bien se ha de buscar aun culpa y dolores.

    [6]

    ¡Oh hermanos míos, quien es una primicia, siempre es sacrificado. Pero ahora somos primicias. Todos sangramos en secretos altares de sacrificio, todos ardemos y nos asamos en honor de viejos ídolos. Lo mejor en nosotros es todavía joven: eso tienta a viejos paladares. Nuestra carne es tierna, nuestra piel es solo piel de cordero: ¿cómo no habríamos de tentar a viejos sacerdotes de ídolos? En nosotros mismos habita aún él, el viejo sacerdote de ídolos, que se asa lo mejor en nosotros para su festín. ¡Ay, hermanos míos, cómo no habrían las primicias de ser víctimas!

    Pero así lo quiere nuestra índole; y yo amo a quienes no quieren preservarse. A quienes van a su ocaso los amo con todo mi amor: pues pasan al otro lado.

    [7]

    Ser veraz — ¡eso lo pueden pocos! Y quien lo puede, aún no lo quiere. Pero menos que nadie lo pueden los buenos. ¡Oh estos buenos! Los hombres buenos no dicen nunca la verdad; para el espíritu, ser bueno de esa manera es una enfermedad. Ceden, estos buenos, se resignan, su corazón repite, su fondo obedece: pero quien obedece no se escucha a sí mismo.

    Todo lo que para los buenos se llama malo debe juntarse para que nazca una verdad: oh hermanos míos, ¿sois vosotros también lo bastante malos para esta verdad? El temerario osar, la larga desconfianza, el cruel No, el hastío, el cortar en lo vivo — ¡qué raramente se junta eso! Pero de tal semilla se engendra — verdad.

    ¡Junto a la mala conciencia ha crecido hasta ahora todo conocimiento! ¡Rompedme, rompedme, vosotros, los que conocéis, las viejas tablas!

    [8]

    Cuando el agua tiene vigas, cuando pasarelas y barandillas saltan por encima del río: en verdad, no encuentra crédito quien allí dice: “Todo fluye”. Antes bien, hasta los torpes le contradicen. “¿Cómo? —dicen los torpes—. ¿Todo estaría en flujo? ¡Pero si vigas y barandillas están por encima del río! Por encima del río todo es firme, todos los valores de las cosas, los puentes, los conceptos, todo ‘Bien’ y ‘Mal’: ¡todo eso es firme!”

    Cuando llega incluso el duro invierno, el domador de la bestia-río: entonces hasta los más agudos aprenden la desconfianza; y, en verdad, no solo los torpes dicen entonces: “¿No debería todo — estar quieto?”

    “En el fondo todo está quieto” —, esa es una auténtica doctrina invernal, una buena cosa para tiempo estéril, un buen consuelo para dormidores de invierno y arrimados a la estufa.

    “En el fondo todo está quieto” —: ¡contra eso, sin embargo, predica el viento del deshielo! El viento del deshielo, un toro que no es toro arador, un toro furioso, un destructor que con cuernos airados rompe hielo. Pero el hielo — ¡rompe pasarelas!

    ¡Oh hermanos míos, ¿no está ahora todo en flujo? ¿No han caído al agua todas las barandillas y pasarelas? ¿Quién se aferraría aún a “Bien” y “Mal”?

    “¡Ay de nosotros! ¡Salvación para nosotros! ¡Sopla el viento del deshielo!” — Así predicadme, oh hermanos míos, por todas las calles.

    [9]

    Hay un viejo delirio, que se llama Bien y Mal. En torno a adivinos y astrólogos ha girado hasta ahora la rueda de este delirio. Antaño se creyó en adivinos y astrólogos, y por eso se creyó: “Todo es destino: has de, pues tienes que.”

    Luego, por el contrario, se desconfió de todos los adivinos y astrólogos, y por eso se creyó: “Todo es libertad: puedes, pues quieres.”

    Oh, hermanos míos, sobre estrellas y futuro hasta ahora sólo se ha imaginado, no sabido; y por eso sobre Bien y Mal hasta ahora sólo se ha imaginado, no sabido.

    [10]

    “¡No robarás! ¡No matarás!” — a tales palabras se las llamó antaño sagradas; ante ellas se doblaban rodillas y cabezas y se quitaban los zapatos. Pero yo os pregunto: ¿dónde ha habido jamás en el mundo mejores ladrones y homicidas que tales palabras sagradas?

    ¿No hay en toda vida misma robar y matar? Y que tales palabras se llamaran sagradas, ¿no se dio con ello muerte a la verdad misma? ¿O fue una predicación de la muerte que se llamara sagrado a lo que contradecía y desaconsejaba toda vida? — ¡Oh, hermanos míos, rompedme, rompedme las viejas tablas!

    [11]

    Esta es mi compasión por todo lo pasado: que veo que está entregado, — entregado a la gracia, al espíritu, a la locura de cada generación que llega y reinterpreta todo lo que fue como su puente.

    Un gran déspota podría llegar, un monstruo astuto, que con su gracia y su desgracia obligara y constriñera todo lo pasado: hasta que se le volviera puente y presagio y heraldo y canto de gallo.

    Pero este es el otro peligro y mi otra compasión: quien es del populacho, su memoria se remonta hasta el abuelo, — pero con el abuelo se termina el tiempo.

    Así está entregado todo lo pasado: pues podría ocurrir un día que el populacho se hiciera señor y ahogara todo tiempo en aguas someras.

    Por eso, oh, hermanos míos, se necesita una nueva nobleza, que sea adversaria de todo populacho y de todo lo despótico, y que sobre tablas nuevas escriba de nuevo la palabra “noble”.

    Pues se necesitan muchos nobles y nobles de muchas clases para que haya nobleza. O, como una vez dije en la parábola: “Eso precisamente es divinidad, que haya dioses, pero ningún Dios.”

    [12]

    Oh, hermanos míos, yo os consagro y os destino a una nueva nobleza: habéis de convertiros para mí en engendradores y criadores y sembradores del futuro, — en verdad, no a una nobleza que pudierais comprar como tenderos y con oro de tendero: pues poco valor tiene todo lo que tiene su precio.

    ¡Que no sea de dónde venís lo que en adelante constituya vuestro honor, sino adónde vais! Vuestra voluntad y vuestro pie, que quiere ir más allá de vosotros mismos, — eso constituya vuestro nuevo honor.

    En verdad, no que hayáis servido a un príncipe —¡qué importan aún los príncipes!—, o que os hayáis vuelto baluarte de aquello que está en pie, para que estuviera en pie más firme.

    No que vuestro linaje se volviera cortesano en las cortes, y aprendierais, multicolores, semejantes a un flamenco, a permanecer de pie largas horas en estanques poco profundos. — Pues poder estar de pie es un mérito entre cortesanos; y todos los cortesanos creen que a la bienaventuranza después de la muerte pertenece —¡poder sentarse!

    Ni tampoco que un espíritu que ellos llaman santo condujera a vuestros antepasados a tierras prometidas que yo no alabo: pues donde creció el peor de todos los árboles, la cruz, — en esa tierra nada hay que alabar. — Y en verdad, adondequiera que este “santo espíritu” condujera a sus caballeros, siempre corrían por delante en tales campañas — cabras y gansos y cabezotas de cruz y de través.

    ¡Oh, hermanos míos, no hacia atrás ha de mirar vuestra nobleza, sino hacia fuera! ¡Desterrados habéis de ser de todas las tierras paternas y ancestrales! La tierra de vuestros hijos habéis de amar: este amor sea vuestra nueva nobleza, — la no descubierta, en el mar más lejano. ¡A buscarla y buscarla mando yo a vuestras velas!

    En vuestros hijos habéis de reparar que sois hijos de vuestros padres: ¡todo lo pasado habéis así de redimir! ¡Esta nueva tabla coloco sobre vosotros!

    [13]

    “¿Para qué vivir? ¡Todo es vanidad! Vivir — eso es trillar paja; vivir — eso es quemarse y, sin embargo, no entrar en calor.” — Tal arcaica cháchara pasa todavía por “sabiduría”; pero porque es vieja y huele a rancio, por eso se la honra más. También la podredumbre ennoblece.

    A los niños se les podría permitir hablar así: rehúyen el fuego porque los quemó. Hay muchas niñerías en los viejos libros de la sabiduría. Y quien siempre “trilla paja”, ¿cómo habría de poder maldecir la trilla? ¡A tal necio habría que atarle el hocico!

    Tales se sientan a la mesa y no traen nada consigo, ni siquiera el buen hambre: — y ahora maldicen: “Todo es vanidad.” Pero comer y beber bien, oh, hermanos míos, en verdad, no es un arte vano. ¡Rompedme, rompedme las tablas de los Nunca-Alegres!

    [14]

    “Para el puro todo es puro” — así habla el pueblo. Pero yo os digo: para los puercos todo se vuelve puerco.

    Por eso predican los fanáticos y los cabizbajos, a quienes también se les descuelga el corazón: “El mundo mismo es un monstruo excrementicio.” Porque todos estos son de espíritu poco limpio; pero en especial aquellos que no tienen paz ni reposo si no ven el mundo por detrás, — ¡los transmundanos! A esos les digo a la cara, aunque no suene grato: el mundo se parece en esto al hombre, en que tiene un trasero, — ¡eso es verdad! Hay en el mundo mucho excremento: ¡eso es verdad! Pero por eso el mundo mismo no es aún ningún monstruo excrementicio.

    Hay sabiduría en esto, en que muchas cosas en el mundo huelen mal: ¡la náusea misma crea alas y fuerzas que adivinan fuentes! En lo mejor hay todavía algo que da náusea; y el mejor es todavía algo que debe ser superado. — ¡Oh, hermanos míos, hay mucha sabiduría en esto, en que hay mucho excremento en el mundo!

    [15]

    Tales sentencias oí a piadosos transmundanos decir a su conciencia; y en verdad, sin maldad ni falsedad, — aunque no hay en el mundo nada más falso ni peor:

    “¡Deja, pues, que el mundo sea el mundo! ¡No levantes contra él ni un dedo!”

    “Deja que quien quiera estrangule y apuñale y corte y raspe a la gente: ¡no levantes contra ello ni un dedo! Por eso aprenden aún a renunciar al mundo.”

    “Y tu propia razón — con ella has de hacer gárgaras y estrangularla tú mismo; pues es una razón de este mundo, — por eso aprendes tú mismo a renunciar al mundo.” —

    ¡Rompedme, rompedme, oh, hermanos míos, estas viejas tablas de los piadosos! ¡Hacedme trizas las sentencias de los calumniadores del mundo!

    [16]

    “Quien mucho aprende, desaprende todo deseo vehemente” — eso se susurra hoy en todos los callejones oscuros.

    “La sabiduría cansa, no vale la pena — nada; ¡no has de desear!” — esta nueva tabla la encontré colgada incluso en mercados abiertos.

    Rompedme, oh, hermanos míos, rompedme también esta nueva tabla. Los cansados del mundo la colgaron ahí, y los predicadores de la muerte, y también los amos de la vara: pues, mirad, es también una prédica de la servidumbre. Que aprendieran mal, y no lo mejor, y todo demasiado pronto, y todo demasiado deprisa: que comieran mal, de ahí les vino aquel estómago estragado, — un estómago estragado es, en efecto, su espíritu: este aconseja la muerte. Pues, en verdad, hermanos míos, el espíritu es un estómago. La vida es un manantial del placer: pero aquel desde quien habla el estómago estragado, el padre de la aflicción, para él están envenenadas todas las fuentes.

    ¡Conocer: eso es placer para el que tiene voluntad de león! Pero quien se cansó, ese ya solo es “querido”; con él juegan todas las olas. Y así es siempre la índole de los hombres débiles: se pierden en sus caminos. Y al final su cansancio pregunta todavía: “¿Para qué recorrimos jamás caminos? ¡Todo es igual!” A esos les suena dulce al oído que se predique: “¡No vale la pena — nada! ¡No habéis de querer!” Pero esto es una prédica de la servidumbre.

    Oh, hermanos míos, como un fresco viento rugiente llega Zaratustra a todos los cansados del camino; muchas narices hará aún estornudar. También a través de muros sopla mi libre aliento, y hasta el interior de las prisiones y de los espíritus cautivos. Querer libera: pues querer es crear: así enseño. Y solo para crear habéis de aprender.

    Y también el aprender habéis primero de aprenderlo de mí: ¡el buen-aprender! Quien tenga oídos, que oiga.

    [17]

    Ahí está el bote, — por allí se cruza quizá hacia la gran nada. — Pero ¿quién quiere embarcarse en este “quizá”? ¡Ninguno de vosotros quiere embarcarse en el bote de la muerte! ¿Cómo queréis, entonces, estar cansados del mundo? ¡Cansados del mundo! ¡Y aún ni siquiera llegasteis a ser arrebatados de la tierra! Ávidos os encontré siempre aún de tierra, enamorados aún del propio cansancio de la tierra. No en vano os cuelga el labio hacia abajo: — ¡un pequeño deseo terrenal se posa aún sobre él! Y en el ojo — ¿no flota ahí una nubecilla de placer terrenal no olvidado?

    Hay sobre la tierra muchas buenas invenciones, unas útiles, otras agradables: por ellas hay que amar la tierra. Y muchas cosas tan bien inventadas hay allí, que son como el seno de la mujer: útiles y a la vez agradables.

    Pero vosotros, cansados del mundo, vosotros, holgazanes de la tierra: ¡a vosotros hay que azotaros con varas! Con varazos se os han de volver a hacer vivaces las piernas. Pues, si no sois enfermos y criaturillas gastadas, de las que está cansada la tierra, entonces sois astutos animales perezosos o gatas de placer golosas y agazapadas. Y si no queréis volver a correr alegremente, entonces habéis de partir de este mundo. De los incurables no se ha de querer ser médico: así lo enseña Zaratustra: — ¡así que habéis de partir de este mundo!

    Pero se requiere más valor para poner fin que para hacer un nuevo verso: eso lo saben todos los médicos y poetas.

    [18]

    Oh, hermanos míos, hay tablas que creó el cansancio, y tablas que creó la pereza, la podrida: aunque hablen de igual modo, quieren, no obstante, ser escuchadas de modo distinto.

    ¡Mirad aquí a este languideciente! Solo a un palmo de distancia está aún de su meta, pero por cansancio se ha tendido desafiante aquí en el polvo: ¡este valiente! Por cansancio bosteza ante el camino y la tierra y la meta y ante sí mismo: no quiere dar ni un paso más, — ¡este valiente! Ahora arde el sol sobre él, y los perros lamen su sudor: pero él yace ahí en su desafío y prefiere languidecer: — ¡a un palmo de distancia de su meta languidecer! En verdad, aún tendréis que arrastrarlo por los cabellos hasta su cielo, — ¡a este héroe! Mejor aún, dejadlo yacer allí donde se ha tendido, para que le venga el sueño, el consolador, con lluvia refrescante y rumorosa: Dejadlo yacer hasta que despierte por sí mismo, — hasta que por sí mismo se retracte de todo cansancio y de lo que el cansancio enseñó a través de él.

    Solo, hermanos míos, que ahuyentéis de él a los perros, los merodeadores podridos, y todo el enjambre de alimañas: — todo el enjambre de alimañas de los “cultos”, que se regala con el sudor de cada héroe.

    [19]

    Trazo círculos a mi alrededor y fronteras sagradas; cada vez son menos los que ascienden conmigo a montañas cada vez más altas, — construyo una cordillera con montañas cada vez más sagradas. Pero adondequiera que ascendáis conmigo, oh, hermanos míos: ¡cuidad de que no ascienda con vosotros ningún parásito! Parásito: eso es un gusano, una criatura rastrera y arrimadiza, que quiere engordar en vuestros rincones enfermos y heridos. Y este es su arte: adivina dónde están cansadas las almas que ascienden: en vuestro pesar y desaliento, en vuestro delicado pudor construye su nauseabundo nido.

    Donde el fuerte es débil, donde el noble es demasiado benigno, — ahí dentro construye su nauseabundo nido: el parásito habita donde el grande tiene pequeños rincones heridos.

    ¿Cuál es la especie más alta de todo lo existente y cuál la más baja? El parásito es la especie más baja; pero quien es de la especie más alta, ese alimenta el mayor número de parásitos. Pues el alma que tiene la escalera más larga y puede descender más abajo: ¿cómo no habrían de asentarse en ella el mayor número de parásitos?  El alma más amplia, que más lejos puede correr y errar y vagar dentro de sí misma; la más necesaria, que por placer se lanza al azar; el alma que es, que se sumerge en el devenir; la que tiene, que quiere entrar en el querer y anhelar; la que huye de sí misma, la que se alcanza a sí misma en el círculo más amplio; el alma más sabia, a la que la necedad habla de la manera más dulce; la que más se ama a sí misma, en la que todas las cosas tienen su corriente y contracorriente, su bajamar y pleamar: — oh, ¿cómo no habría de tener el alma más alta los peores parásitos?

    [20]

    Oh, hermanos míos, ¿soy entonces cruel? Pero digo: lo que cae, eso debe aún ser empujado. Todo eso de hoy — eso cae, eso se desmorona: ¿quién querría sostenerlo? Pero yo — yo quiero aún empujarlo.

    ¿Conocéis aquella voluptuosidad que hace rodar piedras hacia profundidades escarpadas? — Estos hombres de hoy: ¡miradlos cómo ruedan hacia mis profundidades!

    ¡Soy un preludio de jugadores mejores, oh, hermanos míos! ¡Un ejemplo! ¡Obrad según mi ejemplo!

    Y al que no enseñéis a volar, a ese enseñádmelo — ¡a caer más deprisa! —

    [21]

    Amo a los valientes: pero no basta con ser espadachín, — ¡hay que saber también mirar a quién se golpea! Y a menudo hay más valentía en esto, en que uno se contenga y pase de largo: para reservarse para el enemigo más digno.

    Sólo habeis de tener enemigos a quienes se pueda odiar, pero no enemigos a quienes se pueda despreciar: debéis estar orgullosos de vuestro enemigo: así enseñé ya una vez. Para el enemigo más digno, oh, amigos míos, habéis de reservaros: por eso debéis pasar de largo ante muchas cosas, — especialmente ante mucha chusma que os atruena los oídos con su clamor sobre pueblo y pueblos. ¡Mantened vuestro ojo limpio de su pro y su contra! Ahí hay mucho derecho, mucha injusticia: quien ahí mira, se vuelve airado. Meter la mirada, meter el golpe — eso es allí una sola cosa: por eso marchaos a los bosques y poned a dormir vuestra espada.”

    ¡Recorred vuestros caminos! Y dejad a pueblo y pueblos recorrer los suyos, — oscuros caminos, en verdad, sobre los que ya ni una sola esperanza relampaguea. ¡Que domine el tendero allí donde todo lo que aún brilla es oro de tendero! Ya no es tiempo de reyes: lo que hoy se llama pueblo no merece reyes. Mirad cómo estos pueblos hacen ahora ellos mismos igual que los tenderos: rebuscan aún las más pequeñas ventajas en cada montón de basura. Se acechan unos a otros, se sacan algo unos a otros al acecho, — a eso lo llaman “buena vecindad”. ¡Oh, bienaventurado tiempo lejano, cuando un pueblo se decía: “quiero ser señor sobre pueblos!” Pues, hermanos míos: lo mejor debe dominar, lo mejor quiere también dominar. Y donde la doctrina reza de otro modo, allí — falta lo mejor.

    [22]

    Si esos tuvieran pan gratis, ¡ay! ¿Por qué clamarían? Su manutención — ese es su verdadero entretenimiento; y han de tenerlo difícil. Son bestias de presa: en su “trabajar” — ahí hay todavía robo, en su “ganar” — ahí hay todavía engaño. ¡Por eso han de tenerlo difícil! Así han de volverse mejores bestias de presa, más finas, más inteligentes, más semejantes al hombre: pues el hombre es la mejor bestia de presa. A todos los animales les ha robado ya el hombre sus virtudes: eso viene de que, de todos los animales, el hombre es el que lo ha tenido más difícil. Solo los pájaros están aún por encima de él. Y si el hombre aprendiera aún a volar, ¡ay! ¿hacia qué alturas volaría su ansia de rapiña?

    [23]

    Así quiero a varón y mujer: apto para la guerra al uno, apta para dar a luz a la otra, pero ambos aptos para danzar con cabeza y piernas. ¡Y perdido sea para nosotros el día en que no se danzó ni una sola vez! ¡Y falsa se llame para nosotros toda verdad en la que no hubo una risa!

    [24]

    Vuestro contraer matrimonio: ¡mirad que no sea un mal contraer! Contrajisteis demasiado deprisa: así se sigue de ello — ¡romper el matrimonio! ¡Y mejor aún romper el matrimonio que torcer el matrimonio, mentir el matrimonio! — Así me habló una mujer: “Cierto es que rompí el matrimonio, pero primero el matrimonio — me rompió a mí.”

    A los mal emparejados los encontré siempre como los más vengativos: hacen pagar a todo el mundo el que ya no corran solos.

    Por eso quiero que los honrados se digan el uno al otro: “Nos amamos: procuremos seguir queriéndonos. ¿O ha de ser nuestra promesa un desacierto?”

    “Dadnos un plazo y un pequeño matrimonio, para ver si somos aptos para el gran matrimonio. ¡Es cosa grande ser siempre dos!”

    [25]

    Quien se volvió sabio acerca de antiguos orígenes, mira, ese acabará por buscar fuentes del futuro y nuevos orígenes. Oh, hermanos míos, no pasará mucho tiempo: entonces brotarán nuevos pueblos y nuevas fuentes se precipitarán rugiendo hacia nuevas profundidades. Pues el terremoto — ese ciega muchos pozos, ese crea mucho languidecer: ese saca también a la luz fuerzas interiores y secretos.

    El terremoto vuelve manifiestas nuevas fuentes. En el terremoto de viejos pueblos irrumpen nuevas fuentes.

    Y quien clama: “Mira, he aquí un pozo para muchos sedientos, un corazón para muchos anhelantes, una voluntad para muchas herramientas” — en torno a él se congrega un pueblo, esto es: muchos que ensayan.

    Quién puede mandar, quién debe obedecer — ¡eso es lo que ahí se ensaya! Ay, ¡con qué largo buscar y conjeturar y desacertar y aprender y ensayar de nuevo!

    La sociedad de los hombres: esa es un ensayo, así lo enseño, — una larga búsqueda: ¡pero busca al que manda! — ¡un ensayo, oh, hermanos míos! ¡Y no un “contrato”! Rompedme, rompedme tal palabra de los de corazón blando y de los mitad-y-mitad.

    [26]

    Oh, hermanos míos, ¿en quiénes radica el mayor peligro para todo futuro humano? ¿No es en los buenos y justos? — en aquellos que dicen y sienten en el corazón: “sabemos ya lo que es bueno y justo, lo tenemos también: ¡ay de aquellos que aquí aún buscan!” Y cualquiera que sea el daño que puedan hacer los malvados: el daño de los buenos es el daño más dañino. Y cualquiera que sea el daño que puedan hacer los calumniadores del mundo: el daño de los buenos es el daño más dañino.

    Oh, hermanos míos, uno vio una vez en el corazón de los buenos y justos, el que dijo: “Son los fariseos”. Pero no se le entendió. Los buenos y justos mismos no podían entenderlo: su espíritu está cautivo en su buena conciencia. La necedad de los buenos es insondablemente astuta. Pero esta es la verdad: los buenos tienen que ser fariseos, — ¡no tienen elección! Los buenos tienen que crucificar a aquel que se inventa su propia virtud. ¡Esa es la verdad!

    El segundo, en cambio, que descubrió su país, país, corazón y suelo de los buenos y justos: ese fue el que preguntó: “¿A quién odian más?” Al creador es al que más odian: al que rompe tablas y viejos valores, al rompedor — a ese lo llaman criminal. Pues los buenos — esos no pueden crear: esos son siempre el principio del fin: crucifican a aquel que escribe nuevos valores sobre nuevas tablas, sacrifican el futuro a sí mismos, — ¡crucifican todo futuro humano!

    Los buenos — esos fueron siempre el principio del fin. 

    [27]

    Oh, hermanos míos, ¿entendisteis también esta palabra? ¿Y lo que un día dije sobre el “último hombre”? ¿En quiénes radica el mayor peligro para todo futuro humano? ¿No es en los buenos y justos? ¡Rompedme, rompedme a los buenos y justos!  Oh, hermanos míos, ¿entendisteis también esta palabra?

    [28]

    ¿Huís de mí? ¿Estáis espantados? ¿Tembláis ante esta palabra? 

    Oh, hermanos míos, cuando os mandé romper a los buenos y las tablas de los buenos: entonces por primera vez embarqué al hombre en su alta mar. Y ahora por primera vez le llega el gran espanto, el gran mirar en torno, la gran enfermedad, la gran náusea, el gran mal de mar.

    Falsas costas y falsas seguridades os enseñaron los buenos; en mentiras de los buenos nacisteis y estuvisteis cobijados. Todo está, hasta el fondo, falseado y torcido por los buenos.

    Pero quien descubrió la tierra “hombre”, descubrió también la tierra “futuro humano”. ¡Ahora habéis de serme navegantes, bravos, pacientes! Erguidos caminadme a tiempo, oh, hermanos míos, ¡aprended a caminar erguidos! El mar está en tempestad: muchos quieren erguirse de nuevo apoyándose en vosotros. El mar está en tempestad: todo está en el mar. ¡Ea! ¡Arriba! ¡Vosotros, viejos corazones de marino!

    ¡Qué patria! ¡Hacia allá quiere ir nuestro timón, donde está la tierra de nuestros hijos! ¡Hacia allá fuera, más tempestuoso que el mar, embiste nuestro gran anhelo! 

    [29]

    “¿Por qué tan duro?”, le dijo al diamante un día el carbón de cocina; “¿no somos, entonces, parientes cercanos?” —

    ¿Por qué tan blandos? Oh, hermanos míos, así os pregunto: ¿no sois, entonces, — mis hermanos?

    ¿Por qué tan blandos, tan cedicios y condescendientes? ¿Por qué hay tanta negación, renegación en vuestro corazón? ¿Tan poco destino en vuestra mirada?

    Y si no queréis ser destinos e inexorables: ¿cómo podríais vencer conmigo?

    Y si vuestra dureza no quiere relampaguear y separar y cortar en pedazos: ¿cómo podríais un día crear conmigo?

    Pues los creadores son duros. Y debe pareceros bienaventuranza imprimir vuestra mano sobre milenios como sobre cera, 

    Bienaventuranza, escribir sobre la voluntad de milenios como sobre bronce, — más duro que bronce, más noble que bronce. Enteramente duro es solo lo más noble.

    Esta nueva tabla, oh, hermanos míos, pongo sobre vosotros: ¡volveos duros!

    [30]

    ¡Oh tú, mi voluntad! ¡Tú, viraje de toda necesidad, tú, mi necesidad! ¡Presérvame de todas las pequeñas victorias! ¡Tú, providencia de mi alma, a la que llamo destino! ¡Tú, en-mí! ¡Sobre-mí! ¡Presérvame y resérvame para un gran destino!

    Y tu última grandeza, voluntad mía, resérvatela para tu final, — para ser inexorable en tu victoria. ¡Ay, quién no sucumbió a su victoria! ¡Ay, a quién no se le ensombreció el ojo en este ebrio crepúsculo! ¡Ay, a quién no se le tambaleó el pie y desaprendió, en la victoria, — a estar en pie! 

    Para que un día esté preparado y maduro en el gran mediodía: preparado y maduro como bronce incandescente, nube preñada de relámpagos y ubre henchida de leche: — preparado para mí mismo y para mi voluntad más escondida: un arco en celo tras su flecha, una flecha en celo tras su estrella — una estrella preparada y madura en su mediodía, incandescente, traspasada, bienaventurada ante las aniquilantes flechas del sol: — un sol él mismo y una inexorable voluntad de sol, preparada para aniquilar en la victoria.

    ¡Oh, voluntad, viraje de toda necesidad, tú, mi necesidad! ¡Resérvame para una gran victoria!

    Así habló Zaratustra.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

  • 3.11. DEL ESPÍRITU DE LA GRAVEDAD

    [1]

    Mi boca es del pueblo: hablo con demasiada rudeza y cordialidad para las liebres de seda. Y todavía más extraña suena mi palabra a todos los calamares y zorros de pluma.

    Mi mano es una mano de necio: ¡ay de todas las mesas y paredes, y de cuanto aún tenga sitio para adorno de necio, borrón de necio!

    Mi pie es una pata de caballo; con ella pataleo y troto por palos y piedras, de acá para allá, campo a través, y ando endiablado de placer en todo correr veloz.

    Mi estómago: ¿es quizá el estómago de un águila? Pues ama sobre todo la carne de cordero. Pero, ciertamente, es el estómago de un pájaro. Alimentado con cosas inocentes y con poco, dispuesto e impaciente por volar, por volar lejos: esa es ahora mi naturaleza; ¡cómo no habría de haber en ella algo de naturaleza de pájaro! Y sobre todo, que soy enemigo del espíritu de la gravedad, eso es naturaleza de pájaro: y en verdad, enemigo a muerte, archienemigo, enemigo primordial. ¡Oh, adónde no ha volado ya y se ha extraviado volando mi enemistad!

    De ello podría ya cantar una canción, y quiero cantarla: aunque esté solo en una casa vacía y deba cantarla a mis propios oídos. Hay, ciertamente, otros cantores a quienes solo la casa llena les hace suave la garganta, locuaz la mano, expresivo el ojo, despierto el corazón: a esos no me parezco.

    [2]

    El que un día enseñe a volar a los hombres, habrá desplazado todos los mojones; todos los mojones mismos volarán para él por los aires, bautizará de nuevo la tierra como «la ligera».

    El avestruz corre más veloz que el caballo más veloz, pero también él hunde aún pesadamente la cabeza en tierra pesada: así el hombre que aún no puede volar. Pesadas llama él a la tierra y a la vida; y así lo quiere el espíritu de la gravedad. Pero quien quiera volverse ligero y pájaro, debe amarse a sí mismo: así enseño yo.

    No, ciertamente, con el amor de los enfermos crónicos y los adictos: pues en ellos apesta incluso el amor propio. Uno debe aprender a amarse a sí mismo —así enseño yo— con un amor íntegro y sano: de modo que uno se soporte a sí mismo y no ande errante. Tal andar errante se bautiza a sí mismo «amor al prójimo»: con esta palabra se ha mentido y se ha fingido hipócritamente hasta ahora de la mejor manera, y en especial por aquellos que eran una carga pesada para todo el mundo.

    Y, en verdad, aprender a amarse a sí mismo no es un mandamiento para hoy y mañana. Más bien, de entre todas las artes, esta es la más fina, la más astuta, la última y la más paciente. Pues para su dueño todo lo propio está bien escondido; y de todas las minas de tesoros, la propia es la que más tarde se desentierra: así lo dispone el espíritu de la gravedad.

    Casi ya en la cuna se nos dan en dote palabras pesadas y valores: «bien» y «mal», así se llama a sí misma esa dote. Por causa de ella se nos perdona que vivamos.

    Y para eso se deja que los niñitos se acerquen, para impedirles a tiempo que se amen a sí mismos: así lo dispone el espíritu de la gravedad.

    Y nosotros, nosotros acarreamos fielmente lo que se nos da en dote, sobre hombros duros y por ásperos montes. Y si sudamos, se nos dice: «Sí, la vida es pesada de llevar». ¡Pero solo el hombre es pesado de llevar para sí mismo! Eso se debe a que carga demasiado de ajeno sobre sus hombros. Igual que el camello, se arrodilla y deja que lo carguen bien. En especial el hombre fuerte, sufrido, en quien mora la reverencia: demasiadas palabras y valores ajenos y pesados carga sobre sí, y ahora la vida le parece un desierto.

    ¡Y, en verdad, también más de una cosa propia es pesada de llevar! Y mucho de lo interior en el hombre es como la ostra: nauseabundo y escurridizo y difícil de asir, de modo que una noble concha, con noble adorno, debe interceder por ello. Pero también este arte se debe aprender: tener concha y bello parecer y sagaz ceguera. Y, de nuevo, engaña acerca de más de una cosa en el hombre el que más de una concha sea pobre y triste y demasiado concha. Mucha bondad y fuerza escondidas no llegan nunca a ser adivinadas; los bocados más exquisitos no encuentran paladares que los gusten. Las mujeres lo saben, las más exquisitas: un poco más gruesa, un poco más enjuta —¡oh, cuánto destino yace en tan poco!

    El hombre es difícil de descubrir, y a sí mismo, más difícil todavía; a menudo miente el espíritu acerca del alma. Así lo dispone el espíritu de la gravedad. Pero se ha descubierto a sí mismo aquel que dice: «Esto es mi bien y mi mal»: con ello ha hecho enmudecer al topo y al enano que dice: «Para todos bueno, para todos malo».

    En verdad, tampoco me gustan aquellos a quienes toda cosa les parece buena y este mundo incluso el mejor. A esos los llamo los omnicomplacientes. Omnicomplacencia que sabe gustar de todo: ¡ese no es el mejor gusto! Honro las lenguas y los estómagos díscolos y selectivos, que aprendieron a decir «Yo» y «Sí» y «No». Pero masticarlo y digerirlo todo: ¡eso es una verdadera naturaleza porcina! Decir siempre «i-a»: eso lo aprendió solo el asno, y quien es de su espíritu.

    El amarillo profundo y el rojo ardiente: así lo quiere mi gusto, que mezcla sangre en todos los colores. Pero quien encala de blanco su casa delata ante mí un alma encalada. Unos, enamorados de momias; otros, de fantasmas; y ambos por igual enemigos de toda carne y sangre: ¡oh, cómo van ambos contra mi gusto! Pues yo amo la sangre.

    Y allí no quiero habitar ni permanecer, donde todo el mundo escupe y esputa: ese es ahora mi gusto; antes viviría aún entre ladrones y perjuros. Nadie lleva oro en la boca. Pero más repugnantes me son todavía todos los lamebabas; y la más repugnante bestia de hombre que encontré, a esa la bauticé «parásito»: no quería amar y, sin embargo, quería vivir del amor.

    Desventurados llamo a todos los que tienen solo una elección: volverse bestias malvadas o malvados domadores de bestias; entre tales no levantaría para mí cabañas.

    Desventurados llamo también a aquellos que siempre deben esperar: esos van contra mi gusto, todos los aduaneros y tenderos y reyes, y los demás guardianes de países y de tiendas. En verdad, también yo aprendí a esperar, y a fondo, pero solo a esperarme a mí mismo. Y por encima de todo aprendí a estar de pie y a caminar y a correr y a saltar y a trepar y a danzar. Pero esta es mi enseñanza: quien quiera un día aprender a volar, primero debe aprender a estar de pie y a caminar y a correr y a trepar y a danzar: no se consigue volar a fuerza de volar. Con escalas de cuerda aprendí a trepar a más de una ventana; con piernas veloces subí a altos mástiles: estar sentado en altos mástiles del saber no me pareció pequeña bienaventuranza, —flamear como pequeñas llamas en altos mástiles: una pequeña luz, ciertamente, pero aun así un gran consuelo para navegantes extraviados y náufragos.

    Por muchos caminos y maneras llegué a mi verdad; no ascendí por una sola escalera a la altura donde mi ojo vaga hacia mi lejanía. Y solo a disgusto pregunté siempre por caminos: ¡eso iba siempre contra mi gusto! Antes bien, pregunté y probé los caminos mismos.

    Un probar y preguntar fue todo mi caminar: y, en verdad, también se debe aprender a responder a tal preguntar. Pero esto es mi gusto: —ni bueno ni malo, sino mi gusto, del que ya no tengo ni vergüenza ni ocultamiento.

    «Este es ahora mi camino: ¿dónde está el vuestro?», así respondí a quienes me preguntaban «por el camino». Pues el camino: ese no existe. 

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 3.10. DE LOS TRES MALES

    [1]

    En el sueño, en el último sueño de la mañana, hoy estuve de pie sobre un promontorio —más allá del mundo, sostenía una balanza y pesaba el mundo. ¡Ay, que demasiado pronto me vino la aurora: me abrasó hasta despertarme, la celosa! Siempre está celosa de los ardores de mis sueños matutinos.

    Mensurable para quien tiene tiempo, pesable para un buen pesador, alcanzable en vuelo para alas fuertes, adivinable para divinos cascanueces: así halló mi sueño el mundo: — Mi sueño, un audaz navegante, mitad nave, mitad novia del viento, silencioso como las mariposas, impaciente como los halcones nobles: ¿cómo tuvo, sin embargo, hoy paciencia y tiempo para pesar el mundo? ¿Le susurró acaso en secreto mi sabiduría, mi sabiduría diurna, risueña y despierta, que se burla de todos los “mundos infinitos”? Pues ella dice: “donde hay fuerza, también el número se hace señor: este tiene más fuerza.”

    Con qué seguridad contempló mi sueño este mundo finito, no curioso, no ávido de lo viejo, no temeroso, no suplicante, como si una manzana colmada se ofreciese a mi mano, una madura manzana de oro de fresca, suave, aterciopelada piel, así se me ofreció el mundo; como si un árbol me hiciera señas, uno de anchas ramas, de fuerte voluntad, curvado para servir de respaldo y aun de reposapiés al fatigado del camino, así se alzaba el mundo sobre mi promontorio; como si delicadas manos me acercaran un sagrario, un sagrario abierto para el deleite de ojos pudorosos y veneradores: así me salió hoy el mundo al encuentro; no enigma bastante como para ahuyentar de él el amor humano, no solución bastante como para adormecer la sabiduría humana: una cosa humanamente buena fue hoy para mí el mundo, al que tanto mal se le achaca.

    ¡Cómo agradezco a mi sueño matutino que así, de madrugada, haya pesado hoy el mundo! Como una cosa humanamente buena vino a mí, este sueño, este consolador del corazón. Y para hacer yo como él durante el día y aprender de él, siguiéndolo, lo mejor: quiero ahora poner sobre la balanza las tres cosas más malas y sopesarlas humanamente bien. Quien enseñó a bendecir, enseñó también a maldecir; ¿cuáles son en el mundo las tres cosas más malditas? Estas quiero poner sobre la balanza.

    Voluptuosidad, ansia de dominio, egoísmo: estos tres han sido hasta ahora los mejor maldecidos y los peor difamados por bocas mentirosas; estos tres quiero sopesarlos humanamente bien.

    ¡Ea! Aquí está mi promontorio y allí el mar: este rueda hacia mí, hirsuto, zalamero, el viejo y fiel monstruo canino de cien cabezas al que amo. ¡Ea! Aquí quiero sostener la balanza sobre el mar revuelto; y también elijo a un testigo para que mire, — a ti, árbol ermitaño, a ti, de fuerte fragancia, de amplia bóveda, al que amo.

    ¿Sobre qué puente va el ahora hacia el algún-día? ¿Por qué coacción se fuerza lo alto hacia lo bajo? ¿Y qué ordena incluso a lo más alto crecer aún hacia arriba? —

    Ahora está la balanza equilibrada y quieta: tres pesadas preguntas arrojé en ella; tres pesadas respuestas sostiene el otro platillo.

    [2]

    Voluptuosidad: para todos los despreciadores del cuerpo vestidos de cilicio, su aguijón y su estaca, y maldita como “mundo” entre todos los ultramundanos porque se burla y escarnece a todos los maestros de la confusión y del error.

    Voluptuosidad: para la chusma, el fuego lento en el que se quema; para toda la madera agusanada, para todos los andrajos apestosos, el horno presto de celo y hervor.

    Voluptuosidad: para los corazones libres, inocente y libre, la dicha-jardín de la tierra, el desbordamiento de gratitud de todo futuro hacia el ahora.

    Voluptuosidad: solo para lo marchito, un veneno dulzón; pero para los de voluntad de león, el gran fortalecimiento del corazón, y el vino de los vinos preservado con reverencia.

    Voluptuosidad: la gran dicha-parábola para una dicha más alta y para la más alta esperanza. Porque a muchas cosas les está prometido matrimonio y más que matrimonio, — a muchas cosas que son más extrañas entre sí que hombre y mujer: — ¿y quién comprendió del todo cuán extraños entre sí son hombre y mujer?

    Voluptuosidad: — pero quiero tener cercas en torno a mis pensamientos y también en torno a mis palabras: ¡para que no irrumpan en mis jardines los puercos y los fanáticos!

    Ansia de dominio: el látigo incandescente de los más duros entre los duros de corazón; la atroz tortura que se reserva al más cruel mismo; la llama sombría de piras vivientes.

    Ansia de dominio: el tábano malicioso que se les pone a los pueblos más vanidosos; la escarnecedora de toda virtud incierta; la que cabalga sobre todo corcel y sobre todo orgullo.

    Ansia de dominio: el terremoto que rompe y abre todo lo podrido y ahuecado; la demoledora rodante, rugiente y castigadora de sepulcros blanqueados; el relampagueante signo de interrogación junto a respuestas prematuras.

    Ansia de dominio: ante cuya mirada el hombre se arrastra y se agacha y sirve servilmente, y se vuelve más bajo que serpiente y puerco, hasta que por fin el gran desprecio grita desde él.

    Ansia de dominio: la temible maestra del gran desprecio, que predica a ciudades e imperios a la cara: “¡fuera contigo!” — hasta que desde ellos mismos grita: “¡fuera conmigo!”

    Ansia de dominio: pero la que también asciende, seductora, hacia los puros y los solitarios y arriba hacia alturas autosuficientes, ardiente como un amor que pinta, seductor, bienaventuranzas purpúreas en cielos terrenales.

    Ansia de dominio: pero ¿quién la llamaría ansia cuando lo alto apetece hacia abajo poder? En verdad, nada enfermizo ni adictivo hay en tal apetecer y descender. Que la altura solitaria no se aísle eternamente ni se baste a sí misma; que la montaña venga al valle y los vientos de la altura a las tierras bajas: — ¡oh!, ¿quién hallaría el justo nombre de bautismo y de virtud para tal anhelo? “Virtud que hace regalos”: así llamó Zaratustra una vez a lo innombrable.

    Y en aquel tiempo sucedió también, — y en verdad, sucedió por primera vez, — que su palabra proclamó bienaventurado el egoísmo, el íntegro, sano egoísmo que brota de un alma poderosa: — de un alma poderosa a la que pertenece el cuerpo alto, el hermoso, triunfante, vivificante, en torno al cual toda cosa se vuelve espejo — el cuerpo ágil y persuasivo, el danzante, cuya parábola y compendio es el alma gozosa de sí misma. El goce de sí de tales cuerpos y almas se llama a sí mismo “virtud”.

    Con sus palabras acerca de lo bueno y lo malo, tal goce de sí se protege como con sotos sagrados; con los nombres de su dicha destierra de sí todo lo despreciable. Destierra lejos de sí todo lo cobarde; dice: malo — ¡eso es cobarde! Despreciable le parece el que siempre se preocupa, suspira, se lamenta, y quien recoge incluso las más pequeñas ventajas. Desprecia también toda sabiduría doliente: porque, en verdad, hay también sabiduría que florece en la oscuridad, una sabiduría de hierba mora, como aquella que siempre suspira: “Todo es vano.”

    La medrosa desconfianza le merece poca estima, y todo aquel que quiere juramentos en vez de miradas y manos; también toda sabiduría demasiado desconfiada, pues tal es la índole de las almas cobardes. Menor estima aún le merece el pronto en complacer, el perruno, el que enseguida yace sobre el lomo, el humilde; y también hay sabiduría que es humilde y perruna y piadosa y pronta en complacer. Por completo odioso le es, y una náusea, quien nunca quiere defenderse, quien se traga baba venenosa y malas miradas, el demasiado paciente, el que todo lo soporta, el que con todo se contenta: pues esa es la índole servil.

    Tanto si alguien es servil ante los dioses y los puntapiés divinos, como si lo es ante los hombres y las necias opiniones humanas: sobre toda índole servil escupe este egoísmo bienaventurado. Malo: así llama a todo lo que está doblegado y es mezquino-servil, a los ojos que guiñan sin libertad, a los corazones oprimidos, y a esa falsa índole que cede, que besa con anchos labios cobardes.

    Y pseudo-sabiduría: así llama a todo aquello con lo que hacen agudezas los siervos y los viejos y los cansados; y, en especial, a toda la mala, disparatada y sobreaguda necedad sacerdotal. Pero los pseudo-sabios -todos los sacerdotes, cansados del mundo y cuantos tienen alma de índole mujeril y servil— ¡oh, cómo desde siempre su juego le ha jugado malas pasadas al egoísmo! ¡Y eso precisamente habría de ser virtud y llamarse virtud, que se le jueguen malas pasadas al egoísmo! Y “sin yo” — así deseaban llamarse a sí mismos, con buen fundamento, todos esos cobardes cansados del mundo y arañas de la cruz.

    Pero a todos ellos les llega ahora el día, la transformación, la espada del juicio, el gran mediodía: entonces muchas cosas han de hacerse manifiestas.

    Y quien proclama al yo sano y sagrado y al egoísmo bienaventurado, en verdad, dice también, como adivino, lo que sabe: “¡Mira, llega, está cerca, el gran mediodía!”

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 3.9. EL REGRESO A CASA

    ¡Oh soledad! ¡Tú, mi hogar, soledad! Demasiado tiempo viví salvaje en salvaje tierra extraña como para no regresar con lágrimas a ti. Ahora amenázame con el dedo, como amenazan las madres; ahora sonríeme, como sonríen las madres; ahora di tan sólo:

    «¿Y quién fue aquel que antaño se alejó de mí como un viento de tormenta? — el que al partir gritó: “¡Demasiado tiempo me senté junto a la soledad, allí desaprendí el silencio!” Eso — lo aprendiste ahora, ¿no? ¡Oh Zaratustra, todo lo sé: y también que entre los muchos estabas más abandonado, tú uno solo, que nunca junto a mí! Una cosa es abandono, otra cosa soledad: eso — lo aprendiste ahora. Y que entre los hombres serás siempre salvaje y extraño: — salvaje y extraño incluso cuando te amen: pues antes que nada quieren que se les trate con miramiento.

    Pero aquí estás contigo, en el hogar y en casa; aquí puedes decirlo todo sin reservas y derramar todas tus razones; nada se avergüenza aquí de sentimientos ocultos, obstinados. Aquí todas las cosas acuden, acariciantes, a tu palabra y te halagan: pues quieren cabalgar sobre tu espalda. Sobre cada parábola cabalgas aquí hacia cada verdad. Erguido y sincero puedes aquí hablar a todas las cosas: y en verdad, como un elogio suena a sus oídos que uno hable con todas las cosas — de frente.

    Pero otra cosa distinta es estar abandonado. Porque, ¿lo recuerdas aún, oh Zaratustra? Cuando entonces tu pájaro gritó sobre ti, cuando estabas de pie en el bosque, indeciso hacia dónde, sin saber, cerca de un cadáver: — cuando dijiste: “¡Que mis animales me guíen! Encontré más peligroso estar entre hombres que entre animales”: — ¡eso era abandono! ¿Y lo recuerdas aún, oh Zaratustra? Cuando estabas sentado en tu isla, pozo de vino entre cubos vacíos, dando y gastando, entre sedientos regalando y escanciando: — hasta que por fin, sediento, te sentaste solo entre borrachos y te quejaste en la noche: “¿No es tomar más bienaventurado que dar? ¿Y robar aún más bienaventurado que tomar?” — ¡Eso era abandono! ¿Y lo recuerdas aún, oh Zaratustra? Cuando llegó tu hora más silenciosa y te empujó lejos de ti mismo, cuando con maligno susurro dijo: “¡Habla y rómpete!” — cuando te hizo aborrecible todo tu esperar y callar, y desalentó tu humilde valor: eso era abandono.»

    ¡Oh soledad! ¡Tú, mi hogar, soledad! ¡Cuán bienaventurada y tiernamente me habla tu voz! No nos hacemos preguntas el uno al otro, no nos hacemos reproches el uno al otro, caminamos francos, juntos, por puertas abiertas. Pues contigo todo es abierto y luminoso; y también las horas corren aquí sobre pies más ligeros. En lo oscuro, en efecto, se carga más pesadamente con el tiempo que en la luz. Aquí se me abren de golpe las palabras y sagrarios de palabras de todo ser: todo ser quiere aquí devenir palabra, todo devenir quiere aquí aprender de mí a hablar.

    Pero allí abajo — allí todo hablar es en vano. Allí, olvidar y pasar de largo es la mejor sabiduría: eso — lo aprendí ahora. Quien quisiera comprenderlo todo entre los hombres tendría que asirlo todo. Pero para eso tengo las manos demasiado limpias. Ni siquiera quiero respirar su aliento; ay, ¡que viví tanto tiempo entre su estruendo y su aliento viciado!

    ¡Oh bienaventurado silencio a mi alrededor! ¡Oh olores puros a mi alrededor! ¡Oh, cómo desde lo hondo del pecho este silencio cobra aliento puro! ¡Oh, cómo escucha, este bienaventurado silencio!

    Pero allí abajo — allí todo habla, allí todo se desoye. Uno puede anunciar su sabiduría al repique de campanas: los tenderos en el mercado la acallarán con el tintineo de sus monedas.

    Todo entre ellos habla, ya nadie sabe comprender. Todo se va al agua, ya nada cae en pozos profundos.

    Todo entre ellos habla, ya nada sale bien ni llega a término. Todo cacarea; pero ¿quién quiere aún sentarse en silencio sobre el nido y empollar huevos?

    Todo entre ellos habla, todo se habla hasta gastarlo. Y lo que ayer aún era demasiado duro para el tiempo mismo y para su diente, hoy cuelga, raspado y roído, de los hocicos de los de hoy.

    Todo entre ellos habla, todo es traicionado. Y lo que antaño se llamaba secreto y reserva de almas profundas, hoy pertenece a los trompeteros de las callejas y a otras mariposas.

    ¡Oh ser humano, tú, criatura extraña! ¡Tú, estrépito sobre oscuras callejas! Ahora yaces de nuevo detrás de mí: — ¡mi mayor peligro yace detrás de mí!

    En el miramiento y en la compasión yació siempre mi mayor peligro; y todo lo humano quiere ser tratado con miramiento y compadecido. Con verdades contenidas, con mano de necio y corazón encaprichado, y rico en pequeñas mentiras de la compasión: — así viví siempre entre los hombres. Disfrazado me senté entre ellos, dispuesto a desconocerme a mí mismo para sobrellevarlos, y diciéndome gustosamente: “Tú, necio, no conoces a los hombres.”

    Uno desaprende a los hombres cuando vive entre los hombres: hay demasiado primer plano en todos los hombres, — ¿qué han de hacer ahí ojos que ven lejos, ojos ávidos de lejanía? Y cuando ellos me desconocían, yo, necio, los trataba por ello con más miramiento que a mí mismo: acostumbrado a la dureza contra mí mismo y a menudo vengándome todavía en mí mismo por ese miramiento. Acribillado por moscas venenosas y socavado, como la piedra, por muchas gotas de maldad, así me sentaba entre ellos y todavía me decía: “Inocente es todo lo pequeño de su pequeñez.”

    Especialmente a aquellos a quienes ellos llaman “los buenos” los encontré como las moscas más venenosas: pican con toda inocencia, mienten con toda inocencia; ¿cómo podrían ser justos conmigo? A quien vive entre los buenos, la compasión le enseña a mentir. La compasión vuelve viciado el aire para todas las almas libres. La necedad de los buenos, en efecto, es insondable.

    Ocultarme a mí mismo y ocultar mi riqueza: eso aprendí allí abajo; pues a cada cual lo hallé todavía pobre de espíritu. Esa fue la mentira de mi compasión: que yo sabía de cada cual, — que a cada cual le veía y le olía cuánto espíritu le bastaba y cuánto espíritu era ya demasiado para él. A sus rígidos sabios los llamé sabios, no rígidos: — así aprendí a tragar palabras. A sus sepultureros los llamé investigadores y examinadores: — así aprendí a trocar palabras. Los sepultureros excavan para sí enfermedades. Bajo viejos escombros reposan malos miasmas. No se ha de remover el lodazal. Se ha de vivir sobre montañas.

    Con bienaventuradas narinas respiro de nuevo libertad de montaña. ¡Al fin está liberada mi nariz del olor de todo lo humano! Cosquilleada por aires afilados, como por vinos espumosos, estornuda mi alma, — estornuda y jubilosa se grita a sí misma: ¡Salud!

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 3.8. DE LOS APÓSTATAS

    Ay, ¿yace ya todo marchito y gris lo que hasta hace poco se alzaba verde y multicolor en este prado? ¡Y cuánta miel de esperanza llevé desde aquí a mis colmenas! Estos jóvenes corazones se han vuelto todos ya viejos —¡y ni siquiera viejos! Solo cansados, vulgares, cómodos: a eso lo llaman: «Nos hemos vuelto otra vez piadosos».

    Hasta hace poco los vi salir corriendo, por la mañana temprano, sobre pies valerosos: pero sus pies del conocimiento se cansaron, y ahora calumnian incluso su valentía matutina. En verdad, más de uno de ellos alzaba antaño las piernas como un bailarín; la risa en mi sabiduría le hacía señas: entonces se lo pensó. Acabo de verlo, encorvado, arrastrarse hacia la cruz. En torno a la luz y a la libertad revoloteaban antaño como mosquitos y jóvenes poetas. Un poco más viejos, un poco más fríos: y ya son sombríos, murmuradores y arrimados a la estufa.

    ¿Se les acobardó quizá el corazón por ello: porque a mí la soledad me devoró como una ballena? ¿Escuchó acaso su oído, largamente anhelante, en vano, hacia mí y mis llamadas de trompeta y de heraldo? Ay, siempre hay entre ellos solo unos pocos cuyo corazón tiene un largo valor y una larga osadía; y a tales también el espíritu les permanece paciente. Pero el resto es cobarde. El resto: esos son siempre los más de todos, lo cotidiano, lo sobrante, los demasiado-muchos: ¡todos ellos son cobardes!

    A quien es de mi índole, también las vivencias de mi índole se le cruzarán en el camino: de modo que sus primeros compañeros deberán ser cadáveres y bufones. Pero sus segundos compañeros —esos se llamarán a sí mismos sus creyentes: un enjambre vivo, mucho amor, mucha necedad, mucha veneración imberbe. A estos creyentes no ha de atar su corazón quien es de mi índole entre los hombres; en estas primaveras y prados multicolores no ha de creer aquel que conoce la índole fugaz y cobarde de los hombres.

    Si pudieran de otro modo, también querrían de otro modo. Lo medio y lo a medias echan a perder todo lo entero. Que las hojas se marchiten —¿qué hay ahí que lamentar? Déjalas ir y caer, oh Zaratustra, y no te lamentes. Mejor aún, sopla con vientos rumorosos entre ellas —sopla entre estas hojas, oh Zaratustra: para que todo lo marchito huya todavía más rápido de ti.

    «Nos hemos vuelto otra vez piadosos» —así confiesan estos apóstatas; y algunos de ellos son aún demasiado cobardes para confesarlo así.

    A esos los miro a los ojos, —a esos se lo digo a la cara y en el rubor de sus mejillas: vosotros sois de aquellos que rezan otra vez.

    ¡Pero rezar es una deshonra! No para todos, pero sí para ti y para mí y para quien también tenga su conciencia en la cabeza. ¡Para ti es una deshonra rezar!

    Bien lo sabes: tu diablo cobarde dentro de ti, el que de buena gana quisiera plegar las manos, ponerlas en el regazo y tenerlo más cómodo: —ese diablo cobarde te persuade: «¡Hay un Dios!». Pero con ello perteneces a la ralea que rehúye la luz, a aquellos a quienes la luz jamás deja en paz; ahora debes hundir cada día la cabeza más hondo en noche y bruma.

    Y en verdad, elegiste bien la hora: pues justo ahora vuelven a echar a volar las aves nocturnas. Llegó la hora para todo el pueblo que rehúye la luz, la hora vespertina y festiva, en la que no —«festeja». Lo oigo y lo huelo: ha llegado su hora para la caza y la procesión, no, ciertamente, para una caza salvaje, sino para una caza mansa, renqueante, husmeadora, de pisadores quedos y rezadores quedos —una caza en pos de mojigatos llenos de alma: ¡todas las ratoneras del corazón están ahora otra vez colocadas! Y donde levanto una cortina, de allí sale disparada una polillita nocturna. ¿Estaba allí acaso acurrucada junto con otra polillita nocturna? Pues por todas partes huelo pequeñas congregaciones agazapadas; y donde hay cuartitos, allí hay dentro nuevos hermanos de rezo y el vaho de hermanos de rezo.

    Se sientan largas veladas juntos y dicen: «¡Volvamos a ser otra vez como los niñitos y digamos “querido Dios”!»: echados a perder de boca y estómago por los piadosos confiteros.

    O bien pasan largas veladas mirando a una astuta y acechante araña de la cruz, que predica prudencia a las propias arañas y así enseña: «¡Bajo cruces se teje bien!».

    O bien se sientan durante el día con cañas de pescar junto a pantanos y por ello se creen profundos; pero a quien pesca allí donde no hay peces, a ese no lo llamo ni siquiera superficial.

    O bien aprenden, piadosos y alegres, a tañer el arpa con un poeta-cantor que de buena gana quisiera arpearse hasta el corazón de jovencitas: —pues se cansó de las viejecitas y de sus alabanzas.

    O bien aprenden a estremecerse con un erudito semiloco, que en cuartos oscuros espera a que le lleguen los espíritus —¡y el espíritu echa a correr por completo de allí!

    O bien escuchan a un viejo flautista de ronroneos y gruñidos, zarandeado de acá para allá, que de vientos turbios aprendió la tribulación de los tonos; ahora silba según el viento y predica tribulación en tonos turbios.

    Y algunos de ellos se han vuelto incluso serenos: ahora entienden de tocar cuernos y de rondar por la noche y despertar viejas cosas que hace ya mucho que están dormidas. Cinco palabras de viejas cosas oí anoche junto al muro del jardín: venían de esos viejos serenos tristes y resecos.

    «Para ser padre, no se preocupa bastante por sus hijos: ¡los padres humanos hacen esto mejor!» —

    «¡Es demasiado viejo! Ya no se preocupa en absoluto por sus hijos» —así respondió el otro sereno.

    «¿Tiene entonces hijos? Nadie puede probarlo, si él mismo no lo prueba. Hace ya tiempo que quisiera que lo probase alguna vez a fondo».

    «¿Probar? ¡Como si Él hubiera probado jamás algo! Probar le resulta difícil; le importa mucho que se crea en Él».

    «¡Sí! ¡Sí! La fe lo hace bienaventurado, la fe en Él. Esa es la índole de los viejos. Así nos pasa también a nosotros». —

    Así hablaron entre sí los dos viejos serenos y espantaluces, y luego tocaron apesadumbrados sus cuernos: así ocurrió anoche junto al muro del jardín. Pero a mí se me retorció el corazón de risa, y quería reventar, y no sabía hacia dónde, y se hundió en el diafragma. En verdad, esa será aún mi muerte: que me asfixie de risa cuando vea asnos borrachos y oiga a serenos dudar así de Dios. ¿No hace ya mucho que también todas esas dudas quedaron atrás? ¡Quién tiene derecho aún a despertar tales viejas cosas dormidas que rehúyen la luz!

    Con los viejos dioses, ciertamente, hace ya mucho que las cosas llegaron a su fin; y, en verdad, tuvieron un buen y alegre final de dioses. No «crepuscularon» hasta la muerte, —¡eso se miente, sin duda! Más bien: ellos mismos, una vez, murieron de risa. Eso ocurrió cuando la palabra más impía salió de un dios mismo: la palabra: «¡Hay un solo Dios! ¡No has de tener ningún otro dios junto a mí!». Un viejo dios de barba airada, un dios celoso, se olvidó así de sí mismo. Y todos los dioses rieron entonces y se tambalearon sobre sus sillas y gritaron: «¿No es precisamente divinidad que haya dioses, pero ningún Dios?».

    Quien tenga oídos, que oiga.

    Así habló Zaratustra en la ciudad que él amaba y que es llamada también «la Vaca Multicolor». Pues desde aquí le quedaban solo dos días más de camino para llegar de nuevo a su cueva y a sus animales; pero su alma exultaba sin cesar por la cercanía de su regreso al hogar. —

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 3.7. DEL PASAR DE LARGO

    Así, avanzando lentamente entre mucha gente y por ciudades de toda laya, Zaratustra regresaba por rodeos a su montaña y a su cueva. Y mira, entonces llegó inesperadamente también a la puerta de la gran ciudad; pero aquí un loco espumeante saltó hacia él con las manos extendidas y se interpuso en su camino. Pero este era aquel mismo loco al que el pueblo llamaba “el mono de Zaratustra”: porque le había captado algo del fraseo y de la cadencia del discurso, y sin duda tomaba también con gusto prestado del tesoro de su sabiduría. Pero el loco habló así a Zaratustra:

    “Oh Zaratustra, aquí está la gran ciudad: aquí no tienes nada que buscar y todo que perder. ¿Por qué querrías vadear este lodo? ¡Ten compasión de tu pie! Escupe más bien sobre la puerta de la ciudad y da la vuelta. Aquí está el infierno para los pensamientos de ermitaño: aquí los grandes pensamientos son hervidos vivos y cocidos hasta que se vuelven pequeños. Aquí se descomponen todos los grandes sentimientos: aquí solo pueden castañetear sentimientitos secos como huesos. ¿No hueles ya los mataderos y las cocinas del espíritu? ¿No humea esta ciudad con el vaho del espíritu degollado?

    ¿No ves las almas colgar como flácidos y sucios harapos? ¡Y aún hacen periódicos de estos harapos!

    ¿No oyes cómo el espíritu aquí se convirtió en juego de palabras? ¡Repelente enjuagadura de palabras vomita! ¡Y aún hacen periódicos de esta enjuagadura de palabras!

    Se azuzan unos a otros y no saben adónde; se acaloran unos a otros y no saben por qué. Tintinean con su hojalata, repican con su oro. Están fríos y buscan calor en aguardientes; están acalorados y buscan frescor en espíritus helados; todos están enfermos y adictos a las opiniones públicas.

    Todas las lujurias y vicios están aquí en su casa; pero hay aquí también virtuosos, hay mucha virtud diligente y empleada: — mucha virtud diligente, con dedos de escribiente y dura carne de asiento y de espera, bendecida con pequeñas estrellas en el pecho y con hijas rellenas y sin trasero. Hay aquí también mucha piedad y mucho devoto lamer babas, confitería de halagos ante el Dios de los Ejércitos. “De Arriba” gotean, sí, la estrella y la baba de gracia; hacia arriba anhela todo pecho sin estrellas.

    La luna tiene su halo, y la corte tiene sus becerros lunares: pero a todo lo que viene de la corte reza el pueblo mendigo y toda diligente virtud mendicante. “Yo sirvo, tú sirves, nosotros servimos” — así reza hacia arriba, hacia el príncipe, toda virtud diligente: ¡para que la merecida estrella se prenda por fin al pecho estrecho!

    Pero la luna gira aún en torno a todo lo terrenal: así gira también el príncipe aún en torno a lo más terrenal de todo: — pero eso es el oro de los tenderos. El Dios de los Ejércitos no es un dios de los lingotes de oro; el príncipe piensa, pero el tendero — dirige.

    Por todo lo luminoso, fuerte y bueno que hay en ti, oh Zaratustra, ¡escupe sobre esta ciudad de los tenderos y da la vuelta! Aquí fluye toda la sangre podrida, tibia y espumosa por todas las venas: escupe sobre la gran ciudad, que es el gran vertedero, donde toda la hez espumea junta. Escupe sobre la ciudad de las almas hundidas y los pechos estrechos, de los ojos punzantes, de los dedos pegajosos — sobre la ciudad de los impertinentes, de los desvergonzados, de los plumíferos y vociferantes, de los ambiciosos sobrecalentados: — donde todo lo podrido, lo infame, lo lascivo, lo oscuro, lo reblandecido en exceso, lo ulceroso, lo conspiratorio, supura junto: — ¡escupe sobre la gran ciudad y da la vuelta!” — —

    Pero aquí interrumpió Zaratustra al loco espumeante y le tapó la boca. “¡Acaba de una vez!”, gritó Zaratustra; “me da náusea desde hace ya mucho tu discurso y tu manera de ser. ¿Por qué habitaste tanto tiempo junto al pantano, que tú mismo tuviste que convertirte en rana y en sapo? ¿No te corre a ti mismo ahora una podrida y espumosa sangre de pantano por las venas, para que así aprendieras a croar y denigrar? ¿Por qué no fuiste al bosque? ¿O araste la tierra? ¿No está el mar lleno de islas verdes? Desprecio tu despreciar; y si me advertías, — ¿por qué no te advertiste a ti mismo?

    Solo desde el amor han de alzar el vuelo para mí mi despreciar y mi pájaro avisador: pero no desde el pantano.

    Se te llama mi mono, tú, loco espumeante; pero yo te llamo mi cerdo gruñón: con tu gruñir todavía me echas a perder mi elogio de la locura. ¿Qué fue entonces lo que primero te hizo gruñir? Que nadie te ha halagado lo bastante: — por eso te sentaste junto a esta inmundicia, para tener motivo de mucho gruñir, — para tener motivo de mucha venganza. Pues venganza, tú, loco vanidoso, es todo tu espumear; te adiviné bien.

    Pero tu palabra de loco me hace daño, aun allí donde tienes razón. Y aunque la palabra de Zaratustra tuviera incluso cien veces razón: tú, con mi palabra, siempre harías injusticia.”

    Así habló Zaratustra; y miró la gran ciudad, suspiró y calló largo tiempo. Al fin habló así: “También esta gran ciudad me da náusea, y no solo este loco. Aquí como allí no hay nada que mejorar, nada que empeorar. ¡Ay de esta gran ciudad! — Y quisiera ver ya la columna de fuego en la que será abrasada. Porque tales columnas de fuego deben preceder al gran mediodía. Sin embargo, esto tiene su tiempo y su propio destino. —

    Pero esta enseñanza te doy, tú, loco, como despedida: donde ya no se puede amar, allí hay que — pasar de largo. —”

    Así habló Zaratustra y pasó de largo junto al loco y a la gran ciudad.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 3.6. EN EL MONTE DE LOS OLIVOS

    El invierno, un mal huésped, está sentado en mi casa; azules están mis manos por el apretón de manos de su amistad. Yo lo honro, a este mal huésped, pero con gusto lo dejo sentado a solas. Con gusto huyo de él; y, si uno corre bien, se le escapa. Con pies calientes y pensamientos calientes corro hacia donde el viento está quieto, —al rincón de sol de mi monte de los olivos. Allí me río de mi severo huésped y aún le tengo buena voluntad, porque en casa me caza las moscas y acalla mucho pequeño alboroto. Pues no tolera que un mosquito quiera cantar, o incluso dos; hasta la calleja la vuelve solitaria, de modo que la luz de la luna se asusta dentro de ella por la noche.

    Es un huésped duro, —pero yo lo honro, y no rezo, como los delicados, al panzudo ídolo del fuego. ¡Antes aún un poco de castañeteo de dientes que adorar ídolos! —así lo quiere mi índole. Y especialmente soy enemigo de todos los ardorosos, humeantes y sofocantes ídolos del fuego.

    Al que amo, lo amo mejor en invierno que en verano; mejor me burlo ahora de mis enemigos y con más brío, desde que el invierno está sentado en mi casa. Con brío, en verdad, incluso cuando me arrastro a la cama —: entonces ríe y hace travesuras aún mi dicha acurrucada; ríe aún mi sueño mentiroso. ¿Yo —un rastrero? Jamás me arrastré en la vida ante los poderosos; y si alguna vez mentí, mentí por amor. Por eso estoy alegre también en el lecho de invierno. Una cama humilde me calienta más que una rica, pues soy celoso de mi pobreza. Y en invierno me es ella la más fiel.

    Con una maldad empiezo cada día, me burlo del invierno con un baño frío: por ello gruñe mi severo amigo de casa. También me gusta cosquillearlo con una velita de cera, para que por fin me deje salir el cielo del crepúsculo gris ceniza. Pues soy especialmente malévolo por la mañana: a la hora temprana, cuando el cubo tintinea en el pozo y los caballos relinchan calientes por las grises callejas: —impaciente espero entonces a que por fin se me abra el cielo claro, el cielo de invierno de barba nevada, el anciano y cabeza blanca, —el cielo de invierno, el silencioso, que a menudo aún oculta su sol.

    ¿Aprendí yo acaso de él el largo y luminoso silencio? ¿O lo aprendió él de mí? ¿O lo ha inventado cada uno de nosotros por sí mismo? El origen de todas las cosas buenas es mil veces diverso, —todas las cosas buenas y traviesas saltan de puro placer a la existencia: ¿cómo habrían de hacerlo siempre solo —una vez? Una cosa buena y traviesa es también el largo silencio, y mirar, como el cielo de invierno, desde un rostro luminoso de ojos redondos: —como él, callar su sol y su indomable voluntad solar: en verdad, este arte y esta travesura invernal los aprendí bien.

    Mi más amada maldad y arte es que mi silencio aprendió a no delatarse por el silencio. Repiqueteando con palabras y dados, engaño a los solemnes aguardadores: a todos esos severos vigilantes han de escapárseles mi voluntad y mi propósito. Para que nadie mire hacia abajo, dentro de mi fondo y de mi última voluntad, para eso inventé para mí el largo y luminoso silencio. A más de un sagaz encontré: velaba su rostro y enturbiaba su agua, para que nadie viera a través de él y hacia abajo. Pero precisamente a él acudían los desconfiados y cascanueces más sagaces: precisamente a él le pescaban fuera su pez más oculto. Sino los claros, los bravos, los transparentes —esos son para mí los silenciosos más sagaces: aquellos cuyo fondo es tan hondo que ni siquiera el agua más clara lo —delata.—

    ¡Tú, cielo de invierno de barba nevada y silencioso, tú, cabeza blanca de ojos redondos sobre mí! ¡Oh tú, celestial parábola de mi alma y de su travesura!

    ¿Y no debo ocultarme, como uno que ha tragado oro, —para que no me rajen el alma? ¿No debo llevar zancos para que pasen por alto mis largas piernas, —todos estos envidiosos y amigos del dolor que me rodean? Estas almas ahumadas, calentadas en habitación, gastadas, enverdecidas, amargadas —¿cómo podría su envidia soportar mi felicidad? Así les muestro solo el hielo y el invierno sobre mis cumbres —y no que mi montaña aún ciñe a su alrededor todos los cinturones del sol. Oyen solo silbar mis tormentas de invierno: y no que también navego sobre mares cálidos, como anhelantes, pesados, ardientes vientos del sur. Todavía se compadecen de mis infortunios y azares: —pero mi palabra dice: «Dejad venir a mí el azar: inocente es él, como un niñito».

    ¿Cómo podrían soportar mi dicha, si yo no pusiera infortunios y penurias de invierno y gorros de oso polar y envolturas de cielo nevado alrededor de mi dicha? —si yo mismo no me apiadara de su compasión —de la compasión de esos envidiosos y amigos del dolor. —si yo mismo no suspirara ante ellos y castañeteara de frío, y pacientemente me dejara envolver en su compasión. Esta es la sabia travesura y benevolencia de mi alma, que no oculta su invierno ni sus tormentas de escarcha; tampoco oculta sus sabañones.

    La soledad del uno es la huida del enfermo; la soledad del otro, la huida ante los enfermos.

    Que me oigan castañetear y suspirar de frío invernal, todos estos pobres bribones bizcos a mi alrededor. Con tales suspiros y castañeteos huyo aún de sus habitaciones caldeadas.

    Que me compadezcan y suspiren compasivamente por mis sabañones: «¡En el hielo del conocimiento todavía acabará helándosenos!» —así se quejan.

    Entretanto corro con pies calientes de acá para allá sobre mi monte de los olivos: en el rincón de sol de mi monte de los olivos canto y me burlo de toda compasión. —

    Así cantó Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli–Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann. 

  • 3.5. DE LA VIRTUD QUE EMPEQUEÑECE

    [1]

    Cuando Zaratustra estuvo de nuevo en tierra firme, no fue derecho hacia su montaña y su cueva, sino que tomó muchos caminos e hizo muchas preguntas e indagó esto y aquello, de modo que, bromeando, decía de sí mismo: «¡Mira: un río que, en muchos meandros, fluye de vuelta hacia la fuente!» Pues quería averiguar qué había sucedido entretanto con el hombre: si se había vuelto más grande o más pequeño. Y una vez vio una hilera de casas nuevas; entonces se maravilló y dijo:

    ¿Qué significan estas casas? En verdad, ningún alma grande las puso ahí como imagen de sí misma. ¿Las sacó acaso un niño bobo de su caja de juguetes? ¡Ojalá otro niño volviera a meterlas en su caja! Y esas estancias y aposentos: ¿pueden entrar y salir ahí hombres? Me parecen hechas para muñecas de seda; o para gatas golosas, que también de buena gana se dejan probar.

    Y Zaratustra se detuvo y reflexionó. Finalmente dijo, afligido: «¡Todo se ha vuelto más pequeño! En todas partes veo puertas más bajas: el que es de mi índole aún puede pasar por ellas, pero — tiene que agacharse. ¡Oh, cuándo volveré a mi patria, donde ya no tenga que agacharme — ya no tenga que agacharme ante los pequeños!» Y Zaratustra suspiró y miró a la lejanía.—

    Pero aquel mismo día pronunció su discurso sobre la virtud que empequeñece.

    [2]

    Camino entre este pueblo y mantengo los ojos abiertos: no me perdonan que no envidie sus virtudes. Me lanzan dentelladas porque les digo: para gente pequeña son necesarias virtudes pequeñas —y porque duro se me hace aceptar que la gente pequeña sea necesaria.

    Todavía me parezco aquí al gallo en corral ajeno, al que también las gallinas picotean; pero por ello no estoy mal dispuesto hacia esas gallinas. Soy cortés con ellas, como con toda pequeña molestia; ser espinoso con lo pequeño me parece sabiduría de erizos.

    Todos hablan de mí cuando, por la tarde, se sientan alrededor del fuego — hablan de mí, pero nadie piensa — en mí. Este es el nuevo silencio que aprendí: su ruido en torno a mí extiende un manto sobre mis pensamientos.

    Alborotan entre sí: «¿Qué quiere de nosotros esta nube sombría? ¡Cuidemos de que no nos traiga una peste!» Y hace poco una mujer arrancó hacia sí a su hijo, que quería venir a mí: «¡Apartad a los niños! —gritó—; tales ojos abrasan almas de niños.» Tosen cuando hablo: creen que la tos es una objeción contra vientos fuertes — nada adivinan del bramido de mi dicha. «Aún no tenemos tiempo para Zaratustra» — así objetan; pero ¿qué importa un tiempo que para Zaratustra «no tiene tiempo»?

    Y cuando incluso me elogian, ¿cómo podría yo dormirme sobre su elogio? Un cinturón de púas es para mí su alabanza: todavía me araña cuando me la quito de encima. Y también esto aprendí entre ellos: el que alaba se comporta como si devolviera, pero en verdad quiere ser obsequiado con más.

    ¡Preguntad a mi pie si le agrada su tonada de elogio y reclamo! En verdad, a tal compás y tictac no quiere ni danzar ni estarse quieto. A la pequeña virtud querrían atraerme y alabarme; al tictac de la pequeña dicha querrían persuadir a mi pie.

    Camino entre este pueblo y mantengo los ojos abiertos: se han vuelto más pequeños y se vuelven cada vez más pequeños: — eso lo produce su doctrina de la dicha y la virtud. En efecto, también en la virtud son modestos — pues quieren bienestar. Pero con el bienestar solo se aviene la virtud modesta.

    Ciertamente, también ellos aprenden, a su manera, a caminar y a avanzar: a eso llamo yo su cojear. Con ello se vuelven un obstáculo para todo el que tiene prisa. Y más de uno de ellos va hacia delante y mira al mismo tiempo hacia atrás, con el cuello rígido: a ese lo embisto de buena gana. Pie y ojos no deben mentir, ni desmentirse el uno al otro. Pero hay mucha mentira entre la gente pequeña. Algunos de ellos quieren, pero la mayoría solo son queridos. Algunos de ellos son auténticos, pero la mayoría son malos actores. Hay entre ellos actores sin saberlo y actores contra su voluntad — los auténticos son siempre raros, en especial los auténticos actores.

    De hombre hay aquí poco: por eso se masculinizan sus mujeres. Pues solo quien es lo bastante hombre redimirá en la mujer a la mujer.

    Y esta hipocresía encontré entre ellos como la peor: que incluso aquellos que mandan simulan las virtudes de aquellos que sirven. «Yo sirvo, tú sirves, nosotros servimos» — así reza aquí también la hipocresía de los gobernantes —, ¡y ay, cuando el primer señor no es sino el primer servidor!

    Ay, también hacia sus hipocresías se extravió volando la curiosidad de mi ojo; y bien adiviné toda su dicha de moscas y su zumbar en torno a cristales soleados. Tanta bondad, tanta debilidad veo. Tanta justicia y compasión, tanta debilidad.

    Redondos, rectos y bondadosos son entre sí, como los granos de arena son redondos, rectos y bondadosos con los granos de arena. Abrazar modestamente una pequeña dicha — a eso lo llaman «resignación» —, y al mismo tiempo miran ya modestamente de reojo en busca de una nueva pequeña dicha. En el fondo quieren ingenuamente una sola cosa por encima de todo: que nadie les haga daño. Así se anticipan a cualquiera y le hacen bien. Pero esto es cobardía, aunque se llame «virtud». —

    Y si alguna vez hablan ásperamente, esta gente pequeña: ahí solo oigo su ronquera — pues toda corriente de aire los vuelve roncos. Son astutos, sus virtudes tienen dedos astutos. Pero les faltan los puños, sus dedos no saben esconderse detrás de puños. Virtud es para ellos lo que vuelve modesto y manso: con ello hicieron del lobo el perro y del hombre mismo el mejor animal doméstico del hombre.

    «Colocamos nuestra silla en medio» — eso me dice su sonrisilla — «y a igual distancia de los espadachines moribundos que de las cerdas satisfechas.» Pero esto es — mediocridad, aunque se llame moderación. —

    [3]

    Camino entre este pueblo y dejo caer más de una palabra: pero no saben ni recoger ni guardar.

    Se maravillan de que yo no haya venido a vituperar placeres y vicios; y, en verdad, tampoco vine a prevenir contra carteristas.

    Se maravillan de que no esté dispuesto a hacer todavía más ingeniosa y punzante su astucia: ¡como si no tuvieran ya bastantes listillos, cuya voz me raspa como lápices de pizarra!

    Y cuando grito: «¡Maldecid a todos los diablos cobardes que hay en vosotros, que de buena gana quisieran gimotear, plegar las manos y adorar!»: entonces ellos gritan: «Zaratustra es impío.» Y en especial lo gritan sus maestros de la resignación —; pero precisamente a ellos me gusta gritarles al oído: ¡Sí! ¡Yo soy Zaratustra, el impío! ¡Estos maestros de la resignación! Por todas partes donde hay algo pequeño y enfermo y costroso se arrastran, como piojos; y solo mi náusea me impide aplastarlos.

    ¡Bien! Esta es mi prédica para sus oídos: soy Zaratustra, el impío, el que habla así: «¿Quién es más impío que yo, para que yo me alegre de su enseñanza?»

    Soy Zaratustra, el impío: ¿dónde encontraré a mi igual? Y todos aquellos son mis iguales, los que se dan a sí mismos su voluntad y apartan de sí toda resignación.

    Soy Zaratustra, el impío: aún cuezo para mí cada azar en mi olla. Y solo cuando está allí bien cocido le doy la bienvenida como mi alimento. Y en verdad, más de un azar vino imperiosamente hasta mí: pero más imperiosamente todavía le habló mi voluntad — y allí yacía ya suplicante de rodillas —, suplicando encontrar albergue y corazón junto a mí, y diciéndome zalamero: «¡Mira, oh Zaratustra, cómo solo un amigo viene a un amigo!» —

    Pero ¿qué digo, donde nadie tiene mis oídos? Y así quiero gritarlo fuera, a todos los vientos: ¡Os volvéis cada vez más pequeños, vosotros, gente pequeña! ¡Os desmoronáis, vosotros, los cómodos! Todavía os iréis a pique — por vuestras muchas pequeñas virtudes, por vuestras muchas pequeñas omisiones, por vuestra mucha pequeña resignación. Demasiado indulgente, demasiado condescendiente: ¡así es vuestro suelo! Pero para que un árbol se haga grande, para eso quiere echar duras raíces en torno a duras rocas.

    También lo que vosotros omitís teje en la trama de todo futuro humano; también vuestra nada es una tela de araña y una araña que vive de la sangre del futuro. Y cuando tomáis, entonces es como hurtar, vosotros, pequeños virtuosos; pero incluso entre pícaros habla el honor: «solo se debe hurtar donde no se puede robar.»

    «Se da» — esa es también una doctrina de la resignación. Pero yo os digo, vosotros, los cómodos: ¡se toma, y cada vez tomará más todavía de vosotros! ¡Ay, si apartarais de vosotros todo querer a medias y os volvierais resueltos tanto para la inercia como para la acción!

    ¡Ay, si entendierais mi palabra: «Haced, sí, lo que queráis, — pero sed primero tales que puedan querer!» «Amad, sí, a vuestro prójimo como a vosotros mismos, — pero sedme primero tales que se amen a sí mismos — que se amen con el gran amor, que se amen con el gran desprecio!» Así habla Zaratustra, el impío. —

    Pero ¿qué digo, donde nadie tiene mis oídos? Todavía es aquí una hora demasiado pronto para mí. Soy mi propio precursor entre este pueblo, mi propio canto de gallo por oscuras callejas. ¡Pero llega su hora! ¡Y llega también la mía! De hora en hora se vuelven más pequeños, más pobres, más estériles, — ¡pobre hierba! ¡pobre suelo! Y pronto deberán estar ahí ante mí como hierba seca y estepa, y, en verdad, cansados de sí mismos — y más que de agua, sedientos de fuego.

    ¡Oh bendita hora del relámpago! ¡Oh secreto antes del mediodía! Fuegos corredores quiero hacer todavía un día de ellos, y heraldos con lenguas de llama: — han de proclamar todavía un día con lenguas de llama: ¡Llega, está cerca, el gran mediodía!

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli–Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann. 

  • 3.4. ANTES DEL AMANECER

    Antes del amanecer

    ¡Oh cielo sobre mí, tú, puro! ¡Profundo! ¡Tú, abismo de luz! Al contemplarte me estremezco de deseos divinos. ¡Arrojarme a tu altura: esa es mi profundidad! ¡Refugiarme en tu pureza: esa es mi inocencia!

    Al dios lo vela su belleza: así ocultas tú tus estrellas. No hablas: así me anuncias tu sabiduría. Mudo, sobre el mar rugiente, te has alzado hoy para mí; tu amor y tu pudor hablan como revelación a mi alma rugiente. Porque hermoso viniste a mí, velado en tu belleza, porque mudo me hablas, manifiesto en tu sabiduría: ¡oh, cómo no habría de adivinar todo lo pudoroso de tu alma! Antes del sol viniste a mí, al más solitario.

    Somos amigos desde el comienzo: nos son comunes la pena, el horror y el fundamento; aun el sol nos es común. No nos hablamos el uno al otro, porque sabemos demasiadas cosas: guardamos silencio el uno ante el otro, nos sonreímos mutuamente nuestro saber. ¿No eres tú la luz para mi fuego? ¿No tienes el alma hermana de mi comprensión? Juntos lo aprendimos todo; juntos aprendimos a ascender por encima de nosotros hacia nosotros mismos y a sonreír sin nubes: — a sonreír sin nubes hacia abajo desde ojos luminosos y desde una lejanía inmensa, cuando bajo nosotros la coacción, el propósito y la culpa humean como lluvia.

    Y si caminaba solo: ¿de qué tenía hambre mi alma en las noches y en los senderos extraviados? Y si escalaba montañas, ¿a quién busqué jamás, sino a ti, en las montañas? Y todo mi caminar y escalar montañas: solo una necesidad era y un recurso del desvalido: solo volar quiere toda mi voluntad, volar a ti, dentro de ti.

    ¿Y a quién odié más que a las nubes errantes y a todo lo que te mancha? Y aun odié mi propio odio, porque te manchaba. Guardo rencor a las nubes errantes, a estos sigilosos felinos de presa: nos arrebatan a ti y a mí lo que nos es común: el inmenso, ilimitado decir Sí y Amén. A estos mediadores y mezcladores les guardamos rencor, a las nubes errantes: a esas medias tintas que ni aprendieron a bendecir ni a maldecir de raíz.

    Prefiero aún sentarme en el tonel bajo un cielo cerrado, prefiero sentarme sin cielo en el abismo, antes que verte a ti, cielo de luz, manchado por nubes errantes.

    Y a menudo sentí ganas de sujetarlas con los dentados hilos de oro del relámpago, para que yo, igual que el trueno, golpeara el timbal sobre sus vientres de caldera: — un airado timbalero, porque ellas me arrebatan tu Sí y tu Amén, tú, cielo sobre mí, tú, puro, luminoso, tú, abismo de luz; — porque ellas te arrebatan mi Sí y mi Amén. Pues prefiero aún ruido y trueno y maldiciones de tormenta a esa circunspecta, dubitativa quietud felina; y también entre los hombres odio sobre todo a todos los que pisan quedamente y a los medias tintas y a las dubitativas y vacilantes nubes errantes.

    Y «el que no puede bendecir, debe aprender a maldecir»: esta luminosa enseñanza me cayó de un cielo luminoso, esta estrella aún está en mi cielo en noches negras.

    Pero yo soy uno que bendice y uno que dice Sí, con tal de que tú estés en torno a mí, tú, puro, luminoso, tú, abismo de luz: — a todos los abismos llevo entonces mi decir Sí que bendice. En uno que bendice me he convertido y en uno que dice Sí; y para eso luché largo tiempo y fui un luchador, para que un día tuviera las manos libres para bendecir. Pero esto es mi bendecir: estar sobre cada cosa como su propio cielo, como su techo redondo, su campana azur y eterna seguridad; y bienaventurado es el que así bendice.

    Porque todas las cosas están bautizadas en la fuente de la eternidad y más allá del bien y del mal; pero el bien y el mal mismos son solo sombras intermedias, húmedas tribulaciones y nubes errantes.

    En verdad, es un bendecir y no una blasfemia cuando enseño: «sobre todas las cosas está el cielo azar, el cielo inocencia, el cielo acaso, el cielo desmesura».

    «Por acaso»: esa es la más antigua nobleza del mundo, esa devolví yo a todas las cosas, las redimí de la servidumbre bajo el propósito. Esta libertad y serenidad celeste coloqué como una campana azur sobre todas las cosas, cuando enseñé que por encima de ellas y a través de ellas ninguna «voluntad eterna» — quiere. Esta desmesura y esta necedad puse en el lugar de aquella voluntad, cuando enseñé: «en todo una cosa es imposible: ¡racionalidad!».

    Un poco de razón, ciertamente, una semilla de sabiduría esparcida de estrella en estrella: — esta levadura está mezclada en todas las cosas: por causa de la necedad hay sabiduría mezclada en todas las cosas. Un poco de sabiduría es ya posible; pero esta bienaventurada seguridad encontré en todas las cosas: que prefieren aún, sobre los pies del azar — danzar.

    ¡Oh cielo sobre mí, tú, puro! ¡Alto! Esto es para mí ahora tu pureza: que no hay ninguna eterna araña de la razón ni telarañas de la razón: — que eres para mí un suelo de danza para azares divinos, que eres para mí una mesa de dioses para dados divinos y jugadores de dados. — ¿Pero te sonrojas? ¿Dije lo indecible? ¿Blasfemé cuando quería bendecirte? ¿O es el pudor de dos lo que te hizo sonrojar? — ¿Me ordenas marcharme y callar, porque ahora — llega el día?

    El mundo es profundo: — y más profundo de lo que el día jamás ha pensado. No todo debe tener palabras ante el día. Pero llega el día: ¡así nos separamos ahora!

    ¡Oh cielo sobre mí, tú, pudoroso! ¡Ardiente! ¡Oh tú, mi dicha antes del amanecer! Pero llega el día: ¡así nos separamos ahora! —

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli–Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann. 

  • 3.3. DE LA BIENAVENTURANZA CONTRA LA VOLUNTAD

    Con tales enigmas y amarguras en el corazón navegó Zaratustra sobre el mar. Pero cuando estuvo a cuatro jornadas de viaje de las islas bienaventuradas y de sus amigos, entonces había superado todo su dolor: triunfante y con pies firmes estaba de nuevo en pie sobre su destino. Y entonces habló Zaratustra así a su conciencia exultante:

    Solo estoy de nuevo y quiero estarlo, solo con el cielo puro y el mar libre; y de nuevo es la tarde a mi alrededor. Por la tarde encontré un día por primera vez a mis amigos, por la tarde también por segunda vez: —a la hora en que toda luz se vuelve más quieta. Pues lo que de dicha aún está de camino entre cielo y tierra busca ahora todavía como albergue un alma luminosa: por la dicha se ha vuelto ahora toda luz más quieta.

    ¡Oh tarde de mi vida! Un día también mi dicha descendió al valle para buscarse un albergue: allí encontró estas almas abiertas y hospitalarias. ¡Oh tarde de mi vida! ¡Qué no entregué yo para tener una sola cosa: esta viviente plantación de mis pensamientos y esta luz matinal de mi más alta esperanza!

    Compañeros buscó un día el creador, y niños de su esperanza: y, mira, resultó que no podía encontrarlos, a menos que primero los creara él mismo. Así estoy yo en medio de mi obra, yendo hacia mis niños y regresando de ellos: por causa de sus niños debe Zaratustra completarse a sí mismo. Porque de raíz uno ama solamente a su niño y a su obra; y donde hay un gran amor hacia uno mismo, allí es este el signo de la preñez: así lo encontré. Aún me verdecen mis niños en su primera primavera, erguidos unos junto a otros y sacudidos juntos por los vientos: los árboles de mi jardín y de mi mejor tierra. Y en verdad, donde tales árboles se alzan unos junto a otros, allí están las islas bienaventuradas. Pero un día quiero sacarlos de raíz y poner a cada uno por sí solo, para que aprenda soledad y desafío y cautela. Nudoso y retorcido y con flexible dureza ha de alzárseme entonces junto al mar, un viviente faro de vida invencible.

    Allí donde las tormentas se precipitan hacia abajo en el mar, y la trompa de la montaña bebe agua, allí ha de tener cada uno sus vigilias de día y de noche, para su prueba y conocimiento. Ha de ser conocido y probado en esto: si es de mi índole y linaje, si es señor de una larga voluntad, silencioso aun cuando habla, y cediendo de tal modo que, al dar, toma: —para que un día llegue a ser mi compañero y un co-creador y co-celebrador de Zaratustra: uno tal que me escriba mi voluntad sobre mis tablas, para la más plena consumación de todas las cosas. Y por causa de él y de sus semejantes debo yo mismo completarme: por eso me aparto ahora de mi dicha y me ofrezco a toda desdicha —para mi última prueba y conocimiento.

    Y en verdad, era tiempo de que me fuese; y la sombra del caminante y el más largo tedio y la hora más silenciosa —todos me persuadían: «¡Ya es más que hora!» El viento me sopló a través de la cerradura y dijo: «¡Ven!» La puerta se me abrió astutamente y dijo: «¡Ve!» Pero yo yacía encadenado al amor a mis niños: el deseo me puso este lazo, el deseo de amor, que yo llegara a ser presa de mis niños y me perdiera en ellos. Deseo —eso significa ya para mí: haberme perdido. ¡Os tengo a vosotros, mis niños! En este tener debe ser todo seguridad y nada deseo.

    Pero el sol de mi amor yacía incubando sobre mí; en su propio jugo se cocía Zaratustra —entonces pasaron volando sombras y dudas por encima de mí. Anhelaba ya escarcha e invierno: «¡Oh, que la escarcha y el invierno me hicieran de nuevo chascar y crujir!», suspiré: —entonces se alzaron de mí brumas heladas. Mi pasado quebró sus sepulcros, más de un dolor enterrado vivo despertó: solo había dormido hasta saciarse, escondido en vestiduras de cadáver.

    Así me gritaba todo con señales: «¡Es hora!» Pero yo —no escuché: hasta que por fin mi abismo se agitó y mi pensamiento me mordió. ¡Ay, pensamiento abismal, que tú eres mi pensamiento! ¿Cuándo encontraré la fuerza para oírte cavar y no temblar más? Hasta la garganta me golpea el corazón cuando te oigo cavar. Tu silencio aún quiere estrangularme, tú, abismal silencioso. Aún no osé nunca llamarte hacia arriba: bastante ya fue que te llevase conmigo. Aún no fui lo bastante fuerte para la última arrogancia de león y travesura de león. Bastante de terrible fue para mí siempre ya tu peso: pero un día he de encontrar todavía la fuerza y la voz de león que te llame hacia arriba. Cuando primero me haya superado en esto, entonces quiero superarme también en lo todavía más grande; y una victoria ha de ser el sello de mi consumación. —

    Entretanto aún voy a la deriva sobre mares inciertos; el azar me adula, el de lengua suave; miro adelante y atrás —aún no veo ningún fin. Aún no me llegó la hora de mi última lucha —¿o me llega quizá precisamente ahora? En verdad, con traicionera belleza me miran por todas partes el mar y la vida.

    ¡Oh tarde de mi vida! ¡Oh dicha antes del anochecer! ¡Oh puerto en alta mar! ¡Oh paz en lo incierto! ¡Cómo desconfío de todos vosotros! En verdad, desconfío de vuestra traicionera belleza. Me asemejo al amante que desconfía de una sonrisa demasiado aterciopelada. Como él empuja delante de sí a la más amada, tierno todavía en su dureza, el celoso —así empujo yo delante de mí esta bienaventurada hora.

    ¡Fuera contigo, tú, bienaventurada hora! ¡Contigo me llegó una bienaventuranza contra mi voluntad! Dispuesto a mi más profundo dolor estoy aquí: —¡a destiempo llegaste!

    ¡Fuera contigo, tú, bienaventurada hora! Mejor toma albergue allí —con mis niños. ¡Apresúrate!, y bendícelos todavía antes del anochecer con mi dicha.

    Ahí se acerca ya el anochecer: el sol se hunde. ¡Allá —mi dicha! —

    Así habló Zaratustra. Y esperó su desdicha toda la noche: pero esperó en vano. La noche permaneció clara y silenciosa, y la dicha misma se le acercaba más y más. Pero hacia la mañana rió Zaratustra en su corazón y dijo burlonamente: «La dicha corre tras de mí. Eso viene de que yo no corro tras las mujeres. Pero la dicha es una mujer.»

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli–Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann. 

  • 3.2. DE LA VISIÓN Y EL ENIGMA

    [1]

    Cuando entre la gente del barco se supo que Zaratustra estaba a bordo —pues al mismo tiempo que él había subido a bordo un hombre que venía de las islas bienaventuradas—, surgieron una gran curiosidad y expectación. Pero Zaratustra calló durante dos días y estuvo frío y sordo de tristeza, de modo que no respondía ni a miradas ni a preguntas. Pero al atardecer del segundo día volvió a abrir sus oídos, aunque aún callaba: pues había muchas cosas extrañas y peligrosas que oír en aquel barco, que venía de lejos y quería ir aún más lejos. Zaratustra, empero, era amigo de todos aquellos que emprenden largos viajes y no gustan de vivir sin peligro. Y mira, por fin, al escuchar, se le soltó su propia lengua, y se quebró el hielo de su corazón: entonces comenzó a hablar así:

    A vosotros, los osados buscadores, tentadores, y a quienquiera que alguna vez se embarcó con astutas velas en mares terribles, — a vosotros, los ebrios de enigmas, los alegres del crepúsculo, cuya alma es atraída con flautas hacia todo abismo del extravío: — pues no queréis seguir tanteando un hilo con mano cobarde; y allí donde podéis adivinar, odiáis deducir — a vosotros solos os cuento el enigma que vi, — la visión del más solitario. —

    Sombrío caminé hace poco por un crepúsculo de color de cadáver, — sombrío y duro, con los labios apretados. No solo un sol se había puesto para mí. Un sendero que ascendía desafiante entre el cascajal, uno maligno, solitario, al que ni hierba ni arbusto dirigía ya la palabra: un sendero de montaña crujía bajo el desafío de mi pie. Mudo, avanzando sobre el burlón tintinear de los guijarros, aplastando la piedra que lo hacía resbalar: así se forzó mi pie hacia arriba. Hacia arriba: — en desafío al espíritu que lo arrastraba hacia abajo, lo arrastraba hacia el abismo, al espíritu de la gravedad, mi diablo y archienemigo. Hacia arriba: — aunque él estaba sentado sobre mí, medio enano, medio topo; cojo; paralizante; goteando plomo a través de mi oído, pensamientos como gotas de plomo en mi cerebro.

    “¡Oh Zaratustra —susurró burlonamente, sílaba a sílaba—, tú, piedra de la sabiduría! Te arrojaste hacia lo alto, pero toda piedra arrojada debe — caer. ¡Oh Zaratustra, tú, piedra de la sabiduría, tú, piedra de honda, tú, quebrantador de estrellas! A ti mismo te arrojaste tan alto, — pero toda piedra arrojada — debe caer. Condenado a ti mismo y a tu propia lapidación: oh Zaratustra, lejos arrojaste, sí, la piedra, — pero sobre ti volverá a caer.”

    Entonces calló el enano; y eso duró mucho. Pero su silencio me oprimía; y de esa manera, estando dos, se está en verdad más solo que estando uno. Subía, subía, soñaba, pensaba, — pero todo me oprimía. Me asemejaba a un enfermo al que su cruel tormento deja exhausto, y al que luego un sueño peor despierta del adormecimiento. — Pero hay algo en mí que yo llamo valor: eso me ha dado muerte hasta ahora a todo desánimo. Este valor me ordenó por fin detenerme y hablar: “¡Enano! ¡Tú! ¡O yo!” —

    Pues el valor es el mejor matador, — el valor que ataca: porque en todo ataque hay juego resonante.

    Pero el hombre es el animal más valeroso: con ello superó a todo animal. Con juego resonante superó aún todo dolor; pero el dolor humano es el dolor más profundo.

    El valor da muerte también al vértigo junto a los abismos: ¿y dónde no estaría el hombre junto a abismos? ¿No es ver, ello mismo, — ver abismos?

    El valor es el mejor matador: el valor da muerte también a la compasión. Pero la compasión es el abismo más profundo: tan profundamente como mira el hombre en la vida, tan profundamente mira también en el sufrimiento.

    Pero el valor es el mejor matador, el valor que ataca: ese da muerte incluso a la muerte, pues dice: “¿Fue esto la vida? ¡Bien! ¡Una vez más!”

    Pero en tal sentencia hay mucho juego resonante. El que tenga oídos, que oiga. —

    [2]

    “¡Alto, enano! —dije yo—. ¡Yo! ¡O tú! Pero yo soy el más fuerte de nosotros dos —: ¡tú no conoces mi pensamiento abismal! Ese — no podrías soportarlo.” —

    Entonces ocurrió lo que me hizo más ligero: pues el enano saltó de mi hombro, ¡el curioso! Y se puso en cuclillas sobre una piedra ante mí. Pero allí, precisamente donde nos detuvimos, había un portal.

    “¡Mira este portal, enano! —seguí hablando—. Tiene dos rostros. Dos caminos se juntan aquí: nadie los ha recorrido aún hasta el final. Esta larga calleja hacia atrás: dura una eternidad. Y aquella larga calleja hacia delante — esa es otra eternidad. Se contradicen, estos caminos; se chocan justamente de frente: — y aquí, en este portal, es donde se juntan. El nombre del portal está escrito arriba: “Instante”. Pero el que siguiera uno de ellos más allá — y siempre más allá y siempre más lejos: ¿crees tú, enano, que estos caminos se contradicen eternamente?” —

    “Todo lo recto miente —murmuró despreciativamente el enano—. Toda verdad es torcida; el tiempo mismo es un círculo.”

    “¡Tú, espíritu de la gravedad! —dije airado—, ¡no te lo pongas demasiado fácil! O te dejo acuclillado donde te acuclillas, pie cojo, — ¡y yo te llevé a lo alto!

    ¡Mira —seguí hablando— este instante! Desde este portal, Instante, corre hacia atrás una larga calleja eterna: detrás de nosotros yace una eternidad. ¿No debe todo aquello que, de entre todas las cosas, puede correr, haber corrido ya una vez por esta calleja? ¿No debe todo aquello que, de entre todas las cosas, puede suceder, haber sucedido ya una vez, haber sido hecho, haber pasado? Y si todo ha estado ya ahí: ¿qué piensas tú, enano, de este Instante? ¿No debe también este portal haber — estado ya ahí? ¿Y no están de tal manera firmemente anudadas todas las cosas que este Instante arrastra tras de sí todas las cosas venideras? Así pues — — ¿también a sí mismo? Pues todo aquello que, de entre todas las cosas, puede correr: también por esta larga calleja hacia delante — debe correr aún una vez más. —

    Y esta lenta araña, que se arrastra a la luz de la luna, y esta misma luz de luna, y yo y tú en el portal, susurrando juntos, susurrando de cosas eternas — ¿no debemos todos haber estado ya ahí? — y volver y correr por aquella otra calleja, hacia fuera, delante de nosotros, por esta larga, pavorosa calleja — ¿no debemos volver eternamente?” —

    Así hablé, y cada vez más quedo: pues temía mis propios pensamientos y los pensamientos detrás de mis pensamientos. Entonces, de pronto, oí a un perro aullar cerca. ¿Había oído yo jamás a un perro aullar así? Mi pensamiento corrió hacia atrás. ¡Sí! Cuando era niño, en la más remota infancia: — entonces oí a un perro aullar así. Y también lo vi, erizado, con la cabeza hacia arriba, temblando, en la más callada medianoche, cuando hasta los perros creen en fantasmas: — de modo que me movió a compasión. En efecto, justo entonces pasaba la luna llena, muda como la muerte, por encima de la casa; justo entonces permanecía quieta, una brasa redonda, — quieta sobre el tejado plano, como sobre propiedad ajena: — por eso se espantó entonces el perro: pues los perros creen en ladrones y en fantasmas. Y cuando volví a oír aullar así, me movió a compasión una vez más.

    ¿Adónde había ido ahora el enano? ¿Y el portal? ¿Y la araña? ¿Y todo el susurrar? ¿Soñaba acaso? ¿Me desperté?

    Entre peñascos salvajes estaba yo de pronto, solo, desolado, en la más desolada luz de luna. ¡Pero allí yacía un hombre! ¡Y allí! El perro, saltando, erizado, gimiendo, — ahora me veía llegar — entonces aulló de nuevo, entonces gritó: — ¿había oído yo jamás a un perro gritar así pidiendo auxilio? Y, en verdad, lo que vi, nada igual había visto nunca. Vi a un joven pastor, retorciéndose, ahogándose, convulso, con el rostro desencajado, al que una serpiente negra y pesada le colgaba de la boca. ¿Había visto yo jamás tanta náusea y pálido espanto en un solo rostro? ¿Se habría dormido? Entonces se le arrastró la serpiente en las fauces — entonces se clavó allí mordiendo. Mi mano tiró de la serpiente y tiró: — ¡en vano! No arrancó la serpiente de las fauces. Entonces gritó desde mí: “¡Muerde! ¡Muerde! ¡La cabeza fuera! ¡Muerde!” — así gritó desde mí, mi horror, mi odio, mi náusea, mi compasión, todo mi bien y mi mal gritó desde mí con un solo grito. —

    ¡Vosotros, osados en torno a mí! ¡Vosotros, buscadores, tentadores, y quien de vosotros se embarcó con astutas velas en mares inexplorados! ¡Vosotros, alegres de enigmas! Adivinadme, pues, el enigma que entonces contemplé, interpretadme, pues, la visión del más solitario. Pues fue una visión y un prever: — ¿qué vi entonces en parábola? ¿Y quién es el que un día aún debe venir? ¿Quién es el pastor al que así se le arrastró la serpiente a las fauces? ¿Quién es el hombre al que así todo lo más pesado, lo más negro, se le arrastrará a las fauces?

    Pero el pastor mordió, como mi grito le aconsejaba; ¡mordió con buen mordisco! Escupió lejos la cabeza de la serpiente: — y saltó hacia arriba. — ¡Ya no pastor, ya no hombre: — un transformado, un circundado de luz, que reía! ¡Nunca todavía en la tierra rió jamás un hombre como él reía! Oh, hermanos míos, oí una risa que no era risa de hombre, — — y ahora me roe una sed, un anhelo que nunca se aquieta. Mi anhelo por esta risa me roe: ¡oh, cómo soporto aún vivir! ¡Y cómo soportaría ahora morir! —

    Así habló Zaratustra.

    Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli–Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

  • 3.1. EL CAMINANTE

    A medianoche fue cuando Zaratustra tomó su camino por el lomo de la isla, para llegar con la mañana temprana a la otra orilla: pues allí quería embarcar. Había, en efecto, en aquel lugar una buena rada, donde también barcos extranjeros gustaban de echar el ancla; estos tomaban consigo a más de uno que quería cruzar el mar desde las islas bienaventuradas.

    Cuando entonces Zaratustra subía así la montaña, pensaba por el camino en su mucho caminar solitario desde la juventud, y en cuántas montañas, lomos y cumbres había ya ascendido.

    Soy un caminante y un escalador de montañas, dijo a su corazón; no amo las llanuras y, por lo visto, no puedo permanecer mucho tiempo sentado en quietud. Y lo que aún me llegue como destino y vivencia, — habrá en ello un caminar y un escalar montañas: uno acaba por no experimentar ya más que a sí mismo. Ha pasado el tiempo en que aún podían salirme al encuentro azares; ¿y qué podría aún caer hacia mí que no fuese ya mío propio? Solo retorna, al fin vuelve a casa, mi propio sí-mismo, y lo que de él estuvo largo tiempo en tierra extraña y disperso entre todas las cosas y azares. Y una cosa más sé: ahora estoy ante mi última cumbre y ante aquello que más tiempo me había estado reservado. ¡Ay, mi camino más duro debo subir! ¡Ay, he comenzado mi caminata más solitaria! Pero quien es de mi especie no escapa a una hora semejante: la hora que le dice:

    “Solo ahora recorres tu camino de grandeza. Cumbre y abismo — están ahora reunidos en uno.

    Recorres tu camino de grandeza: ahora se ha convertido en tu último refugio lo que hasta ahora se llamaba tu último peligro.

    Recorres tu camino de grandeza: ese debe ser ahora tu mejor valor, que tras de ti ya no hay camino alguno.

    Recorres tu camino de grandeza: aquí no debe seguirte nadie a hurtadillas. Tu propio pie borró el camino tras de ti, y sobre él está escrito: Imposibilidad.

    Y si de ahora en adelante te faltan todas las escaleras, debes saber subir aún sobre tu propia cabeza: ¿cómo, si no, querrías ascender? ¡Sobre tu propia cabeza y lejos, más allá de tu propio corazón! Ahora lo más suave en ti debe todavía convertirse en lo más duro. El que siempre ha tenido muchos miramientos consigo mismo, enferma al final por sus muchos miramientos. ¡Alabado sea lo que endurece! Yo no alabo la tierra donde fluye mantequilla y miel.

    Es necesario aprender a apartar la mirada de uno mismo para ver mucho: esta dureza le es necesaria a todo escalador de montañas.

    Pero quien, como conocedor, es impertinente con los ojos, ¿cómo habría de ver de todas las cosas más que sus primeros planos? Pero tú, oh Zaratustra, quisiste contemplar de todas las cosas fundamento y trasfondo: así debes ya subir por encima de ti mismo, — arriba, hacia lo alto, hasta tener también tus estrellas por debajo de ti.

    ¡Sí! Mirar hacia abajo sobre mí mismo y aun sobre mis estrellas: solo eso se llamaría para mí mi cumbre; eso me quedaba todavía como mi última cumbre. —”

    Así habló Zaratustra consigo mismo mientras subía, consolando su corazón con duras sentencillas: pues estaba herido de corazón como nunca antes. Y cuando llegó a lo alto del lomo de la montaña, mira, allí yacía el otro mar extendido ante él; y se detuvo y guardó silencio largo rato. Pero la noche era fría en aquella altura, y clara, y cuajada de estrellas.

    Reconozco mi destino, dijo finalmente con tristeza. ¡Bien! Estoy preparado. Acaba de comenzar mi última soledad.

    ¡Ay, este negro, triste mar debajo de mí! ¡Ay, esta preñada desazón nocturna! ¡Ay, destino y mar! ¡Hacia vosotros debo ahora descender! Estoy ante mi montaña más alta y ante mi caminata más larga: por eso debo primero descender más hondo de lo que jamás descendí: — más hondo en el dolor de lo que jamás descendí, hasta dentro de su marea más negra. Así lo quiere mi destino: ¡Bien! Estoy preparado.

    ¿De dónde vienen las montañas más altas? Así pregunté una vez. Entonces aprendí que vienen del mar. Este testimonio está escrito en su roca y en las paredes de sus cumbres. Desde lo más profundo debe lo más alto llegar a su altura. —

    Así habló Zaratustra en la cima de la montaña, donde hacía frío; pero cuando llegó a la proximidad del mar y al fin estuvo solo bajo los acantilados, se había cansado por el camino y estaba más anhelante que nunca antes.

    Ahora todo duerme todavía, dijo; también el mar duerme. Ebrio de sueño y extraño mira su ojo hacia mí. Pero respira cálido, eso lo siento. Y también siento que sueña. Se retuerce, soñando, sobre duras almohadas. ¡Escucha! ¡Escucha! ¡Cómo gime por malos recuerdos! ¿O por malos presentimientos? Ay, estoy triste contigo, tú, oscuro monstruo, y aún me guardo rencor a mí mismo por tu causa. ¡Ay, que mi mano no tenga fuerza suficiente! De buena gana, en verdad, querría redimirte de malos sueños. —

    Y mientras Zaratustra hablaba así, rió con melancolía y amargura de sí mismo. “¡Cómo! ¡Zaratustra!, dijo, ¿quieres cantarle todavía consuelo al mar? Ay, tú, necio lleno de amor, Zaratustra, tú, sobrebienaventurado por la confianza. Pero así has sido siempre: siempre te acercaste confiadamente a todo lo terrible. A cada monstruo querías todavía acariciar. Un soplo de aliento cálido, un poco de pelambre suave en la pata —: y al punto estabas dispuesto a amarlo y atraerlo.

    El amor es el peligro del más solitario, el amor a todo, con tal de que viva. ¡Es de risa, en verdad, mi necedad y mi modestia en el amor!” —

    Así habló Zaratustra y rió por segunda vez; pero entonces recordó a sus amigos abandonados —, y como si hubiera cometido una falta contra ellos con sus pensamientos, se airó consigo mismo por sus pensamientos. Y enseguida ocurrió que el que reía lloró: — de ira y anhelo lloró Zaratustra amargamente.

    Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.