A medianoche fue cuando Zaratustra tomó su camino por el lomo de la isla, para llegar con la mañana temprana a la otra orilla: pues allí quería embarcar. Había, en efecto, en aquel lugar una buena rada, donde también barcos extranjeros gustaban de echar el ancla; estos tomaban consigo a más de uno que quería cruzar el mar desde las islas bienaventuradas.
Cuando entonces Zaratustra subía así la montaña, pensaba por el camino en su mucho caminar solitario desde la juventud, y en cuántas montañas, lomos y cumbres había ya ascendido.
Soy un caminante y un escalador de montañas, dijo a su corazón; no amo las llanuras y, por lo visto, no puedo permanecer mucho tiempo sentado en quietud. Y lo que aún me llegue como destino y vivencia, — habrá en ello un caminar y un escalar montañas: uno acaba por no experimentar ya más que a sí mismo. Ha pasado el tiempo en que aún podían salirme al encuentro azares; ¿y qué podría aún caer hacia mí que no fuese ya mío propio? Solo retorna, al fin vuelve a casa, mi propio sí-mismo, y lo que de él estuvo largo tiempo en tierra extraña y disperso entre todas las cosas y azares. Y una cosa más sé: ahora estoy ante mi última cumbre y ante aquello que más tiempo me había estado reservado. ¡Ay, mi camino más duro debo subir! ¡Ay, he comenzado mi caminata más solitaria! Pero quien es de mi especie no escapa a una hora semejante: la hora que le dice:
“Solo ahora recorres tu camino de grandeza. Cumbre y abismo — están ahora reunidos en uno.
Recorres tu camino de grandeza: ahora se ha convertido en tu último refugio lo que hasta ahora se llamaba tu último peligro.
Recorres tu camino de grandeza: ese debe ser ahora tu mejor valor, que tras de ti ya no hay camino alguno.
Recorres tu camino de grandeza: aquí no debe seguirte nadie a hurtadillas. Tu propio pie borró el camino tras de ti, y sobre él está escrito: Imposibilidad.
Y si de ahora en adelante te faltan todas las escaleras, debes saber subir aún sobre tu propia cabeza: ¿cómo, si no, querrías ascender? ¡Sobre tu propia cabeza y lejos, más allá de tu propio corazón! Ahora lo más suave en ti debe todavía convertirse en lo más duro. El que siempre ha tenido muchos miramientos consigo mismo, enferma al final por sus muchos miramientos. ¡Alabado sea lo que endurece! Yo no alabo la tierra donde fluye mantequilla y miel.
Es necesario aprender a apartar la mirada de uno mismo para ver mucho: esta dureza le es necesaria a todo escalador de montañas.
Pero quien, como conocedor, es impertinente con los ojos, ¿cómo habría de ver de todas las cosas más que sus primeros planos? Pero tú, oh Zaratustra, quisiste contemplar de todas las cosas fundamento y trasfondo: así debes ya subir por encima de ti mismo, — arriba, hacia lo alto, hasta tener también tus estrellas por debajo de ti.
¡Sí! Mirar hacia abajo sobre mí mismo y aun sobre mis estrellas: solo eso se llamaría para mí mi cumbre; eso me quedaba todavía como mi última cumbre. —”
Así habló Zaratustra consigo mismo mientras subía, consolando su corazón con duras sentencillas: pues estaba herido de corazón como nunca antes. Y cuando llegó a lo alto del lomo de la montaña, mira, allí yacía el otro mar extendido ante él; y se detuvo y guardó silencio largo rato. Pero la noche era fría en aquella altura, y clara, y cuajada de estrellas.
Reconozco mi destino, dijo finalmente con tristeza. ¡Bien! Estoy preparado. Acaba de comenzar mi última soledad.
¡Ay, este negro, triste mar debajo de mí! ¡Ay, esta preñada desazón nocturna! ¡Ay, destino y mar! ¡Hacia vosotros debo ahora descender! Estoy ante mi montaña más alta y ante mi caminata más larga: por eso debo primero descender más hondo de lo que jamás descendí: — más hondo en el dolor de lo que jamás descendí, hasta dentro de su marea más negra. Así lo quiere mi destino: ¡Bien! Estoy preparado.
¿De dónde vienen las montañas más altas? Así pregunté una vez. Entonces aprendí que vienen del mar. Este testimonio está escrito en su roca y en las paredes de sus cumbres. Desde lo más profundo debe lo más alto llegar a su altura. —
Así habló Zaratustra en la cima de la montaña, donde hacía frío; pero cuando llegó a la proximidad del mar y al fin estuvo solo bajo los acantilados, se había cansado por el camino y estaba más anhelante que nunca antes.
Ahora todo duerme todavía, dijo; también el mar duerme. Ebrio de sueño y extraño mira su ojo hacia mí. Pero respira cálido, eso lo siento. Y también siento que sueña. Se retuerce, soñando, sobre duras almohadas. ¡Escucha! ¡Escucha! ¡Cómo gime por malos recuerdos! ¿O por malos presentimientos? Ay, estoy triste contigo, tú, oscuro monstruo, y aún me guardo rencor a mí mismo por tu causa. ¡Ay, que mi mano no tenga fuerza suficiente! De buena gana, en verdad, querría redimirte de malos sueños. —
Y mientras Zaratustra hablaba así, rió con melancolía y amargura de sí mismo. “¡Cómo! ¡Zaratustra!, dijo, ¿quieres cantarle todavía consuelo al mar? Ay, tú, necio lleno de amor, Zaratustra, tú, sobrebienaventurado por la confianza. Pero así has sido siempre: siempre te acercaste confiadamente a todo lo terrible. A cada monstruo querías todavía acariciar. Un soplo de aliento cálido, un poco de pelambre suave en la pata —: y al punto estabas dispuesto a amarlo y atraerlo.
El amor es el peligro del más solitario, el amor a todo, con tal de que viva. ¡Es de risa, en verdad, mi necedad y mi modestia en el amor!” —
Así habló Zaratustra y rió por segunda vez; pero entonces recordó a sus amigos abandonados —, y como si hubiera cometido una falta contra ellos con sus pensamientos, se airó consigo mismo por sus pensamientos. Y enseguida ocurrió que el que reía lloró: — de ira y anhelo lloró Zaratustra amargamente.
Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.
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