Autor: Fernando Santamaría Lozano

  • 1.14. Del amigo

    La amistad es un tema importante en la vida y la obra de N. No solo reclama para sí mismo la amistad y se lamenta una y otra vez de la falta de empatía de sus amigos, sino que también en sus escritos filosóficos vuelve repetidamente sobre la esencia y la significación de la amistad. Con ello N., junto con Schopenhauer como uno de los pocos filósofos modernos, enlaza con el antiguo discurso filosófico sobre la amistad y trata de renovarlo de una manera muy particular (sobre la idea y el concepto de amistad en N. y en Za, véase →Abbey 2000; →Böhler 2000, 131-164; →Miner 2010; →Verkerk 2013; →Freregger 2015 y 2016; →Verkerk 2019). Si ya MA I 354 subraya que la «profunda y variada discusión filosófica sobre la amistad» (KSA 2, 253, 4 s.) distingue a los griegos de todos los demás pueblos, Zaratustra, con sus pensamientos sobre la amistad, se sitúa en la tradición de Platón, Aristóteles, Plutarco y Cicerón. Entre los autores más recientes resultan determinantes Montaigne y Schopenhauer; inconfundible es la influencia de Emerson. A Emerson remite expresamente una anotación del otoño de 1880: «Elevar más alto la amistad NB E〈merson〉 149» (NL 1880, KSA 9, 6[451], 315, 10). Con ello se alude probablemente a un pasaje que en los Ensayos de Emerson no se encuentra en la página 149, sino en la página precedente, la 148, donde el autor anuncia sus consideraciones sobre la amistad con estas palabras: «No es en modo alguno mi intención ofrecer un tratado sumamente delicado sobre la amistad, sino que, por el contrario, quiero expresar con franqueza mi opinión sobre ella, aunque a algunos pueda sonarles áspera [sic!]. Las verdaderas amistades no son ni hilos de cristal ni flores heladas en los cristales de las ventanas, sino lo más sólido que conocemos.» (Emerson 1858, 148; subrayado de N.). (P. 196) Los Ensayos de Emerson han sido identificados como el principal texto de partida del discurso de Zaratustra «Del amigo» (referencias a las fuentes en KGW VI 4, 875 s.; en →Vivarelli 1987 y 2012, así como →Zavatta 2008), aunque tanto las adopciones como las resonancias son unas veces de carácter afirmativo y otras de inversión del sentido. Al igual que anuncia el yo hablante de Emerson, tampoco Zaratustra ofrece con su discurso sobre la amistad ningún «tratado delicado». No se incorpora al discurso sentimental sobre la amistad, sino que exhorta más bien a un trato sin miramientos con el amigo (sobre Za I «Del amigo», cf. →Eichler 2001, Tongeren 2003/04, →Avramenko 2008; también →Verkerk 2019 se refiere repetidamente al capítulo de Za). El discurso de Zaratustra no desarrolla un concepto cerrado de amistad, sino que destaca aspectos cambiantes y, distanciándose de Emerson, pone en primer plano la referencia de la amistad a uno mismo. Mientras que Emerson considera decisiva la veracidad de la amistad y la contrapone a la falta de autenticidad del trato exigido socialmente, Zaratustra contempla la amistad ante todo como un peldaño para la propia elevación y, con ello, vuelve del revés las reflexiones de Emerson (cf. NK 71, 6-8; NK 72, 3-5).

    En Za, el tema de la amistad está vinculado al papel de Zaratustra, para el cual resulta constitutiva la alternancia entre soledad y comunidad. Aquí Zaratustra habla desde la posición del ermitaño enteramente remitido a sí mismo, que necesita al amigo como el otro, o como un «tercero», para poder salir de su solipsista encerramiento en sí mismo (sobre la figura del ermitaño, cf. NK 13, 16-23). Al mismo tiempo, el discurso «Del amigo» se inserta dentro de Za I en una serie de discursos que examinan distintos conceptos de la convivencia y del enfrentamiento social: amor al prójimo y enemistad, amor sexual y matrimonio. Los capítulos correspondientes están estrechamente entrelazados. En particular, Zaratustra concibe la amistad como un contramodelo del amor y del matrimonio (cf. ÜK Za I «Del hijo y del matrimonio»), y niega categóricamente a la mujer la capacidad para la amistad (cf. 73, 1). Sin embargo, socava irónicamente este juicio misógino al expresar finalmente dudas también acerca de la capacidad para la amistad de sus oyentes varones: «Pero decidme, hombres, ¿quién de vosotros es capaz de amistad?» (73, 9 s.). Al terminar su discurso con el deseo casi conjuratorio «¡que haya amistad!» (73, 14), desplaza la amistad hacia el futuro como un ideal aún por realizar, y ello por igual para ambos sexos.

    El escepticismo no es, desde luego, nuevo; más bien, la idealización de la amistad y las dudas acerca de su posibilidad de realización recorren como un hilo rojo el pensamiento filosófico sobre la amistad. Según Schopenhauer, es el egoísmo humano el que se interpone en el camino de la amistad: «La amistad verdadera, auténtica», sostiene Schopenhauer en sus Aforismos sobre la sabiduría de la vida, «presupone una participación intensa, puramente objetiva y enteramente desinteresada en el bienestar y el malestar del otro, y esta, a su vez, una verdadera identificación de uno mismo con el amigo. A ello se opone hasta tal punto el egoísmo de la naturaleza humana, que la verdadera amistad pertenece a aquellas cosas de las que, como de las colosales serpientes marinas, no se sabe si son fabulosas o existen en alguna parte.» (PP I, Parénesis y máximas; Schopenhauer 1873-1874, 5, 488). Con todo, Schopenhauer admitía que, pese a todos los motivos egoístas, existían relaciones entre seres humanos «que, sin embargo, están mezcladas con un grano de aquella verdadera amistad y que, gracias a ello, quedan ennoblecidas hasta tal punto que en este mundo imperfecto pueden, con cierto derecho, llevar el nombre de amistad» (ibid.).

    El discurso «Del amigo» no propugna ningún concepto determinado de amistad, sino que ofrece pensamientos sueltos, dispuestos aforísticamente, para los que N. saquea las colecciones de sentencias NL 1882, 3[1] y NL 1882, 5[1]. Gira en torno a la esencia de la amistad, enlaza con concepciones anteriores de ella, pero no adopta en modo alguno una posición inequívoca, sino que ilumina más bien distintas facetas de la amistad y pone de relieve sobre todo sus paradojas. Las afirmaciones de Zaratustra sobre la amistad destacan de forma incisiva la dificultad de encontrar en ella la justa medida: una relación equilibrada entre cercanía y distancia, soledad y sociabilidad, revelación de uno mismo y negación de uno mismo. Además, sus consideraciones señalan la estrecha línea divisoria entre amigo y enemigo. En el centro se encuentra una comprensión funcional de la amistad, que pregunta por la significación que el amigo puede tener para el individuo. En el centro se encuentra una comprensión funcional de la amistad, que pregunta por la significación que el amigo puede tener para el individuo.

    Para el propio Zaratustra, sin embargo, sus reflexiones sobre la amistad no parecen poseer relevancia práctico-existencial alguna. Aunque aquí se presenta como filósofo de la amistad, en el texto carece de verdaderos amigos. Es cierto que se dirige una y otra vez a sus discípulos como «amigos», pero se trata de una relación asimétrica que no puede compararse con la amistad entre dos personas. Además, vuelve a dejar atrás a los alumnos y discípulos que reúne a su alrededor. Al final de Za I se llama a sí mismo «amigo del caminar en solitario» (97, 8). En consecuencia, en Za no llega a realizarse lo que esboza una nota póstuma de la época de gestación de Za I: que los amigos pueden acrecentarse mutuamente y favorecerse en el devenir-superhombre: «El amigo como demonio y ángel. El uno tiene para el otro el candado de la cadena. En su cercanía cae una cadena. Se elevan mutuamente. Y, como un yo de dos, se aproximan al superhombre y se regocijan por la posesión del amigo, porque este les da la segunda ala, sin la cual la primera no sirve de nada.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[212]II, 170, 23-171, 2).

    71, 2 s. «Uno siempre sobra a mi alrededor» —así piensa el ermitaño. «¡Siempre uno por uno: a la larga da dos! Yo y Mí están siempre demasiado enfrascados en conversación»] La ingenua autoduplicación del ermitaño en «Yo» y un auto…(P. 197) …reflexivo «Mí» la expone también una anotación póstuma mediante un cálculo: «Uno sigue siendo demasiado a mi alrededor —piensa el solitario. Una vez uno son dos.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]108, 66, 11 s.). Otra anotación lleva aún más lejos la disociación del yo: «Yo y Mí son siempre dos personas diferentes.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]352, 96, 8).

    71, 4 s. Yo y Mí están siempre demasiado enfrascados en conversación: ¿cómo podría soportarse si no hubiera un amigo?] Ya Cicerón destaca en Laelius de amicitia la importancia del amigo como destinatario del hablar consigo mismo: «Ante todo, “¿quién puede”, como dice Ennio, “jactarse de vivir su vida verdaderamente como es debido, si no puede descansar en los brazos de la benevolencia amistosa?”. ¿Qué hay más dulce que tener a alguien con quien se pueda hablar como consigo mismo?» (Laelius 22; Cicero 1826-1861, 5, 603). Zaratustra recoge esta idea, pero al mismo tiempo le da un giro propio al concebir al amigo como liberación del atormentador diálogo consigo mismo.

    71, 6-8 Para el ermitaño, el amigo es siempre el tercero: el tercero es el corcho que impide que la conversación de los dos se hunda en la profundidad.] En una anotación póstuma se añade a esta idea una valoración positiva, aunque cautelosa y con reservas: «El tercero es siempre el corcho que impide que la conversación de dos se hunda en la profundidad: lo cual, en determinadas circunstancias, constituye una ventaja.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]14, 55, 14-16). →Vivarelli 1987, 238 y KGW VI 4, 875 remontan esta constelación de conversación entre tres a los Ensayos de Emerson, donde el «triálogo» es concebido efectivamente como una conversación entre tres personas y considerado un «destructor de la conversación»: «En distintos momentos y con dos personas distintas podrás mantener una conversación útil y agradable, pero, si os reunís los tres, no llegará a producirse una conversación confidencial e íntima.» (Emerson 1858, 153). Aún más clara parece la referencia a un pasaje de los Nuevos ensayos de Emerson, en el que Emerson declara que la conversación es la «verdadera escuela de la filosofía», pues en ella los propios pensamientos se presentan bajo una forma transformada y más atractiva: «Pues en la conversación con un amigo se libera el pensamiento que hasta entonces se hallaba envuelto en nuestra conciencia y se muestra ahora como pensamiento de una manera que para nosotros mismos resulta tan nueva y entretenida como para el otro. Nos utilizamos a nosotros mismos y nos utilizamos mutuamente como estímulo para los pensamientos. Algunas representaciones —y pienso que precisamente las mejores— corresponden al alma individual; ascienden de la profundidad y penetran en la profundidad, son las duraderas /270/ y dominantes. Otras, en cambio, solo pueden ser encontradas por dos.» (Emerson 1876, 69 s.; página marcada con una oreja de burro). Esto concuerda con las reflexiones de Zaratustra, aunque estas atribuyen una connotación negativa al hundimiento en la profundidad. Su gracia consiste, apartándose de Emerson, en que el ermitaño es pensado como una duplicación dialógica, de modo que el amigo se incorpora como tercero a esta «constelación de dos» propia del ermitaño.

    En los borradores póstumos de N., sin embargo, parece pensarse en una auténtica «constelación de tres»; pero la figura conceptual del «tercero» se desarrolla allí de modos muy diferentes. En V 8, 106, el tercero aparece en un primer momento como aquel que impide que la conversación se duerma, pero después, a la inversa, como favorecedor de la conversación que, hundiéndose en la profundidad, se queda dormida: «“Uno es para mí”, “dos son para mí” preferible a “dos”, “uno”: el tercero es un corcho que impide que la conversación “una” de dos se hunda en la profundidad —se duerma, como dice el pueblo. / La conversación entre tres se duerme más fácilmente.» (KGW VI 4, 84). Otra anotación del verano de 1882, por el contrario, señala el carácter supernumerario del tercero en la conversación entre tres y se aproxima con ello al pasaje de Emerson citado por →Vivarelli 1987, 238 y KGW VI 4, 875 (véase supra), aunque aquí hablar de la «profundidad» de la conversación parece adquirir de nuevo una connotación positiva: «En toda conversación entre tres, uno sobra e impide con ello la profundidad de la conversación.» (NL 1882, KSA 10, 1[58], 26, 4 s.).

    La identificación metafórica del amigo con el corcho ha recibido cierta atención en la investigación. →Wenzel 2018, 213 entiende al amigo «como un correctivo» que «preserva al solitario del peligro de perderse en los laberintos de sus pensamientos». →Villwock 2012, 411 detecta una inquietante ambivalencia en la metáfora, remitiendo el corcho flotante a la pesca («¿No sería entonces la conversación la relación entre el gusano del anzuelo y el pez? ¿Y quién sostiene la caña?»). Y para →Gerhardt 1996, 170, Zaratustra es el «amigo creado por uno mismo» que, sirviendo de corcho a su autor N., hace posible el diálogo literario-filosófico consigo mismo. El corcho flotante aparece todavía otras dos veces en la obra de N., ahora como metáfora de una forma de existencia que se mueve con ligereza por la superficie: «Amigo mío, tú eres como el corcho, hecho para la luz y para la superficie de todos los mares —te llamaban un hombre dichoso» (NL 1883, KSA 10, 15[23], 485, 16-18). Cronológicamente le precede una formulación de MA I 627, que distingue entre aquellos hombres que obtienen mucho de sus vivencias y aquellos que son capaces de sacarles poco, porque son «arrastrados por el oleaje de los destinos más excitantes, por las más diversas corrientes del tiempo y de los pueblos, y, sin embargo, permanecen siempre ligeros, siempre arriba, como el corcho» (KSA 2, 353, 22-25).

    71, 11 s. Nuestra fe en otros revela en qué nos gustaría creer acerca de nosotros mismos.] Casi idéntico en NL 1882, KSA 10, 3[1]129, 68, 23 s., con la única diferencia de que allí «en qué» aparece impreso de manera espaciada. KSA 14, 290 ofrece además la siguiente versión previa: «¡Suma las personas en las que alguna vez has creído! Su suma te revela tu fe en ti mismo.»

    71, 14 Y a menudo se quiere con el amor tan solo saltar por encima de la envidia.] Que el amor tenga que servir frecuentemente de disfraz de la envidia queda registrado, con una formulación semejante, también en una anotación póstuma del verano/otoño de 1882: «Con el amor hacia una…» (P. 1987) «[…] se quiere saltar por encima de la envidia hacia esa persona.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]204, 77, 9 s.). De la explosividad de esta secuencia da testimonio la anotación 419 de la misma colección de sentencias: «¿Un poco de envidia al comienzo —y después un gran amor? Así se produce una explosión por el roce de una cerilla.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]419, 104, 8-10).

    71, 17 s. «¡Sé al menos mi enemigo!» —así habla el verdadero respeto, que no se atreve a pedir amistad.] También este pasaje procede de la colección de sentencias NL 1882, 3[1] (cf., idéntico salvo por los signos de puntuación, KSA 10, 71, 7 s.). La proximidad entre amistad y enemistad es proverbial, por ejemplo en el dicho «Amistad invertida es enemistad» (Simrock 1846, 127). N. enlaza con ello haciendo que amigo y enemigo se conviertan el uno en el otro en figuras reversibles, de tal modo que el enemigo llega incluso a aparecer como el mejor amigo —y a la inversa: «¡Mejor la enemistad de una sola pieza que una amistad encolada!» (FW: Preludio 14, KSA 3, 356, 12 s.). «El amigo como el mejor despreciador y enemigo.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[211], 170, 18). Subyace aquí una alta estimación del enemigo como alguien de igual rango. Pero también por razones psicogenéticas se considera indispensable al enemigo: «El enemigo no es considerado despreciable: por ello las malas acciones, como acciones del enemigo, reciben una valoración distinta. / En la medida en que la enemistad es necesaria, también debe conservarse el sentido para ella, es decir, en cierto sentido debe ser cultivada. […] Hay que tener enemigos como canales de desagüe de malos afectos, como la envidia, el afán de disputa —y para poder ser un buen amigo.» (NL 1883, KSA 10, 7[22], 247, 29-248, 4).

    71, 19-21 Si se quiere tener un amigo, hay que querer también hacer la guerra por él: y para hacer la guerra hay que poder ser enemigo.] Un antecedente inmediato de este pasaje dice: «Si se quiere tener un amigo, hay que querer también hacer la guerra por él, es decir, hay que poder ser enemigo.» (NL 1882, KSA 10, 4[57], 126, 19 s.).

    71, 22 s. Todavía en el amigo se debe honrar al enemigo. ¿Puedes acercarte mucho a tu amigo sin pasarte a su lado?]Una anotación póstuma lo formula invirtiendo el orden de las frases: «¡Acercarse mucho al amigo, pero no pasarse a su lado! Se debe honrar también al enemigo en el amigo.» (NL 1882, KSA 10, 5[149], 193, 5 s.). La inversión amigo-enemigo aparece también en los Ensayos de Emerson: «Déjale que sea siempre para ti un enemigo tan severo, inconquistable, venerado por ti en sumo grado, y no una comodidad trivial […]. El ojo no puede ver los colores del ópalo, la luz del diamante, cuando está demasiado cerca de ellos.» (Emerson 1858, 157; la primera frase está señalada con una raya marginal en el ejemplar de N.).

    71, 24 En tu amigo debes tener a tu mejor enemigo.] Una variante dice: «El amigo como el mejor despreciador y enemigo.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[211], 170, 18). De acuerdo con esta paradójica inversión conceptual, el amigo de Zaratustra es el de los «guerreros», ante quienes, en el capítulo «De la guerra y el pueblo guerrero», se presenta como «vuestro mejor enemigo» (58, 6) y a quienes exhorta a un amor por una enemistad entre iguales: «Debéis ser para mí aquellos cuyos ojos buscan siempre un enemigo —vuestro enemigo. Y en algunos de vosotros hay un odio a primera vista.» (58, 17-19).

    71, 24-72, 2 Debes estar más cerca de él con el corazón cuando te opones a él.] También Emerson 1858, 155 se pronuncia a favor de la resistencia del amigo: «Mejor para ti encontrar una mata de ortigas en tu amigo que que él sea tu eco.» (Con marca de página de N.).

    72, 3-5 ¿No quieres llevar vestido alguno ante tu amigo? ¿Debe ser un honor para tu amigo que te entregues a él tal como eres? ¡Pero por eso mismo te desea al diablo!] Zaratustra se vuelve contra la extendida concepción según la cual la amistad libera al individuo de las máscaras y disimulos que le impone el trato social. También este pensamiento pudo encontrarlo N. en su lectura de Emerson. Emerson considera que la convivencia social de los hombres está marcada por el juego de máscaras y el fingimiento, pero excluye de ello la relación con el amigo; según Emerson, la amistad constituye una zona libre de fingimiento. «Un amigo es un ser con el que puedo ser verdaderamente sincero. Ante él puedo pensar en voz alta. Finalmente me encuentro frente a una persona tan verdadera y tan afín a mí que puedo dejar caer incluso la última envoltura que todavía existe entre nosotros, la de la más mínima simulación, la cortesía y los pensamientos secundarios que el hombre nunca puede dejar de hacerse, y puedo colocarme ante él de manera tan simple y con tal desnudez como un átomo químico se coloca frente a otro.» (Emerson 1858, 149; subrayados de N.). En sentido contrario discurre la argumentación de Zaratustra, según la cual lo no embellecido y no disimulado tiene necesariamente que ahuyentar al otro. Todavía más incisivamente que la versión impresa lo formula NL 1882, KSA 10, 3[1]110, 66, 16-18: «Mostrarse enteramente tal como uno es: que esta siga siendo la distinción que reservamos para nuestro amigo —con el resultado de que por ello nos desea al diablo.» Según Zaratustra, la amistad solo es posible cuando se encubre lo deficitario de la propia existencia. Sobre el motivo del (dis)fraz, cf. NK 186, 13-15.

    72, 6-8 Quien no oculta nada de sí, indigna: ¡tanta razón tenéis para temer la desnudez! ¡Sí, si fuerais dioses, entonces podríais avergonzaros de vuestros vestidos!] N. toma de Séneca la imagen de los dioses desnudos (Epistulae morales ad Lucilium XXVI 10), que cita expresamente en dos anotaciones póstumas de la época de gestación de la primera versión de FW: «Deus nudus est, / Séneca.» (NL 1881, KSA 9, 11[94], 475, 14 s.; cf. Séneca 1853, 72), «Deus nudus est, dice Séneca. Me temo que está enteramente metido en vestidos. Y aún más: los vestidos no solo hacen a las personas, sino también a los dioses.» (NL 1881, KSA 9, 11[95], 474, 16-18). Mientras que esta última anotación presenta la idea… (P. 199) …de que la desnudez de los dioses no necesite ningún velo, en cambio, en el contexto manuscrito de la génesis de Zaaparece la idea de que sería deseable poder mostrarse en un estado de desnudez divina: «Ocultáis vuestra alma: la desnudez sería vergüenza para vuestra alma. ¡Oh, si aprendierais por qué un dios está desnudo! No tiene de qué avergonzarse. ¡Es más poderoso desnudo!» (NL 1882, KSA 10, 5[30], 225, 12-14). Que la desnudez de los dioses fuera considerada expresión de la cultura de la antigua Grecia, regida por el signo de lo estético, lo muestra de manera ejemplar un pasaje de Die Götterwelt der alten Völker [El mundo de los dioses de los pueblos antiguos] (1848), de Theodor Mundt, que declara la ausencia de vergüenza criterio decisivo de diferenciación respecto al presente: «La ley de la belleza podía incluso dominar la ley de la vergüenza, de esa falsa vergüenza encubridora que es consciente de su desnudez y que ya ha sido expulsada de este paraíso de la verdadera belleza auténtica, la cual, en su fuerte e inocente magnificencia, no conoce el rubor, sino que únicamente se enciende de alegría por sí misma. Esta belleza serena, orgullosa y libre era la más espléndida posesión de los griegos» (Mundt 1848, 180).

    El superhombre propugnado por Zaratustra sucede ahora también, en lo que respecta a la desnudez libre de vergüenza, a los dioses declarados muertos, como alguien que «en el ardor solar de la sabiduría […] baña con placer su desnudez» (185, 30-32). En una anotación póstuma que concibe la vergüenza como resultado, provocado por el propio hombre, de su afán por distinguirse de los animales, el yo hablante afirma haberse liberado de la vergüenza opresiva: «Hermanos, me he desnudado: no me avergüenzo de mostrarme desnudo. / Vergüenza se llama el monstruo que se unió al hombre cuando este sintió el deseo de elevarse por encima de los animales.» (NL 1882, KSA 10, 4[6], 111, 8-11). La desnudez sin vergüenza no es, por tanto, únicamente un signo de lo divino, sino también de lo animal. Dentro de Za, la confesión de una desnudez (placentera) funciona como expresión de una liberación de la vergüenza, la cual, en cuanto vergüenza del hombre de sí mismo, recibe una valoración negativa, pues se le reprocha que, actuando conjuntamente con la compasión, mantenga pequeño al hombre y lo prive de su potencial de desarrollo (sobre ello, Za I «De los compasivos» y NK 113, 7-12). Que, desde luego, no todo el mundo está en condiciones de soportar también su propia desnudez lo señala una anotación póstuma de 1885, que caracteriza a Richard Wagner como alguien «que tiene que disfrazarse» porque «no se soporta a sí mismo desnudo» (KGW IX 4, W I 7, 37, 25 y 43; cf. NL 1885, KSA 11, 40[60], 660, 19 s.).

    72, 9-11 No puedes adornarte bastante para tu amigo: pues debes ser para él una flecha y un anhelo hacia el superhombre.] Aquí se manifiesta claramente el concepto funcional de amistad de Zaratustra. Solo si uno se presentara ante el amigo bajo su mejor aspecto podría desempeñar para él una función que lo condujera más allá de los límites de su propia existencia. Sobre la metáfora de la flecha que supera el espacio y el tiempo y que en el Prólogo de Za I simboliza el movimiento hacia el superhombre, cf. NK 17, 5 s. y NK 19, 15-17.

    72, 13-15 ¿Qué es, pues, el rostro de tu amigo? Es tu propio rostro, sobre un espejo áspero e imperfecto.] De manera semejante dice una anotación póstuma: «El rostro de tu amigo, que crees conocer, es tu rostro, sobre un espejo imperfecto y áspero.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]183, 63, 13-16). El Zaratustra de N. no es el primero que pone de relieve la dimensión narcisista de la amistad mediante la metáfora del espejo. También Karl Fortlage, en su System der Psychologie als empirischer Wissenschaft [Sistema de psicología como ciencia empírica], remite el deseo de sociabilidad, amistad y amor al afán por la «producción del sentimiento completo de sí mismo»: «Pero como ningún sentido interior puede saltar por encima de su propio límite, el resultado final de esta búsqueda no es sino que cada sí mismo vuelve a encontrar con tanta mayor facilidad su propia profundidad y su propio ser en el espejo del otro.» (Fortlage 1855, 314). Fortlage se remite a su vez a una carta de Schiller de 1783, que declara la amistad un «feliz engaño»: «Pero ¿qué es la amistad o el amor platónico sino una voluptuosa confusión de los seres? ¿O la contemplación de nosotros mismos en otro cristal? —El amor, amigo mío, ese gran vínculo infalible de la creación sensible, no es finalmente más que un feliz engaño.— ¿Nos estremecemos, huimos, nos derretimos por la criatura ajena, que nunca llegará a ser nuestra? Ciertamente no. Todo eso lo padecemos únicamente por nosotros, por el yo cuyo espejo es aquella criatura.» (Carta a Wilhelm Friedrich Hermann Reinwald de 14-4-1783, Schiller 1856, 73).

    También los Ensayos de Emerson ponen de relieve la función especular del amigo, aunque sin recurrir explícitamente a la metáfora del espejo: «Yo, que estoy solo para mí, yo, que no veo nada en la naturaleza cuya existencia pudiera afirmar con certeza fuera de la mía propia, encuentro ahora aparentemente mi ser, en toda su perfección, multiplicidad y singularidad, de nuevo en una forma ajena; de modo que bien puede considerarse a un amigo la obra maestra de la naturaleza.» (Emerson 1858, 151). Schopenhauer, en cambio, considera que la amistad está determinada por una mezcla de egoísmo y compasión: «La amistad es siempre una mezcla de egoísmo y compasión; el primero reside en el agrado por la presencia del amigo, cuya individualidad corresponde a la nuestra, y constituye casi siempre la mayor parte; la compasión se manifiesta en la participación sincera en su bienestar y su dolor y en los sacrificios desinteresados que por ello se hacen.» (WWV I, § 67; Schopenhauer 1873-1874, 2, 444).

    72, 16-18 ¿Has visto ya dormir a tu amigo? ¿No te espantaste de que tu amigo tuviera ese aspecto? ¡Oh, amigo mío, el hombre es algo que debe ser superado!] El sueño aparece especialmente en Za I «De las cátedras de la virtud»… (P. 200) …queda mal parado, pues allí está connotado con la inactividad humana y con una aceptación pasiva de las circunstancias de la vida; designa incluso una actitud de rechazo frente a la vida. En este sentido hay que entender probablemente que sea precisamente durante el sueño cuando deba revelarse el lado repulsivo del amigo, lo que lleva a Zaratustra a recordar la idea de la superación del hombre (sobre ello, cf. NK 14, 13 s.). Ya en el Prólogo de Za I se presenta al propio Zaratustra como un «caminante nocturno acostumbrado», que no se deja asustar por el lado nocturno de la existencia, sino que, por el contrario, siente predilección por «mirar a la cara a todos los que duermen» (25, 6 s.).

    72, 25-27 La compasión por el amigo se oculte bajo una dura cáscara; en ella debes romperte un diente. Así tendrá su finura y dulzura.] Para Zaratustra, la compasión solo resulta aceptable bajo una forma oculta e inactiva. Así también en NL 1882/83, KSA 10, 4[34], 117, 7-10: «Si tu compasión no tiene una dura cáscara que atravesar… / La compasión presupone: es una enfermedad cerebral y nerviosa, cruel de ver.» Otra anotación póstuma formula en primera persona: «Amo la compasión que se oculta bajo una dura cáscara: amo la compasión y la voluntad de morderse un diente en ella.» (NL 1882, KSA 10, 5[119], 197, 16-18).

    72, 28-30 ¿Eres aire puro y soledad y pan y medicina para tu amigo? Algunos no pueden desatar sus propias cadenas y, sin embargo, son redentores para el amigo.] Aquí se invierte la perspectiva. Ya no se pregunta, como antes y desde un punto de vista referido al propio yo, qué puede significar un amigo y cómo debe uno encontrarse con él, sino, a la inversa, qué puede ser uno mismo para el amigo. A continuación vuelve a indicarse la posibilidad de una acción unilateral de la amistad.

    72, 31 ¿Eres un esclavo? Entonces no puedes ser amigo.] La oposición entre esclavo y amigo tiene su correspondencia en el libro octavo de la Ética a Nicómaco. Según Aristóteles, la amistad presupone igualdad jurídica, por lo que la amistad con esclavos solo es posible cuando se los considera como hombres y no como mera posesión: «No hay amistad con un caballo o un buey, ni tampoco con un esclavo en cuanto esclavo, pues no hay nada en común: el esclavo es una herramienta animada, la herramienta un esclavo inanimado» (cf. 1161b; Aristóteles 1856, VIII 13, 252).

    72, 31 s. ¿Eres un tirano? Entonces no puedes tener amigos.] También esto remite a la Ética a Nicómaco, porque, según Aristóteles, la amistad presupone igualdad y derecho. Por eso depende en gran medida de las condiciones políticas. Así, en «la tiranía […] hay poca o ninguna amistad. Pues allí donde no hay nada en común entre gobernante y gobernados, tampoco hay amistad, como tampoco hay derecho» (cf. 1161a; Aristóteles 1856, VIII 13, 251).

    72, 33-73, 2 Durante demasiado tiempo se ocultaron en la mujer un esclavo y un tirano. Por eso la mujer todavía no es capaz de amistad: solo conoce el amor.] La delimitación entre amistad y amor, que ya es constitutiva del discurso filosófico sobre la amistad desde Aristóteles, está formulada concisamente en una anotación póstuma de 1881: «Amistad —distinta del amor» (NL 1881, KSA 9, 12[174], 606, 1). Que de semejantes afirmaciones específicas sobre los sexos no deba inferirse una actitud fundamentalmente misógina de N., sino que las opiniones expresadas en sus textos acerca de la capacidad de las mujeres para la amistad experimentan, más bien, fuertes desplazamientos, lo muestra, por ejemplo, MA I 390, donde, bajo el título «Amigas», se lee: «Las mujeres pueden perfectamente trabar amistad con un hombre; pero para mantenerla hace falta probablemente que contribuya una pequeña antipatía física.» (KSA 2, 267, 14-17).

    73, 7-10 Todavía no es la mujer capaz de amistad […]. Pero decidme, hombres, ¿quién de vosotros es capaz de amistad?] Una anotación del verano de 1882 constata también la incapacidad tanto del hombre como de la mujer para la amistad: «Como antes los hombres y las mujeres no han experimentado qué es propiamente la amistad, tampoco se sienten decepcionados por el trato: ni el amor ni la amistad les son conocidos. El matrimonio está dispuesto para seres humanos a medias y atrofiados.» (NL 1882, KSA 10, 1[80], 31, 1-5).

    73, 7 s. Las mujeres siguen siendo gatos y pájaros. O, en el mejor de los casos, vacas.] Goch 2012, 165 observa al respecto que las «imágenes de la mujer» de N. «en la época posterior al asunto Lou» (en el período de Zaratustra) «se articulan de manera cada vez más negativa». Con frecuencia N. atribuiría a las mujeres «maliciosa astucia y sagacidad» y tendería «a la obscenidad y a comparaciones zoológicas ridículas» (ibid.). Es probablemente cierto que la relación de N. con las mujeres quedó duraderamente dañada por el curso de su relación con Lou von Salomé y que, hablando en términos autopsicológicos, también descarga esa aversión mediante sus textos. Sin embargo, es simplificador pretender encontrar en los textos la propia «imagen» de N. acerca de las mujeres. De manera manifiesta, esos textos trabajan con atribuciones que ponen en boca de distintas instancias hablantes y que, en su heterogeneidad, se iluminan irónicamente unas a otras. Así, este pasaje se dirigía expresamente, en las pruebas de corrección y mediante una pregunta que solicitaba asentimiento, a destinatarios masculinos: «decidme, hombres, ¿no habéis encontrado demasiados gatos y pájaros y vacas entre las mujeres?» (KGW VI 4, 84). De manera análoga clasifica la siguiente anotación: «Todas las mujeres son o pájaros o gatos o vacas —basta con mirar sus ojos.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]133, 69, 11 s.). A las tres especies animales que representan aquí el ser animal de la mujer se les atribuyen comúnmente modos de comportamiento completamente distintos: «Los gatos son mimosos, los pájaros veleidosos, las vacas son mansas y pacientes y poseen una proverbial…» (P. 201) …«estupidez proverbial» (→Eichler 2001, 183, n. 31). Un esbozo de carta de finales de noviembre de 1882, cuyo destinatario se desconoce, termina con las palabras: «— Génova puta / vacas, gatos y pájaros» (KSB 6/KGB III 1, n.º 336, p. 283, lín. 39 s.). La naturaleza felina de la mujer, oscilante entre animal doméstico y animal de presa, pasa a primer plano en JGB 239, donde la «peligrosa y hermosa gata “mujer”» (KSA 5, 178, 12) mantiene preparada la «garra de tigre bajo el guante» (ibid., 178, 8 s.). Y EH, «Libros», 5 llama a la mujer un «pequeño animal de presa peligroso, furtivo, subterráneo» (KSA 6, 306, 4 s.).

    73, 14 Hay camaradería: ¡que haya amistad!] Como estadio previo, KSA 14, 290 s. recoge: «Hay camaradería; pero que haya también amistad es cosa de la fe, del amor y de la esperanza.» Que N. no tenía precisamente en gran estima la camaradería lo indica la siguiente anotación: «Pienso que quien tiene espíritu puede soportar mucho dolor y privación y ser, a pesar de ello, feliz; más aún, debería avergonzarse en comparación con alguien que necesita honores, lujo y camaradería, porque en el reparto de los bienes le ha correspondido una parte demasiado buena.» (NL 1880, KSA 9, 6[341], 283, 19-23).

  • 1.13. De la castidad

    El capítulo más breve de todo Zaratustra, que no ha recibido demasiada atención por parte de la investigación (cf. los apartados correspondientes de los comentarios, en particular Naumann 1899-1901, I, pp. 174-176; → Pieper 1990, pp. 244-263; → Rosen 1995, pp. 108-110; → Burnham/Jesinghausen 2010, pp. 52 s.), puede entenderse como contrapartida de FW 71, «De la castidad femenina»

    (P. 479) «De la castidad femenina», puede leerse. Al presentar ambos textos el impulso sexual como un factor determinante de la existencia humana, sitúan en el centro un aspecto antropológico ampliamente reprimido en la sociedad burguesa de la época de Nietzsche. «¿Hablo yo de cosas sucias?» (70, 8): con ello Zaratustra señala también que está traspasando los límites de lo socialmente admisible. Mientras que FW 71 aboga por la ilustración sexual de la mujer y por la aceptación de la sexualidad femenina, rompiendo así un tabú de la época (cf. al respecto NK 3/2, p. 567 s.), Za I, De la castidad, sitúa en el centro la estructura pulsional masculina y se mueve con ello mucho más dentro del marco de las concepciones burguesas contemporáneas.

    El discurso sobre la castidad es significativo para las ideas de Nietzsche acerca de las pulsiones humanas, que las aceptan como fuerzas antropológicas fundamentales y exploran las posibilidades de orientarlas productivamente. Ya M 560esboza la idea de una regulación de las pulsiones: el hombre podría cultivar sus pulsiones como un «jardinero» (KSA 3, 326, 8) y «hacerlas crecer tan fecundas y provechosas como una hermosa fruta en espaldera» (ibid., 326, 10-12). Zaratustra lleva más allá esta idea del cultivo en Za I, De las alegrías y las pasiones, con la idea de una transformación de las pulsiones, al trasladar el esquema de pensamiento de la autosuperación a la economía de los afectos y las virtudes del hombre (cf. al respecto NK 43, 11 s.). Sin embargo, trata de otro modo el impulso sexual. En lugar de reconvertirlo en fuerza productiva, considera las alternativas de conducta de la castidad y de la sensualidad desenfrenada.

    La confrontación de Nietzsche con la castidad y la sexualidad alcanza un punto culminante en EH, donde se establece un código moral que combate «toda especie de contranaturaleza», formulado allí en la correspondiente máxima contra la represión del impulso sexual: «La máxima dice: la prédica de la castidad es una incitación pública a la contranaturaleza. Todo desprecio de la vida sexual, toda contaminación de esta mediante el concepto de “impuro” es el crimen mismo contra la vida, — es el verdadero pecado contra el espíritu santo de la vida.» (EH, Libros 5, KSA 6, 307, 9-13). Zaratustra está muy lejos de semejante concepción. Ciertamente, tampoco él aboga por una represión de las pulsiones à la Schopenhauer, pero tampoco se esfuerza por liberar a la sexualidad de la connotación de lo «impuro». El «predicador del cuerpo» manifiesta una actitud extrañamente ambivalente frente al impulso sexual… (P. 480) …impulso sexual, que, por una parte, acepta como un hecho biológico, pero que, por otra, quiere ver reprimido y refrenado. La sexualidad posee en el discurso de Zaratustra una connotación inequívocamente negativa; la reviste precisamente de aquellas representaciones de impureza que EH rechaza con tanta vehemencia. No solo habla del «lodo y el celo del alma» (70, 6 s.), sino también de la «perra sensualidad» que ansía carne (67, 16; 67, 20). Considera que el impulso sexual rebaja al hombre al comportamiento de un animal gobernado por el instinto y las pulsiones; más aún, lo sitúa incluso por debajo de este, pues «al animal le pertenece la inocencia» (69, 11), y precisamente esta le falta al hombre. Esta hostilidad hacia la sexualidad y el placer armoniza mal con la orientación de Zaratustra hacia el más acá y hacia el cuerpo. Su relación con la sexualidad resulta poco resuelta y se revela como una «extrañamente papal encíclica sobre la liberación del cuerpo y los deseos» (→ Götze 2003, 92).

    A los discípulos, a quienes Zaratustra se dirige casi ininterrumpidamente en este capítulo, no los exhorta a reprimir sus deseos sensuales, sino a la «inocencia de los sentidos» (69, 12 s.). Es este un consejo paradójico y difícilmente realizable, pues la «inocencia» no puede imponerse mediante una decisión consciente. El «maestro» Zaratustra no proporciona, por tanto, a sus oyentes reglas prácticas de conducta, sino que busca una vía intermedia: si bien no quiere secundar la condena cristiana de la sexualidad, está, sin embargo, determinado por una clara repugnancia hacia el placer sexual. En correspondencia con ello, también su relación con la castidad es ambivalente, pues solo la rechaza cuando se trata de una castidad forzada, represora de las pulsiones, de quienes no son castos (al respecto, también NK 69, 1). Dos discursos posteriores abordan aspectos de la sexualidad desde una perspectiva diferente: Za I, De viejas y jóvenes mujercitas, con la mirada puesta en la mujer, y Za I, Del matrimonio, con la mirada puesta en el matrimonio. En Za II, Del conocimiento inmaculado, Zaratustra habla metafóricamente de lo impúdico y lo sucio para desacreditar la actitud del conocimiento puro.

    69, 1 De la castidad.] Hasta Za, las manifestaciones de Nietzsche acerca de la castidad atacan al unísono la mendacidad de los predicadores de la castidad y lo absurdo de su exigencia. Cf., por ejemplo, NL 1880, KSA 9, 4[135], 135, 3-7: «La castidad es una virtud únicamente para la edad de los muchachos y muchachas a medio desarrollar: en sí misma, una perversidad, porque es…» (P. 481) «…destruiría la especie». Zaratustra, en cambio, no se muestra contrario a una continencia que resulta de una falta de impulso sexual, a una castidad «de raíz» (70, 12). Con ello emplea el concepto de castidad en su significación fundamental, que designa la ascesis en forma de abstinencia sexual. Esto se ajusta a su condición de profeta y subraya su proximidad a las figuras religiosas de salvadores, pues en muchas religiones la idea de castidad, entendida como pureza cultual y ritual, desempeña un papel importante. En el cristianismo, como es sabido, la castidad adquirió ya en la Iglesia primitiva una gran importancia en el ideal de la virginidad y encontró después sus configuraciones históricas en el voto de castidad del monacato y en la obligación de celibato de los sacerdotes católicos. En la Primera Carta a los Corintios se presenta la castidad como algo deseable, pero inmediatamente después se dice: «Pero, a causa de la fornicación, tenga cada uno su propia mujer, y tenga cada una su propio marido» (1 Corintios 7, 2; Die Bibel NT 1818, 202). De manera semejante, Zaratustra, que al igual que Jesús vive sin casarse, considera absurdo imponer la castidad; además, su visión de quienes son castos de manera infantil no parece estar completamente exenta de ironía (cf. 70, 12-19).

    69, 2 s. Amo el bosque. En las ciudades se vive mal: allí hay demasiados que están en celo.] La oposición entre ciudad y bosque (naturaleza) adquiere, como también en Za I, De las moscas del mercado (cf. NK 69, 21 s.), una tonalidad de crítica cultural: mientras que la gran ciudad aparece como criadero de una sexualidad desenfrenada y de deseos atávicos, el bosque se presenta como lugar de retiro en el que se puede «vivir mejor». Esto recuerda al viejo eremita de Za I, Prólogo 2, que ha huido de la esfera de los hombres al bosque. La crítica a las condiciones sociales urbanas alcanza su punto culminante en Za III, Del pasar de largo, donde Zaratustra hace una breve visita a la «gran ciudad» (222, 12), antes de volver para siempre la espalda a la sociedad moderna.

    69, 4 s. ¿No es mejor caer en manos de un asesino que en los sueños de una mujer en celo?] El deseo sexual de la mujer es contemplado aquí, sin más, desde la perspectiva del hombre, que preferiría convertirse en víctima de asesinato antes que en objeto del anhelo deseante de la mujer. En este sentido se expresa… (482) En este sentido se expresa también el yo hablante en la siguiente nota: «Mirad a aquella mujer pálida; preferiría aún caer en sus manos, aunque sean manos ávidas de matar, antes que caer en sus sueños.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[110], 147, 8-10).

    69, 6 s. Y miradme a estos hombres: su mirada lo dice — no conocen nada mejor sobre la tierra que yacer con una mujer.] Una variante póstuma pone la «dicha» en el otro platillo de la balanza frente a la satisfacción del placer: «Hay bastantes que no conocen nada mejor sobre la tierra que yacer con una mujer. ¡Qué saben ellos de la dicha!» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]267, 219, 5 s.).

    69, 8 s. Hay lodo en el fondo de su alma; ¡y ay si su lodo tiene además espíritu!] PHG 7 remite la metáfora del «alma enlodada» a Heráclito: «Que tan pocos hombres vivan conscientemente en el logos y conforme a la mirada del artista que todo lo abarca se debe a que sus almas están húmedas y a que los ojos y los oídos del hombre, y en general su intelecto, son un mal testigo cuando un lodo húmedo invade sus almas.» (KSA 1, 831, 19-24). Como modelo de esta representación está el fragmento B 118 de Heráclito, según el cual el alma más seca es la más sabia.

    69, 10 ¡Ojalá fueseis al menos perfectos como animales!] «También como animal hay que ser perfecto si se quiere llegar a ser perfecto como hombre.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[94], 142, 1 s.).

    69, 12 s. ¿Os aconsejo matar vuestros sentidos? Os aconsejo la inocencia de los sentidos.] Una nota póstuma formula el paradójico mandamiento de una inocencia que ha de ser restablecida: «No debéis matar vuestros sentidos, sino santificarlos — hacerlos inocentes.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[94], 142, 22 s.).

    69, 14 s. ¿Os aconsejo la castidad? La castidad es en algunos una virtud, pero en muchos casi un vicio.] Que quien erige la castidad en ideal se vuelve sospechoso queda reflejado en una nota de la colección de sentencias «En alta mar»: «Quien es casto por naturaleza no tiene en gran estima la castidad, exceptuando a algún necio de la vanidad. Sus idolatradores son aquellos que tienen razones para desear ser castos o haberlo sido — los cerdos de Circe.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]217, 78, 19-22). Como «idolatradores» de la castidad, una nota póstuma del verano/otoño de 1884 identifica a Philipp Mainländer y Richard… (P. 483) Richard Wagner, a quienes allí se declara «apóstoles de la castidad incondicional» (NL 1884, KSA 11, 26[383], 252, 13 s.). También en Za IV se formulan reservas frente a la castidad. En «Del hombre superior» aparece la observación, aunque tampoco ella exenta de ironía: «Aquel cuyos padres trataron con mujeres y con vinos fuertes y jabalíes: ¿qué sería si ese pretendiese de sí mismo castidad?» (363, 10-12). Y en «De la ciencia» el mago queda desenmascarado como un apóstol de la castidad de doble lengua: «¡te pareces a aquellos que con su alabanza de la castidad invitan secretamente a voluptuosidades!» (375, 16 s.).

    69, 16 s. Esos se contienen, ciertamente: pero la perra sensualidad mira con envidia desde todo lo que hacen.] La sensualidad reprimida por una castidad forzada retorna como resentimiento. La expresión «perra sensualidad» podría aludir al hecho de que el perro es considerado hasta hoy en el islam como un animal impuro. Ya el Zaratustra histórico habría señalado la particular fuerza del instinto de la perra: «Cuando una perra está en celo, hay que dejarla con el perro», traduce Pietraszewski 1864, 134, del Zend-Avesta. Emparentada con esta se encuentra la metáfora de los «perros salvajes» (43, 11), que en Za I, De las alegrías y las pasiones designa las pulsiones no domesticadas del hombre, que allí, sin embargo, aguardan su ennoblecimiento (cf. NK 43, 11 s.).

    Carl Albrecht Bernoulli, hijo de Carl Johann Bernoulli y discípulo de Franz Overbeck, retoma posteriormente la metáfora de la «perra sensualidad» en su novela sobre Séneca (1901) como imagen de la corrupción de Roma: «El vicio pende sobre Roma como una enorme araña negra. La perra Sensualidad tiene la rabia. Con los ojos rojos y lacrimosos mira fijamente ante sí y corre por las callejas enseñando los dientes, con la boca cubierta de espuma.» (Bernoulli 1901, 5).

    69, 18 s. Hasta las alturas de su virtud y hasta dentro del frío espíritu los sigue esta bestia y su desasosiego.] En una versión preparatoria se dice de forma menos metafórica: «Hasta la última altura de su espíritu los sigue el desasosiego del deseo» (N V 8, 22). La idea de que lo espiritual no puede separarse de lo sexual, sino que incluso en su grado más alto permanece bajo su influencia, es retomada en JGB 75: «El grado y la índole de la sexualidad de un hombre alcanzan hasta la última cumbre de su espíritu.» (KSA 5, 87, 9 s.).

    69, 20 s. ¡Y con qué buenos modales sabe la perra sensualidad mendigar un pedazo de espíritu cuando…

    (P. 484) 69, 20 s. ¡Y con qué buenos modales sabe la perra sensualidad mendigar un pedazo de espíritu cuando se le niega un pedazo de carne!] De acuerdo con la idea aquí formulada, según la cual lo espiritual puede convertirse en sustituto de una sensualidad y una pulsionalidad reprimidas, Za II, Del conocimiento inmaculado hace derivar, desde la perspectiva inversa, la actitud del conocimiento desinteresado de una represión buscada. También allí recurre Zaratustra a la metáfora del perro jadeante: «Eso sería para mí lo supremo —así se habla a sí mismo vuestro espíritu mentiroso—: mirar la vida sin deseo y no como el perro con la lengua colgando» (157, 6-8).

    69, 22 ¿Amáis las tragedias y todo lo que destroza el corazón?] Una versión previa lo formula como una constatación en tercera persona: «Aman las tragedias y todo lo que destroza el corazón: son crueles» (N V 8, 22).

    69, 24-68, 2 Tenéis para mí ojos demasiado crueles y miráis con avidez a los que sufren. ¿No se habrá disfrazado tan solo vuestra voluptuosidad y se llamará compasión?] También Za III, El convaleciente subraya el placer del hombre en la crueldad: «Cuando el gran hombre grita, enseguida corre hacia él el pequeño; y la lengua le cuelga de la garganta de pura avidez. Pero él lo llama su “compasión”.» (273, 22-24). Zaratustra señala una y otra vez que el deseo pulsional del hombre puede manifestarse bajo los disfraces más diversos y presentarse incluso disfrazado de compasión. Sobre el motivo de la voluptuosidad, véase NK 4/2, 237, 4-6.

    70, 3 s. Y también os doy esta parábola: no pocos que querían expulsar a su diablo se metieron ellos mismos en los cerdos.] Se trata de una alusión a Mateo 8, 30-32, donde se cuenta cómo Jesús libera a dos posesos de sus demonios y cómo los espíritus expulsados toman entonces posesión de una piara de cerdos: «Había lejos de ellos una gran piara de cerdos paciendo. Entonces los diablos le rogaron diciendo: Si nos expulsas, permítenos entrar en la piara de cerdos. Y él dijo: ¡Id! Entonces salieron y entraron en la piara de cerdos. Y he aquí que toda la piara se precipitó impetuosamente al mar y se ahogó en el agua.» (Die Bibel NT 1818, 11). Zaratustra invierte la parábola al constatar el frecuente fracaso de semejante expulsión del diablo: «meterse uno mismo en los cerdos» significa, por consiguiente, arruinarse a sí mismo. Sobre el lenguaje parabólico de Zaratustra y su tematización autorreflexiva, cf. NK 98, 26-99, 2. (P. 485) 70, 5-7 A quien le resulta difícil la castidad, hay que desaconsejársela: para que no se convierta en el camino al infierno — esto es, al lodo y el celo del alma.] Parece fundamental la idea de que el impulso sexual masculino, debido a la predisposición natural, se manifiesta con distinta intensidad en cada individuo y de que no puede imponerse una abstinencia sexual contraria a la disposición personal. El capítulo «Del hombre superior» de Za IV retoma esta idea de manera burlesca; allí Zaratustra invita a considerar: «Aquel cuyos padres trataron con mujeres y con vinos fuertes y jabalíes: ¿qué sería si ese pretendiese de sí mismo castidad? ¡Sería una necedad! Mucho, en verdad, me parece para uno así que sea marido de una, o de dos, o de tres mujeres.» (363, 10-15). Según esto, es posible una moderación del impulso sexual, pero no su represión completa. Zaratustra considera esta última incluso directamente perjudicial, porque conduce a desplazamientos, sublimaciones y perversiones: hay seductores, señala en Za IV, De la ciencia, «que con su alabanza de la castidad invitan secretamente a voluptuosidades» (375, 16 s.). Zaratustra ofrece así planteamientos para una psicopatología del impulso sexual reprimido, que se abre camino bajo una forma transformada. El deseo de «carne» se disfraza de deseo de «espíritu», y el placer sexual se transforma en placer ante el sufrimiento ajeno; se «disfraza», como dice Zaratustra, de compasión. La compasión, supuestamente altruista, aparece así como un impulso sexual pervertido y, en consecuencia, como algo sumamente egoísta.

    70, 5 A quien le resulta difícil la castidad, hay que desaconsejársela.] Esta argumentación corresponde a la actitud hacia el matrimonio expresada en 1 Corintios 7, 8 s.: «Digo, pues, a los solteros y a las viudas: les está bien que permanezcan también como yo. Pero si no pueden contenerse, que se casen; es mejor casarse que padecer el celo.» (Die Bibel NT 1818, 202).

    70, 6 s. al lodo y el celo del alma.] Cf. NK 69, 8 s.

    70, 8-11 ¿Hablo de cosas sucias? Eso no es para mí lo peor. / No cuando la verdad es sucia, sino cuando es poco profunda, entra el que conoce de mala gana en sus aguas.] Una nota póstuma de finales del verano de 1882 lo formula de manera casi idéntica: «No cuando la verdad es sucia, sino cuando es poco profunda, entra el que conoce de mala gana en el agua.» (NL … (P. 486) …(NL 1882, KSA 10, 3[1]169, 73, 17 s.). En Za I, De las tres transformaciones, por el contrario, Zaratustra comparó la aspiración a la verdad y al conocimiento con el baño en agua sucia: «¿O es esto: meterse en agua sucia cuando es el agua de la verdad, y no apartar de sí frías ranas y ardientes sapos?» (29, 24-26).

  • 1.12. De las moscas del mercado

    Zaratustra se dirige en este discurso a un único oyente, al que interpela como «amigo». En los consejos que le da se refleja su propia relación de confrontación con la sociedad y su valoración escéptica de las posibilidades de ejercer una influencia pública. Puesto que lo que aconseja a su interlocutor sería aplicable, no en último término, a él mismo, también puede entenderse este discurso como una reflexión crítica sobre su propia actuación como maestro (filosófico) y anunciador profético. Zaratustra subraya los efectos destructivos que tiene para el individuo una existencia integrada en la vida pública y aconseja al «amigo» al que se dirige extraer de ello la consecuencia de huir de la sociedad. Así, el discurso «De las moscas del mercado» comienza y termina con la exhortación a retirarse a una vida de ermitaño: «Huye, amigo mío, a tu soledad y allí donde sople un aire áspero y fuerte» (68, 12 s.; cf. 65, 2). Con ello Zaratustra enlaza con el discurso precedente, «Del nuevo ídolo», en el que critica la actualidad política y aconseja una vida fuera del Estado. Si allí exhorta a huir allí «donde termina el Estado» (63, 31), aquí propugna la huida de la sociedad.

    Como muchos otros discursos, también este se encuentra estructurado esencialmente mediante oposiciones. Fundamental es la oposición entre el mercado, es decir, la esfera pública de la sociedad, por una parte, y, por otra, un «apartamiento del mercado y de la fama» (66, 19), alejado de la sociedad e identificado con la naturaleza. A esta oposición fundamental se subordinan otros contrastes: mientras que Zaratustra presenta la vida pública y social como caracterizada por una actividad ruidosa y una superficialidad que abruman al individuo y lo enajenan de sí mismo, concibe la esfera contrapuesta de la naturaleza como un espacio de silencio y escucha (cf. 65, 5-7). Y mientras atribuye a la esfera pública del mercado un dinamismo y una fugacidad que privan al individuo de sus sentidos, presenta la naturaleza como lugar de permanencia y «dignidad» (66, 5). Zaratustra ve imperar en ella otra medida del tiempo, que prescribe un ritmo distinto de la experiencia vivida y hace así posibles otras dimensiones de la experiencia e incluso, propiamente, el conocimiento mismo.

    La orientación de crítica cultural se encuentra, por ello, también en el centro del interés de la investigación. Hillebrand 1991, 85 valora este discurso como punto culminante del «asco de Nietzsche ante la esfera pública intelectual, pseudoespiritual». Goetz 2015 pone el acento en la discrepancia insuperable entre los hombres «profundos» y la lógica del mercado, que degrada al propio ser humano a mercancía (ibid., 73 s.). Y Scolari 2017 entiende «De las moscas del mercado» como una reflexión de crítica cultural sobre la urbanidad, en la que considera que la ciudad es presentada como escenario del hombre moderno y, en general, como lente de aumento de la modernidad en todas sus manifestaciones negativas. Una crítica igualmente vehemente de la urbanidad y de la modernidad aparece más tarde en Za II, «Del pasar de largo», donde la «gran ciudad» (222, 12) es concebida como un lugar de decadencia y denigrada como receptáculo de todo lo enfermo y bajo. Allí el blanco de Zaratustra lo constituyen sobre todo los habitantes de la gran ciudad, a quienes descalifica como una masa sin rostro compuesta de seres serviles, atrofiados y ambiciosos «vocingleros» (224, 7). Sobre este discurso, cf. también Naumann 1899-1901, I, 169-174; Pieper 1990, 231-244.

    También aquí ilumina de modo semejante la esfera pública del mercado atendiendo a sus efectos deformadores sobre la existencia humana, aunque pone el acento en la discrepancia entre el individuo y la masa. La metáfora de las «moscas venenosas» (véase al respecto NK 66, 23), tomada probablemente del escrito de Ralph Waldo Emerson La conducta de la vida, y que da también su impronta al título del capítulo, «De las moscas del mercado», proporciona la metáfora rectora. Como imagen de la masa de hombres que, insignificantes tomados individualmente, destruyen sin embargo al gran individuo, y a los que ya el discurso anterior denomina cínicamente los «demasiado-muchos» (62, 7), las moscas chupadoras de sangre evocan la asociación con alimañas y sabandijas. También adquiere una significación de motivo conductor el concepto de mercado, empleado asimismo metafóricamente. El mercado desempeña ya un papel importante en el «Prólogo de Zaratustra» de Za I como el lugar en que Zaratustra comienza a actuar como maestro, al hablar por primera vez al pueblo. Si allí la plaza del mercado aparece en su significado topográfico como lugar central de la vida pública urbana, tradicionalmente lugar de intercambio y venta de mercancías y, al mismo tiempo, lugar predestinado para la reunión, aquí el discurso sobre el mercado adquiere un significado más amplio. Esto se muestra particularmente en la formulación: «Donde termina la soledad, allí comienza el mercado» (65, 8). Con ella, el concepto de mercado queda convertido en el concepto opuesto a la soledad (de la naturaleza) y en metáfora de la esfera pública y social, valorada negativamente, como tal.

    La última frase de la página inicia un nuevo párrafo pero queda cortada en la fotografía: «Zaratustra radicaliza ahora su primera experiencia de actuación infructuosa en la plaza del mercado, en el Prólogo de Za I, convirtiéndola en una negación fundamental de lo social…». La continuamos con la página siguiente. (P. 186) Zaratustra radicaliza ahora su primera experiencia de una actuación infructuosa en la plaza del mercado, en el «Prólogo de Zaratustra» de Za I, convirtiéndola en una negación fundamental de la posibilidad de ejercer una influencia social. En Za IV agudizará todavía más la connotación negativa del concepto de mercado, al declarar allí el mercado lugar del populacho: «¿Qué se me da a mí de mercado y populacho, y del ruido del populacho y de las largas orejas del populacho?» (356, 9-20). Cuando aquí afirma que, en la esfera del mercado, «las mejores cosas no valen todavía nada» «sin alguien que primero las represente» (65, 11 s.), esto remite a una práctica de generación de valor que depende de capacidades actorales. Según esto, el valor y el significado solo surgen en el mercado cuando son también puestos públicamente en escena; por tanto, expresándolo en términos modernos, dependen de estrategias de marketing. Zaratustra presenta el mercado como un gran escenario dominado por toda clase de intérpretes («actores»), que buscan conferir valor a las cosas mediante sus puestas en escena.

    Nietzsche encontró la crítica de la moderna compulsión al «vociferar en el mercado» y al histrionismo en la lectura del ensayo La civilización, de John Stuart Mill, que anotó profusamente. Según Mill, en la vida comercial de las grandes ciudades se encuentra en una posición perdida todo aquel que confía en la seriedad y en la calidad de sus mercancías. Quien quiera alcanzar el éxito económico se ve «obligado a proclamar a gritos en todas las esquinas que sus mercancías son, entre todas las mercancías del pasado, del presente y del futuro, las mejores de todas; y si, por muy falso que sea esto, consigue gritarlo con suficiente fuerza para atraer la atención de los transeúntes y, al mismo tiempo, sabe dar a sus mercancías para su venta una apariencia engañosa, […] entonces quizá su negocio florezca y prospere» (Mill 1869-1886, 10, 20; líneas al margen derecho; véase también NK 65, 8 s.). Son evidentes los puntos de contacto con la crítica de Zaratustra al «ruido» (65, 9) de lo que acontece en el mercado, cuando Mill lo describe como consecuencia «de una competencia acrecentada hasta lo extraordinario y de un estado de la sociedad […] en el que toda voz que no sabe adoptar los tonos más estridentes tiene que perderse en el confuso estrépito general» (ibid.; también aquí hay líneas al margen).

    Fundamental para la valoración crítica que hace Zaratustra de lo que sucede en el mercado es una jerarquización valorativa de tres formas de existencia humana. Con «moscas del mercado» designa a la masa de los «pequeños y miserables» (66, 30). Puesto que, pese a su gran número, ellos mismos no mueven ni representan nada, necesitan de los «agitadores» (65, 12 s.) y de los «actores» (65, 9). Estos constituyen las figuras rectoras de la vida social. Actúan a la luz de la esfera pública; más aún, son ellos quienes constituyen esencialmente esa esfera pública. Zaratustra entiende, pues, lo que acontece en el mercado como determinado por la interacción de «moscas» y «actores». La tercera categoría de hombres de la que habla está situada fuera de lo que acontece en el mercado. Los clasifica como «inventores de nuevos valores» (65, 17), les asigna una existencia solitaria y los distingue radicalmente de los otros dos grupos. En ellos quiere reconocer los verdaderos motores del acontecer del mundo: «En torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo: — invisiblemente gira» (65, 17 s.). Al situar la esfera de existencia y de acción de los hombres que propiamente establecen valores en un ámbito extraterritorial —pues «apartado del mercado y de la fama acontece todo lo grande» (66, 19)—, extiende un juicio demoledor sobre la esfera pública de la sociedad: le reprocha negar a los hombres verdaderamente grandes y a los creadores el reconocimiento público y empujarlos a los márgenes.

    El polo opuesto del creador es, por tanto, el actor, que no solo no produce nuevos valores, sino que descompone los existentes al someterse sin escrúpulos, en su orientación incondicional hacia el exterior, a las exigencias dominantes del mercado en cada momento. Ansioso de fama y reconocimiento, se mete en papeles cambiantes y demuestra tener buen «olfato» (65, 25) para los virajes de la opinión pública. El actor aparece como un artista de la adaptación que vuelve su banderita según sopla el viento y que, al mismo tiempo, sabe agitar demagógicamente a la masa. En su actuación está enteramente pendiente del efecto exterior, del impacto y de la «fama» (65, 19). Su terreno es lo estridente y ruidoso; no conoce diferenciaciones ni matices. El actor aparece como encarnación de la cultura de masas; ha incorporado los mecanismos del mercado en su dinamismo, fugacidad y falta de escrúpulos: «Mañana tiene una nueva fe, y pasado mañana otra más nueva» (65, 23 s.). Lo problemático del actor no reside, por tanto, en una discrepancia entre apariencia y ser, sino, justamente a la inversa, en que se absorbe por completo en sus papeles, de modo que bajo su apariencia no hay en absoluto ningún ser: «Él cree siempre en aquello con lo que hace creer con más fuerza, — ¡con lo que hace creer en sí mismo!» (65, 21 s.). Así, el actor aparece aquí como figura clave de un diagnóstico de la sociedad que ve la vida pública disolverse sin resto en una existencia superficial y carente de espíritu (cf. sobre el actor también NK 65, 11-19).

    Zaratustra ve amenazada la existencia del creador no solo por los «actores» que dominan la vida pública, sino precisamente también por la masa de hombres insignificantes. Entiende la relación entre la «gran existencia» (67, 27) y la «pequeña existencia» (67, 26) como antagónica y parte de que la inferioridad ha de suscitar en los inferiores una actitud básica de resentimiento: estos se sienten ya «despreciados» (67, 29) por la mera existencia de una forma de existencia mayor y, por ello, necesariamente albergan sentimientos de venganza. Y aunque las «moscas» representan propiamente una forma de existencia inferior, son capaces de llegar a resultar peligrosas para la existencia superior únicamente gracias a su gran número (cf. a este respecto el apartado sobre los parásitos de Za III, «De tablas viejas y nuevas», 19). (P. 187) . La idea de que constituye una necesidad cultural salvar la capacidad configuradora humana a través de «tiempos peligrosos» —Santos 2016, n. 15, habla de una «necesidad de aislamiento»se encuentra ya en MA II WS 229, donde, bajo el título «Los enterrados», se habla metafóricamente de un retiro bajo tierra destinado a acumular fuerzas: «Nos retiramos a lo oculto: pero no por algún descontento personal, como si las condiciones políticas y sociales del presente no nos satisficieran, sino porque mediante nuestro retiro queremos ahorrar y reunir fuerzas que algún día serán completamente necesarias para la cultura, cuanto más este presente sea este presente y cumpla como tal su tarea. Formamos un capital y buscamos ponerlo a salvo: como en tiempos enteramente peligrosos, enterrándolo» (KSA 2, 657, 4-13). Zaratustra, sin embargo, no aconseja retirarse bajo tierra, sino volver por completo la espalda a la esfera social. Bertolt Brecht puso críticamente en evidencia la paradoja de esta figura de pensamiento —que desplaza todo lo significativo a una esfera «extraterritorial», alejada de la sociedad, pero con ello hace al mismo tiempo imposible toda influencia social— en un borrador de soneto de 1938, «Sobre el Zaratustra de Nietzsche». Según sus versos, más allá del mercado no aguarda la saludable soledad, sino «sólo el extravío»: «Espíritu delicado, para que el ruido no te confunda / subes a cimas tales, donde un hablar / no destinado a todos, ahora no alcanza a nadie: / más allá de los mercados sólo queda el extravío. / Blanca espuma saltó de una ola enfangada / Lo que pertenece a quien no pertenece / En el vacío la sobriedad se vuelve droga» (→ Brecht 1993, 420). El rechazo radical de la vida política y social plantea así también la cuestión del lugar de la propia actividad de Zaratustra y subraya su problemática función como maestro y profeta. La autoconservación de lo grande aparece aquí como objetivo prioritario; en este discurso no se piensa en una transmisión que se dé a los demás.

    Desde una perspectiva autorreferencial, el capítulo constituye un reflejo psicológicamente esclarecedor de la propia experiencia de aislamiento y soledad de Nietzsche. Si asigna al creador y al que establece valores un lugar extraterritorial, resulta natural relacionarlo con la paradójica determinación del lugar de su propia autoría, tal como quedó plasmada en el subtítulo Un libro para todos y para nadie. Martin Buber tiende un arco hasta la posterior práctica editorial del Archivo Nietzsche. Según él, la advertencia «Guárdate de las moscas del mercado» habría que referirla a la actividad de los editores, que arreglaron violentamente a su medida a su filósofo Nietzsche: «Pues a este lo han acribillado ahora de picaduras de tal manera que parece un escolástico enrojecido de celo, o incluso un sistemático inglés, o incluso un honrado metafísico cervecero alemán. Los culpables son los seguidores simiescos: Peter Gast, Fritz Kögel y compañía» (→ Buber 2001 [1896/97], 114).

    Un testimonio revelador de la recepción es el discurso conmemorativo que Melchior Lechter pronunció en Berlín a comienzos de 1934 en honor de Stefan George. Consiste en un collage de citas que se nutre esencialmente de «De las moscas del mercado». La estrategia textual, dirigida a mostrar un parentesco entre Nietzsche y George en cuanto a su exclusividad elitista como artistas, puede reconocerse claramente ya al comienzo del pasaje; dice así: «La verdadera vivencia de una gran obra de arte es gracia. Se cierra al día a día, invisible, con un sagrado cerco. Sólo el elegido lo traspasa: — vive y contempla. // Desde luego —acaban ustedes de oírlo—, lejos como Sirio del ruidoso mercado: / pues: “Donde termina la soledad, allí comienza el mercado. — / Con mis lágrimas vete a tu aislamiento y con tu creación, hermano mío; y sólo tarde cojeará tras de ti la justicia”. — / lejos de la chusma escribiente, despreciada tanto por Nietzsche como por George: / “Entonces mancha cada palabra el sello de la multitud, / la boca de los necios vuelve insípidos los dulces sonidos”. — ST. G.» (→ Lechter/George 1991, 352).

    65, 1 De las moscas del mercado. Una anotación del invierno de 1882/83 registra: «Cap(ítulo) Los pequeños. Marchaos a la soledad, no podéis soportar el pequeño gotear» (NL 1882, KSA 10, 4[250], 180, 16 s.). El motivo del gotear se conserva en el texto publicado en la metáfora de las «gotas de lluvia» (66, 31). Sobre el mercado, véase NK 65, 8 s.; sobre los pretextos del motivo de las moscas, véase NK 66, 10.

    **65, 2 ¡Huye, amigo mío, a tu soledad! ** Cf.: «Si sois demasiado blandos y delicados para matar moscas y mosquitos, marchaos a la soledad y al aire fresco, donde no hay moscas ni mosquitos: ¡y sed vosotros mismos soledad y aire fresco!» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]260, 218, 3-6). → Wotling 2015, 125 llama la atención sobre un paralelo en FW 338: «¡Vive oculto, para que puedas vivir para ti! ¡Vive ignorante de aquello que a tu época le parece lo más importante! ¡Pon entre tú y el hoy al menos la piel de tres siglos! ¡Y que el griterío de hoy, el ruido de las guerras y revoluciones, sea para ti un murmullo!» (KSA 3, 568, 9-14). Sobre el motivo central de la soledad, cf. NK 52, 8-10.

    65, 5 Dignamente saben bosque y roca callar contigo. A la relación entre el hombre y la naturaleza silenciosa está dedicado el apartado FW 423, que, al comienzo del quinto libro de FW, presenta como opresivo el silencio de la naturaleza: «Esta enorme mudez que de pronto nos asalta es bella y espantosa; el corazón se hincha con ella» (KSA 3, 259, 13 s.).

    65, 5-7 Vuelve a asemejarte al árbol que amas, al de amplias ramas: silencioso y atento cuelga sobre el mar. A la ruidosa superficialidad de la vida social y pública contrapone Zaratustra la exhortación a una actitud contemplativa. En una anotación que se interrumpe exige: «vosotros debéis…» (P. 188) «…debéis ser como árboles que penden sobre el mar y se inclinan de —» (NL 1882/83, KSA 10, 4[204], 168, 13 s.). Cf. MA I 176, «Los pacientes»: «El pino parece escuchar, el abeto esperar; y ambos sin impaciencia: — no piensan en el pequeño hombre que está debajo de ellos, al que devoran su impaciencia y su curiosidad» (KSA 2, 627, 23-26).

    65, 8 s. Donde termina la soledad, allí comienza el mercado; y donde comienza el mercado, allí comienza también el ruido de los grandes actores. Con esta frase Zaratustra resume su juicio negativo sobre la esfera pública, que aparece a sus ojos como una plataforma de estridentes exhibicionistas y como un lugar de agitación de la masa insignificante. Ya MA II WS 330 presenta el mercado como lugar de reunión de lo insignificante y de lo perteneciente al ayer: «El viento en el valle y las opiniones del mercado de hoy no significan nada para lo que viene, sino sólo para lo que fue» (KSA 2, 697, 12-15). Y, según M 506, hay que liberar las «nuevas buenas obras» del «olor del mercado» (KSA 3, 296, 23 y 25 s.), pues sólo así puede corresponderles un «valor supratemporal». Que únicamente lo exhibido de manera ostentosa y ruidosa tiene posibilidades de ser percibido públicamente se aplica, según FW 331, también al autor de escritos filosóficos, que sólo puede hacerse una «reputación» en el mercado de las opiniones públicas cuando organiza un estridente «griterío» (KSA 3, 558, 2-4): «La consecuencia es que también las buenas gargantas se gritan unas por encima de otras y que las mejores mercancías son pregonadas por voces roncas; sin vociferación de mercado y ronquera ya no hay genio» (ibid., 558, 5-7). Como posible fuente de FW 331, → Brusotti 1997, 414, n. 63 menciona una reflexión del ensayo de John Stuart Mill La civilización, que, al igual que Zaratustra, presenta el mercado como lugar de una lucha competitiva económica y espiritual en la que uno no logra imponerse por lo que es, sino únicamente por lo que aparenta ser: «En los últimos años se ha lamentado mucho que, tanto en el ámbito comercial como en el espiritual, el charlatanismo y, sobre todo, la publicidad hagan cada vez más de las suyas; pero nadie parece haber advertido que estos son los frutos naturales de una competencia acrecentada hasta proporciones enormes y de un estado de la sociedad en el que toda voz que no sabe emitir los tonos más estridentes tiene que perderse en el confuso estrépito general. El éxito en un terreno tan abarrotado ya no depende de cómo sea una persona, sino de lo que parece ser; la cualidad de ser fácilmente vendible se convierte, en lugar de todas las demás cualidades esenciales, en el objetivo de los esfuerzos, y el capital y el trabajo se emplean menos en hacer algo que en persuadir a los demás de que se ha hecho. Nuestra época ha visto alcanzar a este mal su punto culminante; siempre ha habido vociferación de mercado, pero en otro tiempo era una prueba de la falta de toda cualidad auténtica y había un proverbio según el cual el buen vino no necesita reclamo. Sólo a nuestra época le estaba reservado ver cómo incluso el comerciante honrado, por la dura necesidad y la segura perspectiva de ser aventajado por su competidor deshonesto, se veía obligado a vociferar en el mercado» (Mill 1869-1886, 10, 20; subrayados de Nietzsche; además, varias líneas al margen).

    65, 10 el zumbido de las moscas venenosas. El motivo de las «moscas venenosas», central para el capítulo, se encuentra ya en Eclesiastés 10, 1: «Así estropean las moscas dañinas los buenos ungüentos. Por eso a veces es mejor la necedad que la sabiduría y el honor» (Bibel AT 1818, 660). Como fuente de Nietzsche parece especialmente plausible The Conduct of Life, de Ralph Waldo Emerson, o Die Führung des Lebens —La conducta de la vida—, como reza el título de la edición de Steinacker de 1862 que Nietzsche hizo encuadernar en 1876 y que posteriormente se perdió; cf. Campioni 2002, 722. Tanto → Vivarelli 1987, 245 como KGW VI 4, 874 remiten a ella —ambos con una indicación errónea de página—. Emerson emplea la imagen de la mosca chupadora de sangre para ilustrar las «venenosas» y repugnantes «habladurías» que pueden encontrarse en cualquier forma de sociedad humana: «La mosca más pequeña saca sangre, y la habladuría es un arma que no puede excluirse ni siquiera de los círculos más apartados, elevados y selectos» (Emerson 1862, 153).

    65, 11-19 En el mundo las mejores cosas no valen todavía nada sin alguien que primero las represente: a estos representantes los llama el pueblo grandes hombres. / Poco comprende el pueblo lo grande, es decir: lo creador. Pero tiene sentidos para todos los representantes y actores de grandes cosas. / En torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo: — invisiblemente gira. Pero en torno a los actores giran el pueblo y la fama: así marcha el mundo.Nietzsche introduce aquí, con una función de diagnóstico social, el motivo del actor, al que recurre repetidamente en Za(78, 15-17; 184, 17-23; 213, 27-32; 317, 10 s.; 360, 15 s.). Zaratustra entiende el tipo del actor como un fenómeno de la cultura de masas, como encarnación del mercado en su dinamismo, fugacidad y superficialidad, y ve representadas en él la falta de autenticidad y la apariencia propias de la existencia público-social. Es cierto que el actor es «someone who pretends to be a creator» [«alguien que finge ser un creador»] (Auweele 2020, 269), pero en realidad constituye el polo opuesto del creador. El libro quinto de FW retoma esta contraposición: allí, en el § 356, el actor es caracterizado como un fenómeno histórico recurrente y el presente —en conexión con la Antigüedad griega— es declarado una época de actores. En el hombre contemporáneo, se dice allí, la actuación pasa a la carne y a la sangre; toda creencia, todo papel adquiere realidad. Pero, en la medida en que los actores se convierten en los «verdaderos señores» (KSA 3, 596, 19), los hombres creativos y creadores quedan relegados: «Precisamente por ello otra clase de hombre resulta cada vez más perjudicada y finalmente se vuelve imposible, ante todo los grandes “constructores”: ahora se debilita la fuerza constructora; se desalienta el valor para hacer planes de largo alcance; los genios organizadores comienzan…» (P. 189) Continúa la cita de FW 356 que quedó interrumpida en la página anterior:

    «…comienzan a faltar: — ¿quién se atreve todavía hoy a emprender obras para cuya consumación habría que contar con milenios? Se extingue precisamente aquella creencia fundamental sobre cuya base uno puede calcular de ese modo, prometer, anticipar el futuro en un plan, sacrificarlo a su plan, a saber: que el hombre sólo tiene valor, tiene sentido, en la medida en que es una piedra en un gran edificio: para lo cual, ante todo, tiene que ser firme, tiene que ser “piedra”… ¡Sobre todo, no — actor!» (KSA 3, 596, 26-597, 5).

    Que Nietzsche determine al actor primordialmente por su relación con el creador y con el artista posee, no en último término, una dimensión biográfica, pues la contraposición entre arte e histrionismo es central en su confrontación con Richard Wagner. Wagner es para Nietzsche el actor par excellence, cuyo arte está orientado al efecto y al impacto exterior. Pero, también con independencia de la figura de Wagner, Nietzsche se ocupó teórico-filosóficamente del problema del actor (cf. → Kaufmann 1981/82, → Stern 2017, → Schubert 2020 y, en relación con la traducción parcial que hizo Nietzsche de la Retórica de Aristóteles, → Labhart 2000); tienen especial importancia M 324 y FW 361. En FW 361 vuelve a situar en el centro la relación del actor con el artista; habla del «peligroso concepto de artista» (KSA 3, 608, 10 s.) y describe al actor como una especie de artista de la adaptación, impulsado por un «exceso de capacidades de adaptación de toda índole, que ya no saben satisfacerse al servicio de la utilidad más próxima y más estrecha» (KSA 3, 608, 16-18). También con ello queda claramente expresado que del actor no cabe esperar impulsos propios. Aún más claramente se manifiesta la actitud crítica de Nietzsche hacia los actores en M 324. Allí no considera que su actividad esté orientada simplemente al engaño, en cuanto presentan lo exterior como si fuera lo esencial, sino que los considera a ellos mismos víctimas del engaño: «Es la dichosa ilusión de los grandes actores creer que los personajes históricos que representan se encontraban realmente en el mismo estado de ánimo en que ellos se encuentran al representarlos, — pero se equivocan mucho en esto: su capacidad de imitación y adivinación, que gustosamente querrían hacer pasar por una facultad clarividente, sólo penetra lo bastante hondo como para explicar gestos, tonos y miradas y, en general, lo exterior; es decir, captan la sombra del alma de un gran héroe, hombre de Estado, guerrero, ambicioso, celoso, desesperado; se acercan hasta el alma, pero no llegan hasta el espíritu de sus objetos» (KSA 3, 231, 5-24). El actor ya no es considerado, por tanto, sino como «un mono ideal […] y tan mono que es completamente incapaz de creer en el “ser” y en lo “esencial”: todo se convierte para él en juego, tono, gesto, escenario, bastidores y público» (KSA 3, 231, 5-24).

    65, 11-13 En el mundo las mejores cosas no valen todavía nada sin alguien que primero las represente: a estos representantes los llama el pueblo grandes hombres. Sobre la incapacidad para un acceso auténtico al mundo sin el espectáculo de la representación, cf. también: «¡Vuestras mejores cosas no valen nada sin un actor!» (NL 1882/83, KSA 10, 4[78], 136, 23); «Las mejores cosas no valen nada sin un actor que primero las “represente”» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]139, 202, 19 s.).

    **65, 17-22 En torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo: — invisiblemente gira. Pero en torno a los actores giran el pueblo y la fama: así marcha el mundo. / Espíritu tiene el actor, pero poca conciencia del espíritu. Él cree siempre en aquello con lo que hace creer con mayor fuerza, — ¡con lo que hace creer en sí mismo! ** Se pone de relieve la oposición entre los hombres que establecen valores y los intérpretes improductivos, a quienes ciertamente se les concede espíritu, pero ningún verdadero interés por el conocimiento. Una versión preliminar identifica a los inventores de los nuevos valores con los creadores: «El actor tiene poca conciencia del espíritu: cree en aquello con lo que hace creer con mayor fuerza. / Creadores son únicamente quienes valoran y los inventores de los nuevos valores: sólo en torno a ellos gira el mundo. Pero quien hace creer en los nuevos valores es llamado por el pueblo “creador” —» (NL 1882/83, KSA 10, 4[36], 117, 17-118, 2). La expresión «conciencia del espíritu» anticipa la figura del concienzudo del espíritu, que aparece en Za IV, «La sanguijuela», como investigador de sanguijuelas (cf. al respecto NK 4/2, 311, 24-33).

    65, 17 s. En torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo: — invisiblemente gira. Esta formulación reaparece, con una variante, en Za II, «De los grandes acontecimientos»: «No en torno a los inventores de nuevo ruido: en torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo; inaudiblemente gira» (169, 13 s.).

    66, 1 s. Derribar — eso significa para él: demostrar. Volver loco — eso significa para él: convencer. El doble efecto de «demostrar» y «convencer» alude, alterando su sentido, a una sentencia de las Meditaciones de Marco Aurelio. En la traducción de Carl Cleß que poseía Nietzsche, el pasaje dice: «Si alguien puede convencerme y demostrarme que mi opinión o mi manera de actuar no es correcta, la cambiaré con gusto. Pues busco la verdad, que no causa daño a nadie. Sí sufre daño, en cambio, quien persiste en su error y en su ignorancia» (Marco Aurelio 1866, 69). El actor invierte esto. Derriba en lugar de demostrar, es decir, se comporta de manera negativa en vez de constructiva, y, en lugar de convencer, incita a la masa y fomenta el fanatismo. La crítica a la tendencia puramente destructiva a «derribar» aparece también en el legado póstumo: «Estos son mis enemigos: quieren derribar y no edificarse a sí mismos. Dicen: “todo esto carece de valor” — y ellos mismos no quieren crear ningún valor» (NL 1882, KSA 10, 5[1]218, 212, 8-10).

    Pero también Zaratustra es alguien que «derriba», en la medida en que niega los antiguos valores. Una anotación póstuma de la época de gestación de Za IV formula interrogativamente: «— sí, ahí están, esos pesados gatos graníticos, los valores de tiempos primordiales: ¿y tú, oh Zaratustra, quieres derribarlos?» (NL 1884, KSA 11, 32[9], 405, 22-24). (P. 190) 66, 2 Y la sangre le vale como el mejor de todos los argumentos. Mientras que Zaratustra, en Za I, «De leer y escribir», propugna una práctica de escritura con sangre —«Escribe con sangre: y aprenderás que sangre es espíritu» (48, 3 s.)—, aquí y en dos anotaciones póstumas rechaza de manera tajante la fuerza fundadora de la sangre: «La sangre no fundamenta; la sangre tampoco redime. No me gustan aquellos ágapes, — —» (NL 1882/83, KSA 10, 4[17], 113, 11 s.); «La sangre funda iglesias: ¡qué tiene que ver la sangre con la verdad! / Y si queréis tener razón ante mí, demostrádmelo con argumentos y no con sangre» (NL 1882/83, KSA 10, 4[249], 180, 13-15).

    66, 6-8 Lleno de solemnes bufones está el mercado — ¡y el pueblo se enorgullece de sus grandes hombres! Esos son, para él, los señores del momento. Sobre la figura del bufón —aunque aquí poco «solemne»—, cf. NK 21, 11-14.

    66, 9-16 Pero el momento los apremia —y por eso te apremian a ti. También de ti quieren un Sí o un No. ¡Ay de ti si quieres colocar tu silla entre el Pro y el Contra! / Por causa de esos incondicionales y apremiantes no tengas celos, tú, amante de la verdad. Nunca todavía se colgó la verdad del brazo de un incondicional. / Por causa de esos repentinos vuelve a tu seguridad: sólo en el mercado te asaltan con ¿Sí? o ¿No?. Zaratustra advierte contra lo que acontece en el mercado, dominado por los «incondicionales y apremiantes» (66, 12) y por los «repentinos» (66, 15), que exige del individuo una toma decidida de partido y una decisión rápida y lo fuerza a un precipitado «Sí o No» (66, 10). Esta crítica de la supresión de los procesos de reflexión y ponderación enlaza con consideraciones de MA I 282, donde se sostiene la tesis de que la moderna aceleración de todos los procesos vitales resulta perjudicial para una vita contemplativa orientada al conocimiento: «Como falta tiempo para pensar y sosiego en el pensamiento, ya no se ponderan las opiniones divergentes: uno se contenta con odiarlas. Con la enorme aceleración de la vida, espíritu y ojo se acostumbran a ver y juzgar a medias o falsamente, y todo el mundo se asemeja a los viajeros que conocen país y pueblo desde el ferrocarril. Una actitud autónoma y cautelosa del conocimiento es desacreditada casi como una especie de locura» (KSA 2, 231, 1-8).

    Una actitud de rechazo frente a las distintas formas de lo incondicional aparece con frecuencia en los escritos de Nietzsche desde finales de la década de 1870. Una anotación de la época de gestación de Za I se pronuncia claramente a favor de todo aquello que se aparta de la actitud de incondicionalidad: «La objeción, la desconfianza, el desvío son signos del espíritu sano. Todo lo incondicionado delata al enfermo» (NL 1882/83, KSA 10, 5[25], 224, 12 s.). Una anotación del verano de 1883 apunta expresamente a lo incondicionado filosófico: «Absurdo de toda metafísica entendida como una derivación de lo condicionado a partir de lo incondicionado. / Pertenece a la naturaleza del pensar añadir, pensando e inventando, a lo condicionado lo incondicionado: del mismo modo que añade, pensando e inventando, el “yo” a la multiplicidad de sus procesos: mide el mundo mediante magnitudes enteramente establecidas por él mismo: mediante sus ficciones fundamentales, como “lo incondicionado”, “fin y medio”, “cosas, sustancias”, mediante leyes lógicas, números y figuras» (NL 1883, KSA 10, 8[25], 342, 20-28).

    66, 17 s. Lenta es la experiencia de todos los pozos profundos: largo tiempo deben esperar hasta saber qué cayó en su profundidad. → Brusotti 1997, 558 explica esto como una particular profundidad de la experiencia, en la que las vivencias «sólo se despliegan paulatinamente y a posteriori». En cambio, Zaratustra critica en Za III, «El regreso al hogar», una superficialidad moderna que ya no permite profundidad alguna: «Todo cae al agua, nada cae ya en pozos profundos» (233, 12; sobre el motivo de los pozos profundos, cf. también 88, 28-89, 2). La incapacidad para esperar la atribuye Zaratustra en Za I, «De los predicadores de la muerte», a la debilidad de identidad de los hombres modernos: «no tenéis bastante contenido en vosotros para esperar» (57, 1 s.; sobre la capacidad y la necesidad de esperar en general, cf. NK 4/2, 244, 20-24).

    66, 19-21 Lejos del mercado y la fama acontece todo lo grande: lejos del mercado y la fama habitaron desde siempre los inventores de nuevos valores. Ya MA constata que de lo que acontece en el mercado, es decir, de la vida público-social, no cabe esperar ningún impulso que señale hacia el futuro: «El viento en el valle y las opiniones del mercado de hoy no significan nada para lo que viene, sino sólo para lo que fue» (KSA 2, 697, 13-15). Lo que parece importante en la actualidad del acontecer del mercado cae pronto de nuevo en el olvido. Por eso, también el valor de una obra sólo se manifiesta cuando se desprende de la actualidad del día, pues entonces ya no lleva consigo «el olor del mercado y de la hostilidad y de las opiniones más recientes y de todo lo perecedero entre hoy y mañana» (M 506, KSA 3, 296, 25-28).

    66, 22-29 Huye, amigo mío, a tu soledad: te veo acribillado por moscas venenosas. Huye allí donde sopla aire áspero y fuerte. […] ¡No levantes más el brazo contra ellos! Son innumerables, y no es tu destino ser un espantamoscas.Mientras Zaratustra exhorta aquí a evitar la caza de las moscas, una anotación póstuma plantea la huida como alternativa a la estrategia del espantamoscas: «Y si no podéis aplastar lo pequeño, si no queréis ser un espantamoscas: id a la ⟨soledad⟩» (NL 1882, KSA 10, 4[193], 166, 6 s.). Una breve anotación del mismo cuaderno N V 3, en cambio, parece encontrar cierto atractivo en la táctica del espantamoscas: «(¡espantamoscas!) contra los pequeños enfados cotidianos» (NL 1883/83, KSA 10, 4[234], 177, 22). Otra anotación, por el contrario, considera una debilidad la incapacidad de acabar con las moscas: «Si sois demasiado blandos y delicados para matar moscas y mosquitos, marchaos a la soledad y al aire fresco, donde no hay moscas ni mosquitos: ¡y sed vosotros mismos soledad y aire fresco!» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]260, 218, 3-6). (P. 191) **66, 33-67, 2 No eres una piedra, pero ya muchas gotas te han ahuecado. ¡Todavía te quebrarán y harán estallar muchas gotas! ** La constatación de un poder creciente de la masa, de las muchas gotas que horadan al gran individuo, la formula concisamente Mill en su ensayo La civilización. Constata «que, mediante el crecimiento natural de la civilización, el poder pasa de los individuos a las masas y que la influencia y la importancia del individuo, en comparación con la importancia de las masas, se reducen cada vez más» (Mill 1869-1886, 10, 10; en parte, línea al margen derecho). El pasaje ofrece otro ejemplo de cómo Zaratustra enlaza con expresiones proverbiales corrientes. El dicho, todavía hoy habitual, «la gota constante horada la piedra» (en latín, gutta cavat lapidem), que expresa el gran efecto de una fuerza pequeña pero que actúa continuamente, tiene su origen en la Antigüedad. En la poesía elegíaca del exilio de Ovidio, Epistolae ex Ponto (Cartas desde el mar Negro, 12-17 d. C.), aparece nada menos que tres veces, en los poemas 4, 10 y 15.

    67, 6 s. Sangre quisieran de ti con toda inocencia, sangre ansían sus almas exangües — y por eso pican con toda inocencia. El contraproyecto al vampirismo de la masa, que se alimenta de la sangre de los grandes individuos, lo ofrece el discurso «De leer y escribir», que exige del individuo activa y creadoramente productivo el empleo de su propia sangre: «Escribe con sangre» (48, 3; cf. NK 48, 2-4).

    67, 8 Pero tú, profundo, sufres demasiado profundamente incluso por pequeñas heridas. La conclusión según la cual el individuo «profundo» y grande es también quien más tiene que sufrir y, por ello, quien resulta más vulnerable, reaparece, con variaciones, en el apartado sobre los parásitos del discurso «De tablas viejas y nuevas». Según este, el alma «que tiene la escalera más larga y puede descender más profundamente» (261, 12 s.) es también la más expuesta a la más intensa infestación de parásitos.

    67, 11 Eres demasiado orgulloso para matar a esos golosos. La Naschhaftigkeit, el afán goloso, aparece en Za con una valoración exclusivamente negativa. Si aquí Zaratustra apunta a la voracidad de las moscas que pican, en Za III, «De la virtud empequeñecedora», denomina a los hombres que se empequeñecen a sí mismos «gatos golosos que también se dejan golosear» (211, 18 s.); y en Za III, «De tablas viejas y nuevas» 17 llama a los comodones que eluden las exigencias de la vida «gatos de placer golosos y agazapados» (259, 20 s.).

    67, 14 s. También zumban a tu alrededor con sus alabanzas: importunidad es su alabar. Quieren la proximidad de tu piel y de tu sangre. En NL 1882, KSA 10, 3[1]141, 70, 7 se lee: «En la alabanza hay más importunidad que en la censura». Cf. también NL 1883, KSA 10, 12[1]108, 392, 13: «En la alabanza hay mucha más importunidad que en la censura». De la importunidad del elogio se habla repetidamente en la literatura de la época de Nietzsche; así, por ejemplo, un autor critica como «importuno» el elogio de Diderot a la belleza principesca: «¡Qué importuno elogio de la belleza no se avergonzó, por ejemplo, Diderot de decirle a la cara, y tampoco tuvo escrúpulos en trazar de ella en sus cartas una caricatura repugnante!» (→ Dalton 1874, 76). Sobre el doble filo del elogio desde la perspectiva de Nietzsche, cf. también NK 5/1, 102, 11 y Politycki 1998, 97.

    La importunidad significa para Nietzsche una transgresión lesiva de los límites en el trato entre personas. En una carta del 12 de febrero de 1884, y a propósito de la actuación de su madre y su hermana en lo relativo a su relación con Lou von Salomé, se considera él mismo víctima de ella: «Por lo demás, poco a poco voy necesitando un hombre que vigile un poco mi trato con los queridos semejantes como un maestro de ceremonias: para que al menos no siga estando expuesto a las peores brutalidades e torpezas de la bêtise humaine. Lo que en los últimos años, hasta estos últimos días, se han permitido conmigo en materia de presunción e importunidad supera toda imaginación y paciencia. Tengo que envolverme todavía de una manera completamente distinta en mi soledad» (a Franz Overbeck, KSB 6/KGB III 1, n.º 488, p. 477, lín. 21-29).

    67, 16-18 Te adulan como a un dios o a un demonio; gimotean ante ti como ante un dios o un demonio. ¡Qué importa! Aduladores son y gimoteadores, y nada más. «¡Qué importa que aduléis a un dios o a un demonio, que gimoteéis ante un dios o un demonio! ¡No sois más que aduladores y gimoteadores!» (NL 1882, KSA 10, 3[1]84, 63, 17-19).

    **67, 19 s. También se presentan a menudo ante ti como amables. Pero esa fue siempre la astucia de los cobardes. Sí, ¡los cobardes son astutos! ** Una anotación lo formula de manera más moderada: «Quien es cobarde desde la raíz suele ser lo bastante astuto para apropiarse de la llamada amabilidad» (NL 1882, KSA 10, 3[1]85, 63, 20 s.).

    67, 21 Piensan mucho sobre ti con su alma estrecha. En el legado póstumo se encuentra la pregunta retórica: «¿Cómo es posible que vosotros, almas estrechas, penséis también?» (NL 1882, KSA 10, 4[49], 124, 6).

    67, 22 Todo lo que se piensa mucho se vuelve problemático. Cf. NL 1882, KSA 10, 3[…], 60, 10: «Todo lo que se piensa durante mucho tiempo se vuelve problemático».

    67, 23 Te castigan por todas tus virtudes. La idea de que al virtuoso sus virtudes no le procuran agradecimiento, sino castigo, aparece con frecuencia en los textos de Nietzsche. En NL 1882, KSA 10, 3[1]25, 56, 23 se dice: «También se es castigado por las propias virtudes». La frase reaparece literalmente en NL 1882/83, KSA 10, 4[3]1, 116, 19. Aplicada a un «nosotros», la misma figura argumentativa aparece también en NL 1883, KSA 10, 16[88], 532, 4; NL 1883, KSA 10, 18[24], 572, 10 s.; y NL 1883, KSA 10, 22[1], 603, 8. Aplicada a los hombres superiores aparece en NL 1884/85, KSA 11, 29[56], 349, 11 s. En cambio, NL 1884/85, KSA 11, 31[35], 372, 17 convierte al impersonal «uno» en sujeto castigado. Así también en JGB 132: «Uno es castigado de la mejor manera por sus virtudes» (KSA 5, 96, 11). En una carta escrita probablemente el 15 de septiembre de 1882, Nietzsche se describe a sí mismo como un virtuoso castigado por su hermana: «A mí mismo me ha cubierto de escarnio y burla — bueno, la ver…» (P. 192) «…verdad es que durante toda mi vida he sido paciente e indulgente con ella, como no puede uno por menos de serlo con el sexo femenino: y quizá eso la haya malacostumbrado. “También las virtudes son castigadas”, decía el sabio Sanctus Januarius de Génova» (a Paul Rée; KSB 6/KGB III 1, n.º 303, p. 258, lín. 10-20). La idea de las virtudes castigadas en vez de recompensadas, que aquí se pone en boca del taumaturgo «Sanctus Januarius», patrono del cuarto libro de FW, aparece ocasionalmente, como explica NK 5/1, 96, 11, en la literatura francesa del siglo XIX; así, en la Histoire de Francede Jules Michelet (Michelet 1867, 17, XIV: «vertus punies par la dureté du sort» —«virtudes castigadas por la dureza del destino»—) o en testimonios de testigos presenciales sobre los disturbios de la Revolución francesa (ed. Rocquain 1874, 287: «tant de vertus punies comme des crimes» —«tantas virtudes castigadas como crímenes»—).

    67, 23 s. Sólo te perdonan de corazón — tus desaciertos. En el legado póstumo se encuentra una anotación de contenido semejante: «Perdonamos de corazón a nuestros enemigos sólo — sus desaciertos» (NL 1883, KSA 10, 12[1]111, 392, 18 s.). En cambio, una anotación anterior dice: «Amo a aquel que perdona a su enemigo no sólo sus desaciertos, sino también sus victorias» (NL 1882/83, KSA 10, 5[17], 223, 6 s.).

    67, 31 s. Tu orgullo sin palabras va siempre contra su gusto; se alegran cuando alguna vez eres lo bastante modesto para ser vanidoso. Una anotación póstuma remite la paradoja de la vanidad modesta a la escuela del sufrimiento: «Cuando se sufre mucho, uno llega incluso a ser lo bastante modesto como para ser vanidoso alguna vez — decía el ermitaño: separó de mala gana los dientes que de ordinario mantenía apretados» (NL 1882, KSA 10, 5[1]171, 206, 13-15; de modo semejante también NL 1882/83, KSA 10, 4[128], 151, 7 s.).

    67, 33 s. Lo que reconocemos en un hombre, eso mismo lo encendemos también en él. Una anotación póstuma desarrolla más la idea: «Lo que reconocemos en un hombre, eso mismo lo encendemos también en él; y quien sólo reconoce las propiedades bajas de un hombre posee también una fuerza estimulante para ellas y las lleva a descargarse. Los afectos de tus prójimos contra ti son la crítica de tu conocimiento, según su altura y su bajeza» (NL 1882, KSA 10, 3[1]21, 56, 5-10; cf. también NL 1882/83, KSA 10, 4[37], 118, 3-5).

    68, 1-8 Y ante ti se sienten pequeños, y su bajeza rescolda y arde contra ti en una venganza invisible. / ¿No has advertido cuántas veces enmudecieron cuando te acercabas a ellos, y cómo se les escapaba la fuerza, como el humo de un fuego que se extingue? / Sí, amigo mío, tú eres la mala conciencia de tus prójimos: pues son indignos de ti. Por eso te odian y quisieran chupar tu sangre. Aunque aquí no se emplea todavía el término, ya está desarrollado el pensamiento del resentimiento, tal como Nietzsche lo expondrá después detalladamente en GM como impulso reactivo y lo verá fundado en la conciencia de la propia debilidad e inferioridad (cf. al respecto GM I 10 y NK 5/2 GM I 10). Nietzsche ya había encontrado el concepto y la representación del resentimiento cuando, en el verano de 1875, estudió intensamente Der Werth des Lebens de Eugen Dühring (cf. los extensos extractos y comentarios de varias páginas en el grupo de fragmentos 9[1], KSA 8, 131-185). Dühring hace remontar «el resentimiento y la venganza» al hecho «de que en toda clase de ofensa haya una injusticia natural que exige ser expiada» (Dühring 1865, 177). En una versión «popular» de Der Werth des Lebens aparecida en 1881, cuyo conocimiento por parte de Nietzsche, sin embargo, no está documentado, se encuentra un puente asociativo hacia la imagen de las moscas que pican. Allí Dühring denomina al «instinto de represalia no compensado» un «aguijón» permanente (Dühring 1881, 215) y concluye: «En primer lugar, es un tormento que una lesión no sea compensada, es decir, que en este sentido falle la justicia; y, en segundo lugar, ya constituye en sí mismo una desgracia que se produzcan lesiones que traigan consigo la desagradable sensación, semejante a un aguijón, propia del impulso del resentimiento» (ibid.).

    68, 12-14 Huye, amigo mío, a tu soledad y allí donde sople un aire áspero y fuerte. No es tu destino ser un espantamoscas. Con la exhortación a huir a la soledad, Zaratustra enlaza literalmente con el comienzo de su discurso. Sobre el espantamoscas, cf. NK 66, 22-29.

    Con esto termina el comentario de Gratz a 1.12. «De las moscas del mercado». A continuación comienza ya «Von der Keuschheit», «De la castidad».

  • 1.11. Del nuevo ídolo

    La confrontación crítica con el Estado, que atraviesa todas las fases de la obra de Nietzsche, alcanza con «Del nuevo ídolo» uno de sus puntos culminantes. Se trata de la invectiva de Nietzsche contra el Estado más conocida y de más mala fama; no adopta una forma ponderada y argumentativa, sino contundente y de gran fuerza imaginativa. Como blanco de la crítica cabe suponer la «divinización» del Estado por parte de Hegel (cf. →Tietz/Kantner 2014, 144 y →Sommer 2020, 411), aunque en el texto no se encuentran indicios de una confrontación más concreta con la teoría hegeliana del Estado y de las instituciones. Antes bien, Zaratustra formula una condena muy general y muy radical del Estado, que, como nuevo ídolo, habría ocupado el lugar «del viejo Dios» (62, 15). Resulta así aplicable lo que escribe Urs Marti: «Sin embargo, no está claro a qué apunta la polémica de Nietzsche […]; por una parte, en su retórica rica en metáforas resuenan motivos conservadores, como la oposición entre una comunidad popular “natural” y un Estado “artificial”; por otra, cree en la posibilidad de una vida libre más allá del Estado. Es razonable suponer que Nietzsche no tenía aquí a la vista la institución del Estado, sino la valoración —a sus ojos, inadecuadamente elevada— que los hombres conceden al Estado y, en general, a los asuntos políticos» (→Marti 2000, 333). En este sentido, también Foucault cita la «canción del monstruo frío» de Zaratustra como emblemática de una «sobrevaloración del problema del Estado» en la modernidad, así como de la fascinación y el espanto que provoca el Estado (→Foucault 2006, 65). Sobre este discurso, cf. también: Naumann 1899–1901, 1, 163–169; →Pieper 1990, 218–231.

    En otros textos Nietzsche se ocupa también, ciertamente, de las posibles funciones del Estado, al que en 1872, por ejemplo, en CV 3, denomina «férrea abrazadera» (eiserne Klammer) (KSA 1, 769, 31), que obligaría a las masas a mantenerse unidas y garantizaría el orden jerárquico de la sociedad, o al que en MA I 99 considera una institución para el fomento de la cultura y de la moralidad (cf. KSA 2, 96, 24–28). En Za, por el contrario, faltan semejantes determinaciones de las funciones del Estado, del mismo modo que apenas se encuentran reflexiones expresamente políticas, pese a la marcada orientación crítico-cultural de la obra. →Brobjer 1998, 315 clasifica por ello Za como «a supremely apolitical book» [«un libro eminentemente apolítico»]. Contra esto objeta →Dombowsky 2001, quien atribuye en general un fuerte peso a la influencia de reflexiones e ideas políticas sobre Za y remite en particular a «Del nuevo ídolo». Lo cierto es que la crítica de la sociedad en Za toma generalmente como blanco la corrupción de determinados grupos sociales, y no su organización política. Constituyen excepciones la exigencia de una nueva nobleza en Za III, «De tablas viejas y nuevas» 11 y 12, así como, en cierta medida, la «Conversación con los reyes» de Za IV, en la que los dos monarcas exiliados declaran haber abandonado su reino a causa de la corrupción del pueblo. Existe además una estrecha relación temática con Za I, «De las mil y una metas», donde se debate la capacidad de los pueblos para instituir valores, y con Za II, «De los grandes acontecimientos», donde Zaratustra, en su conversación con el «perro de fuego», se pronuncia contra el derrocamiento revolucionario. Pero, puesto que el discurso del ídolo es el único que sitúa en el centro un concepto político —precisamente el Estado, denostado como «nuevo ídolo»—, posee dentro de la obra un estatuto excepcional. No obstante, solo contribuye al discurso político de una manera muy limitada, y concretamente desde una actitud de rechazo, pues Zaratustra manifiesta una posición radicalmente antiestatista. Rechaza el Estado por principio, sin entrar en las distintas formas (institucionales) de Estado y sin llegar siquiera a considerar la idea de una posible utilidad del Estado. Esto lo distingue, como señala →Sommer 2020, 411, de Schopenhauer, quien ciertamente también arremete contra la «estrechez de miras y trivialidad de los filosofastros» que «con pomposas maneras de hablar presentan el Estado como el fin supremo y la flor de la existencia humana» (PP II, § 124; Schopenhauer 1873–1874, 6, 258), pero al mismo tiempo sostiene una postura enteramente pragmática… (P. 180) …pero, al mismo tiempo, adopta una actitud enteramente pragmática, al declarar al Estado una «mera institución protectora» «contra los ataques exteriores al conjunto y los interiores de los individuos entre sí» (ibid.).

    Decisiva para la diatriba de Zaratustra contra el «nuevo ídolo» es la oposición entre «pueblos y rebaños» (61, 2), por una parte, y «Estados» (61, 3), por otra, oposición que él hace corresponder con la contraposición entre naturaleza y artificio, entre vida y muerte. Los creadores de los pueblos «servían […] a la vida» (61, 10 s.). En cambio, quienes habrían creado esa «obra de arte infernal» (62, 24 s.) que es el Estado serían «aniquiladores» (61, 12) y trabajarían en favor de los «predicadores de la muerte» (62, 3 s. y 28 s.). Como puede observarse con frecuencia, también aquí el «demoledor de valores» Zaratustra argumenta desde una posición de probidad, intentando convencer, mediante argumentos morales, de la ilegitimidad y nocividad del Estado. Ve al Estado fundado sobre la mentira, el robo y las falsas promesas. Al mismo tiempo, atribuyéndole literalmente dos declaraciones, le imputa una pretensión autocrática de exclusividad: «Yo, el Estado, soy el pueblo» (61, 7 s.), reza una de las máximas; la otra: «En la tierra no hay nada más grande que yo: yo soy el dedo ordenador de Dios» (62, 9 s.). En los fragmentos póstumos se añade, como tercera declaración del Estado, la pretensión de conferir sentido: «Amigos, odio al Estado: dice: yo soy el sentido» [y profana] «la fe en la vida» (N V 8, 100; KGW VI 4, 69).

    Lo que Zaratustra reprocha al Estado es la inversión del «orden natural de rango» (→Kuss 1980, 294). Expropia a los auténticos «inventores» (63, 1) y creadores y se apropia de sus realizaciones para transmitirlas después a los «superfluos» (62, 5 y 33; 63, 3 y 6), pervirtiéndolas así. Zaratustra no muestra posibilidad alguna de reformar y corregir al Estado, que de ese modo transforma todos los recursos en algo negativo y perjudicial. Tiene preparada otra salida: el salto «al aire libre» (63, 19 s.), la huida hacia allí «donde el Estado acaba» (63, 31). Pero ¿qué quiere decir con esto? Puesto que ya la frase inicial del discurso da a entender que la vida social «entre nosotros» (61, 2 s.) se encuentra inevitablemente bajo el signo del Estado, quedan solo dos posibilidades: emigrar «a alguna parte» (61, 2), donde, según Zaratustra, todavía habría «pueblos y rebaños», o bien efectuar interiormente un salto al aire libre mediante una radical sustracción al Estado.

    Un ejemplo de una recepción del discurso caracterizada por una fascinación a su pesar lo ofrece el jurista Adalbert Düringer (1855-1924), quien denuncia el contenido doctrinal de la tirada de odio de Zaratustra y, sin embargo, la cita íntegramente, solo para denunciar como singular y patológica la aversión de Nietzsche hacia el Estado. Las razones de la vehemente oposición de Nietzsche tendrían que buscarse «en parte en su constitución personal, en su concepción extremadamente aristocrática de la vida y en sus inclinaciones antisociales, y en parte en su enfermedad mental» (→Düringer 1906, 55). Düringer sentencia lacónicamente: el discurso «se lee como el estallido de ira de un enfermo mental, y probablemente lo sea también. Juzgado desde este punto de vista, no merece ni admite una refutación objetiva» (ibid.).

    61, 1 Del nuevo ídolo.] Ya en el título, que alude a la idolatría del Estado, hay un claro reproche. El ídolo estatal es nuevo porque sustituye al antiguo ídolo del cristianismo, como Zaratustra señala poco después cuando se dirige a sus oyentes como «vencedores del viejo Dios» (62, 15), quienes, agotados por la lucha, servirían ahora al nuevo ídolo.

    61, 2 s. En alguna parte hay todavía pueblos y rebaños, pero no entre nosotros, hermanos míos: aquí hay Estados.]Mientras Zaratustra, mediante la fórmula pareada «pueblo y rebaño», empleada dos veces en singular (26, 1; 42, 7), se distancia de la sociedad de los muchos, de su moral y de sus rígidos criterios de exclusión, utiliza, en cambio, el plural «pueblos y rebaños» en sentido afirmativo para designar una situación preestatal que añora y que todavía existiría en algún otro lugar. Que esto está concebido de forma ahistórica lo critica ya →Düringer 1906, 52 s.: «La contraposición que se establece entre pueblos y Estados se basa en una concepción que prescinde de todo desarrollo histórico, como si no hubiese existido en absoluto historia alguna. La formación de los Estados del siglo XIX se produjo precisamente sobre una base völkisch (nacional)» /53/.

    La fórmula pareada «pueblos y rebaños», que en Nietzsche aparece únicamente en este pasaje, conoció una amplia difusión durante el siglo XIX como traducción de un canto del Vendidad, una parte del Avesta atribuida en ocasiones a Zoroastro. En este canto, que, según Johann Gottlieb Rhode (1762-1827), conocido también como traductor de Ossian, describe las consecuencias de la expansión de la ley de la luz de Ormuzd, el rey Dschemschid es presentado como «cabeza de los pueblos y los rebaños» (Rhode 1817, 21). Rhode explica al respecto: «Así, movidas por la ley de la luz de Ormuzd y por el culto común a Dios, las /22/ distintas tribus se unieron bajo Dschemschid formando un pueblo, y este príncipe se convirtió entonces en señor de los pueblos y los rebaños, es decir, príncipe de los nómadas» (ibid., 21 s.). De manera análoga, Joseph Görres transmite en su Mythengeschichte der asiatischen Welt: «Dieciséis lugares de bendición había fundado sobre la tierra el espíritu creador, dice el Zendavesta, regiones ricas en abundancia; entonces llegó a Dschemschid, cabeza de los pueblos y los rebaños, hijo de Vivenghan, su llamada para someterse a su ley y proclamar su palabra» (Görres 1810, 204).

    61, 4 s. ¿Estado? ¿Qué es eso? ¡Bien! ¡Abridme ahora los oídos, pues ahora voy a deciros mi palabra sobre la muerte de los pueblos!] El concepto de Estado, procedente del contexto político y que se distingue del lenguaje metafórico-poético de Za, aparece en Za un total de diecisiete veces, aunque se encuentra estrictamente limitado a dos capítulos: catorce menciones corresponden al capítulo «Del nuevo ídolo» y… (P. 181) …tres, en Za II, «De los grandes acontecimientos» (cf. al respecto NK 169, 31-170, 1), donde Zaratustra rechaza de manera tajante, en su conversación con el perro de fuego, las aspiraciones revolucionarias (cf. al respecto ÜK Za II, «De los grandes acontecimientos»). Si aquí, en un primer momento, suscita la expectativa de querer ilustrar a sus oyentes acerca de la institución política del Estado, solo la satisface de una manera sumamente unilateral. En efecto, traza una imagen aterradora que se concentra en los efectos perniciosos del Estado. Según su exposición, no es el pueblo el que mediante la formación del Estado se constituye en una comunidad, como suele suponerse en la teoría política, sino que, a la inversa, la comunidad del pueblo, intacta antes del Estado, es depravada al ser forzada a adoptar la forma estatal. En ZaIII, «De tablas viejas y nuevas» 25, Zaratustra se refiere de manera polémica y defensiva a la teoría (liberal) del contrato estatal (véase NK 4/2, 265, 20-24).

    61, 6-8 El Estado se llama el más frío de todos los monstruos fríos. Fríamente miente también; y esta mentira se arrastra desde su boca: «Yo, el Estado, soy el pueblo».] El pasaje sobre el Estado como monstruo frío, que Hans Kelsen colocó como lema al frente de su ensayo «La idea sociológica y la idea jurídica del Estado» (1913/14), ha hecho pensar a numerosos intérpretes en el Estado de Thomas Hobbes, al que este, inspirándose en el monstruo marino de la mitología judeocristiana, bautizó como Leviatán (p. ej. →Tietz/Kantner 2014, 155; →Meier 2017, 36). Ahora bien, mientras que según Hobbes la fundación del Leviatán redunda en interés de los hombres, que así se salvan del estado de naturaleza carente de derecho, determinado por la lucha de todos contra todos, según Zaratustra el Estado sella precisamente la perdición del hombre. En cambio, presenta como ideal el estado carente de derecho de los «pueblos y rebaños». Pero ¿a qué apunta el atributo de la frialdad, atribuido en grado superlativo al «monstruo» Estado? →Tietz/Kantner 2014, 158 consideran evidente que se refiere a «la frialdad del Estado moderno», basada en el «principio de calculabilidad», «tal como posteriormente Max Weber lo formulará conceptualmente» (ibid.). La caracterización zaratustriana del Estado como «obra de arte infernal» (62, 24 s.) puede interpretarse como una alusión a la frialdad de lo burocrático y tecnocrático que, desde comienzos del siglo XX, se ha atribuido repetidamente al Estado moderno. Un borrador de la primavera/verano de 1883, surgido después de la conclusión de Za I, dirige la mirada hacia la abstracción de la institución estatal, cuya actuación no sería comparable con la de un individuo movido por emociones: «¡Cómo puede el Estado asumir la venganza! En primer lugar, es frío y no actúa en el afecto: cosa que sí hace quien ejerce la venganza. Luego, no es una persona, y menos aún una persona noble: por tanto, tampoco puede demostrar, al guardar la medida (en el “igual por igual”), su noblesse y su autodisciplina» (NL 1883, KSA 10, 7[55], 259, 3-7). Sin embargo, primordialmente Zaratustra no metaforiza el Estado como una maquinaria sin alma, sino más bien como una arcaica «bestia» que aniquila a los hombres (62, 10): «¡Cómo los devora y mastica y rumia!» (62, 7 s.).

    61, 7 s. «Yo, el Estado, soy el pueblo».] La frase atribuida a Luis XIV «el Estado soy yo» («l’État, c’est moi»), que expresa la pretensión absolutista de soberanía exclusiva, aparece aquí transformada democráticamente, pues el Estado se declara representante del pueblo. Sin embargo, Zaratustra desenmascara esto como una maniobra de engaño: en lugar de encarnar al pueblo, el Estado lo degrada, por el contrario, a «servidor del ídolo» (63, 17). En una anotación póstuma, la pretensión estatal de representación se extiende también al rebaño: «Frío es el monstruo, fríamente miente también. “Yo soy un el pueblo”, “yo soy rebaño”: así suena la mentira que se arrastra desde las fauces del monstruo frío» (N V 8, 92; KGW VI 4, 69). Otra variante manuscrita dice: «No creáis la mentira que él Una mentira se arrastra desde sus frías fauces: pueblo soy yo y rebaño, así habla la bestia fría: ¡hasta tal punto miente!» (N V 8, 96; KGW VI 4, 69).

    61, 9-14 Creadores fueron quienes crearon los pueblos y suspendieron sobre ellos una fe y un amor: así servían a la vida. / Aniquiladores son quienes ponen trampas para muchos y las llaman Estado: suspenden sobre ellos una espada y cien apetitos.] En una relación de tensión con esto, Zaratustra declara en Za I, «De las mil y una metas»: «Primero fueron pueblos los creadores, y solo más tarde individuos; en verdad, el individuo mismo es todavía la creación más reciente. / En otro tiempo los pueblos colgaron sobre sí una tabla del bien» (75, 28-30). Aquí, en cambio, distingue entre los creadores (individuales), que habrían producido pueblos enteros como asociaciones sociales no estatales (sobre el anuncio visionario de la llegada de nuevos pueblos, cf. 265, 5 s.), y los aniquiladores, que habrían erigido el Estado portador de perdición. Aún más drásticamente habla una versión preliminar de una «ley de la aniquilación» erigida sobre los pueblos: «Aniquiladores son, los que crean los que ponen trampas para los pueblos y las llaman Estados; suspenden la ley de la aniquilación una espada y un apetito sobre ellos» (N V 8, 93; KGW VI 4, 70). Hay que recordar que el propio Zaratustra es presentado como «aniquilador», puesto que niega los valores existentes: «Aniquilador de la moral me llaman los buenos y justos: mi historia es inmoral» (Za I, «De la mordedura de la víbora», 87, 19 s.). «Y quien tenga que ser un creador en el bien y en el mal: en verdad, antes tiene que ser un aniquilador y quebrantar valores» (Za II, «De la superación de sí mismo», 149, 18 s.).

    61, 15 s. Donde todavía hay pueblo, este no comprende al Estado y lo odia como mal de ojo y pecado contra las costumbres y los derechos.] «Donde todavía hay pueblo, este no comprende al Estado y lo odia como el pecado contra el pueblo» (N V 8, 98; KGW VI 4, 69).

    61, 17-22 Este signo os doy: cada pueblo habla su lengua del bien y del mal: el vecino no la comprende. Su lenguaje se lo inventó en costumbres y… (182) 61, 17-22 Este signo os doy: cada pueblo habla su lengua del bien y del mal: el vecino no la comprende. Su lenguaje se lo inventó en costumbres y derechos. / Pero el Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal; y diga lo que diga, miente — y tenga lo que tenga, lo ha robado.] Zaratustra compara los valores, las costumbres y las concepciones jurídicas de un pueblo con una lengua que este se habría creado a sí mismo. Al Estado, concebido como un constructo, le niega, en cambio, la posibilidad de una expresión auténtica semejante. En N V 8, 102 se encuentra al respecto la siguiente versión preliminar: «Este signo os doy: cada pueblo (1) se creó su bien y su mal (2) habló su lengua del bien y del mal — inventó su lenguaje, (1, 2) que ningún vecino comprendía: pero el Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal, no hace más que destruir las “costumbres de” los pueblos» (KGW VI 4, 70).

    62, 1-4 Confusión de lenguas del bien y del mal: este signo os doy como signo del Estado. ¡En verdad, este signo indica la voluntad de muerte! ¡En verdad, hace señas a los predicadores de la muerte!] Zaratustra transforma el mito de la confusión de lenguas provocada por Dios como reacción a la construcción de la torre de Babel en una confusión de los criterios de valor promovida por el Estado. Este «signo del Estado» es, según una versión preliminar, al mismo tiempo el «signo del ocaso»: «Confusión de lenguas del bien y del mal: este signo os llamo “doy” — el signo del ocaso» (N V 8, 93; KGW VI 4, 70). Una anotación del invierno de 1882/83, que caracteriza el presente como una época sin metas, con valoraciones completamente arbitrarias y susceptibles de convertirse en sus contrarias, ofrece una buena ilustración de la idea de la «confusión de lenguas del bien y del mal»: «Todas las metas han sido destruidas: las valoraciones se vuelven unas contra otras, / se llama bueno al que sigue a su corazón, pero también al que solo escucha a su deber / se llama bueno al apacible, conciliador, pero también al valiente, inflexible, severo. / se llama bueno al que no ejerce coacción contra sí mismo, pero también al héroe de la autosuperación / se llama bueno al amigo incondicional de lo verdadero, pero también al hombre de la piedad, al transfigurador de las cosas / se llama bueno al que se obedece a sí mismo, pero también al piadoso / se llama bueno al distinguido, al noble, pero también al que no desprecia ni mira desde arriba / se llama bueno al bondadoso, al que rehúye la lucha, pero también al ávido de lucha y de victoria / se llama bueno al que quiere ser siempre el primero, pero también al que no quiere tener ventaja alguna sobre nadie» (NL 1882/83, KSA 10, 5[34], 228, 16-229, 5).

    62, 5-8 Demasiados nacen: ¡para los superfluos fue inventado el Estado! / ¡Miradme cómo atrae hacia sí a los demasiado-muchos! ¡Cómo los devora y mastica y rumia!] Siete veces emplea Nietzsche en Za (con y sin guion) la fórmula despectiva de los «demasiado-muchos» (cf. NK 55, 4-6). El hecho de que nada menos que tres de esas apariciones correspondan al discurso «Del nuevo ídolo» concuerda con la percepción crítica del Estado como una organización de masas igualadora, en la que el individuo singular no tiene cabida. Zaratustra caracteriza al Estado como un monstruo que devora y rumia a las masas, pero que al mismo tiempo depende de ellas y está fijado en ellas: «¡Con vosotros quiere cebar a los demasiado-muchos!» (62, 24). Una imagen igualmente drástica del Estado triturador, a la que remite →Sommer 2020, 411, ha sido transmitida por Leopold Graf zu Stolberg, quien a finales del siglo XVIII increpa con ella al Estado autoritario y a su trato con los soldados: «El Estado, el monstruo manchado de sangre, / que, como Saturno, devora a sus hijos, / y que, sin embargo, es venerado como una divinidad» (Stolberg 1841, 112). Una versión preliminar no revela solo para quién, sino también por quién fue «inventado» el Estado: «Por los superfluos fue inventado el Estado y para los superfluos: los mantiene, los devora, los rumia» (N V 8, 92; KGW VI 4, 70).

    62, 9 s. «En la tierra no hay nada más grande que yo: yo soy el dedo ordenador de Dios» — así ruge la bestia.] La pretensión del Estado de ser reconocido como instancia ejecutora divina se apoya en una formulación bíblica de Éxodo 8, 19: «Entonces dijeron los magos al faraón: ¡Este es el dedo de Dios!» (Die Bibel AT 1818, 66). Según MA I 472, la fe en el «dedo de Dios» permite pasar por alto las deficiencias del sistema político y contribuye así a preservar la paz social: «En todas partes donde las deficiencias necesarias o accidentales del gobierno del Estado o las peligrosas consecuencias de intereses dinásticos se hagan perceptibles al perspicaz y lo predispongan a la resistencia, los no perspicaces creerán ver el dedo de Dios y se someterán pacientemente a las disposiciones de arriba (concepto en el que suelen fundirse la forma divina y la humana de gobierno): así se conserva la paz civil interna y la continuidad del desarrollo» (KSA 2, 302, 18-26). Zaratustra critica también la megalomanía del Estado en Za II, «De los grandes acontecimientos», donde se dirige al perro de fuego con estas palabras: «Igual que tú, también el Estado es un perro hipócrita; igual que tú, gusta de hablar con humo y bramidos, — para hacer creer, igual que tú, que habla desde el vientre de las cosas. / Pues quiere a toda costa ser el animal más importante sobre la tierra, el Estado; y también se le cree. —» (170, 2-7).

    62, 12-17 ¡Ay, también a vosotros, grandes almas, os susurra sus sombrías mentiras! ¡Ay, adivina cuáles son los corazones ricos a los que les gusta derrocharse! / Sí, también a vosotros os adivina, ¡vencedores del viejo Dios! Os cansasteis en la lucha, ¡y ahora vuestro cansancio sirve todavía al nuevo ídolo!] El Estado no cautiva únicamente a los ávidos de creencia, sino también a quienes se han consumido en la lucha contra el «viejo ídolo»: «¡Ay, adivina incluso a los héroes del espíritu “a los vencedores de Dios”, pues se cansaron (1) cuando vencieron al viejo Dios: (2) os cansasteis cuando vencisteis al viejo Dios: el cansancio es su servicio ante el nuevo ídolo» (N V 8, 142; KGW VI 4, 70).

    62, 24-26 Sí, allí se inventó una obra de arte infernal, un caballo de la muerte, tintineante con el atavío de honores divinos.] Una versión preliminar lo formula de manera más concisa: «Una obra de arte infernal han inventado — la llaman Estado. Con ella sirven a los predicadores de la muerte». (P. 183) (N V 8, 89; KGW VI 4, 70). La metáfora «caballo de la muerte», añadida en la «copia en limpio», hace pensar en el caballo de Troya (así →Pieper 1990, 223) y proporcionaría, por tanto, una imagen de la infiltración de los pueblos por parte del Estado. Sin embargo, esta interpretación no resulta del todo coherente, pues el verdadero quid del caballo de Troya, los guerreros ocultos en su vientre, no encuentra aquí correspondencia. En efecto, al Estado metaforizado como caballo de la muerte no se le atribuye un vientre que albergue algo, sino un estómago devorador; en un borrador se lo designa también como «ratonera de los superfluos» (N V 8, 97; KGW VI 4, 71).

    62, 30-32 Estado llamo yo al lugar donde todos son bebedores de veneno, buenos y malos: Estado, donde todos se pierden a sí mismos, buenos y malos: Estado, donde el lento suicidio de todos — se llama «la vida».] Allí donde, según las teorías liberales del Estado, este sirve para la autoconservación del individuo, Zaratustra considera, a la inversa, que el hombre queda entregado a la aniquilación en y por el Estado. La metáfora del veneno domina también las variantes recogidas en KGW VI 4, 70 s.: «Llamar Estado, mira, eso es el lento suicidio de pueblos enteros muchos: lo que da veneno en vez de fuerza» (N V 8, 89); «el beber cotidiano de veneno de muchos, el perderse a sí mismos de muchos a cada hora» (N V 8, 88).

    62, 33-63, 2 ¡Miradme a esos superfluos! Se apropian de las obras de los inventores y de los tesoros de los sabios: cultura llaman a su robo.] La cultura aparece aquí bajo la luz de algo apropiado ilegítimamente. El carácter secundario e inauténtico de la cultura pasa a ocupar el centro en Za II, cuando Zaratustra visita el «país de la cultura» y registra los muchos tarros de pintura que han convertido el presente en un abigarrado popurrí: «Todos los tiempos y pueblos miran multicolores desde vuestros velos; todas las costumbres y creencias hablan multicolores desde vuestros gestos» (154, 1 s.). Mientras que allí registra con asombro la apropiacion fragmentaria del pasado, aquí constata con amargura lo ilegitimo de la cultura y la virtud apropiadas... También en versiones preliminares transmitidas: «“Frío”. Él extiende sus delgados brazos, “escribientes y servidores”, y echa mano de la cultura “virtud”: y todo lo que “también” agarra, “él” lo ensucia» (N V 8, 98; KGW VI 4, 69); «Escribientes y servidores del Estado. ¡Oh, esos pobres mancilladores! ¡Oh, mirad a esos pobres dignos! esos dignos mancillados, pintarrajeados, recubiertos de pasta» (N V 8, 99; KGW VI 4, 69).

    63, 3 s. Siempre están enfermos, vomitan su bilis y lo llaman periódico.] La bilis está vinculada, en la antigua teoría de los humores, con emociones negativas, con la ira y la agresividad, asociación que se ha conservado hasta hoy en la expresión «escupir veneno y bilis». Nietzsche se dirige a Ernst Schmeitzner el 25 de marzo de 1883, furioso por el retraso en la impresión de Za I, con estas palabras: «Estimado señor editor: / estoy lleno de veneno y bilis contra usted o contra Teubner o contra toda la maldita imprenta» (KSB 6/KGB III 1, n.º 395, p. 351, lín. 2-5). En Za III, «Del pasar de largo», Zaratustra se deja arrastrar, de un modo igualmente repentino que aquí, por su afecto de náusea contra los periódicos. Allí ve el «espíritu […] rebajado al juego de palabras» y a «bazofia de palabras»: «Y todavía hacen periódicos con esa bazofia de palabras» (222, 24-223, 5). También aquí pone a los periódicos en su punto de mira como objetos de náusea. Zaratustra los asocia con lo vomitado; una anotación póstuma, con el mal olor: «Un siglo más de periódicos — y todas las palabras apestarán» (NL 1882, KSA 10, 3[1]168, 73, 16).

    Aunque Nietzsche era un apasionado lector de periódicos, desde muy pronto recorren sus escritos manifestaciones de repugnancia contra el efecto, supuestamente hostil a la cultura, nivelador y corruptor del lenguaje, del medio periodístico (sobre la crítica de Nietzsche al poder de los periódicos para destruir los valores, cf. →Reschke 2015). En una carta a Malwida von Meysenbug de la primera semana de junio de 1884, Nietzsche declara que la lucha contra los periódicos constituye un punto importante de su programa: «Con los periódicos, incluso con los mejor intencionados, no puedo ni debo tener trato; — un atentado contra toda la prensa moderna entra dentro del ámbito de mis futuras tareas» (KSB 6/KGB III 1, n.º 516, p. 510, lín. 28-31). Una anotación redactada a comienzos del verano del año siguiente pretende hacer responsable a la lectura de periódicos no solo de una indolencia espiritual que se estaría extendiendo por Europa, sino también de que los lectores se hubieran vuelto insensibles a los recovecos de los propios escritos de Nietzsche: «El embrutecimiento general del espíritu “europeo”, / cierto ir torpemente de frente, que / gusta de gloriarse de franqueza, honradez “o cientificidad” / procede: efecto — “eso forma parte” de “lo dominante” — del “pensamiento” democrático, del “espíritu” de la época y de su aire húmedo: dicho con mayor precisión, es el efecto de la / prensa, “de la lectura de periódicos”. Comodidad / o embriaguez es lo que se quiere cuando se lee: con mucho, la mayor parte de lo que se lee “es” periódico o cosa de periódicos. — eso quiere / comodidad ante todo. Véanse nuestras / revistas, nuestras revistas eruditas: allí “cada uno” / “el que escribe” habla “como” ante “una sociedad no escogida”; / y se deja ir “o, más bien, se deja estar sentado en su sillón”. — Mal lo tiene aquel / que concede el mayor valor a los pensamientos de fondo / y, más que todo lo expresado, ama poner en sus libros / los guiones del pensamiento» (KGW IX 1, N VII 1, 156, 2-24; cf. NL 1885, KSA 11, 34[65], 439, 23-440, 13).

    63, 7 s. Poder quieren, y ante todo la palanca del poder, mucho dinero, — ¡esos impotentes!] Esta sentencia, que ocasionalmente se ha atribuido también a Helmuth Plessner (así, p. ej., →Brückner 2017, 91), suele reducirse en su recepción a la pegadiza fórmula «El dinero es la palanca del poder» y aparece de esta forma en numerosos manuales para directivos y para quienes quieren llegar a serlo. Completamente arrancada de su contexto e invirtiendo su sentido, Andreas Drosdek, por ejemplo, convierte la sentencia, en Nietzsche für Manager. Mit Mut zum Erfolg (2008, 22), en lema para dirigentes que avanzan impetuosamente y con audacia. En el mundo de Za, en el que lo material es en gran medida evitado o fustigado, como ocurre en el discurso del mendigo voluntario en Za IV, «El mendigo voluntario»… (P. 184) …en Za IV, «El mendigo voluntario», del «dinero» solo se habla, en general, en tres pasajes del discurso. Una anotación póstuma surgida en la época de composición de Za IV formula, ya lista para entrar en una colección de citas: «Nada hace más feo que no tener dinero» (NL 1884/85, KSA 11, 29[58], 350, 1 s.). Inmediatamente antes aparece la exclamación: «¡También sin dinero, oh Zaratustra, también sin dinero!» (ibid., 350, 1).

    63, 9-13 ¡Mirad cómo trepan, esos ágiles monos! Trepan unos por encima de otros y así se arrastran mutuamente al fango y al abismo. / Todos quieren llegar al trono: esa es su locura, — ¡como si la dicha estuviese sentada en el trono!] En contraste con su visión de los últimos hombres, a quienes Zaratustra reprocha autosatisfacción y comodidad, pinta aquí una lucha desenfrenada por la existencia y por la competencia que rebaja a los hombres al nivel de animales. Niega con ello la función de refreno de los impulsos que, por ejemplo, Hobbes atribuye al Estado. En vez de garantizar un orden (asegurado por la ley), la cultura y la moralidad, el Estado, según sus palabras, hace aflorar, precisamente a la inversa, lo animal en el hombre y lo deja mutar en un mono sin escrúpulos que, como señala →Braun 2009, 112, «quiere ascender por la escalera de la jerarquía del aparato estatal». Una anotación póstuma combina el trepar de los monos con el gruñir de los cerdos: «Trepan unos por encima de otros y se arrojan al abismo — pero otro ya vuelve a gruñirles desde arriba y ha subido todavía más» (N V 8, 91; KGW VI 4, 71).

    63, 13 s. A menudo está sentado el fango en el trono — y a menudo también el trono sobre el fango.] Una variante de la sentencia, referida a la relación entre gobernante y pueblo, dice: «Pongan el fango sobre el trono o el trono sobre el fango — si tienen el poder, mienten con buena conciencia; si les falta el poder, entonces con mala conciencia y todavía mejor» (N V 8, 90; KGW VI 4, 71).

    63, 16 s. Mal me huele su ídolo, el frío monstruo: mal me huelen todos juntos, esos servidores del ídolo.] A este respecto se encuentra una variante divergente, que subraya el contraste entre las virtudes que se atribuyen a sí mismos los partidarios del Estado y el mal olor que desprenden: «Se llaman los legales o los amantes del pueblo o los buenos y los justos o los independientes — pero todos juntos apestan» (N V 8, 88; KGW VI 4, 71).

    63, 18-20 Hermanos míos, ¿queréis asfixiaros en el vaho de sus bocas y apetitos? ¡Mejor romped las ventanas y saltad al aire libre!] La extraña solución de salvarse del Estado y de sus funcionarios saltando por una ventana podría remontarse a la lectura por Nietzsche de la novela de Astolphe de Custine Le monde comme il est (1835), en la que se habla de unas mujeres que viven en el Estado como los gatos: siempre dispuestas a salvarse saltando por la ventana al aire libre (otra referencia a este pasaje se encuentra en Za IV, «La canción de la gravedad», véase NK 4/2, 372, 21 s., allí con indicación precisa de la fuente).

    63, 21-24 ¡Apartaos del mal olor! ¡Alejaos de la idolatría de los superfluos! / ¡Apartaos del mal olor! ¡Alejaos del vapor de estos sacrificios humanos!] El Estado es denunciado aquí no como una conquista progresista, sino como una recaída en oscuras prácticas arcaicas de idolatría y sacrificios humanos. En los escritos póstumos se encuentran exhortaciones alternativas: «Apártate del mal olor, aléjate del criadero de los superfluos. / ¡Apartaos del mal olor! Alejaos de la ratonera de los superfluos» (N V 8, 97; KGW VI 4, 71).

    63, 25-28 Libre permanece todavía ahora la tierra para las grandes almas. Vacíos están aún muchos lugares para solitarios y para los que viven a pares, en torno a los cuales sopla el aroma de mares silenciosos. / Libre permanece aún para las grandes almas una vida libre.] Este es uno de los pasajes de la obra Za que han alimentado el culto al gran individuo: Zaratustra anuncia la posibilidad de una vida autónoma más allá de las coacciones sociales y políticas. Pero ¿dónde habría que situar ese más allá, si al comienzo del capítulo Zaratustra no deja ninguna duda de que, aunque en un «algún lugar» indeterminado existirían formas alternativas o primitivas de convivencia social y política, a saber, «pueblos y rebaños», en el aquí y ahora la forma estatal de convivencia es inevitable: «entre nosotros, hermanos míos: aquí hay Estados» (61, 2 s.)? A lo que inicialmente parece no tener alternativa le abre aquí una puerta trasera, cuyo carácter utópico, sin embargo, resulta demasiado evidente. KGW VI 4, 71 registra: «Apártate del mal olor; grande es todavía la tierra, / y muchos lugares están vacíos para solitarios, para los que viven de tres en tres» (N V 8, 96). Además, en N V 8, 97 se encuentra el comienzo, inmediatamente tachado de nuevo: «Grande para la grandeza es».

    63, 28-30 En verdad, quien poco posee, tanto menos es poseído: ¡alabada sea la pequeña pobreza!] Variación del lema de las órdenes mendicantes «la pobreza hace libre». Cf.: «Hermanos míos, es un secreto: cuanto menos se posee, tanto menos se es poseído» (N V 8, 90; KGW VI 4, 71).

    63, 31-64, 3 Allí donde el Estado acaba, allí comienza por fin el hombre que no es superfluo: allí comienza la canción de lo necesario, la melodía única e insustituible. / Allí donde el Estado acaba — ¡mirad, pues, hermanos míos! ¿No lo veis, el arco iris y los puentes del superhombre?] La demonización del Estado alcanza su culminación final al subrayarse la liminalidad, que presenta la frontera del Estado como frontera entre el hombre superfluo y el hombre necesario. Una versión preliminar hace comenzar de manera todavía más decidida al hombre como individuo único y creador allí donde termina el Estado: «Donde el Estado acaba, allí comienza por fin el h[ombre], el único, el que se crea a sí mismo, el arco iris y el puente del superhombre» (N V 8, 92; KGW VI 4, 72). KGW VI 4, 874 remite a un lema estructuralmente semejante en El arte y la…, de Richard Wagner… (P. 185) …Revolución (1850), que dice: «donde ahora terminan el sabio de Estado y el filósofo, allí comienza de nuevo el artista» (Wagner 1850, portada). Desde la dirección opuesta, es decir, desde la perspectiva del individuo aislado, el capítulo siguiente, «De las moscas del mercado», contempla, con la correspondiente actitud defensiva, la frontera con una existencia integrada en la sociedad: «Donde termina la soledad, allí comienza el mercado; y donde comienza el mercado, allí comienza también el ruido de los grandes actores y el zumbido de las moscas venenosas» (65, 8-10).

    64, 2 s. ¿No lo veis, el arco iris y los puentes del superhombre?] Sobre las metáforas transitorias del puente y del arco iris, cf. NK 16, 30-17, 1.

  • 1.10. De la guerra y el pueblo guerrero

    Este discurso, que Zaratustra dirige a sus «hermanos en la guerra» (58, 5) y que propugna el ideal masculino del guerrero valiente, tuvo una intensa recepción en el contexto de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, con lo que sus afirmaciones militaristas y belicistas adquirieron un marco histórico concreto de referencia. El discurso fue objeto de una doble apropiación ideológica: mientras que en el nacionalsocialismo fue explotado con fines de propaganda bélica, los Aliados lo utilizaron como prueba de las raíces filosóficas del militarismo alemán. Hasta hoy, algunas formulaciones concretas han hecho recaer sobre la obra Za la acusación de glorificación de la guerra y de incitación a la guerra. No puede negarse que el discurso contiene una serie de afirmaciones y sentencias que exhortan a la disposición para el combate y a la obediencia militar. Particularmente escandaloso parece que la guerra sea declarada valor supremo, contenido de la vida y fuerza productiva: «Debéis amar la paz como medio para nuevas guerras. Y la paz corta más que la larga» (58, 23 s.); «la buena guerra es la que santifica toda causa» (59, 8); «¡Vivid así vuestra vida de obediencia y de guerra! ¡Qué importa vivir largo tiempo! ¡Qué guerrero quiere ser tratado con miramientos!» (60, 4 s.). → Körber 2006, 87 establece una conexión con In Stahlgewittern [Tempestades de acero] (1920), de Ernst Jünger, quien habría trasladado la insistencia de Nietzsche en la necesidad cultural de la guerra, «sin recortes ni diferenciaciones, a las batallas de material de la guerra moderna». (P. 436) Pero ¿de qué clase de enfrentamientos bélicos se habla propiamente, y por qué se combate aquí? Evidentemente, no se trata de una guerra entre pueblos y naciones, sino que Zaratustra exhorta a una guerra individual, que cada uno libra por sí mismo: «¡Debéis buscar a vuestro enemigo, debéis librar vuestra guerra, y por vuestros pensamientos!» (58, 20 s.). Por consiguiente, el discurso sobre la guerra no guarda una relación directa con guerras históricas concretas, sino que debe entenderse metafóricamente como descripción de una forma de existencia que se sitúa en una relación de oposición y combate con su entorno. Rolf → Zimmermann 2014, 592 habla de una «retórica de guerra» al servicio de la propagación del superhombre. Conviene recordar que Zaratustra subraya también en otros lugares la significación positiva de las energías agresivas para el desarrollo humano. Habla, por ejemplo, de la guerra de las virtudes, transforma el amor al prójimo en el ideal del amor al enemigo y, en general, atribuye un efecto positivo a cualidades que convencionalmente gozan de mala reputación. Ya William Archer señaló el carácter metafórico-retórico del discurso bélico de Zaratustra cuando, en su artículo de 1915 Fighting a Philosophy, habló de una «war of ideas» [«guerra de ideas»] (→ Archer 1915, 39). En cambio, → Pangle 1986, 141 insiste en «the plainly militaristic cast» [«el carácter manifiestamente militarista»] del discurso de Zaratustra. Véase además: → Pieper 1990, 209-218; → Rosen 1995, 102-108. (P. 437) → Burnham/Jesinghausen 2010, 48-50; sobre la guerra como idea central de Nietzsche, véase → Peery 2009.

    El trasfondo filosófico antiguo lo proporciona Heráclito, quien remitía todo devenir y perecer en el mundo a la lucha perpetua de fuerzas opuestas y quien, como constata Nietzsche en PHG 5, percibía el mundo bajo el aspecto de la polaridad, «como la separación de una fuerza en dos actividades cualitativamente diferentes, opuestas y que tienden a reunirse de nuevo» (KSA 1, 825, 5-7). Acerca de la fuerza motriz de «lo opuesto» según Heráclito, Nietzsche prosigue en PHG 5: «La miel es, según Heráclito, a la vez amarga y dulce, y el mundo mismo es una crátera de mezcla que debe ser removida constantemente. De la guerra de los opuestos surge todo devenir: las cualidades determinadas, que se nos aparecen como duraderas, expresan únicamente la momentánea preponderancia de uno de los combatientes, pero con ello la guerra no ha terminado, la lucha continúa por toda la eternidad» (ibid., 825, 14-20).

    La sentencia de Heráclito «La guerra es padre de todas las cosas, rey de todas las cosas» (Diels/Kranz 1956, 22 B 53) fue malinterpretada de manera semejante al discurso de Zaratustra «De la guerra y el pueblo guerrero». Ambos fueron valorados como expresión de la convicción de que los enfrentamientos militares habrían contribuido de manera decisiva al progreso político-social y cultural de la humanidad. Sin embargo, tanto en Heráclito como en Nietzsche, la disputa, la lucha y la guerra sirven como metáforas de una dinámica de desarrollo impulsada por oposiciones polares. Zaratustra, que ya en Za I, Prólogo 3, había puesto en el punto de mira el efecto perjudicial de la «autosatisfecha conformidad» [Genügsamkeit] (16, 11), entiende el «odio y la envidia» (58, 9) como fuerzas impulsoras. En principio, los antagonismos y las disonancias son para él motores del avance en el camino hacia el superhombre. Un apunte póstumo vincula explícitamente la guerra con la autosuperación del hombre: «Dos cosas os enseño: debéis superar al hombre, y debéis saber cuándo lo habéis superado: os enseño la guerra y la victoria» (NL 1882/83, KSA 10, 5[2], 220, 3-5). Análogamente, también aquí el foco está dirigido a la idea del superhombre, que aparece como una meta lejana en el horizonte. Sin embargo —y en ello se muestra una valoración de los oyentes diferente de la que encontramos en Za I, Prólogo—, Zaratustra considera ahora que, para los «hermanos» a quienes aquí se dirige, esa meta se ha alejado hasta una distancia inalcanzable. Para ellos solo sería comprensible la idea de que el hombre… (P. 438) …debe ser superado, y ni siquiera serían todavía capaces de llegar a ello por sus propias fuerzas. Pues estarían aferrados al estadio del «tú debes»; el actuar y pensar autónomos no estarían a su alcance. En consecuencia, Zaratustra no se presenta ante ellos en el papel de maestro, sino en el de guía y jefe. Aunque al comienzo declara «yo soy y fui uno de vosotros» (58, 5 s.), reclama de manera inequívoca para sí un papel especial y exige de sus oyentes obediencia incondicional: «Pero vuestro pensamiento más alto debéis dejar que yo os lo ordene» (60, 1 s.). — El capítulo apareció publicado e ilustrado por separado en 1915 en la revista Kunst und Künstler: illustrierte Monatsschrift für bildende Kunst und Kunstgewerbe 13 (1915), 121.

    58, 2–4 «De nuestros mejores enemigos no queremos ser tratados con miramientos, ni tampoco por aquellos a quienes amamos desde el fondo. ¡Dejadme, pues, deciros la verdad!» El deseo de ser tratado con miramientos constituye para Zaratustra el rasgo de una humanidad reblandecida, de la que más tarde dirá: «ante todo quieren ser tratados con miramientos» (231, 15 s.). Frente a ello, exhorta enfáticamente a los «hermanos en la guerra» a adoptar una actitud de dureza militar. Abre y cierra el discurso dirigido a ellos con la sugestiva presuposición de que el miramiento es algo que ninguno de los interpelados mediante el «nosotros» querría que se tuviera con él, y de ahí deriva el propósito de una franqueza incondicional y sin miramientos. Es significativa una reasignación semántica de Schonung [«miramiento»]. Al comienzo, el rechazo del miramiento significa la confrontación sin miramientos con la verdad; al final, en cambio, Zaratustra exige la entrega sin miramientos de la propia vida: «¡Qué importa vivir largo tiempo! ¡Qué guerrero quiere ser tratado con miramientos! / Yo no os trato con miramientos, os amo desde el fondo, ¡hermanos míos en la guerra!» (60, 4–7). — El tema del miramiento vuelve a adquirir importancia en Za III, «El regreso a casa» (sobre ello, NK 4/2, 233, 26), y reaparece en Za IV, «El saludo», donde Zaratustra convierte la aptitud guerrera en piedra de toque de los hombres superiores: «yo no trato con miramientos a mis guerreros: ¿cómo podríais ser aptos para mi guerra?» (350, 21–23).

    58, 6 «Y yo soy también vuestro mejor enemigo» El concepto agonal de la amistad se desarrolla en Za I… (P. 439) El concepto agonal de la amistad se retoma en Za I, «Del amigo», donde se dice programáticamente: «En el amigo se debe tener al mejor enemigo» (71, 25).

    58, 8–10 «No sois lo bastante grandes para no conocer odio y envidia. Sed, pues, lo bastante grandes para no avergonzaros de ellos.» Cf.: «No soy lo bastante grande para no tener estos sentimientos; pero soy lo bastante grande para no avergonzarme de ellos» (NL 1882/83, KSA 10, 4[14], 112, 18 s.).

    58, 11 s. «Y si no podéis ser santos del conocimiento, sed al menos sus guerreros. Esos son los compañeros y precursores de tal santidad.» El «guerrero del conocimiento» aparece dos veces en los escritos póstumos posteriores y allícomo la figura del sublime en Za II, «De los sublimes» (cf. 150, 10–14)se encuentra enredado en la lucha con «verdades feas»: «La creencia de que no hay verdad alguna, “la creencia de los nihilistas”, es un gran desperezamiento para un guerrero del conocimiento que se encuentra incesantemente en lucha con puras verdades feas. Pues la verdad es fea» (KGW IX 7, W II 3, 150, 6–10; cf. NL 1887/88, KSA 13, 11[108], 16–21). «Para un guerrero del conocimiento que está siempre en lucha con verdades feas, la creencia de que no hay verdad alguna es un gran “baño y” desperezamiento» (KGW IX 9, W II 7, 146, 2–6; cf. NL 1888, KSA 13, 16[30], 16–19). Sobre la afinidad entre el guerrero y el sabio, cf. NK 49, 8–10.

    58, 14–16 «Veo muchos soldados: ¡ojalá viera muchos guerreros! “Uni-forme” llaman a lo que llevan: ¡ojalá no sea uni-formidad lo que esconden con él!» Con la distinción entre «soldados» y «guerreros», Zaratustra da a entender que no desea hombres de rebaño metidos en uniformes, sino individuos guerreros. Ofrece así un contramodelo del soldado, precisamente de quien se exige la anulación de la voluntad propia (cf., sin embargo, la exhortación a la «obediencia» en 59, 27–32). El uniforme adquiere también en anotaciones póstumas un significado simbólico como signo de una mentalidad uniforme: «¡Muchos soldados y, sin embargo, pocos hombres! Mucho uniforme y mucha más uniformidad» (NL 1882, KSA 10, 3[1]438, 106, 8 s.). «“Uni-forme” llaman a lo que llevan: uniformidad es lo que cubren con él» (NL 1882, KSA 10, 4[4], 110, 2 s.). Ya en UB II, HL, lo uniforme aparece como distintivo de la detestada mentalidad de rebaño,… (P. 440) …cuando se dice de los hombres inclinados hacia lo histórico que son «formaciones históricas de cultura, enteramente cultura, imagen, forma sin contenido demostrable, por desgracia solo mala forma y, además, uniforme» (KSA 1, 283, 10–12), o cuando se constata «cuán vulgar y repugnantemente uniforme es la masa» (KSA 1, 320, 10 s.).

    58, 17–19 «Debéis ser para mí tales que vuestro ojo busque siempre un enemigo — vuestro enemigo. Y en algunos de vosotros hay un odio a primera vista.» Véase al respecto la siguiente versión preliminar: «En algunos hombres hay una profunda necesidad de su enemigo: solo ante él hay también un odio a primera vista» (NL 1882, KSA 10, 3[1]424, 104, 20–22). Que la relación con el enemigo está concebida de manera análoga a una relación amorosa lo indica el proverbio «amor a primera vista», que aquí sirve de trasfondo.

    58, 23 s. «Debéis amar la paz como medio para nuevas guerras.» Una anotación lo formula en singular: «¡Debéis amar la paz como el medio para la nueva guerra!» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]80, 196, 12 s.; de modo semejante también NL 1882/83, KSA 10, 4[40], 120, 7 s.).

    59, 4 s. «Solo se puede callar y permanecer quieto cuando se tiene arco y flecha: de lo contrario se parlotea y se riñe.» Véase al respecto la versión preliminar: «Solo se puede callar cuando se tiene arco y flecha: de lo contrario se parlotea y — se riñe» (NL 1882, KSA 10, 4[34], 117, 11 s.; cf. de modo semejante NL 1882, KSA 10, 5[1]89, 10 s.).

    59, 7 s. «¿Decís que es la buena causa la que santifica incluso la guerra? Yo os digo: la buena guerra es la que santifica toda causa.» Modificación del proverbio «El fin justifica los medios» (que Wander 1867–1880, 5, 664 pone en boca de un jesuita). Con referencia a la guerra vuelve a resonar en Za IV, «Conversación con los reyes»: «La buena guerra es la que santifica toda causa» (307, 21). Casi idéntico aparece en una colección de sentencias del invierno de 1882/83, solo que allí figura «la guerra» en lugar del provocador «la buena guerra» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]96, 198, 6 s.). Según Hays Alan Steilberg, esta sentencia proporcionó a los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial munición para una campaña anti-Nietzsche, pues en el ámbito anglosajón fue entendida «como la más concisa síntesis de la nueva moral imperial alemana del “might makes right” [“la fuerza hace el derecho”]» (→ Steilberg 1996, 117). Thomas Mann señala, en el ensayo Nietzsches…, la ostentosa amoralidad de la glorificación nietzscheana de la guerra, que se niega de manera deliberada a remitirse a fines superiores… (P 441) Thomas Mann señala en el ensayo Nietzsches Philosophie im Lichte unserer Erfahrung la ostentosa amoralidad de la glorificación nietzscheana de la guerra, que se niega deliberadamente a remitirse a fines superiores: «Que la buena causa santifique la guerra le resulta demasiado moral; es la buena guerra la que santifica toda causa» (→ Mann 1948, 34). Mann no solo reprocha a Nietzsche su fijación en la idea de la guerra, sino que además le achaca alejamiento de la realidad: glorificación de la guerra por falta de experiencia. «Él no la vivió. Tampoco volvió a vivir ninguna guerra desde la guerra de 1870, la anticuada guerra del Chassepot y el fusil de aguja, y por eso puede, llevado por su puro odio a la filantropía cristiano-democrática de la felicidad, entregarse a glorificaciones de la guerra que hoy nos suenan como la cháchara de un muchacho acalorado» (ibid., 34). Rolf Zimmermann, en cambio, explica la formulación como una provocación retórica: «Esta frase lleva la lucha existencial de las ideas por la superación del hombre hasta un extremo provocador, que resulta tanto más agudo cuanto más se lo aísla, junto con otras frases (“¡Qué importa vivir largo tiempo! ¡Qué guerrero quiere ser tratado con miramientos!”), de su contexto filosófico y se lo convierte en consigna de una política de poder belicista» (→ Zimmermann 2014, 592).

    59, 9 s. «La guerra y el valor han hecho más cosas grandes que el amor al prójimo.» Esta es la variación de Zaratustra, dirigida contra el amor cristiano al prójimo, del célebre fragmento de Heráclito: «Πόλεμος πάντων μὲν πατήρ ἐστι, πάντων δὲ βασιλεύς» — «La guerra es padre de todas las cosas, rey de todas las cosas» (Diels/Kranz 1956, 22 B 53). Que el amor (cristiano) al prójimo no solo no hace avanzar a la humanidad, sino que es perjudicial para su desarrollo, es el tema de Za I, «Del amor al prójimo» (cf. ÜK y NK 77, 10 s.).

    59, 10 s. «No vuestra compasión, sino vuestro valor ha salvado hasta ahora a los accidentados.» Véase al respecto la sentencia generalizadora de los escritos póstumos: «A la mayoría de quienes rescatan del peligro a un accidentado no los impulsó la compasión, sino el valor y el peligro. / La temeridad ha realizado más grandes acciones que el amor al prójimo» (NL 1882/83, KSA 10, 4[67], 130, 17–19).

    59, 12–14 «¿Qué es bueno?, preguntáis. Ser valiente es bueno. Dejad que las muchachitas digan: “bueno es lo que es a la vez bonito y conmovedor”.» La opinión de la muchachita constituye la réplica polémica al guerrero; con ella se difaman como ingenuas las posiciones contrarias a la «filosofía de la lucha» de Zaratustra. Hay al respecto la siguiente versión preliminar: «¿Qué es bueno? — Lo que es a la vez bonito y conmovedor — respondió una…» (P. 442)…«una muchachita» (NL 1882, KSA 10, 3[1]436, 106, 1 s.).

    59, 15–17 «Os llaman sin corazón: pero vuestro corazón es auténtico, y yo amo la vergüenza de vuestra cordialidad. Vosotros os avergonzáis de vuestra pleamar, y otros se avergüenzan de su bajamar.» Una anotación póstuma del verano/otoño de 1882 distingue fundamentalmente dos tipos de hombres: unos se avergüenzan del desfallecimiento de su sentimiento, los otros de su exceso: «Son hombres radicalmente diferentes: estos, que sienten vergüenza ante la bajamar de su sentimiento (en la amistad o en el amor), y aquellos que se avergüenzan de la pleamar. // Precisamente porque la pasión de uno de dos amantes sobrepasa su punto culminante y desciende, la del otro asciende durante algo más de tiempo de lo que de otro modo habría ascendido: la curva del que ama durante más tiempo» (NL 1882, KSA 10, 3[1]259, 84, 7–13).

    59, 18 s. «¿Sois feos? ¡Pues bien, hermanos míos! Tomad entonces a vuestro alrededor lo sublime, el manto de lo feo.» Una anotación dice: «También lo feo tiene su feo mantito de gala: se llama lo sublime» (NL 1882, KSA 10, 3[1]435, 105, 22 s.). Esto se retoma en Za IV, «La fiesta del asno», donde Zaratustra se dirige al hombre más feo con estas palabras: «Me pareces transformado, tu ojo resplandece, el manto de lo sublime envuelve tu fealdad» (392, 14 s.). Allí, sin embargo, el sentido se invierte: el manto de la sublimidad no es algo que encubra, sino que expresa una elevación y un perfeccionamiento reales. La referencia a lo feo que aparece revestido con el ropaje de lo sublime remite a un debate estético contemporáneo, mediante el cual «bajo el manto de lo sublime […] lo que ya no es bello: lo espantoso, lo terrible y lo feo, encontró entrada en la estética» (→ Zelle 1995, 124).

    Un testimonio importante de la revalorización estética de lo feo fue la Ästhetik des Häßlichen [Estética de lo feo] (1853), de Karl Rosenkranz, que, al determinar lo feo como «lo bello negativo» (Negativschöne[m]) (Rosenkranz 1853, 11), contribuyó a que volviera a ponerse en primer plano la idea de una transición de lo bello a lo feo y, como consecuencia de ello, también a que lo sublime dejara de concebirse en una oposición rígida a lo bello. Mientras que, por ejemplo, Moritz Carriere, en su Aesthetik, se pronunció decididamente contra una «falsa dialéctica» (cf. Carriere 1873, 147) que convertía lo feo en puente entre lo sublime… (P. 443) …y lo bello, Christian Hermann Weiße ya había declarado en 1830, en su System der Ästhetik als Wissenschaft von der Idee der Schönheit [Sistema de la estética como ciencia de la idea de la belleza], en una afirmación muy citada y controvertida: «La existencia inmediata de la belleza, como totalidad de sus momentos y negación de la negación que, en el concepto de lo sublime, suprime la realidad inmediata de lo bello […], es la fealdad» (Weiße 1830, 1, 173).

    Nietzsche, a quien Heinrich Romundt había llamado la atención en su juventud sobre la estética de Weiße (véase KGB 7/1, n.º 11, p. 26, lín. 33), declara en una anotación póstuma de 1876 que «lo sublime, cuando se lo separa de lo bello», es directamente «idéntico a lo feo (es decir, a todo lo no bello)» (NL 1876/77, KSA 8, 23[112], 443, 5 s.). También resulta esclarecedora, para la significación que Nietzsche atribuye a lo feo(-sublime), otra anotación de esa época, que reconoce en lo «no bello» un potencial de elevación hacia una «belleza superior», tanto en el arte como en la vida: «Así como en las artes, mediante la espiritualización, hemos trasladado gran cantidad de lo feo al reino del arte, también ocurre así en la vida; hay que sentir qué pulsa en esas formas de vida feas a primera vista, qué fuerzas nuevas y superiores hay en ellas: entonces se abre a la mirada una belleza superior» (NL 1876/77, KSA 8, 23[129], 449, 15–20). Zaratustra recoge esta idea cuando presenta aquí ante los hermanos a quienes se dirige su fealdad sublimada en lo sublime como una cualidad. Sobre la categoría estética y la figura de lo sublime, cf. también ÜK Za II, «De los sublimes», y NK 150, 1.

    59, 22 s. «En la maldad se encuentran el arrogante y el débil. Pero se malentienden el uno al otro.» Cf.: «En la maldad se encuentran el arrogante y el débil: pero se malentienden» (NL 1882, KSA 10, 3[1]235, 81, 9 s.).

    59, 24–26 «Solo debéis tener enemigos que sean dignos de odio, pero no enemigos dignos de desprecio. Debéis estar orgullosos de vuestro enemigo: entonces los éxitos de vuestro enemigo serán también vuestros éxitos.» A esta exhortación recuerda Za III, «De tablas viejas y nuevas» (cf. 262, 16–18).

    59, 27 «Rebelión — esa es la nobleza en el esclavo.» Cf.: «La rebelión es la actitud más noble del esclavo» (NL 1882, KSA 10, 3[1]364, 97, 17). (P. 444) 59, 30 s. «A un buen guerrero le suena más agradable “tú debes” que “yo quiero”.» La adscripción del «guerrero» a la obediencia militar está en contradicción con el anterior reparto de papeles atribuido en Za I, «Del leer y escribir», a la sabiduría femenina, que exige al hombre guerrero como configurador activo de la vida: «Valerosa, despreocupada, burlona, violenta — así nos quiere la sabiduría: es una mujer y ama siempre únicamente a un guerrero» (49, 8–10). También inmediatamente antes Zaratustra aborda la oposición entre lo militar y lo guerrero: «Veo muchos soldados: ¡ojalá viera muchos guerreros!» (58, 14). De manera correspondiente, una anotación deduce de la preferencia por el «tú debes» el estar prendido en el «instinto de rebaño»: «“Tú debes” les suena a la mayoría más agradable que “yo quiero”: en sus oídos sigue asentado todavía el instinto de rebaño» (NL 1882, KSA 10, 3[1]398, 101, 22 s.). Sobre la oposición entre «tú debes» y «yo quiero», cf. NK 30, 13 s.

    60, 1–3 «Pero vuestro pensamiento más alto debéis dejar que yo os lo ordene — y dice así: el hombre es algo que debe ser superado.» Cf. al respecto la siguiente anotación, que sugiere el carácter metafórico del discurso sobre la guerra: «Dos cosas os enseño: debéis superar al hombre, y debéis saber cuándo lo habéis superado: os enseño la guerra y la victoria. (Cap[ítulo])» (NL 1882/83, KSA 10, 5[2], 220, 3–5). Sobre la exigencia programática de la superación del hombre, cf. NK 14, 13 s.

    60, 4–7 «¡Qué importa vivir largo tiempo! ¡Qué guerrero quiere ser tratado con miramientos! / Yo no os trato con miramientos, os amo desde el fondo, ¡hermanos míos en la guerra!» En Za IV, «Del hombre superior», declara Zaratustra: «Todo gran amor no quiere amor: quiere más» (365, 14 s.). Sobre el exigente «gran amor» de Zaratustra, cf. NK 115, 20 s. y Piazzesi 2012a. Sobre el motivo del miramiento, cf. NK 58, 2–4.

    Con esto termina el comentario a «De la guerra y el pueblo guerrero»; a continuación comienza «Del nuevo ídolo».

  • 1.9. De los predicadores de la muerte

    De los predicadores de la muerte

    Los «transmundanos», los «despreciadores del cuerpo» y ahora los «predicadores de la muerte»: aquellos a quienes Zaratustra, mediante tales etiquetamientos, proclama como sus adversarios y convierte en blanco de sus ataques y de su desprecio no constituyen grupos de personas claramente delimitables entre sí mediante rasgos distintivos inequívocos. Antes bien, el empleo de estas denominaciones colectivas pone a Zaratustra en condiciones de dirigir, variándola, una acusación que en el fondo es siempre la misma a destinatarios aparentemente cambiantes, a quienes imputa hostilidad a la vida y, sobre todo, la seducción hacia una actitud hostil a la vida. Puesto que se trata más de una estrategia retórica destinada a hacer más incisiva la acusación que de sentar en el banquillo a determinados grupos de personas… (P. 326) Puesto que se trata más de una estrategia retórica de intensificación y menos de sentar en el banquillo a determinados grupos de personas, la pregunta, planteada una y otra vez en la investigación, acerca de a quién se dirigen concretamente las invectivas de Zaratustra, queda sin objeto. Zaratustra se configura él mismo a sus adversarios al enfocar la destructividad y la hostilidad a la vida bajo diferentes «etiquetas». Pero sus discursos no tienen en común únicamente la continua elaboración de una imagen del enemigo, sino también la ambigüedad de sus destinatarios: aquellos a quienes se dirige o ataca no son al mismo tiempo aquellos a quienes propiamente se refiere; antes bien, el mensaje de Zaratustra está concebido para polarizar. Incita a tomar partido por él y a distanciarse vehementemente de todos los transmundanos, los despreciadores del cuerpo y los predicadores de la muerte.

    En este discurso utiliza ahora la expresión «predicadores de la muerte» como concepto englobante para designar a personas a quienes reprocha que les falte el vínculo con la vida y que, partiendo de su propia carencia, propugnen un apartamiento de la vida. Distingue para ello entre diferentes motivos y actitudes: así, cuenta entre los «predicadores de la muerte» tanto a aquellos que sucumben por la imposibilidad de controlar sus instintos como a los decadentes débiles para la vida y a los melancólicos, así como también a los partidarios de un pesimismo filosófico y de la creencia cristiana en el más allá. Zaratustra ve el elemento común que une a estos diferentes grupos en que no solo desprecian la vida, sino que tratarían además de contagiar a otros su hostilidad hacia ella. En consecuencia, pinta un mundo lleno únicamente de existencias cansadas de la muerte, que aspiran a la muerte y la propagan: «Por todas partes resuena la voz de quienes predican la muerte: y la tierra está llena de aquellos a quienes hay que predicar la muerte» (57, 3-5). Los predicadores de la muerte no han recibido gran atención en la investigación; véanse especialmente Naumann 1899-1901, 1, 155-158; → Pieper 1990, 204-208.

    Zaratustra, que comienza con la afirmación general «hay predicadores de la muerte», parece proponerse esbozar una especie de tipología de esos anunciadores de la muerte. En primer lugar explica que comúnmente se los denominaría «amarillos» o «negros» (cf. al respecto NK 55, 7 s.), para prometer después: «quiero mostrarlos todavía con otros colores» (55, 8). Sin embargo, cuando a continuación esboza una tipología de los predicadores de la muerte, su carácter sistemático resulta dudoso, y su estructura parece determinada en mayor medida por la disposición formal-retórica que por principios clasificatorios. Introduciéndolos mediante el anafórico «Ahí están», presenta en primer lugar dos tipos de predicadores de la muerte: «Ahí están los terribles, que llevan dentro de sí la fiera y no tienen otra elección que los placeres o desgarrarse a sí mismos» (55, 9-11). Hay que pensar aquí en personas incapaces de mantener bajo control sus instintos y que por ello caen víctimas de su propia naturaleza animal desenfrenada. Como segundo tipo menciona a los «tísicos del alma: apenas han nacido, comienzan ya a morir y anhelan doctrinas de cansancio y renuncia» (55, 15-17). Enfermos también en el alma, estos decadentes encontrarían en la existencia únicamente… (P. 327) Enfermos también en el alma, estos decadentes verían en la existencia únicamente lo enfermo, concebirían la vida como tormento y, desde muy pronto, anhelarían la muerte. A continuación, Zaratustra presenta otras cuatro actitudes como características de los «predicadores de la muerte». Introduce cada una de ellas mediante máximas vitales citadas que provocan la contradicción, pues niegan la vida de manera radical. La primera máxima dice: «La vida no es más que sufrimiento» (56, 9). Recuerda al pesimismo de Schopenhauer y exige como consecuencia el suicidio. La segunda máxima —«La voluptuosidad es pecado» (56, 14)— cita la hostilidad cristiana hacia el placer y la sexualidad. Según Zaratustra, al igual que la tercera («Dar a luz es penoso», 56, 16), debe conducir a la negativa a procrear. Por último, invoca la máxima cristiana de la compasión («Es necesaria la compasión», 56, 19), para desenmascararla también como síntoma de un apartamiento de la vida.

    Zaratustra habla aquí como un cínico. Del mismo modo que a los despreciadores del cuerpo, a quienes exhorta a decir «¡adiós al cuerpo!» (39, 3 s.), también confirma a los predicadores de la muerte en su proceder, pues se trata de dejar sitio a los creadores: «Llena está la tierra de superfluos, corrompida está la vida por los demasiado-muchos. ¡Ojalá se los pudiera atraer fuera de esta vida mediante la “vida eterna”! » (55, 4 s.). De este modo, no solo distingue entre vida valiosa y vida carente de valor, sino que se pronuncia a favor de una reducción de la humanidad y se suma así él mismo a la predicación de la muerte. Sin embargo, su discurso no se dirige, como sostiene → Lampert 1986, 51, a los «predicadores de la muerte» —solo se dirige a ellos en 56, 10 s.—, ni tampoco a los irremediablemente adictos a la muerte, sino que en la parte final se dirige expresamente a oyentes a quienes atribuye, ciertamente, una gran receptividad para las doctrinas de los predicadores de la muerte, pero a quienes considera «curables». Como modernos esclavos del trabajoun motivo que sorprende en el mundo intemporal y poco concreto de Za y que además aparece allí de manera aislada—, estos exhaustos padecerían por no poder encontrar reposo y, con ello, tampoco encontrarse a sí mismos. Mediante su discurso, Zaratustra trata de motivarlos a una reorientación existencial: «Si creyeseis más en la vida, os entregaríais menos al instante» (56, 33 s.).

    Aquí se muestra claramente la intención de Zaratustra de producir un efecto polarizador: ante los irremediables se presenta como un cínico predicador de la muerte, mientras que a los otros les predica la vida. Este diseño de su papel como una fuerza de separación que distingue la vida valiosa de la carente de valor reaparece en Za III, «De tablas viejas y nuevas», 17, con un tono paródico. Allí Zaratustra se imagina como una especie de fustigador que pretende activar mediante golpes de vara la vida indolente y fatigada, mientras destina a los incurables al ocaso:

    «¡Pero vosotros, cansados del mundo! ¡Vosotros, perezosos de la tierra! ¡A vosotros se os debe azotar con varas! Con golpes de vara se os deben volver a dar piernas alegres. / Pues: si no sois enfermos y miserables gastados de quienes la tierra está cansada, entonces sois perezosos astutos o golosas gatas del placer, escondidas en sus guaridas. Y si no queréis volver a correr alegremente, entonces debéis — ¡iros al diablo! / Con los incurables no se debe querer ser médico: así lo enseña Zaratustra: — ¡así que debéis iros al diablo!» (259, 16-24). (P. 328) 55, 1. «De los predicadores de la muerte»

    La expresión formularia «predicadores de la muerte», en la que Gustav Landauer se apoyó para el título de su novela Der Todesprediger, aparecida en 1893 (cf. al respecto → Delf 1997), aparece por primera vez en «De los transmundanos», donde Zaratustra ve a los despreciadores del cuerpo entregados a los predicadores de la muerte (cf. 38, 5 s.). Una nota póstuma, en cambio, reconoce en las instituciones sociales del Estado y de la Iglesia promotores de los predicadores de la muerte y formula apodícticamente: «El Estado y la Iglesia y todo lo que se funda en mentiras sirve a los predicadores de la muerte» (NL 1882, KSA 10, 4[272], 184, 16 s.). La expresión «predicadores de la muerte» no es una acuñación de Nietzsche, sino que puede documentarse en distintos lugares ya antes de Za. Así, Sócrates se dirige en una tragedia del escritor austríaco Ludwig Eckardt a sus adversarios con estas palabras: «¡Enrojeced, vosotros, predicadores de la muerte!» (Eckardt 1858, 160).

    55, 2 s. «Hay predicadores de la muerte: y la tierra está llena de aquellos a quienes hay que predicar el apartamiento de la vida.»

    De manera análoga juzga Zaratustra en Za I, Prólogo 3, a quienes «hablan de esperanzas supraterrenales» (15, 2 s.): «Despreciadores de la vida son, moribundos y envenenadores de sí mismos, de quienes la tierra está cansada: ¡que se marchen, pues!» (15, 5 s.).

    55, 4-6. «Llena está la tierra de superfluos, corrompida está la vida por los demasiado-muchos. ¡Ojalá se los pudiera atraer fuera de esta vida mediante la “vida eterna”!»

    Es la primera de un total de siete apariciones de la fórmula de los «demasiado-muchos», que Nietzsche utiliza únicamente en Za. En Za I, «De la muerte libre», Zaratustra retoma la queja por la sobreabundancia de vida que, a sus ojos, carece de valor: «Demasiados viven, y demasiado tiempo permanecen colgados de sus ramas» (94, 27 s.). Allí desea «predicadores […] de la muerte rápida» (94, 30) y se queja de un trato excesivamente remilgado con aquellos a quienes habría que trasladar lo antes posible al «más allá». Una nota póstuma polemiza: «La moral es ahora la excusa para los superfluos y fortuitos, para la vermina pobre de espíritu y de fuerza que no debería vivir» (NL 1882, KSA 10, 3[1]102, 65, 19-23).

    Para todas las demás apariciones de los «demasiado-muchos» vale, como señala → Groddeck 1991, 2, 278, que son evocados siempre acompañados del epíteto «superfluos». Así sentencia Zaratustra en Za III, «De los apóstatas»: «El resto: esos son siempre los más, lo cotidiano, el exceso, los demasiado-muchos: ¡todos ellos son cobardes!» (227, 1 s.; cf. también 62, 5-8; 62, 24; 90, 23-91, 2).

    De este modo, el «exceso» de sabiduría que Zaratustra quiere transmitir y que lo caracteriza como alguien que hace regalos (cf. 11, 14-18) contrasta con el «exceso» de humanidad que, a su juicio, debería ser eliminado del mundo con la mayor rapidez posible. A los mencionados términos colectivos de desprecio hacia las masas —los «demasiado-muchos», el «exceso», «los más»— se añaden en Za otras denominaciones empleadas peyorativamente: el «rebaño» (cf. NK 20, 11), la «gente pequeña», el «populacho» (cf. NK 4/2, 305, 10 s.) y la «chusma» (cf. NK 124, 1). A esta última está dedicado el discurso de Za II «De la chusma», que estigmatiza a la chusma, al igual que aquí a los demasiado-muchos, como corruptores de la vida. Todo ello son denominaciones imprecisas…

    [Un detalle léxico: en Überfluss he mantenido aquí «exceso», mientras que Überfülle lo traduzco por «sobreabundancia». Conviene distinguirlos, porque Gratzt explota precisamente la repetición de Überfluss: el «exceso» positivo de sabiduría de Zaratustra frente al «exceso» negativo de humanidad]. (P. 329) Todo ello son denominaciones colectivas imprecisas y cargadas afectivamente, que no pueden delimitarse claramente unas de otras, sino que, por el contrario, están rodeadas por un halo de connotaciones que permite reunirlas en un complejo global de desprecio elitista hacia las masas.

    55, 7 s. «“Amarillos”: así se llama a los predicadores de la muerte, o “negros”.»

    Resulta cercana la asociación con la bilis amarilla y la bilis negra; así observa explicativamente Naumann 1899-1901, 1, 156: «Amarillos o negros se llama a los pesimistas; de ellos hablan el egoísmo bilioso y el deseo de negación propio de quien ve todo negro; son enfermos».

    55, 9-11. «Ahí están los terribles, que llevan dentro de sí la fiera y no tienen otra elección que los placeres o desgarrarse a sí mismos. Y también sus placeres son todavía desgarramiento de sí mismos.»

    Una nota póstuma observa de manera semejante: «Voluptuosidad y automutilación son impulsos vecinos. También entre los que conocen hay automutiladores: no quieren de ningún modo ser creadores» (NL 1882, KSA 10, 5[1]65, 194, 19-21).

    Es posible que Nietzsche se inspirara aquí en las noticias sobre automutilaciones rituales acompañadas de placer que aparecían en obras etnológicas y de historia de las religiones de su tiempo. Así, Moritz Carrière, mencionado por Nietzsche en UB III, SE (cf. KSA 1, 365, 16), informa en su libro Die Kunst im Zusammenhang der Culturentwickelungacerca del culto fenicio a la diosa Cibeles: «Al son de flautas, tambores y címbalos, el placer salvaje arrastraba también en sus fiestas a la automutilación; sacerdotes castrados atendían su culto» (Carrière 1877, 341).

    55, 13 s. «¡Que prediquen, pues, el apartamiento de la vida y que ellos mismos se marchen!»

    Cf. NK 15, 5 s.

    55, 15-17. «Ahí están los tísicos del alma: apenas han nacido, comienzan ya a morir y anhelan doctrinas de cansancio y renuncia.»

    Una nota del invierno de 1882/83 lo formula en forma de interpelación: «Apenas habéis nacido, comenzáis ya también a morir» (NL 1882/83, KSA 10, 4[184], 164, 20 s.). Un escrito redactado solo un poco más tarde presenta esto como sabiduría del «Despierto» —nombre habitual de Buda—: «“El Despierto” soy yo: y vosotros, apenas habéis nacido, comenzáis ya también a morir» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]219, 212, 11 s.).

    Brobjer 2004 (véase el apéndice en forma de tabla) remite ambas notas a la lectura por Nietzsche del Buddha de Oldenberg, aunque sin proporcionar referencias más precisas. Oldenberg presenta como una concepción fundamental del budismo la idea de que el ser humano, desde su nacimiento, se encamina hacia la vejez y la muerte: «del nacimiento surgen […] dolor y lamentos, sufrimiento, aflicción y desesperación» (Oldenberg 1881, 241).

    Puede documentarse la «sabiduría» que en recopilaciones actuales de aforismos también se atribuye a Lao-Tsé (cf., por ejemplo, → Knischek 2005, 294) en la obra más conocida de Johann Michael Moscherosch, Wunderliche und Wahrhafftige Gesichte Philanders von Sittewald (a partir de 1640), adaptación de los Sueños españoles de Francisco de Quevedo y Villegas. En Moscherosch se lee: «Nacer es comenzar a morir; pero vivir es morir mientras se vive» (Moscherosch 1677, 191). (P. 330) 56, 2-3. «Envueltos en espesa melancolía y ávidos de los pequeños azares que traen la muerte: así esperan y rechinan los dientes unos contra otros.»

    El pasaje surge de la combinación de dos notas de la recopilación de sentencias Z I 2, en la página 82, que aparecen inmediatamente una detrás de otra: «Envuelto en espesa melancolía: mi vida depende de pequeños azares. El solitario» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]170, 206, 11 s.). «Si se me llama héroe, entonces será uno mismo bastante modesto como para ser vanidoso una vez —dijo el solitario: alzó los dientes con desgana unos contra otros, los cuales, por lo demás, estaban mordidos» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]171, 206, 13-15).

    56, 4-6. «O bien: buscan golosinas y se burlan de su puerilidad al hacerlo: se aferran a su brizna de paja de vida y se mofan de seguir todavía colgados de una brizna de paja. Su sabiduría dice: “Necio es quien sigue viviendo; ¡pero tan necios somos nosotros! ¡Y eso es lo más necio de la vida!”»

    Una variante dice: «No os enojéis con quienes piensan como gente que se ahoga: se aferran a su brizna de paja de vida y saben poco de la vida, salvo que uno está aferrado a ella y que tiene poco sentido aferrarse a ella: los que están hundiéndose tienen poco valor —ese es el núcleo de su “sabiduría”» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]232, 214, 6-10).

    56, 9-11. «La vida no es más que sufrimiento —así dicen otros, y no mienten: ¡procurad, pues, que se acabe! ¡Procurad, pues, que se acabe la vida, que no es más que sufrimiento!»

    De «auténticos predicadores del sufrimiento» habla una nota póstuma: «Hay predicadores que enseñan el sufrimiento. Os sirven, aunque os odien» (NL 1882/83, KSA 10, 4[52], 124, 13 s.). En estos predicadores hay que pensar en primera línea en Schopenhauer, cuya «doctrina del sufrimiento» está influida por el budismo. Así pudo leer Nietzsche también en el Buddha de Hermann Oldenberg: «Toda vida es sufrimiento; este es el tema inagotable que una y otra vez, ora en las estrictas formas de la exposición conceptual abstracta, ora revestido de poéticas imágenes, nos sale al encuentro en el texto del budista» (Oldenberg 1881, 217).

    Que la única consecuencia adecuada de este diagnóstico tendría que ser poner fin a la vida lo constata también una nota póstuma: «¿La vida es un sufrimiento? —Tenéis razón: pues entonces vuestra vida es un sufrimiento: — preocupaos, pues, de que la vida termine, la que no es otra cosa que sufrimiento» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]234, 214, 25-27).

    56, 12 s. «Tú debes matarte a ti mismo. ¡Tú debes apartarte a ti mismo!»

    Cuando el suicidio es designado en la nota póstuma como un «apartarse», esto implica su valoración como una huida cobarde. Esta valoración contrasta con Za I, «De la muerte libre», donde el suicidio se presenta como un acto de autonomía electiva. Sin embargo, esto no constituye una contradicción irresoluble, sino que puede explicarse porque en cada caso al suicidio subyacen motivos completamente distintos. Mientras que aquí se trata de un acto de debilidad, de un fracaso ante la vida, el discurso posterior presenta la muerte autodeterminada «en el momento justo» (93, 3) como culminación festiva de una vida lograda.

    [Aquí hay un punto importante en davonstehlen: literalmente es «escabullirse, largarse furtivamente». Gratzt lo interpreta expresamente como feige Flucht, «huida cobarde». Por eso, en la cita de Zaratustra mantendría «apartarte» si esa es nuestra traducción fijada para davonstehlen, pero en el comentario conviene conservar la explicación fuerte: no es simplemente retirarse, sino escabullirse de la vida.](P. 332) 56, 14 s. «La voluptuosidad es pecado —así dicen unos, los que predican la muerte—: ¡apartémonos y no engendremos hijos!»

    El precepto cristiano de castidad es llevado aquí ad absurdum mediante su radicalización, que tendría que conducir a la extinción de la humanidad. En Za III, «De los tres males», Zaratustra emprende una transvaloración de la voluptuosidad, considerada pecaminosa, a la que allí libera de todas sus connotaciones negativas —«inocente y libre para los corazones libres» (237, 10)— y reinterpreta como algo que enriquece la vida y promete dicha (cf. 237, 4-23 y NK 4/2, 237, 4-6). Sobre la relación, sin embargo, ciertamente ambivalente de Zaratustra con la castidad, cf. NK 69, 1.

    56, 16 s. «Dar a luz es penoso —dicen los otros—: ¿para qué seguir dando a luz? ¡Solo se da a luz a desgraciados!»

    Cf., por el contrario, la metaforización que hace Zaratustra del creador como alguien que da a luz (sobre ello, NK 111, 4-6).

    56, 23 s. «Ser malos: esa sería su verdadera bondad.»

    Una y otra vez Zaratustra pone de relieve el carácter beneficioso de propiedades y modos de comportamiento que comúnmente son rechazados como inmorales y pecaminosos. Así, habla más tarde, por ejemplo, del «devenir del bien mediante el mal» (78, 28 s.); constata: «Así pertenece el mal supremo a la bondad suprema» (149, 20); o se dirige a su interlocutor con estas palabras: «Todo mal lo creo posible de ti: por eso quiero de ti el bien» (152, 16). Za II, «De los tres males», sitúa en el centro las correspondientes transvaloraciones. La alta valoración del «mal» alcanza un punto culminante en Za III, «El convaleciente», donde Zaratustra declara que «lo peor» es la «mejor fuerza» del hombre (274, 3 s.; NK 4/2, 274, 2-11).

    56, 27-57, 1. «Y también vosotros, para quienes la vida es trabajo frenético e inquietud: ¿no estáis muy cansados de la vida? ¿No estáis ya muy maduros para la prédica de la muerte? / Todos vosotros, a quienes os gusta el trabajo frenético y lo rápido, nuevo, extraño: os soportáis mal a vosotros mismos; vuestro afán es huida y voluntad de olvidarse a sí mismo. / Si creyeseis más en la vida, os entregaríais menos al instante.»

    Zaratustra sugiere aquí una conexión entre el cansancio de la vida y la dinámica y fugacidad de la existencia moderna, ante las cuales la vida se agotaría en «trabajo frenético e inquietud». La mirada crítico-cultural, característica de la época, sobre el ritmo acelerado de la modernidad aparece con frecuencia en los escritos de Nietzsche. Una nota del invierno de 1882/83, época de gestación de Za I, formula, con la vista puesta en el presente y en la cultura: «Lo máximo posible y esto con la máxima rapidez posible: esto es lo que quiere la gran enfermedad del espíritu y del sentimiento, que unas veces se llama “presente”, otras “cultura”, pero que en verdad es un signo precursor de la tisis» (NL 1882, KSA 10, 5[1], 188, 21-24).

    FW 329 presenta la furia europea por el trabajo como una importación americana contagiosa, una nueva «ferocidad» que el hablante enlaza irónicamente con la «ferocidad» indígena de los nativos norteamericanos: «Hay algo de ferocidad india, algo propio de la sangre india, en el modo en que los americanos persiguen el oro; y su prisa sin aliento en el trabajo —el auténtico vicio del Nuevo Mundo— comienza ya, por contagio…» (P. 332) a volver salvaje a la vieja Europa y a extender sobre ella una muy singular falta de espíritu» (KSA 3, 556, 4-9).

    56, 32-57, 2. «Si creyeseis más en la vida, os entregaríais menos al instante. Pero no tenéis en vosotros bastante contenido para esperar —¡y ni siquiera para la pereza!»

    Una nota interpreta la incapacidad para esperar como signo de una constitución social exteriormente activa, pero en realidad interiormente debilitada: «¡No os dejéis engañar! Los pueblos más activos albergan en sí el mayor cansancio; su inquietud es debilidad: ya no tienen bastante contenido para esperar ni para la pereza» (NL 1882, KSA 10, 5[1]129, 201, 20-22; cf. también NL 1882, KSA 10, 4[76], 135, 11 s.).

    A la crítica de una existencia superficial y de ritmo acelerado, y a la consiguiente valoración de la capacidad de esperar, corresponde el elogio de la lentitud en Za I, «De las moscas del mercado»: «Lenta es la experiencia de todos los pozos profundos: mucho tiempo tienen que esperar hasta saber qué cayó en su profundidad» (66, 17 s.). Un pasaje posterior de Za III, «Del espíritu de la gravedad», contrapone a una forma de espera determinada desde fuera otra referida a sí mismo y constitutiva de identidad (cf. al respecto NK 4/2, 244, 20-24).

    57, 7. «La tierra está llena de aquellos a quienes hay que predicar la muerte. / O “la vida eterna”: a mí me da lo mismo —¡con tal de que se marchen rápidamente!»

    Se trata aquí de una alusión al Salmo 90, en el que Moisés subraya la caducidad del ser humano: «Nuestra vida dura setenta años, y, si mucho, son ochenta años, y aunque haya sido preciosa, es esfuerzo y trabajo; pues pasa rápidamente, como si volásemos de aquí» (Salmo 90, 10; Die Bibel AT 1818, 601), y contrapone a ella la eternidad de Dios: «Señor, Dios, tú eres nuestro refugio de generación en generación. Antes de que fueran hechas las montañas y fueran creadas la tierra y el mundo, tú eres Dios, de eternidad en eternidad» (Salmo 90, 2; ibid.).

    Zaratustra, por el contrario, equipara la promesa cristiana de una vida eterna con la prédica de la muerte; reconoce en ella, por tanto, un señuelo destinado a inducir a los hombres a abandonar lo más rápidamente posible el mundo de aquí. Un artículo aparecido en 1926 con el título Las doctrinas de Nietzsche a la luz de la higiene racial interpreta esto como un alegato en favor de la «eliminación consciente de los elementos débiles» (→ Kirchner 1926, 383; cf. al respecto NK 94, 27-31)

  • 1.8. Del árbol en la colina

    Si en el discurso anterior, «Del leer y escribir», Zaratustra se presenta como alguien que afronta su existencia de manera lúdica, que vive con soberanía, elevado por encima de la masa, y contempla riendo desde lo alto a la multitud mediocre y sus comedias humanas, en este capítulo se contrapone a su existencia tanto un espejo como un contrapunto. En efecto, se encuentra con uno de sus discípulos, un «joven», que se esfuerza por seguir sus pasos, pero para quien el modelo del maestro se ha convertido en una carga y que expresa en diálogo con Zaratustra su conflicto interior. Si Zaratustra había proclamado en el capítulo anterior: «Ahora soy ligero, ahora vuelo» (50, 3 s.), el discípulo declara: «¡Cómo odio al que vuela!» (52, 15 s.). Pues el intento de emular el ejemplo del maestro lo ha precipitado en una crisis existencial.

    Tanto Lampert (1986, 57-50) como Meier (2017, 33-36) ven en este capítulo, cuya acción se sitúa por primera vez fuera de la «Vaca Multicolor» y en el que tiene lugar —dejando aparte el Prólogo— la primera interacción propiamente dicha con otra figura, el punto de inflexión de Za I (véanse también Pieper 1990, 193-204; Rosen 1995, 99-102; Epple 2021, 162-170). La configuración dialógica maestro-discípulo que aquí se pone en juego, y que recuerda al Nuevo Testamento, donde Jesús entabla una y otra vez conversación con discípulos individuales, coloca a Zaratustra en un nuevo papel, pues el discípulo pone a prueba su competencia psicológica y pedagógica. Si ya antes había ocupado con frecuencia el centro la problemática función de Zaratustra como maestro y mediador, aquí se añade ahora, ampliando esa problemática, la cuestión existencial del discípulo, que en su evolución hacia el creador ha ido a parar a un callejón sin salida. De este modo, puede entenderse el capítulo como un comentario crítico al discurso «De las tres transformaciones», que presenta, a modo de parábola, un proceso de desarrollo en tres etapas hacia el creador. Aquí, este modelo ideal-típico, que ya en sí mismo no está exento de tensiones y rupturas (véase al respecto el comentario general a «De las tres transformaciones»), queda problematizado al ser remitido existencialmente a las experiencias del discípulo. (P. 319) …problematizado. Ya el escenario exterior remite simbólicamente al problema aquí tratado, que gira en lo esencial en torno a la experiencia de la soledad existencial. Apartado de la ciudad, en la montaña y con la vista puesta en el valle que se extiende más abajo, Zaratustra se encuentra con el joven, que, exactamente igual que él mismo, se ha decidido por una existencia más allá de todo vínculo, por una vida en la «altura».

    A la breve introducción del narrador sigue una conversación de Zaratustra con el joven, en la que aquel pone ante sus ojos la situación de este mediante una sucesión de símiles. La exposición posee un carácter escénico. Solo en los gestos y la expresión del joven puede leerse el psicodrama que se desarrolla en su interior: al principio está sentado apoyado en un árbol y contempla el valle «con mirada cansada» (51, 6). Cuando Zaratustra le dirige la palabra, se levanta de un salto «sobresaltado» (51, 14), y ante lo que aquel le comunica reacciona primero con «gestos violentos» (52, 26 s.), para luego llorar «amargamente» (52, 31 s.). Se produce una cesura exterior cuando Zaratustra toma al discípulo del brazo y se lo lleva consigo. A ello corresponde un cambio en la forma de hablar, un paso de lo dialógico a lo monológico. Mientras caminan, Zaratustra pronuncia un pequeño discurso sobre los desafíos y peligros del camino que él mismo ha emprendido. Reconoce que las dudas del joven están justificadas y, al mismo tiempo, lo exhorta a mantenerse firme en su decisión: «Sí, conozco tu peligro. Pero, por mi amor y mi esperanza, te conjuro: ¡no arrojes lejos de ti tu amor y tu esperanza!» (53, 18-20).

    Desde el principio es evidente la superioridad de Zaratustra. Abre la conversación sin dirigirse directamente a su interlocutor. Habla, más bien, mediante símiles, tomando como punto de partida externo el árbol en el que se apoya el joven. En tres ocasiones recurre a él como símil para ilustrar los problemas existenciales a los que está expuesta una existencia que asciende en soledad. Con el primer símil ofrece una imagen de las fuerzas interiores, psíquicas, que actúan en el ser humano y a las que este está sometido. Así como el árbol es doblado por la fuerza invisible del viento, mientras que las manos humanas nada pueden contra él, también el hombre es «doblado y atormentado por manos invisibles» (51, 12 s.).

    El segundo símil se refiere a la relación dialéctica entre el afán humano de elevarse y el verse arrojado hacia atrás. Cuanto más crece el árbol, dice Zaratustra, «cuanto más quiere subir hacia la altura y la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo, — hacia el mal» (51, 18 s.). De modo análogo sucede con el alma humana que aspira hacia lo alto; también ella se despliega en una peculiar polaridad, de tal manera que, con la elevación de la existencia, tiene lugar al mismo tiempo un despliegue de capacidades contradictorias.

    Por último, en tercer lugar, Zaratustra recurre al tamaño del árbol, que ha crecido «muy alto por encima de hombres y animales» (52, 19 s.), como símil de la situación del joven, que ha dejado muy por debajo de sí a la masa de los hombres y ahora tiene que vivir, incomprendido y aislado, en una altura solitaria —una altura que está libre… (P. 320) …una altura que está libre de la visión de lo divino y de las promesas de la trascendencia.

    Según Meier, el joven representa a la mayoría de los seguidores de Zaratustra, que no estarían a la altura de su modelo y que tendrían necesariamente que fracasar en el intento de seguir sus pasos. Como reacción a esta constatación, Zaratustra reorientaría sus discursos después del encuentro de «Del árbol en la colina», concentrándose en adelante en dos tipos de destinatarios: el primer destinatario, y prioritario, sería «el que conoce» y el «filósofo futuro» (→ Meier 2017, 34); el segundo destinatario, secundario, estaría separado de Zaratustra por una diferencia de rango. Meier ve al primero como destinatario del discurso «De las moscas del mercado» y al segundo en «De la guerra y del pueblo guerrero». Con ello, sin embargo, Meier pasa por alto el carácter retórico de los discursos de Zaratustra y sus cambiantes destinatarios. Constituyen un recurso empleado estratégicamente que permite articular preocupaciones diversas mediante un discurso cargado afectivamente. Solo en raras ocasiones se tienen siquiera en cuenta las necesidades de quienes reciben el discurso, como sucede aquí.

    Podría discutirse si el joven ha de ser considerado realmente alguien que fracasa, que se consume ante las elevadas exigencias de Zaratustra, o si más bien expresa una ambivalencia y una situación de peligro consideradas necesarias. El plano figurativo del símil del árbol sugiere, en su concepción organológica, que se trata de procesos naturales, de peligros que nacen de una lógica necesaria del desarrollo. Por último, habría que tener también en cuenta que Zaratustra, por inconmovible que aquí parezca en su superioridad, expresa en las partes siguientes de la obra sus propios peligros y apuros existenciales, que se asemejan claramente a los del joven (véase, por ejemplo, el comentario general a Za II, La canción de la noche).

    51, 2 «joven»] De la época en que N. comienza el trabajo en Za IV procede una lista de títulos que probablemente deben entenderse como encabezamientos de capítulos, entre ellos también la formulación «El joven de la montaña» (Der Jüngling vom Berge) (NL 1884/85, KSA 11, 29[24], 343, 1). Del «joven» solo se habla, por lo demás, en Za en Za I, De las cátedras de la virtud, donde los jóvenes están sentados a los pies del sabio desenmascarado por Zaratustra como un charlatán, así como en Za I, De la muerte libre, donde se alude a la inmadurez del joven (véase 95, 15 s.). En otras obras y en los escritos póstumos, N. vuelve repetidamente sobre la figura del joven como ser humano joven y todavía moldeable. Con respecto a «Del árbol en la colina» resulta esclarecedor un pasaje de una nota póstuma del verano de 1883, en la que el yo hablante, partiendo de su propia desorientación juvenil en una época marcada por la indecisión y la duda, tematiza el deseo de encontrar un sostén: «El joven, cuanto más sufre por su propio devenir, quiere ir hacia lo entero, pleno y acabado; quiere ante todo seguridad, sostén» (NL 1883, KSA 10, 8[21], 341, 16-18).

    51, 3 s. «Y una tarde, cuando caminaba solo por las montañas que rodean la ciudad llamada “la Vaca Multicolor”»] Según el borrador de N V 8,1, … (P. 321) Según el borrador N V 8,1, Zaratustra vaga solo por las montañas «para olvidar la ciudad» (KGW VI 4, 58). Sobre el lugar de actuación de Zaratustra, la «Vaca Multicolor», que aquí aparece caracterizada como una ciudad de montaña, véase NK 31, 16 s.

    51, 11-13 «Pero el viento, que no vemos, lo atormenta y lo dobla adonde quiere. Somos doblados y atormentados de la peor manera por manos invisibles.»] Alusión a la temática y al lenguaje parabólico del Evangelio de Juan: «El viento sopla donde quiere, y oyes bien su sonido; pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo aquel que ha nacido del Espíritu» (Juan 3, 8; Die Bibel NT 1818, 111).

    51, 16-20 «Pero con el hombre ocurre como con el árbol. Cuanto más quiere subir hacia la altura y la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo, — hacia el mal.»] En los escritos póstumos se encuentra el siguiente estadio previo: «Ocurre como con un árbol: cuanto más quiere subir hacia la altura y la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces en la dirección opuesta: su voluntad va hacia dentro, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo, lo ancho — hacia “el mal”, como se dice» (NL 1882, KSA 10, 3[114], 105, 11-14).

    Haase (1990, 527) ha señalado un pasaje de la obra de divulgación sexológica de Paolo Mantegazza Fisiologia dell’amore. N. adquirió el 15 de febrero de 1882 la traducción titulada Die Physiologie der Liebe (1877), que se ha demostrado que sirvió de pretexto o fuente para este pasaje. El capítulo 9, titulado «Las alturas y las profundidades del amor», comienza con estas palabras:

    «Cada vez que veo una flor que, en el borde de un precipicio, despliega su cáliz y sonríe al cielo, me viene siempre el mismo pensamiento: así es el amor, que florece entre dos infinitudes, entre la altura infinita y la profundidad infinita. Mientras con sus deseos aspira a elevarse hacia lo alto, mientras parece tomar aire y luz de los sueños celestes, hunde sus raíces, a través de las más finas venillas de la roca, en las más oscuras profundidades del abismo. Ora es una estrella que resplandece en la infinitud de lo ideal, ora una raíz que se hunde cada vez más profundamente en las masas de piedra: así une la altura con la profundidad. Es la más humana de todas las pasiones, y, sin embargo, en todos los tiempos se la ha contado entre las divinas; es la más íntima y profunda —y también la más etérea e inconsciente—; con los pensamientos se eleva hasta las cumbres de las montañas; con los nervios permanece prendida en el valle.» (Mantegazza 1877, 161)

    En el libro quinto de La gaya ciencia, N. retoma la imagen del árbol que crece tanto hacia la altura como hacia la profundidad en el apartado 371, «Nosotros los incomprensibles»:

    «Se nos confunde —eso se debe a que nosotros mismos crecemos, cambiamos continuamente, nos desprendemos de viejas cortezas, mudamos de piel con cada primavera, nos hacemos cada vez más jóvenes, más futuros, más altos, más fuertes; hundimos nuestras raíces cada vez más poderosamente en la profundidad —en “el mal”—, mientras al mismo tiempo abrazamos el cielo cada vez con más amor y más ampliamente y absorbemos en nosotros su luz, cada vez con mayor sed, con todas nuestras ramas y hojas.» (KSA 3, 623, 1-8).

    Véase también JGB 295, donde el discurso del «dios tentador» desemboca en el propósito de llevar al hombre «hacia delante», haciendo que «lo…» (P. 322) …haciéndolo «más fuerte, más malvado y más profundo» (KSA 5, 239, 8). Véase, sobre el programa de un «volverse más malvado» del hombre, NK 4/2, 359, 5 s.

    51, 23 s. «Hay almas que nunca se descubrirán, a menos que antes se las invente.»] Véase: «Hay naturalezas que nunca se descubrirán, a menos que antes se las invente.» (NL 1882, KSA 10, 3[1130], 89, 20 s.).

    52, 5-7 «Me transformo demasiado deprisa; mi hoy refuta mi ayer. A menudo salto los peldaños cuando subo — ningún peldaño me lo perdona.»] La reflexión del joven sobre la dinámica de su propio desarrollo recuerda el episodio del funámbulo, en el que el bufón, mediante un salto violento, pasa por encima del funámbulo que avanza más lentamente. Tanto aquí como allí pasa al primer plano la cuestión de cuál es la dinámica adecuada del desarrollo humano. El joven experimenta su rápido desarrollo personal como una transformación que pone en peligro la continuidad de su yo y lo aleja de su entorno social. En FV Vorspiel 26 se encuentran, bajo el título «Mi dureza», unos versos que expresan esta experiencia de extrañamiento en forma de diálogo fingido:

    «He de pasar por encima de cien peldaños,
    he de subir y os oigo gritar:
    “¡Duro eres! ¿Acaso somos de piedra?”
    He de pasar por encima de cien peldaños,
    y nadie quisiera ser peldaño.»
    (KSA 3, 358, 24-29)

    Sobre la metáfora de la escalera, véase también NL 1881, KSA 9, 12[130], 599, 1-5; NL 1881, KSA 9, 16[10], 660, 15-18.

    52, 8-10 «Cuando estoy arriba, me encuentro siempre solo. Nadie habla conmigo; el frío de la soledad me hace temblar. ¿Qué quiero yo, pues, en la altura?»] La soledad existencial del creador constituye un motivo conductor de «la vida de N. y su filosofía» (Zittel 2000c, 218), que configura de manera especialmente penetrante en Za y tomando como ejemplo a su «hijo» Zaratustra. Sobre la soledad en N. y en Za, véanse Rauh 1969; Lammert 1987; Meyer 1990; Rauh 2016.

    Cuando Zaratustra expresa en Za I, Del camino del creador su propio sufrimiento por la soledad, recurre, junto a imágenes cosmológicas, también a la metáfora del frío. Allí donde el joven habla del «frío de la soledad», Zaratustra siente el «aliento helado del estar solo»: «Terrible es estar solo con el juez y vengador de la propia ley. Así es arrojada una estrella al espacio desierto y al aliento helado del estar solo» (81, 11-13).

    Desde la retrospectiva de EH, N. quiere incluso que su Za sea entendido como una obra de la soledad. Cuando allí habla de la «soledad azul» en la que vive la obra (EH Za 6, KSA 6, 343, 15), y cuando califica su «Zaratustra entero» como un «ditirambo a la soledad» (EH Por qué soy tan sabio 8, KSA 6, 276, 8 s.), no se refiere, sin embargo, al horror de una situación de desamparo existencial, sino que la soledad designa el momento de la inconmensurabilidad y remite a una esfera de lo heroico-grandioso. Zaratustra mismo experimenta la soledad —a diferencia del joven que trata de seguir su ejemplo— no primordialmente bajo el signo de la renuncia y el sufrimiento, sino, por el contrario, como un excepcional estar elevado, como un estado de dicha casi extático. Mientras que él no… (P. 323) …mientras que en ningún momento se encuentra en una relación armónica y simétrica con los demás hombres, se entrega repetidamente a su elixir de vida, la soledad. En la soledad se arma para permanecer entre los hombres (véase NK 105, 2-7), y en ella se siente perfecto. El punto culminante de la experiencia dichosa de la soledad lo constituye Za III, El retorno a casa, donde Zaratustra celebra el regreso a la soledad como regreso a su patria (véase NK 4/2, 231, 2) y delimita la «soledad», connotada positivamente, frente al «abandono», cargado negativamente —la soledad entre los hombres— (231, 12 s.). De este modo se hace evidente el carácter bifronte de la soledad como una posición de retirada que conduce fuera de todos los vínculos sociales. Si, según Theo Meyer, la soledad representa en N. el «último refugio del artista» (→ Meyer 2006, 26), Za la concibe como lugar de refugio del hombre creador en cuanto tal, cuya acción queda así desplazada, de manera paradójica, a un espacio vacío y alejado de la sociedad.

    52, 11-13 «Mi desprecio y mi anhelo crecen juntos; cuanto más alto subo, tanto más desprecio al que sube. ¿Qué quiere, pues, en la altura?»] El joven expresa aquí un peligro de extrañamiento: cuanto más avanza en su desarrollo, tanto más intensamente percibe lo deficitario de su estado y tanto más fuerte se vuelve, al mismo tiempo, su anhelo de superarlo. El pasaje remite a Za I, Prólogo 3, donde «los grandes despreciadores» son caracterizados como preparadores del superhombre y como «flechas del anhelo hacia la otra orilla» (17, 5 s.). Sobre el motivo del desprecio, véase 15, 24-26.

    52, 19-25 «Este árbol está solitario aquí en la montaña; creció muy por encima de hombres y animales. Y si quisiera hablar, no tendría a nadie que lo comprendiese: tan alto ha crecido. Ahora espera y espera — ¿qué espera, pues? Habita demasiado cerca de la sede de las nubes: ¿acaso espera el primer rayo?»] En un fragmento poético de igual motivo, el árbol habla realmente consigo mismo: «El árbol habla: demasiado solitario crecí y demasiado alto: espero: ¿qué espero, pues? // Demasiado cerca está de mí la sede de las nubes: espero el primer rayo» (NL 1882, KSA 10, 1[102], 34, 12-16). Si el Olimpo es, en la mitología griega y romana, la sede de los dioses, donde Zeus dispone del poder sobre el trueno y el rayo, aquí se evoca un cielo vaciado de dioses, en el que el rayo se espera de las nubes por una vía natural y física. Una versión surgida poco después, con el título «Pino y rayo», amplía el poema con dos versos colocados al comienzo, que expresan el aislamiento sin resonancia del que «ha crecido alto»: «Alto crecí por encima de hombres y animales; / y hablo — nadie habla conmigo» (NL 1882, KSA 10, 3[2], 107, 12 s.).

    52, 27-29 «Después de mi ocaso anhelaba, cuando quería subir a la altura, y tú eres el rayo que esperaba.»] Este anhelo corresponde a aquello que Zaratustra exige en Za I, Prólogo 4: quiere «su ocaso» (17, 11 s.) y espera el rayo, a cuyo «heraldo» (18, 21) se proclama Zaratustra. Sobre la analogización entre superhombre y rayo, véase NK 16, 13-16. (P. 324) 52, 30-32 «Mira, ¿qué soy yo aún desde que te nos apareciste? ¡Es la envidia hacia ti la que me ha destruido!» —Así habló el joven y lloró amargamente.] Alusión a Mateo 26, 75. Después de que Pedro negara a Jesús, se apodera de él el arrepentimiento: «Entonces Pedro recordó las palabras de Jesús, cuando le dijo: Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces; y salió fuera y lloró amargamente.» (Die Bibel NT 1818, 38).

    53, 5 «Todavía no eres libre, todavía buscas la libertad.»] En N V 8,147 se encuentra una variante más plástica, posteriormente tachada: «Todavía no eres libre, todavía buscas el espíritu, “tú” buscas “todavía” el ojo de la cerradura de tu calabozo» (KGW VI 4, 59).

    53, 8-11 «Pero también tus malos impulsos tienen sed de libertad. / Tus perros salvajes quieren salir a la libertad; ladran de ganas en su sótano cuando tu espíritu trata de liberar todas las prisiones.»] Allí donde Zaratustra habla del afán de liberación de los «perros salvajes», una nota póstuma habla de su aislamiento y represión: «Todavía tengo conmigo todos esos perros salvajes, pero en mi sótano. No quiero ni siquiera oírlos ladrar.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[86], 139, 12 s.). Andreas Urs Sommer recuerda en el comentario a GM que el perro constituye la única especie domesticada entre los cánidos, pero que aquí, como era perfectamente habitual en el siglo XIX, vuelve a ser naturalizado mediante la atribución del epíteto «salvaje». La conclusión de que precisamente por ello el perro resulta apropiado «para poner de manifiesto las ambivalencias de la relación entre naturaleza y cultura y socavar una rígida delimitación entre ambas» (NK 5/2, 388, 14-16) resulta aquí especialmente esclarecedora. Pues los «perros salvajes», que representan metafóricamente los «malos impulsos», señalan exactamente el punto de transición entre animales semidomesticados y aquellos que retroceden hacia el estadio de la no domesticación y de la «salvaje naturalidad». La dinámica de desarrollo en sentido contrario, consistente en una sublimación y cultivo de los «perros salvajes», ya había sido propugnada por Zaratustra en el discurso «De las alegrías y las pasiones» (véase NK 43, 11 s.).

    53, 16 «puro ha de volverse todavía su ojo»] También aquí Zaratustra es el modelo: «Puro es su ojo» (12, 23) es una de las primeras cosas que se nos dice de él.

    53, 21-27 «Todavía te sientes noble, y noble te consideran también los otros, que te guardan rencor y te envían miradas malignas. Sabe que un noble se interpone en el camino de todos. / También a los buenos se les interpone en el camino un noble: e incluso cuando lo llaman bueno, quieren con ello apartarlo de su camino. / El noble quiere crear algo nuevo y una nueva virtud. El bueno quiere lo antiguo y que lo antiguo se conserve.»] Como señala Meier (2017, 35), Zaratustra introduce aquí enfáticamente en su discurso «lo noble». Con ello sustituye la categoría moral de lo «bueno» por una distinción social de rango. «Noble» (edel) fue, como señala Adelung (1793-1801, 1, 1635), «durante muchísimo tiempo un título honorífico eminente de los miembros de la alta nobleza». Zaratustra, sin embargo, declara noble al creador y al que produce nuevos valores. Esto recibe un giro programático en Za III, De tablas viejas y nuevas11, cuando Zaratustra proclama allí una nueva nobleza: «Por eso, oh hermanos míos, hace falta una nueva nobleza que a todo populacho y a todo…» (P. 325) …se oponga a todo populacho y a todo poder señorial de la violencia, y que escriba de nuevo sobre nuevas tablas la palabra «noble». / Pues hacen falta muchos nobles y nobles de muchas clases para que haya nobleza.» (254, 17-21).

    53, 24 s. «También a los buenos se les interpone en el camino un noble: e incluso cuando lo llaman bueno, quieren con ello apartarlo de su camino.»] Véase: «Un hombre noble se interpone siempre en el camino de los buenos: a menudo lo apartan precisamente diciendo que es bueno.» (NL 1882, KSA 10, 3[119], 64, 14 s.).

    53, 28 s. «Pero no es ese el peligro del noble: que se vuelva bueno, sino que se vuelva insolente, burlón, destructor.»]En otro lugar, Zaratustra atribuye precisamente a la fuerza de negación del destructor un potencial positivo, porque solo ella hace posible la creación de nuevos valores; véase al respecto NK 149, 18-21.

    53, 34-54, 1 «“El espíritu es también voluptuosidad” —así dijeron. Entonces se quebraron las alas de su espíritu: ahora se arrastra y ensucia al roer.»] El estadio de borrador en N V 8,143 dice de manera más extensa: «Voluptuosos del espíritu se volvieron: el espíritu es su medio para despreciar el espíritu <¡desaprenderlo!> […] Ay, entonces quebraron sus alas y le enseñaron a arrastrarse y a roer y a ensuciar al roer» (KGW VI 4, 59).

    54, 2-5 «En otro tiempo pensaron convertirse en héroes: voluptuosos son ahora. Un pesar y un horror es para ellos el héroe. / Pero, por mi amor y mi esperanza, te conjuro: ¡no arrojes lejos de ti al héroe que hay en tu alma! ¡Mantén sagrada tu más alta esperanza!»] Otra cosa para el tesoro de citas: la exhortación, formulada a modo de sentencia, a mantenerse fiel a los antiguos ideales a pesar de todas las decepciones. Theodor Kappstein concluye un artículo periodístico sobre el desarrollo de la filosofía, De Kant a Nietzsche, con estas palabras: «Por mucho de desagradable y preocupante que en filosofía y teología haya podido ser llevado a la tumba con el siglo ya concluido, tenemos muchos motivos para recordar con orgullosa alegría el período recorrido. Pero sobre el portal de la nueva época, que ahora se ha abierto, escribamos como consigna para cada uno de nosotros la palabra de Nietzsche: “¡No arrojes lejos de ti al héroe que hay en tu alma!”» (Kr I, 593).

  • 1.7. Del leer y escribir

    Zaratustra no considera el leer y el escribir únicamente como técnicas culturales, sino como prácticas sociales que condena en cuanto fenómenos democráticos de masas y que, en cambio, quiere ver reservadas a unos pocos, con un efecto creador de distancia. →Howey 1979 quiere reconocer aquí un reflejo de la propia autocomprensión de Nietzsche como autor. →Labhart 2006, 139-144, considera que, mediante el discurso de Zaratustra, la abstracción de la literatura y de la escritura queda entregada a la risa distanciadora, entendida como «medio de lo individual (corporal)». Véanse además los apartados correspondientes de los comentarios de Naumann 1899-1901, 1, 147-151; →Weichelt 1922, 20-23, y →Pieper 1990, 182-192. Una función especial de este discurso se pone de manifiesto en el hecho de que Nietzsche lo utilizó por partida doble como fuente de lemas, a saber, tanto para Za III (cf. NK 49, 3-7) como para el tercer tratado de GM (cf. NK 49, 8-10).

    Hay que dar la razón a →Groddeck 2018, 36, cuando habla de un «capítulo difícil». Pues «Del leer y escribir» propugna una concepción elitista de la autoría y está impregnado del pathos de la distancia. Zaratustra ofrece un contraproyecto respecto de Za I, Prólogo 1. Ahora no se escenifica en el papel del que da, a quien algo impulsa a descender hasta los hombres para hacerlos partícipes de su sabiduría, sino, por el contrario, en el del sublime que desprecia……sino, por el contrario, en el del sublime, que contempla despectivamente desde arriba la esfera social y se distancia agresivamente de ella mediante la palabra. A la oposición central entre individuo y masa se añaden, como elementos estructurantes, las oposiciones entre arriba y abajo, montaña y valle. Mientras Zaratustra reivindica para sí una posición de soberanía y fortaleza, considera a los demás hombres inferiores y débiles. Y mientras él quiere elevarse, riendo, por encima de las regiones bajas de la existencia, cree que la mayoría de los hombres está atrapada en una existencia mediocre. A la risa, como expresión de su superioridad… (P. 303) …superioridad y ligereza contrapone el «espíritu de la gravedad», que, como fuerza de gravedad y fuerza contraria personificadas, desempeñará un papel central en Za III (cf. NK 49, 29-33; ÜK Za III «Del espíritu de la gravedad» y NK 4/2, 241, 1).

    «Difícil» es «Del leer y escribir» no solo a causa del elitismo que propugna, sino también debido a una peculiar inconsistencia argumentativa. En efecto, Zaratustra abandona de manera abrupta la temática del leer y escribir y, en la segunda parte de su discurso (a partir de 49, 11), pasa, en tono exhortativo, a hablar de diferentes actitudes humanas ante la vida. Es cierto que el punto de referencia siguen siendo la superioridad y la ligereza que él reivindica para sí; sin embargo, en los cambiantes destinatarios a los que se dirige se refleja una autocomprensión vacilante. Mientras que al principio presenta desde la perspectiva del yo su concepción del leer y escribir, más adelante pasa repetidas veces a la forma de apelación directa, dirigiéndose expresamente a los hombres medios para distanciarse enfáticamente de ellos: «Ya no siento con vosotros» (48, 23). En mitad de su discurso pasa de manera abrupta a la forma del nosotros, al declarar que el sufrimiento por la vida lo une a los demás hombres («Todos nosotros somos…»; 49, 14). Al final vuelve a hablar exclusivamente de sí mismo y de su condición excepcional, presentándose, si bien no como un dios, sí como el medio de un dios danzante.

    Con ello, el final del discurso se ha alejado mucho, en cuanto al contenido, del comienzo, donde, partiendo del escribir y del leer, se considera la oposición entre el individuo activamente creador y la masa que se comporta receptivamente, la de los «ociosos lectores» (48, 6). Zaratustra no valora la extensión de la capacidad de leer como un progreso, sino que, por el contrario, lamenta la pérdida de nivel que la acompaña y que, según él, se transmite de la lectura a la escritura y al pensamiento:

    «Que a todo el mundo se le permita aprender a leer corrompe, a la larga, no solo el escribir, sino también el pensar.» (48, 9 s.)

    El rechazo polémico de la idea de educación propia de la ilustración popular está inequívocamente impregnado de un carácter antidemocrático. Invierte la argumentación habitual según la cual la alfabetización y la extensión de la competencia lectora constituyen un importante indicador del desarrollo cultural, y las interpreta, en cambio, como síntoma de decadencia cultural y expresión de una nivelación perjudicial para la cultura.

    Estas invectivas de crítica cultural deben leerse sobre el trasfondo histórico de la expansión del mercado literario en la segunda mitad del siglo XIX. Ya Nietzsche, a los veintiocho años, se muestra observador de esta evolución cuando, en 1873, habla en una carta a Malwida von Meysenbug de Alemania como el «país de la más desenfrenada fabricación de libros y periódicos (¡solo en el año 1872, 12.000 libros alemanes!)» (KSB 4/KGB II 3, n.º 297, p. 128, líneas 8-10). El auge de la prensa y del mundo editorial registrado por Nietzsche se caracterizó especialmente por el gran florecimiento de las revistas familiares, así como por el brusco incremento de la literatura de entretenimiento y de la literatura de colportaje (una literatura que se vendía de puerta en puerta… (P. 304) … …una forma sensacionalista de literatura trivial que se distribuía de puerta en puerta). La «lectura indiscriminada y voraz», que devoraba libros sin criterio, fue denunciada con frecuencia por los contemporáneos de Nietzsche como un fenómeno de decadencia cultural. Una guía para la redacción de composiciones escolares publicada en 1878 incluye expresamente un capítulo de advertencia titulado «Sobre la adicción a la lectura»:

    «Nunca había alcanzado la adicción a la lectura una intensidad tan grande, nunca había estado tan extendida como en nuestros días, en los que también sus perniciosos efectos se vuelven cada vez más numerosos y preocupantes. Ella es la que trastorna tantas cabezas sanas y pone tantos corazones sensibles en un estado de apasionada excitación» (Beck 1878, 94).

    Gottfried Keller ofrece un ejemplo gráfico de una patológica adicción a la lectura en su novela Der grüne Heinrich, apreciada por Nietzsche, donde toda una familia se entrega a la lectura de «malas novelas»:

    «Volúmenes extraviados de bibliotecas de préstamo, desechos de poca monta procedentes de casas distinguidas o adquiridos a chamarileros, yacían dispersos por la vivienda de aquellas gentes, sobre repisas, bancos y mesas; y los domingos podía encontrarse no solo a los hermanos y a sus enamorados, sino también al padre y a la madre, y a cualquiera que estuviese allí, sumidos en la lectura de aquellos libros de aspecto mugriento. Los mayores eran gente necia que buscaba en este entretenimiento materia para conversaciones necias; los jóvenes, en cambio, excitaban su imaginación con aquellos vulgares y nada poéticos engendros, o, más bien, buscaban allí el mundo mejor que la realidad no les mostraba.» (Keller 1879, 159)

    Eugen Dühring traslada a la ciencia la crítica contra un exceso de lectura y diagnostica también allí una embotadora «sobresaturación de lectura»:

    «En general, y no solo entre los profesores, sino entre la mayoría de los eruditos que se comportan de acuerdo con las costumbres dominantes, la lectura excesiva produce un estado de embotamiento del entendimiento y del ánimo, en la medida en que estas dos cosas puedan todavía entrar en consideración ante semejante trilla de paja vacía. La sobresaturación de lectura es, por ello, una de las enfermedades más importantes de los eruditos, y en nuestro tiempo se incrementa hasta proporciones monstruosas por la sobreproducción de basura de libros y revistas, alimentada artificialmente en una dirección equivocada mediante los salarios estatales. Se basa en una extrema falta de sentido crítico y, a su vez, aumenta todavía más esta última, pues embota, vuelve indiferente y termina por paralizar casi por completo la capacidad de discernimiento.» (Dühring 1878, 500)

    También Zaratustra se suma a esta crítica cultural de la lectura excesiva (véase también NK 48, 9 s.) y, como contrapartida, exhorta a cultivar el leer y el escribir como prácticas culturales exclusivas. Frente a los mecanismos anónimos de producción de la naciente prensa de masas, coloca la creación individual de individuos sobresalientes. Así expresa su alta estima por «lo que alguien escribe con su sangre» (48, 2 s.) y exige una actitud de recepción correspondientemente entregada. No presenta tan solo una concepción elitista de la autoría, sino que piensa además en un círculo elitista de lectores: «Las sentencias deben ser cumbres: y aquellos a quienes se habla…» (P. 305) «…personas grandes y de elevada estatura (48, 16 s.) No puede sorprender que estas exigencias de exclusividad del leer y escribir encontraran una fuerte resonancia en el círculo de George, en el que, por lo demás, los escritos de Nietzsche fueron recibidos intensamente (cf. →Bolay 2017; cf. NK 48, 2-4). Como proyecto culturalmente conservador de autoría que pretende asegurar al leer y escribir un aura particular en la moderna sociedad de masas, el concepto de una «literatura de cumbres» esbozado por Zaratustra ofrece un adecuado punto de apoyo para el esteticismo programático de Stefan George, que aspira a garantizar al poeta, todavía en la modernidad industrializada de comienzos del siglo XX, la destacada función social de vidente y guía.

    Al mismo tiempo, la valoración despectiva de la lectura contemporánea hace surgir el problema del destinatario, que Zaratustra formula después con toda crudeza en su consecuencia: «Quien conoce al lector, ya no hace nada por el lector» (48, 7). Resulta natural ver aquí un reflejo de la propia y precaria relación de Nietzsche con sus lectores —reales e imaginarios—, tal como se refleja, no en último término, en el subtítulo de Za (cf. al respecto NK 9, 1 s.); tanto más cuanto que el propio Zaratustra ni siquiera aparece como alguien que escribe, sino que comunica oralmente todas sus enseñanzas. Nietzsche reflexionó con frecuencia sobre la relación de sus escritos con sus destinatarios y subrayó a este respecto tanto la pura autorreferencialidad de su producción literaria (cf. al respecto NK 48, 7) como su orientación hacia un público selecto: «Si alguna vez pensé en lectores, fue siempre únicamente en individuos dispersos, sembrados a lo largo de los siglos: y conmigo no sucede como con el cantante al que solo una sala llena le vuelve flexible la voz, expresivos los ojos y elocuente la mano.» (NL 1881, KSA 9, 15[58], 654, 21-25; cf. a este respecto la posterior autoconcepción de Zaratustra como cantante «en una casa vacía», 241, 22).

    48, 1 Del leer y escribir.] La ocupación con el leer y escribir supone una conexión temática con proyectos de la primera mitad de la década de 1870. En la primavera de 1873 Nietzsche esboza el siguiente plan de una obra:

    «Sobre el leer y escribir. / 1. La lectura excesiva. / 2. El escribir excesivo. / 3. El estilo. / 4. El discurso.» (NL 1873, KSA 7, 26[20], 585, 1-5)

    En otoño de 1873 anota:

    «Leer y escribir. / Pensar y hablar, en cambio: ¿qué influencia ejerce esto sobre el mucho leer y escribir?» (NL 1873, KSA 7, 29[226], 722, 7-9)

    48, 2-4 De todo lo escrito amo únicamente lo que uno escribe con su sangre. Escribe con sangre: y experimentarás que la sangre es espíritu.] La sangre es considerada el jugo de la vida; también en la Biblia se dice que en la sangre está la vida (cf. Deuteronomio 12, 23). Al mismo tiempo, el escribir con sangre recuerda prácticas mágicasMA II, WS 42, recurriendo paródicamente a Fausto, habla del pacto con el diablo sellado con sangre: un viejo soldado, al que le cuentan la historia de Fausto, sostiene que Fausto merecía el infierno, puesto que se había entregado al diablo. Pero su mujer replica: «¡Si no hizo nada más que no tener tinta en el tintero! Con sangre…» (P. 306) «Escribir con sangre es ciertamente un pecado, pero por eso no debería arder un hombre tan hermoso, ¿no?» (KSA 2, 572, 12-15).

    Para Zaratustra, sin embargo, escribir con sangre no es manifiestamente el frívolo «signo de una carencia (de tinta)», sino la expresión seria de un escribir logrado y entregado, de un escribir con «sangre del corazón», como explica →Weichelt 1922, 20. Que la formulación, pese a tales intentos de interpretación, sigue resultando áspera, lo subraya →Groddeck 2018, 37 s., señalando la desconcertante equiparación de sangre y espíritu. Como pasaje paralelo aduce una formulación de Za II, «De los sabios célebres», que atribuye al «espíritu» una cualidad hiriente: «El espíritu es la vida que corta ella misma en la vida» (134, 3). Con ello parece decirse que el espíritu, aunque él mismo sea una parte de la vida, ejerce sin embargo violencia contra la vida. En cambio, en la cita que nos ocupa, el espíritu solo ha de hacerse experimentable como resultado del proceso de escritura sangrienta, de modo que el paralelismo no parece del todo ajustado. Pero sí puede retenerse lo siguiente: para Zaratustra es importante el aspecto corporal-existencial, un escribir entregando el cuerpo y el «jugo de la vida», que desemboca en una experiencia del espíritu vinculada de manera inmediata al proceso de escribir entendido corporal y existencialmente.

    La fórmula «escribir con sangre» se convirtió en una cifra fija en el círculo de George. Stefan George anota, acerca de su adecuada comprensión, que no se trata de exhibir las heridas bajo cuyo padecimiento el artista produce su obra, sino de lo auténtico de su excitación artística:

    «Así, el “escribe con sangre” de Nietzsche es malentendido por muchos: ¡muestra, para que se te tenga por auténtico, sin pudor las manchas de tus heridas y las convulsiones de tu voluptuosidad! Pero no queremos ver en absoluto esas cosas, pues el arte no es dolor ni voluptuosidad, sino el triunfo sobre lo uno y la transfiguración de lo otro. El dolor más profundo tampoco se manifiesta lanzando gritos de dolor en el mercado público: […] así pensaba sin duda también Nietzsche; de otro modo no habría dicho “escribe con sangre”, sino: “escribe con tinta roja”.» (George 1896a, 31)

    De modo semejante escribe George en una carta a Ida Auerbach del 26 de junio de 1896:

    «Usted quería ver qué hay en mis obras de forma, qué está escrito con sangre… ¡para mi pesar! Pues semejante cosa nunca debe verse. El arte —mi arte, más bien— no puede reproducir de manera inmediata ninguna vivencia, ninguna excitación. Espera a su transformación rítmica. Experimentar sonoramente a través de ella la profunda excitación, lo “sangrante”, sea tarea de mis pocos lectores.» (→Landmann/Höpker-Herberg 1983, 52)

    48, 7 Quien conoce al lector, ya no hace nada por el lector.] Variantes póstumas extraen del desprecio hacia el lector la consecuencia de un escribir puramente autorreferencial, en el que el autor es al mismo tiempo su único lector: «Quien conoce “al lector”, ciertamente ya no escribe para lectores, sino para sí mismo, el escritor.» (NL 1882, KSA 10, 3[11]62, 72, 15 s.) «Ya no respeto a los lectores: ¿cómo podría escribir para lectores? […] Pero / me anoto a mí mismo, para mí.» (KGW IX 6, W II 1, 1, 40-42; NL 1887, KSA 12, 9[188], 450, 27-29). Nietzsche presenta repetidamente la autorreferencialidad como un rasgo fundamental de su escritura…(P. 307) …como un rasgo fundamental de su escritura; en cartas habla del «Mihi scribo» [«escribo para mí»] (a Heinrich Romundt, 26-9-1875, KSB 5/KGB II 5, n.º 488, p. 118, lín. 48) o también del «principio del mihi ipsi scribo» [«escribo para mí mismo»] (a Paul Rée, 29-5-1882, KSB 6/KGB III 1, n.º 235, p. 199, lín. 19). Y en MA II, VM 167, se lee:

    «Escribir para sí mismo. — El autor razonable no escribe para ninguna otra posteridad que para la suya propia, es decir, para su vejez, a fin de poder seguir alegrándose entonces de sí mismo.» (KSA 2, 446, 2-4)

    Sin embargo, las cartas de Nietzsche muestran que sí hay unos pocos lectores escogidos —«grandes y de elevada estatura» (48, 17), podría decirse con Zaratustra— que le importan. Así escribe el 2 de diciembre de 1887 a Georg Brandes:

    «Estimado señor, unos pocos lectores a los que uno mismo tiene en alta estima, y ningún otro lector: eso pertenece, en efecto, a mis deseos.» (KSB 8/KGB III 5, n.º 960, p. 205, lín. 3 s.)

    Y el 4 de julio de 1887 comunica a Hippolyte Taine:

    «Soy un solitario, usted lo sabrá, y no me preocupo mucho por los lectores ni por ser leído; sin embargo, desde mis veinte años (ahora tengo 43) nunca me han faltado algunos lectores excelentes y muy afectos a mí (siempre fueron hombres mayores), entre ellos, por ejemplo, Richard Wagner, el viejo hegeliano Bruno Bauer, mi venerado colega Jacob Burckhardt y aquel poeta suizo al que considero el único poeta alemán vivo, Gottfried Keller.» (KSB 8/KGB III 5, n.º 872, pp. 106 s., líns. 26-34)

    48, 7 s. Un siglo más de lectores — y el espíritu mismo apestará.] En los fragmentos póstumos se encuentra una formulación análoga, que allí, sin embargo, apunta expresamente al medio periodístico: «Un siglo más de periódicos — y todas las palabras apestarán.» (NL 1882, KSA 10, 3[11]68, 73, 16). Y, remitiéndose a las cartas del ilustrado, economista y filósofo napolitano Ferdinando Galiani (sobre la lectura de Galiani por Nietzsche, cf. NK 5/1, 44, 32-45, 4), Nietzsche anota en abril/junio de 1885:

    «¡La libertad de prensa arruina el estilo! / y finalmente el espíritu: esto ya lo dijo / supo Galiani hace 100 años. / — La “libertad de pen-/samiento” arruina a los pensadores.» (KGW IX 1, N VII 1, 156, 24-30; cf. NL 1885, KSA 11, 34[65], 440, 13-16)

    Véase Galiani 1882, 2, 152: «Dieu vous préserve de la liberté de la presse établie par édit. Rien ne contribue davantage à rendre une nation grossière, à détruire le goût, à abâtardir l’éloquence et toute sorte d’esprit.» («Que Dios os preserve de la libertad de prensa establecida por decreto. Nada contribuye más a embrutecer una nación, a corromper el gusto, a degradar la elocuencia y toda clase de espíritu.») Sobre los exabruptos de Zaratustra (y de Nietzsche) contra el medio periodístico, cf. NK 63, 3 s.

    48, 9 s. Que a todo el mundo se le permita aprender a leer corrompe, a la larga, no solo el escribir, sino también el pensar.] Cf.: «Que a todo el mundo se le permita aprender a leer y lea, eso arruina a la larga no solo a los escritores, sino incluso a los espíritus en general.» (NL 1882, KSA 10, 4[70], 132, 8-10). Nietzsche debió de obtener munición para su ataque de crítica cultural contra la «época de la lectura» sobre todo del ensayo La civilización de John Stuart Mill, … (P. 308) …que se conserva en su biblioteca privada con numerosas marcas y subrayados. Mill caracteriza el presente como una «época de lectura excesiva»:

    «El mundo lee demasiado y con demasiada rapidez para poder leer bien. Mientras el número de libros era menor, se leía reflexionando y con el deseo de extraer de ellos todo el material de conocimiento posible. Pero ¿qué se puede hacer cuando casi todo aquel /22/ que conoce las letras puede y quiere escribir? […] Como consecuencia de ello, el mundo se llena en exceso de alimento espiritual y lo engulle apresuradamente, a grandes bocados, con tal de absorber la mayor cantidad posible. Ya nada se lee despacio ni dos veces. Se recorre un libro con la misma rapidez que un artículo de periódico, y apenas deja una impresión más duradera.» (Mill 1869-1886, 10, 21 s.; Mill se cita aquí a sí mismo y remite a su reseña de Austin’s Lectures on Jurisprudence, 1932.)

    48, 11 s. En otro tiempo el espíritu era Dios, después se hizo hombre y ahora se hace incluso populacho.]Agudización paródica del enunciado bíblico de Juan 1, 14: «la palabra se hizo carne» (Die Bibel NT 1818, 108). Zaratustra parodia la concepción cristiana central de la encarnación de Dios haciendo seguir a la «humanización» la «conversión en populacho».

    48, 13 s. Quien escribe con sangre y sentencias no quiere ser leído, sino aprendido de memoria.] De manera análoga, aunque empleando el concepto genérico Sentenz [«sentencia»], formula Nietzsche en un fragmento póstumo: «Quien escribe sentencias no quiere ser leído, sino aprendido de memoria.» (NL 1882, KSA 19, 3[1]305, 90, 2 s.). Frente a la distinción introducida por la pedagogía reformista entre el aprendizaje memorístico y el aprendizaje comprensivo —ya Rousseau había sido un decidido adversario del aprendizaje de memoria—, este último poseía tradicionalmente una gran importancia cultural en contextos religiosos y espirituales. A ese contexto religioso remite la referencia a las «sentencias», que evoca el horizonte de la literatura de sentencias y de sabiduría.

    Nietzsche presenta aquí el aprendizaje de memoria probablemente también como la forma ideal de trato con lo escrito porque no somete lo escrito a un acto subjetivo de comprensión, sino que lo deja intacto. Detrás de ello se encuentra un escepticismo fundamental frente al comprender y al interpretar como acto de apropiación, tal como aparece también en un fragmento póstumo de Nietzsche, en el que el hablante designa el interpretar como un «medio» para «hacerse señor de algo». (KGW IX 5, W I 8, 78, 42; cf. NL 1885/86, KSA 12, 2[148], 140, 3 s.).

    De vez en cuando, sin embargo, Nietzsche creyó haber encontrado realmente intérpretes y, especialmente, lectores que aprendían de memoria. Así informa a Franz Overbeck, el 14 de septiembre de 1884, acerca de Heinrich von Stein: «En cambio, Stein es suficientemente poeta como para sentirse profundamente conmovido, por ejemplo, por la “otra canción para la danza” (tercera parte) (la había aprendido de memoria).» (KSB 6/KGB III 1, n.º 533, p. 531, líns. 48-50).

    Cuando Nietzsche, al final del prólogo de GM, pasa a hablar del «arte» del buen leer, entonces metafóri-… (P. 309) …lo caracteriza allí metafóricamente como «rumiar»: «Ciertamente, para practicar de este modo la lectura como arte, hace falta ante todo una cosa, […] para la cual hay que ser casi vaca y, en cualquier caso, no “hombre moderno”: el rumiar…» (KSA 5, 256, 2-7 y NK). La «lectura rumiante» está emparentada, por su insistencia, con el aprendizaje de memoria, que se opone igualmente a una apropiación fugaz. Sin embargo, la papilla alimenticia rumiada repetidas veces acaba siendo entregada a la digestión, mientras que en el aprendizaje de memoria no se produce la incorporación (sobre el rumiar, véase NK 4/2, 334, 17-22). Las reflexiones de Nietzsche acerca de la lectura correcta constituyen una reacción ante los cambios contemporáneos en los hábitos de lectura; en particular, el medio de la revista invitaba a una lectura dispersa y configuraba una actitud lectora orientada al rápido cambio entre temas diferentes.

    48, 15-17 En la montaña, el camino más corto va de cumbre a cumbre: pero para eso debes tener piernas largas. Las sentencias deben ser cumbres: y aquellos a quienes se habla, grandes y de elevada estatura.] Prolongación de la idea aristocrática del espíritu de la «elevada conversación entre espíritus» (KSA 1, 317, 21) de los genios solitarios, tal como, siguiendo a Schopenhauer, ya la formula UB II HL (cf. al respecto NK 1/2, 317, 12-22). El joven Rilke agudizará más tarde esta idea hasta convertirla en lema de un arte elitista, del que dice en su Diario florentino (1898): «El arte va de solitario a solitario, en un alto arco por encima del pueblo.» (→Rilke 1984, 40). En Za III, «En el monte de los olivos», Zaratustra no reivindica únicamente para sí las piernas (metafóricamente) largas que han de permitir al gran individuo avanzar a pasos de gigante por encima de las regiones bajas de la humanidad, sino que además reflexiona allí sobre cómo pueden ocultarse esas largas piernas a los envidiosos: «¿No tengo que llevar zancos para que pasen por alto mis largas piernas […]?» (220, 23 s.).

    En la colección de sentencias Z I1, que Nietzsche preparó en 1882 como fondo para un proyectado «libro de sentencias» (NL 1882, KSA 10, 3[1], 53, 2), y a la que recurrió en Za I y más tarde en JGB, se encuentra la formulación: «En la montaña, el camino más corto va de cumbre a cumbre: ¡pero para eso debes tener piernas largas! — Las sentencias son cumbres.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]163, 72, 17-19). Es interesante el cambio en la denominación del género: en el contexto de Za, Nietzsche no habla de «sentencias» (Sentenzen), sino, con afinidad bíblica, de «dichos» (Sprüche).

    La interpretación poetológica del motivo de la montaña y de la cumbre no está prefigurada únicamente en Schopenhauer, sino también en los Nuevos ensayos de Ralph Waldo Emerson, quien expresa con él la sublime condición divina del poeta: «El poeta reconoce el eslabón que falta por la alegría que siente al encontrarlo; el poeta nos presta experiencias infinitas, como un dios que avanza de cumbre en cumbre y solo posa los pies sobre las cimas de las montañas.» (Emerson 1876, 9). En los Ensayos de Emerson, el motivo de la cumbre aparece como metáfora de la forma de comunicación entre grandes individuos presentada como ideal, porque preserva la grandeza individual: «Sentémonos apartados como los dioses, que de cumbre en cumbre, alrededor del Olimpo, unos con otros…» (P. 310) «…hablan unos con otros.» (Emerson 1858, 371; destacado en el ejemplar personal de Nietzsche mediante varias líneas al margen). Sin embargo, Nietzsche da aquí otro giro a la metáfora de la «conversación de los dioses», al referirla a los receptores, que tendrían que poseer una grandeza correspondiente.

    48, 18 s. El aire delgado y puro, el peligro cercano y el espíritu lleno de una alegre maldad: así armonizan bien entre sí.] Con la metáfora del alpinista que se mueve muy cerca del borde del precipicio, Zaratustra describe su ideal de una actitud espiritual que, con «alegre maldad» —negando, sin hundirse en el pesimismo—, maniobra a través de la vida. Su inclinación por aquellos que se mueven a alturas peligrosas ya la había expresado en Za I, Prólogo 6, donde se ocupa del funámbulo moribundo, que había hecho del «peligro» su «oficio» (22, 16 s.; cf. NK 22, 16-19).

    48, 20-22 Quiero tener duendes a mi alrededor, pues soy valeroso. El valor, que ahuyenta a los fantasmas, se crea él mismo duendes — el valor quiere reír.] Mientras que NL 1875, KSA 8, 5[150], 81, 24 s. menciona de una sola vez la «timidez ante duendes y aparecidos», Zaratustra se caracteriza por adoptar frente a unos y otros una actitud diferente: hace desaparecer del mundo a los fantasmas y se crea él mismo «duendes» como demostración de su valor y de su superioridad. Esta distinción entre espíritus creados por uno mismo y espíritus creados por otros se encuentra también en una versión previa: «El valor destruye fantasmas, pero crea duendes.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]173, 74, 1).

    48, 23-49, 7 Ya no siento con vosotros: esta nube que veo debajo de mí, esta negrura y gravedad, de las que me río — precisamente eso es vuestra nube de tormenta. / […] / ¿Quién de vosotros puede a la vez reír y estar elevado? / Quien asciende a las montañas más altas se ríe de todas las tragedias y de todas las tristes seriedades.] Zaratustra se escenifica en una sublimidad elitista. El medio central para crear distancia es su risa, que lo eleva por encima de las regiones bajas de la existencia humana y actúa así al mismo tiempo como mecanismo de autoprotección. Desvincula su economía afectiva de la de los demás hombres al reinterpretar la tragedia de la vida como comedia. De esta estrategia de elevación, risueña y autoterapéutica, se encuentran en los fragmentos póstumos las siguientes versiones previas: «Cuando uno se ha elevado por encima del bien y del mal, ve también en la tragedia únicamente una comedia involuntaria.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]78, 62, 21 s.). «Quien asciende a altas montañas se ríe de todos los gestos trágicos.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]171, 73, 21 s.).

    Contribuciones recientes de la investigación han llamado la atención sobre la fuerte presencia e importancia de la risa en Za: →Hurst 2020 sigue el motivo a lo largo del texto. →Stoller 2016, 281-286 distingue diversas formas de risa en Za: una risa burlona que pone en cuestión al otro, un «reírse de sí mismo» (ibid., 281) y la «risa superior del superhombre» (ibid., 283). En Za IV, donde el motivo alcanza su culminación (así →Meyer 2018, 157), Zaratustra aparece ante los hombres superiores como un maestro de la risa, que allí, sin embargo, no coloca bajo el signo del escapismo y de la repre-… (P. 311) …represión, sino que la ensalza como medio de autosuperación: «¡Cuántas cosas son todavía posibles! ¡Aprended a reíros de vosotros mismos como hay que reír!» (364, 9 s.). →Simonis 2015 interpreta la risa y la danza como estrategias subversivas mediante las cuales Zaratustra se escenifica como una figura invertida de redentor que promete la salvación a una cultura hostil a la vida. Sobre el motivo de los leones que ríen, cf. NK 4/2, 351, 18-20. Sobre la risa en Za, véanse también →Lippitt 1992, →Pusse 2004, →Bührmann 2009, →Hay 2011; en general, sobre la risa en la obra de Nietzsche: →Kunnas 1982, →Lippitt 1999, →Mammysz 2003, →Froese 2017, →Meyer 2018.

    49, 3-7 Vosotros miráis hacia arriba cuando anheláis elevación. Y yo miro hacia abajo, porque estoy elevado. / ¿Quién de vosotros puede a la vez reír y estar elevado? / Quien asciende a las montañas más altas se ríe de todas las tragedias y de todas las tristes seriedades.] Este pasaje, que Nietzsche cita literalmente como lema al comienzo de Za III (cf. NK 4/2, 192, 1-5), subraya la discrepancia entre los hombres interpelados con el «vosotros», que dirigen anhelantes su mirada hacia arriba, y el «yo» de Zaratustra, que los contempla desde arriba, desde una posición elevada. De este modo se estiliza como una figura singular, elevada muy por encima de los enredos humanos, capaz de sobreponerse soberanamente a la dimensión trágica de las «tragedias» humanas.

    49, 8-10 Valerosa, despreocupada, burlona, violenta — así nos quiere la sabiduría: es una mujer y ama siempre únicamente a un guerrero.] La fijación del hombre en el papel del intrépido «guerrero», que configura su vida de manera activa y «violenta», anticipa Za I, «De la guerra y del pueblo guerrero», donde Zaratustra exclama: «¡Veo muchos soldados: quisiera ver muchos guerreros!» (58, 14; cf., no obstante, NK 59, 30 s.). La importancia que tenía para Nietzsche la metáfora del afán de conocimiento guerrero e intrépido se advierte en el hecho de que añadió esta sentencia como lema a GM. En un primer momento la prevé para la portada (cf. KGW IX 3, N VII 3, 32, 28-36 / NL 1886/87, KSA 12, 5[74], 218, 8-12); después la coloca, ligeramente modificada, al comienzo de GM III: «Despreocupada, burlona, violenta — así nos quiere la sabiduría: es una mujer, ama siempre únicamente a un guerrero: Así habló Zaratustra.» (KSA 5, 339, 3-7; cf. también NK 5/2, 339, 3-7). En los fragmentos póstumos del verano/otoño de 1882 se encuentra la sentencia con una ligera variante: «Valerosa, despreocupada, burlona e incluso algo violenta: así nos quiere la sabiduría: es una mujer — y ama siempre únicamente a un guerrero.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]1437, 106, 5-7).

    Inusual es la perspectiva que pone en boca de la sabiduría alegórica femenina, según un dualismo de los sexos, el deseo de vincular sabiduría y agonismo. La sabiduría personificada reaparece en Za II, «La canción para la danza», donde es designada como «mujer» (Frauenzimmer) (141, 9 s.), y en Za III, «La otra canción para la danza» 2, donde la Vida —igualmente personificada— la insulta llamándola «¡loca y vieja necia de sabiduría!» (284, 23). Con la personificación femenina de la sabiduría, Nietzsche enlaza con una tradición que se remonta muy atrás. En la mitología griega antigua y en la cosmografía temprana, la sabiduría aparece como atributo de diversas diosas (todas… (P. 312) …sobre todo de Palas Atenea (véase, por ejemplo, Ilíada XV 412), o también como lado femenino de Dios: así, por ejemplo, las figuras de la Sibila en algunos fragmentos de Heráclito o de la diosa omnisciente en el poema de Parménides evocan representaciones alegóricas de la sabiduría (cf. →Anthonioz/Tenaillon 2017, 94-96). En algunos ámbitos culturales, particularmente entre pueblos semíticos de época pre‐judía, la sabiduría es venerada como una diosa propia. Así, pertenecen respectivamente al panteón del antiguo Canaán (con la diosa Asera), de la religión ugarítica y de los antiguos egipcios (con las figuras de Maat y de la diosa madre Isis) divinidades que actúan como patronas o encarnaciones de la sabiduría (véase ibid., 86 s.).

    En época helenística, el concepto de σοφία/sophía, ya prefigurado en el período arcaico y que originariamente designaba la destreza técnica y el conocimiento especializado del artesano, adquiere un valor cada vez más abstracto y generalizador como disposición para captar el conocimiento divino mediante la capacidad individual de pensar. En la Antigüedad tardía pasa después, en un giro fuertemente moralizante, a convertirse en la primera de las cuatro virtudes cardinales del estoicismo medio, lo que finalmente hace posible su apropiación sincrética y su hipostatización por autores neoplatónicos y paleocristianos de orientación gnóstica (cf. Volpi 2006).

    Como figura femenina, «la Señora Sabiduría», la sabiduría aparece también en la Biblia; se la ha considerado una de las «figuras bíblicas más plásticas» (→Leuenberger 2008, 366) del Antiguo Testamento: desde la época posexílica aparece personificada como figura femenina en los escritos sapienciales Libro de los ProverbiosJesús Sirácida y Sabiduría de Salomón (cf. Maier 2007, apartado 1.1). En las imágenes de portada e iniciales de los escritos de Sirácida y Sabiduría de Salomón, la sabiduría divina suele representarse como una mujer ricamente vestida, a menudo con corona y nimbo (ibid., apartado 2.2.1).

    49, 11 s. Me decís: «La vida es difícil de llevar». Pero ¿para qué tendríais por la mañana vuestro orgullo y por la tarde vuestra resignación?] Un fragmento póstumo lo formula sentenciosamente: «La vida es difícil de llevar: para eso se necesita por la mañana el desafío y por la tarde la resignación» (NL 1882, KSA 10, 4[72], 133, 4 s.; de modo semejante también NL 1882, KSA 10, 5[1]22, 190, 7 s.). Za III, «Del espíritu de la gravedad», retoma el lugar común de la vida difícil de (so)portar para negarlo y atribuir al propio hombre el peso y, con ello, la responsabilidad de su vida: «así se nos dice. ¡Sí, la vida es difícil de llevar! / ¡Pero solo el hombre es difícil de llevar para sí mismo!» (243, 3 s.).

    49, 13-17 La vida es difícil de llevar: ¡pero no os pongáis por eso tan delicados conmigo! Todos nosotros somos hermosos asnos y asnas capaces de cargar. / ¿Qué tenemos nosotros en común con el capullo de rosa que tiembla porque sobre su cuerpo yace una gota de rocío?] En Mateo 21, 5 Jesús envía a dos discípulos en busca de un asno y de un «pollino de una asna de carga» (Die Bibel NT 1818, 28), y Zacarías 9, 9 refiere cómo cabalga «sobre un asno y sobre un joven pollino de la asna» (Die Bibel AT 1818, 909). A este pasaje bíblico remite Moritz von Engelhardt en su tratado de historia eclesiástica El cristianismo Jus-… (P. 313) …de Justino Mártir (1878), que Nietzsche menciona el 19 de julio de 1880 en una tarjeta postal a Franz Overbeck (cf. KSB 6/KGB III 1, n.º 41, p. 31, líns. 7-9), y de la cual, pese a su actitud de rechazo hacia esta obra, anotó para sí: «Zacarías 9,9. J[esús] debe entrar montado sobre la asna de carga y el pollino. La primera —son los judíos que creen en él, ellos han llevado el yugo de la ley. El pollino son los gentiles, que vivían sin ley: pero Cristo les puso las riendas de su palabra; entonces se echaron dócilmente y se dejaron cargar con todo lo que él quiso.» (NL 1880/81, KSA 9, 10[D80], 430, 28-431, 5).

    Se trata del único pasaje de Za en el que Zaratustra, hablando en la forma del «nosotros», incluye en su discurso al sexo femenino («asnas»). En una variante póstuma de este pasaje, el hablante dirige expresamente su discurso a oyentes masculinos y femeninos: «Ora alzar animosamente el cuello, como si fueran a cargar sobre nosotros todo el peso del mundo, ora temblar como un capullo de rosa al que ya le pesa demasiado una gotita de rocío. Hermanos y hermanas míos, ¡no os me pongáis tan delicados! Todos nosotros somos hermosos asnos y asnas capaces de cargar, y de ningún modo capullos de rosa que tiemblan.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[73], 133, 22-134, 4). Cf. también: «Todos nosotros somos hermosos asnos y asnas capaces de cargar y, en verdad, no capullos de rosa temblorosos a los que una gota de rocío les parece ya demasiado.» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]21, 190, 4-6).

    49, 20 Siempre hay algo de locura en el amor.] Amor y locura ya habían sido puestos repetidamente en relación antes de Nietzsche. Heinrich Heine, por ejemplo, formula de manera generalizadora en su ensayo Sobre las muchachas y mujeres de Shakespeare, a propósito de la Cleopatra de Shakespeare: «El amor es siempre una especie de locura, más o menos hermosa», para continuar después, precisando: «pero en esta reina egipcia se eleva hasta una espantosa demencia…» (Heine 1855, 346).

    49, 20 s. Pero siempre hay también algo de razón en la locura.] KGW VI 4, 872 registra esto como una alusión al Hamlet de Shakespeare, donde Polonio descubre la pista de la supuesta locura de Hamlet y la formula mediante la paradoja: «Aunque esto sea locura, tiene método.» (Hamlet II, 2; Shakespeare 1853-1855, 4, 381).

    49, 22-27 Y también a mí, que soy bueno con la vida, me parece que las mariposas y las pompas de jabón y cuanto entre los hombres es de su especie son quienes más saben de la dicha. / Ver revolotear esas almitas ligeras, necias, graciosas, móviles — eso seduce a Zaratustra hasta las lágrimas y las canciones.] Zaratustra siente emoción ante la contemplación de lo ligero; ahora bien, la asociación de las mariposas con las pompas de jabón —que, como es sabido, tienden a estallar— hace que la dicha de esos seres ligeros aparezca como ilusoria. En una variante póstuma, Zaratustra no se ve incitado a «canciones», sino a «versos»: «Las pompas de jabón y las mariposas y cuanto entre los hombres es de su especie me parece que son quienes más saben de la dicha: ver revolotear esas almitas ligeras, necias, móviles, graciosas — eso conmueve…» (P. 314) «…me conmueve hasta las lágrimas y los versos.» (NL 1882, KSA 10, 3[1], 58, 10-13). La palabra del griego antiguo para mariposa es ψυχή (psyché) y significa ambas cosas: «soplo, aliento, alma».

    49, 28 Yo creería solo en un Dios que supiera danzar.] Zaratustra, que da por cierta la muerte de Dios (cf. 17, 7 s.), proclama que estaría dispuesto a creer únicamente en un Dios danzante. Esta confesión, que en un primer momento resulta estrafalaria, ha de entenderse sobre el trasfondo de la referencia inmediatamente posterior a su «diablo». Este es identificado como «espíritu de la gravedad» (cf. NK 49, 29-33) y, en consecuencia, la ligereza y la despreocupación danzante han de ser las armas adecuadas para vencerlo (sobre el motivo conductor de la danza, cf. NK 12, 23 s.). El discurso acerca del «Dios […] que supiera danzar» recuerda el origen religioso de la danza, que en muchas culturas antiguas se hacía remontar a un origen divino. Podría pensarse en el dios fenicio Baal Marduk, que llevaba el sobrenombre de «Señor de la danza», o en Krishna y Gopi, que en la fe hinduista están unidos en una danza eterna. Renate Reschke remite al dios Shiva, representado a menudo en imágenes en la danza cósmica y cuya «significación y eficacia culturales» eran conocidas por Nietzsche a través de Paul Deussen (Reschke 2000b, 260). Como antecedente de la representación del dios danzante se ofrece sobre todo el «Dios Dioniso danzante» (Eckermann 1840, 76), a cuyo culto dancístico Nietzsche se había dedicado detenidamente en sus primeros escritos y en El nacimiento de la tragedia.

    Sin embargo, es dudoso que el discurso de Zaratustra acerca de Dios y de lo divino deba entenderse todavía realmente en el sentido de El nacimiento de la tragedia, como sostiene Reschke 2000b, 262. ¿Es plausible que Zaratustra, que declara la muerte de «todos los dioses» —

    «Muertos están todos los dioses» (102, 13) —

    y que llama a orientarse hacia la tierra, ensalce ahora una vinculación con cultos divinos originarios y con lo metafísico? ¿No se trata más bien de un juego irónico de pensamiento que, mediante un subjuntivo hipotético, coquetea con una transgresión de la concepción convencional de Dios? Según →Figl 2002, 159, Nietzsche contrapone aquí dos tipos de imágenes de Dios que corresponden a «la tipología de Dioniso y del Crucificado». En el último caso, Dios ha degenerado hasta convertirse en «contradicción de la vida», mientras que Dioniso —el otro Dios— «es el eterno sí, la glorificación de la vida» (de modo semejante →Koch 2001, 341). En el caso de un Dios que dijera sí, Zaratustra estaría dispuesto incluso, siguiendo su propio discurso, a creer.

    Nietzsche vuelve sobre esta «confesión de fe» en un fragmento póstumo posterior, para someterla de nuevo y enfáticamente a la reserva de un discurso hipotético-irreal. El apartado comienza con la exclamación: «¡Y cuántos nuevos dioses son todavía posibles!» (KGW IX 10, W II 8, 8, 18; cf. NL 1888, KSA 13, 17[4], 525, 31) y termina con el pasaje: «Y para este caso, por invocar la autoridad de Zaratustra, que no debe estimarse poco: Za=/ratustra llega hasta el punto de confesar de sí mismo: “yo creería solo / en un Dios que supiera danzar.” / Dicho una vez más: ¡cuántos nuevos dioses son todavía posibles! — Zaratustra mismo, ciertamente, es un viejo…» (P. 315) Ateo: el que no cree ni en dioses antiguos ni en dioses nuevos. / ¡Entiéndasele bien! “Z.” Zaratustra [palabra restituida tras una tachadura] “Él” dice ciertamente que creería — / pero no lo hará… — no lo hará… Zaratustra no lo hará.» (KGW IX 10, W II 8, 9, 6-20; cf. NL 1888, KSA 13, 17[4], 526, 14-21).

    49, 29-33 Y cuando vi a mi diablo, lo encontré serio, concienzudo, profundo, solemne: era el espíritu de la gravedad — por él caen todas las cosas. / No con la ira, sino con la risa se mata. ¡Arriba, matemos al espíritu de la gravedad!] La expresión formularia «espíritu de la gravedad», que aparece aquí por primera vez y que desempeñará un papel decisivo en el curso posterior de la obra y, en particular, en Za III, es característica del lenguaje poético de Za, que evita en gran medida los términos filosóficos y coloca en su lugar metáforas, personificaciones y alegorías. El concepto de «espíritu de la gravedad» es en buena medida autoexplicativo, pues hace intuitiva la acción atribuida a ese espíritu, que, como fuerza de inercia y de gravedad, tira de todo hacia abajo: «por él caen todas las cosas» (49, 30 s.). Del «espíritu / genio de la gravitación» (KGW VII 4/1, 63), o bien genius gravitationis, trata también el testimonio textual conservado más antiguo, una versión previa, concebida en forma dialogada, del pasaje que aquí tenemos: «¿Has visto a tu diablo?» — «Sí, pesado, serio, profundo, concienzudo, patético: así estaba allí, propiamente como genius gravitationis, por el cual todos los seres y cosas — caen.» (NL 1882, 3[1]43, KSA 10, 58, 14-16).

    En Za, el concepto «espíritu de la gravedad» reúne todas las fuerzas que se oponen al afán de Zaratustra. Zaratustra lo concibe, personificándolo, como adversario y antípoda; lo llama su «diablo» (49, 29; 139, 11) o, más tarde, en Za IV, «El despertar», su «viejo archienemigo» (387, 1). Aunque el espíritu de la gravedad aparece, en el plano de la imagen, como un adversario exteriorizado de Zaratustra, tiene su sede —al igual que la «melancolía» (Schwermuth), estrechamente emparentada con él (en Za IV, «La canción de la melancolía» 2, 370, 30, el mago habla análogamente del «espíritu de la melancolía»)— en el interior del hombre. El espíritu de la gravedad impide todo desarrollo, paraliza las potencias creadoras, creativas y renovadoras y actúa como una fuerza inhibidora dirigida contra el desarrollo hacia el superhombre. Por eso Zaratustra exhorta a sus oyentes a «matar» al espíritu de la gravedad, a negarlo y volverlo inoperante. Como medio preferente menciona aquí la risa; en capítulos posteriores recurre además a la danza y al vuelo como antídotos.

    Aunque el concepto aparece aquí por primera vez en Za, el efecto aniquilador del espíritu de la gravedad ya está presente anteriormente. De manera dramática y memorable se hace visible desde el comienzo, en Za I, Prólogo 6, en el episodio del funámbulo, que, sucumbiendo a la fuerza de la gravedad, cae hacia su muerte. En el curso posterior se habla expresamente del espíritu de la gravedad en otros cinco capítulos en total, a saber, en Za II, «La canción para la danza» 139, 11 s. y 140, 1-3; Za III, «De la visión y el enigma», 198, 10-15; Za III, «De tablas viejas y nuevas», 248, 7-12; Za IV, «El despertar», 386, 24 s.; … (P.316) …y en Za III, «Del espíritu de la gravedad», el demonio de la gravedad llega incluso a dar título al capítulo (sobre el espíritu de la gravedad, cf. ÜK Za III, «Del espíritu de la gravedad», así como NK 4/2, 241, 1).

    La sentencia de Zaratustra «No con la ira, sino con la risa se mata» es retomada más tarde, en Za IV, «La fiesta del asno» 1, por el hombre más feo, que se apropia de ella citándola: «Pero una cosa sé — de ti mismo la aprendí una vez, oh Zaratustra: quien quiere matar más a fondo, ríe. “No con la ira, sino con la risa se mata” — así hablaste tú una vez.» (392, 26-29). De manera semejante aparece también el poder aniquilador de la risa en un fragmento póstumo: «¡Oh hermanos míos, hay entre vosotros algunos que saben reír una cosa hasta aniquilarla — reírse de ella! Y, en verdad, ¡también mediante la risa se mata!» (NL 1883, KSA 10, 19[5], 584, 11-13). Sobre la risa, cf. NK 48, 23-49, 7.

    49, 34-50, 4 He aprendido a andar: desde entonces me dejo correr. He aprendido a volar: desde entonces ya no quiero que primero me empujen para moverme del sitio. / Ahora soy ligero, ahora vuelo, ahora me veo por debajo de mí.] Para esta confesión de una autosuperación lograda, Nietzsche reunió dos apuntes que se encuentran inmediatamente uno tras otro en la colección de sentencias «En alta mar», del verano/otoño de 1882:

    «Andar y modo de andar. — He aprendido a andar: desde entonces me dejo correr.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]297, 89, 8 s.)

    Y:

    «El espíritu libre. — Quien puede volar sabe que, para echar a volar, no necesita primero que lo empujen, como os hace falta a todos vosotros, espíritus asentados, para poder siquiera “avanzar”.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]298, 89, 10-13).

    El libre «echar a volar» se sitúa, dentro de la red de motivos rectores de Za, concebida de manera predominantemente binaria, del lado de la ligereza, de la danza (cf. NK 12, 23 s.) y de la risa (cf. NK 48, 23-49, 7). Para Zaratustra simboliza su autosalvación de una existencia que se le había vuelto amarga, como expone en Za II, «De la chusma»: «¡En verdad, hasta lo más alto tuve que volar para volver a encontrar el manantial del placer!» (125, 30 s.). Metafóricamente invoca el volar como estrategia en la lucha contra el espíritu de la gravedad; así, en Za III, «Del espíritu de la gravedad»: «dispuesto e impaciente para volar, para volar lejos — esa es ahora mi manera: ¡cómo no habría de haber en ella algo de naturaleza de pájaro!» (241, 15-17).

    Que la estrategia de autoafirmación y autosuperación del volar no puede ser sencillamente imitada, sino que tiene que ser aprendida, es tematizado en Za I, «Del árbol de la montaña»: «¡Odio al que vuela!» (52, 15 s.), exclama allí el joven, a quien el intento de seguir el ejemplo de Zaratustra ha precipitado en una crisis existencial. De manera todavía más fundamental, el propio Zaratustra reflexiona sobre la ambivalencia del volar y del elevarse como un pasar también por encima de aquellos que han de ser los destinatarios de su doctrina (sobre el problemático «pasar por encima», cf. NK 21, 22-24). Reflexiones sobre la metáfora del volar que, sin embargo, dejan de lado su ambivalencia, ofrece →Gebauer 2003.

    En Za III, «Del espíritu de la gravedad», Zaratustra enlaza las distintas formas de locomoción figuradas… (P. 317) …formas figuradas de autosuperación. Las modifica allí presentándolas como una sucesión escalonada y derivando de ella una propedéutica del volar: «Y, por encima de todo, aprendí a estar de pie y a andar y a correr y a saltar y a trepar y a danzar. / Pero esta es mi doctrina: quien quiera aprender alguna vez a volar tiene que aprender primero a estar de pie y a andar y a correr y a trepar y a danzar: ¡no se aprende a volar volando!» (244, 24-29). Un fragmento póstumo del otoño de 1883 remite de modo análogo a la necesidad de una serie evolutiva que debe conducir del andar, pasando por el danzar, hasta el volar: «¿Cómo quieres aprender a danzar si ni siquiera aprendiste a andar? Y por encima del que danza está todavía el que vuela y su bienaventuranza» (NL 1883, KSA 10, 17[59], 556, 21-23). Otro fragmento caracteriza la capacidad de andar como presupuesto de la capacidad de danzar e indica así igualmente una progresión en la que una capacidad tiene como condición la otra: «Ciertamente: antes de aprender a danzar hay que aprender a andar.» (NL 1883, KSA 10, 18[43], 577, 21). Sobre Richard Wagner juzgan algunos fragmentos tardíos que no había alcanzado ninguna de estas etapas de desarrollo: «Wagner, desde el comienzo hasta el final, se me ha vuelto imposible, porque no sabe andar, y mucho menos danzar.» (NL 1886/87, KSA 12, 7[7], 285, 11 s.).

    La metáfora de saber andar y saber danzar recibe una concreción mayor en FW 366, donde el hablante la emplea como criterio para un pensamiento que se despliega «al aire libre» y no sobre la base de pensamientos ya transmitidos y fijados en forma de libro: «nuestra costumbre es pensar al aire libre, andando, saltando, ascendiendo, danzando, preferentemente en montañas solitarias o cerca del mar, allí donde incluso los caminos se vuelven pensativos. Nuestras primeras preguntas de valor, respecto de un libro, un hombre y una música, dicen: “¿sabe andar? más aún, ¿sabe danzar?”» (KSA 3, 614, 7-12). Cf. también NL 1883, KSA 10, 8[3], 326, 7-12, donde se recomienda a los pensadores aprender a volar. Ya GT 1 considera el cantar y el danzar como un desarrollo ulterior del andar y el hablar, aunque allí esto no se produce mediante un desarrollo procesual, sino mediante la superación del andar y el hablar como consecuencia del «encantamiento» del arte: «Cantando y danzando se manifiesta el hombre como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido el andar y el hablar y está en camino de elevarse danzando por los aires. De sus gestos habla el encantamiento. Así como ahora los animales hablan y la tierra da leche y miel, también resuena en él algo sobrenatural: se siente como un dios, él mismo camina ahora tan extasiado y elevado como veía caminar a los dioses en sueños.» (KSA 1, 30, 2-9). En lugar del éxtasis divino alcanzado mediante el arte en GT, aparece en Za el éxtasis «divino» del Zaratustra danzante (cf. NK 50, 3 s.).

    50, 3 s. Ahora me veo por debajo de mí, ahora danza un Dios a través de mí.] Esta «imagen de ligereza autorreflexiva» (→Bishop/Stephenson 2005, 144, n. 47) enlaza con la confesión precedente de Zaratustra de que «creería solo en un Dios que supiera danzar» (49, 28). Ahora ese Dios parece haberse hecho presente —

    La página termina exactamente ahí, en «Jetzt scheint dieser Gott gegenwärtig geworden zu sein  (P. 318) …a través de Zaratustra, que se percibe a sí mismo como si hubiera salido fuera de su existencia y se contemplara desde arriba, desde una distancia divina. Hay que tener en cuenta, sin embargo, una ambigüedad de la formulación que depende de la palabra «a través de» (durch), susceptible de leerse de dos maneras: preposicionalmente (en sentido espacial) o modalmente (indicando la causa). Puede entenderse a Zaratustra como el medio a través del cual el Dios se manifiesta danzando. Pero también puede verse en el propio Zaratustra la causa y el fundamento que hace posible al Dios danzante, cuya existencia coincidiría entonces con la suya propia. Un fragmento póstumo resume como comienzo de la dicha esta paradójica autoelevación mediante la autosuperación del yo: «Mi dicha comienza cuando me veo por debajo de mí, como un ser entre otros seres.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]247, 82, 23 s.). Sobre la metáfora conductora de la danza, cf. NK 12, 23 s.

  • 1.6. Del pálido criminal

    Los conceptos rectores que estructuran este discurso son, junto al concepto de enfermedad, las parejas de opuestos vida y muerterazón y locura, así como las categorías morales de bien y mal. En el centro se encuentra la figura socialmente marginal del criminal, en la cual se representa la transgresión de las normas morales y se reflexiona sobre sus consecuencias. En ella se concentran los estudios de Stettenheim 1900, Gould 1985, Balke 2003 y Kuhne 2003; véanse también los apartados correspondientes de los comentarios a Zaratustra: Rosen 1995, 122-126; Pieper 1990, 170-182; Burnham/Jesinghausen 2010, 41-44.

    James Dodd atribuye al discurso de Zaratustra «Del pálido criminal» una importancia que va mucho más allá del contexto de la obra Zaratustra, pues ve condensados en él, con particular intensidad, temas centrales de Nietzschemoral, historia, subjetividad, cuerpo, voluntad, salud y enfermedady lo entiende por ello como «una rara oportunidad de obtener una visión del conjunto del proyecto de Nietzsche» (Dodd 2005, 54). (P. 291) De «derecho», «ley» y «castigo» se ocupan ya varios apartados de los anteriores «libros de aforismos» de Nietzsche; véanse, por ejemplo, MA I 105, 459; MA II VM 78; MA II WS 22; M 111, 13, 24, 202 y 236; FW 43, 117, 219 y 321.

    El discurso de Zaratustra se caracteriza por un constante cambio de perspectiva. Ofrece alternativamente una visión del criminal, de sus motivos y de su estado psíquico antes y después del acto, así como del trato que recibe el criminal por parte de las instancias juzgadoras de la sociedad. Esta doble óptica se mantiene hasta el final y resulta decisiva para la actitud de Zaratustra. Una y otra vez se dirige a los «jueces y sacrificadores» (45, 2), a quienes exhorta a alcanzar una comprensión psicológica y antropológicamente nueva del criminal y de su acto. Para ello se concentra en la forma de delito que, según la concepción ética general, se considera la más reprobable, a saber, la muerte intencionada de un ser humano. Lo característico de la actitud de Zaratustra ante el asesinato y el asesino es, sin embargo, que declara inadecuadas las categorías morales y, por consiguiente, trata de considerar el problema ético del crimen desde una perspectiva no ética.

    Zaratustra no atribuye al criminal meramente el papel de una figura marginal ejemplar, sino que lo caracteriza como el hombre sufriente por excelencia. Lo entiende como un enfermo y concibe su acto como expresión de una condición fundamentalmente enfermiza de la existencia humana (en un apunte sobre la figura del criminal aparece, en efecto, también el concepto de «degeneración»; cf. NK 45, 1). Pero no patologiza únicamente el acto homicida, sino que lo atribuye al impulso de buscar una salida, pues caracteriza al asesino como alguien que sufre y que aspira a la «superación» del yo, a la «redención» de la existencia humana. El motivo del asesinato es, por tanto, el propio deseo de morir; el criminal mata para provocar que los jueces lo maten a él.

    Cuando Zaratustra, aludiendo al delito del Lustmord, habla del «placer homicida» (47, 1) del autor, remite con ello a un componente pulsional de este acto, que, sin embargo, no considera motivado sexualmente, sino por la pulsión de muertedel autor. Está lejos de condenar moralmente al asesino; por el contrario, lo concibe como una existencia que, en virtud de su acto, se eleva muy por encima del hombre medio, el cual se aferra convulsivamente a su forma de existencia ya obsoleta. En consonancia con ello, un apunte póstumo presenta incluso la locura del pálido criminal como algo casi ejemplar:

    «Muchas cosas me producen náusea en vuestros buenos, y, en verdad, no precisamente su maldad. / Quisiera que tuvieran una locura por la cual pereciesen, como el pálido criminal por su locura; / quisiera que su locura se llamase compasión o fidelidad o justicia. / Pero ellos tienen su virtud para vivir mucho tiempo, — —» (NL 1882, KSA 10, 4[229], 175, 17-24).

    Kuhne 2003, 33 entiende el «gran desprecio» (45, 4) atribuido al pálido criminal como un «índice» de la posición del superhombre referida al «tópico de la superación», posición que, a ojos de Zaratustra, constituiría la «única posición verdadera».

    Aquí hay dos puntos que conviene tener presentes. Lustmord es un término criminológico específico: literalmente algo como «asesinato por placer», pero históricamente suele implicar un componente sexual; Gratz precisamente subraya que Nietzsche desplaza ese sentido hacia el Todestrieb, la pulsión de muerte. Y en Richter und Opferer mantendría «jueces y sacrificadores», que enlaza directamente con el lenguaje sacrificial del propio discurso, antes que reducirlo a «jueces y verdugos». (P. 292) Al mismo tiempo que estiliza al criminal como una existencia sufriente, que mediante su acto orientado al sacrificio de sí mismo trataría activamente de redimirse de su sufrimiento, Zaratustra atribuye al criminal una psique desgarrada. Ve actuar en él fuerzas contrapuestas: a posteriori, el asesino sería incapaz de sostener su propio acto, se mostraría no estar a su altura y retrocedería ante él palideciendo. Por ello, según Stettenheim 1900, 370, el pálido criminal representa una contrafigura del héroe, que también pugna por ir más allá de las leyes vigentes, pero cuyo heroísmo se demostraría precisamente en que es capaz de soportar también esa transgresión. Para el pálido criminal, en cambio, su acto no significa el primer paso de una superación de sí mismo, sino una nueva fijación: retrospectivamente se percibe a sí mismo exclusivamente como autor del acto y está por completo ocupado por esa representación.

    Zaratustra denomina esto una forma de locura: «la locura después del acto» (46, 9), que se corresponde con la «locura […] antes del acto» (46, 11 s.) que guía la acción. A posteriori, la «pobre razón» del criminal trataría de dar una motivación racional a lo sucedido por impulso. Así, se ocultaría a sí mismo el origen de su deseo de matar, la sed de sangre y de sacrificio de sí mismo (cf. 46, 15 s.), al aducir racionalizadoramente el robo como motivo y entregarse con ello a la ilusión de que su acción estuvo guiada por el cálculo. Sin embargo, Zaratustra no ve en ello más que el impotente intento del asesino de hacerse creer que posee autonomía de acción, pues su «pobre razón» apenas alcanza para encubrir las verdaderas fuerzas pulsionales.

    De este modo, en el ejemplo del criminal, la existencia humana queda situada bajo el signo de la heteronomía; el pálido criminal es presentado como una acumulación de fuerzas destructivas, metafóricamente como un «montón de enfermedades» (46, 27) y un «ovillo de serpientes salvajes» (46, 30). Nietzsche retomará más tarde, en GM I 13, desde una perspectiva filosófico-lingüística, el carácter problemático de la autoría subjetiva del acto, radicalizando el problema: allí desenmascara la autoría como una ficción del lenguaje y pone de relieve la paradoja de un «hacer sin autor» (cf. al respecto NK 5/2, GM I 13).

    No solo el papel del criminal, sino también el del juez experimenta en el discurso «Del pálido criminal» una inversión fundamental de valor. Mientras el asesino aspiraría al sacrificio de sí mismo, el papel adecuado del juez parece consistir en consumar ese sacrificio. Según esto, el criminal es en cierto modo su propio juez, y las instancias juzgadoras de la sociedad son únicamente órganos ejecutores que, por «compasión» (45, 12), lo redimen de su existencia. De este modo se entremezclan el culto sacrificial arcaico y la administración —moderna— de justicia, y el papel de los jueces queda situado bajo una luz ambigua. Ciertamente, actúan en nombre de la ley y representan el derecho de quienes obedecen las leyes, razón por la cual también desde el punto de vista de la sociedad cuentan entre los moralmente «buenos». Pero Zaratustra hace tambalear este estatus al equipararlos con sacerdotes sacrificiales arcaicos y, además, atribuirles…

    Aquí termina la página con verbre-; la frase continúa en la 293.

    Un término al que volvería cuando tengamos el pasaje completo es Täterschaft. He usado provisionalmente «autoría [del acto]», porque Gratz enlaza inmediatamente con Tun ohne Täter. También podríamos optar por «condición de agente» / «agencia», filosóficamente más preciso, pero bastante más técnico. En este contexto nietzscheano creo que «autoría» y «hacer sin autor» funcionan bien. (P. 294) y al atribuirles además inclinaciones criminales, los declara, en contradicción con su actuación pública como instancias que administran justicia, criminales de pensamiento (cf. 45, 21-23). Al final de su discurso invierte la valoración moral del criminal y del juez al afirmar: «Muchas cosas de vuestros buenos me producen náusea, y, en verdad, no precisamente su maldad» (47, 11 s.). Es inequívoco que la aversión de Zaratustra se dirige contra quienes llevan una existencia conforme a los criterios morales dominantes y se acomodan en un «miserable bienestar» (47, 16), mientras que su simpatía corresponde al pálido criminal. Así, a la figura del pálido criminal le corresponde, por una parte, un estatus excepcional que rompe las normas; por otra, resulta evidente que «este hombre» (46, 27 y 30) no estaría en condiciones de hacer avanzar el «proyecto del superhombre» ni la idea de la autosuperación humana.

    Sin embargo, en otros discursos el criminal es vinculado repetidas veces con el creador y elevado a figura positiva de identificación, porque rompe con los valores sociales existentes y atrae así sobre sí el odio de quienes están establecidos en la sociedad: «¡Mira a los buenos y justos! ¿A quién odian más? Al que rompe sus tablas de valores, al quebrantador, al criminal: — pero ese es el creador» (26, 6-8; cf. también 266, 21-23). Zaratustra no solo simpatiza con el criminal, sino que, como creador de nuevos valores, aparece él mismo, desde la perspectiva de la sociedad, como un criminal. De la vertiente sombría, desorientadora y destructora de todo punto de apoyo, de su criminalidad disolvente de valores, se lamenta su propia sombra en Za IV: «Contigo rompí lo que alguna vez veneró mi corazón, derribé todos los mojones y todas las imágenes, corrí tras los deseos más peligrosos, — en verdad, una vez pasé por encima de todo crimen» (340, 3-6).

    45, 1. Del pálido criminal. Un apunte contrapone al pálido criminal, como grado de degeneración humana, el hombre prometeico: «¡Liberadnos del pecado y devolvednos la altivez! ¡El pálido criminal en la cárcel y, frente a él, Prometeo! ¡Degeneración!» (NL 1882/83, KSA 10, 4[75], 134, 17-21).

    45, 2 s. No queréis matar, vosotros jueces y sacrificadores, antes de que el animal haya asentido con la cabeza? La espera, de apariencia extraña, de los «sacrificadores» hasta que el animal destinado al sacrificio asienta dando su consentimiento, de modo que con ello debería iniciar él mismo su propio sacrificio, aparece formulada como exigencia en un apunte póstumo: «no debéis matar antes de que el animal asienta con la cabeza» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]203, 210, 4). Algo semejante pudo leer Nietzsche en el libro de su amigo, el indólogo Paul Deussen, sobre el Sistema del Vedānta, que estudió detenidamente en la primavera de 1883, subrayándolo y elogiándolo ante Overbeck como «excelente» (06.03.1883, KSB 6/KGB III 1, n.º 386, p. 339, l. 51). Deussen cita el precepto védico: «se debe pedir al animal sacrificial su consentimiento» (Deussen 1883, 324; la página está marcada con una doblez en la esquina). Más allá de esta referencia concreta, parece esencial la idea de que el consentimiento explícito del animal que va a ser sacrificado —ya sea mediante… (P. 294) ya sea mediante un movimiento de cabeza interpretado como asentimiento, ya mediante una «carrera voluntaria» hacia el altar— fue considerada, desde las comunidades humanas de época protohistórica, condición necesaria para la realización de un sacrificio sangriento. En los estudios clásicos sobre la Antigüedad, y en particular en los dedicados a los usos sacrificiales griegos, esta concepción encontró amplia difusión hasta bien entrado el siglo XX; así, por ejemplo, en Ludwig Ziehen, en Paulys Realencyclopädie (→ Ziehen 1939, 612), en Karl Meuli (1946, 266 s.) y todavía en Walter Burkert (1972, 11). Para fundamentar esta hipótesis se remite sobre todo a un pasaje del escrito de Plutarco Sobre la decadencia de los oráculos (435b-c), así como a dos escolios de la Antigüedad tardía, uno a La paz de Aristófanes (ad v. 960) y otro a las Argonáuticas de Apolonio de Rodas (ad I 425), que se pretendía interpretar como testimonios del carácter necesario de la «manifestación de consentimiento» del animal sacrificial. Estudios más recientes han podido mostrar, sin embargo, que los usos y rituales mencionados en esas fuentes —como, por ejemplo, verter agua de libación sobre la cabeza del animal— no servían para indicar el «consentimiento» del animal y eximir así de culpa al sacrificador humano, sino más bien para comprobar la fuerza vital del animal destinado al sacrificio (cf. → Naiden 2007).

    Precisamente de la dicha del sacrificador y de su disposición al sacrificio de la propia existencia habla Zaratustra más tarde, en Za II, «De los sabios famosos»: «Y la dicha del espíritu es esta: estar ungido y consagrado por las lágrimas como animal de sacrificio, — ¿lo sabíais ya?» (134, 6 s.). La idea del sacrificio encuentra en Za una resonancia predominantemente positiva, en la medida en que el sacrificio no sirve para consolidar las relaciones sociales existentes, sino que, entendido como sacrificio de sí mismo, es presentado, por el contrario, como toque de fanfarria para la superación de las formas actuales de existencia y, con ello, como condición previa para una nueva fundación del hombre y de la sociedad. Sin embargo, la tematización de la idea de sacrificio en Za III, «De tablas viejas y nuevas» 6, resulta claramente ambivalente, pues allí el sacrificio es presentado como un acto de violencia sediento de sangre de los «antiguos sacerdotes de ídolos» interiorizados (251, 6).

    Nietzsche se orienta, al hablar del sacrificio, por sus escritos de MA, aunque invierte una y otra vez la perspectiva y vuelve a iluminar la relación entre sacrificio y sociedad. Así, MA II VM 89 formula una «filosofía del sacrificador» (KSA 2, 412, 21), en la que el sacrificio es valorado por encima de la moral comunitaria que lo exige; y M 215 apunta contra los «moralistas del sacrificio» insinceros (KSA 3, 191, 29), para quienes no se trataría más que de embriagarse consigo mismos. Una especie de conclusión de estos cambios de perspectiva la extrae Nietzsche en FW 220: «— ¡El sacrificio! — El sacrificio y la disposición al sacrificio piensan de manera distinta que los espectadores; pero desde siempre no se les ha dejado tomar la palabra.» (KSA 3, 509, 21-23).

    45, 3-9. Mirad, el pálido criminal ha asentido: desde sus ojos habla el gran desprecio. / “Mi yo es algo que debe ser superado: mi yo es para mí el gran desprecio del hombre”: así habla desde esos ojos. / Que él mismo se juzgase fue su instante supremo…

    La explicación de este pasaje continúa en la p. 295.

    Aquí Gratz introduce un matiz importante: el «asentimiento» del animal sacrificial no sería, según la investigación moderna que cita, un consentimiento real ni ritualizado como tal, sino una interpretación posterior de determinados gestos del animal. Eso hace todavía más llamativa la reelaboración de Nietzsche: en el pálido criminal, ese asentimiento se convierte en algo psicológico y voluntario, ligado al autojuicio y al deseo de sacrificarse. (P. 295) …instante: ¡no dejéis que el sublime vuelva de nuevo a descender a su bajeza! En la figura del pálido criminal, que, asintiendo con la cabeza, da su consentimiento a que lo maten y de ese modo se condena a sí mismo (de manera semejante, → Stellino 2013, 160, n. 23), se retoma, con variaciones, un aspecto central de los discursos de Zaratustra, a saber, la exigencia, vinculada con la idea del superhombre, de la autosuperación del hombre (sobre ello, NK 14, 13 s.). Ya en el primer discurso sobre el superhombre, en Za I, Prólogo 3, esta exigencia aparece vinculada con la metáfora del «gran desprecio» (15, 23; cf. al respecto NK 15, 24-26), que se refiere al desprecio del hombre por sí mismo y que Zaratustra presenta allí como el resorte decisivo para liberarse de esa forma despreciable del ser humano. En Za IV, «La fiesta del asno», constata, a propósito del hombre más feo, el supuesto resucitador de Dios, una transformación semejante en sublime, que también allí puede leerse en los ojos: «Me pareces transformado, tu ojo resplandece, el manto del sublime envuelve tu fealdad: ¿qué has hecho?» (392, 14 s.). En Za II, «De los sublimes», Zaratustra presenta al sublime, o a los sublimes, como figuras de lo transitorio, cuya forma de existencia remite a algo futuro y que están a punto de dejar atrás una etapa anterior de la existencia (cf. al respecto NK 150, 1).

    45, 8-11. Que se juzgase a sí mismo fue su instante supremo: ¡no dejéis que el sublime vuelva de nuevo a descender a su bajeza! / No hay redención para quien sufre de sí mismo de ese modo, a no ser la muerte rápida. La «muerte rápida» como salida para una existencia que, ciertamente, ha llegado más allá de sí misma, pero no puede seguir avanzando, aparece, desde la perspectiva del pálido criminal, como la muerte en el «momento justo», en favor de la cual aboga con fuerza Za I, «De la muerte libre»: la muerte en el punto culminante de la existencia individual (cf. 93, 2-4). Un apunte del invierno de 1882/83 conoce, además de la muerte rápida, otra salida: «No hay redención para quien sufre de la existencia sino dejar de sufrir de su existencia. ¿Cómo lo consigue? Mediante la muerte rápida o mediante el largo amor.» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]207, 210, 21-25).

    45, 12-14. Vuestro matar, vosotros jueces, debe ser una compasión y no una venganza. Y al matar, procurad justificar vosotros mismos la vida. El rechazo de la venganza podría constituir un reflejo de la intensa y crítica confrontación de Nietzsche con El valor de la vida, de Eugen Dühring, documentada en extensos extractos y comentarios del verano de 1875 (cf. el grupo de fragmentos 9[1], KSA 8, 131-185). Dühring reduce en lo esencial el derecho y el castigo a la «satisfacción de la necesidad de venganza» (Dühring 1865, 221; subrayado de Nietzsche) y sostiene, en una formulación central que Nietzsche también subrayó, que «el sentimiento de venganza es el fundamento sobre el cual descansa toda la construcción de nuestros conceptos jurídicos» (ibid., 222). Frente a ello, Zaratustra exhorta a los jueces a someter su actuación a una motivación radicalmente distinta y a sustituir el impulso de venganza por compasión, voluntad de reconciliación y deseo del superhombre (cf. 45, 15-17). Vincula esta exigencia… (P. 296) …con la exhortación a poner de este modo el matar al servicio de la vida. El esquema de pensamiento según el cual la destrucción de una vida considerada indigna de ser vivida favorece la vida, porque crea espacio para una vida más valiosa, está estrechamente ligado, ya desde el «Prólogo de Zaratustra», a la visión del superhombre y encuentra repetida expresión en los llamamientos de Zaratustra a matar y destruir. Así, por ejemplo, en Za I, «De la muerte libre», reclama «predicadores» de «la muerte rápida» (94, 30), que, como un viento de tormenta, barran de los árboles de la vida a todos los «podridos y carcomidos» (94, 28 s.), que llevan ya demasiado tiempo colgados de ellos. La figura conceptual de una destrucción de la vida en nombre de la vida encontró una fuerte resonancia en los discursos eugenésicos a partir de la década de 1920 (cf. al respecto Grätz 2022a).

    45, 15 s. No basta con que os reconciliéis con aquel a quien matáis. Sea vuestra tristeza amor al superhombre. En el legado póstumo se encuentra una variante que pone un acento distinto al tematizar el sufrimiento de aquellos que castigan al criminal por escarnio: «No basta con castigar al criminal, deberíamos también reconciliarnos con él y bendecirlo; o, si no lo amamos, ¡como si le hubiésemos hecho un bien! ¿No sufrimos nosotros por utilizarlo como instrumento de escarnio?» (NL 1882, KSA 10, 3[1], 183, 75, 3-7).

    45, 18-20. «Enemigo» debéis decir, pero no «malvado»; «enfermo» debéis decir, pero no «canalla»; «necio» debéis decir, pero no «pecador». Un apunte póstumo ofrece una variante: «“Enemigo” quiero decir, pero no “criminal”; “gusano” quiero decir, pero no “canalla”; “enfermo” quiero decir, pero no “monstruo”; “necio” quiero decir, pero no “pecador”» (NL 1882, KSA 10, 3[1]330, 93, 13-16). Zaratustra declara inadecuadas las categorías morales y trata de considerar el problema del crimen desde una perspectiva no ética. Por ello rechaza las denominaciones cargadas de valoración moral «malvado», «canalla» y «pecador», y aboga por sustituirlas por los conceptos moralmente indiferentes «enemigo», «enfermo» y «necio» (45, 18-20). En general, niega la obligatoriedad de los criterios morales. Bien y mal, derecho e injusticia no valen para él como criterios intemporales, sino como establecimientos guiados por intereses, que reflejan los valores de la sociedad correspondiente y están, por consiguiente, sometidos al cambio histórico: «hubo otros tiempos y otro mal y otro bien» (47, 4 s.).

    45, 21-23. Y tú, juez rojo, si quisieras decir en voz alta todo lo que ya has hecho en pensamientos, todo el mundo gritaría: «¡Fuera con esta inmundicia y este gusano venenoso!». Al atribuir al juez crímenes cometidos en el pensamiento, Zaratustra nivela la diferencia entre el que juzga y el juzgado. De manera todavía más radical, un apunte póstumo extiende la disposición criminal a todos los hombres, aunque les atribuye al mismo tiempo la represión de su propia criminalidad mental: «Si quisieras decir en voz alta todo lo que ya has hecho en pensamientos, todo el mundo gritaría: “¡Fuera con este repugnante gusano! ¡Deshonra la tierra!” — y todo el mundo olvidaría…» (P. 297) …que él mismo había hecho exactamente lo mismo también en sus pensamientos. ¡Hasta tal punto nos hace morales la franqueza!» (NL 1882, KSA 10, 3[1]381, 99, 20-25).

    45, 21. juez rojo. El adjetivo cromático «rojo» contrasta con el pálido criminal y hace pensar en la sangre que tienen en las manos las instancias juzgadoras, que matan al criminal en nombre de la sociedad. De este modo, la metáfora de los colores socava la oposición entre culpable e inocente, pues presenta también al juez como autor de un acto. Hay que tener en cuenta aquí el significado semiótico que corresponde al color rojo en el ámbito del derecho y de la administración de justicia, donde, como explica Thomas-Michael Seibert, señala los lugares en que se celebra juicio: «Según esto, se celebra juicio bajo el árbol rojo o ante la puerta roja. Pero rojo es también el color de la vestimenta oficial del verdugo; parece que, en ocasiones, también los condenados llevaban vestidos rojos camino de la ejecución». En general, el rojo se convirtió en color simbólico de la ejecución. El «banco rojo» es «el banco en el que se sientan los jueces en el tribunal criminal», y la espada con vaina roja era considerada símbolo de la jurisdicción de sangre, es decir, de la potestad judicial para imponer penas corporales y de muerte. El juez superior solía, durante la ejecución de los delincuentes condenados a muerte, acudir al tribunal «con una vara roja tallada en las manos» (→ https://rechtssemiotik.de/sachen/rote-richter/).

    46, 3-5. Una imagen hizo pálido a este hombre pálido. Estaba a la altura de su acto cuando lo cometió: pero no soportó su imagen una vez cometido. En la colección póstuma de sentencias Z I 1 (con el título «En alta mar») se dice concisamente: «El criminal, por lo común, no está a la altura de su acto, lo revoca y lo difama» (NL 1882, KSA 10, 3[1]375, 99, 1 s.). En la misma colección se encuentra también un apunte más próximo a la versión impresa, pues distingue entre la «acción» y la «imagen» de esa acción: «A menudo se está, ciertamente, a la altura de la propia acción, pero no de la imagen de la acción realizada» (NL 1882, KSA 10, 3[1]111, 66, 19 s.).

    Nos encontramos aquí ante la inversión de una argumentación habitual en la literatura filosófico-jurídica de la época de Nietzsche, según la cual toda «acción es la realización de una representación querida» (Binding 1877, 173). De ahí deduce, por ejemplo, Karl Binding la responsabilidad del autor por su acto: «Puesto que el acto refleja precisamente aquella imagen previamente establecida de la acción, quien actúa no puede rechazar su responsabilidad incondicional» (ibid.).

    Frente a ello, un borrador póstumo de Nietzsche del invierno de 1883/84 exhorta precisamente a poner de manifiesto la incongruencia entre imagen y acción:

    «Hay que mostrar hasta qué punto todo lo consciente permanece en la superficie: cómo la acción y la imagen de la acción son diferentes, qué poco se sabe de lo que precede a una acción; cuán fantásticos son nuestros sentimientos de “libertad de la voluntad”, “causa y efecto”; cómo los pensamientos son solo imágenes, y las palabras solo signos de pensamientos» (NL 1883, KSA 10, 24[16], 654, 28-34).

    En el discurso «Del pálido criminal», la relación entre imagen y acción está planteada, sin embargo, de un modo nuevamente distinto, pues no se trata de la imagen que precede a una «acción»… (P. 298) …que precede a una «acción», sino de su «imagen posterior», que resulta insoportable para el autor y hace que palidezca de espanto (cf. Dodd 2005, 58 s.).

    El fracaso ante el acto recuerda el conciso y, en tiempos de Nietzsche, muy citado juicio formular sobre el Hamlet de Shakespeare que expresa el Wilhelm Meister de Goethe: «una gran acción puesta sobre un alma que no está a la altura de la acción» (Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, libro IV, cap. 13, Goethe 1853-1858, 16, 295). Con ello se alude a la parálisis de Hamlet para actuar, a su incapacidad para el acto, mientras que el discurso de Zaratustra se refiere a la incapacidad de habérselas posteriormente con el acto ya consumado; un pensamiento que JGB 109 formula de nuevo de manera muy semejante: «El criminal no está, con bastante frecuencia, a la altura de su acto: lo empequeñece y lo calumnia» (KSA 5, 92, 16 s.). Una perspectiva completamente distinta sobre el acto insoportable adopta MA II VM 328: este apartado no pone en el centro el acto criminal, sino, por el contrario, el acto excelente, aquel del que los demás «no están a la altura», razón por la cual el entorno convierte al «macho cabrío de la virtud» en chivo expiatorio (cf. KSA 2, 514, 26-515, 3).

    46, 8-10. La raya hechizó a la gallina; la raya que él trazó hechizó su pobre razón — a esto lo llamo la locura después del acto. La observación, utilizada como comparación para la relación del criminal con su acto, de una gallina hechizada por una «raya» —según Preyer 1881, 179, una «observación probablemente antiquísima»— suele atribuirse al erudito universal Athanasius Kircher, quien en el siglo XVII describió, durante experimentos con un gallo, un estado de inmovilidad hipnótica. El experimentum mirabile, como Kircher llamó a su experimento, gozaba de gran notoriedad en tiempos de Nietzsche y era «especialmente popular entre los niños» (Berliner Börsen-Zeitung, edición vespertina, 15.05.1882, 13).

    Hasta hoy, el fenómeno, que encontró numerosos ecos en la cultura popular (cf. → Grünlich 2020, 170 s.), es conocido como «hipnosis de las gallinas». En el siglo XIX constituyó, en el contexto de las investigaciones sobre fisiología nerviosa, un objeto de estudio científico. Así, la Medizinisch-chirurgische Rundschau (1874, 808) resumía con las siguientes palabras el artículo, aparecido en 1873, Observaciones y experimentos sobre estados hipnóticos en animales, del biólogo de Leipzig Johann N. Czermak, quien estudió el fenómeno en varias series de experimentos:

    «Kirchner [sic!] describió en 1646, como “Experimentum mirabile”, un experimento en el que una gallina, con las patas atadas y el cuello y la cabeza estirados, era colocada sobre el suelo de una habitación; después, comenzando desde los ojos, se trazaba con tiza una raya hacia la derecha y hacia la izquierda desde la cabeza sobre el suelo y, una vez soltadas las ataduras, la gallina permanecía durante varios minutos en aquella incómoda postura. […] Aquel estado de inmovilidad y rigidez es denominado por el autor “hipnotismo” y entendido como una especie de auténtico sueño cataléptico.»

    De manera semejante a los biólogos Maximilian Perty y William T. Preyer, Czermak llegó a la conclusión de que la observación transmitida por Kircher tenía, en principio, «plena exacti…» (P. 299)«plena exactitud», aunque no sería necesaria ninguna raya de tiza, sino que bastaría con sujetar simplemente a las gallinas para sumirlas en un estado de «suspensión completa de su inteligencia o de su voluntad» (→ Czermak 1873, 109).

    Zaratustra, en cambio, recurre a la raya (de tiza) que provoca la inmovilidad: del mismo modo que esta paraliza al gallo en el experimentum mirabile, así, según Zaratustra, el recuerdo de su propio acto sume al criminal en un estado cataléptico, porque reduce enteramente su personalidad a ese acto. Este pensamiento, según el cual la existencia del criminal es percibida exclusivamente bajo el signo de su acto y queda así presa de su hechizo, aparece expresado todavía con mayor concisión en una versión preliminar póstuma. Esta lo declara un caso de hipnosis moral:

    «Los criminales son tratados por los hombres morales como accesorio de un único acto — y ellos mismos se tratan así, tanto más cuanto más era ese único acto la excepción de su ser: actúa como la raya de tiza en torno a la gallina. — Hay muchísimo hipnotismo en el mundo moral.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]196, 64, 20-24).

    El «mundo moral», por tanto, prescinde de la persona y de sus motivos individuales y se atiene exclusivamente al hecho del acto.

    La cuestión de cuál fue la fuente de Nietzsche, discutida por → Brusotti 2001, 123 s. y Sommer en NK 5/2, 389, 28-30, difícilmente puede resolverse de manera definitiva, dada la gran notoriedad de que gozaba el experimentum mirabile. Como posible candidato se presenta la traducción alemana de una recopilación de ensayos de James Braid titulada El hipnotismo, que años más tarde aparece en una lista de lecturas de Nietzsche: «Braid, Hypnotism. / alemán por Preyer 1882» (KGW IX 3, N VII 3, 188, 10 s.; cf. NL 1886/87, KSA 12, 5[110], 229, 6). En Braid, sin embargo, el experimento solo recibe una mención sucinta:

    «Es sabido que puede hacerse que una gallina permanezca inmóvil si se le mantiene el pico contra el suelo o contra la mesa y se la obliga así a mirar una raya de tiza o una tira de papel coloreado colocada ante su cabeza.» (Braid 1882, 99 s.).

    También resulta dudoso que Nietzsche conociera ya esta colección de ensayos en la época en que hizo su primera anotación sobre el experimento de la gallina (cf. → Brusotti 2001, 123 s.).

    En GM III 20 Nietzsche retoma la imagen de la gallina y la raya, aunque en un contexto diferente. Pues también allí se trata, en sentido amplio, de crimen, culpa y castigo, pero no con referencia a un acto determinado. Lo que allí se plantea es la hipnotización cristiano-sacerdotal del hombre en cuanto tal mediante la atribución de pecaminosidad, que carga sobre él su sufrimiento como algo causado por él mismo, con el resultado de que le ocurra «como a la gallina en torno a la cual se ha trazado una raya. Ya no consigue salir de ese círculo de rayas: del enfermo se ha hecho “el pecador”…» (KSA 5, 389, 28-31).

    Un apunte, como señala NK 5/2, 389, 28-30, tiende un puente hacia el discurso psiquiátrico contemporáneo mediante la equiparación entre hipnosis de la pecaminosidad e idea fija:

    «¡Idea fija! / del pecado, la hipnotización de la / gallina…» (P. 300)…por la raya, pecado» (KGW IX 8, W II 5, 28, 46-48; NL 1888, KSA 13, 14[179], 364, 19-21).

    46, 17-22. Pero su pobre razón no comprendió esta locura y lo persuadió. «¡Qué importa la sangre! —dijo—; ¿no quieres por lo menos cometer además un robo? ¿Tomarte una venganza?» / Y él escuchó a su pobre razón: como plomo pesaba sobre él su discurso — entonces robó cuando asesinó. No quería avergonzarse de su locura. La racionalización de lo pulsional a la que aquí se alude aparece expresada sin encubrimiento en una variante póstuma: «Con nuestras intenciones racionalizamos nuestros impulsos incomprensibles: como hace, por ejemplo, el asesino, que justifica ante su razón su verdadera inclinación, a saber, al asesinato, decidiendo cometer además un robo o tomarse una venganza.» (NL 1882, KSA 10, 5[1]6, 187, 16-188, 3).

    46, 23-26. Y ahora vuelve a pesar sobre él el plomo de su culpa, y de nuevo su pobre razón está tan rígida, tan paralizada, tan pesada. / Si pudiera tan solo sacudir la cabeza, su carga rodaría hacia abajo: pero ¿quién sacude esa cabeza? La expresión fraseológica corriente «pesado como el plomo», que designa algo opresivo, se toma aquí literalmente y, de este modo, se invierte su sentido: el peso de plomo aparece como algo que podría sacudirse fácilmente, con tal de que aquel sobre quien pesa pudiera sacudir la cabeza: «Ahí pesa ahora sobre ellos el plomo de su culpa: están tan torpes, tan rígidos; si pudieran tan solo sacudir la cabeza, rodaría hacia abajo. Pero ¿quién mueve esas cabezas?» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]187, 208, 3-5).

    46, 27-32. ¿Qué es este hombre? Un montón de enfermedades que, a través del espíritu, se extienden hacia el mundo; allí quieren hacer su presa. / ¿Qué es este hombre? Un ovillo de serpientes salvajes que rara vez tienen reposo unas junto a otras; entonces se marchan cada una por su lado y buscan presa en el mundo. Estas representaciones metafóricas de la falta de autonomía y de libertad de la voluntad del yo dan testimonio de la disolución de la concepción tradicional del organismo. El yo no aparece aquí como una unidad, sino como una multiplicidad desorganizada que se extiende hacia su entorno de manera descoordinada y depredadora.

    En el legado póstumo se encuentra una variante que subraya este aspecto y que habla de «pasiones» en lugar de «enfermedades»: «¿Qué es el hombre? Un montón de pasiones que, a través de los sentidos y del espíritu, se extienden hacia el mundo: un ovillo de serpientes salvajes que rara vez se cansan de luchar. Entonces miran hacia el mundo para hacer allí su presa.» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]185, 207, 23-26).

    Un pasaje que, de manera semejante, pone en duda la integridad del yo se encuentra en El único y su propiedad, de Max Stirner:

    «¿Qué soy yo? —se pregunta cada uno de vosotros—. ¡Un abismo de impulsos sin regla, apetitos, deseos, pasiones, un caos sin luz ni estrella guía! ¿Cómo habría yo de obtener una respuesta correcta si, sin tener en cuenta los mandamientos de Dios ni los deberes que prescribe la moral, sin tener en cuenta la voz de la razón, que en el curso de la historia, tras amargas experiencias, ha elevado a ley lo mejor y más razonable, me preguntara únicamente a mí mismo?» (P. 301) «Mi pasión me aconsejaría precisamente lo más absurdo. — Así, cada uno se tiene a sí mismo por el — diablo; pues, si, en la medida en que no se preocupa por la religión, etc., se tuviera únicamente por un animal […]» (Stirner 1845, 212 s.). Sobre la cuestión de la posible recepción de Stirner por Nietzsche, cf. NK 81, 1-10, con indicación de bibliografía.

    También Paul Rée trata de la falta de responsabilidad del criminal por sus actos en su libro El origen de los sentimientos morales, cuya publicación Nietzsche recomendó en 1876 a su editor Ernst Schmeitzner (cf. carta de 18.12.1876, KSB 5/KGB II 5, n.º 580, p. 207 s., l. 4-11) y sobre el cual se pronuncia también más tarde —tanto de forma elogiosa como crítica— en repetidas ocasiones. Rée deduce de la falta de libertad de la voluntad del criminal su falta de responsabilidad, para exigir después, sin embargo, con una extraña inconsecuencia, su castigo con fines disuasorios:

    «Se considera libre la voluntad humana, como ya se ha dicho. “El criminal merece castigo porque ha actuado así, cuando habría podido actuar de otro modo.” / Si, por el contrario, se hubiese reconocido la necesidad de las acciones criminales, no habría podido arraigar la idea de que debían ser retribuidas. Más bien se habría dicho: acciones que son necesarias no pueden ser hechas responsables ni retribuidas por lo sucedido; pero aquel que, precisamente porque están determinadas necesariamente por motivos, debe ser castigado para que el temor a ese castigo se convierta en el futuro, para el autor mismo y para todos los demás, en un motivo para abstenerse de acciones semejantes.» (Rée 1877, 49 = Rée 2004, 155).

    46, 33 s. ¡Mirad este pobre cuerpo! Lo que sufrió y deseó, eso se lo interpretó esta pobre alma. Variante zaratustriana del dualismo de cuerpo y alma: lo primario es el cuerpo; el alma reacciona a sus experiencias.

    47, 3-5. Quien ahora enferma es asaltado por el mal que ahora es malo […]. Pero hubo otros tiempos y otro mal y otro bien. La enfermedad se interpreta como una conducta desviada que no corresponde a la norma social vigente en cada momento y que, por ello, es calificada de «mala».

    47, 6-8. En otro tiempo la duda era mala y lo era la voluntad de sí mismo. Entonces el enfermo se convirtió en hereje y en bruja: como hereje y bruja sufrió y quiso hacer sufrir. Cf. al respecto NK 82, 21 s.

    47, 11 s. Muchas cosas de vuestros buenos me producen náusea, y, en verdad, no precisamente su maldad. En un apunte póstumo, la náusea se extiende también al mal, aunque expresamente no al mal de los buenos: «Hay muchas cosas en los malos que me producen náusea, pero también muchas cosas en los buenos: ¡y, en verdad, no precisamente su “maldad”!» (NL 1882, KSA 10, 3[1]182, 75, 1 s.).

    La inversión de las categorías morales tradicionales es una de las preocupaciones centrales de Zaratustra. En consonancia con ello, invierte una y otra vez, de manera paradójica, la relación entre bueno y malo. Esto alcanza su punto culminante en Za III, «El convaleciente» 2, con la exigencia de «que el hombre debe hacerse mejor y más malo» (274, 5 s.; sobre ello NK 4/2, 274, 2-11). La confesión de la náusea… (P. 302) La confesión de la náusea se encuentra en una relación de tensión con la caracterización de Zaratustra en Za I, Prólogo 2, donde precisamente se le niega el afecto de la náusea (cf. NK 12, 23 s.).

    47, 12-15. Quisiera que tuvieran una locura por la que pereciesen, como este pálido criminal. / En verdad, quisiera que su locura se llamase verdad o fidelidad o justicia. Una versión divergente de este pasaje ofrece NL 1882/83, KSA 10, 4[229], 175, 19-23: «Quisiera que tuvieran una locura por la que pereciesen, como el pálido criminal por su locura; / quisiera que su locura se llamase compasión o fidelidad o justicia.»

    47, 17 s. Yo soy una barandilla junto a la corriente: ¡agárreme quien pueda agarrarme! Pero vuestra muleta no soy.Zaratustra expresa aquí metafóricamente su concepción de sí mismo como maestro. Sus aspiraciones no se dirigen a todos los hombres, sino únicamente a aquellos que se atreven a algo, desarrollan un impulso propio y pueden agarrarlo y comprenderlo espiritualmente, como sugiere el juego de palabras con fassen y erfassen (cf. de modo semejante NL 1882, KSA 10, 4[117], 149, 5 s.; NL 1882, KSA 10, 5[1]173, 206, 18 s.).

  • 1.5. De las alegrias y pasiones

    El capítulo constituye la contrapartida de «De las cátedras de la virtud», donde un sabio, como «predicador de la virtud» (34, 18), expone su doctrina de sabiduría —fuertemente ironizada—. Aquí Zaratustra ofrece una concepción propia de la virtud que se encuentra en oposición diametral a la doctrina del sabio. Mientras este propugna una virtud que pretende mantener al hombre preso en un estado de pasividad, minoría de edad y determinación ajena, el concepto de virtud de Zaratustra está orientado al cambio y a la transformación; apunta a la superación del «hombre viejo» y está, por tanto, directamente ligado a la exigencia del superhombre. Pero, aunque el concepto de virtud, mencionado en total 16 veces tanto en singular como en plural, ocupa inequívocamente el centro, llama la atención hasta qué punto permanece semánticamente indeterminado. Que en ningún lugar se concrete qué virtudes se quieren decir forma, sin embargo, parte del programa, pues Zaratustra, en contradicción con la comprensión convencional, declara que la virtud es una cualidad individual que se sustrae a toda normativización y fijación.

    En la investigación, el discurso —que Hunt 1991, 56 califica como «la discusión más general de Nietzsche sobre la naturaleza de la virtud», mientras que Zibis 2007, 114 afirma que N. da con él a su doctrina de la virtud «el giro quizá más peculiar y sorprendente»— ha recibido atención sobre todo como planteamiento para el establecimiento de una ética individual (cf. Coker 1994b y Pieper 1990, 163-170). Se ha destacado en diversas ocasiones que Zaratustra exhorta a una virtud que no quiere hacerse común (con el rebaño) y para la que no debería haber ninguna palabra ni ningún nombre vinculante, una virtud que, por consiguiente, trata de sustraerse radicalmente a toda «familiarización» lingüística (en este sentido, Brobjer 1995, 79; Himmelmann 2000, 23; Gerhardt 2011a, 14; Swanton 2015, 175; Seggern/Martins 2016, 71). También ha recibido atención la idea de una «transformación liberadora» (Hunt 1991, 56) de las pasiones en virtudes (cf. al respecto NK 43, 11 s.), que no solo atenúa la oposición entre ambas, sino que además traslada al régimen afectivo y de las virtudes del hombre la idea de una transformación entendida como acrecentamiento y superación, tal como la desarrolla el discurso De las tres transformaciones. Ansell-Pearson 2019 trata el capítulo como ejemplar de la determinación positiva de las pasiones en la fase «media» de N.

    Zaratustra no enseña virtudes determinadas, sino que intenta transmitir una nueva comprensión de la virtud. Volviéndose contra la doctrina cristiana de la virtud, orientada hacia la promesa de una vida ultraterrena, propugna una «virtud terrenal» (42, 19), que afecta por igual a lo psíquico y a lo físico. Se vuelve expresamente contra doctrinas de la virtud fundamentadas social, cultural y religiosamente (cf. 42, 16-20) y atribuye a cada hombre su virtud propia e inconfundible. No solo rechaza las generalizaciones y, con ellas, también un código moral de validez general; además exige que no se hable de la propia virtud, pues ya por el mero hecho de darle un nombre y reducirla a un concepto se la convierte en algo general. Por ello habría que evitar la «familiaridad de los nombres» (42, 11) y más bien «balbucear» acerca de la virtud (42, 13). Tras esta argumentación se deja entrever un escepticismo fundamental respecto del lenguaje, provocado por el carácter convencional de este. Puesto que el lenguaje se basa en el acuerdo, se lo considera inadecuado para hacer justicia a lo individual y particular. Aquello que es nombrado pierde, al ser reducido a un concepto, su particularidad. Adherirse a las concepciones generales de la virtud… (+P) Adherirse a las concepciones generales de la virtud significa, por tanto, según Zaratustra, hacerse común con el rebaño: «¡Ahora tienes su nombre en común con el pueblo y te has convertido en pueblo y rebaño con tu virtud!» (42, 6 s.).

    Zaratustra exhorta a no convertirse en «pueblo y rebaño», a no adherirse a la «razón de todos» (42, 20), sino a pasar de una orientación desde fuera a una orientación hacia uno mismo y, mediante el desarrollo ulterior de las propias disposiciones, producir un «bien» individual (42, 14). En lugar de reprimir pasiones como la ira, la voluptuosidad, el fanatismo religioso y la sed de venganza, habría que canalizar sus energías y ponerlas al servicio de la «meta suprema» (43, 4). Mediante esta vinculación a una finalidad, las pasiones se transformarían en virtudes, en cualidades conducentes a una meta: un proceso de transformación que Zaratustra describe metafóricamente de tres maneras distintas, como transformación de «diablos» en «ángeles» (43, 10), de «perros salvajes» en «pájaros y amables cantoras» (43, 11 s.) y de «venenos» en «bálsamo» (43, 13). A pesar de este despliegue de comparaciones ilustrativas, resulta difícil comprender con precisión lo que se quiere decir. Está claro que se trata de una transformación de impulsos negativos en positivos, con lo cual queda abolida la rígida oposición entre virtud y vicio. Para Zaratustra no existen propiedades absolutamente buenas o malas; responsabiliza, más bien, al individuo de que sus pasiones actúen de manera perjudicial o de que consiga transformarlas en virtudes útiles. La relativización del concepto de virtud que aquí se pone de manifiesto constituye un elemento central del programa de relativización y nueva fundamentación de los valores.

    Zaratustra concibe como un desafío la pluralidad de las virtudes. Puesto que los individuos están determinados por diferentes pasiones, de ellas tienen que surgir también, según la argumentación, diferentes virtudes. Pero, como cada virtud reclama enteramente para sí al yo, las virtudes entrarían en conflicto entre ellas y convertirían al yo en un «campo de batalla de virtudes» (43, 22). Con ello Zaratustra contrapone a la lucha entre virtud y vicio, representada con frecuencia desde la Antigüedad en la poesía y en las artes plásticas, la imagen de virtudes que luchan unas contra otras. La lucha y el enfrentamiento bélico no tienen aquí en absoluto una connotación negativa. «Hermano mío, ¿son malos la guerra y la batalla?», pregunta Zaratustra, para responderse a sí mismo: «necesario es este mal» (43, 23 s.). Tras ello parece perfilarse la concepción de un individuo que, como formación dinámica, está determinado por la constelación agonal de fuerzas singulares y que solo mediante ellas continúa desarrollándose. La lucha interior de las fuerzas constituye, por consiguiente, el presupuesto para la renovación del hombre: «por eso debes amar tus virtudes, pues por ellas irás a tu ocaso» (44, 4 s.), reza el paradójico mensaje. En el Prólogo de Za I se dice aún más incisivamente que la virtud «es voluntad de ocaso» (17, 16 s.). La doctrina de la virtud de Zaratustra concibe el yo, con sus fuerzas y virtudes en pugna, como un motor de la autosuperación —«El hombre es algo que debe ser superado» (44, 3)— y se revela así directamente vinculada con su idea del superhombre.

    42, 1. De las alegrías y pasiones.] En la insólita formación verbal «Freudenschaften», construida según el modelo de Leidenschaften, no nos encontramos ni ante una creación nueva de N. (como supone Wirth 1971, 68; véase, por el contrario, ya Arndt 1845, 149: «Leidenschaften und Freudenschaften»), ni ante una «palabra sustitutiva» formada por una patológica «debilidad de la memoria» (cf. [Anónimo] 1904, 2). Más bien, el título del capítulo, mediante la lúdica equiparación lingüística de alegría y pasiones —siguiendo la fórmula convencional «alegría y dolor» [Freud und Leid]—, subraya la transformación de las pasiones en virtudes propugnada en el discurso (cf. Dodd 2005, 63): «Pusiste tu meta suprema en el corazón de esas pasiones: entonces se convirtieron en tus virtudes y Freudenschaften» (43, 4 s.). En la investigación, el concepto zaratustriano de sublimación de los impulsos se ha puesto en analogía con la idea de una «espiritualización» gradual ligada al eros platónico (cf. Klock-Kornitz 1963, 597), con «el camino de la servidumbre a la libertad descrito en la Ética de Spinoza» (Seggern 2012, 259) y con la doctrina de la catarsis en la Dramaturgia de Hamburgo de Lessing (cf. Seggern 2014, 251 s.; Seggern/Martins 2016, 71; véase al respecto NK 43, 11 s.). Ya MA II WS37 exhorta a valorar las pasiones y formula como programa «transformar todas las pasiones de la humanidad en Freudenschaften» (KSA 2, 569, 21 s.).

    42, 4 s. Ciertamente, quieres llamarla por su nombre y acariciarla; quieres tirarle de la oreja y divertirte con ella.]En una anotación del verano/otoño de 1882 no son las virtudes, sino los propios pensamientos, aquello de lo que un «él», según el discurso del hablante, tira enamorado de sí mismo «de la oreja»: no porque sea un «escéptico», sino porque está solo: «Está solo y no tiene nada más que sus pensamientos: ¡qué tiene de extraño que a menudo sea tierno y juguetón con ellos y les tire de las orejas! Pero vosotros, torpes, decís que es un escéptico» (NL 1882, KSA 10, 3[1]286, 87, 19-22).

    42, 6-10. ¡Y mira! Ahora tienes su nombre en común con el pueblo y te has convertido en pueblo y rebaño con tu virtud. / Harías mejor diciendo: «inefable y sin nombre es lo que constituye el tormento y la dulzura de mi alma y es además el hambre de mis entrañas».] La crítica no se dirige contra la virtud como tal, sino contra su denominación lingüística convencional, que priva a la virtud de su impronta individual, la devalúa y hace que quien posee semejante virtud se vuelva común con «pueblo y rebaño». El concepto de rebaño, que desde comienzos de los años ochenta aparece como concepto central en los escritos filosóficos de N. (cf. al respecto NK 20, 11), se dirige críticamente contra la uniformización de los hombres en su pensamiento y en su conducta, apareciendo el propio rebaño como un poder represivo interiorizado que genera presión hacia la uniformidad.

    42, 11-15. Sea tu virtud demasiado alta para la familiaridad de los nombres; y si tienes que hablar de ella, no te avergüences de balbucear acerca de ella. / Habla, pues, y balbucea: «Este es mi bien, esto amo, así me agrada del todo, solo así quiero yo el bien».] El pasaje se encuentra en el contexto de las reflexiones críticas sobre el lenguaje que recorren Za (al respecto, Grätz 2019). Aquí Zaratustra da a entender que la virtud, en su carácter excepcional, no puede ser captada adecuadamente por el insuficiente lenguaje conceptual. Como salida propone el habla balbuciente, tal como tradicionalmente se atribuye al profeta o a quien ha sido arrebatado místicamente. Sobre el balbuceo, cf. NK 18, 29 s.

    43, 6-10. Y aunque fueras del linaje de los iracundos o del de los voluptuosos o de los furiosos de la fe o de los sedientos de venganza: al final todas tus pasiones se convirtieron en virtudes y todos tus diablos en ángeles.] El legado póstumo del invierno de 1882/83 registra las siguientes variantes: «Pertenezco al linaje de los iracundos, de los voluptuosos, de los sedientos de venganza y de los furiosos de la fe; casi lo había olvidado yo mismo» (NL 1882/83, KSA 10, 4[15], 113, 2 s.). Y: «¿Quién me creería —dijo Zaratustra— que pertenezco al linaje de los iracundos, y al de los voluptuosos, de los furiosos de la fe, de los sedientos de venganza? Pero la guerra me ha curado» (NL 1882/83, KSA 10, 5[11]16, 200, 11-14).

    43, 9 s. Al final todas tus pasiones se convirtieron en virtudes y todos tus diablos en ángeles.] Una anotación póstuma lo formula de manera generalizadora: «Todo bien es la transformación de un mal: todo dios tiene por padre a un diablo» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]68, 195, 4 s.).

    43, 11 s. En otro tiempo tenías perros salvajes en tu sótano; pero al final se transformaron en pájaros y amables cantoras.] El perro, el animal domesticado que, como protector de… (+P) 43, 11 s. En otro tiempo tenías perros salvajes en tu sótano; pero al final se transformaron en pájaros y amables cantoras.] El perro, animal domesticado por el hombre y que, desde República 375a de Platón, ha entrado en la historia cultural como guardián, remite aquí a la permeabilidad de la frontera entre cultura y naturaleza, pues los perros del sótano no protegen de los peligros de la naturaleza salvaje, sino que encarnan ellos mismos esos peligros. Los «perros salvajes», que, en cuanto perros sin dueño, representan la posibilidad de una recaída en un estado no domesticado, son invocados como metáfora de pasiones e impulsos reprimidos que, según Zaratustra, hay que transformar y ennoblecer para sacarlos a la luz del día. Con ello aboga por la «sublimación en lugar de la represión y la satisfacción de los impulsos» (Rattner 2000, 125; cf. también NK 42, 1). La idea de que los perros salvajes —pasiones que han crecido hasta convertirse en «monstruos» (Untiere) (KSA 2, 569, 14)— pueden ser domesticados aparece ya en MA II WS 37. En un estadio previo correspondiente, el hablante se dirige alentadoramente a los oyentes: «¡Habláis de las terribles pasiones! ¡Grandes palabras! Por descuidar lo más pequeño habéis dejado que crezcan hasta convertirse en monstruos. No tienen por qué convertirse en devastadoras aguas torrenciales» (NI V 3, 37).

    Que precisamente aquello que ha sido estigmatizado como inmoral y «malo» sea apropiado para estimular las fuerzas positivas del hombre constituye en Za un esquema argumentativo rector, que también aparece en Za II, De los sublimes, combinado con la idea de transformación, cuando allí se dice del sublime: «Sometió monstruos, resolvió enigmas: pero debería redimir también a sus monstruos y enigmas, debería transformarlos aún en niños celestiales» (151, 29-31; sobre el programa de un «hacer más malo» [Verböserung] al hombre, cf. NK 4/2, 359, 5 s.; y sobre el motivo de la transformación, NK 29, 1). Seggern/Martins 2016, 71 entienden la transformación de pasiones en virtudes como una adaptación de la liberación del hombre de la servidumbre de los afectos perseguida en la Ética de Spinoza y remiten además al modelo de la catarsis de la Dramaturgia de Hamburgo de Lessing, que pretende producir una mejora moral del hombre mediante la suscitación de temor y compasión. Sin embargo, la comparación con Lessing debe manejarse con cautela, pues podría inducir a pensar que Zaratustra pretende transformar lo amoral del hombre en algo moral para producir finalmente un hombre éticamente mejor. Pero el nuevo «bien» al que él aspira no persigue primordialmente la meta de una mejora ética, sino que está orientado funcionalmente a la superación del hombre viejo. Zaratustra no pretende la purificación de las pasiones, sino su transformación en una fuente de impulso y energía que haga que el hombre ponga radicalmente en cuestión su actual ser-hombre.

    No por una transformación de los impulsos, sino por una estrategia de represión se ha decidido el «yo» hablante de una anotación póstuma: «Tengo aún conmigo todos esos perros salvajes, pero en mi sótano. No quiero ni siquiera oírlos ladrar» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]141, 202, 23 s.). En Za I, Del árbol de la montaña, en cambio, donde reaparece el motivo de los «perros salvajes», no se trata ni de represión ni de sublimación; más bien, Zaratustra quiere mostrar allí al discípulo el peligro de perder el dominio sobre sus impulsos: «Pero también los malos impulsos tienen sed de libertad. Tus perros salvajes quieren salir a la libertad; ladran de placer en su sótano cuando tu espíritu trata de abrir todas las prisiones» (53, 8-11). En los pasajes citados se presentan tres posibles actitudes que el hombre puede adoptar ante sus impulsos: puede reprimirlos, puede entregarse a ellos o, por el contrario, transformarlos y ponerlos a su servicio. No entra en consideración la posibilidad de transformación cuando Za I, De la castidad, habla despectivamente de la «perra sensualidad» (69, 16). La metáfora del perro aparece más tarde también en GM III 20, donde los «grandes afectos» (KSA 5, 388, 12) se ilustran como «toda una jauría de perros salvajes» que «el sacerdote ascético […] ha puesto sin reparos a su servicio» (KSA 5, 388, 14-16). NK 5/2, 388, 14-16 señala que ya en la filosofía antigua el thymós, la parte apasionada y enérgica del alma, es comparado con un perro, así en República 375a-e de Platón y en la Ética a Nicómaco de Aristóteles, donde en 1149a25-32 se dice del thymós que se comporta «como el perro, que, tan pronto surge un ruido, ladra antes de investigar si se trata de un amigo: del mismo modo la ira, a causa del ardor y rapidez de su naturaleza, se precipita a la venganza en cuanto oye algo, sin escuchar la prescripción de la razón» (Aristóteles 1856, 209).

    43, 13-15. De tus venenos te preparaste tu bálsamo; ordeñaste tu vaca aflicción; ahora bebes la dulce leche de sus ubres.] También en el legado póstumo se habla de la transformación del veneno en bálsamo curativo: «De mi propio veneno hago bálsamo para mis dolencias; y ordeñé la leche de las ubres de mi aflicción» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]102, 198, 20-22; cf. también NL 1882/83, KSA 10, 4[6], 111, 1-3). La conexión metafórica entre leche y aflicción aparece ya en MA I 292 (cf. KSA 2, 237, 3-6).

    43, 18-31. Hermano mío, si tienes suerte, tienes una virtud y no más: así pasas más fácilmente por el puente. / Es distinguido tener muchas virtudes, pero es una suerte pesada; y más de uno se fue al desierto y se mató porque estaba cansado de ser batalla y campo de batalla de virtudes. / Hermano mío, ¿son malos la guerra y la batalla? Pero necesario es este mal, necesarios son la envidia y la desconfianza y la calumnia entre tus virtudes. / Mira cómo cada una de tus virtudes codicia lo más alto: quiere todo tu espíritu, para que sea su heraldo; quiere toda tu fuerza en ira, odio y amor. / Celosa está cada virtud de la otra, y cosa terrible son los celos. También las virtudes pueden perecer por los celos.] Estas consideraciones dan testimonio de la transvaloración y del cuestionamiento radical del concepto de virtud. Se sacude su fundamento mismo: la comprensión de las virtudes como cualidades deseables y beneficiosas para el hombre, que subyace a todas las concepciones de la virtud desde la Antigüedad. Frente a ello se encuentra la afirmación de Zaratustra de que poseer muchas virtudes es perjudicial, pues las concibe en una relación agonal entre sí y, antropomorfizándolas, presenta las virtudes movidas por pasiones como enredadas en una lucha por el dominio. De este modo, el tópico cristiano de la lucha de las virtudes contra los vicios, al que dio por primera vez forma literaria el poeta cristiano de la Antigüedad tardía Prudencio (348-405 d. C.) en el poema didáctico Psychomachia, adquiere un significado completamente distinto. Según Zaratustra, las virtudes luchan unas contra otras y, además, ya no pueden distinguirse en absoluto de los vicios. Su valoración de este acontecer combativo es ambivalente: subraya su potencial destructivo, pero destaca sobre todo la agonalidad como principio de acrecentamiento. Sobre la alta valoración del «mal» como fuerza impulsora del hombre, cf. NK 4/2, 274, 2-11. Sobre el motivo del paso por el puente, que representa el momento transitorio del devenir-superhombre, cf. NK 16, 30-17, 1.

    43, 32 s. A quien rodea la llama de los celos, vuelve finalmente, como el escorpión, contra sí mismo el aguijón envenenado.] Una anotación del invierno de 1882/83 dice: «En la llama del celo [de los celos] vuelve uno contra sí mismo el aguijón envenenado, como el escorpión, pero sin su éxito» (NL 1882/83, KSA 10, 5[35], 229, 14-16). Como trasfondo se encuentra una leyenda transmitida en numerosas ocasiones según la cual el escorpión se mata a sí mismo cuando se ve encerrado por un círculo de fuego. Si esto era realmente así y, por tanto, el escorpión era el único animal capaz de suicidarse, fue objeto de valoraciones muy distintas en publicaciones de la época de N. Frente a la opinión de los zoólogos, que remitían esto al reino de lo fabuloso, Adolf y Karl Müller, autores de un libro de divulgación científica sobre la vida y peculiaridades de los animales de los estratos medios e inferiores, apelan a una fuente oral: un oficial que supuestamente había hecho él mismo la prueba: «El…» (P +) «Hizo un anillo de fuego con carbones incandescentes y esparció la ceniza a unas 15 pulgadas alrededor de la cavidad; y cada vez el escorpión salía, intentaba durante varios minutos escapar, pero luego doblaba resignadamente, como pensativo, la cola sobre el lomo y se clavaba el aguijón profundamente en la juntura entre dos anillos del cuerpo, tras lo cual moría enseguida» (Müller/Müller 1868, 134). De manera semejante, el artículo El suicidio de un escorpión, aparecido en Die Gartenlaube en 1855 (núm. 4, 55 s.), confirma la tesis del suicidio. En cambio, Friedrich Anton Heller von Hellwald, en la tercera edición de su Historia de la cultura, se muestra mucho más escéptico y, remitiéndose a un debate en la revista inglesa Nature, observa que es «dudoso» que en el caso del escorpión pueda hablarse de un «auténtico suicidio» (Hellwald 1883, 9, n. 2). El prólogo a M, publicado en 1887, retoma de nuevo la imagen del escorpión que se envenena a sí mismo y la traslada a la moral, que paraliza la «voluntad crítica», «de tal modo que esta, como el escorpión, acaba clavándose el aguijón en su propio cuerpo» (M, Prólogo 3, KSA 3, 13, 5-8).

    44, 3. El hombre es algo que debe ser superado.] Sobre la exigencia programática de la superación del hombre, cf. NK 14, 13-15.

  • 1.4. De los despreciadores del cuerpo

    (P. 271)Como ya la polémica precedente contra los transmundanos, también este capítulo está sustentado por la crítica de una concepción filosófica según la cual el espíritu (como pensamiento, razón, conciencia) eleva al hombre por encima de la experiencia sensible inmediata y del mundo corporal. Frente a la filosofía de la reflexión, que enlaza con corrientes de pensamiento cristiano-platónicas, y frente a la antropología que va unida a ella, que entiende al hombre como un ser racional, Zaratustra opone el cuerpo, que no se deja someter a apropiación y que, como fundamento productivo del ser, se sustrae a todas las normalizaciones e intentos de categorización. Aboga, por tanto, por superar la escisión cartesiana del hombre en cuerpo y espíritu, o bien en cuerpo y alma. Con ello, su discurso sobre los despreciadores del cuerpo enlaza directamente, por su contenido, con el precedente, «De los transmundanos», en el que exige de sus oyentes el volverse hacia… (P. 272)… volverse hacia la tierra y el cuerpo. Ciertamente, Zaratustra cambia ahora la perspectiva, al someter a una consideración más precisa y a una modificación, partiendo del cuerpo, al «yo creador, volente, valorador», al que ya antes había declarado «medida y […] valor de las cosas» (36, 28). El rechazo polémico de los despreciadores del cuerpo, que en el capítulo precedente apuntaba contra su construcción metafísica, le brinda ahora la ocasión para elaborar una concepción antropológica alternativa. Partiendo de las condiciones físico-biológicas del ser humano, declara el cuerpo fundamento insoslayable y unificador de la existencia humana: «Cuerpo soy yo íntegramente, y nada más» (39, 7 s.).

    Como esbozo de una antropología que toma el cuerpo como punto de partida y como elemento constitutivo de una nueva y radical «filosofía del cuerpo», el discurso de Zaratustra dirigido contra los despreciadores del cuerpo ha despertado un vivo interés. Ocupa el centro de toda una serie de estudios: Schipperges 1975, Schipperges 1981, Grätzel 1984, Caysa 1998a, Gerhardt 2000b, Venturelli 2005, Grätzel 2006, 117-159, Daigle 2011, Loukidelis 2012, Pieper 2012, Land 2013, Heit 2013, Scolari 2018; sobre su recepción por Heidegger y Eugen Fink, véase además Franz 2008; sobre su recepción por Ortega y Gasset, cf. Conill Sancho 2001. Por lo general, este discurso se pone en relación con la fórmula de «el hilo conductor del cuerpo», que aparece repetidas veces en los escritos póstumos a partir del verano de 1884 (por primera vez en NL 1884, KSA 11, 26[374], 249, 24), así como con el lema proclamado en una anotación de agosto/septiembre de 1885: «partir del cuerpo y utilizarlo como hilo conductor» (KGW IX 4, W I 7, 70, 34; cf. NL 1885, KSA 11, 40[15], 635, 18 s.). Gerhardt 1989, 278, n. 52, considera que con ello el cuerpo queda elevado, por así decir, a «hilo de Ariadna», que debe permitir al hombre «orientarse en el laberinto de la vida». Y Maurer 1983, 503, llega incluso a calificar el apartamiento de la razón y de la conciencia y el volverse hacia el cuerpo como «la versión nietzscheana del giro copernicano».

    Sin embargo, la radicalidad y el alcance del rechazo de la razón por parte de Zaratustra son ciertamente objeto de controversia. Según Caysa 1997, 296, a N. solo le interesaba «la liberación de la razón y del cuerpo del predominio de la razón pequeña, meramente científico-técnica», pero no una liberación de principio de lo corporal respecto del primado de la razón. El discurso de Zaratustra, según Caysa 1998, 37 s., emplea el cuerpo como un «concepto límite y correctivo». Heit 2013, 179, en cambio, habla en términos generales de la aspiración a una «naturalización del sujeto», y Pieper 1990, 151 subraya la ruptura con la filosofía tradicional y con su orientación conforme al primado de lo espiritual. Puede discutirse hasta qué punto se sostiene la expectativa filosófico-sistemática con la que Gerhardt 2000b y Loukidelis 2012 se aproximan al discurso de los despreciadores del cuerpo. Pues, aunque Zaratustra insiste en la primacía del cuerpo, en modo alguno ofrece una teoría o una filosofía del cuerpo cerrada, sino únicamente elementos particulares para construirla. Habría que preguntarse si lo que actúa como verdadero impulso no es, más bien, el gusto por una provocadora transvaloración antropológica… (P. 273) …que el afán por elaborar un contraconcepto viable. Schipperges 1981, 360 habla de «experimentos de pensamiento» y subraya: «Todas las exposiciones permanecen en la escuela de la sospecha».

    En cualquier caso, está claro que Zaratustra desarrolla un programa de transvaloración de conceptos centrales filosóficos y cristianos, a los que atribuye un efecto perjudicial y enfermizo. En consecuencia, toma esos conceptos y los ocupa, por así decir, para dotarlos de un contenido semántico nuevo, contrario a su significado convencional. Se trata, en particular, de conceptos centrales de la filosofía trascendental y de la filosofía de la reflexión, como alma, razón, yo y sí-mismo, que utiliza con insistencia y a los que, al hacerlo, redefine semánticamente de manera igualmente enfática: «Alma es solo una palabra para algo en el cuerpo» (39, 8 s.); «el cuerpo es una gran razón» (39, 10); «sentido y espíritu son instrumentos y juguetes» (39, 21). Estas violentas reasignaciones conceptuales provocan imprecisiones que constituyen uno de los principales atractivos, pero también una de las principales dificultades de comprensión, del discurso sobre los despreciadores del cuerpo.

    Como toda una serie de monólogos doctrinales de Zaratustra, también este presenta una relación «bizca» con sus destinatarios. Zaratustra declara dirigirse a los despreciadores del cuerpo y querer «decirles su palabra» (39, 2; 40, 19). En realidad, sin embargo, al principio y durante la mayor parte del discurso se dirige a un «hermano» (39, 12 s.), y solo a partir de 40, 25 apostrofa efectivamente a los despreciadores del cuerpo, aunque sin tener para ellos ningún mensaje propiamente dicho. Pues los considera incapaces de aprender y no intenta en modo alguno apartarlos de su error; por el contrario, los reafirma todavía más en una actitud que califica de hostil a la vida y que tendría que desembocar directamente en la autodestrucción: «Vuestro sí-mismo quiere perecer, y por eso os convertisteis en despreciadores del cuerpo» (40, 33 s.). La aparente orientación del discurso hacia los despreciadores del cuerpo constituye, por tanto, un artificio retórico; en realidad, la intención de Zaratustra no se dirige a los «despreciadores del cuerpo» interpelados en plural mediante «vosotros», sino a los interlocutores a quienes se dirige en singular mediante «tú» o «hermano mío» (39, 12 s.). Los despreciadores del cuerpo le sirven como figura de contraste. Al desenmascarar su actitud como autodestrucción y hacerla derivar de la «debilidad, incapacidad y “envidia”» frente a la vida, los presenta como modelos inservibles y establece su propia doctrina como luminoso contramodelo.

    De forma concentrada, Zaratustra evoca conceptos fundamentales de la filosofía occidental —el dualismo de cuerpo y alma, la idea de la autonomía del yo y la racionalidad como núcleo del ser humano— para rechazarlos como falsos y perjudiciales. Denigra el dualismo cuerpo-alma como un esquema de pensamiento propio de «niños», es decir, de ingenuos e ignorantes. El «sabio», en cambio, vive consciente de que corresponde al cuerpo la primacía, pues «alma» «solo [es] una palabra para algo en el cuerpo» (39, 8 s.). Algo análogo sucede con las ideas de racionalidad y autonomía. Zaratustra no niega ciertamente que el hombre disponga de entendimiento («sentido y espíritu»), pero los considera… (P. 274) …como «instrumentos» subordinados del cuerpo. También la supuesta capacidad de acción del yo le parece una ilusión: «“Yo” dices tú y estás orgulloso de esa palabra. Pero algo más grande —en lo que tú no quieres creer— es tu cuerpo y su gran razón: esta no dice yo, pero hace yo» (39, 15-17). Zaratustra da a entender a sus destinatarios que son víctimas de una imagen deformada de sí mismos y que se engañan acerca de los impulsos de su actuar cuando consideran soberano a su yo. En realidad, no es el yo, sino el cuerpo, la instancia central de dirección del sujeto, anterior a toda reflexión. Zaratustra presenta su concepción antropológica como una doctrina de las distintas instancias del yo, a las que personifica y sitúa entre sí en una relación jerárquica.

    De manera semejante a lo que también es característico del estilo filosófico de Schopenhauer —que en este aspecto cabe suponer como modelo—, el discurso emplea numerosos antropomorfismos y suscita así la impresión de que las «instancias» del sujeto que aparecen en él —en primer lugar, el «cuerpo» y el «sí-mismo»— actúan e interactúan como personas autónomas. Esta dramatización metafórica de los procesos psicofísicos hace patente dónde reside el verdadero poder de decisión en el sujeto: a saber, en la instancia superior del sí-mismo, que se alza soberanamente por encima del yo y se ríe de él (cf. 40, 9).

    En particular, la distinción entre gran razón y pequeña razón, que no aparece en ningún otro lugar de la obra de N., ha recibido una gran atención por parte de la investigación (sobre ello, detalladamente, Gerhardt 2000b y 2011a). Por «pequeña razón» entiende Zaratustra, según explica, aquello que el hombre denomina «espíritu» y, por tanto, aquello que tradicionalmente considera su razón. La provocación del discurso de Zaratustra consiste en que contrapone a esta «pequeña razón» una «gran razón», que sitúa en el cuerpo, el cual, según la concepción filosófica tradicional, constituye precisamente el polo opuesto de la razón y del espíritu. De este modo pone cabeza abajo el dualismo cuerpo-espíritu y, con él, toda la tradición racionalista desde Descartes, oponiéndole como contramodelo una razón ligada al cuerpo. Al trasladar la razón al cuerpo, niega su función reguladora y convierte, a la inversa, al cuerpo en la «central de mando» superior que domina al hombre entero. Si, según la distinción kantiana entre razón teórica y práctica, es la razón práctica la que determina mediante conceptos el querer y el actuar, Zaratustra subvierte esta concepción, pues en él los conceptos surgen por mandato del cuerpo (cf. 40, 11 s.).

    A la distinción entre «gran razón» y «pequeña razón» corresponde la distinción entre sí-mismo y yo, que en el discurso de los despreciadores del cuerpo queda delimitada con especial nitidez. También aquí el concepto de sí-mismo es contrapuesto a contrapelo a la tradición filosófica, tal como esta quedó marcada de manera decisiva por Leibniz y Kant: según Leibniz, la capacidad de reflexionar sobre uno mismo da testimonio de la conciencia del yo. Y para Kant, el sí-mismo es el punto de referencia de los actos cognitivos; distingue entre el sí-mismo determinante como pensamiento y el sí-mismo determi… (P. 275) …sí-mismo determinable como sujeto pensante. Frente a ello, Schopenhauer entiende en El mundo como voluntad y representación el sí-mismo como el conjunto de todos los actos volitivos: «el auténtico sí-mismo es la voluntad de vivir» (WW II, § 48; Schopenhauer 1873-1874, 3, 695). Zaratustra enlaza con esto en la medida en que su concepto de sí-mismo no tiene nada que ver con la autorreflexividad ni con la racionalidad, sino que funciona más bien como concepto opuesto al yo que se cree autónomo, y que para él, de manera análoga a la «pequeña razón», no es más que algo secundario, precedido por algo mayor y determinante: el sí-mismo, que, como dice Zaratustra, «habita» en el cuerpo, «es» cuerpo (40, 5). Para expresar la superioridad postulada del sí-mismo sobre el yo encuentra palabras inequívocas: lo llama «el dominador del yo» (40, 2), y lo considera «un poderoso señor, un sabio desconocido» (40, 4). El sí-mismo constituye el fundamento de todas las sensaciones, el desencadenante de todos los pensamientos y el «inspirador» (40, 12) de los conceptos por los que se orienta el yo. Zaratustra hace derivar además del sí-mismo toda posición de valores y toda moral. En el «sí-mismo creador» ve el gran impulsor del hombre. Mientras que en los despreciadores del cuerpo esta instancia creadora habría degenerado, para quienes se adhieren a la «gran razón» del cuerpo constituye el motor que permite «crear por encima de sí» (40, 28 s.). Pero el sí-mismo no se caracteriza únicamente por su soberanía, sino también por su inaccesibilidad, por sustraerse a la comprensión intelectual. Puesto que precede al concepto y al entendimiento, no puede ser conocido ni aprehendido racionalmente. Al proclamar Zaratustra el sí-mismo inaccesible como categoría antropológica central, se crea al mismo tiempo el problema de hacer plausible su propia argumentación.

    El veredicto contra la razón de la filosofía del cuerpo de Zaratustra ha tenido repercusiones fuertes y diversas; no en último término encontró eco en la ideología nacionalsocialista. Un artículo publicado en 1940 con el título Nietzsche y el problema racial en la Monatsschrift für den nordischen Gedanken elogia a N. como «superador del intelectualismo», que habría descubierto para la filosofía la biología y la fisiología y habría puesto en primer plano «el cuerpo en su significación determinante y omnicomprensiva» (Römer 1940/41, 60). Ese mismo año, Martin Heidegger, en su curso impartido en Friburgo Nietzsche: el nihilismo europeo, lleva la filosofía del cuerpo de N. hasta una metafísica del cuerpo que, «frente a la pretensión del espíritu absoluto, de la rationalitas, otorga a la animalitas la primacía decisiva». Heidegger identifica sin más esta animalitas con la voluntad de poder y declara la racionalidad atributo subordinado de ella: «La animalitas, sin embargo, ya no se piensa como lo permanente de la sensibilidad, sino como lo metafísicamente esencial, como voluntad de poder, y la ratio es solo una modalidad de la voluntad de poder, es decir, una forma de la animalidad» (HGA 48, 267). La crítica de Zaratustra al olvido del cuerpo y su proclamación de la «gran razón» del cuerpo constituyen un golpe de timbal anticartesiano, que prepara múltiples tentativas de revalorizar la corporalidad, hasta llegar a una «fenomenología del cuerpo»… (P. 276) …tal como fue proclamada por filósofos de la cultura como Manfred Frank o por sociólogos como Karl Dürkheim, en oposición a la epistemología lógico-racional.

    Dentro de la obra de N., el discurso sobre los despreciadores del cuerpo constituye el comienzo de una serie de anotaciones póstumas de los años 1884 y 1885 en las que la fórmula «siguiendo el hilo conductor del cuerpo» representa el programa de una investigación y una reflexión alternativas sobre el hombre. Así, en el verano de 1884 N. deja anotado: «De la autorreflexión especular del espíritu no ha surgido todavía nada bueno. Solo ahora, cuando se intenta informarse también sobre todos los procesos espirituales siguiendo el hilo conductor del cuerpo, por ejemplo, sobre la memoria, se empieza a avanzar» (NL 1884, KSA 11, 26[374], 249, 22-25). Mientras esta anotación produce la impresión de que la filosofía orientada por el «hilo conductor del cuerpo» constituye ya la práctica habitual de la investigación antropológica, otra anotación escrita poco después, NL 1884, 26[432], transmite la impresión contraria: que se trata de una vía especial recorrida únicamente por N. Allí, en efecto, quien habla procura, por una parte, situarse dentro de las corrientes de la filosofía contemporánea y, por otra, presenta la orientación «siguiendo el hilo conductor del cuerpo» como su propio planteamiento. Apelando al matemático y físico Roger Boscovich (1711-1787), al que proclama «gran punto de inflexión» en las ciencias (de la vida) (sobre N. y Boscovich, cf., entre otros, Whitlock 1996 y 1999, Abel 1998, 85-90, Gori 2007), declara que considera «infructuoso todo partir de la autorreflexión especular del espíritu y que, sin el hilo conductor del cuerpo, no cree en ninguna buena investigación» (NL 1884, KSA 11, 26[432], 266, 6-17). Un paso más da todavía una anotación del verano de 1885, que establece la superioridad intelectual del cuerpo: «todo este fenómeno “cuerpo”, medido según un patrón intelectual, es tan superior a nuestra conciencia, a nuestro “espíritu”, a nuestro pensar, sentir y querer conscientes, como el álgebra a la tabla de multiplicar» (KGW IX 4, W I 6, 21, 42-44 y 23, 2; cf. NL 1885, 37[4], KSA 11, 578, 24 s.).

    39, 1-4. De los despreciadores del cuerpo. // «A los despreciadores del cuerpo quiero decirles mi palabra. No deben reaprender ni enseñar de otro modo por mí, sino únicamente decir adiós a su propio cuerpo — y así quedarse mudos».]

    Ya antes Zaratustra habla, en tono de advertencia, de los «despreciadores de la vida» (15, 5) y de aquellos que despreciaban «el cuerpo y la tierra» (37, 8 s.) porque ellos mismos eran «enfermos y moribundos» (37, 9). De manera absurda e inútil intentaban desprenderse del fundamento de su existencia. «Alejados ahora de su cuerpo y de esta tierra se creían esos ingratos. Pero ¿a quién debían el espasmo y el deleite de su arrobamiento? A su cuerpo y a esta tierra» (37, 16-18). No solo serían perjudiciales para sí mismos y carecerían de visión, sino que además se esforzarían por envenenar a los demás. Si hasta ahora Zaratustra solo había hablado sobre los despreciadores de la vida y del cuerpo, ahora se dirige directamente a ellos. Mientras que en el capítulo precedente todavía proclamaba: «benigno es Zaratustra con los enfermos» (37, 19), ahora se enfrenta a los «enfermos» con un rechazo radical. (P. 277)Quiere exhortarlos a decir «adiós a su propio cuerpo», es decir, los reafirma en llevar el rechazo del cuerpo hasta la consecuencia extrema de la renuncia a sí mismos.

    39, 7-9. «Cuerpo soy yo íntegramente, y nada más; y alma es solo una palabra para algo en el cuerpo».]

    Cuando Gödde/Zirfas 2016, 16 leen esto como una profesión de fe en la «unidad psicofísica del hombre», pasan por alto con ello el verdadero potencial provocador del pasaje. Pues aquí no se aboga por una totalidad anímico-corporal del hombre, sino que, más bien, se despoja por completo de su fuerza a la concepción, arraigada en la historia de la filosofía y de la religión, del alma como principio metafísico de la vida y núcleo inmutable del ser humano. Ya únicamente por su formulación da Zaratustra a entender que pretende someter la relación entre cuerpo y alma a una revisión fundamental. Desencanta la concepción del alma en un doble sentido: por una parte, al insistir en que «alma» no es más que una palabra, un signo lingüístico basado en una convención. Por otra, al no declarar en modo alguno aquello que esa palabra designa como un centro que garantice la unidad, sino al atribuirlo al cuerpo como un «algo» indefinible. Hay que tener presente a este respecto que «Leib» es tradicionalmente la palabra que designa el cuerpo animado por un alma. Zaratustra, que declara que el «alma» es una palabra para un mero apéndice del cuerpo, mantiene ciertamente el concepto de Leib, pero entiende de nuevo el «cuerpo», al concebirlo como carente de alma y negarle con ello aquello que tradicionalmente le es constitutivo. De este modo se vuelve contra la tradición occidental del cuerpo y el alma, para la cual resulta determinante la concepción de una unión temporal entre un alma inmortal y un cuerpo mortal.

    Este tipo de «inversiones» semánticas de conceptos transmitidos son características de Zaratustra, que en Za II, «De los virtuosos», se presenta como crítico y renovador del lenguaje, alguien que arrebata a sus oyentes su juguete acostumbrado y querido, a saber, las palabras que solían utilizar (cf. NK 123, 12-18). En los textos de N., la crítica de las concepciones filosóficas y religiosas aparece formulada con frecuencia como crítica de un lenguaje y una conceptualidad deformadores. Así, también en EH, «Por qué soy un destino» 8, declara «alma» y «espíritu» ficciones perjudiciales introducidas en el mundo para apartar al hombre de todo aquello que sería beneficioso para su existencia: «El concepto “alma”, “espíritu”, incluso, finalmente, “alma inmortal”, inventado para despreciar el cuerpo» (KSA 6, 374, 5-7).

    39, 10. «El cuerpo es una gran razón».] Filosóficamente, la fórmula de la gran razón del cuerpo, que Volker Gerhardt declara «centro de la filosofía experimental» de N. (Gerhardt 2000b, 123), constituye una provocación. Tanto más cuanto que el concepto de razón se encuentra en tiempos de N. ampliamente bajo la influencia de Kant, quien había declarado la razón (teórica) principio superior. Así se dice en la Crítica de la razón pura: «Todo nuestro conocimiento comienza por los sentidos, pasa de ahí al entendimiento y termina en la razón, por encima de la cual nada superior…» (P. 278)«que encontramos en nosotros, elaborar la materia de la intuición y llevarla bajo la unidad suprema del pensamiento» (AA III, 237).

    Un precursor de la fórmula de Zaratustra acerca del «cuerpo y su gran razón» se encuentra en la idea de una razón ligada al instinto. Así, el escrito de divulgación científica Conversaciones para esclarecer la diferencia entre cuerpo, alma y espíritu, de 1838, distingue «tres clases principales de razón», a saber, «la razón del cuerpo, del alma, del espíritu. La primera es la más limitada; es la razón de los pueblos incultos, que desarrollan al máximo las fuerzas de su cuerpo, se rigen por las inclinaciones de su cuerpo y siguen su instinto, que evita en lo posible aquello que considera perjudicial y busca y disfruta aquello que le resulta agradable» (Nüscheler 1838, 189). Sin embargo, Zaratustra confiere a la idea de la «razón del cuerpo» un significado completamente distinto. No habla en absoluto de su vinculación al instinto y, sobre todo, lleva a cabo una jerarquización contraria, al subordinar expresamente la pequeña razón del espíritu a la gran razón del cuerpo y enfrentar así lo corporal a lo espiritual.

    N. pudo recibir también un estímulo para semejante revalorización de una «razón distinta del cuerpo» de la psicología contemporánea, en la que se debatía la posibilidad de una razón inconsciente. Pertinente en este contexto es un escrito de Immanuel Hermann von Fichte aparecido en 1864 con el título Psicología: la doctrina del espíritu consciente del hombre, que aboga por la suposición de una razón inconsciente, anterior a la conciencia y activa como fantasía en el artista: «La “fantasía” se caracteriza como estado intermedio de aquel fundamento apriórico: por una parte, profundamente hundida en los comienzos inconscientes de la vida anímica, en la más temprana configuración corporal y en las impresiones involuntariamente simbólicas de los estados del alma en la expresión corporal, es aquí propiamente el vínculo siempre activo entre ambas, la “razón inconsciente” del cuerpo; por otra parte, se eleva también hasta una realización artística consciente, aunque solo en la medida en que el artista intenta llevar a expresión consciente y a configuración objetiva aquello que la fantasía, formadora sin intención, realiza allí involuntariamente» (Fichte 1864, 95).

    Apreciación y difusión recibió Fichte mediante un artículo de Jakob Sengler aparecido en 1864 en la Zeitschrift für Philosophie und philosophische Kritik, que subrayaba la importancia de la psicología de Fichte para la teoría del conocimiento y resumía así el curso de su argumentación: «Podemos elevar el fundamento apriórico del espíritu al nivel de la conciencia y llamarlo “razón” en sentido propiamente cognoscitivo, con lo cual se alcanza el gran resultado de toda la nueva especulación desde Kant. Pero la “razón” consciente no es la forma primera y originaria de ese apriori, como hasta ahora se la consideró casi de manera general, sino que, en otra forma originaria, precede a la conciencia misma y…» (P. 279) …aparece así /201/ como fantasía. Esta constituye un estado intermedio: en cuanto se sumerge en los comienzos inconscientes de la vida anímica y, mediando la anterior configuración corporal, es el vínculo siempre activo entre cuerpo y alma, la razón inconsciente del cuerpo, y se eleva hasta la creación artística consciente» (Sengler 1866, 200 s.). Sin querer forzar en exceso las semejanzas, puede señalarse que también Zaratustra concibe el cuerpo racional como un «cuerpo creador» (40, 23); en él, sin embargo, la gran razón del cuerpo apunta perspectivamente hacia el superhombre.

    39, 10 s. «El cuerpo es una gran razón, una pluralidad con un solo sentido, una guerra y una paz, un rebaño y un pastor».]

    El cuerpo no está pensado como una entidad simple, sino concebido como una formación compleja. Zaratustra lo determina, mediante una triple circunlocución metafórica, como unidad tensional de lo múltiple y de los contrarios. Si el denominador común de los pares de opuestos que emplea consiste en que ilustran una simultaneidad de diversidad y unidad, una consideración más precisa revela, sin embargo, diferencias semánticas considerables. En primer lugar, el cuerpo aparece como pluralidad con «un solo sentido», con lo que se indica que, aunque se encuentra bajo el signo de la pluralidad, esta se unifica en un interés conjunto. También la metáfora del rebaño y el pastor expresa una interacción de pluralidad y unidad, pero acentúa esta relación de manera distinta, en la medida en que la multiplicidad de individuos no se mantiene unida por un sentido común, sino por la conducción del pastor (cf., en cambio, el diagnóstico social de Zaratustra en 20, 11, que constata para la convivencia social la ausencia de la figura unificadora del pastor: «¡Ningún pastor y un solo rebaño!»). En la metáfora del pastor y el rebaño resuena la parábola bíblica del buen pastor, en la que Jesús se da a conocer como figura unificadora que ha venido para reunir el rebaño de Dios y proteger a las ovejas de los enemigos (cf. Juan 10, 16). Finalmente, el par antitético guerra y paz remite a distintos «estados de agregación» del cuerpo que representa la gran razón, a una alternancia de armonía y carácter agonal que puede entenderse como sucesión temporal, pero también como coexistencia espacial. Pieper 2012, 82 compara la complejidad de la razón encarnada con una obra de arte en la que «materia y forma se interpenetran de tal modo que no constituyen una unidad jerárquica ni estática, sino flexible, tensada hasta el extremo, que se mantiene unida en el cuerpo y por medio del cuerpo».

    De manera semejante, una anotación póstuma caracteriza el cuerpo como asociación de una «pluralidad de seres vivientes» que mantienen entre sí relaciones de distinto tipo, en parte agonales y en parte jerárquicas: «Siguiendo el hilo conductor del cuerpo reconocemos al hombre como una pluralidad de seres vivientes que, en parte luchando unos con otros, en parte coordinados y subordinados unos a otros, al afirmar su ser individual afirman involuntariamente también el conjunto. / Entre estos seres vivientes hay algunos que…» (P. 280) «…son en mayor medida dominadores que obedientes, y entre ellos hay a su vez lucha y victoria. / La totalidad del hombre posee todas aquellas propiedades de lo orgánico que en parte permanecen inconscientes para nosotros y en parte se hacen conscientes en forma de impulsos» (NL 1884, KSA 11, 27[27], 282, 19-28).

    Como fuente de la metafórica antagonista de pluralidad y unidad, de guerra y paz, Gerhardt 2000b, 144 remite al Políticode Platón 267b-d, donde se compara el arte del estadista con la cría de rebaños. Más cercana todavía resulta la indicación de fuente de Loukidelis 2012, 219, quien reconoce en la anotación un testimonio de la confrontación de N. con el libro del biólogo del desarrollo Wilhelm Roux La lucha de las partes en el organismo (1881) y con el modelo fisiológico allí expuesto, para el cual —en productiva conexión con la filosofía presocrática— posee importancia central el motivo de la lucha (sobre la lectura de Roux por N., cf. Müller-Lauter 1978). Roux explica en la «Fundamentación» que precede a su estudio: «A algunos quizá les resulte extraño el encabezamiento de este capítulo y de este libro, pues da a entender que en el organismo animal, en el que todo está tan excelentemente ordenado, en el que las partes más diversas encajan tan perfectamente unas en otras y cooperan formando un todo sumamente acabado, tiene lugar una lucha entre las partes, es decir, que allí donde todo se realiza según leyes fijas existe una discordia de lo particular. ¿Y cómo podría existir un todo cuyas partes están enfrentadas entre sí? Y, sin embargo, así es. En el organismo, como se mostrará, no todo discurre pacíficamente unas partes junto a otras y unas con otras» (Roux 1881, 64).

    Otra anotación póstuma de N., de la primavera/verano de 1883, se aproxima más aún a la idea de una auto-regulación del cuerpo que se desarrolla por encima del espíritu, aunque su dirección polémica apunta sobre todo a relegar la conciencia frente a los «impulsos» corporales, organizados de manera múltiple y compleja: «Quien se ha formado siquiera una vez una idea del cuerpo —¡cuántos sistemas trabajan allí simultáneamente, cuánto se hace unos para otros y unos contra otros, cuánta sutileza hay en el equilibrio, etc.!— juzgará que toda conciencia, comparada con ello, es algo pobre y estrecho: que ningún espíritu basta ni siquiera aproximadamente para aquello que aquí tendría que realizar el espíritu, y ¡cuánto menos aún podría un maestro de sistemas y legislador inmiscuirse torpemente y de manera rudimentaria en este impulso de guerra de los deberes y derechos!» (NL 1883, KSA 10, 7[126], 284, 19-285, 3).

    Si en esta anotación la conciencia es declarada «instrumento» (ibid., 285, 5) del cuerpo, en el discurso sobre los despreciadores del cuerpo son «sentido y espíritu» (39, 21), así como la «pequeña razón», los que quedan rebajados a «instrumentos» del cuerpo (39, 12).

    39, 12-14. «Instrumento de tu cuerpo es también tu pequeña razón, hermano mío, a la que llamas “espíritu”, un pequeño instrumento y juguete de tu gran razón».]

    Zaratustra reduce aquí la razón, como observa Pieper 2012, 80, «a la función intelectual del ego cogito, que considera todas las operaciones humanas como activi…» (P. 282) …dades de una conciencia». N. integra la pequeña razón en la gran razón del cuerpo, en un contexto orgánico global que se debe a la compleja interacción de todas las fuerzas impulsivas del hombre —tanto al entendimiento intelectual como a la capacidad emocional y afectiva de aspirar—. La degradación del espíritu a «instrumento» del cuerpo constituye un paralelo con la metafísica de la voluntad de Schopenhauer, que en el segundo volumen de El mundo como voluntad y representación considera el intelecto «como algo secundario y ligado a órganos corporales» (WWV II, § 19; Schopenhauer 1873-1874, 3, 231) y lo declara «instrumento» de la voluntad. Schopenhauer presupone una jerarquía clara, según la cual «la voluntad es en todos los seres animales lo primario y sustancial; el intelecto, en cambio, algo secundario, añadido, incluso un mero instrumento al servicio de lo primero, que, según las exigencias de ese servicio, está más o menos desarrollado y es más o menos complejo» (ibid., 228 s.). Cuando Zaratustra habla del «señor» (40, 4) que habita en el cuerpo, Schopenhauer reviste igualmente su metafísica de la voluntad con la metáfora de señor y servidor: «evidentemente, aquí el señor es la voluntad; el servidor, el intelecto, ya que aquella conserva en última instancia el mando, y con ello el verdadero núcleo, el ser en sí del hombre» (ibid., 233). Schopenhauer y Zaratustra tienen, por tanto, en común —bajo la superficie de semejante discurso metafórico— la derivación monocausal de todos los momentos impulsivos humanos a partir del cuerpo o de la voluntad. Sin embargo, si se comparan ambos conceptos, enseguida aparece con claridad la intención completamente distinta de Zaratustra: mientras Schopenhauer concibe la voluntad como principio ciego, carente de sentido y causante del sufrimiento, y de ello deriva la exigencia de una actitud negadora de la vida y del cuerpo, Zaratustra quiere que la postulada orientación hacia el cuerpo se entienda como productiva.

    39, 15-17. «“Yo” dices tú y estás orgulloso de esa palabra. Pero algo más grande —en lo que tú no quieres creer— es tu cuerpo y su gran razón: esta no dice yo, pero hace yo».]

    La relación entre yo y cuerpo se determina aquí como relación entre conciencia del yo y acción, y las ponderaciones quedan claramente distribuidas: mientras el yo está atrapado en una vana autorreflexión, la gran razón no vacila mucho, sino que actúa. Para actuar no necesita, por tanto, del yo. Con razón señala Volker Gerhardt que el yo, en la «doctrina de las instancias» de Zaratustra, es en realidad superfluo, porque ese yo se limita a la «traducción interna del imperativo del cuerpo» (Gerhardt 2011a, 30) y no aparece precisamente como origen de la percepción, del pensamiento, del sentimiento y de la acción. No obstante, no debe perderse de vista la función que desempeña aquí el discurso acerca del yo: Zaratustra habla de él por razones estratégicas, para poner de relieve de este modo su despotenciación y falta de función.

    40, 3-5. «Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se encuentra un poderoso señor, un sabio desconocido — se llama sí-mismo. En tu cuerpo habita, tu cuerpo es».]

    Una anotación póstuma caracteriza el cuerpo y el sí-mismo encarnado en él como lo desconocido y… (P. 283) …lo que se sustrae: «Detrás de tus pensamientos y sentimientos están tu cuerpo y tu sí-mismo en el cuerpo: la terra incognita. ¿Para qué tienes esos pensamientos y esos sentimientos? Tu sí-mismo en el cuerpo quiere algo con ellos» (NL 1882/83, KSA 10, 5[31], 225, 21-24).

    40, 6-8. «Hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría. ¿Y quién sabe para qué necesita precisamente tu cuerpo tu mejor sabiduría?»] Una variante pone de relieve de manera especialmente aguda la paradoja de la razón del cuerpo, al enfrentarla con la razón de la razón (del espíritu): «Hay más razón en tu cuerpo que en tu razón. Y también eso que llamas tu sabiduría —quién sabe para qué necesita precisamente tu cuerpo esa sabiduría» (NL 1882/83, KSA 10, 4[240], 179, 3-5).

    40, 11 s. «Yo soy la correa-guía del yo y el inspirador de sus conceptos».] Según Adelung 1793-1801, 2, 401, Gängelband es «la cinta con la que se enseña a andar a los niños, es decir, con la que se les enseña a caminar; la cinta de conducción o guía, la rienda para andar, la cinta para andar».

    40, 13-18. «El sí-mismo dice al yo: “¡siente aquí dolor!”. Y entonces este sufre y reflexiona sobre cómo dejar de sufrir — y justamente para eso debe pensar. / El sí-mismo dice al yo: “¡siente aquí placer!”. Entonces este se alegra y reflexiona sobre cómo alegrarse aún muchas veces — y justamente para eso debe pensar».]

    Zaratustra intenta hacer comprensible su argumentación apoyándose en el dato de la fisiología sensorial según el cual percepción y sensación están ligadas al cuerpo. N. se había informado de manera diferenciada acerca de las diversas teorías sobre el origen del dolor y del placer en la obra de Léon Dumont Placer y dolor (1876), que, como muestran numerosas huellas de lectura, estudió intensamente (cf. al respecto Probjer 2008a, 86 y Liebscher 2014, 368 s.). Sin embargo, atribuye ahora a su protagonista una posición fisiológico-sensorial bastante peculiar, que no queda respaldada por las teorías expuestas por Dumont.

    Zaratustra absolutiza la vinculación de la sensación al cuerpo hasta convertirla en la concepción de un dictado del cuerpo, que coloca al yo en una posición subordinada y lo impulsa a pensar en una salida. El pensamiento aparece, por tanto, como una reacción que resulta de la sensación corporal de dolor y que tiene como objetivo evitarla. Conforme al mismo esquema describe Zaratustra la sensación de placer: el cuerpo da la orden de sentir placer, el yo se alegra y pone en funcionamiento su entendimiento, su «pequeña razón», para sentir placer con mayor frecuencia. También aquí, por consiguiente, el yo se comporta de manera meramente reactiva. No desempeña ninguna función reguladora y mucho menos parten de él impulsos propios, sino que, como señala Gerhardt 2011a, 30, queda «reducido al papel de un timonel dependiente que recibe sus directrices exclusivamente del sí-mismo del cuerpo». Cf., en cambio, Land 2013, 296, quien pretende reconocer un margen de libertad del yo «en la realización concreta de las directrices presentadas por el cuerpo y por su sí-mismo».

    40, 19-23. «A los despreciadores del cuerpo quiero decirles una palabra. Que desprecien, eso lo produce su apreciar. ¿Qué es lo que creó el apreciar y el despreciar y el valor y la voluntad? / El sí-mismo creador se creó el apreciar y el despre…» (P. 284)…ciar; se creó placer y dolor».] Se declara expresamente que el «sí-mismo creador» no solo es el productor de las sensaciones de placer y dolor, sino también de todas las valoraciones. Sin embargo, el discurso de Zaratustra deja fuera la cuestión que inevitablemente se plantea con ello: hasta qué punto puede entonces el individuo ser responsable de sus propios valores y de su actuar, si estos brotan del cuerpo.

    40, 25-41, 1. «Todavía en vuestra necedad y desprecio, vosotros despreciadores del cuerpo, servís a vuestro sí-mismo. Yo os digo: vuestro sí-mismo mismo quiere morir y se aparta de la vida. / Ya no es capaz de aquello que más quiere: — crear por encima de sí. Eso es lo que más quiere, esa es toda su pasión. / Pero ahora se ha hecho demasiado tarde para ello: — por eso vuestro sí-mismo quiere sucumbir, vosotros despreciadores del cuerpo. / Sucumbir quiere vuestro sí-mismo, y por eso os convertisteis en despreciadores del cuerpo».]

    Si Zaratustra había predicado en Za I, Prólogo 4, el amor a los «grandes despreciadores» (17, 5) y había proclamado: «lo que puede ser amado en el hombre es que es un tránsito y un ocaso» (17, 1 s.), aquí se trata manifiestamente de un desprecio valorado negativamente y de un ocaso que no constituye tránsito alguno, sino un auténtico perecimiento, pues, según las consideraciones precedentes, se trata del ocaso del «sí-mismo creador» (40, 22).

    La cuestión que inevitablemente se plantea —por qué, a pesar de la gran razón del cuerpo, que propiamente tendría que dominar al hombre, puede haber siquiera «despreciadores del cuerpo»— no es formulada expresamente por Zaratustra; sin embargo, ofrece una respuesta al hacer derivar la negación del cuerpo de una debilidad enfermiza de la voluntad fundada en el cuerpo, que de este modo promovería su propio ocaso. Resulta natural relacionar este diagnóstico con Schopenhauer, cuya filosofía de la voluntad quedaría así entendida como manifestación de una perversión enfermiza de una voluntad que, propiamente, afirma la vida. Si se lleva más lejos esta idea, los despreciadores del cuerpo, al igual que el propio Schopenhauer, despreciador del cuerpo, no serían, sin embargo, responsables de su actitud de desprecio hacia este, sino meramente sus víctimas, pues ninguno de ellos tiene acceso al cuerpo indisponible.

    41, 3 s. «Y por eso os encolerizáis ahora con la vida y con la tierra. Una envidia inconsciente hay en la mirada torcida de vuestro desprecio».] En Za II, «Del conocimiento inmaculado», Zaratustra sigue una estrategia de difamación semejante, al reprochar allí a los partidarios de una contemplación pura y de un conocimiento fundamentado una mirada lasciva, pero «castrada», de soslayo hacia la vida (157, 31).

  • 1.3. De los transmundanos

    (P. 260) De los transmundanos

    Después de que Zaratustra haya plasmado en su primer discurso, mediante una parábola, la capacidad de transformación del hombre, y haya desenmascarado en su segundo discurso a los falsos maestros de sabiduría, se dispone ahora, en su tercer discurso, a presentar, distinguiéndose de los «transmundanos», su verdadero programa de transvaloración y a proclamar las líneas directrices para una reorientación de la existencia humana. Las palabras clave de su discurso son cuerpotierra y el «sentido de la tierra» (37, 3). Además, atribuye una importancia central a la «honradez» (37, 28), entendida como una actitud que se libera de la ilusión y del autoengaño y que, con ello, habría de impulsar necesariamente la orientación hacia el cuerpo y la tierra. En clara remisión al Prólogo, «De los transmundanos» esboza principios fundamentales de una «filosofía del cuerpo», dirigida contra la metafísica idealista y contra el cristianismo que desprecia el cuerpo, y conduce así al capítulo siguiente, «De los despreciadores del cuerpo».

    Zaratustra se presenta como un converso, que anteriormente estuvo él mismo adherido a los «transmundanos» y a sus ilusiones y que, por tanto, acredita mediante su propia experiencia aquello que transmite. Así, el capítulo comienza con una mirada retrospectiva en la que confiesa haber sucumbido él mismo en otro tiempo a representaciones metafísicas. Habla de ello desde la distancia temporal e interior, como de una fase ya superada de su vida, y ofrece al mismo tiempo el análisis de su conducta anterior: movido por el anhelo de superar una realidad experimentada como dolorosa, se habría ideado un Dios que, sin embargo, no había sido más que «un pobre fragmento de hombre y yo» (35, 21). Impulsado por el deseo de huir, se habría creado un mundo detrás del mundo que, sin embargo, no constituía más que una «imagen imperfecta» (35, 14) del mundo real. Retrospectivamente diagnostica su propia caída en el «sueño», la «poesía», lo «colore-…» (P. 261) …el «humo coloreado» (35, 5 s.) y describe la liberación de ese estado de pérdida del mundo como un proceso de curación, a consecuencia del cual se habrían desplazado sus criterios de valor. Si en otro tiempo trató de liberarse de una existencia dolorosa mediante su fe en el más allá, ahora, retrospectivamente, el pensamiento de su anterior existencia creyente en el más allá le produce «dolor» y «tormento» —con lo cual resulta evidente que no es la vida en sí misma la que causa sufrimiento, sino únicamente una vida basada en falsas premisas.

    Con una unanimidad poco común, el discurso «De los transmundanos» ha sido entendido por la recepción y la investigación no solo como una confrontación polémica con proyectos metafísicos de procedencia tanto filosófica como religiosa (los «transmundos»), sino también como reflejo de la propia evolución autobiográfico-filosófica de Nietzsche. Aquí se trataría «inconfundiblemente de la obra temprana», constata →Heftrich 1989, 112; de modo semejante →Niemeyer 2019, 142. Y →Valadier 2006 propone una lectura autobiográfica que identifica a Zaratustra con Nietzsche. A pesar del amplio alcance de los ataques de Zaratustra, junto al cristianismo se identifica en particular como blanco la metafísica schopenhaueriana de la voluntad, hostil al cuerpo y a los sentidos. Cuando →Weichelt 1922, 12 considera que «también Zaratustra fue un partidario de la metafísica […] y, concretamente, se encontraba bajo el hechizo de la metafísica schopenhaueriana», en esta formulación se pone claramente de manifiesto la peculiaridad de la concepción nietzscheana del personaje. Su «sabio persa» no está diseñado como una figura histórica coherente, sino que constituye una superficie de proyección que Nietzsche utiliza para articular distintas necesidades expresivas, haciendo confluir una y otra vez en él sus propias experiencias autobiográficas, sin adaptarlas sin fisuras al marco ficcional (sobre esto, →Grätz 2016, 363-366). Cf. sobre «De los transmundanos» también Naumann 1899-1901, 1, 133-137; →Pieper 1990, 132-148; →Venturelli 2005.

    En su ajuste de cuentas con los transmundanos, a Zaratustra le importa convencer de que todas las representaciones de la trascendencia, sean de naturaleza filosófica o religiosa, no son más que construcciones cuyo origen se encuentra en la debilidad y la insuficiencia humanas: «Sufrimiento fue e incapacidad — eso creó todos los transmundos» (36, 6). Descalifica de principio el pensamiento metafísico al señalar la contradicción fundamental entre el impulso que lo origina y la concepción filosófica del mundo que surge de él. A su juicio, todas las representaciones del más allá que prometen la liberación de lo corporal son meras proyecciones que tienen su fundamento en una corporalidad experimentada como deficitaria: «El cuerpo fue el que desesperó del cuerpo» (36, 12 s.). Zaratustra contempla los proyectos metafísicos como emanaciones de los sujetos que los producen y de su disposición psicofísica enfermiza. Esta idea será retomada más tarde por el prólogo a FW [La gaya ciencia], escrito en 1887, que, de manera todavía más fundamental, declara toda la filosofía anterior una «interpretación del cuerpo» (KSA 3, 348, 24), de modo que, a la inversa, de los proyectos filosóficos sería posible inferir la constitución de esos cuerpos:

    «Se pueden considerar todas aquellas audaces locuras de la metafísica, …» (P. 262) «Se pueden considerar todas aquellas audaces locuras de la metafísica, especialmente sus respuestas a la pregunta por el valor de la existencia, en primer lugar y siempre como síntomas de determinados cuerpos; y aunque semejantes afirmaciones o negaciones del mundo, tomadas en bloque, no contengan, medidas científicamente, ni un grano de significación, proporcionan en cambio al historiador y al psicólogo indicios tanto más valiosos, como síntomas, según queda dicho, del cuerpo» (KSA 3, 348, 29-349, 3). Hay cierta ironía en que este programa de remitir la filosofía a la disposición físico-psíquica enfermiza de su creador resulte ser precisamente, también en el propio Nietzsche, un planteamiento fecundo.

    Frente a ello, Zaratustra presenta su propia doctrina, delimitándola de los proyectos metafísicos fundados en la proyección y el engaño, como un contraproyecto «honrado». Rechaza la suposición transmundana de un «segundo mundo detrás del mundo» y se pronuncia a favor de una orientación incondicional hacia este mundo y de la revalorización del hombre individual. Zaratustra declara al yo como la instancia decisiva, configuradora de realidad y creadora de valores, «ese yo creador, volente, valorador, que es la medida y el valor de las cosas» (36, 27 s.). No propaga un «nuevo orgullo», sino que, asumiendo además un concepto central de Schopenhauer, propaga una «nueva voluntad» (37, 4), que, sin embargo —en contraposición fundamental a la metafísica schopenhaueriana de la voluntad— sustituye la negación de la vida por la afirmación de la vida; se trata ahora de «querer ese camino que el hombre recorrió ciegamente, y aprobarlo y no seguir apartándose furtivamente de él» (37, 4-6).

    35, 1. Von den Hinterweltlern [De los transmundanos]. Con el neologismo «Hinterweltler», Zaratustra agrupa a los metafísicos filosóficos y a los creyentes religiosos en el más allá. Nietzsche emplea por primera vez la palabra en MA II VM 17, donde se explaya sobre «los metafísicos sutiles y transmundanos» (KSA 2, 386, 18 s.; cf. también NL 1878, KSA 8, 30[124], 544, 19 s.). La formación de la palabra se orienta por la traducción literal del término «metafísica», procedente del griego y del latín medieval, como aquello que «está detrás de la física». Al mismo tiempo, juega fonética y semánticamente con la palabra Hinterwäldler, que se introdujo en alemán en el siglo XIX como traducción-calco del inglés backwoodsman. Empleada originalmente para designar a los «colonos de millas sin fin» de las «colonias de la pradera» (Kohl 1857, 209) del oeste de Norteamérica, pasó a convertirse en una denominación burlesca de una persona ajena al mundo y atrasada. De este modo, la expresión Hinterweltler adquiere una coloración peyorativa, con resonancias de presunción y simpleza. En el discurso «De tablas viejas y nuevas», Zaratustra da a su creación verbal otro matiz de significado, derivándolo de lo invertido de la contemplación metafísica del mundo: los transmundanos, se dice allí, «ven el mundo desde atrás» (256, 26 s.).

    35, 2 s. Einst war auch Zarathustra seinem Wahn jenseits des Menschen, gleich allen Hinterweltlern. [En otro tiempo también Zaratustra proyectó su delirio más allá del hombre, como todos los transmundanos.] El hecho de que también Zaratustra, que aquí —como sucede a menudo— habla en tercera per… (P. 263) …sona de sí mismo, hubiera seguido en otro tiempo ideas metafísicas, establece una analogía con su autor, pues también Nietzsche estuvo «en otro tiempo», como admirador de Schopenhauer, adherido a una metafísica pesimista. De ahí concluye →Heftrich 1989, 113 s.: «Sin duda, con ese “en otro tiempo” […] se alude a la época en que el autor de El nacimiento de la tragedia se encontraba bajo el hechizo de Schopenhauer y Wagner». En consecuencia, el pasado que Nietzsche atribuye ficticiamente a su protagonista rebasa las conexiones internas del texto y remite, de manera autorreflexiva, al devenir filosófico del autor, lo que equivale a una ruptura de la ficción.

    35, 5-9. Traum schien mir da die Welt und Dichtung eines Gottes; farbiger Rauch vor den Augen eines göttlich Unzufriednen. / Gut und böse und Lust und Leid und Ich und Du – farbiger Rauch dünkte mich’s vor schöpferischen Augen. Wegsehn wollte der Schöpfer von sich, – da schuf er die Welt. [Entonces el mundo me parecía sueño y poesía de un dios; humo coloreado ante los ojos de un divinamente insatisfecho. / Bien y mal, placer y dolor, yo y tú — humo coloreado me parecían ante ojos creadores. El creador quería apartar la mirada de sí mismo: — entonces creó el mundo.] Zaratustra no solo contempla desde una distancia temporal, sino también desde una distancia interior, su anterior percepción de la realidad, que, según cree reconocer ahora, se le había escapado detrás de un velo onírico. Explica su antiguo extravío por su fe en un dios que, mediante la producción de «humo coloreado», únicamente pretendía desviar la atención de su propia insuficiencia. Desde la distancia ahora alcanzada, ese dios ya no se le presenta, por tanto, como un dios creador, sino tan solo como un «artista del encubrimiento». A un crear así pervertido, que en vez de dirigirse a la autoexpresión apunta al autoencubrimiento y a la autonegación, el discurso «De las tres transformaciones» había contrapuesto ya la visión de un crear que se despliega libremente y «se conquista su mundo» (31, 12). La metáfora del «humo coloreado» que enturbia la mirada aparece ya en M 216. Allí, sin embargo, el «humo coloreado» no es producido por un dios, sino por la música, y no se le atribuye un efecto cegador, sino uno benéficamente extático, «pues a través de la música ven y oyen, como a través de un humo coloreado» (KSA 3, 193, 5 s.).

    35, 13-16. Diese Welt, die ewig unvollkommene, eines ewigen Widerspruchs Abbild und unvollkommenes Abbild – eine trunkne Lust ihrem unvollkommnen Schöpfer: – also dünkte mich einst die Welt. [Este mundo, el eternamente imperfecto, imagen de una contradicción eterna e imagen imperfecta — un placer ebrio para su imperfecto creador: — así me pareció en otro tiempo el mundo.] Una versión preliminar habla del «mundo de la guerra y del tormento» (N V 8, 129; KGW VI 4, 43), lo que recuerda a la negación schopenhaueriana de la vida. Poco después aparece en el manuscrito el drástico esbozo de una creación que se niega a sí misma: «En el perecer y el devenir se goza la maldad eterna, y en el crear […] el dios se niega a sí mismo, el más digno de negación, incapaz incluso de desprenderse del ser. Así me parecía.» (Ibid.).

    35, 19-36, 2. Ach, ihr Brüder, dieser Gott, den ich schuf, war Menschen-Werk und -Wahnsinn, gleich allen Göttern! / Mensch war er, und nur ein armes Stück Mensch und Ich: aus der eigenen Asche und Gluth kam es mir, dieses Gespenst, und wahrlich! Nicht kam es mir von Jenseits! / Was geschah, meine Brüder? Ich überwand mich, den Leidenden, ich trug meine eigene Asche zu Berge, eine hellere Flamme erfand ich mir. Und siehe! Da wich das Gespenst von mir. [¡Ay, hermanos míos, ese dios que yo creé era obra y locura humanas, como todos los dioses! / Hombre era, y tan solo un pobre fragmento de hombre y de yo: de mi propia ceniza y brasa vino a mí ese espectro, y, en verdad, ¡no vino a mí del más allá! / ¿Qué ocurrió, hermanos míos? Me superé a mí mismo, al que sufría, llevé mi propia ceniza a la montaña, inventé para mí una llama más clara. ¡Y mira! Entonces el espectro se apartó de mí.] Zaratustra retoma aquí el giro… (P. 264)…retoma el giro con el que el viejo santo le había salido al encuentro, amonestándolo, durante su descenso de la montaña: «En otro tiempo llevaste tu ceniza a la montaña: ¿quieres llevar hoy tu fuego a los valles? ¿No temes los castigos del incendiario?» (12, 20-22). Pero no se limita a adoptar la formulación, sino que al mismo tiempo la reinterpreta: la imagen de la llama que es «inventada» a partir de la ceniza constituye una perífrasis de lo imposible, de la paradójica empresa de la autosuperación que, según Zaratustra, es necesaria para liberarse —como, según su propio testimonio, él mismo habría logrado hacerlo— de la antigua actitud ante la vida y el sufrimiento. Con la ceniza sitúa, invirtiendo la secuencia física, el producto del proceso de combustión en el comienzo, de modo que la vida agotada, que ya no es más que ceniza, alcanza una nueva vida mediante un acto voluntarista de autoposición («invención»). Esta nueva fundación del yo está vinculada al rechazo de un «espectro», es decir, a la liberación de la antigua fe en Dios y en el más allá. En relación con un sueño de Zaratustra, el giro «llevar la propia ceniza a la montaña» aparece todavía una tercera vez en Za(cf. NK 174, 11-15).

    Como símbolo tradicional de la caducidad y la destrucción, la ceniza está muy presente en la liturgia cristiana y en la Biblia. El Antiguo Testamento designa al hombre como «tierra y ceniza» (Génesis 18, 27; Die Bibel AT 1818, 17), vida terrenal y perecedera, y Job dice de sí mismo: «Me han pisoteado en el barro y me han tenido por igual al polvo y la ceniza» (Job 30, 19; Die Bibel AT 1818, 546). Para Zaratustra, en cambio, la ceniza es al mismo tiempo signo de destrucción y de vida nueva —también esto enlaza con una tradición: desde antiguo la ceniza simboliza la esperanza de resurrección, como en el mito del Fénix, que rejuvenecido surge de sus cenizas (véase al respecto NK 82, 23-25). El motivo de la llama aparece con frecuencia en Za y con significados cambiantes; en particular, la llama y el fuego están asociados a Zaratustra, tal como corresponde al Zaratustra histórico. «¿No eres tú la luz para mi fuego?» (207, 19), se dirige él mismo al sol. Y en una nota póstuma de la época de la impresión de Za I se dice: «¿Cuándo ardió alguna vez una llama semejante? (como Zaratustra)» (NL 1883, KSA 10, 9[49], 363, 2). Esto último podría referirse, ciertamente, también a la propia obra Za, con lo cual entra en consideración un pasaje de MA I 208 que caracteriza el trabajo literario como una transmisión del fuego: «La suerte más feliz le ha tocado al autor que, ya anciano, puede decir que todo lo que hubo en él de pensamientos y sentimientos generadores de vida, fortalecedores, elevadores e iluminadores continúa viviendo en sus escritos, y que él mismo no significa ya más que la ceniza gris, mientras que el fuego ha sido salvado y llevado más lejos por todas partes» (KSA 2, 171, 17-22).

    36, 12-18. Glaubt es mir, meine Brüder! Der Leib war’s, der am Leibe verzweifelte, – der tastete mit den Fingern des bethörten Geistes an die letzten Wände. / Glaubt es mir, meine Brüder! Der Leib war’s, der an der Erde verzweifelte, – der hörte den Bauch des Seins zu sich reden. / Und da wollte er mit dem Kopfe durch die letzten Wände, [¡Creedme, hermanos míos! Fue el cuerpo el que desesperó del cuerpo — él palpaba con los dedos del espíritu embaucado los últimos muros. / ¡Creedme, hermanos míos! Fue el cuerpo el que desesperó de la tierra — él oyó hablarle el vientre del ser. / Y entonces quiso atravesar con la cabeza los últimos muros, …] (P. 265)…y no solo con la cabeza — ¡hacia “aquel mundo”!»

    El sufrimiento por el mundo terrenal, que Zaratustra presenta ahora como la única promesa, fue precisamente lo que en otro tiempo lo impulsó hacia los transmundos. ¿No proyecta esto una sombra sobre sus visiones? ¿No hace que la pose de quien afirma el cuerpo y la tierra se petrifique en un desesperado y desafiante “a pesar de todo”? En esta dirección apunta una nota del invierno de 1882/83 que, si bien identifica la insatisfacción con lo terrenal como una «conclusión falsa», subraya, sin embargo, la idea de pérdida: «Hay un sacrificio en renunciar a este trans-mundo. ¡Virilidad! / Lo terrenal no nos basta — por consiguiente, lo celestial — conclusión falsa.» (NL 1882, KSA 10, 4[267], 183, 21-24).

    36, 16. Der Bauch des Seins redet gar nicht zum Menschen. [El vientre del ser no habla en absoluto al hombre.] En el legado póstumo se dice todavía con énfasis: «¡Deshaceos de una vez de esta falsa contemplación de las estrellas! El vientre del ser nunca os hablará.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[279], 186, 4 s.). La metáfora «vientre del ser» es, según →Venturelli 2005, 87, ejemplar de la «búsqueda de un nuevo lenguaje» de Nietzsche, un lenguaje que estuviera en consonancia con su concepción del ser. Está formada mediante la unión de dos palabras esencialmente extrañas entre sí, tomadas respectivamente de una esfera concreta y de una abstracta. Surge así una fórmula pregnante que, en este caso particular, sugiere una conexión entre lo ontológico y lo corporal. Esta construcción no puede resolverse conceptualmente, pues sus dos componentes sustantivos se hallan semánticamente tan alejados entre sí que difícilmente pueden fundirse en un único significado. Pero precisamente en esta tensión irresoluble reside la eficacia de la metáfora, que pone lingüísticamente ante los ojos la paradoja de un «metafísico corporal» que se refuta a sí mismo. Con ello subraya el diagnóstico de Zaratustra de que los proyectos metafísicos llevan el sello de lo corporal y que, por eso mismo, se descalifican a sí mismos. De acuerdo con ello, poco después constata: «el vientre del ser no habla en absoluto al hombre, salvo como hombre» (36, 21 s.). Cf. también el giro «vientre de las cosas» (170, 5).

    36, 34-37, 3. Einen neuen Stolz lehrte mich mein Ich, den lehre ich den Menschen: nicht mehr den Kopf in den Sand der himmlischen Dinge zu stecken, sondern frei ihn zu tragen, einen Erden-Kopf, der der Erde Sinn schafft! [Un nuevo orgullo me enseñó mi yo, ese enseño yo a los hombres: no meter ya la cabeza en la arena de las cosas celestiales, sino llevarla libremente, una cabeza terrena que crea el sentido de la tierra.] «Tierra» se emplea aquí como cifra de todo aquello que Zaratustra contrapone al reino de las ideas, de la trascendencia y de la metafísica. «Tierra» designa lo de este mundo, aquello que se refiere al cuerpo y a lo natural. Según Zaratustra, estos son los únicos puntos de referencia legítimos de una filosofía «honrada», liberada de la especulación y de la ficción —y, por ello, también la única fuente posible de sentido—. Por eso presenta la profesión de fe en «cuerpo y tierra» (36, 33) como liberadora y dadora de sentido (cf. también NK 14, 29 s.), aunque el giro «cabeza terrena que crea el sentido de la tierra» no carece de un matiz cómico. A ello contribuye la resonancia proverbial: la imagen del hombre que muestra con confianza su «cabeza terrena», en lugar de «meterla en la arena de las cosas celestiales», es decir, de obnubilarla mediante la fe en lo trascendente, … (P. 266) …se origina en la variación del fraseologismo, todavía hoy corriente, «meter la cabeza en la arena», o del refrán: «Hace como el avestruz, que, para no ver al enemigo, mete la cabeza bajo las alas o en la arena» (Wander 1867-1880, 4, 898). Una nota póstuma formula: «En la arena más pequeña metió más de un avestruz su cabeza» (NL 1882, KSA 10, 4[274], 185, 5 s.). Y en Za III, «Del espíritu de la gravedad», Zaratustra compara al hombre con el avestruz, que allí, sin embargo, no mete la cabeza en la arena, sino en «tierra pesada»: «El avestruz corre más deprisa que el caballo más veloz, pero también él mete todavía pesadamente la cabeza en la tierra pesada: así el hombre que todavía no puede volar» (242, 7-9). Y cuando Zaratustra, en Za III, «De los apóstatas», denuncia la recaída de los hombres en una religiosidad anticuada, describe cómo cada día meten «la cabeza más profundamente en la noche y la bruma» (228, 5 s.).

    37, 4-7. Einen neuen Willen lehre ich die Menschen: diesen Weg wollen, den blindlings der Mensch gegangen, und gut ihn heissen und nicht mehr von ihm bei Seite schleichen, gleich den Kranken und Absterbenden! [Una nueva voluntad enseño yo a los hombres: querer este camino que el hombre recorrió ciegamente, y aprobarlo y no seguir apartándose furtivamente de él, como los enfermos y moribundos.] Si hasta ahora Zaratustra se había presentado como maestro del superhombre (cf. 14, 13), aparece aquí también como maestro de una «nueva voluntad». Ya en Za I, Prólogo 3, explica la orientación hacia el superhombre como un acto revolucionario de decisión, al exigir imperativamente a sus oyentes: «¡Que vuestra voluntad diga: sea el superhombre el sentido de la tierra!» (14, 29 s.; cf. NK 14, 29 s.). La idea de que la voluntad pueda provocar el giro en la historia (de la humanidad) se retoma, con variaciones, en capítulos y discursos posteriores. Za I «De las tres transformaciones» perfila el paso del «tú debes» al «yo quiero» como una cesura decisiva que habría de conducir de la heterodeterminación a la autodeterminación y de una conducta pasiva de soportar a una conducta activa de poner valores (cf. al respecto NK 30, 13 s.). Y Za II «De la redención» declara la voluntad «liberadora y portadora de alegría» (179, 28), a la que únicamente estaría reservado superar la dependencia respecto del «fue» del pasado (cf. al respecto NK 181, 16-20; sobre la peculiar versión zaratustriana de la «libertad de la voluntad», véase también NK 111, 13-17).

    Es innegable que la voluntad constituye un concepto central de Za. Especialmente en Za II, donde presenta la mayoría de sus apariciones, es elevada a fuerza impulsora decisiva (sobre la conceptualización filosófica de la «voluntad» como origen de todo acontecer dinámico, cf. →Gerhardt 1996, 217-223). Y, sin embargo, en Za no existe un concepto de voluntad claramente delimitado; Zaratustra habla, más bien, de distintas voluntades: de la «voluntad de verdad» (cf. NK 146, 2-7), de la «voluntad intelectualizante de pensabilidad» (cf. NK 146, 2-7), de la «voluntad de león» (133, 15) como la «voluntad de quien dice la verdad» (133, 18), o invoca la propia e inconmensurable «voluntad solar» (219, 31 s.; cf. también NK 4/2, 269, 17 s.). En Za II, «De la redención», la «voluntad creadora» adquiere una significación excepcional al ser proclamada allí liberadora del pasado (cf. NK 181, 16-20). La «voluntad de…» (P. 267) La «voluntad de poder», aunque Zaratustra la caracteriza como «voluntad de vida inagotable y procreadora» (147, 6) y como «voluntad de ser señor» (148, 1 s.), aparece coordinada con esas otras voluntades; en Za no se le concede una posición de primacía indiscutida. Tampoco resiste un examen más detenido la suposición, a primera vista plausible, de que las diversas voluntades proclamadas por Zaratustra sean simplemente distintas denominaciones de una única voluntad unitaria (la «voluntad de poder»).

    Que las voluntades invocadas por Zaratustra no se integran sin fisuras en la síntesis de una voluntad unitaria central se advierte ya en que Zaratustra remite también fuerzas impulsoras negativas al impulso de la voluntad, por ejemplo cuando se vuelve contra la detestada «voluntad de igualdad» (129, 1). Examinada más de cerca, la «filosofía de la voluntad» de Zaratustra se revela como una construcción fluctuante, volátil. Mientras Schopenhauer, en El mundo como voluntad y representación, declara consecuentemente la voluntad principio fundamental de todo lo que es, que atraviesa no solo la naturaleza vegetal y animal, sino también la naturaleza inorgánica, Zaratustra emprende diversos intentos de determinar, partiendo de la primacía de la voluntad, fuerzas impulsoras centrales de la acción humana y del acontecer del mundo. En sus discursos, «voluntad» significa alternativamente una fuerza impulsora individual, una voluntad colectiva unitaria (cf. 99, 15) o bien un concepto abstracto de dominio (sobre ello NK 111, 13-17) y un principio universal de toda vida (cf. 149, 3 s.). En Za II, «De la redención», deja curiosamente en la vaguedad incluso si la voluntad existe ya o si todavía ha de ser creada: en una paradoja deliberadamente acentuada, Zaratustra la llama allí un «libertador» que, a su vez, todavía es un «prisionero» que ante todo ha de ser liberado (179, 30).

    37, 8-11. Kranke und Absterbende waren es, die verachteten Leib und Erde und erfanden das Himmlische und die erlösenden Blutstropfen: aber auch noch diese süssen und düstern Gifte nahmen sie von Leib und Erde! [Fueron enfermos y moribundos quienes despreciaron cuerpo y tierra e inventaron lo celestial y las redentoras gotas de sangre: ¡pero incluso esos dulces y sombríos venenos los tomaron todavía del cuerpo y de la tierra!] Se trata de una remisión al primer discurso de Zaratustra en la plaza del mercado, donde advierte contra los «despreciadores de la vida» que mezclan venenos: «¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas supraterrenas! Son envenenadores, lo sepan o no. / Son despreciadores de la vida, moribundos y ellos mismos envenenados, de quienes la tierra está cansada: ¡que se marchen, pues!» (15, 1-6). Aquí, los venenos narcotizantes que apartan al hombre de este mundo son equiparados con las «redentoras gotas de sangre», la sangre de Cristo, el Redentor. Una nota del invierno de 1882/83 rechaza tajantemente la fuerza engendradora de la sangre: «La sangre no fundamenta; la sangre tampoco redime.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[17], 113, 10). Sobre el rechazo de la fuerza testimonial de la sangre, cf. también NK 66, 2.

    37, 12-15. Ihrem Elende wollten sie entlaufen, und die Sterne waren ihnen zu weit. Da seufzten sie: „Oh dass es doch himmlische Wege gäbe, sich in ein andres Sein und Glück zu schleichen!“ — da erfanden sie sich ihre Schliche und blutigen Tränklein! [Querían escapar de su miseria, y las estrellas estaban demasiado lejos para ellos. Entonces suspiraron: «¡Oh, si hubiera caminos celestiales para deslizarse furtivamente hacia otro ser y otra dicha!» — ¡entonces se inventaron sus ardides y sus sanguinolentas pocioncillas!] De modo semejante se expresa una nota póstuma… (P. 268) De modo semejante habla una nota póstuma de los intentos de huida de la humanidad sufriente: «Querrían escapar: pero no pueden encontrar caminos hacia otras estrellas, por eso creen que hay caminos subterráneos — caminos de índole completamente distinta y, por así decirlo, caminos furtivos.» (NL 1882, KSA 10, 4[264], 182, 21-183, 1).

    37, 15. erfanden sie sich ihre […] blutigen Tränklein [se inventaron sus […] sanguinolentas pocioncillas]. En alusión a la sangre de Cristo, o bien a la Última Cena, se dice en Mateo 26, 27 s.: «Y tomando el cáliz, y dando gracias, se lo dio, diciendo: Bebed de él todos; porque esta es mi sangre del nuevo testamento» (Die Bibel NT 1818, 37).

    37, 19-21. Milde sei Zarathustra den Kranken. Wahrlich, er zürnt nicht ihren Arten des Trostes und Undanks. Mögen sie Genesende werden und Überwindende und einen höheren Leib sich schaffen! [Sea Zaratustra indulgente con los enfermos. En verdad, no se irrita por sus maneras de consuelo y de ingratitud. ¡Que lleguen a ser convalecientes y superadores y se creen un cuerpo superior!] Más tarde Zaratustra predicará dureza e intransigencia y proclamará la máxima: «¡Lo que cae, se lo debe además empujar!» (Za III, «De tablas viejas y nuevas» 20, 261, 28 s.).

    37, 22-24. wenn er zärtlich nach seinem Wahne blickt und Mitternachts um das Grab seines Gottes schleicht [cuando mira con ternura hacia su delirio y a medianoche ronda furtivamente la tumba de su Dios]. Podría tratarse de la contrafactura de una imagen del Fedón de Platón. Allí se dice del alma no purificada que, después de la muerte del hombre, puede verse cómo «ronda en torno a los monumentos funerarios y a las tumbas» (cf. Fedón 81c-d; Platón 1852-1864, 1, 472), porque quiere volver a unirse con el cuerpo. Si en el Fedón es el alma la que añora el cuerpo, aquí, en cambio, es el hombre quien añora sus ficciones metafísicas.

    37, 26-28. Vieles krankhafte Volk gab es immer unter Denen, welche dichten und gottsüchtig sind; wüthend hassen sie den Erkennenden und jene jüngste der Tugenden, welche heisst: Redlichkeit. [Siempre hubo mucho pueblo enfermizo entre quienes poetizan y están ansiosos de Dios; odian furiosamente al que conoce y a aquella virtud más reciente que se llama: honradez.] El poetizar y el anhelo de Dios aparecen aquí vinculados entre sí y contrapuestos a la honradez del que conoce. Dichten no debe entenderse aquí como creación poético-artística, sino como producción de ficciones perjudiciales que obnubilan al hombre hasta tal punto que ya no es capaz de reconocer el fundamento propiamente dicho de su existencia, corporal y de este mundo. Según esta concepción, también los filósofos y los maestros religiosos han de contarse precisamente entre los poetas, en la medida en que proclaman «transmundos». En ZaII, «De los poetas», Zaratustra, aludiendo al Chorus mysticus de Fausto II, afirma de manera generalizadora: «todos los dioses son alegoría de poetas, subterfugio de poetas» (164, 28 s.).

    Pero, como tantas otras cosas, también la concepción del poeta y del poetizar tiene en Za otra vertiente. En Za II, «De la redención», Zaratustra declara que la capacidad poética del hombre posee una fuerza redentora. Allí poetizar no significa producir «humo coloreado» (35, 7 s.), sino la capacidad de crear sentido y superar retrospectivamente la contingencia histórica: «¿Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre no fuese también poeta y adivinador de enigmas y el redentor del azar!» (179, 23-25). Za III, «De tablas viejas y nuevas» 3, retoma y reafirma esta idea, identificando allí poetizar y crear: «Les enseñé todo mi poetizar y aspirar: reducir a uno y reunir lo que es fragmento en…» (P. 269) «…lo que es fragmento en el hombre y enigma y espantoso azar, — / — como poeta, adivinador de enigmas y redentor del azar les enseñé a crear en el futuro y a redimir creadoramente todo lo que fue.» (248, 26-249, 2).

    37, 28. jene jüngste der Tugenden, welche heisst: Redlichkeit [aquella virtud más reciente que se llama: honradez].Con ello se alude a la honradez del «que conoce», es decir, a una honradez intelectual que rechaza la fe y se apoya, en cambio, en la «duda» (37, 33) y el escepticismo. En este sentido, una nota del verano de 1882 exige la honradez como actitud de absoluta ausencia de prejuicios, equiparada allí con la justicia:

    «Ser justo con todo, por encima de inclinación y aversión, ordenarse uno mismo en la serie de las cosas, estar por encima de sí mismo, la superación y el valor, no solo frente a lo personalmente hostil y doloroso, también con respecto al mal en las cosas; honradez, incluso como adversaria del idealismo y de la religiosidad, incluso de la pasión, incluso con respecto a la propia honradez» (NL 1882, KSA 10, 1[142], 20, 12-18).

    La honradez intelectual se presenta especialmente en Za IV como un rasgo específico de Zaratustra. En Za IV, «Fuera de servicio», el viejo papa le atribuye una «honradez demasiado grande» (325, 9), refiriéndose con ello a su actitud crítica e incorruptible frente a la religión y la moral. Y en Za IV, «La sanguijuela», el concienzudo del espíritu, que se entiende a sí mismo como adepto de la doctrina de Zaratustra, explica su concepción de una ciencia honrada, que procede de manera rigurosamente positivista: «Me dan náusea todos los que son a medias en el espíritu, todos los nebulosos, fluctuantes y exaltados. Donde cesa mi honradez, soy ciego y quiero también ser ciego. Pero donde quiero saber, quiero también ser honrado, es decir, duro, estricto, estrecho, cruel, inexorable.» (312, 4-8).

    La honradez significa, por tanto, una veracidad del conocer y una incondicionalidad que no admite ilusiones ni falta de compromiso. Al mismo tiempo, sin embargo, las palabras del concienzudo arrojan también una luz crítica sobre la honradez del que conoce entendida como un rigorismo basado en exclusiones que ciegan. →Tolksdorf 2016, 39 ha destacado «el aspecto lingüístico de la honradez» y ha caracterizado el «discurso honrado» de Zaratustra como forma de expresión del cuerpo sano, que pretende llevar en sí mismo su legitimidad y, por ello, no necesita una fundamentación lógico-racional. De manera aún más radical, Vanessa →Lemm 2018, 289 entiende la honradez de Nietzsche como una «idea of embodied philosophical truth» [«idea de una verdad filosófica encarnada»].

    No como la «más reciente de las virtudes», sino como «una de las virtudes más recientes» se presenta en M 456 el concepto de honradez, que desde M aparece con frecuencia en los escritos de Nietzsche y funciona como concepto clave de la autocaracterización de su filosofía (cf. al respecto, por ejemplo, →Nancy 2003): «una de las virtudes más recientes, todavía poco madura, confundida y desconocida a menudo, apenas consciente todavía de sí misma, algo en devenir, que podemos fomentar o inhibir, según sea nuestra disposición» (KSA 3, 275, 25-29). Una nota póstuma del año 1885 denomina después la honradez «última virtud» (KGW IX 2, N VII 2, 108, 2; cf. NL 1885/86, KSA 12, 1[145], 44, 3) del hombre moderno. (P. 270) 38, 1-3. Wahrlich, nicht an Hinterwelten und erlösende Blutstropfen: sondern an den Leib glauben auch sie am besten, und ihr eigener Leib ist ihnen ihr Ding an sich. [En verdad, no creen del mejor modo en transmundos ni en redentoras gotas de sangre, sino en el cuerpo; y su propio cuerpo es para ellos su cosa en sí.] Zaratustra abandona aquí el papel del «sabio persa», pues, al mencionar la «cosa en sí», interviene en un discurso filosófico de fecha más reciente, ligado de manera inmediata al nombre de Kant. La idea de una «cosa en sí», de una realidad que existe por sí misma, con independencia de toda posibilidad de experiencia, constituye para Kant, en el prólogo a la Crítica de la razón pura, una necesidad del pensamiento, pues de otro modo habría «apariencia sin algo que aparezca» (AA III, 17). La ambigüedad resultante de la «cosa en sí», que por una parte apunta a un ser situado fuera de la conciencia y, por otra, representa como objeto conocido un contenido de la conciencia, suscitó abundantes críticas y burlas. Schelling vio en ella «un verdadero hierro de madera; pues o bien la cosa [objeto] no es en sí, y si es en sí, no es cosa» (Schelling 1856-1861, 10, 84). También Nietzsche, en cuya biblioteca se encuentra la disertación de Rudolf Lehmann La doctrina de la cosa en sí (1878), señaló esta contradictoriedad (al respecto, con detalle, Riccardi 2009b y 2010). En JGB 16, Nietzsche declara la «cosa en sí» un «contradictio in adjecto» (KSA 5, 29, 25 s.). Cf. sobre los repetidos intentos de Nietzsche de poner de manifiesto la inconsistencia lógica del concepto kantiano de «cosa en sí» también NK 5/1, 16, 12 s.; NK 5/1, 29, 24-28 y NK 6/1, 130, 1-3.

    La crítica fundamental de Zaratustra, sin embargo, no se dirige a las dificultades lógicas y sistemáticas que plantea el concepto, sino a los impulsos que le sirven de fundamento. Desacredita el discurso sobre la «cosa en sí» al imputarle motivos que no pueden conciliarse con la aceptación de una realidad independiente de la experiencia. Según esto, los filósofos que propugnan la cosa en sí no hacen sino seguir a su propio cuerpo enfermo, del que intentan apartar la atención mediante una construcción metafísica compensatoria en la que ni siquiera ellos mismos creen. La formulación «su propio cuerpo es para ellos su cosa en sí» pone de relieve con agudeza esta contradicción y lleva ad absurdum la idea de la «cosa en sí».

    Esta polémica tiene un precedente en MA I 16, en la medida en que Nietzsche, bajo el epígrafe «Apariencia y cosa en sí», rechaza igualmente una actitud filosófica equivocada frente a la realidad. Allí se refiere primero a la opinión de críticos del pensamiento metafísico («lógicos más rigurosos»: KSA 2, 36, 15) que habrían mostrado «que en la apariencia precisamente no aparece la cosa en sí y que de aquella no puede inferirse esta mediante conclusión alguna» (KSA 2, 36, 19-21). A continuación reprocha a los partidarios de la filosofía de la cosa en sí que descuiden irresponsablemente el mundo de las apariencias, porque no ven en él más que algo secundario: «Los filósofos suelen situarse ante la vida y la experiencia —ante aquello que llaman el mundo de la apariencia— como ante un cuadro que de una vez para…» (P. 271)«…todas las veces está desenrollado y muestra invariablemente el mismo proceso; este proceso, opinan ellos, debe interpretarse correctamente para extraer de él una conclusión acerca del ser que ha producido el cuadro: es decir, acerca de la cosa en sí, que suele considerarse siempre como la razón suficiente del mundo de la apariencia» (KSA 2, 36, 6-14). Zaratustra reprocha precisamente a los «transmundanos» que no mantengan una mirada distanciada sobre la realidad, sino que se dejen dominar por su cuerpo, que los apremia dolorosamente, y que, al mismo tiempo, nieguen ese mismo cuerpo.

    38, 8. Stimme [voz]. Un error de imprenta; debe decir Stimmung [estado de ánimo] (Nietzsche [1883a], 41).

    38, 9 s. Redlicher redet und reiner der gesunde Leib, der vollkommne und rechtwinklige: und er redet vom Sinn der Erde. [Con más honradez y pureza habla el cuerpo sano, el perfecto y a escuadra; y habla del sentido de la tierra.]La expresión «cuerpo a escuadra» aparece otras dos veces en Za. En Za I, «Del niño y el matrimonio», Zaratustra exige: «Pero primero debes estar tú mismo construido, a escuadra en cuerpo y alma.» (90, 14 s.). Y en Za IV, «El saludo», deposita sus esperanzas de futuro en «[t]ales que estén construidos a escuadra en cuerpo y alma» (351, 18). Además, una nota póstuma del invierno de 1882/83 consigna: «a escuadra en el cuerpo, con fuerte nuca» (NL 1882/83, KSA 10, 4[222], 173, 22).

    Como posible fuente de esta formulación, extraña a primera vista, →Orsucci 2019, 184 s. señala un pasaje de La ética de los antiguos griegos de Leopold Schmidt, obra que Nietzsche consultó intensamente durante la época de Za. Allí se presenta la «rectangularidad» como expresión del hombre sano corporal y anímicamente. Nietzsche había marcado el pasaje correspondiente en su ejemplar: el período preático conocía el concepto de un hombre normal en relación tanto corporal como espiritual, pues gustaba de concebir ambas cosas como unificadas. Ello correspondía a las representaciones matemáticas en las que se movía de buen grado y que encuentran expresión también en la doctrina pitagórica de los números, «de modo que tomó como imagen para designarlo el plano de un templo bien construido y lo llamó rectangular — τετράγωνος —, resaltando así la ausencia de toda oblicuidad y desigualdad en su ser».

    Un ejemplo lo proporcionan los versos de Simónides que Platón menciona en el Protágoras (339b) y en los que se dice que es difícil llegar a ser un hombre verdaderamente competente, rectangular en manos, pies y entendimiento, irreprochable; evidentemente, estos versos gozaron de cierta celebridad, pues Aristóteles alude a ellos tanto en la Ética a Nicómaco (1100b21) como en la Retórica (1411b26), y en esta última ofrece una explicación de la llamativa expresión, que remite a un concepto de perfección. (Schmidt 1882, 1, 309). En efecto, Aristóteles, en su Retórica (libro III, cap. 11; 1411b, 26 s.), explica la forma geométrica del cuadrado —sin mencionar expresamente su rectangularidad— aplicada al hombre virtuoso (ἀγαθὸν ἄνδρα) y explica al respecto: «οἷον τὸν ἀγαθὸν ἄνδρα φάναι εἶναι τετράγωνον μεταφορά, ἄμφω γὰρ τέλεια» (Aristóteles 1831, 131; «así, por ejemplo, llamar a un hombre virtuoso…»).«…llamar a un hombre virtuoso cuadrado es una metáfora; pues ambas cosas son perfectas en sí mismas» (Aristóteles 1833, 261).

    Una nota póstuma de la primavera de 1884 consigna: «Para un hombre pleno y a escuadra, un mundo tan condicionado y lleno de cláusulas como el de Kant es un horror. Tenemos necesidad de una verdad burda: y cuando esta no existe, entonces vivimos la aventura y nos hacemos a la mar» (NL 1884, KSA 11, 25[337], 100, 6-10). Cuando la «rectangularidad» reaparece unos tres años después por última vez en una nota póstuma y, en general, en la obra de Nietzsche, adquiere un sentido modificado y una resonancia claramente negativa: «¿sería / deseable que sobreviviese la más respetable de las especies? ¿los r[e]ctos / angulares, los v[i]rtuosos, los hombres de bien, los rectos, los “honrados”?» (KGW IX 7, W II 3, 60, 52-56; cf. NL 1887/88, KSA 13, 11[325], 138, 14-17).

    Si ya en tiempos guillerminos la tiesura militarista servía de modelo, la «postura» llegó a convertirse en un concepto clave de la pedagogía nacionalsocialista. Para ello se recurrió a la fórmula de Zaratustra «a escuadra en cuerpo y alma». Así, por ejemplo, Alfred Rosenberg, el principal ideólogo del NSDAP, conjura en El mito del siglo XX un nuevo tipo humano:

    «La fuerza más poderosa de la personalidad no reclama hoy ya personalidad, sino tipo; el pueblo, arraigado en la vida, un nuevo tipo humano alemán, “a escuadra en cuerpo y alma”, está surgiendo; formarlo es la tarea del siglo XX. La personalidad auténtica de hoy trata precisamente, en su máximo desarrollo, de conformar plásticamente aquellos rasgos, de anunciar aquellos pensamientos que experimenta como rasgos del presentido nuevo y, sin embargo, antiquísimo tipo humano alemán. Libres no nos hacemos de, sino para algo.» (→Rosenberg 1930, 531).

    Ideas de esta índole influyeron en la praxis de higiene racial de la educación postural (cf. al respecto →Warnken 1990).

  • 1.2. Las cátedras de la virtud

    [P. 103]

    Como parodia de la doctrina filosófica de la moral y de las concepciones morales cristianas, el capítulo se encuentra en oposición diametral al discurso precedente, «De las tres transformaciones». En vez de una agotadora puesta a prueba de sí mismos, los ocupantes de las cátedras de la virtud, que Zaratustra toma aquí paródicamente como blanco, predican una reposada reconciliación consigo mismos; y, en vez de llamar a la transformación y al cambio, llaman a la cimentación del statu quo. Temáticamente, el capítulo pertenece al ámbito de la confrontación con las concepciones establecidas de la virtud, que los discursos de Zaratustra someten una y otra vez, y desde distintos puntos de vista, a una mordaz polémica (véase al respecto, en detalle, ÜK Za II, «De los virtuosos»); con ello N. hace honor también en Za a su fama de incisivo crítico y desenmascarador de la virtud (cf. →Honecker 2002, 93 s.). Sobre el capítulo, véanse también Naumann 1899–1901, 1, 129–133; →Pieper 1990, 126–131.

    Aquí no aparece Zaratustra como anunciador de una doctrina propia, sino que pasa al primer plano el discurso de un reconocido maestro de la virtud. De modo semejante a como Sócrates, en el Protágoras, va en busca del célebre maestro Protágoras, que ha reunido en torno a sí a numerosos discípulos (cf. →Pieper 1990, 128; la referencia a Sócrates aparece ya en →Dannhauser 1974, 253), Zaratustra se mezcla entre los discípulos del maestro de la virtud. Sin embargo, a diferencia de Sócrates, no entabla diálogo con él, sino que adopta el papel de un oyente que, a continuación, comenta en sus pensamientos lo que ha oído. El cambio entre la actitud narrativa y la discursiva divide el capítulo en tres partes claramente diferenciadas entre sí: a un breve relato orientativo del narrador (32, 2–6) sigue el discurso del sabio (32, 7–34, 8), al cual Zaratustra, introducido por el narrador, reacciona con un silencioso monólogo consigo mismo (34, 9–30). Aunque el maestro de la virtud se desenmascara a sí mismo por medio de lo que dice, Zaratustra conserva la última palabra, y a su juicio no le falta claridad: para él, el supuesto sabio es un «necio» (34, 12). De este modo, el capítulo alcanza su objetivo en el desmontaje del sabio, de quien Zaratustra se burla como representante de todos aquellos maestros autoritarios de la virtud que, desde su punto de vista, apartan a los hombres de la verdadera vida y cuyo final desea, por ello, ver anunciado: «su tiempo se acabó» (34, 28).

    Los dos conceptos rectores del capítulo aparecen ya en la primera frase, cuando se presenta al sabio como alguien que «sabía hablar bien del sueño y de la virtud» (32, 2 s.). La mera asociación entre sueño y virtud indica ya la falta de sustancia de su doctrina moral. Si la vinculación del concepto de virtud con el fenómeno pasivo y vegetativo del sueño resulta ya chocante, el oscuro sabio se desacredita por completo mediante la jerarquía que establece: en efecto, proclama el sueño como meta suprema de la existencia y lo declara «señor de las virtu-…» [P. 104] continuación

    …y lo declara «señor de las virtudes» (33, 27), mientras que las virtudes, a su juicio, no son más que medios para poder dormir bien. Zaratustra resume de manera incisiva esta «doctrina de la virtud»: «Su sabiduría se llama: velar para dormir bien» (34, 19). Como estado de conciencia disminuida y de capacidad de pensamiento desconectada, el fenómeno biológico-vegetativo del sueño remite a una forma de existencia que renuncia al pensamiento crítico y a la configuración activa de la vida. En correspondencia con ello, el «arte» de dormir enseñado por el sabio se basa en reglas de conducta dirigidas a eliminar la autodeterminación subjetiva. Exhorta a prácticas mezquinas y pedantes cuya finalidad consiste en llenar por completo la existencia despierta e impedir así que el hombre tenga pensamientos propios. Según su doctrina, el día sirve únicamente para preparar el sueño. Se parodian de este modo ejercicios rituales filosófico-religiosos encaminados a una existencia determinada por la ecuanimidad, que la investigación ha relacionado con el estoicismo (→Brusotti 1997, 134, n. 231), el quietismo (Gerhardt 2011a, 6) y el óctuple sendero, doctrina central de la sabiduría budista (→Knodt 2017, 217). Es manifiesta la alusión paródica a los Diez Mandamientos, pues Zaratustra exige diariamente «diez superaciones», «diez reconciliaciones», «diez verdades» y «diez carcajadas». Una nota póstuma hace completamente evidente la referencia denigratoria al cristianismo: «Antes lo llamaba “cristianismo”; hoy lo llamo “el medio para dormir bien”» (N V 8, 104; KGW VI 4, 40).

    Al proponerse la doctrina del sabio adormecer a los hombres y mantenerlos en un estado crepuscular de falta de autonomía, su propósito se encuentra en exacta oposición a la «doctrina» del superhombre, que pretende inculcar al hombre la insatisfacción y la repugnancia ante la limitación de su propia forma de existencia. Mientras que Zaratustra, en su discurso del superhombre de Za I, «Prólogo» 3, combate la «conformidad» (16, 11) y el «miserable bienestar» (15, 28), el insustancial maestro de la virtud predica la moderación como fundamento de una vida tranquila y cómoda. Hay que guardar la medida en todo y evitar los extremos. Ante los ojos del sabio se cierne el ideal de una existencia filistea satisfecha consigo misma; la virtud que él propaga debe servir para conservar el statu quo. Por la referencia a UB I DS se impone pensar en David Friedrich Strauss, a quien allí se reprocha que administre a los lectores, con La vieja y la nueva fe(1872), una «bebida soporífera filistea» (KSA 1, 206, 25). En cualquier caso, las estrategias encaminadas a evitar los conflictos, adaptarse y obedecer sumisamente a la autoridad señalan inequívocamente al maestro de la virtud como contrafigura de Zaratustra. →Dannhauser 1974, 254 entiende al sabio de la cátedra como maestro del último hombre.

    El discurso, que Salaquarda 2000a, 70 clasifica como prédica contra las doctrinas del cristianismo, proporciona un ejemplo paradigmático de la reelaboración paródica de versículos bíblicos (así →Liebscher 2002, 243). En inversión irónica de la representación bíblica del «sueño del justo», atraviesa el capítulo la metafórica antagónica de dormir y velar. «Acuéstate, y no tendrás que temer; antes bien, dormirás dulcemente», se dice en Proverbios 3, 24 (Die Bibel AT 1818, 63, 631). Zaratustra, en cambio, se concibe como alguien que «despierta» [Erwachte[n]] (12, 26 s.) y se impone la tarea de «mirar a la cara a todos los que duermen» (25, 6 s.). A su actividad despertadora pertenece el ataque contra las opiniones doctrinales vigentes y el asalto contra las autoridades, cosa que se manifiesta particularmente al final del capítulo, cuando proclama el fin de los falsos profetas —a sus ojos—. En Za III, «De tablas viejas y nuevas» 2, recuerda este llamamiento al derrocamiento de las autoridades con estas palabras: «Y les ordené derribar sus viejas cátedras, y allí dondequiera que se hubiera sentado aquella vieja presunción; les ordené reírse de sus grandes maestros de virtud y santos y poetas y redentores del mundo» (247, 6-9).

    32, 1 De las cátedras de la virtud] El concepto de Lehrstuhl [cátedra], que designa propiamente el puesto de un profesor en una universidad, en el capítulo mismo aparece todavía otras cuatro veces y señala que los ataques de Zaratustra apuntan también a una doctrina filosófica de la virtud institucionalizada y socialmente reconocida. Así, al final del capítulo habla también de los «alabados sabios de las cátedras» (34, 25), cuyo tiempo habría pasado. En el llamamiento al derribo de las cátedras (cf. también 247, 6-9) podría resonar la propia aversión de N., la envidia de alguien a quien le estuvo cerrada una carrera universitaria como filósofo y que más tarde estableció esta equiparación: «Cátedra [Lehrstuhl] (silla vacía [Lehnstuhl])» (N. a Paul Deussen, 20.09.1886, KSB 7/KGB III 3, n.º 752, p. 252, l. 32). Pese a este rechazo, N. mantuvo la idea de una doctrina filosófica institucionalizada por el Estado, aunque pensaba en ello en su propia filosofía, y en EH, «Por qué escribo tan buenos libros» 1, llega incluso a expresar la expectativa de que algún día Zapudiera convertirse en su objeto preferente: «Algún día se necesitarán instituciones en las que se viva y enseñe tal como yo entiendo el vivir y el enseñar; quizá incluso se erijan entonces cátedras propias para la interpretación del Zaratustra» (KSA 6, 298, 8-12).

    32, 2-6 Se ensalzó ante Zaratustra a un sabio que sabía hablar bien del sueño y de la virtud: por ello era muy honrado y recompensado, y todos los jóvenes se sentaban ante su cátedra. Zaratustra fue a verlo, y con todos los jóvenes se sentó ante su cátedra.] La expresión inusual de que los discípulos se sienten «ante la cátedra» del venerado sabio adquiere un inconfundible matiz irónico porque no se habla de la persona del maestro, sino del cargo o, respectivamente, de la institución universitaria abstracta de la cátedra. Hacia el final de su discurso, Zaratustra retoma una vez más esta formulación para extraer de ella una conclusión claramente irónica: «Y no en vano se sentaban los jóvenes ante el predicador de la virtud. / Su sabiduría se llama: velar para dormir bien» (34, 17-19).

    32, 9 s. Pudoroso es todavía el ladrón ante el sueño: siempre se desliza silenciosamente por la noche.] Cf.: «Pudoroso es el ladrón ante el sueño: siempre se desliza silenciosamente de allí» (N V 8, 104; KGW VI 4, 38).

    32, 10 s. Guardián de la noche] El motivo del vigilante nocturno reaparece en un pasaje posterior, aunque con un significado distinto. En Za III, «De los apóstatas», Zaratustra se ocupa de aquellos que han regresado a la vieja fe y constata: «Y algunos de ellos se han convertido incluso en vigilantes nocturnos: ahora saben tocar los cuernos y rondar de noche y despertar cosas viejas que hace mucho que se durmieron» (229, 8-11). Los vigilantes nocturnos aparecen allí para Zaratustra como representantes de una forma superada de duda religiosa, que con sus discusiones sobre la existencia y el poder de Dios no hacen más que provocarle risa.

    32, 12 s. No es pequeño arte dormir: para ello es preciso velar todo el día.] El hecho de que sea un «arte» dormir exige poner también el día a su servicio; con ello, toda la vida se convierte en ejercitación del buen dormir. Un borrador póstumo formula de manera semejante un saber dedicado al sueño: «No es pequeño arte dormir. Hay que velar durante el día para poder dormir por la noche. / Sabio se llamaba antiguamente a aquel que, igual que tú, amaba el día: sabiduría, en verdad, ahora lo veo exactamente: eso, esa piececita de arte, es un buen medio para dormir bien» (N V 8, 100; KGW VI 4, 39).

    32, 14-16 Diez veces debes superarte a ti mismo durante el día: eso produce un buen cansancio y es amapola para el alma. / Diez veces debes reconciliarte de nuevo contigo mismo; pues la supera-… [P. 105] 105

    pues la superación es amargura, y mal duerme quien no está reconciliado consigo mismo.] Aquí se lleva ad absurdum la exigencia de superación de sí mismo que ocupa un lugar central en la proclamación del superhombre por Zaratustra. La receta del sabio consiste en un juego alternante de superación de sí mismo y reconciliación consigo mismo, cuyo objetivo es hacer que toda actividad acabe finalmente diluyéndose en un sueño satisfecho de sí mismo. Sus instrucciones pretenden precisamente evitar el doloroso acto de ponerse a sí mismo en cuestión, que constituye la condición de la superación de sí mismo, y apuntan a consolidar el viejo yo. Un borrador póstumo de N V 8, 64 s. lo expresa de manera aún más incisiva: «¿Y cuáles son tus pensamientos por la noche, cuando te acuestas a dormir? / 10 superaciones / 10 promesas, buenas acciones / 10 buenos pensamientos, verdades / 10 alegrías de las que te has reído /65/ Duerme “ahora” bien, hermano mío, “eres para mí un querido necio”, ¡siempre dormirás bien! / 10 cordialidades con las que te reconcilias / Considerando tales cosas y reconfortado por 40 pensamientos, me acuesto por la noche a dormir» (KGW VI 4, 39; la frase final constituye el estadio previo de 33, 31-34, 2).

    32, 14 s. eso produce un buen cansancio y es amapola para el alma.] La «amapola del alma», que induce al sueño, recuerda unos versos del poema de N. «El secreto nocturno», de los Idilios de Mesina: «No me dio reposo la almohada, / ni la amapola, ni aquello que, por lo demás, hace / dormir profundamente» (KSA 3, 340, 8-10). El trasfondo autobiográfico lo constituye el consumo de opio del autor, que padecía insomnio (cf. al respecto NK 3/2, 340, 8 s.; cf. también Volz 1990, 168-170).

    32, 20 s. Diez veces tienes que reír durante el día y estar alegre: de lo contrario te molestará por la noche el estómago, ese padre de la aflicción.] El sabio prescribe la risa y la alegría como recursos dietéticos. Zaratustra, en cambio, recomendará más tarde la risa como estrategia de autoelevación y distanciamiento; no pretende incitar a una risa conciliadora, sino a una risa negadora y mortífera (cf. NK 48, 23-49, 7). El lapidario temor a estropearse el estómago se atribuye en Za I, «Prólogo» 5, a los últimos hombres como pauta rectora de conducta: «Aún se riñe, pero pronto se reconcilia uno —de lo contrario se estropea el estómago» (20, 16 s.).

    32, 22-33, 3 Pocos saben esto: pero hay que tener todas las virtudes para dormir bien. ¿Daré falso testimonio? ¿Cometeré adulterio? / ¿Codiciaré a la criada de mi prójimo? Todo eso se compaginaría mal con un buen sueño.]Rebajados a mero sedante que proporciona al hombre un buen sueño quedan los Diez Mandamientos, a los que el sabio se refiere expresamente: «No darás falso testimonio contra tu prójimo», «No cometerás adulterio», «No codiciarás la mujer de tu prójimo» (Éxodo 20, 16, 14 y 17; Die Bibel AT 1818, 80). En Za III, «De tablas viejas y nuevas», Zaratustra proclamará mandamientos propios: «¡No tengas miramientos con tu prójimo!» (249, 26), «En vuestros hijos debéis —reparar el que seáis hijos de vuestros padres: ¡así debéis redimir todo lo pasado!» (255, 26 s.). Y: «¡Haceos duros!» (268, 22).

    33, 3-5 Y aun cuando se tengan todas las virtudes, hay que entender todavía de una cosa: mandar a dormir las virtudes mismas en el momento oportuno.] El sabio niega el carácter vinculante de la ética cristiana de la virtud y la subordina a un individualismo ocasionalista. De manera semejante exige una nota póstuma: «También hay que dejar dormir de vez en cuando las propias virtudes» (NL 1882, KSA 10, 3[133], 57, 13 s.). De un sueño reparador de la virtud personificada habla ya Humano, demasiado humano I 83: «Sueño de la virtud. — Cuando la virtud haya dormido, se levantará más fresca» (KSA 2, 87, 1 s.; cf. también NL 1876, KSA 8, 18[18], 318, 19 s.; NL 1883, KSA 10, 12[1]65, 388, 19).

    33, 6 s. ¡Para que no riñan unas con otras, esas buenas mujercitas! ¡Y por ti, desdichado!] Cf. N V 8, 122: «Y después hay que mandar a dormir en el momento oportuno a las propias virtudes: de lo contrario riñen entre sí, esas buenas mujercitas —¡por ti, desdichado!» (KGW VI 4, 40). La representación de que las virtudes entran en conflicto unas con otras reaparece en Za I, «De las alegrías y las pasiones» (cf. 43, 16-22). A ella va ligada una concepción del individuo que lo piensa como una pluralidad de impulsos y necesidades (cf. al respecto NK 39, 10 s.). Sobre el adjetivo artig en Za, cf. NK 86, 7 s.

    33, 14 s. Siempre llamaré para mí el mejor pastor a aquel que conduce su oveja al prado más verde: así se compagina esto con un buen sueño.] El pasaje remite a uno de los dichos más conocidos de la Biblia, al salmo del buen pastor: «El SEÑOR es mi pastor; nada me faltará. Me apacienta en verdes praderas y me conduce a aguas frescas» (Salmo 23, 1 s.; Die Bibel AT 1818, 556). Una variante póstuma dice: «Amo a los buenos pastores: siempre es verde la pradera donde apacientan sus ovejas» (N V 8, 107; KGW VI 4, 40). Sobre rebaño y pastor, cf. NK 20, 11.

    33, 16-19 No quiero muchos honores ni grandes tesoros: eso inflama el bazo. […] Una pequeña compañía me es más grata que una mala.] Cf. el estadio previo: «No quiero honor ni riqueza: prefiero una compañía pequeña a una mala» (N V 8, 105; KGW VI 4, 40). Cf. también NL 1882, KSA 10, 3[1]389, 100, 23: «¡Mejor mala compañía que pequeña!».

    33, 22 s. También me gustan mucho los pobres de espíritu: favorecen el sueño. Son bienaventurados, especialmente cuando se les da siempre la razón.] En un estadio previo, el pasaje correspondiente dice: «Me gustan mucho como compañía los pobres de espíritu —si son bienaventurados y no me interrumpen ni son “demonios de la discordia” y me dan siempre la razón» (N V 8, 106; KGW VI 4, 40). El punto de referencia es Mateo 5, 3: «Bienaventurados los pobres de espíritu» (Die Bibel NT 1818, 6).

    33, 29 Sino que pienso en lo que he hecho y pensado durante el día. Rumiando, me pregunto, paciente como una vaca: ¿cuáles fueron tus diez superaciones? / ¿Y cuáles fueron las diez reconciliaciones y las diez verdades y las diez carcajadas con las que mi corazón se dio gusto?] →Brusotti 1997, 134, n. 231 reconoce aquí una parodia del examen de conciencia vespertino tal como fue propugnado por los pitagóricos y, posteriormente, por los estoicos. →Pieper 1990, 129 considera además que también se caricaturiza la propia doctrina de Zaratustra: «La superación de sí mismo, que ha de realizarse nada menos que diez veces al día, es una caricatura de aquella transformación del hombre que requiere toda una vida». El rumiar, semejante al de las vacas, muestra la monotonía irreflexiva de esta práctica ritualizada. Más tarde, en Za IV, el mendigo voluntario convierte la obtusa dicha del rumiar en una exigencia del cristianismo: «Si no nos convertimos y nos hacemos como las vacas, no entraremos en el reino de los cielos. Deberíamos aprender de ellas una cosa: el rumiar» (334, 14-16).

    34, 10 s. al hacerlo se le había hecho la luz.] El giro proverbial tiene su origen en la Biblia: «El pueblo que estaba sentado en tinieblas vio una gran luz; y a los que estaban sentados en el lugar y sombra de la muerte, les ha amanecido una luz» (Mateo 4, 16; Die Bibel NT 1818, 6).

    34, 17 s. Y no en vano se sentaban los jóvenes ante el predicador de la virtud.] A lo largo de sus discursos Zaratustra habla de distintos predicadores y prédicas de contenido diverso, y siempre se vuelve con aversión contra ellos y contra sus mensajes, a los que atribuye una intención demagógica. En primer lugar ataca a quienes «predican» «trasmundos», es decir, la existencia de algo metafísico (38, 6); después, y sobre todo, habla de los «predicadores de la muerte» (Za I, «De los predicadores de la muerte»), a quienes reprocha que propaguen un apartamiento de la vida. También considera sumamente perniciosos a los «predicadores de la igualdad», contra los que arremete en Za II, «De las tarántulas», y a quienes imputa que obstaculicen el desarrollo superior de la vida. En Za II, «De la redención», habla de manera abstracta de la prédica correspondiente al… [P. 106]


    …la prédica de la locura correspondiente al «espíritu de la venganza» (180, 22), que insistiría en la eterna imposibilidad de redención de la existencia (cf. 181, 4-6).

    Esto permite concluir que Zaratustra no quiere en modo alguno que sus propios discursos sean entendidos como prédicas. Es cierto que en un pasaje, concretamente en Za III, «De la virtud empequeñecedora» 3, habla de su propia «prédica»; pero la caracteriza como la prédica de un impío: «Esta es mi prédica para sus oídos: yo soy Zaratustra, el impío, que dice: ¿quién es más impío que yo, para que yo me alegre de su enseñanza?» (215, 22-24). De este modo se escenifica a sí mismo como un predicador «invertido», que quiere apartar de la fe a sus oyentes. En Za IV, «Del hombre superior» 5, Zaratustra, volviéndose contra Cristo, el «predicador de las gentes pequeñas» (359, 7), se proclama maestro del mal y defensor del «gran pecado» (359, 9). Más tarde, en EH, «Prólogo» 4, remitiéndose a Za II, «En las islas bienaventuradas», se dice: «Aquí no habla ningún fanático, aquí no se “predica”, aquí no se exige fe» (KSA 6, 260, 8 s.). Pese a ello, los discursos de Zaratustra, por su tono insistente y por su aproximación al lenguaje y a la imaginería de la Biblia de Lutero, han sido recibidos como prédicas y utilizados a su vez como base para prédicas. Se hicieron conocidas las prédicas sobre Za pronunciadas por Albert Kalthoff en torno al cambio de siglo, que proclamaban a N. «profeta de una nueva cultura» (→Niemeyer 2019, 298) (cf. ÜK Za, pp. 59 s.).

    34, 19 Su sabiduría se llama: velar para dormir bien.] En el Demokritos de Karl Julius Weber se dice de los eruditos: «En vez de privarse del sueño para aprender sabiduría, deberían aprender sabiduría para dormir tranquilamente» (Weber 1868, 11, 129).

    34, 19-21 Y, en verdad, si la vida no tuviera ningún sentido y yo tuviera que elegir el absurdo, también para mí sería este el absurdo más digno de ser elegido.] Cf.: «Y si la vida no tuviera ningún sentido, entonces, en verdad, “dormir bien” y sin sueños sería el más bello absurdo» (N V 8, 118; KGW VI 4, 41).

    34, 24 virtudes amapoladas [mohnblumige Tugenden]] El adjetivo mohnblumig, creado probablemente por N., ha de entenderse en el sentido de «soporífero, narcotizante». El borrador de N V 8, 118 permite comprender cómo N. llega a este neologismo mediante la contaminación de varias palabras, pues allí se habla de «las virtudes como rojas flores de amapola» (N V 8, 118; KGW VI 4, 41).

    34, 25 s. Para todos estos alabados sabios de las cátedras, sabiduría era el sueño sin sueños.] Probablemente se alude a un sueño que es mera insensibilización, completamente desprovisto de sueños visionarios. En una nota póstuma aparece el «sueño sin sueños» como un estado de desinterés que el hablante rechaza como su «mal»: «Lo vacío, lo uno, lo inmóvil, lo lleno, la saciedad, el no-querer: eso sería mi mal; en suma: el sueño sin sueños» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]212, 211, 14-16). KGW VI 4, 134 considera que el pasaje depende del Buddha de Hermann Oldenberg, donde el sueño sin sueños es entendido como un estado de armonía y como preludio de la consumación: «En la vida terrenal, la bienaventuranza de la consumación, que se ha despojado del hacer y del dejar de hacer, del bien y del mal, tiene su preludio y su imagen en el estado del sueño más profundo, cuando el mundo que durante la vigilia rodeaba al espíritu ha desaparecido para él y tampoco aparece sueño alguno, cuando duerme “como un niño o como un gran sabio”» (Oldenberg 1881, 51). En N., por el contrario, el sueño sin sueños no designa un estado de armonía digno de ser buscado, sino una languidez del afán. La fuente más probable es la Filosofía de lo inconsciente de Eduard von Hartmann (que N. adquirió poco después de su aparición y volvió a vender en 1875), donde el deseo de «sueño sin sueños» aparece como signo de una «humanidad cansada de muerte» (→Hartmann 1869, 389), privada de ilusiones: «Como todo anciano muy viejo y lúcido acerca de sí mismo, ya no tiene más que un deseo: reposo, paz, sueño eterno sin sueños que calme su cansancio. Tras los tres estadios de la ilusión, de la esperanza en una felicidad positiva, finalmente ha comprendido la necedad de su aspiración, renuncia definitivamente a toda felicidad positiva y solo anhela la absoluta ausencia de dolor, la nada, el nirvana» (ibid., 389).

    Zaratustra, por su parte, no duerme en modo alguno sin sueños. Su primer sueño, que al comienzo de Za II le hace sobresaltarse y despertar, actúa como impulso decisivo de su actividad (profética) (cf. al respecto NK 105, 18-106, 3).

    34, 25 s. Para todos estos alabados sabios de las cátedras, sabiduría era el sueño sin sueños: no conocían ningún sentido mejor de la vida.] Poco antes, Zaratustra ya había calificado irónicamente esta «donación de sentido», que consiste en desconectar la conciencia despierta y la aspiración a otra existencia, como el «absurdo más digno de ser elegido» (34, 21). La expresión formularia «sentido de la vida», que aparece con mayor frecuencia en los escritos de N. a partir de 1875 y que Gerhardt 1992a, 21 y Stegmaier 2000a, 205, n. 7 suponen acuñada por N., puede documentarse de hecho, aunque de manera aislada, ya antes de N. Así, Schopenhauer atribuye en los Complementos al libro cuarto de El mundo como voluntad y representación a la tragedia el efecto de «sacudir aquel error innato, al mostrar vivamente, mediante un ejemplo grande e impactante, la frustración del afán humano y la nulidad de toda esta existencia, y revelar con ello el más profundo /731/ sentido de la vida» (WWV II, § 49; Schopenhauer 1873-1874, 3, 730 s.). Y el escritor y traductor Adolf Strodtmann reproduce en su libro sobre La vida espiritual en Dinamarca un aforismo de Kierkegaard con estas palabras: «¿Cuál es, en general, el sentido de esta vida? Si se divide a los hombres en dos grandes clases, puede decirse: una trabaja para vivir, la otra no necesita hacerlo. Pero trabajar para vivir no puede ser el sentido de la vida, pues es una contradicción que la producción constante de las condiciones haya de ser la respuesta a la pregunta por el sentido de aquello que está condicionado por ellas» (Strodtmann 1873, 109).

    34, 30 Bienaventurados estos soñolientos, pues pronto se quedarán dormidos.] Recurso paródico a un patrón lingüístico de la Biblia característico de las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña; por ejemplo: «Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5, 9; Die Bibel NT 1818, 6). La versión preliminar del invierno de 1882/83 era todavía más extensa: «Decid, ¿adónde han ido esos queridos sabios? ¿No se les cierran los ojos? — Aquí y allá todavía hay algunos de esos a tu alrededor; predican con suave voz acerca del bien y del mal. / Bienaventurados estos soñolientos» (NL 1882/83, KSA 10, 4[253], 181, 5-8).

  • 1.1. De las tres transformaciones

    [P.93]El discurso de las transformaciones abre la parte principal de Za I que sigue al Prólogo de Za y que lleva por título «Los discursos de Zaratustra» (29, 1). Goza de gran popularidad tanto entre los lectores como entre los intérpretes. Con frecuencia se lo concibe como una especie de modelo del Za entero, y se deposita en él la esperanza de que comprima en un mensaje fácilmente aprehensible una obra tan difícil de penetrar. En particular, se lo considera un concentrado ilustrativo de la doctrina del superhombre. Según Annemarie Pieper, encuentra en él expresión en forma de parábola la «genealogía del superhombre» (→ Pieper 1990, 111), y Richard Perkins quiere constatar una transformación «de desvalorizaciones demasiado humanas a transvaloraciones sobrehumanas» (→ Perkins 2004, 321). Eugen Fink ve plasmado en él el «motivo fundamental» de toda la obra: la transformación del hombre «desde la autoalienación hacia la libertad creadora que se sabe a sí misma» (→ Fink 1960, 70). Y John Powell Clayton llega incluso a declararlo «el punto central de Zaratustra» (→ Clayton 1985, 184), en el cual «está contenido todo el mensaje de Zaratustra y queda al descubierto la estructura de las tres primeras partes del libro» (ibid., 183). Otras lecturas ofrecen → Daniel 1971, → Heller 1973, → Byrum 1974, → Perkins 1983 y 1985, → Stambaugh 1985, → Perkins 1986, → Liska 1987, → Gooding-Williams 1990, → Nordhofen 1992, → Azeredo 2003, → Yates 2008, → Ake 2014, → Land… […] 2015, así como → Matuszewski 2016. Las interpretaciones, predominantemente muy armonizadoras, tienden a pasar por alto los momentos irritantes del discurso.

    [p.94]El capítulo comienza directamente con el discurso de Zaratustra y está configurado casi por entero de manera monológica. Debido a la ausencia de un narrador, faltan al principio cualesquiera indicaciones que sitúen el lugar, el tiempo y la situación del discurso, por lo que queda abierto si este debe pensarse como inmediatamente posterior, en el tiempo, a los acontecimientos descritos en el «Prólogo de Zaratustra». La instancia narrativa mediadora solo se da a conocer al final del capítulo, cuando coloca bajo el discurso un conclusivo «Así habló Zaratustra» (31, 16). De este modo, el título de la obra Za se refuncionaliza como fórmula de cierre, como ocurre asimismo en todos los capítulos siguientes de la primera parte (cf. al respecto NK 31, 16). Además, al mencionar al final la ciudad de «la Vaca Multicolor» (cf. sobre esto NK 31, 16 s.), el relato del narrador indica el lugar en el que Zaratustra pronuncia su discurso. Sin embargo, queda poco claro a quién habla ahora Zaratustra. Después del fiasco que experimentó en la plaza del mercado con sus discursos sobre el superhombre, en Za I, Prólogo 9, tomó la decisión de hablar «no al pueblo», «sino a compañeros» (25, 26 s.). Cuando, hacia el final del discurso de las transformaciones, se dirige a sus destinatarios como «hermanos míos» (31, 10), esto sugiere que ha llevado a la práctica su decisión y que se dirige ahora a un círculo escogido de destinatarios. De qué manera llegó hasta sus hermanos, quiénes son estos y en qué se funda su adhesión a él queda, sin embargo, omitido tanto aquí como en el desarrollo posterior de la acción. Por su contenido, «De las tres transformaciones» enlaza con el discurso tripartito sobre el superhombre de Za I, Prólogo 3-5, en la medida en que este exhorta a no conformarse con el status quo, sino a abandonar y superar la antigua existencia. Aquí, sin embargo, Zaratustra reviste retóricamente de otra forma el proceso de transformación al que apunta. No proclama su doctrina de manera demagógica y enardecedora, apelando directamente a sus oyentes, sino que la reviste en forma de discurso parabólico.

    En dos fases preliminares más extensas, Zaratustra comunica sus intuiciones en primera persona. Esto hace que aparezcan como destilado de experiencias propias y, de forma fuertemente tipificada, como una mirada a su propia historia vital. Allí no se habla de una transformación; en el centro está, más bien, la idea de la autosuperación mediante la confrontación con la mayor resistencia posible, con su propio «lo más pesado»:

    «Sí, cargado con cosas pesadas, me apresuré a mi desierto: pero solo allí encontré lo más pesado para mí. / ser herrero y yunque de la propia virtud, juez y piedra de toque del propio valor. / Muchas cosas pesadas hay, y cuando era joven investigué mucho acerca de lo más pesado. / Sí, corrí al desierto —y solo allí, en el desierto más solitario, encontré lo más pesado para mí. / Eso más pesado —se convirtió en lo más querido para mí; como a un dios aprendí a honrar lo más pesado para mí. / suspiró profundamente y no habló más.» (KGW VI 4/2, 648; con ligeras diferencias en KSA, cf. NL 1882/83, KSA 10, 4[237], 178, 11-21).

    En otra anotación posterior no solo aparece la comparación con el camello —con lo que queda puesta la primera piedra del modelo de transformaciones que acabará teniendo tres estadios—, sino que, sobre todo, pasa al centro la cuestión de los valores. Pues como «lo más pesado» aparece allí la ruptura de las antiguas «tablas de valores» y la producción de otras nuevas, que fijan nuevos valores (éticos):

    «¡Sí, toda esa carga la llevé yo! Me arrodillé y cargué sobre mí todo ese peso; como un camello incliné la cabeza y me apresuré al desierto. / ¿Dónde están las verdades que hacen sufrir?, grité. / El primero fue el dragón y dijo: “Sin valor es el valor de todas las cosas”, “la contradicción está en el corazón de todos los valores” / reconocí el origen del bien y del mal: y que faltaba la meta de la humanidad. / Darme el derecho de llamar a las cosas con nuevos nombres y valores fue lo más pesado. / Envidié a todas las plantas —envidié también a todos los fantasmas. / Con los valores superiores romper las tablas de valores / puse mis propias tablas junto a las otras —¡qué valor y qué espanto fue aquello!”» (NL 1882/83, KSA 10, 4[242], 179, 8-22).

    En la version impresa se ha eliminado la referencia a la historia vital de Zaratustra y pasa decididamente a primer plano la tendencia a la generalizacion, a lo cual contribuyen de manera esencial las imágenes y comparaciones con las que Zaratustra reviste sus conocimientos.

    . Como ya en Za I, Prólogo 3, recurre a animales para ilustrar posibilidades humanas de desarrollo. Pero mientras que allí, siguiendo el paradigma biológico contemporáneo y remitiéndose a la teoría darwinista de la descendencia, habla de una serie evolutiva que va del gusano, pasando por el mono, hasta el hombre (cf. 14, 22-24), aquí recurre a la otra forma de representación de la alegoría animal. Siguiendo el hilo conductor del camello y el león, y de las propiedades que tradicionalmente se les atribuyen —la capacidad de padecer del camello, el valor y la capacidad de imponerse del león—, explicita los dos primeros estadios de la renovación del hombre. Al caracterizar el tercer y más alto estadio abandona después las comparaciones animales y emplea, para ilustrarlo, un estadio del desarrollo humano, a saber, la infancia.

    Al menos a primera vista, este discurso parece presentar una coherencia argumentativa y formal mayor que la mayoría de los que le siguen. Esto se debe, por una parte, a que presenta las tres transformaciones como una sucesión cronológica y un desarrollo ascendente, con lo cual el proceso de transformación queda concebido como una sucesión de estadios y se le atribuye una estructura teleológica. Por otra parte, unas formulaciones que sirven de marco subrayan su unidad argumentativa. Con las palabras «[t]res transformaciones del espíritu os nombro» (29, 3) abre Zaratustra su discurso, y con las palabras «[t]res transformaciones del espíritu os he nombrado» (31, 13) introduce su frase final, dando así retóricamente a entender que ha cumplido su anuncio. Esta unidad estructural comienza a desdibujarse en cuanto se examina el discurso más detalladamente. Pues entonces se muestra que —de modo semejante a lo que ocurría ya en los discursos sobre el superhombre— también aquí el gran número de comparaciones y metáforas dispares abre múltiples posibilidades de asociación. De ese modo, el contorno aparentemente claro de los tres estadios de la transformación se disuelve en una centelleante multiplicidad de imágenes. Por ello, este discurso abre, en principio, dos posibilidades diferentes de lectura y de acceso: por un lado, una lectura sintetizadora, que hace hincapié en la unidad argumentativa; por otro, una lectura desintegradora que —a contrapelo de la mayoría de las contribuciones de la investigación— señala la divergencia de los ámbitos de imágenes y destaca las disparidades en el ensamblaje de las metáforas.

    En una caracterización a grandes rasgos, las tres transformaciones pueden entenderse, en primer lugar, como fase de afirmación de la vida actual y de sus valores (camello); en segundo lugar, como fase de negación de la vida actual y de sus valores (león); y, en tercer lugar, como fase de un nuevo comienzo y de una nueva fundamentación de los valores (niño). Sin embargo, Zaratustra no habla de la capacidad de transformación del hombre, sino de la de un «espíritu» no determinado con mayor precisión. De hecho, las transformaciones valen para él como indicadores de una modificación fundamental del comportamiento y de las actitudes valorativas. Una y otra vez rompe en su discurso el carácter mediado de la estructura parabólica al dirigir inmediatamente la mirada hacia el comportamiento humano.

    Así, el estadio del camello ilustra una actitud humana determinada por la tolerancia y la privación, así como por el respeto hacia los valores vigentes. Como «el animal de carga que renuncia y es reverente» (30, 24), el camello se arrodilla humildemente para dejarse cargar. De manera análoga, el espíritu que se encuentra en el estadio del camello asume voluntariamente «lo más pesado» (29, 11), para ponerse a prueba en su capacidad de padecer y cerciorarse de su propia fuerza…[…]para ponerse a prueba en su capacidad de padecer y cerciorarse de su propia fuerza…cerciorarse. [P.95]Es cierto que la descripción del estadio del camello recuerda fuertemente a la doctrina moral cristiana, con sus preceptos de amor al prójimo, su crítica de la hybris humana y su exhortación a superar el afán de sí mismo. Sin embargo, sería reductivo equiparar el camello al hombre cristiano que soporta pacientemente. Más bien, simboliza en principio toda actitud afirmativa respecto de los valores, en la que el «espíritu» (humano) se confronta, casi programáticamente, con todo aquello que lleva sus fuerzas hasta el límite. Zaratustra se ocupa extensamente de la cuestión de «lo más pesado», es decir, de aquello que exige las fuerzas con mayor intensidad porque provoca la mayor presión de sufrimiento. En lenguaje figurado y sin sistematizar, presenta un haz de posibilidades diferentes. Seis veces toma impulso para presentar, mediante construcciones sintácticas paralelas, dos formas de comportamiento cada vez, es decir, un total de doce, con las que cerciorarse de la propia capacidad de sufrimiento. No pueden reducirse a un denominador común, pero cabe adscribirlas, a grandes rasgos, a tres ámbitos: en primer lugar, se refieren a necesidades y capacidades individuales; en segundo lugar, al comportamiento social; y, en tercer lugar, a la actitud del que sabe y conoce. Pese a toda su diversidad, tienen en común que se oponen estrictamente a aquello que promete satisfacción, placer y cumplimiento. Así, Zaratustra habla, por ejemplo, de una actitud que se priva del fruto de los propios esfuerzos, que mira de frente las verdades desagradables y que infunden temor, que se comporta con generosidad y prodigalidad frente a otros hombres, sin aceptar a cambio nada de ellos.

    La orientación de la existencia hacia aquello que está asociado con el desagrado, la aversión, la náusea o el miedo conduce al aislamiento social; metafóricamente, Zaratustra dice que el camello se apresura hacia el «desierto solitario». El estado de alejamiento de la sociedad alcanzado de ese modo lo declara condición previa para el siguiente estadio de superación del viejo hombre, para la «segunda transformación» (30, 6 s.), que desemboca en el estadio del león, con lo cual el camello, fuerte pero domesticado animal útil, se transforma en animal de presa. Mientras que el camello simboliza una existencia que se mueve dentro del marco de los valores vigentes, pero que agota al mismo tiempo todas las posibilidades de sufrimiento hasta el límite de lo soportable, el león niega los valores establecidos. Zaratustra, que, enlazando con la alegoría y la simbología animales tradicionales, atribuye al león propiedades tópicas como valor, intrepidez y fuerza, asigna a su naturaleza depredadora , connotada positivamente, la tarea histórica de acabar con lo viejo para dejar sitio a lo nuevo: «crearse libertad para un nuevo crear». (30, 26); en ello reside, como formula de manera incisiva, el significado del estadio del león, que apunta a una configuración autónoma de la vida. Para ilustrar la función del león, Zaratustra introduce otra figura alegórica, el «gran dragón» (30, 10 s.), que encarna las antiguas autoridades («señor y Dios», 30, 12 s.) y su moral («valores milenarios», 30, 17). Al vencer el león al dragón, se desprende de las cadenas de una existencia determinada desde fuera y convierte la voluntad en la instancia decisiva. En palabras de Zaratustra, esto significa pasar del modo del «tú debes» al modo del «yo quiero» (30, 13 s.), de la heteronomía a la autonomía (sobre la voluntad en Za, véase NK 37, 4-7). El espíritu (humano) ya no se somete a prescripciones y valores externos, sino que actúa ahora estableciendo sus propios valores.

    La partida hacia el hombre que crea activamente valores está simbolizada por el tercer estadio de las transformaciones, representado, de manera peculiar, por el niño. Con ello se invierte el conocido modelo mitológico de la metamorfosis de hombres en animales, tal como fue plasmado, por ejemplo, por Ovidio y Apuleyo. Zaratustra, que se plantea expresamente la pregunta de por qué, después del estadio del león, sigue siendo necesario el del niño, declara al niño momento decisivo de inversión, pues a la fase de la negación debe seguirle la partida hacia algo nuevo y positivo; en sus palabras: al «santo no» (30, 28) del león debe oponérsele un «santo decir sí» (31, 8 s.). Vinculado con la idea de «inocencia» y «olvido» (31, 7), el niño representa la utopía de un comienzo, que encuentra cierta plasmación figurativa en la imposibilidad física de la «rueda que rueda por sí misma» (31, 8). Al recurrir Zaratustra precisamente al niño, al estadio temprano de la ontogénesis humana, para ilustrar el tercer y último estadio de la transformación del espíritu, no hace terminar la serie de metamorfosis en un estado culminante y final, sino que la hace desembocar en un estado de comienzo que promete proporcionar un punto de partida para desarrollos ulteriores.

    Si se comparte la tesis, ampliamente extendida en la investigación, según la cual «De las tres transformaciones» ha de entenderse como una representación alegórica o parabólica del camino de desarrollo que conduce del hombre al superhombre, resulta inevitable constatar una tensión entre el plano de la imagen y el plano del significado. Pues, bajo esta premisa, el ideal del superhombre, que se sustrae y se desplaza hacia una lejanía utópica, quedaría aquí identificado con un estadio concreto del desarrollo, a saber, con la infancia del hombre. Además, la elección de la imagen del niño, que retrotrae al hombre a su estadio temprano, se opone a la exigencia formulada en el Prólogo de Za I, según la cual los hombres deberían, en un acto paradójico de crear más allá de sí mismos, «superar al hombre» (14, 18). De ello puede verse que aquí, si se toma como medida el Prólogo, no se emplea simplemente otro lenguaje figurado para ilustrar lo mismo, sino que esa otra metafórica hace valer un sentido propio, razón por la cual no puede conectarse sin más con la idea del superhombre.

    Como primero de los «discursos de Zaratustra» (29, 1), la «doctrina» de las tres transformaciones recibe un peso especial. Constituye un importante punto nodal en la red de referencias de Za y encuentra numerosos ecos y también retomadas directas en capítulos posteriores. En Za II, especialmente «Del espíritu de la gravedad» y «De tablas viejas y nuevas» retoman, variándolas, formulaciones del discurso de las transformaciones (cf. NK 4/2, 243, 1-9 y NK 4/2, 250, 1 s.). Y aunque la metamorfosis animal-hombre desempeña un papel únicamente aquí, el motivo de la transformación posee, sin embargo, una importancia que atraviesa la obra. Por una parte, Zaratustra es presentado como alguien transformado (cf. al respecto NK 12, 25); por otra, la idea de transformación se encuentra en evidente analogía con la metafórica transitoria del superhombre (cf. al respecto NK 29, 1). De ahí que este discurso sea citado con extraordinaria frecuencia en la investigación y se recurra gustosamente a él para interpretar capítulos posteriores o para explicar la «doctrina» del superhombre. En particular, el león risueño que aparece en el capítulo final de Za IV es identificado con el tercer y más alto estadio de las transformaciones, mediante el cual el león debe convertirse en niño (cf., por ejemplo, → Joisten 1994, 264; → Burnham/Jesinghausen 2010, 198; con mayor detalle, NK 4/2, 406, 23-31).

    Heller 1973 interpreta el esquema de las transformaciones sobre el trasfondo de la propia biografía de N. como representación simbólica de un movimiento de superación de la moral con las etapas intermedias ascetismo — nihilismo — afirmación de la vida, al que N. habría aspirado (infructuosamente) en su propia vida. Para ello se apoya en una anotación redactada en el verano/otoño de 1884, en la época de gestación de Za III, que, bajo el título «El camino hacia la sabiduría. / Indicaciones para la superación de la moral», presenta un modelo de transformación en tres estadios que esboza, en tres «marchas», una evolución que va desde el que venera, pasando por el espíritu libre como crítico de aquello que veneraba, hasta el que afirma y crea:

    «Primera marcha. Venerar mejor (y obedecer y aprender) que nadie. Reunir en sí todo lo digno de veneración y dejar que luche entre sí. Soportar todo lo pesado. Ascetismo del espíritu — valentía, tiempo de la comunidad. //»[P.96] «Segunda marcha. Romper el corazón que venera (cuando uno está ligado del modo más firme). El espíritu libre. Independencia. Tiempo del desierto. Crítica de todo lo venerado (idealización de lo no venerado), intento de valoraciones inversas. //

    Tercera marcha. Gran decisión acerca de si se es apto para la posición positiva, para la afirmación. ¡Ningún Dios, ningún hombre ya por encima de mí! El instinto del creador, que sabe dónde pone la mano. La gran responsabilidad y la inocencia. (Para tener alegría en alguna cosa hay que aprobarlo todo.) Darse a sí mismo el derecho de actuar.» (KGW VI 4/2, 653; con ligeras diferencias como NL 1884, KSA 11, 26[47], 159, 22-160, 12).

    29, 1 De las tres transformaciones.] Los títulos de los 22 discursos de Za I comienzan todos con «von» o «vom», con lo cual se apoyan en un tipo de capítulo conocido desde la Antigüedad por las obras enciclopédicas y que encuentra una temprana plasmación en lengua alemana en el Libro de la naturaleza de Konrad von Megenberg (hacia 1350), donde todos los capítulos llevan como encabezamiento «Von» [«De»] (por ejemplo, «De los arcos iris», «Del asno», «De los hombres prodigiosos»). Las formulaciones de los títulos remiten, por tanto, al carácter instructivo de los discursos de Zaratustra. Sin embargo, de modo semejante a lo que ocurre con la fórmula final «Así habló Zaratustra» (véase NK 31, 16), también en su caso sucede que el esquema introducido en Za I no se mantiene rígidamente a lo largo de todas las partes de la obra, sino que experimenta variaciones. En Za II y III se encuentran en total once títulos de capítulos que, apartándose de aquel esquema, comienzan con el artículo determinado; además, dos capítulos contienen una indicación de lugar en el título: Za II «En las islas bienaventuradas» y Za III «En el monte de los olivos». Las variaciones de los títulos señalan un retroceso de los monólogos doctrinales de Zaratustra, en cuyo lugar van apareciendo cada vez más interpelaciones enfáticas dirigidas a representantes personificados de su experiencia —como momentos del día, la soledad o también su propia alma—. Unido a ello está el carácter crecientemente poético de sus manifestaciones. En Za IV, donde la representación dialógica adquiere después el predominio, los títulos de los capítulos se apartan por completo de aquel modelo; solo dos títulos corresponden allí al esquema inicial («Del hombre superior», «De la ciencia»), de modo que también en el plano de la titulación queda marcado el estatuto especial de Za IV.

    El título del capítulo remite a la importancia central del motivo de la transformación en Za (sobre la idea de transformación en la obra de N. y en Za, cf. → Tongeren 1994, → Bouriau 2006, → Coombs 2007, → Canepa 2012 y → Schubert 2018), una obra que gira esencialmente en torno al esbozo de un hombre nuevo. El propio Zaratustra es introducido ya bajo el signo del haber-sido-transformado. En el primer apartado del Prólogo (cf. 11, 5), el discurso inicial del narrador señala la transformación de su corazón como impulso fundamental de su actuación (y, por tanto, a la vez como algo fundamental para la obra Za, que da testimonio de esa actuación). En el segundo apartado del Prólogo, la percepción externa del ermitaño caracteriza después a Zaratustra como un «transformado»: «se ha transformado» (12, 18 s.), «[t]ransformado está Zaratustra» (12, 25). En Za, la transformación no es únicamente algo exigido, esperado o anhelado, sino que el texto informa también de transformaciones que se están produciendo. En Za I, «Del árbol de la montaña», por ejemplo, esto sucede en el modo de la reflexión crítica, pues allí un discípulo que sigue el ejemplo de Zaratustra lamenta la disolución de su identidad causada por una transformación llevada a cabo con excesiva rapidez: «Me transformo demasiado deprisa: mi hoy refuta mi ayer. A menudo salto peldaños cuando asciendo, — eso no me lo perdona ningún peldaño.» (52, 5-7). El pastor de Za III, «De la visión y el enigma», en cambio, que se libera de la serpiente mordiéndole la cabeza, parece, después de esta acción, no ser ya ni pastor ni hombre, sino «un transformado, un iluminado» (202, 17 s.). Allí, por tanto, se consuma una transformación lograda —aunque no como acontecimiento real, sino dentro de una visión onírica de Zaratustra.

    Finalmente, también Za IV retoma el motivo de la transformación, y concretamente con respecto a los hombres superiores, que «de repente se hicieron conscientes de su transformación y curación» (396, 12 s.). Sin embargo, su «transformación» aparece únicamente como un débil calco del proceso de transformación aquí diseñado alegóricamente. Los hombres superiores están a muchas millas de distancia de la condición de comienzo del niño, pues son y siguen siendo, como Zaratustra observa para sí, «pura gente vieja» (395, 8).

    Dos notas que pertenecen al contexto de gestación de Za, pero que no pasaron a la versión publicada, vinculan el motivo de la transformación con el del conocimiento: «El que conoce tiene que saber también ponerse a sí mismo su propia corona de victoria: no puede esperar, pues esta lo impulsa hacia nuevas transformaciones.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[69], 131, 19-21). La otra nota esboza un curso alternativo de la acción: «Pero cuando vio a su serpiente lanzar la lengua contra sí, entonces se transformó lentamente, lentamente su rostro: contra su voluntad se le abrió la puerta del conocimiento: como un relámpago penetró volando en las profundidades de sus ojos y volvió a salir como un relámpago: faltaba todavía un instante, y habría sabido —. Cuando la mujer vio esta transformación, gritó como desde la necesidad más extrema: “Muere, Zaratustra” —» (NL 1883, KSA 10, 13[3], 446, 21-27).

    29, 3 ¡Tres transformaciones del espíritu os nombro:] El concepto de «espíritu» aparece en Za con extraordinaria frecuencia y con un significado cambiante y multívoco. En su utilización pueden advertirse ejemplarmente las dificultades que suscita el lenguaje conceptual de N., ligado al contexto y determinado por la situación. En el capítulo «De los despreciadores del cuerpo», N. somete el concepto (filosófico) de espíritu a una radical degradación por boca de su protagonista, al subordinar el espíritu al cuerpo y declararlo «pequeño instrumento y juguete» (39, 13) de la «gran razón» (39, 14) del cuerpo (cf. al respecto NK 39, 12-14). Y, sin embargo, los discursos de Zaratustra emplean también el concepto de espíritu de manera enteramente afirmativa, sin determinarlo con mayor precisión. Solo en el discurso de las transformaciones Zaratustra habla quince veces del «espíritu» y esboza su transformación desde un espíritu «paciente», que soporta, hasta un espíritu que exige y quiere: «su voluntad quiere ahora el espíritu, su mundo se conquista el perdido para el mundo» (31, 11 s.). El hablar abstracto de la transformación del «espíritu» (y no de la del hombre) subraya el carácter impropio y modélicamente universal del discurso de las transformaciones. En una relación de tensión con ello se encuentra un concepto jerárquico de renovación de la humanidad expuesto más tarde en Za III, «De tablas viejas y nuevas»: el proyecto de una nueva nobleza que considera que solo unos pocos hombres son capaces de transformación y de futuro (cf. al respecto NK Za III, «De tablas viejas y nuevas» 11 y 12).

    29, 3-5 cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león finalmente en niño.] A finales de 1880 N. anota la idea de una metamorfosis zoológica de las edades de la vida: «A los 40 años se es un camello, a los 70 un mono», Español (NL 1880, KSA 9, 7[4], 317, 10). → Arenas-Dolz 2009, 326 ha demostrado que esto es un extracto del Oráculo manual y arte de prudencia de Baltasar Gracián (1877). En Gracián la idea aparece desarrollada con mayor amplitud: «A los veinte años el hombre es un pavo real; a los treinta, un león; a los cuarenta, un camello; a los cincuenta, una serpiente; a los sesenta, un perro; a los setenta, un mono; a los ochenta, — nada.» (Gracián 1877, 177). → Perkins 1986, 180 s. y → Perkins 2004, 322 s. proponen como pretexto inmediato del discurso de las transformaciones de Zaratustra la fábula satírica De partibus vitae de Jaime Juan Falcó, a la que se refiere Gracián, aunque sin aportar argumentos concluyentes a favor de ello.

    La idea de que el desarrollo se realiza como un encadenamiento de metamorfosis la encontró N. también en su lectura de los Ensayos de Ralph Waldo Emerson, donde este pensa—[…] [P.97] […] aunque este modelo de pensamiento se refiere al desarrollo superior del alma: «El ennoblecimiento del alma no acontece por etapas, como puede representarse un avance mediante el movimiento en línea recta, sino más bien mediante una elevación del punto de vista, tal como puede representarse mediante la metamorfosis: del huevo al gusano, del gusano a la mosca. Los progresos del genio poseen cierto carácter total que no eleva al individuo elegido primero por encima de Juan, luego por encima de Adán y después por encima de Ricardo, infligiendo a cada uno de ellos el dolor de descubrir su subordinación, sino que, con cada paso violento hacia delante, el hombre se expande allí donde actúa, pasando transitoriamente, con cada pulsación, por cada clase de hombres, por cada población.» (Emerson 1858, 202; subrayado de N.).

    29, 9 s. ¿Qué es pesado? así pregunta el espíritu de carga, así se arrodilla, igual que el camello, y quiere que lo carguen bien.] Variantes del legado póstumo transmiten este pasaje en primera persona, como experiencias de Zaratustra: «¡Sí, toda esa carga la llevé yo! Me arrodillé y cargué sobre mí toda esa carga; igual que un camello incliné la cabeza y me apresuré al desierto. / ¿Dónde están las verdades que hacen sufrir?, grité.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[242], 179, 8-11). En la imagen del camello arrodillado, que se retoma y varía en Za III, «Del espíritu de la gravedad» (cf. 243, 5-9), → Perkins 1986 ve una alusión a una fábula satírica de origen español de comienzos del siglo XVII —adaptada también por Friedrich von Hagedorn— en la que, con intención edificante, se comparan los diferentes destinos de distintos animales y del hombre. Allí, la miserable suerte del animal de carga —asno o camello, según la variante considerada— se pone en paralelo con la situación de un hombre de cuarenta años sobrecargado de cargas y deberes sociales. En cambio, al hombre de cincuenta años que guarda angustiosamente sus bienes se lo equipara a un perro, y al anciano débil expuesto a las burlas de sus familiares se lo compara con un mono (→ Perkins 1986, 182). Según → Perkins 1986, 182 s., en Zareaparece el esquema tripartito de decadencia de la fábula en una forma radicalmente revaluada y, en consecuencia, dotada de una nueva semántica, al presentarse ahora como «una parábola lúdica que prescribe los movimientos análogos que [el hombre] debe experimentar al realizar su ascenso regenerador hacia el ser sobrehumano».

    29, 9 el espíritu de carga] El adjetivo tragsam, ya anticuado en tiempos de N. y que este emplea con el significado de «sufrido», «paciente», constituye un elemento estilístico del lenguaje anacrónico de Za y N. lo utiliza únicamente en ZaTragsam seguía siendo de uso corriente en algunos dialectos (DWB 21, 1161) y se encontraba sobre todo en contextos religiosos; «¿eres sufrido, paciente, amoroso, caritativo, manso y humilde de corazón?», preguntaba, por ejemplo, en 1782 a sus lectores el periódico Wöchentliche Beyträge zur Beförderung der ächten Gottseligkeit, exhortándolos a examinarse a sí mismos (→ Hermes 1782, 46).

    29, 11 ¿Qué es lo más pesado, héroes?] Aquí se invoca el heroísmo como disposición a soportar y sacrificarse.

    29, 14 ¿Hacer brillar la propia necedad para burlarse de la propia sabiduría?] Se combinan aquí, invirtiendo su sentido, dos giros idiomáticos: «hacer brillar la sabiduría» y «burlarse de la necedad». Este último está documentado ya en el siglo XVI: «y burlarse de su necedad / porque no haya llevado una vida mejor» (Pollicarius 1556, 79).

    29, 17 ¿Subir a altas montañas para tentar al tentador?] Juego de palabras basado en una alusión bíblica. En Mateo 4, 8 s., el diablo lleva a Jesús a una montaña para apartarlo de su fe mostrándole las magnificencias del mundo: «De nuevo lo llevó consigo el diablo a una montaña muy alta, y le mostró todos los reinos del mundo y su magnificencia; / Y le dijo: Todo esto te daré si te postras y me adoras.» (Die Bibel NT 1818, 6). Zaratustra exige volver las tornas, es decir, no limitarse a resistir la tentación, sino «tentar al tentador» a su vez. Como emblema de una distancia (propia del espíritu libre), el motivo de ascender a altas montañas remite a la posición elevada y alejada de la sociedad que ocupa Zaratustra en Za I, Prólogo 1.

    29, 19 alimentarse de bellotas y hierba del conocimiento] Una anotación póstuma de noviembre de 1882/febrero de 1883 registra, invirtiendo el orden de las palabras, «alimentarse de hierba y bellotas del conocimiento» (NL 1882/83, KSA 10, 4[116], 148, 15), proporcionando así una indicación acerca de una posible fuente de N. De «hierba y bellotas» (erba e ghiande) habla Dante Alighieri (1874, 2), en conexión inmediata con el tema del conocimiento, en la introducción a El banquete (Il Convivio), obra con la que se propone ofrecer una introducción a la filosofía. Sin embargo, allí «hierba y bellotas» no constituyen precisamente alimento de conocimiento, sino el escaso recurso de emergencia de los necesitados. En una traducción alemana de la época, el pasaje dice: «¡Oh, dichosos los pocos que se sientan a la mesa donde se come pan de ángeles, y desdichados quienes comparten alimento con las ovejas! Pero, puesto que todo hombre es por naturaleza amigo del hombre y todo amigo lamenta la carencia de aquel a quien ama, quienes quedan saciados en tan elevada mesa están llenos de compasión hacia aquellos a quienes ven alimentarse, como el ganado, de hierba y bellotas.» (Scartazzini 1879, 326).

    No debe dejar de mencionarse que «hierba y bellotas» (d’herbe & de gland) aparecen tambien como alimento en el Discours sur l’origine de l’inegalité de Rousseau (Rousseau 1755, 217), concretamente como alimento de aquellos que quieren hacer retroceder la rueda de la historia. Pero la instancia autorial cuenta entre los hombres «cuyas pasiones han sofocado ya para siempre su simplicidad originaria, que ya no pueden vivir de hierbas y bellotas y que no pueden prescindir ni de leyes ni de superiores» (Rousseau 1755, 176).

    29, 20 padecer hambre en el alma por amor de la verdad] La expresión «hambre del alma» remite a Proverbios 10, 3: «El Señor no deja que el alma del justo padezca hambre» (Die Bibel AT 1818, 635; cf. Proverbios 19, 15).

    29, 22 s. trabar amistad con sordos que nunca oyen lo que tú quieres] Una amistad que no permite comunicar la propia voluntad carece de sentido, según la concepción de Zaratustra. En Za I, «Del amigo», determina enfáticamente como dialógica la esencia de la amistad. Conforme a ello, el amigo entra como «el tercero» (71, 6), con un efecto liberador, en el diálogo consigo mismo del yo.

    29, 24-26 ¿O acaso esto: meterse en agua sucia cuando es el agua de la verdad y no apartar de sí frías ranas y calientes sapos?] Entre las posibilidades enumeradas por Zaratustra como «lo más pesado» se encuentran las exigencias que ha de asumir quien busca la verdad. Parecen una inversión de un pasaje de Die Abhängigkeit der Civilisation von der Persönlichkeit des Menschen (1883), de Eduard Reich, obra cuya presencia entre las posesiones de N., a diferencia del System der Hygiene de Reich (NPB 491 s.), no puede demostrarse. Reich esboza en ella una sociedad ideal, una «Iglesia de la humanidad» utópica, en la que el «agua sagrada de la verdad» ayudaría al hombre a alcanzar una armonía perfecta: «Solo el puro y preparado encontrará en el templo todo cuanto necesita para una vida humana; encontrará el agua sagrada de la verdad y del amor, de la que tiene sed, y pondrá en armonía su pensar y su sentir, su querer y su realizar.» (Reich 1883, 174).

    El discurso de la pureza y la impureza está tan marcado en Za como en Reich, aunque con los signos invertidos: Zaratustra habla del «agua sucia» de la verdad, que sumerge al que conoce en un baño alternante de sensaciones y lo confronta con «frías ranas y calientes sapos»…[P.98]

    […] confronte, provoque una actitud de fría distancia o de ardiente arrebato. En Za II, De la chusma, Zaratustra se lamenta de los «impuros» (124, 5), que habrían envenenado todos los pozos: «El agua sagrada la envenenaron con su lascivia; y cuando llamaron placer a sus sueños sucios, envenenaron también las palabras.» (124, 8-10). Variándolo, el discurso retoma la imagen del agua sucia en Za I, De la castidad, donde, sin embargo, lo que le molesta no es la suciedad, sino la poca profundidad: «¿Hablo yo de cosas sucias? Eso no es para mí lo peor. / No cuando la verdad está sucia, sino cuando es poco profunda entra de mala gana el que conoce en sus aguas.» (70, 8-11).

    En los escritos de N., conocimiento y verdad aparecen asociados con frecuencia al frío y/o al calor. Así, en Za II, De los doctos, se habla de conocimientos «abrasadores»: «Estoy demasiado caliente y quemado por mis propios pensamientos» (160, 23). Y la rana aparece repetidamente asociada a la fría distancia del que conoce. Así ocurre en GM I 1, donde el hablante —aunque desde una actitud distanciada e irónica— refiere una opinión acerca de los psicólogos ingleses, «microscopistas del alma» (KSA 5, 258, 14), según la cual serían «simplemente ranas viejas, frías, aburridas, que reptan y saltan alrededor del hombre y dentro del hombre, como si precisamente allí estuviesen en su elemento, es decir, en una ciénaga» (KSA 5, 258, 7-10). Y en FW, Prólogo 3, se dice: «No somos ranas pensantes, ni aparatos de objetivar y registrar con las entrañas puestas en frío; — tenemos que dar constantemente a luz nuestros pensamientos desde nuestro dolor y proporcionarles maternalmente todo cuanto tenemos dentro de nosotros de sangre, corazón, fuego, placer, pasión, tormento, conciencia, destino, fatalidad.» (KSA 3, 349, 29-34).

    30, 1-5 ¿O acaso esto: amar a quienes nos desprecian y tender la mano al fantasma cuando quiere hacernos sentir miedo? / Todo esto, lo más pesado, lo toma sobre sí el espíritu de carga: igual que el camello que, cargado, se apresura al desierto, así se apresura él a su desierto.] Una variante póstuma presenta como «lo más pesado» la inversión de las emociones y, finalmente, el desprendimiento de todas las inclinaciones y valoraciones. El yo hablante se considera maduro para el desierto en el momento en que consigue enfrentarse al mundo sin interés: «Para aprender eso resolví odiar a aquellos a quienes amaba, censurar lo que hasta entonces alababa y ver qué había de bueno en los malos y qué había de malo en los buenos. Justicia lo llamé. / Finalmente encontré lo más pesado: no amar y no odiar, no alabar y no censurar ⟨…⟩ y decir: no hay nada bueno ni nada malo. / Cuando encontré esto, marché al desierto.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[173], 162, 16-23).

    30, 1 amar a quienes nos desprecian] Según la tradición bíblica, Jesús exigió expresamente el amor a los enemigos. En Lucas 6, 27, el mandamiento del amor al enemigo reza: «Amad a vuestros enemigos; haced bien a quienes os odian» (Die Bibel NT 1818, 76). La variante de Zaratustra, amar a «quienes nos desprecian», se asemeja a un giro de La logia invisiblede Jean Paul que introduce un nuevo acento en el precepto bíblico: «considerad más difícil y más necesario amar a quienes os desprecian que a quienes os odian» (Jean Paul 1826-1838, 1, XXVII). Sobre el amor a los enemigos, cf. NK 5/1, 104, 2 y 152, 18-20.

    30, 3-8 Todo esto, lo más pesado, lo toma sobre sí el espíritu de carga: igual que el camello que, cargado, se apresura al desierto, así se apresura él a su desierto. / Pero en el desierto más solitario acontece la segunda transformación: aquí el espíritu se convierte en león, quiere conquistar su libertad y ser señor en su propio desierto.] La inhóspita soledad del desierto ha atraído tradicionalmente a santos, ermitaños y ascetas. Del santo Antonio se cuenta que vivió durante veinte años en el desierto, en la orilla oriental del Nilo, y de Juan el Bautista relata el evangelista Marcos que, vestido como un beduino, predicaba en el desierto una conversión radical.

    De este modo, el desierto aparece como el lugar predestinado para la «conversión» del espíritu, que se despoja de sus viejas cargas. Como espacio «vacío», corresponde al estado de tabula rasa, de liberación respecto de los antiguos valores. — Es cierto que el propio camino de Zaratustra no conduce al desierto, pero en sus discursos lo evoca imaginariamente una y otra vez. Siguiendo el modelo de las «tres transformaciones», Za II, De los sabios famosos, invoca el desierto como paisaje simbólico al que huye, en su ausencia de dioses, aquel que ha «roto su corazón venerador» (133, 7 s.). Allí el desierto, como lugar de los «veraces» solitarios, se contrapone a las ciudades con sus satisfechos «sabios famosos» (cf. 133, 19-21). En Za I, De la muerte libre, Zaratustra reflexiona sobre el carácter saludable que una vida solitaria en el desierto habría tenido para el «hebreo Jesús» (95, 7 s.): «¡Ojalá se hubiese quedado en el desierto y lejos de los buenos y justos! Quizá habría aprendido a vivir y aprendido a amar la tierra — ¡y también a reír!» (95, 9-11). Sobre el desierto, que en Za IV, Entre las hijas del desierto, se convierte después en desierto interior, cf. también NK 4/2, 380, 26.

    30, 9-11 Aquí busca a su último señor: quiere hacerse enemigo de él y de su último Dios; por la victoria quiere luchar con el gran dragón.] El discurso de las transformaciones remite aquí al motivo tradicional de la lucha contra el dragón. El dragón, imaginado generalmente como un ser híbrido semejante a una serpiente, compuesto de ave y reptil, aparece en las mitologías de numerosos pueblos. En los mitos orientales y occidentales de la creación funciona con frecuencia como símbolo del caos. Tiene que ser vencido y muerto en combate por un héroe o un dios para que el mundo pueda surgir o continuar existiendo. En el contexto cristiano, la lucha contra el dragón representa casi siempre alegóricamente el enfrentamiento de los santos con el mal. En la Biblia, el dragón aparece como figura simbólica del diablo y del fin de los tiempos. En Apocalipsis 12, 9, los ángeles arrojan del cielo al dragón diabólico: «Y fue arrojado el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, que seduce al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.» (Die Bibel NT 1818, 299). En Daniel 7, un animal interpretado como dragón primordial del caos, antagonista de Dios bajo la figura de los imperios paganos, amenaza a la comunidad de Dios sobre la tierra. Su derrota con la llegada del reino de Dios anuncia el comienzo de una nueva era de la historia universal. De manera análoga, también en la representación de Zaratustra la derrota del dragón simboliza el comienzo de un nuevo tiempo. Una nota póstuma habla de la lucha con el «dragón del futuro»: «Con el dragón del futuro lucho yo: y vosotros, pequeños, habéis de luchar con lombrices.» (NL 1883, KSA 10, 9[17], 350, 21-22).

    30, 12-21 ¿Cuál es el gran dragón […]? resplandeciente de oro, un animal escamoso, y sobre cada escama brilla en oro “¡Tú debes!” / Valores milenarios brillan sobre esas escamas, y así habla el más poderoso de todos los dragones: “Todo el valor de las cosas — resplandece en mí.” / “Todo valor ha sido ya creado, y todo valor creado — eso soy yo. […]”] Aquí hay una errata de imprenta; «Drachen,» [«dragones,»] debe corregirse por «Drachen:» [«dragones:»] (Nietzsche [1883a], 30).

    En una variante de este pasaje, el dragón enuncia las verdades que producen sufrimiento porque ponen en cuestión los valores vigentes: «Sin valor es el valor de todas las cosas», «La contradicción está en el corazón de todos los valores» (NL 1882/83, KSA 10, 4[242], 179, 12-13). Sin embargo, la versión impresa asigna al dragón un papel diferente. En lugar de funcionar como instancia que pone en duda los valores vigentes, actúa aquí como representante de los «valores milenarios» heredados, aparentemente inmutables. Esto se opone a la corriente principal de los mitos tradicionales del dragón, pues tanto en la mitología germánico-nórdica como en la poesía medieval el dragón aparece como representante del mal. En la saga de los Nibelungos, en cambio, el dragón Fafnir es el guardián del tesoro, del mismo modo que en Zaaparece como guardián de los antiguos valores. Considerablemente… [P. 99] Richard Wagner amplió considerablemente, en El anillo del nibelungo, el papel del dragón, que en su obra lleva el nombre de Fafner y figura como guardián del tesoro y de los antiguos valores. → Heller 1973, 73 y, coincidiendo con él, → Gooding-Williams 1990, 235 consideran el ciclo operístico de Wagner como un posible trasfondo de referencia para el «gran dragón» de Zaratustra. Explícitamente, JGB 289, al hablar del «guardián del tesoro y dragón» (KSA 5, 234, 9), alude a El anillo del nibelungo de Wagner.

    30, 13 s. «Tú debes» se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice «yo quiero».] Con la oposición entre deber y querer —agudizada en una anotación póstuma hasta la contraposición «¿Tú debes? Yo quiero» (NL 1883, KSA 10, 9[36], 357, 4)—, Zaratustra dirige la mirada al punto de inflexión decisivo en el que ha de realizarse el tránsito de la determinación ajena a la autodeterminación individual. También capítulos posteriores vinculan el león con la voluntad, dos veces incluso mediante una palabra compuesta: así se habla del «querer-de-león» [Löwen-willigen] (258, 14) y de la «voluntad de león» [Löwen-Willen] (133, 15). Esta última la opone Zaratustra, en Za II, De los sabios famosos, a la satisfecha comodidad de aquellos a quienes se dirige: «Hambrienta, violenta, solitaria, sin Dios: así se quiere a sí misma la voluntad de león. / Libre de la dicha de los siervos, redimida de dioses y adoraciones, intrépida y terrible, grande y solitaria: así es la voluntad del veraz.» (133, 14-18).

    Como muestran numerosas anotaciones póstumas, durante el periodo de gestación de Za N. se ocupa repetidamente del imperativo «tú debes» que —en nombre de valores y morales— exige obediencia y en el que ve un rasgo fundamental de las filosofías y religiones: «“Tú debes” — obediencia incondicional entre los estoicos, en las órdenes del cristianismo y de los árabes, en la filosofía de Kant (da igual que sea a un superior o a un concepto).» (NL 1884, KSA 11, 25[351], 105, 13-15). → Gooding-Williams 1990, 241 llama la atención sobre el hecho de que en la continuación de esta anotación está ya prefigurada la idea de un esquema axiológico tripartito, en el cual se pone claramente de manifiesto la inferioridad del imperativo categórico frente a un régimen de autodeterminación volitiva y frente a la perspectiva —considerada como ideal supremo— de una independencia existencial del individuo: «Por encima de “tú debes” está “yo quiero” (los héroes); por encima de “yo quiero” está “yo soy” (los dioses de los griegos)» (NL 1884, KSA 11, 25[351], 105, 16-17).

    N. considera que el rasgo imperativista está especialmente marcado en el cristianismo, que mediante mandatos y prohibiciones prescribe determinadas formas de actuar y proscribe otras. Aunque algunas anotaciones toman en consideración un «instinto de obediencia» innato (NL 1884, KSA 11, 26[195], 201, 7 s.) del hombre, el hablante de la siguiente anotación se excluye a sí mismo de él: «He mirado por todas partes — pero ya no se encuentra un “tú debes” para hombres como yo» (NL 1884, KSA 11, 26[154], 189, 24 s.). Otra anotación constata para el presente: «Donde no hay un instinto de obedecer, un “tú debes” carece de sentido. / Tal como somos — nos volvemos rebeldes ante un “tú debes”. Nuestra moral debe llamarse “yo quiero”» (KGW VII 4/2, 649; con ligeras diferencias como NL 1883, KSA 10, 7[1], 236, 23-26). Entre las anotaciones póstumas aparece la liberación del «sentido esclavo» —«[…] imperativo “¡tú debes obedecer, arrodillarte!”» (KGW IX 1, N VII 1, 118, 19-21; cf. NL 1885, KSA 11, 34[114], 458, 10 s.)—, con la cual van necesariamente unidos la renuncia a un sistema moral susceptible de normativización y la individualización de los valores; esto se formula también como exhortación: «¡Fuera con todo “tú debes”! » (NL 1883, KSA 10, 7[73], 267, 21), así como en forma de profesión: «¿Tú debes? Yo quiero» (NL 1883, KSA 10, 9[36], 357, 4).

    Za I, De viejecillas y jovencillas, introduce una restricción específica de sexo, en la medida en que Zaratustra reserva allí exclusivamente al varón el postulado voluntarista de autonomía del «yo quiero»: «La dicha del hombre se llama: yo quiero. La dicha de la mujer se llama: él quiere.» (85, 31 s.). Y, de manera concisa, en el legado póstumo: «Para el hombre, “yo quiero”; para la mujer, “yo debo”» (NL 1882/83, KSA 10, 4[15], 113, 1).

    Una posición especial corresponde a JGB 188, porque este apartado extrae algo positivo del carácter represivo de las exigencias morales al declarar que estas, en cuanto responden a la «necesidad de horizontes limitados» (KSA 5, 109, 34), constituyen la base de un instinto «natural» de autoconservación y el fermento de desarrollos culturales: «Debes obedecer, a alguien y durante mucho tiempo: de lo contrario pereces y pierdes la última estima de ti mismo — este me parece ser el imperativo moral de la naturaleza, que desde luego no es “categórico”, como exigía de él el viejo Kant (de ahí ese “de lo contrario” —), ni se dirige al individuo (¡qué le importa a ella el individuo!), sino a pueblos, razas, épocas, estamentos y, ante todo, al animal entero “hombre”, al hombre.» (KSA 5, 110, 3-11). NK 5/1, JGB 188 considera si podría tratarse de la «parodia de un discurso marchitado hace ya mucho tiempo […], como contrafactura cáustica de la idea de una evolución total y absolutamente ciega», pero constata: «Ciertamente son escasos los indicios intratextuales que apoyan una lectura irónica y distanciada de este tipo.»

    30, 25-27 Crear nuevos valores — tampoco el león es todavía capaz de eso: pero crearse libertad para un nuevo crear — de eso sí es capaz el poder del león.] La tarea del profeta no se agota, por tanto, en la destrucción de lo hasta entonces vigente —con → Schwab 2011, 604 puede considerarse esto como una fase del nihilismo—, sino que la instauración de nuevos valores forma parte esencial de ella. El proyecto de una nueva posición de valores se perfila ya en Za I, Prólogo 9, pues ya allí Zaratustra exige al creador que rompa «las tablas de los valores» (26, 10) y que, junto con los «compañeros de creación», escriba «nuevos valores en nuevas tablas» (26, 13 s.). Mientras que allí Zaratustra se limita a proclamarlo como consigna, el hablante de una anotación póstuma del invierno de 1882/83 recuerda la producción de nuevas tablas de valores como una acción ya realizada por él mismo: «Con los valores superiores romper las tablas de bienes / puse mis propias tablas junto a las otras — ¡qué valor y qué espanto fue aquello!» (NL 1882/83, KSA 10, 4[242], 179, 19-22). En Za III, De tablas viejas y nuevas, Zaratustra se escenifica después ampliamente como creador de nuevas tablas de valores.

    — En tiempos de N., se habla de valores y de la creación de valores predominantemente en contextos económicos. Domina en ellos la idea de que los nuevos valores no pueden producirse de la nada. Así, el jurista y escritor Felix Dahn deja claro en su conferencia «Sobre la historia y la naturaleza del cambio»: «Si fuera verdad que mediante un negocio jurídico unilateral, mediante “creación”, pudieran crearse valores, entonces nuestros comerciantes no harían día y noche otra cosa que dedicarse a este acto de creación, y todo aquel cuyos medios se hubiesen agotado se crearía nuevos valores, como con aquel famoso molino infinito del cuento.» (Dahn 1875, 193). Como Andreas Urs Sommer expone detalladamente en NK 5/1, 144, 24-26, el concepto de valor predominante en tiempos de N. no está determinado filosófica o éticamente, sino político-económicamente. «Valor» significa «producto valioso, dotado de valor», cuantificable en dinero, y no la medida conforme a la cual habría que juzgar un producto. Con Friedrich Albert Lange y Hermann Lotze, los «valores» se convierten en la segunda mitad del siglo XIX en la «referencia central de la filosofía práctica y de la acción humana» (NK 5/1, 16, 19 s.).

    30, 30 s. Tomarse el derecho a nuevos valores — esa es la toma más terrible para un espíritu paciente y respetuoso.] Aquí se produce un cambio de perspectiva y se hace valer una manera de ver que precisamente no es la propia de Zaratustra. El punto de vista es ahora el primer estadio de la transformación, desde el cual, considerado así, aquello que apunta a la negación de los antiguos valores… [P. 100][…] la acción del león orientada hacia ello tiene que aparecer como un «terrible» acto de violencia. En contraste con esto, una anotación póstuma formula desde la perspectiva de Zaratustra: «Darme a mí mismo el derecho de llamar a las cosas con nuevos nombres y valores fue lo más pesado.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[242], 179, 16 s.). De manera semejante, otra anotación: «¿Qué fue lo más pesado para Zaratustra? / Liberarse de la antigua moral.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[246], 180, 7 s.).

    31, 4-6 Pero decidme, hermanos míos, ¿qué puede hacer todavía el niño que tampoco el león pudo hacer? ¿Por qué el león depredador tiene que convertirse todavía en niño?] Esto recuerda unas palabras del ermitaño, que en Za I, Prólogo 2, observa: «Transformado está Zaratustra, Zaratustra se convirtió en niño» (12, 25). Desde la perspectiva retrospectiva del capítulo de las transformaciones podría concluirse que Zaratustra ha llevado entretanto a término con éxito las tres transformaciones. Esta opinión la sostiene → Brustuti 1997, 584, quien añade: «Zaratustra se ha convertido en niño porque ha creado el ideal del superhombre, que ahora quiere “regalar” a los hombres. Como niño es al mismo tiempo el que pasa al otro lado, destinado al ocaso — el anunciador del superhombre.» Superhombre y niño, por tanto, no son lo mismo. Sin embargo, en el texto estas relaciones no se explicitan; quedan confiadas a la capacidad combinatoria del receptor, que se encuentra ante el problema de que el niño ocupa estructuralmente en el discurso la posición del superhombre, ya que representa el último y más significativo estadio de las transformaciones. Ante esto puede reaccionarse mediante intentos de hacer plausible esa relación, pero también puede considerarse el texto de Za como un texto que ofrece una y otra vez nuevos enfoques explicativos y metáforas que no se integran en una imagen global homogénea. El convertirse Zaratustra en niño desaparece del foco a medida que avanza la obra; en su lugar, las esperanzas de futuro de Zaratustra se concentran cada vez más en «sus niños» (sobre la utopía de los niños, cf. NK 4/2, 203, 19-204, 3; sobre la importancia de la figura del niño en Za, véase → Mills 2019).

    En vez de hablar de la transformación en niño, una anotación póstuma habla de la fuerza arrolladora del «niñ[o] en nosotros»: «El niño en nosotros debe vencer también al león en nosotros — dijo Zaratustra.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[117], 149, 1 s.). En una anotación del periodo de noviembre de 1882/febrero de 1883, que también Clayton 1985, 193 cita como referencia, Zaratustra se da a conocer a sí mismo como aquel que ha tomado sobre sí «lo más pesado», pero para quien todas las superaciones no cuentan nada comparadas con la «sonrisa de un niño»: «¿Qué es lo más pesado de hacer para el hombre? Amar a quienes nos desprecian; abandonar nuestra causa cuando celebra su victoria; por amor de la verdad contradecir a la veneración; estar enfermo y rechazar al consolador; meterse en agua fría y sucia; trabar amistad con sordos; tender la mano al fantasma cuando quiere hacernos sentir miedo: — todo esto, dijo Zaratustra, lo he hecho y lo llevo sobre mí: y todo esto lo doy hoy a cambio de algo pequeño — de la sonrisa de un niño.» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]162, 205, 10-18). Sobre el papel del niño en la filosofía de N., cf. en general → Wohlfart 1999, → Conway 2004, → Kowal 2009 y → Fleisner 2013.

    31, 7-9 Inocencia es el niño y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que rueda por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.] Este pasaje desempeña una función nodal en la estructura de significados de la obra, pues en él confluyen metafóricamente, de una manera difícil de desenmarañar, motivos e ideas centrales del texto de Za. La destacada importancia del niño, según → Mattéi 2005, 216 signo de la «afirmación de la afirmación», queda indicada mediante un haz de determinaciones que, ciertamente, no encajan entre sí sin fisuras desde el punto de vista semántico, pero que tienen en común el momento de lo inicial y de lo fundante. Atribuciones convencionales como la idea de la inocencia del niño (→ Heller 1973, 76-79 menciona toda una serie de posibles referencias, que van desde la exhortación a hacerse niño de Mateo 18, 3 hasta Sobre el teatro de marionetas de Kleist) se combinan aquí con metáforas menos habituales de lo inicial, entre las cuales destaca especialmente la caracterización del niño como «rueda que rueda por sí misma», con la que se le atribuye una capacidad de creación del mundo que se funda a sí misma y que no necesita ningún impulso exterior. → Hölscher 1979, 177 supone como posible fuente visual para la metáfora de la rueda que rueda el emblema de Fortuna de la rueda del destino. Sin embargo, Zaratustra no subraya el momento del movimiento incontenible, sino el de la autofundamentación («por sí misma»), y con ello remite a la idea de un movimiento que se causa a sí mismo. Esto hace pensar en la concepción cristiana del primer motor inmóvil, que para ponerse en movimiento no necesita ningún otro impulso. Así se dice en El peregrino querúbico de Angelus Silesius: «Nada hay que te mueva, tú mismo eres la rueda, / que corre por sí misma y no tiene reposo.» (Angelus Silesius 1952, 11). La concepción de un «primer motor inmóvil» (πρῶτον κινοῦν ἀκίνητον) se remonta a Aristóteles, quien en el libro XII, capítulo 7, de su Metafísica trata del primer motor y de su actividad (1072 a s.). Cf. también Aristóteles, 192 a-193 b (Physik I 1), donde se señala como fundamento primero de toda κίνησις y μεταβολή —movimiento y transformación— una φύσις inherente a la cosa (Aristóteles 1829, 28). La cuestión del primer motor fue retomada sobre todo por Tomás de Aquino en la escolástica y recibió nueva atención en tiempos de N. en el contexto de la termodinámica. N. siguió intensamente estas discusiones en algunos escritos (cf. al respecto NK 4/2, 200, 12-33).

    Cuando Zaratustra retoma en dos discursos posteriores la concepción del «primer movimiento» y la metáfora de la «rueda que rueda por sí misma», las somete al mismo tiempo a un cambio gradual de significado. Mientras aquí atribuye al nuevo comienzo «inocencia» y «juego» y un «santo decir sí», en Za I ,Del camino del creador, desplaza al centro el momento voluntarista. Allí Zaratustra habla de un hombre que ocupa el centro del cosmos y que, como rueda que rueda por sí misma, como «nueva fuerza» y «nuevo derecho», obliga, semejante a un dios, a las estrellas a girar en su órbita. Pero reviste este proyecto antropológico visionario con forma interrogativa y lo dirige, como exhortación a examinarse a sí mismo, al hermano interpelado: «¿Eres una nueva fuerza y un nuevo derecho? ¿Un primer movimiento? ¿Una rueda que rueda por sí misma? ¿Puedes obligar también a las estrellas a que giren en torno a ti?» (80, 16-18).

    En Za I,Del niño y del matrimonio, Zaratustra retoma de manera semejante el aspecto del primer movimiento, pero exhorta al hermano interpelado a producir un hombre nuevo, un «cuerpo superior» con respecto al superhombre, que en Del niño y del matrimonio se presenta también explícitamente como tal: «Debes construir por encima de ti. […] / Un cuerpo superior debes crear, un primer movimiento, una rueda que rueda por sí misma — un creador debes crear.» (90, 14-19). Con ello se exige una forma propiamente imposible de autosuperación, pues la creación de un hombre creador presupone ya la fuerza creadora que precisamente habría de producir.

    Ernst Bloch retomó la formulación de la «rueda que rueda por sí misma» para poner límites a la idea de una autofundamentación individual y atribuir al hombre una posición intermedia entre determinación y autodeterminación: «ningún hombre es solo cera, y ninguno es tampoco una rueda que rueda libremente por sí misma. En vez de la cera existen disposiciones traídas consigo, aunque más del talento que del carácter.» (→ Bloch 1985, 1093). Ante esta…

    [P. 101]Sobre este trasfondo se destaca con claridad lo peculiar de la visión antropológica de Zaratustra acerca del hombre que se funda a sí mismo y se supera a sí mismo. Esta visión no solo se encuentra bajo el signo de un comienzo radicalmente nuevo, sino que se revela como una ruptura lógica en la cadena de causa y efecto, pues en ella el hombre aparece como una causa sui que el hombre mismo tendría todavía que crear. Con JGB 21 N. pone el dedo en la llaga. Allí, en efecto, el hablante no tiene sino burla para la representación de una causa sui referida al individuo, que pone directamente en conexión con el concepto del libre albedrío: «La causa sui es la mejor autocontradicción que se ha concebido hasta ahora, una especie de violación lógica y de contranaturaleza: pero el desmesurado orgullo del hombre ha conseguido enredarse profunda y terriblemente precisamente con este absurdo. El deseo de “libertad de la voluntad”, en aquel sentido metafísico superlativo que, por desgracia, continúa dominando en las cabezas de los medio instruidos, el deseo de cargar uno mismo con la responsabilidad entera y última de sus actos y descargar de ella a Dios, mundo, antepasados, azar, sociedad, no es, en efecto, nada menos que ser precisamente aquella causa sui.» (KSA 5, 35, 10-20; sobre esto y sobre las fuentes, cf. NK 5/1, 35, 10-20).

    Cabe considerar todavía otros pretextos para la tríada de niño, juego y potencia creadora. En primer lugar se impone pensar en Schiller, quien en las Cartas sobre la educación estética del hombre declara el «impulso de juego» fuerza creadora: «¿Pero qué significa entonces un mero juego, después de que sabemos que, entre todos los estados del hombre, precisamente el juego, y solo el juego, es lo que lo hace completo y despliega de una vez su doble naturaleza?» (15.ª carta; Schiller 1844, 10, 200). En los escritos de N. no se encuentra únicamente la vinculación entre juego y fuerza de creación artística, sino que reaparece también el concepto del «impulso de juego». La mención más temprana documentada en eKGWB habla del «terrible impulso artístico y lúdico» que la tragedia pondría ante los ojos (cf. NL 1870/71, KSA 7, 7[29], 145, 14 s.). Es notable un pasaje de PHG 7 que asocia expresamente la temática del juego con la inocencia del niño y, apelando a Heráclito, establece una analogía entre el impulso de juego infantil y la creación artística: «No es el afán sacrílego, sino el impulso de juego que despierta siempre de nuevo, el que llama a la vida a otros mundos. El niño arroja una vez el juguete: pero pronto vuelve a empezar, con inocente capricho. Pero tan pronto como construye, enlaza, ensambla y forma, lo hace conforme a leyes y según ordenaciones internas. / Solo así contempla el mundo el hombre estético, que ha experimentado en el artista y en el surgimiento de la obra de arte cómo la pugna de la multiplicidad puede llevar en sí, sin embargo, ley y derecho, cómo el artista se encuentra contemplativamente por encima de la obra de arte y actuando dentro de ella, cómo necesidad y juego, antagonismo y armonía tienen que emparejarse para engendrar la obra de arte.» (KSA 1, 831, 1-11; cf. también PHG 19, KSA 1, 872, 11-13). Sobre la relación entre juego infantil y creación filosófica en Za, cf. → Mills 2019. Sobre la idea de juego en N. en general, cf. → Hinman 1974 y 1975, → Perkins 1977, → Picht 1978, → Voelke 1989, Wohlfart 1991b y → Aichele 2000.

    A diferencia de Schiller, en N. el impulso de juego no desempeña una función mediadora entre el impulso formal y el impulso material. Como ponen de relieve → Heller 1973, 76 y, después, también → Hölscher 1979 y Wohlfart 1991, el trasfondo de referencia para la conexión entre niño, juego y artista es el fragmento B 52 de Heráclito, que N. comenta ya en las lecciones de Basilea, al que vuelve repetidamente en sus primeros escritos y que resuena varias veces en Za. Dice así: «El tiempo es un niño que juega, que mueve de aquí para allá las fichas del tablero: ¡gobierno de un niño!» (αἰὼν παῖς ἐστι παίζων, πεσσεύων· παιδὸς ἡ βασιληίη) (Diels/Kranz 1906, 22 B 52). Ya en PHG 7 N. no se limita a retomar la imagen del eón que juega, sino que además la interpreta, atribuyéndole el rasgo de la inocencia y refiriéndola al artista: «Un devenir y perecer, un construir y destruir, sin ninguna imputación moral, en una inocencia eternamente igual, solo los poseen en este mundo el juego del artista y el del niño. Y así como juegan el niño y el artista, juega el fuego eternamente vivo, construye y destruye, en inocencia — y este juego lo juega el eón consigo mismo.» (KSA 1, 830, 23-28).

    En la formulación «Inocencia es el niño y olvido» encuentra su eco la representación del juego creador inocentemente infantil. Sin embargo, respecto de PHG 7 el acento se ha desplazado claramente, pues ahora no se subraya el momento de lo cíclico, el alternar de «devenir y perecer», de «construir y destruir», sino que pasa a primer plano el momento del comienzo. De otro modo sucede en Za II, De los virtuosos, donde la alusión a Heráclito B 52 queda todavía más abierta. Zaratustra compara allí a sus oyentes con niños que juegan junto al mar y a quienes la ola —con ello se refiere a su propio discurso— les arrebata sus juguetes. Toma la metáfora como punto de partida para invertir la perspectiva y anunciar lo nuevo que la ola trae al mismo tiempo consigo: «¡Pero la misma ola les traerá nuevos juguetes y derramará ante ellos nuevas conchas multicolores!» (123, 17 s.; cf. NK 123, 12-18). Con ello esboza una interacción de tomar y dar, de destrucción y nuevo surgimiento, a la que sus hermanos interpelados quedan pasivamente expuestos como niños que juegan. Los ejemplos aducidos permiten reconocer con claridad que N. no pretende asignar a Heráclito B 52 una interpretación fija; antes bien, se refiere flexiblemente al fragmento y lo adapta funcionalmente a contextos distintos. Así, las alusiones a B 52 van acompañadas en Za de concepciones del mundo que prevén posiciones muy diferentes para el hombre: por una parte, lo muestran integrado en el ciclo del devenir y perecer; por otra, lo invocan como instancia creadora que, semejante a un dios, se funda a sí misma y funda el mundo.

    También la asociación del niño que juega con el olvido aparece prefigurada en tempranas anotaciones de N., que atribuyen al niño una conciencia feliz porque es capaz de vivir en el instante y parece liberado de la historicidad de la existencia: «Nosotros, en cambio, padecemos todos por el oscuro e irresoluble residuo de lo que ha sido y somos algo distinto de lo que parecemos y nos sentimos conmovidos al ver al rebaño o, en una cercanía más familiar, al niño, que todavía sin este sufrimiento juega entre las dos puertas del pasado y del futuro en una ceguera demasiado breve y demasiado dichosa, y quizá solo parece jugar; tememos perturbar su juego y despertarlo del olvido — porque sabemos que con la palabra “fue” comienzan el sufrimiento y la lucha.» (KGW III 5/2, 1645; con ligeras diferencias como NL 1873, KSA 7, 29[98], 677, 19-28). Que el juego sea «el trabajo propiamente dicho del niño» y que este tenga tanta necesidad de él «como la edad madura de actividad creadora» (NL 1875, KSA 8, 9[1], 148, 23 s.) lo dejó consignado N. en 1875 en un extracto del Valor de la vida de Eugen Dühring (Dühring 1865, 61).

    31, 10-12 Sí, para el juego del crear, hermanos míos, se precisa un santo decir sí: su voluntad quiere ahora el espíritu, su mundo se gana el perdido para el mundo.] Cuando en la investigación se habla de la filosofía de N. como una filosofía de la afirmación o del decir sí (cf., por ejemplo, → Strobel 2000, → Reginster 2006, → Wotling 2015, → Faustino 2019, → Kast 2019, Bertot 2019a), ello se refiere, en última instancia, casi siempre a la superación del nihilismo y/o a la afirmación del eterno retorno. El propio N. califica en EHZa 1, el pensamiento del eterno retorno no solo como la «concepción fundamental» (KSA 6, 335, 5) de Za, sino también como la «fórmula suprema de afirmación que puede alcanzarse en absoluto» (ibid., 335, 6 s.). En este sentido, Müller-Lauter 1999a, 179 considera que «el decir sí dionisíaco de Nietzsche al mundo, sin descuento ni excepción», se consuma […] en el pensamiento y la creencia en el eterno retorno de lo mis— [P. 102] […] «eterno retorno de lo mismo» (de modo semejante → Georg 2016, 212). Sin embargo, el presente pasaje muestra que esto resulta insuficiente para comprender el motivo de la afirmación en Za. Pues aquí el decir sí se refiere a la fase constructiva del crear y del establecer valores. Decir sí no significa, por tanto —como ya subraya → Deleuze 1976, 196—, aceptar la «realidad tal como es» o tal como retorna eternamente, sino que el decir sí debe entenderse de manera constructiva y fundamentadora: significa crear, incluso crear una realidad. A este decir sí tiene que precederle el decir no, pues solo la negación de lo existente abre al creador el gran campo de juego del mundo que ha de configurarse de nuevo. Siguiendo la autointerpretación de N. en EHZa es considerado con frecuencia una obra «explícitamente dedicada a determinar las condiciones de una nueva “afirmación de la vida”» (→ Reginster 2006, 51 s.). Sobre la afirmación en Za, cf. → Wilcox 1983, → Shepherd 2011, → Kast 2019 y el volumen colectivo editado por → Bertot/Leclercq/Monseau/Wotling 2019, Nietzsche, penseur de l’affirmation. Relecture d’Ainsi parlait Zarathoustra, en particular la introducción de Bertot 2019a. En el conjunto de la obra de N. la afirmación se determina de maneras muy diferentes (con mayor detalle, el polifacético artículo «Bejahung» en NWO; cf. también → Stern 2019).

    Aunque en el contexto de Za la afirmación se entiende en todo momento como la capacidad de actuar positivamente sobre el mundo, ya en el contexto inmediato de gestación de Za I se expresan dudas acerca de la capacidad de poder realizar y soportar algo así. Una anotación del invierno de 1882/83 registra un conflicto entre la configuración creadora del mundo y la afirmación del retorno: «No quiero la vida de nuevo. ¿Cómo la he soportado? Creando. ¿Qué me hace soportar su visión? La mirada al superhombre, que afirma la vida. He intentado afirmarla yo mismo — ¡ay!» (NL 1882/83, KSA 10, 4[81], 137, 25-28). Es cierto que N., desde la retrospectiva de EH —donde tiende a hacer desaparecer como por prestidigitación el carácter quebradizo de la obra Za y de su protagonista (cf. sobre ello, por ejemplo, NK 4/2, 261, 12-26)—, estiliza a Zaratustra como «el más afirmativo de todos los espíritus» (KSA 6, 343, 24). Pero, de hecho, Zaratustra se ve una y otra vez asaltado por crisis. Solo puntualmente, y en particular en los pasajes finales de Za III, aparece expresamente en el papel del que afirma; según Dellinger 2017, 159, se trata de breves «momentos de arrobamiento». Además de «La canción del sí y del amén», que cierra Za III, da testimonio de semejante arrobamiento afirmativo sobre todo Za III, Antes de la salida del sol, donde Zaratustra se denomina enfáticamente a sí mismo un «decidor de sí» (208, 34). Allí, sin embargo, no recurre a la imaginería del discurso de las transformaciones, sino que pone en juego representaciones de redención con connotaciones religiosas (cf. NK 4/2, 208, 34-209, 3 y → Ruin 2019). Estas dejan abierto, de manera ambivalente, hasta qué punto la afirmación debe entenderse como una actividad configuradora del mundo o, por el contrario, como entrega a un mundo en el que todas las construcciones de sentido supraindividuales han quedado anuladas, un mundo que, como allí se dice, ofrece una «pista de baile» «para azares divinos» (209, 34).

    31, 16 Así habló Zaratustra] El discurso de Zaratustra sobre el último hombre es introducido por el narrador en Za I, Prólogo 5, con las palabras: «Y así habló Zaratustra al pueblo» (19, 8). Aquí aparece por primera vez, como conclusión de su discurso, el giro formular que retoma el título de la obra. En lo sucesivo, «Así habló Zaratustra» se repite todavía otras 81 veces. Las opiniones difieren acerca de qué pudo inspirar a N. esta fórmula de inquit. Mientras → Janz 1978, 223 y → Wohlfart 1997, 319 señalan que los filósofos presocráticos, por ejemplo Heráclito, abrían con frecuencia sus escritos con «Así habló…», según → Knortz 1906, 48 la expresión reproduce la «frase sánscrita “iti vuttakam” (así habló el santo)». Knortz se refiere con ello a una anotación de N., posterior a la conclusión de Za IV, que dice: «Iti vuttakam» (KGW IX 3, N VII 2, 4, 6 y 8; cf. NL 1885/86, KSA 12, 1[245], 64, 22 s.). La anotación remite a una colección de aforismos del Buda cuyos 112 suttas son introducidos respectivamente por la frase «Iti Vuttam Bhagavata», que significa «así lo dijo el Buda». En la época de gestación de Za, el Itivuttaka aún no había sido traducido por completo; circulaban diferentes traducciones parciales. También Hermann Oldenberg ofrece en su libro sobre Buda, que N. poseía, un breve extracto (cf. Oldenberg 1881, 439 s.). La edición del Itivuttaka de Ernst Windisch, lingüista y amigo de estudios de N., mencionada en KGW IX 3, 4, no apareció hasta 1889. → Nussbaumer-Benz 2001, 116 propone como posible fuente una edición parcial anterior de Windisch, publicada en 1882 en el Journal of the Pali Text Society. El indólogo neerlandés Heinrich (Hendrik) Kern explica en su obra El budismo y su historia en la India que con el Itivuttaka se asocia la idea de «una sentencia dogmática del Buda. El libro así denominado del canon contiene 110 piezas, todas las cuales comienzan con “El Señor ha dicho”» (Kern 1882-1884, 460).

    N., sin embargo, no utiliza el «Así habló» como giro de apertura, sino como giro de cierre. Como fórmula final, acentúa la unidad de cada uno de los discursos de Zaratustra y subraya la importancia de lo dicho. Al mismo tiempo, confiere a sus discursos un carácter serial. Pero, como puede observarse en casi todos los niveles de la obra Za, repetición y variación van de la mano. También en el caso del formular «Así habló Zaratustra», la repetición rígida del modelo introducido una vez queda socavada por desviaciones. Estas «infracciones de la regla», que aumentan a lo largo de las cuatro partes de Za, remiten sintomáticamente a profundas modificaciones del estilo y de la forma de presentación. En Za I, los 22 discursos terminan uniformemente con el formular «Así habló Zaratustra». En Za II quedan exceptuados los capítulos La canción de la noche y La canción de la tumba, pues al final de ambos figura la fórmula «Así cantó Zaratustra» (cf. NK 138, 13). Un caso especial lo constituye Za II, La canción para la danza, donde primero un pasaje más extenso concluye con «Así cantó Zaratustra» (141, 20), pero el capítulo entero termina, no obstante, en una breve sección narrativa posterior, con la fórmula «Así habló Zaratustra» (141, 31).

    Las variaciones son considerablemente mayores en Za III, como pone de manifiesto, casi de manera programática, el capítulo inicial, El caminante. Allí «Así habló Zaratustra» aparece nada menos que tres veces, pero, a diferencia de lo habitual, ni constituye por sí solo una frase completa ni se encuentra propiamente al final del capítulo; antes bien, pasajes breves del discurso del narrador son introducidos respectivamente mediante «Así habló Zaratustra»: «Así habló Zaratustra mientras ascendía, para sí» (194, 33); «Así habló Zaratustra en la cima de la montaña» (195, 22); «Así habló Zaratustra y se rio entonces por segunda vez» (196, 15). El capítulo 6, En el monte de los olivos, por su parte, concluye con «Así cantó Zaratustra» (221, 26), mientras que De los apóstatas presenta, excepcionalmente, un «Así discurrió Zaratustra» (230, 17), que N. no introdujo hasta una fase tardía, concretamente en la copia en limpio (cf. NK 4/2, 230, 17 s.). Esto es ejemplar de un impulso que puede observarse con frecuencia: romper de nuevo un modelo una vez introducido.

    Finalmente, en Za IV hay particularmente muchos capítulos sin la fórmula conclusiva «Así habló Zaratustra» (El mendigo voluntarioEl hombre más feoLa canción de la melancolíaDe la cienciaEntre las hijas del desiertoLa canción del noctámbulo). Además, la fórmula final ya no queda reservada allí a Zaratustra, sino que también los discursos de los hombres superiores terminan repetidamente con un «Así habló», por ejemplo: «Así habló el concienzudo» (375, 18; 377, 9), «Así habló el viejo mago» (371, 5; 378, 9) o «Así habló el caminante y sombra» (380, 19).

    31, 16 s. Y entonces se encontraba en la ciudad llamada: la Vaca Multicolor.] El nombre de la ciudad, que designa el principal lugar de actuación del Zaratustra docente, es en el texto… [P. 103] 31, 16 s. Y entonces se encontraba en la ciudad llamada: la Vaca Multicolor.]El nombre de la ciudad, que designa el principal lugar de actuación del Zaratustra docente, se menciona en total cuatro veces en el texto. En los otros tres pasajes (51, 4; 97, 4 s.; 230, 18) aparece entre comillas. Pese a todos los esfuerzos interpretativos, su procedencia no ha podido esclarecerse hasta ahora. La expresión «Vaca Multicolor» podría haberle resultado familiar al oído de N.; en cualquier caso, era y sigue siendo usual en el ámbito lingüístico alemán en contextos diversos, pudiendo bunt significar tanto «manchado, abigarrado» como «variado, multicolor». Así, la vaca multicolor (o manchada) aparece repetidamente en expresiones proverbiales: «Hay más de una vaca multicolor.» — «No se llama multicolor a una vaca si no tiene alguna mancha.» (Simrock 1846, 320); «¡Sabe Dios y la vaca multicolor!» (Frischbier 1865, 97). A finales de la Edad Media alcanzó gran notoriedad una flota financiada por la ciudad hanseática de Hamburgo, cuya nave principal, «llamada según una antigua canción popular», era «la Vaca Multicolor de Flandes, que brama a través del mar con sus fuertes cuernos» (Grässe 1871, 992). Debía proteger el comercio marítimo de los piratas y, en 1402, llevó a cabo frente a Helgoland el ataque aniquilador contra el pirata Klaus Störtebeker, quien, según la tradición, fue transportado después a Hamburgo en la Vaca Multicolor y decapitado ante las puertas de la ciudad. Hasta hoy existe en Lübeck, entonces «reina de la Hansa», un barrio llamado Buntekuh. Además, un destacado promontorio rocoso cerca de Walporzheim lleva el nombre de Bunte Kuh, y en el siglo XVIII una mina de carbón de Schüren, cerca de Dortmund, era conocida con el nombre de Zeche bunte Kuh.

    Una pista diferente ofrece un estudio de Freny Mistry. Según este, el nombre «Vaca Multicolor» (Motley Cow) sería una «traducción literal del nombre de la ciudad Kalmasadalmya (pali: Kammasuddamam), visitada por Buda durante sus peregrinaciones» (→ Mistry 1981, 17). Sin embargo, Mistry no aporta una prueba concreta de la fuente, como tampoco lo hace → Braak 2015, n. 15, que sigue su propuesta. Mistry remite al conocimiento que tenía N. del escrito budista Sutta Nipāta, cuya traducción inglesa, según menciona N. en una carta a Gersdorff del 13 de diciembre de 1875, había tomado prestada de Paul Heinrich Widemann, y de la cual cita en esa misma carta una frase de la que dice que «ya la había incorporado a su uso doméstico» (N. a Carl von Gersdorff, 13.12.1875, KSB 5/KGB II 5, n.º 495, p. 128, lín. 14), y que posteriormente encuentra entrada en M 469. Se trata de una «de las fórmulas conclusivas fijas de un Sutta […]: “así camino solitario como el rinoceronte”» (ibid., lín. 13-15). Figl supone que N. disponía de la traducción de Coomáraswámy (M. Coomára Swámy) de 1874 (→ Figl 2007, 290, n. 30), que traduce el pasaje repetido en las 42 secciones del «Khaggavisāna Sutta» mediante «walk alone like a rhinoceros» (Sutta Nipāta 1874, 11-19). Sin embargo, el nombre de la ciudad india Kalmasadalmya —o Kammasadammam—, en la que Buda habría actuado en otro tiempo, no aparece en el Sutta Nipāta, ni tampoco la traducción «the motley cow». La KGW sigue a Mistry, pero añade además (cf. KGW VI 4, 868) una explicación del indólogo Karl Eugen Neumann (1865-1915), quien escribe en una nota a sus influyentes traducciones de los Discursos de Gotamo Buddho: «Literalmente Kammāsadammam significa “La vaca multicolor” o “El bovino multicolor”, nombre que, cosa bastante singular, es sabido que NIETZSCHE dio a su ciudad zaratustriana.» (Neumann 1956-1957, 2, 745, n. 689). Sin embargo, la actividad traductora de Neumann no comenzó hasta la década de 1890; hasta el momento no se ha demostrado ningún testimonio contemporáneo de N. para la traducción «vaca multicolor» / «motley cow».

    La investigación ha llamado repetidamente la atención sobre el hecho de que «Vaca Multicolor» podría ser un nombre parlante, puesto que tanto el motivo de la vaca como el de lo «multicolor» desempeñan un papel en la red semántica de Za. Ya Knortz observó que el lugar de actuación de Zaratustra se llama Vaca Multicolor «indiscutiblemente porque está habitado por rumiantes espirituales de sistemas morales caducos» (→ Knortz 1906, 8). Como residencia de vacas rumiantes, o, respectivamente, de hombres de rebaño satisfechos y carentes de impulso (cf. NK 33, 29), la Vaca Multicolor constituye un contraste irónico con la intención de Zaratustra de sacudir y despertar. Nehamas y Rosen completan esta interpretación atendiendo al aspecto de lo «multicolor»: Rosen ve en él una alusión a la «vaciedad espiritual de la diversidad democrática tardomoderna» (→ Rosen 1995, 78), mientras que → Nehamas 2000, 126 remite a la visita de Zaratustra a los «abigarradamente salpicados» (154, 20 s.) en Za II, Del país de la cultura, donde lo multicolor constituye la metáfora central de la pérdida de identidad de una cultura compuesta únicamente por fragmentos de épocas anteriores. Sobre las distintas propuestas de localizar concretamente la ciudad desde el punto de vista geográfico o biográfico, remite → Pieper 1990, 394, n. 3. Jung supuso una referencia a Basilea como ciudad caracterizada por «a particular set of values» (→ Jung 1989, I, 273) y que, precisamente por ello, constituiría un lugar de actuación inadecuado para N./Zaratustra.

    Y ahí termina «De las tres transformaciones». La línea siguiente ya es el nuevo epígrafe:

    Von den Lehrstühlen der Tugend. — De las cátedras de la virtud.

    La conclusión de Gratz sobre la Vaca Multicolor encaja además con una de las líneas que ha seguido en todo el comentario: en vez de decidirse por una única «fuente» que resuelva el nombre, reúne las posibilidades y, finalmente, da más peso a su funcionamiento dentro del propio Zaratustra. La vaca remite al rumiar y al hombre de rebaño; lo multicolor, a una pluralidad hecha de fragmentos y carente de unidad. La ciudad resulta así especialmente apropiada como escenario irónico para una doctrina que reclama precisamente transformación y ruptura con el status quo.

  • Los discursos de Zaratustra:observaciones panoramicas y de conjunto

    El componente narrativo que, en el Prólogo de la Primera Parte, perfila los acontecimientos como la historia de Zaratustra y les confiere un hilo cronológico de la acción queda en la Primera Parte de Zaratustra (Los discursos de Zaratustra) en gran medida relegado. Tan solo cuatro de los veintidós capítulos comienzan con un breve informe del narrador («De las cátedras de la virtud», «Del árbol de la montaña», «De la picadura de la víbora», «De la virtud que regala»). La mayoría de los capítulos se inicia de manera inmediata con el discurso directo del protagonista. En «De los trasmundanos» y «De las mil y una metas», Zaratustra asume primero la función del narrador, hablando inicialmente de sí mismo en tercera persona y resumiendo acontecimientos pasados (cf. 35, 2–4; 74, 2–8), antes de pasar rápidamente a la primera persona. Como consecuencia de este amplio retroceso del narrador, toda la atención recae en la palabra pronunciada, en los discursos de Zaratustra, que, pese a sus frecuentes apelaciones a los oyentes, poseen un carácter esencialmente monológico. En consonancia con ello, también la acción exterior queda reducida a un mínimo esquemático, con el efecto de que Zaratustra parece hablar como si estuviera en un espacio vacío.

    La ausencia de un hilo narrativo que los enlace hace que los «discursos», a diferencia de las secciones del Prólogo, parezcan a primera vista intercambiables en su orden de sucesión. No solo es laxo el vínculo entre los distintos discursos, sino que también la composición interna de cada uno sigue a menudo un estilo de ordenación asociativa. Para ello, Nietzsche reutiliza colecciones de sentencias preparadas con anterioridad. Como base especialmente importante emplea, ante todo, la colección «En alta mar» (Auf hoher See), redactada en el verano y otoño de 1882. La estructura de pequeñas unidades que de ello resulta puede observarse de manera ejemplar, por ejemplo, en el discurso «Del leer y el escribir». Está compuesto por sentencias o aforismos aislados que se agrupan con cierta libertad en torno a un núcleo conceptual o temático y cuya conexión recíproca presenta un carácter asociativo y abrupto. El predominio de estos elementos estructurales de pequeña escala invita a interpretaciones excesivamente minuciosas, que investigan el contenido imaginativo y semántico de frases y sentencias individuales; un procedimiento que resulta disgregador y amenaza con descomponer el texto en una multitud de facetas aisladas.

    Los «discursos de Zaratustra» tienen una intención profundamente provocadora; están animados por el impulso de desenmascarar y por el propósito de poner al descubierto motivaciones impuras para la acción y actitudes vitales nocivas. Zaratustra actúa como vigilante, como agitador demagógico y como anunciador profético que desenmascara a los grupos socialmente dominantes como seductores del pueblo y previene contra sus falsas doctrinas. Cuando con frecuencia se dirige, mediante una apelación directa, de manera agresiva contra determinados grupos —«¡vosotros, despreciadores del cuerpo!» (40, 32), «¡vosotros, jueces y sacrificadores!» (45, 2)—, se trata de un recurso retórico, de una estrategia de polarización (cf. → Stegmaier 2010, 251), destinada a mover al lector a tomar partido. Desde el punto de vista interno del texto, esos discursos se dirigen a unos seguidores que no se definen con mayor precisión y a quienes Zaratustra llama amigos, hermanos o discípulos (sobre las diversas denominaciones de los destinatarios cf. NK 15, 1); desde el punto de vista externo del texto, los destinatarios son los lectores de Zaratustra.

    Zaratustra presenta «una crítica combativa de la moral y de la metafísica dominantes», de la que extrae consecuencias «para un filosofar futuro» (Stegmaier 2000a, 201) y para una nueva orientación ética tras la muerte de Dios (cf. → Fitzsimons 2007, 149). A las falsas doctrinas que denuncia contrapone máximas para una vida lograda, formuladas en su mayor parte de manera imperativa. Esas máximas abarcan una gran variedad de temas; → König (2021, 39) les atribuye una orientación tendencialmente universalista y señala que comprenden, entre otras cosas, prácticas culturales y formas de convivencia social como la amistad, el matrimonio, la sexualidad y el «morir correctamente». El punto de fuga de los «discursos de Zaratustra» es, como ya ocurre en el Prólogo, la doctrina de la autosuperación y de la renovación del ser humano. Su punto de convergencia común lo constituye la visión del superhombre, mencionada explícitamente en ocho de los veintidós capítulos.

    Lampert (2012, 205) subraya el contraste con la aparición de Zaratustra en el Prólogo de la Primera Parte. Mientras que allí habría fracasado como maestro, los nuevos discursos «transmiten ahora con éxito la enseñanza de Zaratustra en este momento de su carrera». Sin embargo, esta conclusión debe matizarse, pues el éxito de sus discursos no puede medirse de momento, ya que la situación concreta en que son pronunciados sigue siendo tan indeterminada como el nuevo auditorio (cf. → Bennholdt-Thomsen 1974, 101). A diferencia de lo que ocurre con los discursos pronunciados en la plaza del mercado en el Prólogo, aquí se omiten por completo las reacciones de los oyentes. Por ello, al principio permanece abierta la cuestión de si el mensaje de Zaratustra cae ahora en un terreno más fértil.

    Puesto que el primer discurso, «De las tres metamorfosis», comienza inmediatamente con las palabras de Zaratustra, falta en la transición entre el Prólogo y el discurso inaugural de «Los discursos de Zaratustra» cualquier indicación sobre el tiempo, el lugar o la situación. Así, no solo queda sin aclarar a quién habla ahora Zaratustra y cuánto tiempo ha transcurrido desde que, en el § 9 del Prólogo, tomó la decisión de buscar «compañeros vivos» (25, 24), sino también si llegó realmente a llevar a cabo ese propósito y de qué manera.

    Solo el hecho de que ya en sus primeras palabras se dirija a un auditorio —«Tres transformaciones del espíritu os nombro» (29, 3)— y de que, en el curso de este primer discurso, emplee repetidamente la fórmula de tratamiento «hermanos míos», permite concluir que ha transcurrido cierto tiempo, que entretanto se han reunido seguidores a su alrededor y que ahora habla, de modo semejante a un nuevo Cristo, ante un círculo de discípulos.

    Sin embargo, los rasgos externos del marco narrativo solo se perfilan poco a poco. Así, al final del discurso inaugural «De las tres metamorfosis», se menciona por primera vez «la Vaca Multicolor» como el nuevo lugar de actuación de Zaratustra (cf. NK 31, 16 ss.). Y cuando, en el octavo capítulo, «Del árbol de la montaña», dialoga con un discípulo concreto, de ello cabe concluir que efectivamente ha reunido seguidores en torno a sí. Esto se hace plenamente manifiesto en el capítulo final, «De la virtud que regala», donde, sin embargo, vuelve ya a despedirse de esos «discípulos» (97, 12), prometiéndoles un nuevo encuentro bajo el signo transformado del gran mediodía.

    Aunque la disposición de los capítulos parece seguir a primera vista un simple principio de sucesión, la investigación ha propuesto diversas hipótesis acerca de su composición. Es indiscutible la función de marco desempeñada por los capítulos inicial y final. Precisamente por condensar el contenido de toda la Primera Parte, el primer discurso ha sido interpretado con frecuencia como una parábola de la superación del hombre o incluso como una anticipación de toda la acción (cf. UK Za I, «De las tres metamorfosis»).

    Igualmente indiscutible es el papel excepcional del capítulo final, «De la virtud que regala», lo cual se pone ya de manifiesto por el hecho de que Zaratustra abandona allí un lugar concreto de actuación, dando a entender que el tiempo de sus discursos en la ciudad llamada «la Vaca Multicolor» ha concluido.

    Lampert intenta demostrar principios compositivos más amplios. Considera que el octavo capítulo, «Del árbol de la montaña», y el decimoquinto, «De las mil y una metas», constituyen pilares estructurales que dividen «Los discursos de Zaratustra» en tres grupos de seis capítulos cada uno (de manera semejante a Meier 2017, 33, quien habla de «tres grupos de siete»). Según Lampert (1986, 31 ss.), los discursos 2 a 7 estarían orientados a la crítica de la antigua doctrina; los discursos 9 a 14 prepararían a los oyentes para las exigencias de la nueva doctrina; y los capítulos 16 a 21 servirían para fijar las «nuevas convenciones» (new conventions) (ibid., 32).

    En el primer grupo, este intento de sistematización resulta todavía relativamente convincente; sin embargo, los capítulos asignados al segundo y al tercer grupo difícilmente pueden reunirse bajo un denominador común. Una lista manuscrita de capítulos correspondiente al invierno de 1882/83 confirma esta impresión, pues en ella los capítulos inicial y final aparecen efectivamente registrados como tales (el capítulo final bajo el título entonces diferente «De la santa autoestima»; NL 1882/83, KSA 10, 4[280], 186, 27). Sin embargo, «Del árbol de la montaña» (ibid., 186, 13) figura allí, conforme a la versión publicada, como octavo capítulo, mientras que «De las mil y una metas» (ibid., 186, 8) no aparece en el puesto decimoquinto, sino ya en tercera posición, lo que pone en duda la función de «pilar estructural» que Lampert y Meier le atribuyen.

    La intensa trabazón del capítulo final con el § 1 del Prólogo determina la estructura global de la Primera Parte y confiere a la obra una composición circular: en el primer apartado del Prólogo formula…

    Zaratustra formula en el Prólogo su propósito: «quiero regalar» (11, 19); y en el último capítulo no solo propugna de manera general el principio de una «virtud que regala», sino que él mismo se pone a regalar, con lo que parece sugerirse la reciprocidad del éxito de su actuación.

    Y mientras el primer discurso del Prólogo de la Primera Parte comienza con el anuncio:

    «Yo os enseño el superhombre» (14, 13),

    al final de su último discurso exhorta a sus oyentes:

    «¡Ahora queremos que viva el superhombre!» (102, 13 ss.).

    Dentro del proyecto de Zaratustra, el capítulo final de la Primera Parte desempeña una importante función de bisagra. En un principio estaba concebido como conclusión de toda la obra; posteriormente, la decisión de continuarla y la composición de las partes siguientes lo convirtieron en un final meramente provisional. La despedida de los discípulos y la mirada profética hacia el futuro adquieren así el carácter de un simple intermedio, al que, en las Partes II a IV, seguirán nuevas despedidas y una gran cantidad de anuncios proféticos puestos en boca de Zaratustra.

  • El título

    Así habló Zaratustra. / Un libro para todos y para nadie. El título, como con razón se ha señalado, «marca el estilo y el tono del conjunto y despliega una red de relaciones y paradojas de la que autor y lectores ya no pueden escapar» (→ Villwock 2001, 2). Un potencial de extrañamiento encierra ya el título principal Así habló Zaratustra, que probablemente está modelado sobre el Itivuttaka, una colección de aforismos del Buda, cuyos 112 suttas comienzan cada uno con la fórmula «Iti Vuttam Bhagavatā», que significa aproximadamente «Así lo dijo el Buda» (véase al respecto, con indicación de las fuentes, NK 31, 16).

    El título indica que la obra contiene los discursos pronunciados por una figura llamada Zaratustra, si bien la referencia al Zaratustra histórico o Zoroastro evoca un ámbito cultural distinto y remite al pasado. El acto de hablar queda señalado, mediante el pretérito («habló»), como algo ya concluido y cerrado. Es asimismo digno de atención que el título cite el propio texto (o, más bien, a la inversa), pues la fórmula «Así habló Zaratustra», que encabeza toda la obra, constituye también el cierre formal de la mayoría de los capítulos (cf. NK 31, 16). Texto y paratexto aparecen así entrelazados de un modo que subvierte la estructura interna del texto: la fórmula final de los discursos abre la obra como título.

    El título ofrece diversas posibilidades de interpretación en la tensa relación entre título principal y subtítulo. Al nombrar el medio «libro», el subtítulo Un libro para todos y para nadie pone en primer plano el aspecto escrito de la obra, mientras que el título principal destaca la oralidad de los discursos de Zaratustra. Con ello se hace comprender a los lectores que se les presentan manifestaciones orales en forma escrita (de libro) y que, por tanto, cuanto leen debe imaginarse fundamentalmente como algo hablado y destinado a ser oído. Al mismo tiempo se señala que nos hallamos ante una forma de «doble autoría» (→ Villwock 2001, 2): Zaratustra es nombrado como autor de los discursos, mientras que el subtítulo remite además a una segunda instancia autorial que ha puesto por escrito esos discursos. Un nivel adicional de mediación se expresa en la fórmula «Así habló Zaratustra», que pertenece a la instancia del narrador. En conjunto, el título marca tres niveles distintos de enunciación y de mediación: el de la figura de Zaratustra, el del narrador y el del autor o editor ficticio (sobre las instancias narrativas y de habla insinuadas por el título, véase → Zittel 2021, 335 ss.).

    El subtítulo alude por analogía al título Humano, demasiado humano. Un libro para espíritus libres. La indicación del círculo de destinatarios era un procedimiento bastante habitual en los títulos del siglo XIX; baste recordar fórmulas como: Gustav Adolph, rey de Suecia. Un libro para príncipe y pueblo (1845); Malwina. Un libro para madres instruidas (1843); Sobre los gusanos vivos en el hombre vivo. Un libro para médicos en ejercicio (1819). Nietzsche retoma este modelo, pero al mismo tiempo se aparta significativamente de él al evitar precisamente una designación concreta de los destinatarios. Aunque la referencia a los «espíritus libres», a quienes se dirige Humano, demasiado humano, ya suscita la cuestión de una determinación más precisa de ese público, la atribución «para todos y para nadie» subraya una irresoluble ambigüedad lógica que, en lugar de perfilar un grupo específico de lectores, caracteriza como problemática la relación entre la obra y sus lectores.

    De este modo, el título pone en primer plano el problema de la mediación, problema que atraviesa internamente la conflictiva relación de Zaratustra con los destinatarios de su enseñanza. Ya más de diez años antes de redactar el prólogo de Sobre el porvenir de nuestras instituciones educativas, Nietzsche caracterizaba esa relación con los lectores no mediante la oposición entre «todos» y «nadie», sino mediante la de «muchos» y «pocos». Allí se establece como principio rector: odi profanum vulgus et arceo («odio al vulgo profano y lo mantengo alejado»; cf. Horacio, Carmina III, 1, 1): «¡Apartad el libro! No es para vosotros, y vosotros no sois para este libro» (NL 1870/72, KSA 7, 8[83], 254, 1 s.).

    La determinación paradójica de los destinatarios, «para todos y para nadie», puede documentarse ya antes del Zaratustra de Nietzsche. En una reseña publicada en el semanario Der Beobachter an der Oder, el autor anónimo critica:  «Un título para un contenido semejante también podría haberse llamado Para todos y para nadie, o Quodlibet; tan indeterminado es este.» (Anonym 1804, 9). La formulación «para todos y para nadie» tiene aquí, por tanto, un sentido peyorativo y apunta a una falta de perfil temático. Ya Herder emplea la expresión «todos y nadie» en su ensayo sobre Shakespeare de 1773, donde afirma que Shakespeare tiene «el defecto de poner en boca de sus personajes lugares comunes vacíos, moralejas y clasificaciones que, aplicadas a un centenar de casos, convienen por igual a todos y a nadie, sobre todo a los niños y a los necios» (Herder 1773, 110).

    Tras Nietzsche, el subtítulo dio lugar a nuevas imitaciones. Así, la revista Der Eigene, editada por Peter Hille, llevó en un primer momento el subtítulo, tomado del Zaratustra, Ein Blatt für alle und keinen (Una revista para todos y para nadie). Asimismo, los hermanos Heinrich y Julius Hart publicaron en 1900, en la editorial Eugen Diederichs de Leipzig, el escrito programático Vom höchsten Wissen. Vom Leben im Licht. Ein vorläufiges Wort an die Wenigen und an Alle (Del conocimiento supremo. De la vida en la luz. Una palabra preliminar a los pocos y a todos).

    El subtítulo ha ocupado a los intérpretes desde muy temprano y ha recibido interpretaciones muy diversas. Según Karl Löwith, testimonia el conocimiento que Nietzsche tenía de «la dificultad de comunicar públicamente cosas que no son para cualquiera» (→ Löwith 1990, 290). Para Löwith significa: «para todos los que saben leer, y para ninguno que no comparta las experiencias y los presupuestos del autor ni sepa leer entre líneas e interpretar así lo dicho» (ibid.).

    Heidegger, por el contrario, lee el «para todos y para nadie» como una crítica a los lectores contemporáneos y como un indicio de que Nietzsche se dirige a un círculo selecto de destinatarios, delimitándolo con nitidez frente a la masa: «“Para todos”, es decir, ciertamente no para cualquiera como un individuo cualquiera. “Para todos” significa: para cada hombre en cuanto hombre, para cada uno en la medida en que llegue a ser digno de reflexión en su propia esencia. […] “Y para nadie”; esto quiere decir: no para esos curiosos que llegan arrastrados de todas partes, que se embriagan con pasajes aislados y con sentencias llamativas de este libro y luego, aturdidos por su lenguaje medio cantado, medio clamado, se dedican a divagar de forma precipitada, altisonante y a veces trivial, en lugar de ponerse en camino hacia el pensar que aquí busca expresarse en una palabra.» (HGA 7, 101).

    La interpretación de Heidegger está guiada por su valoración crítica de la recepción del Zaratustra, a la que, en ¿Quién es el Zaratustra de Nietzsche? (1954), reprocha haber malentendido la obra: «¡Con qué inquietante exactitud se ha cumplido este subtítulo de la obra en los setenta años transcurridos desde su aparición, aunque precisamente en sentido inverso! Se convirtió en un libro para cualquiera, y todavía no ha aparecido ningún pensador que estuviera a la altura de la idea fundamental de este libro y pudiera medir el alcance de su procedencia.» (ibid.).

    Según Higgins, quien reprocha con razón a Heidegger que su interpretación contradice la formulación tajante de Nietzsche, el Zaratustra no estaría pensado para un grupo elitista, sino sencillamente «para nadie». Higgins distingue, a propósito del subtítulo, entre los discursos dirigidos a destinatarios y los discursos autorreferenciales: la mayor parte de los discursos de Zaratustra estaría destinada a un público, mientras que otros tendrían el carácter de «meditaciones privadas» (→ Higgins 1987, 96) y, por ello, no estarían dirigidos a «nadie» salvo al propio Zaratustra.

    Además, la fórmula paradójica «para todos y para nadie» ha suscitado otras interpretaciones en la investigación sobre el Zaratustra. Se la ha relacionado con el problema del comprender, al que se han enfrentado desde siempre los profetas y fundadores de religiones. El subtítulo señalaría, por una parte, la pretensión de Nietzsche de conferir a su obra un significado universal y, por otra, que cuenta con permanecer incomprendido (→ Braun 1998, 26). En una línea semejante, Groddeck (2016, 423) entiende el subtítulo como una alusión al «querer no ser comprendido, sí, al querer no ser comprendido». Asimismo, «para todos y para nadie» puede leerse como una indicación de la intempestividad del Zaratustra: una obra que no puede ser comprendida porque llega demasiado pronto (y que, en ese sentido, resulta «para nadie»), o porque su artificio estético extraordinariamente complejo dificulta la comprensión (→ Alderman 1977, 96).

    En la cuarta parte del Zaratustra se encuentra una referencia directa al subtítulo que respalda esta interpretación. Allí, al comienzo de su actuación, Zaratustra reconoce retrospectivamente haber cometido «la necedad del ermitaño» de salir al «mercado» para hablar públicamente a todos los hombres, con el resultado de que no alcanzó a nadie con su discurso: «Y cuando hablé a todos, hablé a nadie.» (356, 6).

    El propio Nietzsche se muestra sorprendentemente inseguro acerca de los destinatarios de su obra en una carta a Heinrich Köselitz del 3 de agosto de 1883. Allí adopta la actitud distanciada de un observador externo…un destinatario que contempla su propia interpretación con cierta inseguridad:

    «Si comprendo plenamente el primer Zaratustra, entonces quiere dirigirse precisamente a quienes, viviendo en el tumulto y en medio de la chusma, o bien llegan a convertirse por completo en víctimas de ese efecto de distanciamiento (del asco, en determinadas circunstancias), o bien tienen que desprenderse de él.» (KSB 6/KGB III 1, n.º 446, p. 418, l. 31–35).

    Sobre este peculiar distanciamiento de Nietzsche respecto de su propia autoría, véanse también las consideraciones de Ecce homo, Así habló Zaratustra, §3, donde aproxima el proceso de gestación del Zaratustra a la inspiración divina y describe al poeta como el «medio de poderes superiores» (Medium übermächtiger Gewalten) (KSA 6, 339, 14).

  • Prólogo – sección (x)

    El apartado final del prólogo retoma la situación inicial desarrollada en el primer apartado y dota así a todo el prólogo de una estructura cíclica. De nuevo Zaratustra está solo con sus animales y de nuevo planea su partida hacia los hombres. Al mismo tiempo, sin embargo, sigue estando claramente bajo la impresión de las experiencias del día anterior, de las cuales intenta extraer consecuencias para su proceder ulterior. Se vislumbra que su búsqueda de compañeros adecuados y de receptores atentos a su doctrina no será fácil, pues en su lugar se encuentran ahora sus animales, los compañeros de su soledad, que ya antes le habían hecho compañía en la montaña (cf. 11, 13). Así termina el prólogo con la contradicción de que Zaratustra, que se prepara para su actuación futura, se ve remitido a la comunidad de sus animales (sobre los animales cf. NK 27, 9–22). Los animales le están más cerca que los hombres; un borrador de Za III formula explícitamente: «En n i n g ú n hombre se encuentra a sí mismo – así busca a los a n i m a l e s» (NL 1883, KSA 10, 16[86], 568, 18 s.). De sus animales recibe Zaratustra amistad y cuidado, es decir, una atención empática considerada comunitaria, como la que los hombres que ha encontrado hasta ahora no le han brindado. Al mismo tiempo, les atribuye, con orgullo y astucia, las virtudes que él mismo cree necesitar y con las que quiere protegerse para lo que le espera. De manera paradójica, promete recibir de los animales fortalecimiento y orientación para su actuar profético entre los hombres (cf. NK 27, 16 s.): «¡Quieran guiarme mis animales!» (27, 21 s.)

    Ya el estadio de borrador en N V 8 gira en torno a la función de guía y orientación que Zaratustra atribuye a sus animales en espera de una existencia peligrosa «entre los hombres»: «Así habló Z. y miró hacia arriba, al sol: entonces oyó el agudo grito de un ave rapaz muy por encima de él. Un águila volaba en grandes círculos sobre el bosque en el que Z. lloraba, y una serpiente colgaba de su pico. “Son mis animales”, dijo Z., “el más orgulloso animal bajo el sol y el más astuto animal bajo el sol han salido de expedición: quieren averiguar si Z. aún vivía. Pues (1) es peligroso (2) peligroso es (1,2) entre los hombres. Y así lo juro también ante mis animales: ¡quiera yo ser astuto de raíz, como mi serpiente, y orgulloso de raíz, como mi águila, y quiera mi orgullo llevar siempre a mi astucia en el pico! Así estaré también entre los hombres.” Y Z. suspiró y dijo a su corazón: “¡Quisiera ser más astuto! ¡Quisiera /87/ ¡Quisiera ser más astuto! ¡Quiera yo ser astuto de raíz como mi serpiente! ¡Pero entonces le ruego a mi orgullo que nunca se aparte de la astucia: quisiera ser señor a dondequiera que ella vaya”» (N V 8, 85 y 87; KGW VI 4, 32). Y N V 8, 99 continúa: «“¡Quisiera ser más astuto! ¡Quiera yo ser astuto de raíz, como mi serpiente! Pero con eso pido imposibles: así que le ruego a mi orgullo que siempre vaya con mi astucia. Y si algún día me abandona mi astucia: – ¡ay, a ella le gusta vagar sola, abandonarme, volar a otros!, ¡quiera entonces mi orgullo ir todavía con mi locura alada! – volar y no!” / Así habló Z.» (KGW VI 4, 32)

    27, 8–13 Esto había dicho Zaratustra a su corazón cuando el sol estaba en el mediodía: entonces miró interrogante hacia lo alto – pues oyó sobre sí el agudo grito de un ave. ¡Y he aquí! Un águila surcaba el aire en amplios círculos, y de ella pendía una serpiente, no como una presa, sino como una amiga: pues se mantenía enrollada alrededor de su cuello. Ya Heidegger señaló en su conferencia de 1937 que la aparición de los animales de Zaratustra no es en modo alguno «arbitraria», sino que está inserta en una configuración simbólica – y cuanto más se avanza en la comprensión de la obra Za, tanto más «simple e inagotable» se revela la imagen del águila circulante (HN 1, 265). En efecto, desde la perspectiva de una lectura avanzada se puede ver que aquí se reúnen en forma comprimida motivos centrales de la obra. Está, en primer lugar, la hora del día del mediodía, de la que se habla aquí por primera vez y a la que en el sistema de referencias simbólicas de Za le corresponde un importante papel en un doble sentido: por un lado, a partir del final de Za I se habla una y otra vez leitmotivicamente del «gran mediodía» como el momento visado de un viraje existencial de importancia histórica y colectiva revolucionaria (cf. NK 102, 6–9; sobre las múltiples connotaciones mitológicas del motivo del mediodía véase también ÜK Za IV «Mediodía» y → Grätz 2021). Por otro lado, «la hora del mediodía […] cuando el sol estaba justo sobre la cabeza de Zaratustra» (342, 5 s.), le concede a Zaratustra en Za IV «Mediodía» un momento, sentido como dichoso, de salida del tiempo y una experiencia de eternidad. Además, el mediodía y la serpiente, que puede cerrar su cuerpo formando un círculo, forman en Za y en las anotaciones del entorno de Za una configuración simbólica que remite a la eternidad y al pensamiento del eterno retorno. Dos anotaciones póstumas evocan explícitamente a la serpiente como signo de la eternidad: «El sol del conocimiento está una vez más en el punto medio de la serpiente de la eternidad en su luz – – es v u e s t r o tiempo, ¡hermanos del mediodía!» (NL 1881, KSA 9, 11[196], 519, 18–20). Otra anotación habla del «sol en el punto medio» y de la «serpiente que se llama eternidad» como dos fenómenos que aparecen simultáneamente (NL 1882, KSA 10, 2[9], 45, 23–25). Además, el motivo de la serpiente está presente en el texto también mediante desplazamiento metonímico. Así aparece en Za IV «Mediodía» el símbolo de un «aro redondo de oro» (344, 14).

    Como los dos animales simbólicamente contrapuestos del Apocalipsis (Gerhardt 2011d, 337), águila y serpiente son componentes fijos de la iconografía cristiana. La lucha victoriosa del águila contra la serpiente constituye un motivo central, configurado una y otra vez desde la Edad Media, que representa visualmente el triunfo de Cristo sobre el mal (cf. → Schmidt/Schmidt 2007, 37). Sin embargo, la tradición de esta enemistad animal se remonta más atrás; el antagonismo de águila y serpiente es, como → Wittkower 1939 demuestra aduciendo numerosas fuentes textuales e iconográficas, un antiguo motivo mitológico que abarca las culturas y que, como eslabón entre el mundo de pensamiento cristiano y el antiguo persa, encaja perfectamente en el mundo sincrético de Za. La cosmología zoroástrica se basa en el eterno conflicto entre el dios de la luz Ahura Mazda, que es asociado con la figura del águila, y su adversario Ahriman, que encarna la oscuridad y el mal y es representado casi siempre como un dragón (→ Wittkower 1939, 297) – lo que apunta a la gran influencia de la mitología védica en el desarrollo del pensamiento religioso de la antigua Persia y también de la India. Pues la hostilidad entre el ave rapaz Garuda/Suparna y la serpiente Naga es un motivo también conocido y extendido en la literatura india temprana (ibíd., 298–300). Hasta hoy, el escudo de armas mexicano y las monedas de peso muestran un águila que sostiene una serpiente en sus garras, lo que recuerda la leyenda indígena sobre la fundación de la ciudad de Tenochtitlan (hoy Ciudad de México), según la cual la muerte de una serpiente por un águila señalaba el lugar donde debía surgir la capital del nuevo imperio (ibíd., 305).

    También en la Antigüedad clásica, como → Thatcher 1977, 242 subraya, la lucha entre águila y serpiente es una imagen muy utilizada. En la Ilíada (XII 201–207) los troyanos interpretan el vuelo de un águila que lleva una serpiente como presagio de la victoria de los aqueos sobre su propio campamento: «ὄψις γάρ σφιν ἐπὶ πέραν ἐπὶ πέραν ἐπὶ πέραν ἐπὶ πέρας ἐπὶ πέρας ἐπὶ πέρας ἐπὶ πέρας ἐπιπλέον» (Homero 1855, 235; «Pues les salió al encuentro un ave, cuando justo estaban ardiendo en deseos de cruzar, un águila que vuela alto, que atravesó al pueblo por la izquierda, llevando en sus garras un enorme dragón de color púrpura, que aún estaba vivo y se retorcía; y aún despedía ardor de lucha. Pues mordía al águila que lo sostenía en el pecho cerca del cuello, torciendo la cabeza hacia atrás; esta, por tanto, lo arrojó lejos de sí a la tierra, porque sufría demasiado dolor, y lo dejó caer en medio del tumulto del ejército, mientras ella misma se alejaba zumbando con el soplo del viento tempestuoso», Homero 1854, 1, 283). El coro en Antígona de Sófocles (110–125) compara el ataque de los argivos contra Tebas igualmente con el ataque de un águila a una serpiente: «Ὅς ἐφ’ ἀμέτρᾳ γᾶ Πολυνείκους / ἀφεῖκε νεκέων ἐξ ἀμφιλόων / ὄξει κλάζων / αἰετὸς ἐς γὰν ὡς ὑπερέπτα, / λευκῆς χιόνιος πτέρυγι στεγανός / πολλῶν μεθ’ ὅπλων / ξύν θ’ ἱπποκόμιος κορύβευσιν. / […] / τοῖος ἀμφὶ νῶτ’ ἐτάθη / πάτανος Ἄρεος ἀντιπάλῳ δυσχείρωμα δράκοντι.» (Sófocles 1858, 218 [subrayados del ejemplar de N., en el que los versos 110–116 están marcados en el margen izquierdo]; «Como el águila con sonoro clamor vuela alrededor / Del campo, así Polinices, impulsado / Por la ira de la lucha fratricida; / Resplandeciente en la armadura, y agitado / Por el ondeante penacho del yelmo, / Planeaba en sus alas, blancas como la nieve. […] / Tal se tendió en torno al lomo / la garra de Ares, presa difícil para el dragón», Sófocles 1823, 13 s.). El motivo de la captura de una serpiente por un águila es parodiado en Los caballeros de Aristófanes (VV. 197–201), donde el protagonista Demóstenes remite a un oráculo cuyo contenido recuerda fuertemente al presagio narrado en Ilíada XII 201–207. También Horacio (Odas IV 4, 1–18) se sirve de la imagen para cantar una victoria del comandante militar romano Nerón Claudio Druso en Recia: «Qualem ministrum fulminis alitem, / Cui rex deorum regnum in avis vagas / Permisit, expertus fidelem / Iuppiter in Ganymede flavo) / Olim iuventas et patrius vigor / Nido laborum propulit inscium, / Vernique iam nimbis remotis, / Insolitos docuere nisus / Venti paventem, mox in ovilia / Demisit hostem vividus impetus, / Nunc in reluctantes dracones / Egit amor dapis atque pugnae; / […] / Videre Raetis bella sub Alpibus / Drusum gerentem Vindelici» (Horacio 1872, 1, 96 s.; «Cual el alado servidor del rayo, / A quien el rey de dioses el imperio / De las errantes aves confió, / Hallado fiel en el rubio Ganimedes) / Antaño el juvenil brío y el valor paterno / Lo impulsan fuera del nido, ajeno a las fatigas, / Y los vientos primaverales, ya alejadas las nubes, / Le enseñan, temeroso, los no acostumbrados esfuerzos; / Pronto un ímpetu vivo lo abate como enemigo en los apriscos, / Ya lo impulsa amor de presa y de lucha contra los resistentes dragones; […] / Vieron los vindélicos, bajo los Alpes réticos, / A Druso haciendo la guerra», Horacio 1872, 96 s. [traducción de Ch. W. Binder]).

    Debido a la sobreabundancia histórico-cultural del combate entre águila y serpiente, no se puede identificar una fuente específica de N.; más bien debe de haber entrado en contacto con el motivo a través de múltiples canales. → Janz 1978, 2, 229 (como ya antes → Wittkower 1939, 325) señala el poema épico The Revolt of Islam (1818, La rebelión del Islam) de Percy Bysshe Shelley, contenido en el volumen Shelley’s poesía obras traducido por Julius Seybt, que el joven N. incluyó en su lista de libros deseados en una carta a su hermana de finales de noviembre de 1861 (véase KSB 1/KGB I 1, Nr. 288, S. 188, Z. 48 s.). En Shelley, el yo narrador habla de una lucha entre la luz y las tinieblas y cree observar cómo en el aire «anillos de serpiente» envuelven a un águila volante como «cadena de tormento», hasta que tras una lucha tenaz la serpiente cae «dormida» a la tierra (Shelley 1844, 207). → Thatcher 1977 menciona otras posibles fuentes de N., en particular la Histoire des Perses d’après les auteurs orientaux, grecs et latins (1869) de Gobineau, donde el rey persa Djem observa en el cielo una lucha entre águila y serpiente (cf. Gobineau 1869, 1, 95 s.). Además, Thatcher remite a la Simbolik und Mythologie der alten Völker, besonders der Griechen (1836–1843) de Creuzer, que N. ya consultó durante el trabajo en GT, y según la cual el dualismo zoroástrico de Ormuz (luz) y Ahriman (tinieblas) es simbolizado por la oposición entre «halcón» o «águila» (Creuzer 1836–1843, 1, 221) y «dragón serpiente» (ibíd., 223).

    Pero N. rompe con la tradición del motivo al transformar el emblema de la lucha en uno de la armonía y mostrar al águila y a la serpiente en amistosa concordia. No como una «cadena de tormento» estrangulante como en Shelley, sino «como una amiga», la serpiente yace enrollada alrededor del cuello del águila. Diferente es un borrador póstumo en el que los animales de Zaratustra, iniciada por la agresión de la serpiente, se destrozan mutuamente y la visión de la carnicería debe ser a su vez el desencadenante de la propia muerte de Zaratustra: «Cuando todos se han ido, Zaratustra extiende la mano hacia la serpiente; ¿qué me aconseja mi astucia? – ella lo muerde. El águila la desgarra, el león se abalanza sobre el águila. Cuando Zaratustra vio la lucha de sus animales, murió.» (NL 1883, KSA 10, 16[45], 513, 16–19). Pero este plan no se lleva a cabo, sino que, al contrario, N. transforma la relación antípoda, determinada por la enemistad, de águila y serpiente, que en muchas culturas se identifica simbólicamente con el contraste arquetípico de claro y oscuro, bien y mal, en el emblema de una amistad que concilia los opuestos. → Thatcher 1977, 258 deduce de ello una visión conciliadora político-histórica, «a vision of pre-Socratic and pre-Christian truth» (cf. críticamente → Sanchino Martínez 2019, esp. 168; cf. también → Honneth 2002, 399). Una notable cercanía a la configuración del motivo orientada a la armonía por parte de N. se encuentra en un lugar apartado en la descripción de Carl August Böttiger del proyecto no realizado de una columna triunfal moscovita antinapoleónica, en la que, según la idea, «el águila doble rusa abrazaría un globo terráqueo dorado y la serpiente que se muerde la cola, el anillo de la eternidad, como signo de la perduración, tendría en el pico como buen presagio» (Böttiger 1814, s. p.). → Skowron 2002, 30 s. recuerda la cercanía con el símbolo zoroástrico Pravashi (también «hombre alado»), que simboliza el ser inmortal de un hombre y, como disco alado, vincula icónicamente ave y círculo.

    En su aparición pareada como animales de Zaratustra, serpiente y águila están presentes con diferente intensidad en las cuatro partes de la obra. En Za I aparecen solo en el prólogo. Algo similar ocurre en Za II, donde solo se les menciona en el capítulo inicial «El niño con el espejo». Zaratustra se dirige a ellos justo en el momento en que su conciencia de misión ha despertado de nuevo: «¿Qué me ha sucedido, animales míos? – dijo Zaratustra. ¿No estoy transformado!» (106, 11 s.) Durante la estancia en las islas afortunadas es cuidado por sus animales, lo que se hace evidente retrospectivamente cuando en Za III «El regreso» recupera al mismo tiempo que su soledad también la compañía de sus animales. Pocos capítulos después, los animales tienen su aparición central en Za III «El convaleciente», cuando intentan concienciar a Zaratustra sobre su papel profético: «Pues tus animales lo saben bien, oh Zaratustra, quién eres y debes llegar a ser: he aquí,

    tú eres el maestro del eterno retorno

    – ese es ahora tu destino» (275, 28–30). En Za IV, donde el papel de los animales está configurado de la manera más plástica, les corresponde una función diferente. Como familiares compañeros de Zaratustra, águila y serpiente aparecen no solo en el nivel de las figuras, sino como representaciones sígnico-alegóricas de propiedades que Zaratustra se atribuye a sí mismo o sobre las que le gustaría disponer (cf. NK 27, 16 s.). Además, adquieren significado simbólico y metafórico en el discurso de las figuras. En general, en el bestiario de Za se presentan animales de todo tipo en discurso figurado como comparación, metáfora y alegoría. El espectro abarca desde insectos y parásitos hasta aves y reptiles, hasta mamíferos como tigres y monos (cf. la colección de ensayos → Acampora/Acampora 2004, la visión general → Braun 2009 y sobre la relación entre animal y hombre → Reschika 2003).

    Precisamente también el motivo de la serpiente es significativo en diferentes niveles de la obra: la serpiente no solo aparece junto con el águila como compañera de Zaratustra, sino que además está en el centro de narraciones parabólicas (cf. Za I «De la mordedura de la serpiente», Za III «De la visión y el enigma»), y es utilizada comparativa y figuradamente en el discurso de las figuras en diversas ocasiones. → Pfotenhauer 1985, 309 ve en Za puesta en escena la ambivalencia histórico-cultural de la serpiente, que en connotación negativa, especialmente en la tradición del Antiguo Testamento, hace visible las amenazas para el hombre, pero como animal que muda la piel significa rejuvenecimiento y renovación (cf. también → Pappas 2004). El símbolo de la serpiente que tiene la cola en la boca (Ouroboros o también Uroboros) está ya sumamente presente en la iconografía del Antiguo Egipto y se analogiza con el curso cíclico del sol (cf. → Assmann 2019). El Ouroboros representa la infinitud y la eternidad, la paradoja de un comienzo sin principio, y sugiere dentro de Za la referencia al eterno retorno. Esto puede apoyarse mediante una anotación póstuma que vincula la serpiente «serpiente de la eternidad» con el motivo del mediodía: «El sol del conocimiento está una vez más en el mediodía; y en su luz yace la serpiente de la eternidad – es v u e s t r o tiempo, ¡hermanos del mediodía!» (NL 1881, KSA 9, 11[196], 519, 18–20; cf. sobre el mediodía NK 102, 6–10). Así que es plausible cuando → Winter 2010, 457 entiende a la serpiente enrollada circularmente como una «primera indicación inconfundible de la doctrina del retorno» en Za (así ya → Jaspers 1981 [1936], 355; cf. también → Groddeck 1991, 2, 26). Pero hay que subrayar la peculiar configuración mitopoética del motivo de la serpiente por parte de N., quien ciertamente se apoya en la tradición del Ouroboros, pero no fija en modo alguno a la serpiente en su significado como símbolo del retorno, sino que más bien le asigna en diferentes contextos un significado diferente (similar → Sidowska 2022, 80 s., que habla de una «codificación múltiple»).

    En un lugar destacado aparece el símbolo de la serpiente al final de Za I en la forma del regalo de despedida de los discípulos, que entregan a Zaratustra un bastón, «en cuyo puño de oro una serpiente se enroscaba alrededor del sol» (97, 9 s.; cf. NK 97, 8–10), que él interpreta como «serpiente del conocimiento» (99, 22). Por lo demás, a la serpiente le corresponden en Za connotaciones predominantemente negativas. En parte como motivo de asco, expresa lo repulsivo de ciertos comportamientos humanos. Así, Zaratustra señala la maldad de humanas «serpientes de cascabel» (185, 7 y 13), caracteriza al hombre como una «maraña de salvajes serpientes» (46, 30), que recorren el mundo ávidas de presa, o habla del «enroscamiento de serpientes» (158, 21) y la «inmundicia de serpientes» (158, 25) del mero conocer. Un lugar peculiar es el valle en Za IV que los pastores llaman «Muerte de serpientes» (327, 19), porque en él se retiran a morir «una especie de feas, gruesas y verdes serpientes» (327, 17). Especial atención ha recibido en la investigación la memorable episodio de la «negra y pesada serpiente» (201, 25) que en la narración del sueño de Za III «De la visión y el enigma» se ha mordido en la garganta del pastor (cf. NK 4/2, 201, 23–26 y Biondi 2001).

    También el águila está entretejida como motivo individual en el entramado de motivos de Za. El significado que se le atribuye resulta ser claramente más consistente que el de su «amiga» la serpiente y sigue la tradición del motivo, que no solo hizo del águila, como gran ave rapaz con fuerte pico y fuertes garras, mitológicamente la predestinada matadora de serpientes, sino que impulsó su carrera como animal heráldico, que expresa capacidad defensiva, pretensión de dominio y soberanía. En Za, el águila aparece correspondientemente como emblema del gran individuo. Así, Za II «De la chusma» la asocia con la grandeza heroica y la sublimidad de la existencia excepcional, que lleva una vida solitaria y orientada al futuro, destacada sobre la masa de los hombres. «Y como vientos fuertes queremos vivir sobre ellos, vecinos del águila, vecinos de la nieve, vecinos del sol: así viven los vientos fuertes» (126, 27–29). Zaratustra, que sin embargo se califica a sí mismo como «heredero» y alardea de tener un «estómago de águila» (241, 12), habla en Za IV «Del hombre superior» del «valor de ermitaño y de águila» (358, 21): «Quien ve el abismo, pero con ojos de águila, quien con garras de águila c o g e el abismo: ese tiene valor» (358, 26 s.). El abismo puede entenderse como una indicación del «pensamiento más abismal» (271, 5), el pensamiento del eterno retorno, y ya el capítulo del retorno Za III «De la visión y el enigma» recomienda el valor «en los abismos» (199, 6). Esta cadena de asociaciones – águila, valor, abismo, eterno retorno – es respaldada por el canto del mago en Za IV «La canción de la melancolía», donde se presenta y varia el motivo del águila que no rehúye los abismos y desgarra corderos, hablándose de abismos que «se enroscan en profundidades siempre más profundas» (373, 5), lo que evoca la imagen de la serpiente que en Za I Prólogo 10 yace «enroscada» alrededor del cuello del águila.

    27, 16 s. El más orgulloso animal bajo el sol y el más astuto animal bajo el sol – han salido de expedición. Cuando Zaratustra atribuye a sus animales orgullo y astucia, entonces hace suyos patrones tradicionales de interpretación alegórica de animales y les asigna la función de proyectar la imagen de una combinación ideal de las propiedades a las que él mismo aspira. Pues él quisiera estar provisto de la astucia de la serpiente y del orgullo del águila. En el monólogo que sigue lo ruega por ello: «¡Quisiera ser más astuto! ¡Quiera yo ser astuto de raíz, como mi serpiente! / ¡Pero con eso pido imposibles: así que le ruego a mi orgullo que siempre vaya con mi astucia! / ¡Y si algún día me abandona mi astucia – ay, a ella le gusta huir volando! – quiera entonces mi orgullo volar aún con mi locura!» (27, 23–28, 2). Ya Heinrich Heine retoma en Los estados franceses (art. 2) el antagonismo águila-serpiente para la caracterización de personas – habla de Napoleón como un genio que habría unido en sí el componente de águila y el de serpiente, «en cuya cabeza las águilas del entusiasmo anidaban, mientras que en su corazón se enroscaban las serpientes del cálculo» (Heine 1861–1866, 7, 71).

    Una anotación póstuma de N. del verano/otoño de 1882 sugiere concebir a los animales como componentes del yo inconsciente de Zaratustra, que permanecen capaces de decidir y actuar cuando no lo está la parte consciente de su yo: «“Serpiente – habló Zaratustra –, tú eres el más astuto animal bajo el sol – tú sabrás lo que fortalece un corazón – mi astuto corazón – yo no lo sé. Y tú, águila, tú eres el más orgulloso animal bajo el sol, toma el corazón y llévalo allí donde él anhele – el más orgulloso corazón – yo no lo sé”» (NL 1882, KSA 10, 3[1]417, 103, 23–27). Mientras que Zaratustra refiere a sí mismo las virtudes de los animales y les asigna como tarea la compensación de sus propias deficiencias, los hombres superiores en Za IV aplican otra medida a su relación con sus animales. El escrupuloso del espíritu sostiene en «De la ciencia» la tesis, realmente darwiniana e improntada evolutivamente, de que el hombre se ha perfeccionado en la competencia con los animales salvajes: «A los animales más salvajes y valientes les ha envidiado y robado todas sus virtudes: solo así se convirtió – en hombre. / Y este valor, finalmente refinado, espiritual, intelectual, este valor humano con alas de águila y astucia de serpiente: e s t e , me parece, se llama hoy – / “¡Z a r a t u s t r a!” – gritaron todos los que estaban reunidos, como con una sola boca» (377, 19–25). Según el unánime juicio de los hombres superiores, Zaratustra sería, pues, comprendido como producto de una relación de competencia entre animal y hombre orientada a la intensificación. Ciertamente, la escena apunta ante todo al efecto cómico, y habrá que preguntarse si no se trata más bien de una apropiación paródica de patrones argumentativos darwinianos. Evidente es en todo caso que a los «animales simbólicos» de Zaratustra no les corresponde ningún significado simbólico fijo, sino que de manera lúdico-experimental se aplican a ellos diferentes registros interpretativos. Esto se muestra no en último término cuando en 377, 21–23 los animales no se vinculan con «orgullo» y «astucia», sino con «valor» y «astucia», mientras que antes en Za IV «La bienvenida» se habla todavía del «orgullo» del águila (347, 1) y de la «astuta[1] serpiente» (ibíd., 2).

    27, 20–26 ¡Más peligroso lo encontré entre los hombres que entre los animales, por caminos peligrosos va Zaratustra. ¡Quieran guiarme mis animales! / Cuando Zaratustra hubo dicho esto, se acordó de las palabras del santo en el bosque. Cuando más tarde en Za III «El regreso» Zaratustra hace desfilar retrospectivamente la situación con palabras idénticas, introduce allí al mismo tiempo el concepto de «desamparo» para el sentimiento de estar desterrado entre los hombres: «[…] ¿sabes aún, Zaratustra? Cuando entonces tu ave gritaba sobre ti, cuando estabas en el bosque, indeciso, ¿hacia dónde? sin saber, cerca de un cadáver: – / – cuando dijiste: ¡quieran guiarme mis animales! ¡quieran guiarme mis animales! ¡Más peligroso lo encontré entre los hombres que entre los animales! – E s o era desamparo!» (232, 3–9). La indicación de las «palabras del santo en el bosque» se refiere al encuentro con el ermitaño en Za I Prólogo 2, que advierte a Zaratustra del peligro que significa para él, el consciente de su misión, el contacto con los hombres y le exhorta: «¡No vayas a los hombres y quédate en el bosque! ¡Ve más bien aún a los animales!» (13, 24 s.). La especial peligrosidad del hombre es concebida más tarde como una superación paradójica de los animales en cuanto a bestialidad y crueldad. Zaratustra formula de manera aguda en Za III «El convaleciente»: «El hombre, en efecto, es el animal más cruel» (273, 17 s.; cf. NK 4/2, 273, 15–21).

    27, 23–28, 2 Cuando Zaratustra hubo dicho esto, se acordó de las palabras del santo en el bosque, suspiró y habló así a su corazón: / ¡Quisiera ser más astuto! ¡Quiera yo ser astuto de raíz, como mi serpiente! / ¡Pero con eso pido imposibles: así que le ruego a mi orgullo que siempre vaya con mi astucia! / ¡Y si algún día me abandona mi astucia – ay, a ella le gusta huir volando! – quiera entonces mi orgullo volar aún con mi locura! Sobre la relación entre astucia, locura y orgullo también gira la siguiente anotación de la época de surgimiento de Za I, aunque sin hacer uso de alegorías animales: «A veces quiero de ti: que seas astuto de raíz y que seas orgulloso de raíz: entonces tu orgullo irá siempre al lado de tu astucia. Irás por los senderos de la locura: pero también conjuro a tu locura para que siempre tome a tu orgullo como su acompañante. ¿Pero quieres ser necio – – –» (NL 1882/83, KSA 10, 4[234], 177, 4–9). En una anotación posterior del otoño de 1883, el hablante se encuentra abandonado por su «gata esquiva» Astucia y su Orgullo que vuela en las alturas, solo con su Locura que da volteretas: «Mi Astucia se alejó de mí, esa gata esquiva: mi Orgullo se precipitó en los aires! ese busca aventuras. / Aquí estoy sentado con mi Locura – el mundo quieto como un jardín, el aire cansado de muchos aromas. / ¡Qué querida necesidad me causa mi Locura: no quiere estar quieta en absoluto y siempre se cae de la silla – se cansará alguna vez de sí misma? / Tampoco se cansa de su canto: pero la melodía la ha aprendido de los niños, por la noche, cuando la purpúrea beatitud cuelga en el cielo. / Se la perdono, pues no sabe lo que canta; y porque estoy tan solo, canto con su absurdo – desesperándome, como ella a menudo se cae de la silla» (NL 1883, KSA 10, 18[52], 580, 5–17).

    28, 3 Así comenzó el ocaso de Zaratustra. Esta repetición literal de Za I Prólogo 1, 12, 10 subraya la disposición en forma de anillo del prólogo. Comienza y termina con el deseo de Zaratustra de ir a los hombres, donde el discurso del «ocaso de Zaratustra» sugiere ambas veces la posibilidad de su fracaso trágico. En Za III «El convaleciente» 2, sin embargo, se resume: «Así – t e r m i n a e l o c a s o d e Z a r a t u s t r a: – –» (277, 5). Sobre la ambigüedad del «ocaso», cf. NK 12, 1 s.