Los discursos de Zaratustra:observaciones panoramicas y de conjunto

El componente narrativo que, en el Prólogo de la Primera Parte, perfila los acontecimientos como la historia de Zaratustra y les confiere un hilo cronológico de la acción queda en la Primera Parte de Zaratustra (Los discursos de Zaratustra) en gran medida relegado. Tan solo cuatro de los veintidós capítulos comienzan con un breve informe del narrador («De las cátedras de la virtud», «Del árbol de la montaña», «De la picadura de la víbora», «De la virtud que regala»). La mayoría de los capítulos se inicia de manera inmediata con el discurso directo del protagonista. En «De los trasmundanos» y «De las mil y una metas», Zaratustra asume primero la función del narrador, hablando inicialmente de sí mismo en tercera persona y resumiendo acontecimientos pasados (cf. 35, 2–4; 74, 2–8), antes de pasar rápidamente a la primera persona. Como consecuencia de este amplio retroceso del narrador, toda la atención recae en la palabra pronunciada, en los discursos de Zaratustra, que, pese a sus frecuentes apelaciones a los oyentes, poseen un carácter esencialmente monológico. En consonancia con ello, también la acción exterior queda reducida a un mínimo esquemático, con el efecto de que Zaratustra parece hablar como si estuviera en un espacio vacío.

La ausencia de un hilo narrativo que los enlace hace que los «discursos», a diferencia de las secciones del Prólogo, parezcan a primera vista intercambiables en su orden de sucesión. No solo es laxo el vínculo entre los distintos discursos, sino que también la composición interna de cada uno sigue a menudo un estilo de ordenación asociativa. Para ello, Nietzsche reutiliza colecciones de sentencias preparadas con anterioridad. Como base especialmente importante emplea, ante todo, la colección «En alta mar» (Auf hoher See), redactada en el verano y otoño de 1882. La estructura de pequeñas unidades que de ello resulta puede observarse de manera ejemplar, por ejemplo, en el discurso «Del leer y el escribir». Está compuesto por sentencias o aforismos aislados que se agrupan con cierta libertad en torno a un núcleo conceptual o temático y cuya conexión recíproca presenta un carácter asociativo y abrupto. El predominio de estos elementos estructurales de pequeña escala invita a interpretaciones excesivamente minuciosas, que investigan el contenido imaginativo y semántico de frases y sentencias individuales; un procedimiento que resulta disgregador y amenaza con descomponer el texto en una multitud de facetas aisladas.

Los «discursos de Zaratustra» tienen una intención profundamente provocadora; están animados por el impulso de desenmascarar y por el propósito de poner al descubierto motivaciones impuras para la acción y actitudes vitales nocivas. Zaratustra actúa como vigilante, como agitador demagógico y como anunciador profético que desenmascara a los grupos socialmente dominantes como seductores del pueblo y previene contra sus falsas doctrinas. Cuando con frecuencia se dirige, mediante una apelación directa, de manera agresiva contra determinados grupos —«¡vosotros, despreciadores del cuerpo!» (40, 32), «¡vosotros, jueces y sacrificadores!» (45, 2)—, se trata de un recurso retórico, de una estrategia de polarización (cf. → Stegmaier 2010, 251), destinada a mover al lector a tomar partido. Desde el punto de vista interno del texto, esos discursos se dirigen a unos seguidores que no se definen con mayor precisión y a quienes Zaratustra llama amigos, hermanos o discípulos (sobre las diversas denominaciones de los destinatarios cf. NK 15, 1); desde el punto de vista externo del texto, los destinatarios son los lectores de Zaratustra.

Zaratustra presenta «una crítica combativa de la moral y de la metafísica dominantes», de la que extrae consecuencias «para un filosofar futuro» (Stegmaier 2000a, 201) y para una nueva orientación ética tras la muerte de Dios (cf. → Fitzsimons 2007, 149). A las falsas doctrinas que denuncia contrapone máximas para una vida lograda, formuladas en su mayor parte de manera imperativa. Esas máximas abarcan una gran variedad de temas; → König (2021, 39) les atribuye una orientación tendencialmente universalista y señala que comprenden, entre otras cosas, prácticas culturales y formas de convivencia social como la amistad, el matrimonio, la sexualidad y el «morir correctamente». El punto de fuga de los «discursos de Zaratustra» es, como ya ocurre en el Prólogo, la doctrina de la autosuperación y de la renovación del ser humano. Su punto de convergencia común lo constituye la visión del superhombre, mencionada explícitamente en ocho de los veintidós capítulos.

Lampert (2012, 205) subraya el contraste con la aparición de Zaratustra en el Prólogo de la Primera Parte. Mientras que allí habría fracasado como maestro, los nuevos discursos «transmiten ahora con éxito la enseñanza de Zaratustra en este momento de su carrera». Sin embargo, esta conclusión debe matizarse, pues el éxito de sus discursos no puede medirse de momento, ya que la situación concreta en que son pronunciados sigue siendo tan indeterminada como el nuevo auditorio (cf. → Bennholdt-Thomsen 1974, 101). A diferencia de lo que ocurre con los discursos pronunciados en la plaza del mercado en el Prólogo, aquí se omiten por completo las reacciones de los oyentes. Por ello, al principio permanece abierta la cuestión de si el mensaje de Zaratustra cae ahora en un terreno más fértil.

Puesto que el primer discurso, «De las tres metamorfosis», comienza inmediatamente con las palabras de Zaratustra, falta en la transición entre el Prólogo y el discurso inaugural de «Los discursos de Zaratustra» cualquier indicación sobre el tiempo, el lugar o la situación. Así, no solo queda sin aclarar a quién habla ahora Zaratustra y cuánto tiempo ha transcurrido desde que, en el § 9 del Prólogo, tomó la decisión de buscar «compañeros vivos» (25, 24), sino también si llegó realmente a llevar a cabo ese propósito y de qué manera.

Solo el hecho de que ya en sus primeras palabras se dirija a un auditorio —«Tres transformaciones del espíritu os nombro» (29, 3)— y de que, en el curso de este primer discurso, emplee repetidamente la fórmula de tratamiento «hermanos míos», permite concluir que ha transcurrido cierto tiempo, que entretanto se han reunido seguidores a su alrededor y que ahora habla, de modo semejante a un nuevo Cristo, ante un círculo de discípulos.

Sin embargo, los rasgos externos del marco narrativo solo se perfilan poco a poco. Así, al final del discurso inaugural «De las tres metamorfosis», se menciona por primera vez «la Vaca Multicolor» como el nuevo lugar de actuación de Zaratustra (cf. NK 31, 16 ss.). Y cuando, en el octavo capítulo, «Del árbol de la montaña», dialoga con un discípulo concreto, de ello cabe concluir que efectivamente ha reunido seguidores en torno a sí. Esto se hace plenamente manifiesto en el capítulo final, «De la virtud que regala», donde, sin embargo, vuelve ya a despedirse de esos «discípulos» (97, 12), prometiéndoles un nuevo encuentro bajo el signo transformado del gran mediodía.

Aunque la disposición de los capítulos parece seguir a primera vista un simple principio de sucesión, la investigación ha propuesto diversas hipótesis acerca de su composición. Es indiscutible la función de marco desempeñada por los capítulos inicial y final. Precisamente por condensar el contenido de toda la Primera Parte, el primer discurso ha sido interpretado con frecuencia como una parábola de la superación del hombre o incluso como una anticipación de toda la acción (cf. UK Za I, «De las tres metamorfosis»).

Igualmente indiscutible es el papel excepcional del capítulo final, «De la virtud que regala», lo cual se pone ya de manifiesto por el hecho de que Zaratustra abandona allí un lugar concreto de actuación, dando a entender que el tiempo de sus discursos en la ciudad llamada «la Vaca Multicolor» ha concluido.

Lampert intenta demostrar principios compositivos más amplios. Considera que el octavo capítulo, «Del árbol de la montaña», y el decimoquinto, «De las mil y una metas», constituyen pilares estructurales que dividen «Los discursos de Zaratustra» en tres grupos de seis capítulos cada uno (de manera semejante a Meier 2017, 33, quien habla de «tres grupos de siete»). Según Lampert (1986, 31 ss.), los discursos 2 a 7 estarían orientados a la crítica de la antigua doctrina; los discursos 9 a 14 prepararían a los oyentes para las exigencias de la nueva doctrina; y los capítulos 16 a 21 servirían para fijar las «nuevas convenciones» (new conventions) (ibid., 32).

En el primer grupo, este intento de sistematización resulta todavía relativamente convincente; sin embargo, los capítulos asignados al segundo y al tercer grupo difícilmente pueden reunirse bajo un denominador común. Una lista manuscrita de capítulos correspondiente al invierno de 1882/83 confirma esta impresión, pues en ella los capítulos inicial y final aparecen efectivamente registrados como tales (el capítulo final bajo el título entonces diferente «De la santa autoestima»; NL 1882/83, KSA 10, 4[280], 186, 27). Sin embargo, «Del árbol de la montaña» (ibid., 186, 13) figura allí, conforme a la versión publicada, como octavo capítulo, mientras que «De las mil y una metas» (ibid., 186, 8) no aparece en el puesto decimoquinto, sino ya en tercera posición, lo que pone en duda la función de «pilar estructural» que Lampert y Meier le atribuyen.

La intensa trabazón del capítulo final con el § 1 del Prólogo determina la estructura global de la Primera Parte y confiere a la obra una composición circular: en el primer apartado del Prólogo formula…

Zaratustra formula en el Prólogo su propósito: «quiero regalar» (11, 19); y en el último capítulo no solo propugna de manera general el principio de una «virtud que regala», sino que él mismo se pone a regalar, con lo que parece sugerirse la reciprocidad del éxito de su actuación.

Y mientras el primer discurso del Prólogo de la Primera Parte comienza con el anuncio:

«Yo os enseño el superhombre» (14, 13),

al final de su último discurso exhorta a sus oyentes:

«¡Ahora queremos que viva el superhombre!» (102, 13 ss.).

Dentro del proyecto de Zaratustra, el capítulo final de la Primera Parte desempeña una importante función de bisagra. En un principio estaba concebido como conclusión de toda la obra; posteriormente, la decisión de continuarla y la composición de las partes siguientes lo convirtieron en un final meramente provisional. La despedida de los discípulos y la mirada profética hacia el futuro adquieren así el carácter de un simple intermedio, al que, en las Partes II a IV, seguirán nuevas despedidas y una gran cantidad de anuncios proféticos puestos en boca de Zaratustra.

Comentarios

Deja un comentario

Descubre más desde TheportableNietzsche

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo