3.
Ya en su primera aparición pública, Zaratustra se pone en escena como maestro del superhombre. Tras el interludio con el ermitaño, llega ahora «a la ciudad más próxima» (14, 9), con lo que alcanza a los hombres hacia los que, según Za I Prólogo 1, lo impulsa su sabiduría desbordante. En la plaza del mercado encuentra «mucha gente reunida» (14, 10), pues se espera la actuación de un funámbulo. Aprovecha la situación para hablar sin haber sido invitado a los reunidos y proclamarles, en un discurso de tres partes (Za I Prólogo 3–5), la doctrina del superhombre. Este discurso –el único de todo Za que se dirige «en el sentido amplio de manera exotérica a “todos”» (→ Honneth 2002, 159)– constituye la parte principal y clave sobre el superhombre en el conjunto de la obra de N.
Ciertamente, el adjetivo «sobrehumano» aparece en los escritos de N. varias veces a partir de 1870. Y ya en el temprano escrito juvenil Sobre las obras dramáticas de Byron (1861) utiliza una vez el sustantivo «superhombre», cuando declara a Manfred de Byron como el «superhombre dominador de espíritus» (BAW 2, 10). Pero solo en el transcurso del trabajo sobre Za el superhombre asciende a un concepto rector. Durante el breve lapso de casi un año, las anotaciones y ensayos de pensamiento de N. giran intensamente en torno a la idea del superhombre. Las notaciones más tempranas que se conservan datan del verano de 1882. En los meses siguientes, la frecuencia de las anotaciones aumenta rápidamente y alcanza su punto culminante en el plazo de medio año. La fase alta de las notaciones sobre el superhombre es el período inmediatamente anterior a la impresión de Za I, de noviembre de 1882 a febrero de 1883. A las anotaciones surgidas en este lapso corresponde más de la mitad de todas las menciones del superhombre.
Las notaciones de N. no esbozan un concepto fijo del superhombre, sino que experimentan con el concepto recién puesto en el centro, al que iluminan desde diferentes perspectivas (cf. al respecto → Haase 1984). Alternativamente, consideran el superhombre como algo ya creado o aún por crear; unas veces el hablante se diseña a sí mismo como generador del superhombre, otras un «nosotros» exhorta a producirlo. En forma de yo, una notación del invierno de 1882/83 formula: «Yo no pude p r e s c i n d i r de nada cuando creé al superhombre. Todo vuestro mal y vuestro error, vuestra mentira y vuestra ignorancia – todo está en su semilla.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[77], 136, 1–3) En el mismo cuaderno de notas N VI 1b se encuentra, en estrecha proximidad, la anotación: «Debemos preparar la tierra para el superhombre y también los animales y las plantas» (NL 1882/83; KSA 10, 4[78], 136, 17 s.). Después de la primavera de 1883, la palabra solo aparece esporádicamente hasta la aparición de Za IV (y más allá), lo que puede interpretarse como un indicio de que el superhombre ya había pasado a ese entonces del foco de interés de N. En los escritos tardíos, N. prefiere hablar del tipo superior, de mayor valía y distinguido; allí adquiere entonces también mayor peso el pensamiento de la crianza, que en Za solo se insinúa.
Zaratustra abre su discurso proselitista del superhombre programáticamente con las palabras: «¡Yo os enseño el superhombre!» (14, 13). Ya el comienzo da testimonio de la inmensa autoconciencia de aquel que se cree en posesión de un conocimiento capaz de inaugurar una época completamente nueva de la historia de la humanidad –y aún más: que pretende conducir más allá de la humanidad y fundar una era poshumana: «El hombre es algo que debe ser superado» (14, 13 s.). Cómo deba concebirse esta superación y qué caracteriza al superhombre es desde temprano sumamente controvertido en la recepción y la investigación. ¿Se trata de una metáfora ilustrativa, de un diseño utópico, de un concepto filosófico, o acaso representa el superhombre la doctrina filosófica central de N.? Con frecuencia se ha sostenido la opinión de que las exposiciones de Zaratustra sobre el superhombre están precisamente destinadas a escapar a la aprehensibilidad. → Riedel 2000, 39 habla de un «signo de interrogación y pensamiento». → Stegmaier 2011, 140 señala la tornasolada metafórica que «delinea el sentido del superhombre» sin que este «se vuelva aprehensible como un objeto». → Joisten 1994, 72 lo entiende como un «fenómeno estructural» que remite al hombre más allá de sí mismo. Según → Pippin 1988, 52, el superhombre es «a radically temporal, contingent, ideal»; «it answers only the specific, practical incoherence of the ideals of late bourgeois culture». Y → Honneth 2002, 162 ve el concepto usado como una «parábola» que apunta a una «superación» del hombre en el «sentido sobre-moral».
Junto a estas posiciones de la investigación que enfatizan la impropiedad del discurso sobre el superhombre, hay otras que quieren reconocer en él la visión más concreta de una renovación de la humanidad. Así, por ejemplo, → Pieper 1990, 53 habla de la exhortación a la superación del hombre «en su escisión como ser corporal-anímico», y según → Fleischer 1993, 67, Zaratustra enseña «el superhombre como la sobre-especie, que hay que crear». Desde temprano, el superhombre de N. fue concebido como una configuración visionaria de concepciones darwinistas y evolucionistas (cf. más detalladamente NK 14, 22–24). También se ha discutido en qué relación se encuentra el protagonista de N. con su doctrina del superhombre, y si acaso él mismo representa el primer ejemplar de la recién proclamada «especie» sobrehumana. → Resenhöfft 1972, 15 quiere observar en el transcurso de la acción de Za la «elevación de Zaratustra al superhombre», realizada mediante la superación victoriosa del pensamiento del eterno retorno – una posición que, sin embargo, no es en modo alguno consensuada y conduce directamente a la construcción investigadora de la sobrehumanidad (cf. NK 4/2, 274, 32–34). La resonancia del superhombre fue inmensa desde temprano, y más allá de las fronteras del idioma alemán; en correspondencia, el eco académico también es amplio y diverso. Cf., además de los autores ya citados, por ejemplo: → Benz 1961, → Brassard 1962, → Resenhöfft 1972, → Magnus 1983, → Conway 1989, → Fleischer 1993, → Jappinen 1994, → Conway 1998, → Pieper 2000, → Groddeck 2001, → Habermeier 2004, → Skowron 2004, Westfall 2005/06, → Waldschmidt 2006, → Knoll 2014, → Grätz/ Wenner 2018, → Flucher 2020, → Georg 2020.
Partiendo del texto, se puede constatar que la doctrina del superhombre es propagada por Zaratustra como una nueva promesa de sentido y es colocada expresamente en el lugar que ha quedado vacante por la muerte de Dios y la pérdida de validez de la religión.
Zaratustra formula de manera punzante en Za II «En las islas afortunadas»: «Hubo un tiempo en que se decía Dios cuando se miraba a mares lejanos; ahora, en cambio, os he enseñado a decir: superhombre» (109, 10 s.; cf. también 15, 7–10). Por ello, ya Leo Berg interpretó al superhombre como sustituto de Dios: «¡Así, a partir de un concepto se convirtió en un nuevo dios, después de que del antiguo dios se hubiera convertido en un concepto! […] Todos sus valores de atributos personales habían caído de él, pero fueron recogidos y se los han atribuido a éste» (→ Berg 1897, 74). Según la fuerza de sugestión de la metáfora del superhombre, el hombre no se mueve, sin embargo, hacia un otro divino-sobrehumano, sino hacia la forma de intensificación o superación de sí mismo, es decir, hacia su propio horizonte abierto. La sustitución de la oposición Dios/hombre por la oposición hombre/superhombre significa, por consiguiente, un salto cualitativo y puede entenderse como una exhortación al hombre a configurar él mismo su ser-hombre.
En Za I Prólogo 3, Zaratustra realiza múltiples intentos de determinación metafórica del superhombre, subrayando mediante la referencia a la naturaleza elemental su descomunal grandeza: «¡Mirad, yo os enseño el superhombre: él es este mar, en él puede hundirse vuestro gran desprecio!» (15, 22 s.), «¡Mirad, yo os enseño el superhombre: él es este rayo, él es esta locura!» (16, 15 s.). Aunque ambas determinaciones del superhombre están formadas lingüística y conceptualmente de manera análoga, la incompatibilidad de las imágenes aparece más fuerte que su elemento común: la repentinidad del rayo, la fuerza absorbente del mar – no pueden integrarse en una representación unitaria. Esto es característico de la metáfora del superhombre en N., que en su forma diversa y tornasolada hace tambalear al superhombre como supuesto concepto rector de N., al ofrecer diferentes posibilidades de asociación. Difícilmente se puede hablar de una doctrina concisa o de un concepto filosófico si se mira con más precisión el texto. Agudizando este hallazgo, → Schönherr 2018, 227 declara al superhombre como «lugar vacante, que se presta a ser llenado por las más diversas ideologías».
La doctrina del superhombre está señalada enfáticamente como una doctrina de la inmanencia que despide todas las «esperanzas ultraterrenas» (15, 2 s.): Zaratustra proclama al superhombre como «sentido de la tierra» (14, 29) y lo diseña, en contraste con las promesas de sentido cristianas y metafísicas, como un concepto de autoempoderamiento humano. No como redención, sino como autorredención perfila la idea de renovación vinculada a él. Encuentra su reflejo lingüístico en la exhortación insistente repetida anafóricamente cinco veces a la decisión, a la «hora en que digáis» (15, 27; 15, 30; 15, 33; 16, 3; 16, 6). Mediante la llamada imperativa «¡Vuestra voluntad diga: el superhombre s e a el sentido de la tierra!» (14, 29 s.), el superhombre es declarado como una instauración volitiva del hombre, lo que sugiere la sospecha de que no se trata primariamente de la proclamación de una nueva idea rectora, sino más bien de la autocomprensión del hombre como un ser poderoso sobre sí mismo, definible por sí mismo. La idea del superhombre representa, por tanto, la llamada al autoempoderamiento. Así, el superhombre, que debe superar al hombre, es presentado simultáneamente como concepto antropocéntrico que quiere poner en manos del hombre la posibilidad de la autosuperación y la autofundamentación de su existencia. De este modo, N. da su propia impronta al concepto de superhombre, documentado ya en el siglo XVI en lengua alemana (sobre la historia del concepto y de las ideas, cf. NK 14, 13), y crea la base para la carrera sin precedentes que hizo del superhombre su «marca» más popular y de mayor impacto.
Su protagonista no encuentra, sin embargo, una acogida entusiasta con su visión, sino que cosecha risas burlonas. El pueblo no quiere discursos, exige el espectáculo entretenido de la actuación del artista: «Ya hemos oído bastante del funámbulo; ¡ahora dejad que también lo veamos!» (16, 18 s.) A continuación, Zaratustra promociona al superhombre en dos intentos más, cambiando cada vez el registro retórico: en un discurso de amor apela primeramente a lo que le parece digno de aprecio en sus oyentes, a su potencial de autosuperación y autorrenovación (Za I Prólogo 4). Luego, en un discurso de odio y desprecio, les muestra ante los ojos lo que le parece repulsivo y absolutamente digno de ser superado (Za I Prólogo 5).
14, 13 ¡Yo os enseño el superhombre! Desde el comienzo mismo de su discurso, Zaratustra se presenta programáticamente en el papel de maestro del superhombre. La triple repetición insistente: «Mirad, yo os enseño el superhombre» (14, 28; 15, 22; 16, 15) articula y ritmiza esta primera parte de su discurso. Al final del apartado siguiente, Za I Prólogo 4, varía la fórmula –que por lo demás no tiene ninguna otra ocurrencia en Za– hasta convertirla en: «Mirad, yo soy un anunciador del rayo y una pesada gota de la nube: mas este rayo se llama superhombre» (18, 21 s.). Con ello, sitúa toda su actuación pública bajo el signo del superhombre y se presenta como un maestro filosófico-profético que aspira a nada menos que a la renovación de la humanidad. Proclama su doctrina en el tono autoseguro y autoritario de un mensaje de salvación, distinguiendo estrictamente «entre lo que es y lo que debe ser» (→ Honneth 2002, 160). Esta autoseguridad se verá sacudida en el curso ulterior, como en general el papel de maestro de Zaratustra resulta inestable y cuestionable (cf. sobre esto, remitiendo a posiciones de investigación contrapuestas, ÜK Za I Prólogo 9).
Aunque el superhombre se convirtió en una marca popular de la filosofía de N., N. no es en modo alguno su creador. Más bien, la palabra y el concepto tienen una larga tradición que se remonta a la antigüedad griega (cf. al respecto en particular → Benz 1961, → Gerhardt 2001). Del «hypertrphous» se habla ya en el diálogo de Luciano El viaje a los infiernos y el tirano (siglo II d.C.), donde la palabra se utiliza para el desmontaje irónico de un gobernante (sobre las posibles fuentes antiguas del superhombre, cf. Babich 2011a). También el sustantivo alemán «Superhombre» se usó con frecuencia de manera irónico-despectiva o satírica. En lengua alemana, → Benz 1961, 53 pudo documentarlo por primera vez en una carta del dominico sajón Hermann Rab de 1527, que lo usa como improperio para «luteranos» (→ Rab 1721, 704). El cristianismo primitivo conoce al superhombre (en latín «superhumanus», «super homines») como expresión para el hombre elevado y perfeccionado en Cristo. A continuación de este uso del concepto, la palabra alemana «Superhombre» se utiliza en la época de la Reforma para la caracterización positiva de un «hombre nuevo». Así, por ejemplo, en el teólogo protestante Heinrich Müller (1631–1675), que contrapone al «verdadero hombre» redimido por Cristo con el «in-hombre» (Müller 1666, 3, 84) y lo proclama como «superhombre»: «En el hombre nuevo eres hombre verdadero / un super-hombre / un hombre de Dios y cristiano» (ibíd.). Aunque N. determina su superhombre como un diseño decididamente anticristiano, existe en este sentido una analogía estructural, en cuanto también lo concibe como figura de renovación, a través de la cual el hombre trasciende su antigua forma de existencia.
Teniendo el superhombre su patria inicial en escritos religiosos, en el siglo XVIII tardío encuentra entrada en la literatura. En el campo de tensión entre la Ilustración y la estética del genio, el «superhombre» se documenta por primera vez en 1769 en Herder, en el segundo volumen de los Bosques críticos (Herder 1877–1913, 3, 202). Con ello, Herder designa irónicamente un tipo de hombre cuyo juicio aparentemente supera lo humanamente posible. Algunos años después, en el pequeño escrito Cómo los obispos alemanes se convirtieron en estados estamentales (1774), Herder habla nuevamente, de manera defensiva, de «in- o superhombres» (Herder 1877–1913, 5, 679), para desenmascarar allí el ideal religioso de la negación de los instintos como fallido. En todo caso, N. se encontró con el concepto de superhombre en Goethe, quien posiblemente lo toma de Herder y también lo usa en sentido burlón-despectivo. En el poema dedicatorio Zueignung, escrito en 1786, con el que Goethe abre su primera edición completa de 1787, el superhombre apunta críticamente a la megalomanía humana: «Apenas eres señor de la primera voluntad infantil, / ya te crees superhombre bastante, / ¡descuidas el deber de cumplir como hombre!» (Goethe 1982, 151) Y en Fausto I, el Espíritu de la Tierra reconviene a Fausto con las palabras: «¡Qué miserable horror / se apodera de ti, superhombre!» (v. 489 s.) A partir de la recepción de Fausto, la representación del superhombre se traslada en el siglo XIX como marco interpretativo también a otras figuras de la literatura y el arte. Así, por ejemplo, Hans von Wolzogen declara a los héroes míticos que Wagner hace aparecer en sus óperas como «superhombres cantantes» (Wolzogen 1878, 12).
Para el uso no irónico y afirmativo del superhombre, que se impone crecientemente, el Viaje de baños de D. Katzenberger de Jean Paul ofrece un temprano ejemplo. La defensa que contiene de la falta de reglas y moral del clérigo, hecha por un conde, que determina al gran individuo –cuyo paradigma es Napoleón–, muestra claras afinidades con la «doctrina» de Zaratustra: «Aparezca durante un siglo en una literatura ningún genio, en un pueblo ningún superhombre: ¡qué llanura acuática de la doctrina del gusto y de la moral! Todas las grandezas y montañas de la historia, en las que después se acamparon y nutrieron siglos, las levantó de repente del agua el fuego volcánico, al principio devastador, de tales superhombres, p. ej. Bonaparte a Francia […], audazmente.» (Jean Paul 1826–1838, 13, 91)
Cuando N. anota sus reflexiones sobre el superhombre, el anhelo de grandeza humana es un factor culturalmente determinante que tiene viva resonancia en la literatura contemporánea. Un variado material de prueba y de ilustración de ello lo proporciona Leo Berg en su estudio El superhombre en la literatura moderna, publicado en 1897. Como fenómeno típico de la época del entorno inmediato de lectura de N. hay que mencionar a Thomas Carlyle con su culto al héroe, que entendía a los grandes individuos como fuerzas impulsoras de la historia. N. ya estaba entusiasmado en la época de GT con el libro de Carlyle On Heroes, Hero-Worship, and the Heroic in History (cf. NK 1/1, 76, 21–25) y también más tarde se refirió una y otra vez a Carlyle, aunque de manera ciertamente crítica. Otro autor que cultivó la idea de la grandeza individual fue Ralph Waldo Emerson. Con la traducción de su colección de ensayos Representative Men, que trata ejemplarmente de la vida de los grandes hombres, estuvo ocupada Ida Overbeck en el invierno de 1883 (cf. la carta de Franz Overbeck a N., 13. 11. 1883, KGB III 2, Nr. 215, S. 409, Z. 67–71).
También el pensamiento evolutivo darwinista, con el que N. se confrontó detalladamente (cf. NK 14, 22–24), estimuló la representación de una intensificación y perfeccionamiento del hombre. Particularmente, los trabajos teóricos sobre la dinámica evolutiva de la vida de Alfred Russel Wallace (Contribuciones a la teoría de la selección natural, 1870) y Herbert Spencer (Los hechos de la ética, 1879), que N. consultó intensamente, pueden haber transmitido impulsos a sus reflexiones sobre el superhombre. En Spencer, N. se topó con la exigencia de concebir al hombre y a la sociedad humana como cambiantes y transformables: «Mientras se creyó que las estrellas eran inmóviles y las montañas eternas, había cierta coherencia en la representación de que el hombre perduraba inalterado de milenio en milenio; pero ahora que se sabe que todas las estrellas están en movimiento y que no hay montañas eternas; ahora que se halla que todas las cosas en el universo se hallan en un flujo incesante, es tiempo de que esta tosca concepción de la naturaleza humana desaparezca de nuestras representaciones sociales» (Spencer 1875, 1, 148; trazos marginales de N. inmediatamente encima).
En contraposición al adjetivo «sobrehumano», usado casi inflacionariamente, los testimonios del sustantivo «superhombre» son ciertamente más manejables, pero también estaban claramente en aumento en la época de N. También en la filosofía se abrió camino el concepto de superhombre, para lo cual pueden identificarse una serie de testimonios en el entorno inmediato de N. y sus lecturas. Así, N., amigo de Paul Deussen, designa a los filósofos, en particular a Kant y Schopenhauer, en Los elementos de la metafísica como «superhombres» (Deussen 1877, 32), que habrían preparado el camino a las generaciones posteriores. «Haase 1984, 240 aduce otras dos lecturas de N. como posibles fuentes para el concepto de superhombre: Análisis de la realidad de Otto Liebmann (1876) y Las sociedades animales de Alfred Espinas (1879). Espinas 1879, 510 escribe con referencia a Descartes sobre la imposibilidad de liberarse de la atadura perspectivista en las ciencias contemporáneas: «¿Y cómo iba uno, si no es superhombre (p l u s q u ’ h o m m e), como d i c e D e s c a r t e s, a emanciparse de las inclinaciones predominantes en el mundo científico contemporáneo?» Y Liebmann 1876, 618 (y 1880, 680), que establece el apego a un «orden moral del mundo» como necesidad antropológica básica, expone al final de Análisis de la realidad: «Ciertamente existe una última razón para que la humanidad no pueda desprenderse en absoluto de la distinción entre bien y mal, aunque con una línea límite variable, y para que considere esta distinción como la más importante incondicionalmente. Sin embargo, no conocemos esa razón, y la metafísica es un problema para los hombres, una ciencia para superhombres.» – El giro «ciencia para superhombres», que apunta irónicamente a la metafísica, hizo furor en la época de N. Dirigida directamente a él, Hans → Vaihinger 1876 considera en una contribución a los Anales filosóficos las consecuencias para la separación kantiana entre el mundo de los fenómenos y el mundo de las cosas en sí mismas: «Arrojamos, pues, todo el mundo fenoménico kantiano dentro del abismo abierto de las cosas en sí mismas y admitimos que observamos una legalidad en este mundo del ser, pero que nuestras formas de apercepción (categorías) formadas sobre la base de la observación no tienen más que un significado simbólico para relaciones que yacen absoluta o quizás por encima o por debajo de toda aprehensibilidad, que pertenecen al reino del ‘Unknowable’; y entonces solo habrá una pregunta, ciertamente la más importante para el hombre – si este Unknowable es algo sobrehumano – entonces la metafísica sería una ‘ciencia para superhombres’ – o algo ‘infrahumano’ – ¿Y entonces? –?» (→ Vaihinger 1876, 462)
El uso del concepto por parte de N., o sea de Zaratustra, como insistencia en un potencial de desarrollo del hombre se diferencia claramente de este uso irónico. Le está mucho más cercana una cita de El cristianismo y la historia comparada de las religiones actual de Julius Happel, quien también se refiere expresamente al uso del concepto de Liebmann, cuando escribe: «Ni el mosasismo, ni el brahmanismo, ni el confucianismo, ni el budismo, ni el mahometismo, ni el cristianismo han logrado convertir al hombre en un ser de otra especie de la que él es; ningún principio religioso ha producido un ‘superhombre’; por consiguiente, todas las religiones deben coincidir esencialmente, es decir, en la medida en que la esencia del hombre es afectada por ello» (Happel 1882, 10; no está documentado que N. conociera el escrito de Happel). Aún mayor afinidad con el uso del concepto por parte de N., orientado a la intensificación del hombre, muestran las reflexiones de Ernst Laas en una reseña de Sobre la inmortalidad del alma de Gustav Teichmüller (1874). En ella, Laas especula sobre una futura generación de hombres que estaría en un nivel superior de conciencia y dispondría de una «superconciencia»: «Llamemos, por razones de mayor inteligibilidad, a aquellos de nuestros descendientes que tienen nuestra conciencia personal como “fundamento” debajo de ellos, así como nosotros, los hombres, tenemos por debajo de nosotros las funciones vegetativas y animales que se realizan inconscientemente: llamémoslos superhombres y al estado anímico que designa la altura de su desarrollo, superconciencia personal o conciencia sobrepersonal o cualquiera de las combinaciones aquí posibles que queramos elegir para designar cosas que “ningún ojo ha visto ni oído ha oído” (pág. 167): entonces preguntamos, ¿qué exige la analogía planteada sin mistosofística? ¿Nada más que 1) que junto a aquellos superhombres existan también hombres que se relacionen con ellos tan subordinadamente como las plantas y los animales con nosotros? (yo por mi parte solo deseo entonces a los posteriores “hombres” que los superhombres sepan alimentarse de una manera hiperfísica; de lo contrario aquellos pobres, según la analogía, serán simplemente devorados por estos); y 2) que los superhombres, que pueden alcanzar la altura de su superconciencia sobrepersonal, por ejemplo, en el campo científico la altura de la intuición intelectual de Schelling, hayan debido pasar en estado embrionario y en la infancia por la fase vegetativa, animal y humana, es decir, personal de la mónada: solo sobre esta doble “base” puede ser posible la superconciencia.» (→ Laas 1874, 127) Aunque no puede identificarse una fuente concreta, la literatura contemporánea ofrecía ciertamente a N. múltiples posibilidades para, como hace decir a su Zaratustra, «recoger del camino» la «palabra “superhombre”» (248, 14).
Finalmente, cabe señalar aún la visión futura sobrehumana, configurada darwinianamente, que el científico natural y escritor Max Wilhelm Meyer presenta dos años después de la aparición de Za I en sus diálogos de divulgación científica sobre La habitabilidad de otros planetas. Meyer entiende el frío como mecanismo de intensificación para la generación de una futura generación de superhombres y pronostica «que en una próxima época geológica, cuando una tercera glaciación irrumpa sobre Europa, los superhombres poblarán la tierra, que, completamente como los esquimales, ya no necesitarán guerra para proteger su país, ni palacios de justicia para ser honestos, ni iglesias para ser buenos» (Meyer 1885, 197).
En la recepción, el superhombre se convirtió desde temprano en una pantalla de proyección de atribuciones heterogéneas (cf. → Penzo 1992); unas veces aparece como individuo que se instaura a sí mismo autónomamente, otras como hombre de poder amoral, otras como figura redentora casi religiosa. Se lo ha entendido como individuo que aspira a un desarrollo sin límites, determinado por «dureza y brutal desconsideración» (→ Sawicki 1910, 104), como utopía biológicamente inspirada de una «sobre-especie» del hombre transformada a mejor (→ Vaihinger 1895, 9). Se lo ha proclamado como «obra de arte del hombre» (→ Zeitler 1900, 263), declarado como «ficción poética» (ibíd., 141), o devaluado como fantasma de la imaginación de un «entusiasta excéntrico y enfermizo» infectado por Darwin y Haeckel (→ Düringer 1907, 42). A partir de 1930, el superhombre fue abusado ideológicamente como «imagen contrapuesta a la humanidad superficial posilustrada» (→ Aschheim 1996, 258) como pantalla de proyección de la ideología nacionalsocialista. Hasta hoy, múltiples expectativas culturalcríticas, pedagógicas, políticas y sociales se adhieren al concepto de superhombre. La carrera de la idea del superhombre se realizó ciertamente en nombre de N., pero se autonomizó en la recepción y se desligó de las afirmaciones y formulaciones concretas de los textos. Actualmente se discute controvertidamente, en particular, la cuestión de si y en qué medida el transhumanismo se inscribe en la tradición de la visión del superhombre de N. (así → Müller 2021, 340; cf. también → Bostrom 2006; → Sorgner 2009; → Hibbard 2010; Quejido Alonso 2016; → Tuncel 2017; → Sorgner 2019). Ya el propio N. vio su superhombre sometido a interpretaciones erróneas y falseadoras. En EH critica una comprensión moralizante y trivializadora que quería ver en el superhombre el «tipo idealista de una especie de hombre superior», «mitad santo, mitad genio» (KSA 6, 300, 23–25), y en una carta del 20 de octubre de 1888 reprochaba a la escritora Malwida von Meysenbug: «Usted […] ha vuelto a componer a partir de mi concepto ‘superhombre’ un ‘nuevo embuste’ superior, algo vecino a la síbila y a los profetas» (KSB 8/KGB III 5, Nr. 1135, S. 458, Z. 23–26). Con ironía resignada se enfrenta, en cambio, el viejo Stechlin en la novela homónima de Theodor Fontane de 1897/98 al culto contemporáneo del superhombre, al que ridiculiza en su efecto polarizador y jerarquizador social: «Ahora, en lugar del hombre real, se ha establecido al llamado superhombre; en realidad, sin embargo, solo existen infrahombres, y a veces son precisamente aquellos a los que uno quiere convertir a toda costa en un “super”». He leído sobre tales personas y también he visto algunas. Una suerte que, según mi percepción, siempre sean figuras decididamente cómicas, de lo contrario uno podría desesperar» (→ Fontane 2001, 114).
14, 13–15 El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarlo? En Za se encuentran múltiples determinaciones metafóricas del hombre como ser deficitario y fundamentalmente modificable, que corroboran la exigencia rectora recurrente de Zaratustra «el hombre es algo que debe ser superado»: «un torrente inmundo es el hombre» (15, 19); «un montón de enfermedades» (46, 27); «una maraña de salvajes serpientes» (46, 30); «el hombre fue un ensayo» (100, 10); «solo el hombre mismo le es difícil de llevar» (243, 4); «mucho de lo interior del hombre es semejante a la ostra, a saber, asqueroso y resbaladizo y difícil de aprehender» (243, 11 s.). En contrapartida, Zaratustra conjura una y otra vez la capacidad de renovación y cambio del hombre, a quien exhorta a que por fin realice su posibilidad y agote su potencial.
La figura de pensamiento de la superación, que en Za se agudiza hasta convertirse en la exigencia programática y leitmotivicamente repetida de la autosuperación del hombre (cf. → Skowron 2004; → Joisten 2002; → Reginster 2006, 118–147; → Pippin 2009 y orientado a JGB → Mitchell 2016), aparece en los textos de N. desde temprano con mucha frecuencia y con referencias muy diversas. A partir de 1880, diferentes formas de autosuperación humana pasan cada vez más al centro de atención. Se habla entonces de la superación de determinadas propiedades y disposiciones – por ejemplo, de la superación de las «pasiones» (MA II WS 88, KSA 2, 593, 16), de la «vanidad» (NL 1880, KSA 9, 7[120], 342, 20) o del «sentimiento desagradable de la compasión» (NL 1880/81, KSA 9, 8[20], 387, 15 s.). Explícitamente de la superación del hombre se habla por primera vez en una colección de sentencias del verano/otoño de 1882: «Lo que uno debe amar, ¿por qué debe uno odiarlo al mismo tiempo? ¿No es el amor el más grande de todos los tormentos?» Por eso el hombre debe ser superado.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]245, 82, 14–16)
El pensamiento de la superación del hombre, asociado inmediatamente a la idea del superhombre y ensalzado por Zaratustra en Za I «De la guerra y de los guerreros» como «pensamiento más alto» (60, 1), recorre leitmotivicamente las cuatro partes de Za, poniéndose el acento en Za I. La representación de la superación aparece en formulación casi idéntica (44, 3; 60, 2 s.; 72, 17 s.; 249, 26 s.; 332, 17 s.), pero también en forma variada y modificada, por ejemplo referida a la existencia individual del pálido delincuente (cf. 45, 5–7). En Za III «De las tablas viejas y nuevas», Zaratustra explica que hay «muchos caminos y modos de la superación» (249, 28). Y en Za IV declara que la pregunta por la superación del hombre es su pregunta rectora, con la que orienta el cuidado por el hombre hacia un objetivo completamente nuevo: «Los más solícitos preguntan hoy: ¿cómo se conserva el hombre?» Zaratustra, en cambio, pregunta como el único y el primero: «¿cómo se supera el hombre?» (357, 14–16)
De la época inmediata de surgimiento de Za I se conserva toda una serie de notaciones que exhortan a la superación del hombre: «Dos cosas os enseño: debéis superar al hombre, y debéis saber a quién debéis superar: yo os enseño la guerra y la victoria.» (NL 1882/83, KSA 10, 5[2], 220, 3–5), «Hay algo fundamentalmente erróneo en el hombre – debe ser superado. ¡Ensayos!» (NL 1883, KSA 10, 11[8], 380, 15 s.; cf. también NL 1882/83, KSA 10, 4[165], 160, 13–15) Otro aspecto, a saber, la cuestión de la velocidad con la que debería realizarse la superación del hombre, lo introduce una anotación posterior de 1884: «El hombre es algo que debe ser superado – depende del tempo» (NL 1884, KSA 11, 25[454], 134, 8 s.; cf. NK 21, 22–24).
En una carta a Carl von Gersdorff de finales de junio de 1883, N. declara su Za como testimonio de su propia autosuperación: «En lo que a mí respecta, he dejado atrás una larga y grave ascética del espíritu, que tomé voluntariamente sobre mí y que no cualquiera habría podido exigirse a sí mismo. Los últimos seis años fueron, e n e s t e sentido, los años de mi mayor autosuperación: dejando aparte aún lo que me hizo superar la salud, la soledad, la falta de reconocimiento y la concatenación. Basta, también he superado este escalón de mi vida – y lo que aún queda de la vida (¡poco, como creo!) deberá ahora expresar completa y plenamente aquello por lo que en general he soportado la vida. El tiempo del silencio ha pasado; mi Zaratustra, que te será enviado en estas semanas, quiera revelarte cuán alto ha volado mi voluntad.» (KSB 6/KGB III 1, Nr. 427, S. 386, Z. 13–26) Sobre la dimensión autobiográfica de la autosuperación, cf. también NK 146, 1.
14, 16–18 Todos los seres hasta ahora han creado algo por encima de sí mismos: ¿y queréis vosotros ser el reflujo de esta gran marea y preferir volver al animal antes que superar al hombre? Zaratustra busca legitimar la representación de la superación del hombre señalando que a todos los demás seres les ha sido posible crear algo «por encima de sí mismos» y que el hombre no debe quedarse atrás. El potencial de provocación de su pregunta exigente reside, como ya subraya → Grützmacher 1910, 179, en que «no deja detenerse el desarrollo filogenético en el hombre», sino que lo conduce más allá del hombre (similar también → Riehl 1903, 227), con lo que el hombre es concebido como un estadio evolutivo de tránsito. En correspondencia, reza una anotación póstuma: «¡Sea el hombre el esbozo de algo que ya no es hombre! ¿Conservación de la especie queréis? ¡Yo digo: superación de la especie!» (NL 1882/83, 5[1]135, KSA 10, 202, 10 s.) Zaratustra no piensa el proceso evolutivo, según el cual todo ser vivo está integrado en una cadena de desarrollo biológico ascendente, como un proceso de desarrollo natural, sino como autosuperación activa, en la que el hombre actúa como «motor de la evolución» (→ Pieper 1990, 46). Ciertamente, con ello pierde su posición privilegiada como «corona de la creación», pero en su lugar entra él mismo en el papel de creador, pues parece capaz de configurar el proceso evolutivo como alguien que crea por encima de sí mismo. De ello surgen puntos de conexión con ideas transhumanistas del siglo XXI, cuyos representantes invocan a N. como su precursor y garante histórico (véase especialmente → Sorgner 2016, 111–139 y → Sorgner 2019; más referencias bibliográficas sobre N. y el transhumanismo en NK 14, 13).
14, 19–21 ¿Qué es el mono para el hombre? Una irrisión o una dolorosa vergüenza. Y eso mismo debe ser el hombre para el superhombre: una irrisión o una dolorosa vergüenza. Así como en la era posdarwiniana el hombre debe avergonzarse de su descendencia del mono, así también en una era poshumana el superhombre debe avergonzarse de su origen en el hombre. Cuánto ofendió a los contemporáneos esta idea de una superación del hombre lo muestra ejemplarmente la toma de posición de Helene Druskowitz en su crítica de Za Intentos modernos de un sustituto de la religión: «Si el hombre ha de pasar también a un orden superior, es un pensamiento feo e indigno concebirlo en relación con éste como el del mono respecto al hombre. ¡Qué exigencia, que el hombre aspire a producir un tipo superior, del que él solo será una irrisión y una dolorosa vergüenza! […] Hay que lamentar encontrar un pensamiento tan torcido en un escritor como Nietzsche» (→ Druskowitz 1886, 58). El pensamiento de un hombre degradado a objeto de vergüenza se encuentra también en dos anotaciones póstumas; la más temprana lo viste incluso en la perspectiva del «nosotros» que incluye al hablante: «Lo que el mono es para nosotros, objeto de una dolorosa vergüenza – eso debemos ser nosotros para el superhombre» (NL 1882/83, KSA 10, 4[181], 164, 12 s.). Y: «Lo que el mono es para nosotros, una irrisión o una dolorosa vergüenza: eso debe ser el hombre para el superhombre» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]255, 217, 11 s.)
Muy otras consecuencias extrae M 49 de la teoría evolutiva biológica. Aunque N. ya allí ensaya el pensamiento según el cual la ascendencia animal del hombre solo permite ya la mirada al futuro y no ya la mirada a la proveniencia desvalorizada de la humanidad, en lugar de regodearse en expectativas de futuro, el hablante constata allí la falta de perspectivas de la empresa de liberarse de las garras del «haber-sido»: «Antaño se buscaba llegar al sentimiento de la gloria del hombre señalando su ascendencia divina: este es ahora un camino prohibido, porque en su puerta está el mono, junto con otro horrible animal, y enseña los dientes comprensivamente, como para decir: ¡no sigas en esta dirección! Así se intenta ahora en la dirección opuesta: el camino h a c i a d ó n d e va la humanidad debe servir para probar su gloria y su parentesco con Dios. ¡Ay, tampoco eso es nada! Al final de este camino está la urna funeraria del ú l t i m o h o m b r e y del sepulturero (con la inscripción “nihil humani a me alienum puto”). Por muy alto que se haya desarrollado la humanidad – ¡y quizá al final esté incluso más baja que al principio! – no hay para ella tránsito a un orden superior, como tampoco la hormiga y la tijereta ascienden al final de su “carrera terrestre” al parentesco con Dios y a la eternidad. El devenir arrastra tras sí el haber-sido: ¿por qué habría de haber una excepción a este eterno espectáculo para alguna estrellita y a su vez para una pequeña especie sobre ella? ¡Fuera con tales sentimentalidades!» (KSA 3, 53, 27–54, 20; cf. NK 3/1, S. 142 s.)
14, 22–24 Habéis hecho el camino del gusano al hombre, y mucho en vosotros es todavía gusano. Antaño fuisteis monos, y también ahora el hombre es más mono que ningún mono. Cuando Zaratustra recuerda el «camino del gusano al hombre» (14, 22) y el origen del hombre del «mono» (14, 23), habla inconfundiblemente desde un horizonte evolutivo-darwinista. En correspondencia, el superhombre de N. fue concebido desde temprano como una visión impregnada darwinianamente o incluso que desarrolla consecuencias del darwinismo. Así, Raoul Richter constató: «El superhombre es una nueva especie biológica, en el sentido de la teoría de la evolución, cuantitativa y cualitativamente; es decir, de la humanidad debe desarrollarse la sobrehumanidad, que como género y en sus propiedades se relaciona con la humanidad como ésta se relaciona con la especie inmediatamente inferior en el reino de los seres vivos» (Richter 1905/06, 548). Alexander Till, que habla de que en el pensamiento de N. se habría «injertado por primera vez la meta futura de la humanidad en su cuerpo» (→ Till 1895, 231), interpreta incluso al superhombre como la ampliación radicalizadora del darwinismo por parte de N. al terreno de la ética: «Una existencia fisiológicamente superior de la humanidad futura será su última meta moral, su ideal moral, y con ello extrae la última consecuencia ética del darwinismo, con ello amplía la concepción teórica del mundo de la doctrina evolutiva con un mundo ético» (ibíd., 214). El médico y erudito privado Wilhelm Schallmayer, que es uno de los fundadores de la eugenesia, señala ciertamente la aversión de N. hacia el darwinismo, pero cree, no obstante, poder reclamar al superhombre por entero para la «teoría de la descendencia y la selección» (→ Schallmayer 1903, 182).
La actitud de N. hacia el darwinismo pertenece a las cuestiones de investigación más discutidas (de la extensa literatura sobre la recepción del darwinismo por parte de N., cf. por ejemplo → Stegmaier 1987, → Fornari 2008, → Constâncio 2010, Sommer 2010b, → Cano 2015). Está fuera de toda duda el intenso estudio de N. del darwinismo, que también ha dejado claras huellas en su biblioteca. Todavía antes del surgimiento de Za, se procuró, por ejemplo, la exposición Doctrina de la descendencia y darwinismo (1873) de Oscar Schmidt, Verdad y error en el darwinismo (1875) de Eduard von Hartmann, así como El darwinismo y sus consecuencias en las relaciones científicas y sociales (1882) de Eugen Dreher. En la época en que trabajaba en Za I, estaba familiarizado con la literatura darwinista contemporánea y no en último término con «su variedad entusiasta» (Ottmann 2011, 248): «En Strauß y Haeckel, en Dührig, Wallace y muchos otros se había expresado claramente la esperanza de un nuevo hombre en nombre de Darwin, y parece que también en el “Zaratustra” el “superhombre” entró en el mundo con la pretensión de ser la futura punta de la evolución, a la que al salto del animal al hombre seguiría alguna vez el salto del hombre al superhombre» (ibíd., 248 s.). A pesar de ello, las palabras de Zaratustra sumergen la historia evolutiva del hombre en una luz altamente cuestionable. No porque atribuya al hombre al mono y al gusano como antepasados evolutivos, sino porque, según sus palabras, el hombre no se ha desarrollado esencialmente más allá de estos antepasados: todavía aferrado al estadio del gusano e incluso «más mono que ningún mono», el hombre aparece casi como una viva contraprueba a la concepción darwinista de la evolución. La provocadora indicación del «componente animal inmanente en la esencia del hombre» (→ Sidowska 2022, 80) contradice la afirmación anterior de que el mono representa «una dolorosa vergüenza» para el hombre (véase NK 14, 19–21) y socava paródicamente la argumentación biológico-evolutiva al poner en duda que el hombre se haya desarrollado en absoluto más allá de sus antepasados animales. Lo mismo vale para dos anotaciones póstumas que representan trabajos previos a 14, 22–24: «¡Cómo habéis hecho el camino del gusano al hombre! y mucho en vosotros es todavía gusano y una memoria de vuestro camino» (NL 1882/83, KSA 10, 4[139], 155, 1–3) «El hombre es siempre más mono que ningún mono» (NL 1882, KSA 10, 3[1403, 103, 13]) Tales valoraciones no señalan al superhombre como continuación continua del acontecer evolutivo, sino como salto repentino a un orden superior. Esto contradice la opinión defendida en M 49 de que no hay para la humanidad «tránsito a un orden superior» (KSA 3, 53, 27–54, 20; cf. NK 14, 19–21).
Las reflexiones darwinistas de N. del entorno de Za están caracterizadas, como → Groff 2004 expone respecto a la relación entre mono y hombre, por incoherencias y distanciamientos irónicos. Esto habla a favor de la tesis de Sommer 2012b, 117, según la cual N. concibe el paradigma biológico-evolutivo como un código de pensamiento contemporáneo en el que encuentra una «pantalla de proyección ideal» para «delinearse a sí mismo, su propio pensamiento». Similarmente, → Johnson 2010 destaca, con mirada a Za, el enfrentamiento productivo con el darwinismo: «Darwin’s theories are the foil for Nietzsche’s alternative vision of the Übermensch» (→ Johnson 2010, 52). Una prueba de la forma experimental y lúdica de la referencia la ofrece una anotación póstuma de la época de surgimiento de Za, que declara la teoría evolutiva darwinista como mera hipótesis, junto a la cual la hipótesis de la degeneración podría reclamar igual plausibilidad: «Historia = desarrollo de los fines en el tiempo: de modo que siempre los superiores crecen a partir de los inferiores. Explicar por qué tienen que surgir formas de vida siempre superiores. Sobre eso, los teleólogos y los darwinistas están d e a c u e r d o en que sucede. Pero todo ello es una hipótesis, sobre la base de la valoración, y ciertamente de una valoración más reciente. Lo contrario, que todo hasta nosotros es decadencia, es igualmente demostrable. El hombre, y precisamente el blanco, es la más alta extraviación de la naturaleza y autocontradicción (el ser más sufriente): hasta aquí no es la naturaleza. Lo orgánico como degeneración.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[177], 163, 9–20) De una actitud lúdico-distanciada hacia el darwinismo da testimonio además una anotación surgida ya en 1881, que exhorta a poner a prueba experimentalmente la teoría de Darwin, y que al final no habla de evolución, sino de educación: «¡La época de los experimentos! Las afirmaciones de Darwin deben ser comprobadas – ¡mediante experimentos! ¡También el surgimiento de organismos superiores a partir de los ínfimos! ¡Deben dirigirse experimentos durante miles de años! ¡Educar monos hasta convertirlos en hombres!» (NL 1881, KSA 9, 11[177], 508, 6–10)
14, 25 s. Pero el más sabio de vosotros es también solo un disgregado y un híbrido de planta y de fantasma. La formulación recuerda un giro en un poema de Albrecht von Haller, en el que el hombre es declarado como «ambiguo medio entre ángeles y bestias» (Haller 1882, 128).
14, 29 s. El superhombre es el sentido de la tierra. Vuestra voluntad diga: ¡el superhombre s e a el sentido de la tierra! El gesto profético de Zaratustra aparece aquí en una ambivalencia esclarecedora. Pues a la clara afirmación, que señala al superhombre como garante de sentido, le sigue una exigencia imperativa que delega en los oyentes la confesión al superhombre como acto de voluntad. Esto no solo hace aparecer al superhombre como una estrategia de otorgamiento de sentido que se funda en la decisión volitiva del individuo, sino además al «sentido de la tierra», que de acuerdo con ello no es inmanente a la tierra, sino que le es asignado en un acto de atribución de sentido. En el capítulo final de Za I, Zaratustra exhorta incluso a sus discípulos a una acción que ha de transmitir «a la tierra su sentido», un sentido orientado a lo humano: «¡Conducid, como yo, la virtud que ha volado hacia la tierra! – sí, de vuelta al cuerpo y a la vida: para que dé a la tierra su sentido, ¡un sentido humano!» (100, 3–5)
Para Adrian Del Caro, que ha tomado la retórica de la tierra de N. como punto de apoyo para una exploración filosófico-poética de la obra de N., N. es «the first Western thinker to truly address the problem of making earth the only place of human habitation – both spiritually and physically speaking» (Del Caro 2004, 143). El giro formulario «sentido de la tierra» pertenece exclusivamente al contexto de Za, en el que tierra y cuerpo comparecen como señas de una orientación a lo inmanente y actúan como cámaras de orientación a las que deben vincularse los valores a crear de nuevo y un sentido adecuado al hombre (cf. → Breazeale 1983, → Fleischer 1993, 64 s.; → Joisten 1994, 213–217; Gerhardt 2011b; sobre el significado metafórico de la tierra en Za, véase también NK 36, 34–37, 3). La fórmula del «sentido de la tierra» se limita a Za I, donde tiene otras tres ocurrencias que le asignan una importancia determinante. En «De los ultramundanos», Zaratustra constata: «Más honesto habla y más puro el cuerpo sano, el perfecto y de ángulos rectos: y él habla del sentido de la tierra» (38, 9 s.). En «Del niño y del matrimonio» juzga: «Digno me pareció este hombre y maduro para el sentido de la tierra» (91, 14 s.), y en «De la virtud que regala» exhorta: «¡Permanecedme fieles a la tierra, hermanos míos, con el poder de vuestra virtud! ¡Vuestro amor regalante y vuestro conocimiento sirvan al sentido de la tierra!» (99, 27–29)
Heinrich Rickert explica en La filosofía de la vida la identificación del «sentido de la tierra» con la «vitalidad ascendente» representada por el superhombre como un elemento central de la cosmovisión de la filosofía de la vida (→ Rickert 1920, 98). Con su orientación al «valor de la vida ascendente» (ibíd., 21), N. habría dado nuevo atractivo al concepto de vida. En correspondencia, el superhombre debe entenderse como el «sentido de la vida» personificado «como el hombre más viviente, que sirve a la vida más viviente y escarnece y desprecia todos los demás ideales» (ibíd.). – También en la necrológica de Herwarth Walden para Franz Marc, fallecido en la Primera Guerra Mundial, resuena la confesión formulárica: «Ahora ha caído un artista que no puede caer. Su reino no es de este mundo. Pero la tierra le era familiar. La tierra, que produce lo vivo y lo vivo lleva. Para él, la tierra hablaba, le hablaban los animales, los bosques y las rocas. Todos ellos no saben lo que hacen. Ellos son el sentido de la tierra y él les dio la imagen simbólica» (→ Walden 1916, 1)
15, 1 ¡Yo os conjuro, hermanos míos! También en lo sucesivo se dirige Zaratustra con frecuencia a sus «hermanos», a quienes la mayoría de las veces se dirige en plural como «hermanos míos» (p. ej., 15, 1; 15, 16) o, ampliado por la interjección «oh», como «oh hermanos míos» (p. ej., 202, 20; 250, 24), no raramente también en singular como «hermano mío» (p. ej., 39, 12 s.; 40, 3). La apóstrofe formulariamente recurrente enfatiza el tono de sermón de sus discursos, pues son sobre todo los miembros de comunidades de fe quienes se llaman unos a otros «hermanas y hermanos míos». Precisamente en el contexto cristiano es habitual esta forma de apóstrofe, que está arraigada en la representación bíblica según la cual todos los cristianos tienen en Dios el mismo padre y por tanto deben ser considerados hermanos en Cristo. Sin embargo, en consecuencia habría que incluir también a las «hermanas», pero Zaratustra calla de manera llamativa sobre ellas. Que N. excluyó muy conscientemente a las receptoras femeninas y que los discursos de su protagonista se dirigen exclusivamente a oyentes masculinos, lo sugiere una anotación póstuma del contexto de surgimiento de Za, en la que también se alude a oyentes femeninas: «Hermanos y hermanas míos, ¡no seáis tan tiernos! Todos nosotros somos bonitos y serviciales burros y burras, y de ningún modo capullos de rosa que tiemblan» (NL 1882/83, KSA 10, 4[73], 134, 2–4; cf. también NL 1882/83, KSA 10, 5[1]21, 190, 3–6). En el texto impreso – en Za I «Del leer y escribir» – la apóstrofe «con perspectiva de género» está eliminada, aunque allí, irónicamente, los burros son aún de ambos sexos: «Todos nosotros somos bonitos y serviciales burros y burras» (49, 14 s.). La apóstrofe «hermana» no ha encontrado entrada en Za en ningún lugar. El mensaje profético de Zaratustra parece destinado solo a oídos masculinos, lo que relativiza decisivamente el «para todos» en el subtítulo Un libro para todos y para ninguno. En una anotación póstuma, Zaratustra excluye claramente a las mujeres de su mensaje: «Yo hablo a hombres – dijo Zaratustra –, eso quiere decir: ¡que las mujeres se vayan!» (NL 1882/83, KSA 10, 4[16], 113, 6 s.) La única excepción es el discurso «sobre la mujer» (84, 16), que dedica exclusivamente a la anciana en Za I «De la mujercita vieja y joven».
Otra anotación póstuma expresa una estima no demasiado alta por aquellos a quienes se dirige como «hermanos»: «Vosotros decís que creéis en Zaratustra. Pero ¿qué le importa eso a Zaratustra? Vosotros sois mis hermanos: no os amo demasiado: un hermano no es ni un niño ni una obra» (NL 1882/83, KSA 10, 4[104], 145, 11–13). Que Zaratustra ponga su obra (aún por crear) y los niños (aún por producir) por encima de sus seguidores reales se refleja en Za III y Za IV y se muestra especialmente claro en el discurso «De la beatitud contra la voluntad», que destaca de manera dominante el pensamiento de los «niños». En contraste con los «hermanos» y «amigos» a los que Zaratustra dirige sus discursos, los «niños» no son destinatarios de su doctrina, sino productos de su creación aún por producir, que se imagina como efusión de su autoperfección: «Compañeros buscaba antaño el creador e hijos d e s u esperanza: y he aquí, se encontraba con que no podía encontrarlos, a menos que él mismo los creara primero.» Así estoy en medio de mi obra, yendo hacia mis niños y volviendo de ellos: por sus niños debe Zaratustra perfeccionarse a sí mismo» (203, 22–204, 3; cf. NK 4/2, 203, 19–204, 3). Además, Zaratustra utiliza también las apóstrofes «amigos míos»/«amigo mío» (cf. por ejemplo 95, 24; 109, 5 s.; 187, 2; 262, 19). Solo tres veces llama a sus seguidores «discípulos míos» (97, 22; 101, 11; 176, 1; véase también NK 101, 11 s.).
15, 1–6 ¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a aquellos que os hablan de esperanzas ultraterrenas! Son mezcladores de veneno, lo sepan o no. / Son despreciadores de la vida, están muriendo y envenenados ellos mismos, de los que la tierra está harta. La exhortación a la renuncia al dualismo de este mundo y el más allá y a la vuelta hacia la tierra se encuentra, con pequeñas variantes, también en una anotación póstuma: «Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a aquellos que os hablan de esperanzas ultraterrenas: son mezcladores de veneno y despreciadores de la vida: lo sepan o no, están muriendo y autoenvenenados» (NL 1882/83, KSA 10, 5[19], 223, 18–21). En Za I «De los ultramundanos», Zaratustra retoma su veredicto contra los despreciadores del cuerpo en forma variada: «Enfermos y moribundos fueron los que despreciaron el cuerpo y la tierra e inventaron lo celestial y las gotas de sangre redentoras: ¡pero también esos dulces y sombríos venenos los tomaron del cuerpo y de la tierra!» (37, 8–11)
15, 6 ¡así que sigan su camino! La palabra «seguir su camino» (dahinfahren) la usa N. exclusivamente en Za (cf. 55, 13 s.; 57, 7; 259, 22; 259, 24). Es un ejemplo de la orientación hacia la lengua de Lutero y recuerda especialmente la formulación convertida en proverbio de Job 1, 21: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá» (La Biblia AT 1818, 527).
15, 7–10 Hubo un tiempo en que la blasfemia contra Dios era la mayor blasfemia, pero Dios ha muerto, y con él murieron también esos blasfemos. Lo más terrible ahora es blasfemar contra la tierra, y ¡estimar más las entrañas de lo incognoscible que el sentido de la tierra! Casi idéntico en NL 1882/83, KSA 10, 5[19], 223, 22–25; el pensamiento aparece variado en otras dos anotaciones póstumas: «La mayor blasfemia es la blasfemia contra el hombre, después de que ya no hay dioses: y menospreciar lo humano por las entrañas de las cosas incognoscibles» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]197, 209, 3–5). Y con referencia al cuerpo: «Blasfemar contra el cuerpo, eso vale para mí como una blasfemia contra la tierra y contra el sentido de la tierra. ¡Ay del desgraciado a quien el cuerpo le parece malo y la belleza le parece diabólica!» (NL 1882/83, KSA 10, 5[30], 225, 18–20)
La veneración vuelta hacia la tierra – reverso del apartamiento de la metafísica – se deriva aquí como consecuencia inmediata de la muerte de Dios; la «vuelta a la tierra como lugar del hombre y la muerte de Dios se condicionan mutuamente» (→ Meckel 1980, 175). Curiosamente, sin embargo, no se habla aquí de veneración de la tierra, sino, en una inversión perspectivista, de la posibilidad de la blasfemia, de la violación vergonzosa de lo que debe ser respetado. Puede verse en ello un paralelismo con la doctrina cristiana, la cual, como ya se establece en MA II WS 81, puso la blasfemia en el centro: «El fundador del cristianismo fue quien quiso anular la justicia mundana y abolir del mundo el juzgar y el castigar. Pues entendió toda culpa como ‘pecado’, es decir, como blasfemia c o n t r a D i o s y n o como blasfemia contra el mundo» (KSA 2, 588, 29–589, 3).
15, 11–13 Hubo un tiempo en que el alma miraba al cuerpo con desprecio: y entonces ese desprecio era lo más alto: – quería hacerlo magro, horrible, hambriento. Así creía escapar de él y de la tierra. El desprecio del cuerpo, claramente rechazado y además atribuido al pasado –que alude a la concepción, presente ya en Platón, pero luego sobre todo central para el cristianismo, según la cual el cuerpo mortal es apenas la envoltura del alma inmortal–, es contrapuesto por Zaratustra poco después con otro, un «gran desprecio» (15, 23). Éste no se dirige ciertamente al cuerpo, sino que apunta a la «razón» y a la «virtud» (15, 26; cf. más detalladamente NK 15, 24–26). En Za I «De los despreciadores del cuerpo», Zaratustra mira entonces, a la inversa, con desprecio al alma, a la que declara una mera «palabra», por «algo en el cuerpo» (39, 8 s.; cf. NK 39, 8 s.). KGW VI 4, 23 presenta la siguiente etapa previa, en la que se habla de la magrez original del alma, que se resarce en el cuerpo: «Entonces era el cuerpo: antaño el alma miraba al cuerpo con desprecio y quería: magro, horrible, hambriento, negro, sucio. Oh, ¡esta alma misma era ‘antaño’ magra, horrible, hambrienta» (Z 12, 36). Que la autoflagelación religiosamente motivada, que se dirige contra la existencia sensual, está vinculada con la sensación de lujuria, lo subraya Zaratustra más tarde en Za III «El convaleciente»: «El hombre es contra sí mismo el animal más cruel; y en todo lo que se llama ‘pecador’ y ‘cargador de cruz’ y ‘penitente’, no me paséis por alto la lujuria que hay en ese lamentarse y acusarse» (273, 31–34). Sobre el motivo de la lujuria, véase NK 4/2, 237, 4–6.
15, 19–21 En verdad, un torrente inmundo es el hombre. Uno tiene que ser ya un mar para poder acoger un torrente inmundo sin hacerse impuro. Una etapa previa registra: «Uno tiene que ser ya un mar para poder acoger un torrente inmundo en sí sin volverse sucio» (NL 1882/83, KSA 10, 4[171], 162, 5 s.). La oposición puro/impuro juega un papel importante en la relación de Zaratustra con su entorno y convivencia. Utiliza pureza e impureza como conceptos de diferencia para desdoblar la realidad, según su sistema de valores individual, en lo digno de aprecio y lo digno de desprecio.
15, 22 s. ¡Mirad, yo os enseño el superhombre: él es este mar, en él puede hundirse vuestro gran desprecio! El «hundirse» en el superhombre hay que entenderlo como disolución deslimitadora y liberadora de lo que es despreciable en el viejo hombre (sobre la metáfora del mar en Za, cf. → Stegmaier 2011, esp. 140). La representación de poder hundirse en un gran hombre se encuentra (desligada de la idea del superhombre) en una carta a Lou von Salomé del 8 de noviembre de 1882. En ella, N. anhela un hombre en el que uno pueda aún ahogarse: «¡Qué insípidos me son hoy los hombres! ¿Dónde hay todavía un mar en el que uno pueda realmente a h o g a r s e? ¡Quiero decir un hombre!» (KSB 6/KGB III 1, Nr. 325, S. 274, Z. 15–17; cf. NK 172, 18 s.)
15, 24–26 ¿Qué es lo más grande que podéis experimentar? Es la hora del gran desprecio. La hora en que también vuestra felicidad se os vuelva asco, y así mismo vuestra razón y vuestra virtud. Declarar el desprecio como «lo más grande» que el hombre puede experimentar constituye una provocación, pues al fin y al cabo el desprecio expresa una falta de aprecio que precisamente niega rango y validez a lo despreciado. En contraste, Zaratustra valora el afecto del desprecio, en la medida en que se refiere al hombre mismo y a sus cualidades («razón», «virtud»), como un impulso fundamental, que establece como necesario para la superación del (viejo) hombre. En este sentido, una anotación póstuma declara el autodesprecio del hombre como el inevitable reverso del amor al superhombre: «¿Qué importa vuestra virtud, si no habéis experimentado el momento en que os despreciáis profundamente a vosotros mismos, los hombres, por amor al superhombre? ¿Y despreciáis también vuestra virtud?» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]269, 219, 10–13) En el apartado siguiente, Za I Prólogo 4, Zaratustra agudiza este pensamiento hasta convertirlo en la aguda y paradójica confesión: «Yo amo a los grandes despreciadores, porque son los grandes veneradores y flechas de anhelo hacia la otra orilla» (17, 5 s.)
El pensamiento de un «desprecio e s t i m u l a n t e» (NL 1874, KSA 7, 34[47], 807, 28), que no oprime, sino que actúa como impulso hacia un cambio profundo, aparece ya en una anotación de 1874 que recoge reflexiones sobre Schopenhauer. Mientras que esta temprana anotación, sin embargo, se refiere al luchar impulsado por el desprecio contra la propia «época» (ibíd.), aquí se habla de autodesprecio. No se dirige solo contra el «canon de valores burgués» (→ Honneth 2002, 175), sino mucho más fundamentalmente contra el hombre como tal. Así, Werner à Brassard entiende la «hora del gran desprecio» como el decisivo «instante del viraje, el instante en que el hombre se descubre a sí mismo como el superado» (→ Brassard 1962, 210) y en que mira con repugnancia hacia atrás, a lo que una vez fue. Con ello, Brassard acerca el «gran desprecio» al «gran mediodía», que está expresamente concebido como un hito de la historia de la humanidad, como el momento «en que el hombre está en el punto medio de su camino» (102, 6 s.; cf. NK 102, 6–10).
El «gran desprecio» aparece por primera vez en N. en una anotación de primavera/otoño de 1881. Allí, sin embargo, no se entiende como autodesprecio, sino que el hablante exhorta al desprecio de otros hombres y de su «existencia impersonal»: «Hay que dar al hombre valor para un nuevo gran desprecio, p. ej., de los ricos, de los funcionarios, etc. Toda f o r m a i m p e r s o n a l de la vida debe valer como común y despreciable» (NL 1881, KSA 9, 11[1]1, 444, 22–25). Una anotación del invierno de 1882/83, la época de surgimiento de Za I, invierte entonces la perspectiva, al no poner en el centro el objeto del desprecio, sino el despreciar mismo, entendido como «distinción»: «Esperar la hora del gran desprecio: esa es la distinción» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]271, 219, 22 s.). La anotación inmediatamente anterior en el manuscrito destaca los «grandes desprecios» como origen del anhelo del superhombre: «En la historia de la humanidad, los grandes desprecios están en los acontecimientos: como la fuente del gran anhelo del superhombre» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]270, 219, 14–16). Según otra anotación del otoño de 1883, el propio Zaratustra debería experimentar el «instante del gran desprecio (beatitud más alta)» (NL 1883, KSA 10, 16[38], 512, 8 s.): «Todo debe cumplirse, especialmente todo del prólogo», se dice allí más adelante (ibíd., 10 s.). Como una figura que solo intenta arreglárselas con el gran desprecio se presenta más tarde al pálido delincuente, al que se atribuyen las palabras: «Mi Yo es algo que debe ser superado: mi Yo es para mí el gran desprecio del hombre» (Za I «Del pálido delincuente», 45, 5 s.). Y en Za III «De las tres cosas malas», Zaratustra pinta vívidamente cómo la «codicia de mando» humilla al hombre «hasta que al fin el gran desprecio grita en él», / Codicia de mando: la terrible maestra del gran desprecio, que predica a ciudades y reinos en el rostro «¡fuera de aquí!» – hasta que ellos mismos gritan, ¡fuera de aquí!» (238, 5–9)
Cuán importante era para N. el «gran desprecio» se muestra también en que consideró el concepto como título de capítulo. Una lista de títulos de capítulos para Za III menciona como capítulo 19: «El gran desprecio de Zaratustra» (NL 1883, KSA 10, 16[83], 527, 11). Y un plan para un cuarto Zaratustra, probablemente hecho solo poco después, registra: «Z (aratustra) 4 el gran desprecio ante la E t e r n i d a d del I n d i v i d u o. / Luego r e d e n t o r: ¡mirad y o o s e n s e ñ o e l s u p e r h o m b r e!» (NL 1883, KSA 10, 17[69], 559, 10–13). Anotaciones póstumas consideran incluso una «doctrina del desprecio» como presupuesto necesario para la doctrina del superhombre, si bien Zaratustra se siente responsable solo de esta última: «Yo os enseño el superhombre: el gran desprecio debéis enseñároslo vosotros mismos» (NL 1882/83, KSA 10, 4[208], 169, 20 s.). «Yo os enseño el superhombre: ¿dónde está mi hermano que enseñe el gran desprecio?» (NL 1882/83, KSA 10, 5[8], 221, 1 s.). Y: «Otro puede ser su maestro del desprecio, y otros lo han sido – ya. Yo solo busco a aquellos que ya saben despreciar» (N V 8,14; KGW VI 4, 25) Mientras que en la mayoría de las notaciones Zaratustra se distancia decididamente de la doctrina del desprecio, del otoño de 1883, la época de surgimiento de Za III, se conserva efectivamente un borrador en el que el yo hablante se llama a sí mismo «maestro del gran desprecio»: «y este consejo lo tenía para mis enemigos y para todos los que escupen y vomitan: / como el maestro del gran desprecio (En el penúltimo) / ¿Cómo lo soportaría si no, enseñaros el gran desprecio?» (NL 1883, KSA 10, 16[90], 532, 23–27)
Del desprecio se habla en Za con mucha frecuencia. La devaluación despreciativa aparece en el texto como motivo fundamental del comportamiento y actuar humanos, que no debe ser catalogado como bueno o reprobable en sí mismo, sino que puede tener tanto significado positivo como negativo dentro del sistema de valores interno de Za. Decisivo es quién desprecia y en qué valores el que desprecia funda su desprecio. La subjetividad y perspectividad del desprecio se expresa ya claramente en el prólogo, cuyos apartados hablan de los desprecios de diferentes despreciadores. En Za I Prólogo 3, Zaratustra no solo conjura la grandeza del desprecio dirigido a sí mismo, sino que advierte del poder pernicioso de los «despreciadores de la vida» (15, 5; cf. NK 15, 1–6), que intentaron seducir a los hombres a «esperanzas ultraterrenas» (15, 2 s.) y con ello desvalorizaron la vida entera. Desde la perspectiva del pueblo, en cambio, como susurra más tarde el bufón al oído de Zaratustra, el propio Zaratustra debe aparecer como «enemigo y despreciador» (23, 21) – un juicio que Zaratustra hace suyo cuando poco después dice de los creadores: «destructores se les llamará y despreciadores del bien y del mal» (26, 19 s.). La comprensión de que todo sistema de valores no solo produce valores positivos, sino también su propio despreciable, la expresa Zaratustra de manera aguda en Za I «De los despreciadores del cuerpo»: «Que desprecien, eso hace su respetar» (40, 19 s.). Una y otra vez señala que con el desprecio están indisolublemente vinculadas también las actitudes valorativas de la concesión y el reconocimiento amoroso (cf. también NK 4/2, 216, 13 s.). Una anotación póstuma remonta incluso la religión y la metafísica al instinto fundamental del desprecio, donde la trascendencia religiosa y metafísica del hombre se declara como mero síntoma de la auténtica necesidad del superhombre: «Nuestro desprecio del h (omb) re nos impulsó tras las estrellas. Religión, metafísica, como síntoma de un deseo de crear al superhombre» (NL 1882/83, KSA 10, 4[214], 171, 16–18)
15, 27–29 La hora en que digáis: «¿Qué importa mi felicidad! Es pobreza e inmundicia, y un miserable bienestar. ¡Pero mi felicidad debería justificar la existencia misma!» Zaratustra rechaza la pretensión individual de felicidad y busca conjurar a sus oyentes a un cambio de su actitud vital, a un nuevo entendimiento de la felicidad, que no debe ser un fin en sí mismo, sino efusión de una existencia lograda y justificada. Gramaticalmente, la frase «mi felicidad debería justificar la existencia misma», que mira a la nueva felicidad utópica, permite una doble lectura, según la cual la existencia justifica la felicidad, o bien la felicidad justifica la existencia. La figura tautológica expresa la completa congruencia de ser y felicidad. Cf., en cambio, a los últimos hombres, que se entienden a sí mismos como inventores, como «hacedores» de la felicidad: NK 19, 30 s.
15, 30 f. ¿Anhelan el conocimiento como el león su alimento? Entre los muchos animales que en Za son evocados la mayoría de las veces metafórica o alegóricamente, el león pertenece a los importantes y frecuentemente mencionados. El león está siempre connotado positivamente, sin que se le atribuya un significado simbólico fijo. En el primer capítulo de Za I y en el último de Za IV le corresponde respectivamente una importancia destacada. En el discurso parabólico Za I «De las tres transformaciones», el león marca el decisivo punto de inflexión del tránsito de la heteronomía a la autodeterminación individual del «yo quiero» (cf. NK 30, 13 s.). Y en Za IV «La señal» se anuncia como señal del superhombre. … la aparición de un león domesticado con una bandada de palomas se presenta como signo profético del cumplimiento (cf. NK 4/2, 406, 23–28).
15, [sic: 16,] 6–8 La hora en que digáis: «¿Qué importa mi compasión! ¿No es la compasión la cruz a la que es clavado aquel que ama a los hombres? Pero mi compasión no es un crucifixión.» El punto de inflexión en la existencia del hombre se considera aquí como un apartamiento del afecto de la compasión, que parece referirse de manera peculiar al cristianismo, pues la crucifixión del compasivo aparece como el cruel reverso de la religión cristiana fundada en la compasión. Una anotación póstuma desarrolla el pensamiento con referencia concreta a la muerte de Cristo en la cruz; allí no se declara la compasión como causa de la crucifixión, sino el amor a los hombres: «Él amaba a los hombres porque Dios los ama. Quería redimirlos para redimir a Dios. / El amor a los hombres fue la cruz a la que fue clavado; quería redimir a Dios de su infierno: el cual es el amor de Dios a los hombres.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[200], 167, 11–15) Similar también la siguiente nota, anotada algo más tarde: «La compasión un sentimiento infernal: la compasión es la cruz a la que es clavado el que ama a los hombres» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]168, 206, 5–7).
El rechazo de la compasión constituye un leitmotiv constante de Za; recibe un discurso propio con Za II «De los compasivos».
16, 11 s. ¡No vuestro pecado – vuestra parsimonia clama al cielo, vuestra avaricia misma en vuestro pecado clama al cielo! KGW VI 4, 865 señala la referencia a Génesis 4, 9 s.: «Entonces dijo el Señor a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Él respondió: No sé; ¿soy yo acaso el guarda de mi hermano? Y él dijo: ¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.» (La Biblia AT 1818, 4) La dogmática cristiana o teología moral deriva de aquí el concepto de peccatum clamans, el «pecado que clama al cielo».
16, 13–16 ¿Dónde está, pues, el rayo que os lama con su lengua? ¿Dónde está la locura con la que deberíais ser vacunados? / ¡Mirad, yo os enseño el superhombre: él es este rayo, él es esta locura! – La indicación del rayo y la locura sugiere que el superhombre queda fuera de todos los órdenes de valor existentes y representa algo completamente inconmensurable. Al final de Za I Prólogo 4, Zaratustra retoma esto al designarse a sí mismo como «anunciador del rayo» (18, 21) y añadir: «mas este rayo se llama superhombre» (18, 22). En Za I Prólogo 7 formula: «Quiero enseñar a los hombres el sentido de su ser: el cual es el superhombre, el rayo de la oscura nube hombre» (23, 5 s.). Cf. también las siguientes notas: «donde vuestra pobreza y sobriedad clamaba al cielo / ¡que un rayo os lama con su lengua!» (NL 1882/83, KSA 10, 4[49], 123, 17 s.). «No vuestro pecado – vuestra sobriedad clama al cielo» (NL 1882/83, KSA 10, 4[75], 134, 16; cf. casi idéntico NL 1882/83, KSA 10, 5[1]125, 201, 12 s.). «¡Hay que vacunaros con la locura! – dijo Zaratustra» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]140, 202, 21 s.). «Debemos preparar la tierra para el superhombre y también los animales y las plantas / os vacuno con la locura» (NL 1882/83, KSA 10, 4[78], 136, 17–19).