De los predicadores de la muerte
Los «transmundanos», los «despreciadores del cuerpo» y ahora los «predicadores de la muerte»: aquellos a quienes Zaratustra, mediante tales etiquetamientos, proclama como sus adversarios y convierte en blanco de sus ataques y de su desprecio no constituyen grupos de personas claramente delimitables entre sí mediante rasgos distintivos inequívocos. Antes bien, el empleo de estas denominaciones colectivas pone a Zaratustra en condiciones de dirigir, variándola, una acusación que en el fondo es siempre la misma a destinatarios aparentemente cambiantes, a quienes imputa hostilidad a la vida y, sobre todo, la seducción hacia una actitud hostil a la vida. Puesto que se trata más de una estrategia retórica destinada a hacer más incisiva la acusación que de sentar en el banquillo a determinados grupos de personas… (P. 326) Puesto que se trata más de una estrategia retórica de intensificación y menos de sentar en el banquillo a determinados grupos de personas, la pregunta, planteada una y otra vez en la investigación, acerca de a quién se dirigen concretamente las invectivas de Zaratustra, queda sin objeto. Zaratustra se configura él mismo a sus adversarios al enfocar la destructividad y la hostilidad a la vida bajo diferentes «etiquetas». Pero sus discursos no tienen en común únicamente la continua elaboración de una imagen del enemigo, sino también la ambigüedad de sus destinatarios: aquellos a quienes se dirige o ataca no son al mismo tiempo aquellos a quienes propiamente se refiere; antes bien, el mensaje de Zaratustra está concebido para polarizar. Incita a tomar partido por él y a distanciarse vehementemente de todos los transmundanos, los despreciadores del cuerpo y los predicadores de la muerte.
En este discurso utiliza ahora la expresión «predicadores de la muerte» como concepto englobante para designar a personas a quienes reprocha que les falte el vínculo con la vida y que, partiendo de su propia carencia, propugnen un apartamiento de la vida. Distingue para ello entre diferentes motivos y actitudes: así, cuenta entre los «predicadores de la muerte» tanto a aquellos que sucumben por la imposibilidad de controlar sus instintos como a los decadentes débiles para la vida y a los melancólicos, así como también a los partidarios de un pesimismo filosófico y de la creencia cristiana en el más allá. Zaratustra ve el elemento común que une a estos diferentes grupos en que no solo desprecian la vida, sino que tratarían además de contagiar a otros su hostilidad hacia ella. En consecuencia, pinta un mundo lleno únicamente de existencias cansadas de la muerte, que aspiran a la muerte y la propagan: «Por todas partes resuena la voz de quienes predican la muerte: y la tierra está llena de aquellos a quienes hay que predicar la muerte» (57, 3-5). Los predicadores de la muerte no han recibido gran atención en la investigación; véanse especialmente Naumann 1899-1901, 1, 155-158; → Pieper 1990, 204-208.
Zaratustra, que comienza con la afirmación general «hay predicadores de la muerte», parece proponerse esbozar una especie de tipología de esos anunciadores de la muerte. En primer lugar explica que comúnmente se los denominaría «amarillos» o «negros» (cf. al respecto NK 55, 7 s.), para prometer después: «quiero mostrarlos todavía con otros colores» (55, 8). Sin embargo, cuando a continuación esboza una tipología de los predicadores de la muerte, su carácter sistemático resulta dudoso, y su estructura parece determinada en mayor medida por la disposición formal-retórica que por principios clasificatorios. Introduciéndolos mediante el anafórico «Ahí están», presenta en primer lugar dos tipos de predicadores de la muerte: «Ahí están los terribles, que llevan dentro de sí la fiera y no tienen otra elección que los placeres o desgarrarse a sí mismos» (55, 9-11). Hay que pensar aquí en personas incapaces de mantener bajo control sus instintos y que por ello caen víctimas de su propia naturaleza animal desenfrenada. Como segundo tipo menciona a los «tísicos del alma: apenas han nacido, comienzan ya a morir y anhelan doctrinas de cansancio y renuncia» (55, 15-17). Enfermos también en el alma, estos decadentes encontrarían en la existencia únicamente… (P. 327) Enfermos también en el alma, estos decadentes verían en la existencia únicamente lo enfermo, concebirían la vida como tormento y, desde muy pronto, anhelarían la muerte. A continuación, Zaratustra presenta otras cuatro actitudes como características de los «predicadores de la muerte». Introduce cada una de ellas mediante máximas vitales citadas que provocan la contradicción, pues niegan la vida de manera radical. La primera máxima dice: «La vida no es más que sufrimiento» (56, 9). Recuerda al pesimismo de Schopenhauer y exige como consecuencia el suicidio. La segunda máxima —«La voluptuosidad es pecado» (56, 14)— cita la hostilidad cristiana hacia el placer y la sexualidad. Según Zaratustra, al igual que la tercera («Dar a luz es penoso», 56, 16), debe conducir a la negativa a procrear. Por último, invoca la máxima cristiana de la compasión («Es necesaria la compasión», 56, 19), para desenmascararla también como síntoma de un apartamiento de la vida.
Zaratustra habla aquí como un cínico. Del mismo modo que a los despreciadores del cuerpo, a quienes exhorta a decir «¡adiós al cuerpo!» (39, 3 s.), también confirma a los predicadores de la muerte en su proceder, pues se trata de dejar sitio a los creadores: «Llena está la tierra de superfluos, corrompida está la vida por los demasiado-muchos. ¡Ojalá se los pudiera atraer fuera de esta vida mediante la “vida eterna”! » (55, 4 s.). De este modo, no solo distingue entre vida valiosa y vida carente de valor, sino que se pronuncia a favor de una reducción de la humanidad y se suma así él mismo a la predicación de la muerte. Sin embargo, su discurso no se dirige, como sostiene → Lampert 1986, 51, a los «predicadores de la muerte» —solo se dirige a ellos en 56, 10 s.—, ni tampoco a los irremediablemente adictos a la muerte, sino que en la parte final se dirige expresamente a oyentes a quienes atribuye, ciertamente, una gran receptividad para las doctrinas de los predicadores de la muerte, pero a quienes considera «curables». Como modernos esclavos del trabajo —un motivo que sorprende en el mundo intemporal y poco concreto de Za y que además aparece allí de manera aislada—, estos exhaustos padecerían por no poder encontrar reposo y, con ello, tampoco encontrarse a sí mismos. Mediante su discurso, Zaratustra trata de motivarlos a una reorientación existencial: «Si creyeseis más en la vida, os entregaríais menos al instante» (56, 33 s.).
Aquí se muestra claramente la intención de Zaratustra de producir un efecto polarizador: ante los irremediables se presenta como un cínico predicador de la muerte, mientras que a los otros les predica la vida. Este diseño de su papel como una fuerza de separación que distingue la vida valiosa de la carente de valor reaparece en Za III, «De tablas viejas y nuevas», 17, con un tono paródico. Allí Zaratustra se imagina como una especie de fustigador que pretende activar mediante golpes de vara la vida indolente y fatigada, mientras destina a los incurables al ocaso:
«¡Pero vosotros, cansados del mundo! ¡Vosotros, perezosos de la tierra! ¡A vosotros se os debe azotar con varas! Con golpes de vara se os deben volver a dar piernas alegres. / Pues: si no sois enfermos y miserables gastados de quienes la tierra está cansada, entonces sois perezosos astutos o golosas gatas del placer, escondidas en sus guaridas. Y si no queréis volver a correr alegremente, entonces debéis — ¡iros al diablo! / Con los incurables no se debe querer ser médico: así lo enseña Zaratustra: — ¡así que debéis iros al diablo!» (259, 16-24). (P. 328) 55, 1. «De los predicadores de la muerte»
La expresión formularia «predicadores de la muerte», en la que Gustav Landauer se apoyó para el título de su novela Der Todesprediger, aparecida en 1893 (cf. al respecto → Delf 1997), aparece por primera vez en «De los transmundanos», donde Zaratustra ve a los despreciadores del cuerpo entregados a los predicadores de la muerte (cf. 38, 5 s.). Una nota póstuma, en cambio, reconoce en las instituciones sociales del Estado y de la Iglesia promotores de los predicadores de la muerte y formula apodícticamente: «El Estado y la Iglesia y todo lo que se funda en mentiras sirve a los predicadores de la muerte» (NL 1882, KSA 10, 4[272], 184, 16 s.). La expresión «predicadores de la muerte» no es una acuñación de Nietzsche, sino que puede documentarse en distintos lugares ya antes de Za. Así, Sócrates se dirige en una tragedia del escritor austríaco Ludwig Eckardt a sus adversarios con estas palabras: «¡Enrojeced, vosotros, predicadores de la muerte!» (Eckardt 1858, 160).
55, 2 s. «Hay predicadores de la muerte: y la tierra está llena de aquellos a quienes hay que predicar el apartamiento de la vida.»
De manera análoga juzga Zaratustra en Za I, Prólogo 3, a quienes «hablan de esperanzas supraterrenales» (15, 2 s.): «Despreciadores de la vida son, moribundos y envenenadores de sí mismos, de quienes la tierra está cansada: ¡que se marchen, pues!» (15, 5 s.).
55, 4-6. «Llena está la tierra de superfluos, corrompida está la vida por los demasiado-muchos. ¡Ojalá se los pudiera atraer fuera de esta vida mediante la “vida eterna”!»
Es la primera de un total de siete apariciones de la fórmula de los «demasiado-muchos», que Nietzsche utiliza únicamente en Za. En Za I, «De la muerte libre», Zaratustra retoma la queja por la sobreabundancia de vida que, a sus ojos, carece de valor: «Demasiados viven, y demasiado tiempo permanecen colgados de sus ramas» (94, 27 s.). Allí desea «predicadores […] de la muerte rápida» (94, 30) y se queja de un trato excesivamente remilgado con aquellos a quienes habría que trasladar lo antes posible al «más allá». Una nota póstuma polemiza: «La moral es ahora la excusa para los superfluos y fortuitos, para la vermina pobre de espíritu y de fuerza que no debería vivir» (NL 1882, KSA 10, 3[1]102, 65, 19-23).
Para todas las demás apariciones de los «demasiado-muchos» vale, como señala → Groddeck 1991, 2, 278, que son evocados siempre acompañados del epíteto «superfluos». Así sentencia Zaratustra en Za III, «De los apóstatas»: «El resto: esos son siempre los más, lo cotidiano, el exceso, los demasiado-muchos: ¡todos ellos son cobardes!» (227, 1 s.; cf. también 62, 5-8; 62, 24; 90, 23-91, 2).
De este modo, el «exceso» de sabiduría que Zaratustra quiere transmitir y que lo caracteriza como alguien que hace regalos (cf. 11, 14-18) contrasta con el «exceso» de humanidad que, a su juicio, debería ser eliminado del mundo con la mayor rapidez posible. A los mencionados términos colectivos de desprecio hacia las masas —los «demasiado-muchos», el «exceso», «los más»— se añaden en Za otras denominaciones empleadas peyorativamente: el «rebaño» (cf. NK 20, 11), la «gente pequeña», el «populacho» (cf. NK 4/2, 305, 10 s.) y la «chusma» (cf. NK 124, 1). A esta última está dedicado el discurso de Za II «De la chusma», que estigmatiza a la chusma, al igual que aquí a los demasiado-muchos, como corruptores de la vida. Todo ello son denominaciones imprecisas…
[Un detalle léxico: en Überfluss he mantenido aquí «exceso», mientras que Überfülle lo traduzco por «sobreabundancia». Conviene distinguirlos, porque Gratzt explota precisamente la repetición de Überfluss: el «exceso» positivo de sabiduría de Zaratustra frente al «exceso» negativo de humanidad]. (P. 329) Todo ello son denominaciones colectivas imprecisas y cargadas afectivamente, que no pueden delimitarse claramente unas de otras, sino que, por el contrario, están rodeadas por un halo de connotaciones que permite reunirlas en un complejo global de desprecio elitista hacia las masas.
55, 7 s. «“Amarillos”: así se llama a los predicadores de la muerte, o “negros”.»
Resulta cercana la asociación con la bilis amarilla y la bilis negra; así observa explicativamente Naumann 1899-1901, 1, 156: «Amarillos o negros se llama a los pesimistas; de ellos hablan el egoísmo bilioso y el deseo de negación propio de quien ve todo negro; son enfermos».
55, 9-11. «Ahí están los terribles, que llevan dentro de sí la fiera y no tienen otra elección que los placeres o desgarrarse a sí mismos. Y también sus placeres son todavía desgarramiento de sí mismos.»
Una nota póstuma observa de manera semejante: «Voluptuosidad y automutilación son impulsos vecinos. También entre los que conocen hay automutiladores: no quieren de ningún modo ser creadores» (NL 1882, KSA 10, 5[1]65, 194, 19-21).
Es posible que Nietzsche se inspirara aquí en las noticias sobre automutilaciones rituales acompañadas de placer que aparecían en obras etnológicas y de historia de las religiones de su tiempo. Así, Moritz Carrière, mencionado por Nietzsche en UB III, SE (cf. KSA 1, 365, 16), informa en su libro Die Kunst im Zusammenhang der Culturentwickelungacerca del culto fenicio a la diosa Cibeles: «Al son de flautas, tambores y címbalos, el placer salvaje arrastraba también en sus fiestas a la automutilación; sacerdotes castrados atendían su culto» (Carrière 1877, 341).
55, 13 s. «¡Que prediquen, pues, el apartamiento de la vida y que ellos mismos se marchen!»
Cf. NK 15, 5 s.
55, 15-17. «Ahí están los tísicos del alma: apenas han nacido, comienzan ya a morir y anhelan doctrinas de cansancio y renuncia.»
Una nota del invierno de 1882/83 lo formula en forma de interpelación: «Apenas habéis nacido, comenzáis ya también a morir» (NL 1882/83, KSA 10, 4[184], 164, 20 s.). Un escrito redactado solo un poco más tarde presenta esto como sabiduría del «Despierto» —nombre habitual de Buda—: «“El Despierto” soy yo: y vosotros, apenas habéis nacido, comenzáis ya también a morir» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]219, 212, 11 s.).
→ Brobjer 2004 (véase el apéndice en forma de tabla) remite ambas notas a la lectura por Nietzsche del Buddha de Oldenberg, aunque sin proporcionar referencias más precisas. Oldenberg presenta como una concepción fundamental del budismo la idea de que el ser humano, desde su nacimiento, se encamina hacia la vejez y la muerte: «del nacimiento surgen […] dolor y lamentos, sufrimiento, aflicción y desesperación» (Oldenberg 1881, 241).
Puede documentarse la «sabiduría» que en recopilaciones actuales de aforismos también se atribuye a Lao-Tsé (cf., por ejemplo, → Knischek 2005, 294) en la obra más conocida de Johann Michael Moscherosch, Wunderliche und Wahrhafftige Gesichte Philanders von Sittewald (a partir de 1640), adaptación de los Sueños españoles de Francisco de Quevedo y Villegas. En Moscherosch se lee: «Nacer es comenzar a morir; pero vivir es morir mientras se vive» (Moscherosch 1677, 191). (P. 330) 56, 2-3. «Envueltos en espesa melancolía y ávidos de los pequeños azares que traen la muerte: así esperan y rechinan los dientes unos contra otros.»
El pasaje surge de la combinación de dos notas de la recopilación de sentencias Z I 2, en la página 82, que aparecen inmediatamente una detrás de otra: «Envuelto en espesa melancolía: mi vida depende de pequeños azares. El solitario» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]170, 206, 11 s.). «Si se me llama héroe, entonces será uno mismo bastante modesto como para ser vanidoso una vez —dijo el solitario: alzó los dientes con desgana unos contra otros, los cuales, por lo demás, estaban mordidos» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]171, 206, 13-15).
56, 4-6. «O bien: buscan golosinas y se burlan de su puerilidad al hacerlo: se aferran a su brizna de paja de vida y se mofan de seguir todavía colgados de una brizna de paja. Su sabiduría dice: “Necio es quien sigue viviendo; ¡pero tan necios somos nosotros! ¡Y eso es lo más necio de la vida!”»
Una variante dice: «No os enojéis con quienes piensan como gente que se ahoga: se aferran a su brizna de paja de vida y saben poco de la vida, salvo que uno está aferrado a ella y que tiene poco sentido aferrarse a ella: los que están hundiéndose tienen poco valor —ese es el núcleo de su “sabiduría”» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]232, 214, 6-10).
56, 9-11. «La vida no es más que sufrimiento —así dicen otros, y no mienten: ¡procurad, pues, que se acabe! ¡Procurad, pues, que se acabe la vida, que no es más que sufrimiento!»
De «auténticos predicadores del sufrimiento» habla una nota póstuma: «Hay predicadores que enseñan el sufrimiento. Os sirven, aunque os odien» (NL 1882/83, KSA 10, 4[52], 124, 13 s.). En estos predicadores hay que pensar en primera línea en Schopenhauer, cuya «doctrina del sufrimiento» está influida por el budismo. Así pudo leer Nietzsche también en el Buddha de Hermann Oldenberg: «Toda vida es sufrimiento; este es el tema inagotable que una y otra vez, ora en las estrictas formas de la exposición conceptual abstracta, ora revestido de poéticas imágenes, nos sale al encuentro en el texto del budista» (Oldenberg 1881, 217).
Que la única consecuencia adecuada de este diagnóstico tendría que ser poner fin a la vida lo constata también una nota póstuma: «¿La vida es un sufrimiento? —Tenéis razón: pues entonces vuestra vida es un sufrimiento: — preocupaos, pues, de que la vida termine, la que no es otra cosa que sufrimiento» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]234, 214, 25-27).
56, 12 s. «Tú debes matarte a ti mismo. ¡Tú debes apartarte a ti mismo!»
Cuando el suicidio es designado en la nota póstuma como un «apartarse», esto implica su valoración como una huida cobarde. Esta valoración contrasta con Za I, «De la muerte libre», donde el suicidio se presenta como un acto de autonomía electiva. Sin embargo, esto no constituye una contradicción irresoluble, sino que puede explicarse porque en cada caso al suicidio subyacen motivos completamente distintos. Mientras que aquí se trata de un acto de debilidad, de un fracaso ante la vida, el discurso posterior presenta la muerte autodeterminada «en el momento justo» (93, 3) como culminación festiva de una vida lograda.
[Aquí hay un punto importante en davonstehlen: literalmente es «escabullirse, largarse furtivamente». Gratzt lo interpreta expresamente como feige Flucht, «huida cobarde». Por eso, en la cita de Zaratustra mantendría «apartarte» si esa es nuestra traducción fijada para davonstehlen, pero en el comentario conviene conservar la explicación fuerte: no es simplemente retirarse, sino escabullirse de la vida.](P. 332) 56, 14 s. «La voluptuosidad es pecado —así dicen unos, los que predican la muerte—: ¡apartémonos y no engendremos hijos!»
El precepto cristiano de castidad es llevado aquí ad absurdum mediante su radicalización, que tendría que conducir a la extinción de la humanidad. En Za III, «De los tres males», Zaratustra emprende una transvaloración de la voluptuosidad, considerada pecaminosa, a la que allí libera de todas sus connotaciones negativas —«inocente y libre para los corazones libres» (237, 10)— y reinterpreta como algo que enriquece la vida y promete dicha (cf. 237, 4-23 y NK 4/2, 237, 4-6). Sobre la relación, sin embargo, ciertamente ambivalente de Zaratustra con la castidad, cf. NK 69, 1.
56, 16 s. «Dar a luz es penoso —dicen los otros—: ¿para qué seguir dando a luz? ¡Solo se da a luz a desgraciados!»
Cf., por el contrario, la metaforización que hace Zaratustra del creador como alguien que da a luz (sobre ello, NK 111, 4-6).
56, 23 s. «Ser malos: esa sería su verdadera bondad.»
Una y otra vez Zaratustra pone de relieve el carácter beneficioso de propiedades y modos de comportamiento que comúnmente son rechazados como inmorales y pecaminosos. Así, habla más tarde, por ejemplo, del «devenir del bien mediante el mal» (78, 28 s.); constata: «Así pertenece el mal supremo a la bondad suprema» (149, 20); o se dirige a su interlocutor con estas palabras: «Todo mal lo creo posible de ti: por eso quiero de ti el bien» (152, 16). Za II, «De los tres males», sitúa en el centro las correspondientes transvaloraciones. La alta valoración del «mal» alcanza un punto culminante en Za III, «El convaleciente», donde Zaratustra declara que «lo peor» es la «mejor fuerza» del hombre (274, 3 s.; NK 4/2, 274, 2-11).
56, 27-57, 1. «Y también vosotros, para quienes la vida es trabajo frenético e inquietud: ¿no estáis muy cansados de la vida? ¿No estáis ya muy maduros para la prédica de la muerte? / Todos vosotros, a quienes os gusta el trabajo frenético y lo rápido, nuevo, extraño: os soportáis mal a vosotros mismos; vuestro afán es huida y voluntad de olvidarse a sí mismo. / Si creyeseis más en la vida, os entregaríais menos al instante.»
Zaratustra sugiere aquí una conexión entre el cansancio de la vida y la dinámica y fugacidad de la existencia moderna, ante las cuales la vida se agotaría en «trabajo frenético e inquietud». La mirada crítico-cultural, característica de la época, sobre el ritmo acelerado de la modernidad aparece con frecuencia en los escritos de Nietzsche. Una nota del invierno de 1882/83, época de gestación de Za I, formula, con la vista puesta en el presente y en la cultura: «Lo máximo posible y esto con la máxima rapidez posible: esto es lo que quiere la gran enfermedad del espíritu y del sentimiento, que unas veces se llama “presente”, otras “cultura”, pero que en verdad es un signo precursor de la tisis» (NL 1882, KSA 10, 5[1], 188, 21-24).
FW 329 presenta la furia europea por el trabajo como una importación americana contagiosa, una nueva «ferocidad» que el hablante enlaza irónicamente con la «ferocidad» indígena de los nativos norteamericanos: «Hay algo de ferocidad india, algo propio de la sangre india, en el modo en que los americanos persiguen el oro; y su prisa sin aliento en el trabajo —el auténtico vicio del Nuevo Mundo— comienza ya, por contagio…» (P. 332) a volver salvaje a la vieja Europa y a extender sobre ella una muy singular falta de espíritu» (KSA 3, 556, 4-9).
56, 32-57, 2. «Si creyeseis más en la vida, os entregaríais menos al instante. Pero no tenéis en vosotros bastante contenido para esperar —¡y ni siquiera para la pereza!»
Una nota interpreta la incapacidad para esperar como signo de una constitución social exteriormente activa, pero en realidad interiormente debilitada: «¡No os dejéis engañar! Los pueblos más activos albergan en sí el mayor cansancio; su inquietud es debilidad: ya no tienen bastante contenido para esperar ni para la pereza» (NL 1882, KSA 10, 5[1]129, 201, 20-22; cf. también NL 1882, KSA 10, 4[76], 135, 11 s.).
A la crítica de una existencia superficial y de ritmo acelerado, y a la consiguiente valoración de la capacidad de esperar, corresponde el elogio de la lentitud en Za I, «De las moscas del mercado»: «Lenta es la experiencia de todos los pozos profundos: mucho tiempo tienen que esperar hasta saber qué cayó en su profundidad» (66, 17 s.). Un pasaje posterior de Za III, «Del espíritu de la gravedad», contrapone a una forma de espera determinada desde fuera otra referida a sí mismo y constitutiva de identidad (cf. al respecto NK 4/2, 244, 20-24).
57, 7. «La tierra está llena de aquellos a quienes hay que predicar la muerte. / O “la vida eterna”: a mí me da lo mismo —¡con tal de que se marchen rápidamente!»
Se trata aquí de una alusión al Salmo 90, en el que Moisés subraya la caducidad del ser humano: «Nuestra vida dura setenta años, y, si mucho, son ochenta años, y aunque haya sido preciosa, es esfuerzo y trabajo; pues pasa rápidamente, como si volásemos de aquí» (Salmo 90, 10; Die Bibel AT 1818, 601), y contrapone a ella la eternidad de Dios: «Señor, Dios, tú eres nuestro refugio de generación en generación. Antes de que fueran hechas las montañas y fueran creadas la tierra y el mundo, tú eres Dios, de eternidad en eternidad» (Salmo 90, 2; ibid.).
Zaratustra, por el contrario, equipara la promesa cristiana de una vida eterna con la prédica de la muerte; reconoce en ella, por tanto, un señuelo destinado a inducir a los hombres a abandonar lo más rápidamente posible el mundo de aquí. Un artículo aparecido en 1926 con el título Las doctrinas de Nietzsche a la luz de la higiene racial interpreta esto como un alegato en favor de la «eliminación consciente de los elementos débiles» (→ Kirchner 1926, 383; cf. al respecto NK 94, 27-31)
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