1.13. De la castidad

El capítulo más breve de todo Zaratustra, que no ha recibido demasiada atención por parte de la investigación (cf. los apartados correspondientes de los comentarios, en particular Naumann 1899-1901, I, pp. 174-176; → Pieper 1990, pp. 244-263; → Rosen 1995, pp. 108-110; → Burnham/Jesinghausen 2010, pp. 52 s.), puede entenderse como contrapartida de FW 71, «De la castidad femenina»

(P. 479) «De la castidad femenina», puede leerse. Al presentar ambos textos el impulso sexual como un factor determinante de la existencia humana, sitúan en el centro un aspecto antropológico ampliamente reprimido en la sociedad burguesa de la época de Nietzsche. «¿Hablo yo de cosas sucias?» (70, 8): con ello Zaratustra señala también que está traspasando los límites de lo socialmente admisible. Mientras que FW 71 aboga por la ilustración sexual de la mujer y por la aceptación de la sexualidad femenina, rompiendo así un tabú de la época (cf. al respecto NK 3/2, p. 567 s.), Za I, De la castidad, sitúa en el centro la estructura pulsional masculina y se mueve con ello mucho más dentro del marco de las concepciones burguesas contemporáneas.

El discurso sobre la castidad es significativo para las ideas de Nietzsche acerca de las pulsiones humanas, que las aceptan como fuerzas antropológicas fundamentales y exploran las posibilidades de orientarlas productivamente. Ya M 560esboza la idea de una regulación de las pulsiones: el hombre podría cultivar sus pulsiones como un «jardinero» (KSA 3, 326, 8) y «hacerlas crecer tan fecundas y provechosas como una hermosa fruta en espaldera» (ibid., 326, 10-12). Zaratustra lleva más allá esta idea del cultivo en Za I, De las alegrías y las pasiones, con la idea de una transformación de las pulsiones, al trasladar el esquema de pensamiento de la autosuperación a la economía de los afectos y las virtudes del hombre (cf. al respecto NK 43, 11 s.). Sin embargo, trata de otro modo el impulso sexual. En lugar de reconvertirlo en fuerza productiva, considera las alternativas de conducta de la castidad y de la sensualidad desenfrenada.

La confrontación de Nietzsche con la castidad y la sexualidad alcanza un punto culminante en EH, donde se establece un código moral que combate «toda especie de contranaturaleza», formulado allí en la correspondiente máxima contra la represión del impulso sexual: «La máxima dice: la prédica de la castidad es una incitación pública a la contranaturaleza. Todo desprecio de la vida sexual, toda contaminación de esta mediante el concepto de “impuro” es el crimen mismo contra la vida, — es el verdadero pecado contra el espíritu santo de la vida.» (EH, Libros 5, KSA 6, 307, 9-13). Zaratustra está muy lejos de semejante concepción. Ciertamente, tampoco él aboga por una represión de las pulsiones à la Schopenhauer, pero tampoco se esfuerza por liberar a la sexualidad de la connotación de lo «impuro». El «predicador del cuerpo» manifiesta una actitud extrañamente ambivalente frente al impulso sexual… (P. 480) …impulso sexual, que, por una parte, acepta como un hecho biológico, pero que, por otra, quiere ver reprimido y refrenado. La sexualidad posee en el discurso de Zaratustra una connotación inequívocamente negativa; la reviste precisamente de aquellas representaciones de impureza que EH rechaza con tanta vehemencia. No solo habla del «lodo y el celo del alma» (70, 6 s.), sino también de la «perra sensualidad» que ansía carne (67, 16; 67, 20). Considera que el impulso sexual rebaja al hombre al comportamiento de un animal gobernado por el instinto y las pulsiones; más aún, lo sitúa incluso por debajo de este, pues «al animal le pertenece la inocencia» (69, 11), y precisamente esta le falta al hombre. Esta hostilidad hacia la sexualidad y el placer armoniza mal con la orientación de Zaratustra hacia el más acá y hacia el cuerpo. Su relación con la sexualidad resulta poco resuelta y se revela como una «extrañamente papal encíclica sobre la liberación del cuerpo y los deseos» (→ Götze 2003, 92).

A los discípulos, a quienes Zaratustra se dirige casi ininterrumpidamente en este capítulo, no los exhorta a reprimir sus deseos sensuales, sino a la «inocencia de los sentidos» (69, 12 s.). Es este un consejo paradójico y difícilmente realizable, pues la «inocencia» no puede imponerse mediante una decisión consciente. El «maestro» Zaratustra no proporciona, por tanto, a sus oyentes reglas prácticas de conducta, sino que busca una vía intermedia: si bien no quiere secundar la condena cristiana de la sexualidad, está, sin embargo, determinado por una clara repugnancia hacia el placer sexual. En correspondencia con ello, también su relación con la castidad es ambivalente, pues solo la rechaza cuando se trata de una castidad forzada, represora de las pulsiones, de quienes no son castos (al respecto, también NK 69, 1). Dos discursos posteriores abordan aspectos de la sexualidad desde una perspectiva diferente: Za I, De viejas y jóvenes mujercitas, con la mirada puesta en la mujer, y Za I, Del matrimonio, con la mirada puesta en el matrimonio. En Za II, Del conocimiento inmaculado, Zaratustra habla metafóricamente de lo impúdico y lo sucio para desacreditar la actitud del conocimiento puro.

69, 1 De la castidad.] Hasta Za, las manifestaciones de Nietzsche acerca de la castidad atacan al unísono la mendacidad de los predicadores de la castidad y lo absurdo de su exigencia. Cf., por ejemplo, NL 1880, KSA 9, 4[135], 135, 3-7: «La castidad es una virtud únicamente para la edad de los muchachos y muchachas a medio desarrollar: en sí misma, una perversidad, porque es…» (P. 481) «…destruiría la especie». Zaratustra, en cambio, no se muestra contrario a una continencia que resulta de una falta de impulso sexual, a una castidad «de raíz» (70, 12). Con ello emplea el concepto de castidad en su significación fundamental, que designa la ascesis en forma de abstinencia sexual. Esto se ajusta a su condición de profeta y subraya su proximidad a las figuras religiosas de salvadores, pues en muchas religiones la idea de castidad, entendida como pureza cultual y ritual, desempeña un papel importante. En el cristianismo, como es sabido, la castidad adquirió ya en la Iglesia primitiva una gran importancia en el ideal de la virginidad y encontró después sus configuraciones históricas en el voto de castidad del monacato y en la obligación de celibato de los sacerdotes católicos. En la Primera Carta a los Corintios se presenta la castidad como algo deseable, pero inmediatamente después se dice: «Pero, a causa de la fornicación, tenga cada uno su propia mujer, y tenga cada una su propio marido» (1 Corintios 7, 2; Die Bibel NT 1818, 202). De manera semejante, Zaratustra, que al igual que Jesús vive sin casarse, considera absurdo imponer la castidad; además, su visión de quienes son castos de manera infantil no parece estar completamente exenta de ironía (cf. 70, 12-19).

69, 2 s. Amo el bosque. En las ciudades se vive mal: allí hay demasiados que están en celo.] La oposición entre ciudad y bosque (naturaleza) adquiere, como también en Za I, De las moscas del mercado (cf. NK 69, 21 s.), una tonalidad de crítica cultural: mientras que la gran ciudad aparece como criadero de una sexualidad desenfrenada y de deseos atávicos, el bosque se presenta como lugar de retiro en el que se puede «vivir mejor». Esto recuerda al viejo eremita de Za I, Prólogo 2, que ha huido de la esfera de los hombres al bosque. La crítica a las condiciones sociales urbanas alcanza su punto culminante en Za III, Del pasar de largo, donde Zaratustra hace una breve visita a la «gran ciudad» (222, 12), antes de volver para siempre la espalda a la sociedad moderna.

69, 4 s. ¿No es mejor caer en manos de un asesino que en los sueños de una mujer en celo?] El deseo sexual de la mujer es contemplado aquí, sin más, desde la perspectiva del hombre, que preferiría convertirse en víctima de asesinato antes que en objeto del anhelo deseante de la mujer. En este sentido se expresa… (482) En este sentido se expresa también el yo hablante en la siguiente nota: «Mirad a aquella mujer pálida; preferiría aún caer en sus manos, aunque sean manos ávidas de matar, antes que caer en sus sueños.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[110], 147, 8-10).

69, 6 s. Y miradme a estos hombres: su mirada lo dice — no conocen nada mejor sobre la tierra que yacer con una mujer.] Una variante póstuma pone la «dicha» en el otro platillo de la balanza frente a la satisfacción del placer: «Hay bastantes que no conocen nada mejor sobre la tierra que yacer con una mujer. ¡Qué saben ellos de la dicha!» (NL 1882/83, KSA 10, 5[1]267, 219, 5 s.).

69, 8 s. Hay lodo en el fondo de su alma; ¡y ay si su lodo tiene además espíritu!] PHG 7 remite la metáfora del «alma enlodada» a Heráclito: «Que tan pocos hombres vivan conscientemente en el logos y conforme a la mirada del artista que todo lo abarca se debe a que sus almas están húmedas y a que los ojos y los oídos del hombre, y en general su intelecto, son un mal testigo cuando un lodo húmedo invade sus almas.» (KSA 1, 831, 19-24). Como modelo de esta representación está el fragmento B 118 de Heráclito, según el cual el alma más seca es la más sabia.

69, 10 ¡Ojalá fueseis al menos perfectos como animales!] «También como animal hay que ser perfecto si se quiere llegar a ser perfecto como hombre.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[94], 142, 1 s.).

69, 12 s. ¿Os aconsejo matar vuestros sentidos? Os aconsejo la inocencia de los sentidos.] Una nota póstuma formula el paradójico mandamiento de una inocencia que ha de ser restablecida: «No debéis matar vuestros sentidos, sino santificarlos — hacerlos inocentes.» (NL 1882/83, KSA 10, 4[94], 142, 22 s.).

69, 14 s. ¿Os aconsejo la castidad? La castidad es en algunos una virtud, pero en muchos casi un vicio.] Que quien erige la castidad en ideal se vuelve sospechoso queda reflejado en una nota de la colección de sentencias «En alta mar»: «Quien es casto por naturaleza no tiene en gran estima la castidad, exceptuando a algún necio de la vanidad. Sus idolatradores son aquellos que tienen razones para desear ser castos o haberlo sido — los cerdos de Circe.» (NL 1882, KSA 10, 3[1]217, 78, 19-22). Como «idolatradores» de la castidad, una nota póstuma del verano/otoño de 1884 identifica a Philipp Mainländer y Richard… (P. 483) Richard Wagner, a quienes allí se declara «apóstoles de la castidad incondicional» (NL 1884, KSA 11, 26[383], 252, 13 s.). También en Za IV se formulan reservas frente a la castidad. En «Del hombre superior» aparece la observación, aunque tampoco ella exenta de ironía: «Aquel cuyos padres trataron con mujeres y con vinos fuertes y jabalíes: ¿qué sería si ese pretendiese de sí mismo castidad?» (363, 10-12). Y en «De la ciencia» el mago queda desenmascarado como un apóstol de la castidad de doble lengua: «¡te pareces a aquellos que con su alabanza de la castidad invitan secretamente a voluptuosidades!» (375, 16 s.).

69, 16 s. Esos se contienen, ciertamente: pero la perra sensualidad mira con envidia desde todo lo que hacen.] La sensualidad reprimida por una castidad forzada retorna como resentimiento. La expresión «perra sensualidad» podría aludir al hecho de que el perro es considerado hasta hoy en el islam como un animal impuro. Ya el Zaratustra histórico habría señalado la particular fuerza del instinto de la perra: «Cuando una perra está en celo, hay que dejarla con el perro», traduce Pietraszewski 1864, 134, del Zend-Avesta. Emparentada con esta se encuentra la metáfora de los «perros salvajes» (43, 11), que en Za I, De las alegrías y las pasiones designa las pulsiones no domesticadas del hombre, que allí, sin embargo, aguardan su ennoblecimiento (cf. NK 43, 11 s.).

Carl Albrecht Bernoulli, hijo de Carl Johann Bernoulli y discípulo de Franz Overbeck, retoma posteriormente la metáfora de la «perra sensualidad» en su novela sobre Séneca (1901) como imagen de la corrupción de Roma: «El vicio pende sobre Roma como una enorme araña negra. La perra Sensualidad tiene la rabia. Con los ojos rojos y lacrimosos mira fijamente ante sí y corre por las callejas enseñando los dientes, con la boca cubierta de espuma.» (Bernoulli 1901, 5).

69, 18 s. Hasta las alturas de su virtud y hasta dentro del frío espíritu los sigue esta bestia y su desasosiego.] En una versión preparatoria se dice de forma menos metafórica: «Hasta la última altura de su espíritu los sigue el desasosiego del deseo» (N V 8, 22). La idea de que lo espiritual no puede separarse de lo sexual, sino que incluso en su grado más alto permanece bajo su influencia, es retomada en JGB 75: «El grado y la índole de la sexualidad de un hombre alcanzan hasta la última cumbre de su espíritu.» (KSA 5, 87, 9 s.).

69, 20 s. ¡Y con qué buenos modales sabe la perra sensualidad mendigar un pedazo de espíritu cuando…

(P. 484) 69, 20 s. ¡Y con qué buenos modales sabe la perra sensualidad mendigar un pedazo de espíritu cuando se le niega un pedazo de carne!] De acuerdo con la idea aquí formulada, según la cual lo espiritual puede convertirse en sustituto de una sensualidad y una pulsionalidad reprimidas, Za II, Del conocimiento inmaculado hace derivar, desde la perspectiva inversa, la actitud del conocimiento desinteresado de una represión buscada. También allí recurre Zaratustra a la metáfora del perro jadeante: «Eso sería para mí lo supremo —así se habla a sí mismo vuestro espíritu mentiroso—: mirar la vida sin deseo y no como el perro con la lengua colgando» (157, 6-8).

69, 22 ¿Amáis las tragedias y todo lo que destroza el corazón?] Una versión previa lo formula como una constatación en tercera persona: «Aman las tragedias y todo lo que destroza el corazón: son crueles» (N V 8, 22).

69, 24-68, 2 Tenéis para mí ojos demasiado crueles y miráis con avidez a los que sufren. ¿No se habrá disfrazado tan solo vuestra voluptuosidad y se llamará compasión?] También Za III, El convaleciente subraya el placer del hombre en la crueldad: «Cuando el gran hombre grita, enseguida corre hacia él el pequeño; y la lengua le cuelga de la garganta de pura avidez. Pero él lo llama su “compasión”.» (273, 22-24). Zaratustra señala una y otra vez que el deseo pulsional del hombre puede manifestarse bajo los disfraces más diversos y presentarse incluso disfrazado de compasión. Sobre el motivo de la voluptuosidad, véase NK 4/2, 237, 4-6.

70, 3 s. Y también os doy esta parábola: no pocos que querían expulsar a su diablo se metieron ellos mismos en los cerdos.] Se trata de una alusión a Mateo 8, 30-32, donde se cuenta cómo Jesús libera a dos posesos de sus demonios y cómo los espíritus expulsados toman entonces posesión de una piara de cerdos: «Había lejos de ellos una gran piara de cerdos paciendo. Entonces los diablos le rogaron diciendo: Si nos expulsas, permítenos entrar en la piara de cerdos. Y él dijo: ¡Id! Entonces salieron y entraron en la piara de cerdos. Y he aquí que toda la piara se precipitó impetuosamente al mar y se ahogó en el agua.» (Die Bibel NT 1818, 11). Zaratustra invierte la parábola al constatar el frecuente fracaso de semejante expulsión del diablo: «meterse uno mismo en los cerdos» significa, por consiguiente, arruinarse a sí mismo. Sobre el lenguaje parabólico de Zaratustra y su tematización autorreflexiva, cf. NK 98, 26-99, 2. (P. 485) 70, 5-7 A quien le resulta difícil la castidad, hay que desaconsejársela: para que no se convierta en el camino al infierno — esto es, al lodo y el celo del alma.] Parece fundamental la idea de que el impulso sexual masculino, debido a la predisposición natural, se manifiesta con distinta intensidad en cada individuo y de que no puede imponerse una abstinencia sexual contraria a la disposición personal. El capítulo «Del hombre superior» de Za IV retoma esta idea de manera burlesca; allí Zaratustra invita a considerar: «Aquel cuyos padres trataron con mujeres y con vinos fuertes y jabalíes: ¿qué sería si ese pretendiese de sí mismo castidad? ¡Sería una necedad! Mucho, en verdad, me parece para uno así que sea marido de una, o de dos, o de tres mujeres.» (363, 10-15). Según esto, es posible una moderación del impulso sexual, pero no su represión completa. Zaratustra considera esta última incluso directamente perjudicial, porque conduce a desplazamientos, sublimaciones y perversiones: hay seductores, señala en Za IV, De la ciencia, «que con su alabanza de la castidad invitan secretamente a voluptuosidades» (375, 16 s.). Zaratustra ofrece así planteamientos para una psicopatología del impulso sexual reprimido, que se abre camino bajo una forma transformada. El deseo de «carne» se disfraza de deseo de «espíritu», y el placer sexual se transforma en placer ante el sufrimiento ajeno; se «disfraza», como dice Zaratustra, de compasión. La compasión, supuestamente altruista, aparece así como un impulso sexual pervertido y, en consecuencia, como algo sumamente egoísta.

70, 5 A quien le resulta difícil la castidad, hay que desaconsejársela.] Esta argumentación corresponde a la actitud hacia el matrimonio expresada en 1 Corintios 7, 8 s.: «Digo, pues, a los solteros y a las viudas: les está bien que permanezcan también como yo. Pero si no pueden contenerse, que se casen; es mejor casarse que padecer el celo.» (Die Bibel NT 1818, 202).

70, 6 s. al lodo y el celo del alma.] Cf. NK 69, 8 s.

70, 8-11 ¿Hablo de cosas sucias? Eso no es para mí lo peor. / No cuando la verdad es sucia, sino cuando es poco profunda, entra el que conoce de mala gana en sus aguas.] Una nota póstuma de finales del verano de 1882 lo formula de manera casi idéntica: «No cuando la verdad es sucia, sino cuando es poco profunda, entra el que conoce de mala gana en el agua.» (NL … (P. 486) …(NL 1882, KSA 10, 3[1]169, 73, 17 s.). En Za I, De las tres transformaciones, por el contrario, Zaratustra comparó la aspiración a la verdad y al conocimiento con el baño en agua sucia: «¿O es esto: meterse en agua sucia cuando es el agua de la verdad, y no apartar de sí frías ranas y ardientes sapos?» (29, 24-26).

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