3.11. DEL ESPÍRITU DE LA GRAVEDAD

[1]

Mi boca es del pueblo: hablo con demasiada rudeza y cordialidad para las liebres de seda. Y todavía más extraña suena mi palabra a todos los calamares y zorros de pluma.

Mi mano es una mano de necio: ¡ay de todas las mesas y paredes, y de cuanto aún tenga sitio para adorno de necio, borrón de necio!

Mi pie es una pata de caballo; con ella pataleo y troto por palos y piedras, de acá para allá, campo a través, y ando endiablado de placer en todo correr veloz.

Mi estómago: ¿es quizá el estómago de un águila? Pues ama sobre todo la carne de cordero. Pero, ciertamente, es el estómago de un pájaro. Alimentado con cosas inocentes y con poco, dispuesto e impaciente por volar, por volar lejos: esa es ahora mi naturaleza; ¡cómo no habría de haber en ella algo de naturaleza de pájaro! Y sobre todo, que soy enemigo del espíritu de la gravedad, eso es naturaleza de pájaro: y en verdad, enemigo a muerte, archienemigo, enemigo primordial. ¡Oh, adónde no ha volado ya y se ha extraviado volando mi enemistad!

De ello podría ya cantar una canción, y quiero cantarla: aunque esté solo en una casa vacía y deba cantarla a mis propios oídos. Hay, ciertamente, otros cantores a quienes solo la casa llena les hace suave la garganta, locuaz la mano, expresivo el ojo, despierto el corazón: a esos no me parezco.

[2]

El que un día enseñe a volar a los hombres, habrá desplazado todos los mojones; todos los mojones mismos volarán para él por los aires, bautizará de nuevo la tierra como «la ligera».

El avestruz corre más veloz que el caballo más veloz, pero también él hunde aún pesadamente la cabeza en tierra pesada: así el hombre que aún no puede volar. Pesadas llama él a la tierra y a la vida; y así lo quiere el espíritu de la gravedad. Pero quien quiera volverse ligero y pájaro, debe amarse a sí mismo: así enseño yo.

No, ciertamente, con el amor de los enfermos crónicos y los adictos: pues en ellos apesta incluso el amor propio. Uno debe aprender a amarse a sí mismo —así enseño yo— con un amor íntegro y sano: de modo que uno se soporte a sí mismo y no ande errante. Tal andar errante se bautiza a sí mismo «amor al prójimo»: con esta palabra se ha mentido y se ha fingido hipócritamente hasta ahora de la mejor manera, y en especial por aquellos que eran una carga pesada para todo el mundo.

Y, en verdad, aprender a amarse a sí mismo no es un mandamiento para hoy y mañana. Más bien, de entre todas las artes, esta es la más fina, la más astuta, la última y la más paciente. Pues para su dueño todo lo propio está bien escondido; y de todas las minas de tesoros, la propia es la que más tarde se desentierra: así lo dispone el espíritu de la gravedad.

Casi ya en la cuna se nos dan en dote palabras pesadas y valores: «bien» y «mal», así se llama a sí misma esa dote. Por causa de ella se nos perdona que vivamos.

Y para eso se deja que los niñitos se acerquen, para impedirles a tiempo que se amen a sí mismos: así lo dispone el espíritu de la gravedad.

Y nosotros, nosotros acarreamos fielmente lo que se nos da en dote, sobre hombros duros y por ásperos montes. Y si sudamos, se nos dice: «Sí, la vida es pesada de llevar». ¡Pero solo el hombre es pesado de llevar para sí mismo! Eso se debe a que carga demasiado de ajeno sobre sus hombros. Igual que el camello, se arrodilla y deja que lo carguen bien. En especial el hombre fuerte, sufrido, en quien mora la reverencia: demasiadas palabras y valores ajenos y pesados carga sobre sí, y ahora la vida le parece un desierto.

¡Y, en verdad, también más de una cosa propia es pesada de llevar! Y mucho de lo interior en el hombre es como la ostra: nauseabundo y escurridizo y difícil de asir, de modo que una noble concha, con noble adorno, debe interceder por ello. Pero también este arte se debe aprender: tener concha y bello parecer y sagaz ceguera. Y, de nuevo, engaña acerca de más de una cosa en el hombre el que más de una concha sea pobre y triste y demasiado concha. Mucha bondad y fuerza escondidas no llegan nunca a ser adivinadas; los bocados más exquisitos no encuentran paladares que los gusten. Las mujeres lo saben, las más exquisitas: un poco más gruesa, un poco más enjuta —¡oh, cuánto destino yace en tan poco!

El hombre es difícil de descubrir, y a sí mismo, más difícil todavía; a menudo miente el espíritu acerca del alma. Así lo dispone el espíritu de la gravedad. Pero se ha descubierto a sí mismo aquel que dice: «Esto es mi bien y mi mal»: con ello ha hecho enmudecer al topo y al enano que dice: «Para todos bueno, para todos malo».

En verdad, tampoco me gustan aquellos a quienes toda cosa les parece buena y este mundo incluso el mejor. A esos los llamo los omnicomplacientes. Omnicomplacencia que sabe gustar de todo: ¡ese no es el mejor gusto! Honro las lenguas y los estómagos díscolos y selectivos, que aprendieron a decir «Yo» y «Sí» y «No». Pero masticarlo y digerirlo todo: ¡eso es una verdadera naturaleza porcina! Decir siempre «i-a»: eso lo aprendió solo el asno, y quien es de su espíritu.

El amarillo profundo y el rojo ardiente: así lo quiere mi gusto, que mezcla sangre en todos los colores. Pero quien encala de blanco su casa delata ante mí un alma encalada. Unos, enamorados de momias; otros, de fantasmas; y ambos por igual enemigos de toda carne y sangre: ¡oh, cómo van ambos contra mi gusto! Pues yo amo la sangre.

Y allí no quiero habitar ni permanecer, donde todo el mundo escupe y esputa: ese es ahora mi gusto; antes viviría aún entre ladrones y perjuros. Nadie lleva oro en la boca. Pero más repugnantes me son todavía todos los lamebabas; y la más repugnante bestia de hombre que encontré, a esa la bauticé «parásito»: no quería amar y, sin embargo, quería vivir del amor.

Desventurados llamo a todos los que tienen solo una elección: volverse bestias malvadas o malvados domadores de bestias; entre tales no levantaría para mí cabañas.

Desventurados llamo también a aquellos que siempre deben esperar: esos van contra mi gusto, todos los aduaneros y tenderos y reyes, y los demás guardianes de países y de tiendas. En verdad, también yo aprendí a esperar, y a fondo, pero solo a esperarme a mí mismo. Y por encima de todo aprendí a estar de pie y a caminar y a correr y a saltar y a trepar y a danzar. Pero esta es mi enseñanza: quien quiera un día aprender a volar, primero debe aprender a estar de pie y a caminar y a correr y a trepar y a danzar: no se consigue volar a fuerza de volar. Con escalas de cuerda aprendí a trepar a más de una ventana; con piernas veloces subí a altos mástiles: estar sentado en altos mástiles del saber no me pareció pequeña bienaventuranza, —flamear como pequeñas llamas en altos mástiles: una pequeña luz, ciertamente, pero aun así un gran consuelo para navegantes extraviados y náufragos.

Por muchos caminos y maneras llegué a mi verdad; no ascendí por una sola escalera a la altura donde mi ojo vaga hacia mi lejanía. Y solo a disgusto pregunté siempre por caminos: ¡eso iba siempre contra mi gusto! Antes bien, pregunté y probé los caminos mismos.

Un probar y preguntar fue todo mi caminar: y, en verdad, también se debe aprender a responder a tal preguntar. Pero esto es mi gusto: —ni bueno ni malo, sino mi gusto, del que ya no tengo ni vergüenza ni ocultamiento.

«Este es ahora mi camino: ¿dónde está el vuestro?», así respondí a quienes me preguntaban «por el camino». Pues el camino: ese no existe. 

Así habló Zaratustra.

Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

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