[1]
En el sueño, en el último sueño de la mañana, hoy estuve de pie sobre un promontorio —más allá del mundo, sostenía una balanza y pesaba el mundo. ¡Ay, que demasiado pronto me vino la aurora: me abrasó hasta despertarme, la celosa! Siempre está celosa de los ardores de mis sueños matutinos.
Mensurable para quien tiene tiempo, pesable para un buen pesador, alcanzable en vuelo para alas fuertes, adivinable para divinos cascanueces: así halló mi sueño el mundo: — Mi sueño, un audaz navegante, mitad nave, mitad novia del viento, silencioso como las mariposas, impaciente como los halcones nobles: ¿cómo tuvo, sin embargo, hoy paciencia y tiempo para pesar el mundo? ¿Le susurró acaso en secreto mi sabiduría, mi sabiduría diurna, risueña y despierta, que se burla de todos los “mundos infinitos”? Pues ella dice: “donde hay fuerza, también el número se hace señor: este tiene más fuerza.”
Con qué seguridad contempló mi sueño este mundo finito, no curioso, no ávido de lo viejo, no temeroso, no suplicante, como si una manzana colmada se ofreciese a mi mano, una madura manzana de oro de fresca, suave, aterciopelada piel, así se me ofreció el mundo; como si un árbol me hiciera señas, uno de anchas ramas, de fuerte voluntad, curvado para servir de respaldo y aun de reposapiés al fatigado del camino, así se alzaba el mundo sobre mi promontorio; como si delicadas manos me acercaran un sagrario, un sagrario abierto para el deleite de ojos pudorosos y veneradores: así me salió hoy el mundo al encuentro; no enigma bastante como para ahuyentar de él el amor humano, no solución bastante como para adormecer la sabiduría humana: una cosa humanamente buena fue hoy para mí el mundo, al que tanto mal se le achaca.
¡Cómo agradezco a mi sueño matutino que así, de madrugada, haya pesado hoy el mundo! Como una cosa humanamente buena vino a mí, este sueño, este consolador del corazón. Y para hacer yo como él durante el día y aprender de él, siguiéndolo, lo mejor: quiero ahora poner sobre la balanza las tres cosas más malas y sopesarlas humanamente bien. Quien enseñó a bendecir, enseñó también a maldecir; ¿cuáles son en el mundo las tres cosas más malditas? Estas quiero poner sobre la balanza.
Voluptuosidad, ansia de dominio, egoísmo: estos tres han sido hasta ahora los mejor maldecidos y los peor difamados por bocas mentirosas; estos tres quiero sopesarlos humanamente bien.
¡Ea! Aquí está mi promontorio y allí el mar: este rueda hacia mí, hirsuto, zalamero, el viejo y fiel monstruo canino de cien cabezas al que amo. ¡Ea! Aquí quiero sostener la balanza sobre el mar revuelto; y también elijo a un testigo para que mire, — a ti, árbol ermitaño, a ti, de fuerte fragancia, de amplia bóveda, al que amo.
¿Sobre qué puente va el ahora hacia el algún-día? ¿Por qué coacción se fuerza lo alto hacia lo bajo? ¿Y qué ordena incluso a lo más alto crecer aún hacia arriba? —
Ahora está la balanza equilibrada y quieta: tres pesadas preguntas arrojé en ella; tres pesadas respuestas sostiene el otro platillo.
[2]
Voluptuosidad: para todos los despreciadores del cuerpo vestidos de cilicio, su aguijón y su estaca, y maldita como “mundo” entre todos los ultramundanos porque se burla y escarnece a todos los maestros de la confusión y del error.
Voluptuosidad: para la chusma, el fuego lento en el que se quema; para toda la madera agusanada, para todos los andrajos apestosos, el horno presto de celo y hervor.
Voluptuosidad: para los corazones libres, inocente y libre, la dicha-jardín de la tierra, el desbordamiento de gratitud de todo futuro hacia el ahora.
Voluptuosidad: solo para lo marchito, un veneno dulzón; pero para los de voluntad de león, el gran fortalecimiento del corazón, y el vino de los vinos preservado con reverencia.
Voluptuosidad: la gran dicha-parábola para una dicha más alta y para la más alta esperanza. Porque a muchas cosas les está prometido matrimonio y más que matrimonio, — a muchas cosas que son más extrañas entre sí que hombre y mujer: — ¿y quién comprendió del todo cuán extraños entre sí son hombre y mujer?
Voluptuosidad: — pero quiero tener cercas en torno a mis pensamientos y también en torno a mis palabras: ¡para que no irrumpan en mis jardines los puercos y los fanáticos!
Ansia de dominio: el látigo incandescente de los más duros entre los duros de corazón; la atroz tortura que se reserva al más cruel mismo; la llama sombría de piras vivientes.
Ansia de dominio: el tábano malicioso que se les pone a los pueblos más vanidosos; la escarnecedora de toda virtud incierta; la que cabalga sobre todo corcel y sobre todo orgullo.
Ansia de dominio: el terremoto que rompe y abre todo lo podrido y ahuecado; la demoledora rodante, rugiente y castigadora de sepulcros blanqueados; el relampagueante signo de interrogación junto a respuestas prematuras.
Ansia de dominio: ante cuya mirada el hombre se arrastra y se agacha y sirve servilmente, y se vuelve más bajo que serpiente y puerco, hasta que por fin el gran desprecio grita desde él.
Ansia de dominio: la temible maestra del gran desprecio, que predica a ciudades e imperios a la cara: “¡fuera contigo!” — hasta que desde ellos mismos grita: “¡fuera conmigo!”
Ansia de dominio: pero la que también asciende, seductora, hacia los puros y los solitarios y arriba hacia alturas autosuficientes, ardiente como un amor que pinta, seductor, bienaventuranzas purpúreas en cielos terrenales.
Ansia de dominio: pero ¿quién la llamaría ansia cuando lo alto apetece hacia abajo poder? En verdad, nada enfermizo ni adictivo hay en tal apetecer y descender. Que la altura solitaria no se aísle eternamente ni se baste a sí misma; que la montaña venga al valle y los vientos de la altura a las tierras bajas: — ¡oh!, ¿quién hallaría el justo nombre de bautismo y de virtud para tal anhelo? “Virtud que hace regalos”: así llamó Zaratustra una vez a lo innombrable.
Y en aquel tiempo sucedió también, — y en verdad, sucedió por primera vez, — que su palabra proclamó bienaventurado el egoísmo, el íntegro, sano egoísmo que brota de un alma poderosa: — de un alma poderosa a la que pertenece el cuerpo alto, el hermoso, triunfante, vivificante, en torno al cual toda cosa se vuelve espejo — el cuerpo ágil y persuasivo, el danzante, cuya parábola y compendio es el alma gozosa de sí misma. El goce de sí de tales cuerpos y almas se llama a sí mismo “virtud”.
Con sus palabras acerca de lo bueno y lo malo, tal goce de sí se protege como con sotos sagrados; con los nombres de su dicha destierra de sí todo lo despreciable. Destierra lejos de sí todo lo cobarde; dice: malo — ¡eso es cobarde! Despreciable le parece el que siempre se preocupa, suspira, se lamenta, y quien recoge incluso las más pequeñas ventajas. Desprecia también toda sabiduría doliente: porque, en verdad, hay también sabiduría que florece en la oscuridad, una sabiduría de hierba mora, como aquella que siempre suspira: “Todo es vano.”
La medrosa desconfianza le merece poca estima, y todo aquel que quiere juramentos en vez de miradas y manos; también toda sabiduría demasiado desconfiada, pues tal es la índole de las almas cobardes. Menor estima aún le merece el pronto en complacer, el perruno, el que enseguida yace sobre el lomo, el humilde; y también hay sabiduría que es humilde y perruna y piadosa y pronta en complacer. Por completo odioso le es, y una náusea, quien nunca quiere defenderse, quien se traga baba venenosa y malas miradas, el demasiado paciente, el que todo lo soporta, el que con todo se contenta: pues esa es la índole servil.
Tanto si alguien es servil ante los dioses y los puntapiés divinos, como si lo es ante los hombres y las necias opiniones humanas: sobre toda índole servil escupe este egoísmo bienaventurado. Malo: así llama a todo lo que está doblegado y es mezquino-servil, a los ojos que guiñan sin libertad, a los corazones oprimidos, y a esa falsa índole que cede, que besa con anchos labios cobardes.
Y pseudo-sabiduría: así llama a todo aquello con lo que hacen agudezas los siervos y los viejos y los cansados; y, en especial, a toda la mala, disparatada y sobreaguda necedad sacerdotal. Pero los pseudo-sabios -todos los sacerdotes, cansados del mundo y cuantos tienen alma de índole mujeril y servil— ¡oh, cómo desde siempre su juego le ha jugado malas pasadas al egoísmo! ¡Y eso precisamente habría de ser virtud y llamarse virtud, que se le jueguen malas pasadas al egoísmo! Y “sin yo” — así deseaban llamarse a sí mismos, con buen fundamento, todos esos cobardes cansados del mundo y arañas de la cruz.
Pero a todos ellos les llega ahora el día, la transformación, la espada del juicio, el gran mediodía: entonces muchas cosas han de hacerse manifiestas.
Y quien proclama al yo sano y sagrado y al egoísmo bienaventurado, en verdad, dice también, como adivino, lo que sabe: “¡Mira, llega, está cerca, el gran mediodía!”
Así habló Zaratustra.
Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.
Deja un comentario