Ay, ¿yace ya todo marchito y gris lo que hasta hace poco se alzaba verde y multicolor en este prado? ¡Y cuánta miel de esperanza llevé desde aquí a mis colmenas! Estos jóvenes corazones se han vuelto todos ya viejos —¡y ni siquiera viejos! Solo cansados, vulgares, cómodos: a eso lo llaman: «Nos hemos vuelto otra vez piadosos».
Hasta hace poco los vi salir corriendo, por la mañana temprano, sobre pies valerosos: pero sus pies del conocimiento se cansaron, y ahora calumnian incluso su valentía matutina. En verdad, más de uno de ellos alzaba antaño las piernas como un bailarín; la risa en mi sabiduría le hacía señas: entonces se lo pensó. Acabo de verlo, encorvado, arrastrarse hacia la cruz. En torno a la luz y a la libertad revoloteaban antaño como mosquitos y jóvenes poetas. Un poco más viejos, un poco más fríos: y ya son sombríos, murmuradores y arrimados a la estufa.
¿Se les acobardó quizá el corazón por ello: porque a mí la soledad me devoró como una ballena? ¿Escuchó acaso su oído, largamente anhelante, en vano, hacia mí y mis llamadas de trompeta y de heraldo? Ay, siempre hay entre ellos solo unos pocos cuyo corazón tiene un largo valor y una larga osadía; y a tales también el espíritu les permanece paciente. Pero el resto es cobarde. El resto: esos son siempre los más de todos, lo cotidiano, lo sobrante, los demasiado-muchos: ¡todos ellos son cobardes!
A quien es de mi índole, también las vivencias de mi índole se le cruzarán en el camino: de modo que sus primeros compañeros deberán ser cadáveres y bufones. Pero sus segundos compañeros —esos se llamarán a sí mismos sus creyentes: un enjambre vivo, mucho amor, mucha necedad, mucha veneración imberbe. A estos creyentes no ha de atar su corazón quien es de mi índole entre los hombres; en estas primaveras y prados multicolores no ha de creer aquel que conoce la índole fugaz y cobarde de los hombres.
Si pudieran de otro modo, también querrían de otro modo. Lo medio y lo a medias echan a perder todo lo entero. Que las hojas se marchiten —¿qué hay ahí que lamentar? Déjalas ir y caer, oh Zaratustra, y no te lamentes. Mejor aún, sopla con vientos rumorosos entre ellas —sopla entre estas hojas, oh Zaratustra: para que todo lo marchito huya todavía más rápido de ti.
«Nos hemos vuelto otra vez piadosos» —así confiesan estos apóstatas; y algunos de ellos son aún demasiado cobardes para confesarlo así.
A esos los miro a los ojos, —a esos se lo digo a la cara y en el rubor de sus mejillas: vosotros sois de aquellos que rezan otra vez.
¡Pero rezar es una deshonra! No para todos, pero sí para ti y para mí y para quien también tenga su conciencia en la cabeza. ¡Para ti es una deshonra rezar!
Bien lo sabes: tu diablo cobarde dentro de ti, el que de buena gana quisiera plegar las manos, ponerlas en el regazo y tenerlo más cómodo: —ese diablo cobarde te persuade: «¡Hay un Dios!». Pero con ello perteneces a la ralea que rehúye la luz, a aquellos a quienes la luz jamás deja en paz; ahora debes hundir cada día la cabeza más hondo en noche y bruma.
Y en verdad, elegiste bien la hora: pues justo ahora vuelven a echar a volar las aves nocturnas. Llegó la hora para todo el pueblo que rehúye la luz, la hora vespertina y festiva, en la que no —«festeja». Lo oigo y lo huelo: ha llegado su hora para la caza y la procesión, no, ciertamente, para una caza salvaje, sino para una caza mansa, renqueante, husmeadora, de pisadores quedos y rezadores quedos —una caza en pos de mojigatos llenos de alma: ¡todas las ratoneras del corazón están ahora otra vez colocadas! Y donde levanto una cortina, de allí sale disparada una polillita nocturna. ¿Estaba allí acaso acurrucada junto con otra polillita nocturna? Pues por todas partes huelo pequeñas congregaciones agazapadas; y donde hay cuartitos, allí hay dentro nuevos hermanos de rezo y el vaho de hermanos de rezo.
Se sientan largas veladas juntos y dicen: «¡Volvamos a ser otra vez como los niñitos y digamos “querido Dios”!»: echados a perder de boca y estómago por los piadosos confiteros.
O bien pasan largas veladas mirando a una astuta y acechante araña de la cruz, que predica prudencia a las propias arañas y así enseña: «¡Bajo cruces se teje bien!».
O bien se sientan durante el día con cañas de pescar junto a pantanos y por ello se creen profundos; pero a quien pesca allí donde no hay peces, a ese no lo llamo ni siquiera superficial.
O bien aprenden, piadosos y alegres, a tañer el arpa con un poeta-cantor que de buena gana quisiera arpearse hasta el corazón de jovencitas: —pues se cansó de las viejecitas y de sus alabanzas.
O bien aprenden a estremecerse con un erudito semiloco, que en cuartos oscuros espera a que le lleguen los espíritus —¡y el espíritu echa a correr por completo de allí!
O bien escuchan a un viejo flautista de ronroneos y gruñidos, zarandeado de acá para allá, que de vientos turbios aprendió la tribulación de los tonos; ahora silba según el viento y predica tribulación en tonos turbios.
Y algunos de ellos se han vuelto incluso serenos: ahora entienden de tocar cuernos y de rondar por la noche y despertar viejas cosas que hace ya mucho que están dormidas. Cinco palabras de viejas cosas oí anoche junto al muro del jardín: venían de esos viejos serenos tristes y resecos.
«Para ser padre, no se preocupa bastante por sus hijos: ¡los padres humanos hacen esto mejor!» —
«¡Es demasiado viejo! Ya no se preocupa en absoluto por sus hijos» —así respondió el otro sereno.
«¿Tiene entonces hijos? Nadie puede probarlo, si él mismo no lo prueba. Hace ya tiempo que quisiera que lo probase alguna vez a fondo».
«¿Probar? ¡Como si Él hubiera probado jamás algo! Probar le resulta difícil; le importa mucho que se crea en Él».
«¡Sí! ¡Sí! La fe lo hace bienaventurado, la fe en Él. Esa es la índole de los viejos. Así nos pasa también a nosotros». —
Así hablaron entre sí los dos viejos serenos y espantaluces, y luego tocaron apesadumbrados sus cuernos: así ocurrió anoche junto al muro del jardín. Pero a mí se me retorció el corazón de risa, y quería reventar, y no sabía hacia dónde, y se hundió en el diafragma. En verdad, esa será aún mi muerte: que me asfixie de risa cuando vea asnos borrachos y oiga a serenos dudar así de Dios. ¿No hace ya mucho que también todas esas dudas quedaron atrás? ¡Quién tiene derecho aún a despertar tales viejas cosas dormidas que rehúyen la luz!
Con los viejos dioses, ciertamente, hace ya mucho que las cosas llegaron a su fin; y, en verdad, tuvieron un buen y alegre final de dioses. No «crepuscularon» hasta la muerte, —¡eso se miente, sin duda! Más bien: ellos mismos, una vez, murieron de risa. Eso ocurrió cuando la palabra más impía salió de un dios mismo: la palabra: «¡Hay un solo Dios! ¡No has de tener ningún otro dios junto a mí!». Un viejo dios de barba airada, un dios celoso, se olvidó así de sí mismo. Y todos los dioses rieron entonces y se tambalearon sobre sus sillas y gritaron: «¿No es precisamente divinidad que haya dioses, pero ningún Dios?».
Quien tenga oídos, que oiga.
Así habló Zaratustra en la ciudad que él amaba y que es llamada también «la Vaca Multicolor». Pues desde aquí le quedaban solo dos días más de camino para llegar de nuevo a su cueva y a sus animales; pero su alma exultaba sin cesar por la cercanía de su regreso al hogar. —
Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.
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