3.15. LA OTRA CANCIÓN PARA LA DANZA

[1]

«En tu ojo miré hace poco, oh, vida: oro vi relucir en tu ojo nocturno, —mi corazón se detuvo ante esta voluptuosidad: —una barca de oro vi relucir sobre aguas nocturnas, una barca de oro mecida, que se hundía, bebía y volvía a hacer señas. Hacia mi pie, loco por danzar, lanzaste una mirada, una mirada mecida, risueña, interrogante, derretida: solo dos veces agitaste tu crótalo con tus pequeñas manos —y ya se mecía mi pie por el frenesí de danzar.—

Mis talones se encabritaron, mis dedos de los pies se pusieron a la escucha para entenderte: ¡pues el danzarín lleva el oído —en los dedos de los pies!

Salté hacia ti: entonces retrocediste huyendo ante mi salto; ¡y hacia mí lengüeteó la lengua de tu fugitivo y volador cabello!

Salté alejándome de ti y de tus serpientes: entonces ya estabas allí, vuelta a medias, el ojo lleno de deseo.

Con miradas torcidas —me enseñas sendas torcidas; por sendas torcidas aprende mi pie —¡mañas!

Te temo cercana, te amo lejana; tu huida me atrae, tu buscar me retrae: —sufro, pero ¡qué no sufrí gustoso por ti!

Tú, cuya frialdad enciende, cuyo odio seduce, cuya huida ata, cuyo escarnio —conmueve:

—¿quién no te odiaría, a ti, gran atadora, envolvedora, tentadora, buscadora, halladora? ¿Quién no te amaría, a ti, inocente, impaciente, veloz como el viento, de ojos infantiles, pecadora?

¿Adónde me arrastras ahora, tú, dechado y desatada? ¡Y ahora vuelves a huir de mí, tú, dulce criatura montaraz e ingratitud!

Danzo tras de ti, te sigo aun por el rastro más leve. ¿Dónde estás? ¡Dame la mano! ¡O un dedo tan solo!

Aquí hay cuevas y espesuras: ¡nos extraviaremos! —¡Alto! ¡Quédate quieta! ¿No ves revolotear búhos y murciélagos?

¡Tú, búho! ¡Tú, murciélago! ¿Quieres remedarme? ¿Dónde estamos? ¿De los perros aprendiste este aullar y ladrar?

Me enseñas dulcemente los blancos dientecillos; ¡tus malvados ojos saltan contra mí desde tu rizada melenita!

Esta es una danza sobre troncos y piedras: yo soy el cazador, —¿quieres ser mi perro o mi rebeco?

¡Ahora a mi lado! ¡Y deprisa, taimada saltarina! ¡Ahora arriba! ¡Y al otro lado! —¡Ay! ¡Ahí me caí yo mismo al saltar!

¡Oh, mírame, tú, desmesura, yacer e implorar clemencia! Con gusto querría recorrer contigo —senderos más dulces:

—¡los senderos del amor a través de silenciosos y multicolores matorrales! O por allí, a lo largo del lago: ¡allí nadan y danzan peces dorados!

¿Estás ahora cansada? Allá hay ovejas y arreboles de la tarde: ¿no es hermoso dormir cuando los pastores tocan la flauta?

¿Estás tan terriblemente cansada? Yo te llevaré hasta allí; ¡deja caer los brazos! Y si tienes sed, —algo tendría yo, pero tu boca no quiere beberlo!—

—¡Oh, esta maldita, ágil, flexible serpiente y bruja escurridiza! ¿Adónde has ido? Pero en la cara siento, de tu mano, dos toques y manchas rojas.

¡Estoy en verdad cansado de ser siempre tu pastor ovejuno! Tú, bruja, hasta ahora he cantado para ti; ahora tú has de —¡gritar para mí!

¡Al compás de mi látigo has de danzar y gritar para mí! ¿No me habré olvidado del látigo? —¡No!»—

[2]

Entonces me respondió así la vida, tapándose al mismo tiempo las delicadas orejas: «¡Oh, Zaratustra! ¡No hagas restallar tan terriblemente tu látigo! Ya lo sabes: el ruido asesina los pensamientos, —y justo ahora me vienen unos pensamientos tan tiernos. Los dos somos auténticos no-bienhechores y no-malhechores. Más allá del bien y del mal encontramos nuestra isla y nuestra verde pradera —¡nosotros dos solos! Por eso hemos de ser buenos el uno con el otro. Y aunque no nos amemos de raíz, —¿acaso hay que guardarse rencor porque no se ama de raíz? Y que yo soy buena contigo, y a menudo demasiado buena, eso lo sabes: y la raíz de ello es que estoy celosa de tu sabiduría. ¡Ah, esa vieja loca y necia que es la sabiduría! Si alguna vez tu sabiduría se te escapase, ¡ay!, entonces también mi amor se te escaparía muy pronto».—

Entonces la vida miró pensativa hacia atrás y a su alrededor y dijo en voz baja: «¡Oh, Zaratustra, no me eres lo bastante fiel! No me amas ni de lejos tanto como dices; sé que piensas abandonarme pronto. Hay una vieja y grave, grave campana retumbante: por la noche retumba hasta tu cueva: —cuando a medianoche oyes a esta campana dar la hora, piensas en ello entre el Uno y el Doce— —piensas en ello, oh, Zaratustra, lo sé: ¡en que pronto quieres abandonarme!»—

«Sí —respondí vacilante—, pero tú también lo sabes—». Y le dije algo al oído, justo en medio de sus enmarañados, amarillos y necios mechones de cabello.

«¿Sabes eso, oh, Zaratustra? Eso no lo sabe nadie».— —

Y nos miramos y contemplamos la verde pradera, sobre la cual corría en aquel momento el fresco atardecer, y lloramos juntos.— Pero entonces la vida me fue más querida que nunca lo había sido toda mi sabiduría.—

[3]

¡Uno!
¡Oh, hombre! ¡Presta atención!

¡Dos!
¿Qué dice la profunda medianoche?

¡Tres!
«Yo dormía, dormía—,

¡Cuatro!
de profundo sueño he despertado:—

¡Cinco!
el mundo es profundo,

¡Seis!
y más profundo de lo que el día pensó.

¡Siete!
Profundo es su dolor—,

¡Ocho!
el placer —más profundo aún que el dolor del corazón:

¡Nueve!
el dolor dice: “¡Pasa!”.

¡Diez!
Pero todo placer quiere eternidad—,

¡Once!
—¡quiere profunda, profunda eternidad!».

¡Doce!

Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

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