En este punto, en efecto, interrumpió el adivino el saludo de Zaratustra y de sus huéspedes: se abrió paso como quien no tiene tiempo que perder, asió la mano de Zaratustra y gritó: «¡Pero Zaratustra! Una cosa es más necesaria que la otra —así hablas tú mismo—: pues bien, una cosa es para mí ahora más necesaria que todas las otras. Una palabra a su debido tiempo: ¿no me has invitado al banquete? Y aquí hay muchos que recorrieron largos caminos. ¿No querrás despacharnos con discursos? También todos habéis pensado ya demasiado, para mi gusto, en el helarse, el ahogarse, el asfixiarse y otros apuros corporales: pero nadie pensó en mi apuro, a saber, en el morir de hambre…»
(Así habló el adivino; pero cuando los animales de Zaratustra oyeron estas palabras, salieron corriendo espantados. Pues vieron que todo cuanto habían traído a casa durante el día no bastaría para atiborrar a ese único adivino).
«Incluido el morir de sed —prosiguió el adivino—. Y aunque oigo aquí el agua chapotear como discursos de sabiduría, a saber, abundante e incansablemente: yo —¡quiero vino! No todo el mundo es, como Zaratustra, un bebedor de agua nato. El agua tampoco sirve para los cansados y marchitos: a nosotros nos corresponde el vino —¡solo él da una repentina convalecencia y una salud improvisada!»
En esta ocasión, cuando el adivino reclamó vino, ocurrió que también el rey de la izquierda, el silencioso, tomó por una vez la palabra. «Del vino —dijo— nos ocupamos nosotros, yo junto con mi hermano, el rey de la derecha: tenemos suficiente vino —todo un asno cargado. Así pues, no falta nada salvo pan».
«¿Pan? —replicó Zaratustra y rió—. Pero pan solo no tienen los ermitaños. Mas el hombre no vive solo de pan, sino también de carne de buenos corderos, de los que tengo dos: —a esos hay que sacrificarlos sin demora y prepararlos bien sazonados, con salvia: así me gusta. Y tampoco faltan raíces y frutos, lo bastante buenos incluso para golosos y sibaritas; ni nueces y otros enigmas para cascar. Así pues, haremos en breve una buena comida. Pero quien quiera comer con nosotros tendrá también que echar una mano, incluso los reyes. Pues en casa de Zaratustra hasta un rey puede hacer de cocinero».
Esta propuesta fue del agrado de todos: solo que el mendigo voluntario se erizó contra la carne y el vino y las sazones. «¡Pero escuchad a este glotón de Zaratustra! —dijo en broma—. ¿Se va uno para eso a cuevas y a la alta montaña, para preparar semejantes comidas? Ahora, ciertamente, entiendo lo que una vez nos enseñó: “¡Bendita sea la pequeña pobreza!”. Y por qué quiere abolir a los mendigos».
«Ten buen ánimo —le respondió Zaratustra—, como lo tengo yo. Sigue con tu costumbre, tú, hombre excelente; masca tus granos, bebe tu agua, alaba tu cocina: ¡con tal de que te alegre!
Yo soy una ley solo para los míos, yo no soy una ley para todos. Pero quien es de los míos debe ser de huesos fuertes y también de pies ligeros, —alegre para guerras y fiestas, no un sombrío, no un Juan-Soñador, dispuesto para lo más duro como para su fiesta, sano y entero. Lo mejor pertenece a los míos y a mí; y si no nos lo dan, lo tomamos: —¡el mejor alimento, el cielo más puro, los pensamientos más fuertes, las mujeres más bellas!»
Así habló Zaratustra; pero el rey de la derecha replicó: «¡Extraño! ¿Oyó alguien alguna vez cosas tan inteligentes de boca de un sabio? Y, en verdad, eso es lo más extraño en un sabio: que, además de todo eso, sea también inteligente y no un asno».
Así habló el rey de la derecha y se asombró; pero el asno respondió a su discurso con mala voluntad: I-A. Pero esto fue el comienzo de aquella larga comida que en los libros de historia es llamada «La última cena». Pero en ella no se habló de nada más que del hombre superior.
Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.
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