4.19. LA CANCIÓN DEL SONÁMBULO

1.

Pero entretanto uno tras otro habían salido afuera, al aire libre y a la fresca, pensativa noche; pero el propio Zaratustra llevaba al hombre más feo de la mano para mostrarle su mundo nocturno y la gran luna redonda y las plateadas cascadas junto a su cueva. Al fin se quedaron allí de pie, quietos, unos junto a otros, todos gente vieja, pero con un corazón consolado y valeroso y maravillados en su interior de hallarse tan a gusto sobre la tierra; la intimidad de la noche se les iba acercando más y más al corazón. Y de nuevo pensó Zaratustra para sí: «¡Oh, cuánto me gustan ahora estos hombres superiores!» —pero no lo dijo en voz alta, pues respetaba su dicha y su silencio. —

Pero entonces ocurrió aquello que, en aquel asombroso y largo día, fue lo más asombroso: el hombre más feo comenzó una vez más, y por última vez, a gorgotear y resollar, y cuando consiguió articular palabras, mira, entonces de su boca saltó una pregunta redonda y limpia, una buena, profunda, clara pregunta que a todos los que le escuchaban les conmovió el corazón en el cuerpo.

«Amigos míos, todos —dijo el hombre más feo—, ¿qué os parece? Por causa de este día —por vez primera estoy satisfecho de haber vivido la vida entera. Y dar testimonio de tanto no me basta todavía. Vale la pena vivir sobre la tierra: un día, una fiesta con Zaratustra, me enseñó a amar la tierra.

“¿Fue eso —la vida?”, quiero decirle a la muerte. “¡Pues bien! ¡Otra vez!”

Amigos míos, ¿qué os parece? ¿No queréis decirle como yo a la muerte: “¿Fue eso —la vida? Por amor a Zaratustra, ¡pues bien! ¡Otra vez!”?» — —

Así habló el hombre más feo; pero no faltaba mucho para la medianoche. ¿Y qué creéis que aconteció entonces? Tan pronto como los hombres superiores oyeron su pregunta, cobraron de pronto conciencia de su transformación y de su convalecencia, y de quién se la había dado: entonces se lanzaron hacia Zaratustra dándole las gracias, venerándolo, acariciándolo, besándole las manos, según la índole propia de cada uno; de modo que unos rieron y otros lloraron. Pero el viejo adivino danzó de placer; y aunque, según creen algunos narradores, entonces estaba lleno de dulce vino, estaba sin duda más lleno todavía de la dulce vida y había renunciado a todo cansancio. Hay incluso quienes cuentan que entonces danzó el asno, pues no en vano el hombre más feo le había dado antes vino para beber. Esto puede ser así o también de otra manera; y si en verdad aquella noche el asno no danzó, ocurrieron, sin embargo, entonces prodigios más grandes y más extraños de lo que sería la danza de un asno. En suma, como reza el proverbio de Zaratustra: «¡Qué importa!»

2.

Pero Zaratustra, cuando esto ocurrió con el hombre más feo, quedó allí de pie como un ebrio: su mirada se apagó, su lengua balbució, sus pies vacilaron. ¿Y quién podría adivinar qué pensamientos corrían entonces sobre el alma de Zaratustra? Pero, a todas luces, su espíritu retrocedió y huyó hacia delante, y estaba en remotas lejanías y, por así decirlo, «sobre una alta cresta, como está escrito, entre dos mares, —entre lo pasado y lo futuro, caminando como una pesada nube». Pero poco a poco, mientras los hombres superiores lo sostenían en sus brazos, volvió un poco en sí y contuvo con las manos el apretujamiento de quienes lo veneraban y se preocupaban por él; sin embargo, no habló. Pero de pronto volvió rápidamente la cabeza, pues parecía oír algo: entonces se llevó el dedo a la boca y dijo: «¡Venid!»

Y al punto se hizo en torno silencio e intimidad; pero desde lo hondo ascendió lentamente el sonido de una campana. Zaratustra escuchó atentamente aquel sonido, igual que los hombres superiores; pero entonces se llevó por segunda vez el dedo a la boca y dijo de nuevo: «¡Venid! ¡Venid! ¡Se acerca la medianoche!» —y su voz se había transformado. Pero aún no se movía del lugar: entonces todo se hizo todavía más silencioso y más íntimo, y todo escuchaba, también el asno y los animales de honor de Zaratustra, el águila y la serpiente, y asimismo la cueva de Zaratustra y la gran luna fresca y la noche misma. Pero Zaratustra se llevó por tercera vez la mano a la boca y dijo: «¡Venid! ¡Venid! ¡Venid! ¡Caminemos ahora! ¡Es la hora: caminemos noche adentro!»

3.

Vosotros, hombres superiores, se acerca la medianoche: quiero deciros algo al oído como esa vieja campana me lo dice al oído a mí, —tan íntima, tan terrible, tan cordialmente como me habla esa campana de medianoche, que ha vivido más que un hombre: —que ya contó los latidos de dolor del corazón de vuestros padres —¡ay! ¡ay! ¡Cómo suspira! ¡Cómo ríe en sueños! ¡La vieja, profunda, profunda medianoche!

¡Silencio! ¡Silencio! Aquí se oye más de una cosa que de día no debe hacerse oír; pero ahora, con el aire fresco, cuando también todo el clamor de vuestros corazones se ha aquietado, —ahora habla, ahora se deja oír, ahora se desliza en las almas nocturnas, más que despiertas: ¡ay! ¡ay! ¡Cómo suspira! ¡Cómo ríe en sueños! —¿No oyes cómo te habla íntima, terrible, cordialmente la vieja, profunda, profunda medianoche?

¡Oh hombre, presta atención!

4.

¡Ay de mí! ¿Adónde se ha ido el tiempo? ¿No me hundí en hondos pozos? El mundo duerme —¡ay! ¡ay! El perro aúlla, la luna brilla. Prefiero morir, morir, a deciros lo que ahora mismo piensa mi corazón de medianoche.

Ahora ya morí. Se acabó. Araña, ¿qué tejes en torno a mí? ¿Quieres sangre? ¡Ay! ¡Ay! El rocío cae, la hora llega —la hora en que tirito y me hielo, la que pregunta y pregunta y pregunta: «¿Quién tiene corazón bastante para ello? —¿Quién ha de ser señor de la tierra? ¿Quién quiere decir: “¡Así debéis correr, ríos grandes y pequeños!”?» —La hora se acerca: ¡oh hombre, tú, hombre superior, presta atención! Este discurso es para oídos finos, para tus oídos —¿qué dice la profunda medianoche?

5.

Me lleva hacia allá, mi alma danza. ¡Tarea del día! ¡Tarea del día! ¿Quién ha de ser señor de la tierra?

La luna está fresca, el viento calla. ¡Ay! ¡Ay! ¿Volasteis ya lo bastante alto? Danzasteis: pero una pierna no es, sin embargo, un ala. Vosotros, buenos danzantes, ahora todo placer ha terminado, el vino se volvió hez, cada copa se volvió quebradiza, las tumbas tartamudean. No volasteis lo bastante alto: ahora tartamudean las tumbas: «¡Redimid a los muertos! ¿Por qué es tan larga la noche? ¿No nos embriaga la luna?»

¡Vosotros, hombres superiores, redimid las tumbas, despertad a los cadáveres! ¡Ay! ¿Por qué sigue excavando el gusano? Se acerca, se acerca la hora, —zumba la campana, cruje aún el corazón, excava aún el gusano de la madera, el gusano del corazón. ¡Ay! ¡Ay! ¡El mundo es profundo!

6.

¡Dulce lira! ¡Dulce lira! ¡Amo tu sonido, tu ebrio sonido de sapo! —¡Desde qué tiempo tan remoto, desde cuán lejos me llega tu sonido, desde lejos, desde los estanques del amor! ¡Tú, vieja campana, tú, dulce lira! Cada dolor te desgarró el corazón, dolor de padre, dolor de padres, dolor de antepasados; tu palabra se volvió madura, —madura como un otoño y una tarde dorados, como mi corazón de ermitaño —ahora hablas: el mundo mismo se volvió maduro, la uva se torna parda, —ahora quiere morir, morir de dicha. Vosotros, hombres superiores, ¿no lo oléis? Brota y asciende en secreto un olor, —una fragancia y un olor a eternidad, un olor bienaventurado de rosas, pardo, de vino dorado, de antigua dicha, —de ebria dicha de morir a medianoche, que canta: «¡El mundo es profundo y más profundo de lo que el día pensó!»

7.

¡Déjame! ¡Déjame! Soy demasiado puro para ti. ¡No me toques! ¿No se volvió mi mundo ahora mismo perfecto? Mi piel es demasiado pura para tus manos. ¡Déjame, tú, estúpido, torpe, obtuso día! ¿No es la medianoche más clara? Los más puros han de ser señores de la tierra, los más desconocidos, los más fuertes, las almas de medianoche, que son más claras y más profundas que cualquier día.

Oh día, ¿vas a tientas tras de mí? ¿Buscas a tientas mi dicha? ¿Soy para ti rico, solitario, una mina de tesoros, una cámara de oro? Oh mundo, ¿tú me quieres? ¿Soy para ti mundano? ¿Soy para ti espiritual? ¿Soy para ti divino? Pero, día y mundo, sois demasiado toscos, —tened manos más sabias, tendedlas hacia una dicha más profunda, hacia una desdicha más profunda, tendedlas hacia algún dios, no las tendáis hacia mí: —mi desdicha, mi dicha es profunda, tú, extraño día, pero, con todo, no soy ningún dios, ningún infierno de dios: profundo es su dolor.

8.

¡El dolor de dios es más profundo, tú, extraño mundo! ¡Tiende la mano hacia el dolor de dios, no hacia mí! ¡Qué soy yo! ¡Una ebria, dulce lira, —una lira de medianoche, un sapo-campana al que nadie entiende, pero que debe hablar ante sordos, vosotros, hombres superiores! ¡Pues vosotros no me entendéis!

¡Pasó! ¡Pasó! ¡Oh juventud! ¡Oh mediodía! ¡Oh tarde! Ahora llegaron el atardecer y la noche y la medianoche, —el perro aúlla, el viento: —¿no es el viento un perro? Gime, ladra, aúlla. ¡Ay! ¡Ay! ¡Cómo suspira! ¡Cómo ríe, cómo estertora y jadea la medianoche!

¡Cómo habla ahora sobriamente esta ebria poetisa! ¿Acaso bebió más allá de su ebriedad? ¿Se volvió más que despierta? ¿Rumia? —Su dolor lo rumia en sueños, la vieja, profunda medianoche, y más aún su placer. Pues el placer, aunque el dolor sea profundo: el placer es más profundo aún que el dolor del corazón.

9.

¡Tú, vid! ¿Por qué me alabas? ¡Pero si yo te corté! Soy cruel, tú sangras; ¿qué pretende tu alabanza de mi ebria crueldad?

«¡Lo que se volvió perfecto, todo lo maduro —quiere morir!» —así hablas. ¡Bendita, bendita sea la podadera del viñador! Pero todo lo inmaduro quiere vivir: ¡ay!

El dolor dice: «¡Pasa! ¡Fuera, tú, dolor!» Pero todo lo que sufre quiere vivir para volverse maduro y alegre y anhelante —anhelante de algo más lejano, más alto, más claro. «Quiero herederos —así habla todo lo que sufre—, quiero hijos, no me quiero a mí».

Pero el placer no quiere herederos, no quiere hijos —el placer se quiere a sí mismo, quiere eternidad, quiere retorno, quiere todo-igual-a-sí-mismo-eternamente.

El dolor dice: «¡Rómpete, sangra, corazón! ¡Camina, pierna! ¡Ala, vuela! ¡Hacia arriba! ¡Arriba! ¡Dolor!» ¡Pues bien! ¡Arriba! Oh, mi viejo corazón: el dolor dice: «¡Pasa!»

10.

Vosotros, hombres superiores, ¿qué os parece? ¿Soy un adivino? ¿Un soñador? ¿Un ebrio? ¿Un intérprete de sueños? ¿Una campana de medianoche? ¿Una gota de rocío? ¿Un vapor y una fragancia de la eternidad? ¿No lo oís? ¿No lo oléis? Ahora mismo se volvió mi mundo perfecto, medianoche es también mediodía; el dolor es también un placer; la maldición es también una bendición; la noche es también un sol —¡marchaos de aquí o aprenderéis: un sabio es también un necio!

¿Dijisteis alguna vez sí a un solo placer? Oh, amigos míos, entonces dijisteis sí también a todo dolor. Todas las cosas están encadenadas, enhebradas, enamoradas, —si quisisteis alguna vez una sola vez dos veces, si dijisteis alguna vez «¡Me gustas, dicha! ¡Deprisa! ¡Instante!», ¡entonces quisisteis que todo volviera! —Todo de nuevo, todo eterno, todo encadenado, enhebrado, enamorado —oh, entonces amasteis el mundo. —Vosotros, eternos, amadlo eternamente y en todo tiempo; y también al dolor le decís: «¡Pasa, pero vuelve!» ¡Pues todo placer quiere —eternidad!

11.

Todo placer quiere la eternidad de todas las cosas, quiere miel, quiere hez, quiere ebria medianoche, quiere tumbas, quiere consuelo de lágrimas de tumbas, quiere dorado arrebol vespertino —

¡Qué no quiere el placer! Es más sediento, más cordial, más hambriento, más terrible, más íntimo que todo dolor; se quiere a sí mismo, se muerde a sí mismo, la voluntad del anillo pugna en él; quiere amor, quiere odio, es sobremanera rico, regala, arroja lejos, mendiga que alguien lo tome, da gracias al que toma, querría de buen grado ser odiado; tan rico es el placer que tiene sed de dolor, de infierno, de odio, de ignominia, del tullido, de mundo, pues este mundo —¡oh, vosotros ya lo conocéis!

¡Vosotros, hombres superiores, a vosotros os anhela el placer, el incontenible, el bienaventurado —anhela vuestro dolor, vosotros, malogrados! Todo eterno placer anhela lo malogrado. Pues todo placer se quiere a sí mismo, por eso quiere también dolor del corazón. ¡Oh dicha, oh dolor! ¡Oh, rómpete, corazón! ¡Vosotros, hombres superiores, aprendedlo, pues: el placer quiere eternidad, —el placer quiere la eternidad de todas las cosas, quiere profunda, profunda eternidad!

12.

¿Aprendisteis ya mi canción? ¿Adivinasteis lo que quiere? ¡Pues bien! ¡Arriba! ¡Vosotros, hombres superiores, cantadme ahora mi canto circular! Cantadme ahora vosotros mismos la canción cuyo nombre es «Otra vez», cuyo sentido es «¡Por toda la eternidad!» —¡cantad, vosotros, hombres superiores, el canto circular de Zaratustra!

¡Oh, hombre! ¡Presta atención!
¿Qué dice la profunda medianoche?
«Yo dormía, dormía —,
de profundo sueño he despertado: —
el mundo es profundo,
y más profundo de lo que el día pensó.
Profundo es su dolor —,
el placer —más profundo aún que el dolor del corazón:
el dolor dice: “¡Pasa!”.
Pero todo placer quiere eternidad —,
—¡quiere profunda, profunda eternidad!»

Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentacion de párrafos de Walter Kaufmann.

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