4.7. EL HOMBRE MÁS FEO

Y otra vez corrieron los pies de Zaratustra por montañas y bosques, y sus ojos buscaban y buscaban, pero en ninguna parte se dejaba ver aquel a quien querían ver: el gran afligido y el que gritaba de angustia. Pero a lo largo de todo el camino se regocijaba en su corazón y estaba agradecido. «¡Qué buenas cosas —dijo— me regaló este día, en compensación por haber empezado mal! ¡Qué extraños interlocutores encontré! En sus palabras quiero ahora masticar largo tiempo como en buenos granos; mi diente ha de molerlas y machacarlas bien menudas, hasta que fluyan a mi alma como leche.» —

Pero cuando el camino volvió a doblar en torno a un peñasco, de golpe cambió el paisaje, y Zaratustra entró en un reino de la muerte. Aquí se erguían abruptos riscos negros y rojos: ni hierba, ni árbol, ni voz de pájaro. Era, en efecto, un valle que evitaban todos los animales, incluso las bestias de presa; solo una especie de serpientes feas, gruesas y verdes, cuando se hacían viejas, venían aquí a morir. Por eso los pastores llamaban a este valle «Muerte de serpientes».

Pero Zaratustra se hundió en un negro recuerdo, pues le pareció como si ya una vez hubiera estado en este valle. Y muchas cosas graves se posaron sobre su ánimo: de tal modo que caminó lentamente, y cada vez más lentamente, y finalmente se detuvo. Entonces vio, cuando abrió los ojos, algo que estaba sentado junto al camino, con forma de hombre y apenas de hombre, algo indecible. Y de un golpe sobrevino a Zaratustra la gran vergüenza de haber contemplado con los ojos algo semejante: enrojeciendo hasta su blanco cabello, desvió la mirada y alzó el pie para abandonar aquel terrible lugar. Pero entonces el yermo muerto se hizo sonoro: desde el suelo, en efecto, brotó algo gorgoteando y estertoreando, como de noche gorgotea y estertorea el agua por cañerías atascadas; y finalmente surgió de aquello una voz humana y un habla humana: —que decía así.

«¡Zaratustra! ¡Zaratustra! ¡Adivina mi enigma! ¡Habla, habla! ¿Qué es la venganza contra el testigo? Te atraigo de vuelta, ¡aquí hay hielo resbaladizo! ¡Ten cuidado, ten cuidado, no vaya tu orgullo a romperse aquí las piernas! Te tienes por sabio, tú, orgulloso Zaratustra. ¡Pues adivina el enigma, tú, duro cascanueces, —el enigma que yo soy! Habla, pues: ¿quién soy yo?»

Pero cuando Zaratustra oyó estas palabras —¿qué pensáis que ocurrió entonces en su alma? Le asaltó la compasión; y de golpe se desplomó, como un roble que durante mucho tiempo resistió a muchos leñadores —pesado, de repente, para espanto incluso de aquellos que querían talarlo. Pero ya se alzó de nuevo del suelo, y su semblante se endureció.

«Bien te reconozco —dijo con una voz de bronce—: ¡tú eres el asesino de Dios! Déjame ir. No soportaste a aquel que te veía —que te veía siempre y hasta el fondo, tú, el hombre más feo. ¡Te vengaste de ese testigo!»

Así habló Zaratustra y quiso irse; pero el indecible asió un extremo de su manto y comenzó de nuevo a gorgotear y a buscar palabras. «¡Quédate! —dijo al fin—, ¡quédate! ¡No pases de largo! Adiviné qué hacha te derribó: ¡salud a ti, oh Zaratustra, porque de nuevo estás en pie! Adivinaste, lo sé bien, cómo se siente aquel que lo mató —el asesino de Dios. ¡Quédate! Siéntate aquí a mi lado, no es en vano. ¿A quién habría de ir, si no es a ti? ¡Quédate, siéntate! ¡Pero no me mires! ¡Honra así —mi fealdad! Me persiguen: ahora eres mi último refugio. No con su odio, no con sus esbirros: —¡oh, de tal persecución me burlaría y estaría orgulloso y alegre!

¿No ha estado todo éxito hasta ahora del lado de los bien-perseguidos? Y quien persigue bien aprende fácilmente a seguir: —pues, al fin y al cabo, ya está —detrás. Pero es la compasión de ellos —la compasión de ellos— ante la que huyo y a ti me acojo. Oh Zaratustra, protégeme, tú, mi último refugio, tú, el único que me adivinaste: —tú adivinaste cómo se siente aquel que lo mató. ¡Quédate! Y si quieres irte, tú, impaciente: no vayas por el camino que yo vine. El camino es malo. ¿Te irritas conmigo porque ya demasiado tiempo hablo-chapurreo? ¿Porque incluso te aconsejo? Pero sábelo: soy yo, el hombre más feo, —el que también tiene los pies más grandes y más pesados. Donde yo caminé, el camino es malo. Yo piso todos los caminos hasta dejarlos muertos y destrozados.

Pero que tú pasaste de largo junto a mí, callando; que enrojeciste, lo vi bien: por eso te reconocí como Zaratustra. Cualquier otro me habría arrojado su limosna, su compasión, con la mirada y la palabra. Pero para eso —no soy lo bastante mendigo, eso lo adivinaste—, para eso soy demasiado rico, rico en lo grande, en lo terrible, en lo más feo, en lo más indecible. ¡Tu vergüenza, oh Zaratustra, me honró! A duras penas salí del apretujón de los compasivos, —para encontrar al único que hoy enseña «la compasión es impertinente» —a ti, oh Zaratustra. —Sea la compasión de un dios, sea la de los hombres: la compasión va contra el pudor. Y no querer ayudar puede ser más noble que esa virtud que salta a socorrer.

Pero eso se llama hoy la virtud misma entre toda la gente pequeña, la compasión: —no tienen reverencia ante la gran desdicha, ante la gran fealdad, ante el gran malogro. Por encima de todos estos miro, como un perro mira por encima de los lomos de rebaños de ovejas que pululan. Son pequeñas gentes lanosas, de buena voluntad, grises. Como una garza mira con desprecio por encima de estanques someros, con la cabeza echada hacia atrás: así miro yo por encima del hormigueo de pequeñas olas grises y voluntades y almas. Demasiado tiempo se les ha dado la razón a esas gentes pequeñas: así se les dio al fin también el poder —ahora enseñan: «bueno es solo lo que las gentes pequeñas llaman bueno».

Y «verdad» se llama hoy a lo que dijo el predicador que procedía él mismo de entre ellos, ese extraño santo y abogado de las gentes pequeñas, el cual dio testimonio de sí mismo: «yo —soy la verdad». Este insolente hace ya mucho tiempo que les hincha la cresta a las gentes pequeñas —él, que no enseñó un pequeño error cuando enseñó: «yo —soy la verdad». ¿Se respondió jamás con mayor cortesía a un insolente? —Pero tú, oh Zaratustra, pasaste de largo junto a él y dijiste: «¡No! ¡No! ¡Tres veces no!». Tú advertiste contra su error, tú advertiste como el primero contra la compasión —no a todos, no a ninguno, sino a ti y a los de tu especie.

Tú te avergüenzas ante la vergüenza del gran sufriente; y en verdad, cuando dices: «De la compasión viene una gran nube; ¡tened cuidado, vosotros, hombres!» —cuando enseñas: «Todos los creadores son duros, todo gran amor está por encima de su compasión»: oh Zaratustra, ¡qué bien me pareces instruido en los signos del tiempo! Pero tú mismo —¡adviértete también a ti mismo contra tu compasión! Pues muchos van de camino hacia ti, muchos que sufren, que dudan, que desesperan, que se ahogan, que se hielan—. Yo te advierto también contra mí. Tú adivinaste mi mejor, mi peor enigma, a mí mismo y lo que hice. Yo conozco el hacha que te derriba.

Pero él —debía morir: él veía con ojos que lo veían todo, —veía las profundidades y los fondos del hombre, toda su ignominia y fealdad ocultas. Su compasión no conocía la vergüenza: se arrastraba hasta mis rincones más sucios. Este curiosísimo, ultra-entrometido, ultra-compasivo debía morir. Él me veía siempre: de un testigo así quería yo vengarme —o no vivir yo mismo. El Dios que lo veía todo, también al hombre: este Dios debía morir. El hombre no soporta que viva un testigo así».

Así habló el hombre más feo. Pero Zaratustra se levantó y se dispuso a marcharse, pues se estremecía de frío hasta las entrañas. «Tú, indecible —dijo—, tú me advertiste de tu camino. En agradecimiento por ello te recomiendo el mío. Mira, allá arriba está la cueva de Zaratustra. Mi cueva es grande y profunda y tiene muchos rincones; allí encuentra su escondite el más escondido. Y muy cerca de ella hay cien escondrijos y vericuetos para el bicherío que repta, aletea y salta. Tú, expulsado, que te expulsaste a ti mismo, ¿no quieres vivir entre los hombres y la compasión de los hombres? Bien, pues ¡haz como yo! Así aprendes tú también de mí; solo el que hace aprende. ¡Y habla primero y, por lo pronto, con mis animales! El animal más orgulloso y el animal más sabio —bien podrían ser para nosotros dos los consejeros adecuados.» — —

Así habló Zaratustra y siguió su camino, aún más pensativo y más lento que antes: pues se preguntaba muchas cosas y no sabía responderse fácilmente. «¡Qué pobre es, sin embargo, el hombre! —pensó en su corazón—, ¡qué feo, qué estertoroso, qué lleno de oculta vergüenza! Me dicen que el hombre se ama a sí mismo: ¡ay, qué grande debe de ser este amor de sí! ¡Cuánto desprecio tiene contra sí! También este de ahí se amaba: ¡cómo se despreciaba! —un gran amante es para mí y un gran despreciador. A ninguno encontré aún que se hubiera despreciado más profundamente: también eso es altura. ¡Ay! ¿Era quizá aquel el hombre superior cuyo grito escuché? Amo a los grandes despreciadores. Pero el hombre es algo que debe ser superado.» — —

Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

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