4.4. LA SANGUIJUELA

Y Zaratustra siguió adelante, pensativo y cada vez más adentro, atravesando bosques y pasando junto a hondonadas pantanosas; pero, como le sucede a cualquiera que medita sobre cosas graves, pisó sin advertirlo a un hombre. Y mira, de golpe le saltaron al rostro un grito de dolor, dos maldiciones y veinte terribles insultos: de modo que, en su espanto, levantó el bastón y encima golpeó al hombre que había pisado. Pero inmediatamente después volvió en sí; y su corazón se rio de la necedad que acababa de cometer.

“Perdona —dijo al hombre que había pisado, que se había levantado furioso y se había sentado—, perdona, y escucha ante todo un símil. Como un caminante que sueña con cosas lejanas topa sin advertirlo, en un camino solitario, con un perro dormido, un perro tendido al sol: —como entonces ambos se sobresaltan y se increpan, cual enemigos mortales, esos dos muertos de miedo: así nos ha ocurrido a nosotros. ¡Y sin embargo! ¡Y sin embargo, qué poco faltó para que se acariciasen, este perro y este solitario! ¡Pues ambos son —solitarios!”

“Quienquiera que seas —dijo, todavía furioso, el hombre que había sido pisado—, también con tu símil me pisas demasiado de cerca, y no solo con el pie. ¡Mira, pues! ¿Acaso soy yo un perro?” —Y, al decir esto, el que estaba sentado se levantó y sacó del pantano su brazo desnudo. Pues al principio había estado tendido en el suelo, oculto e irreconocible como quienes acechan a un animal del pantano.

“¡Pero qué haces! —gritó Zaratustra, sobresaltado, pues vio que mucha sangre corría a lo largo del brazo desnudo—. ¿Qué te ha sucedido? ¿Te ha mordido, desdichado, alguna mala bestia?”

El hombre que sangraba rio, todavía irritado. “¡Qué te importa! —dijo, y se dispuso a seguir adelante—. Aquí estoy en casa y en mis dominios. Que me pregunte quien quiera: pero difícilmente responderé a un zopenco”.

“Te equivocas —dijo Zaratustra compasivamente, y lo retuvo—, te equivocas: aquí no estás en tus dominios, sino en mi reino, y en él nadie ha de sufrir daño. Pero llámame como quieras: yo soy quien debo ser. Yo mismo me llamo Zaratustra. ¡Bien! Por allí arriba va el camino hacia la cueva de Zaratustra: no está lejos; ¿no quieres cuidar de tus heridas junto a mí? Mal te fue, desventurado, en esta vida: primero te mordió la bestia, y luego —te pisó el hombre”.

Cuando el hombre que había sido pisado oyó el nombre de Zaratustra, se transformó. “¡Pero qué me sucede! —exclamó—. ¿Quién me importa ya en esta vida sino este único hombre, a saber, Zaratustra, y aquel único animal que vive de sangre, la sanguijuela? Por mor de la sanguijuela yacía yo aquí, junto a este pantano, como un pescador, y mi brazo extendido había sido mordido ya diez veces, cuando viene a morder en busca de mi sangre un erizo aún más hermoso: ¡el propio Zaratustra! ¡Oh dicha! ¡Oh maravilla! ¡Alabado sea este día que me atrajo a este pantano! ¡Alabada sea la mejor y más viva ventosa que hoy vive, alabada sea la gran sanguijuela de la conciencia, Zaratustra!”

Así habló el hombre que había sido pisado; y Zaratustra se alegró de sus palabras y de su refinada y reverente manera. “¿Quién eres? —preguntó, y le tendió la mano—; entre nosotros queda mucho por aclarar y por alegrar: pero ya, me parece, comienza a hacerse un día claro y luminoso”.

“Yo soy el concienzudo del espíritu —respondió el interpelado—, y en cosas del espíritu no es fácil que nadie se lo tome con mayor rigor, estrechez y dureza que yo, salvo aquel de quien lo aprendí: el propio Zaratustra.

¡Mejor no saber nada que saber muchas cosas a medias! ¡Mejor ser un necio por cuenta propia que un sabio según criterio ajeno! Yo —voy al fondo: —¿qué importa que sea grande o pequeño? ¿Que se llame pantano o cielo? Me basta un palmo de suelo: ¡con tal de que sea realmente fondo y suelo! —Un palmo de suelo: sobre él se puede estar en pie. En la verdadera conciencia de la ciencia no hay nada grande ni nada pequeño”.

“¿Entonces eres quizá el conocedor de la sanguijuela? —preguntó Zaratustra—; ¿e investigas la sanguijuela hasta sus últimos fundamentos, tú, concienzudo?”

“¡Oh, Zaratustra! —respondió el hombre que había sido pisado—. Eso sería una empresa desmesurada: ¡cómo osaría yo acometerla! Pero aquello de lo que soy maestro y conocedor es el cerebro de la sanguijuela: —¡ese es mi mundo! ¡Y también él es un mundo! Pero perdona que aquí tome la palabra mi orgullo, pues en esto no tengo igual. Por eso dije: «Aquí estoy en casa». ¡Cuánto tiempo llevo ya tras esta única cosa, el cerebro de la sanguijuela, para que aquí la escurridiza verdad no vuelva a escurrírseme! ¡Aquí está mi reino! —Por eso arrojé lejos todo lo demás, por eso todo lo demás me dio igual; y junto a mi saber acampa mi negra ignorancia.

Mi conciencia del espíritu me exige que sepa una sola cosa y que, fuera de ella, no sepa nada: me dan náuseas todos los medias tintas del espíritu, todos los nebulosos, flotantes y exaltados.

Donde acaba mi probidad, estoy ciego y quiero también estar ciego. Pero donde quiero saber, quiero también ser probo, es decir: duro, severo, estrecho, cruel, inexorable.

Que tú dijeras una vez, oh, Zaratustra: «Espíritu es la vida que ella misma abre cortes en la vida», eso me condujo y me sedujo hacia tu enseñanza. Y, en verdad, ¡con mi propia sangre acrecenté mi propio saber!”

“Como enseña la evidencia visible” —intervino Zaratustra—; pues la sangre seguía descendiendo por el brazo desnudo del concienzudo. En efecto, diez sanguijuelas se habían prendido de él. “¡Oh, extraño compañero, cuánto me enseña esta evidencia visible que tengo ahí ante mí, a saber, tú mismo! ¡Y quizá no debería verterlo todo en tus severos oídos! ¡Bien! ¡Separémonos aquí! Pero quisiera volver a encontrarte. Por allí arriba conduce el camino hacia mi cueva: ¡esta noche serás allí mi querido huésped! También quisiera reparar en tu cuerpo el que Zaratustra te pisara con los pies: ya pensaré en ello. Pero ahora un grito de angustia me llama urgentemente lejos de ti”.

Así habló Zaratustra.

Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

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