Al día siguiente volvió Zaratustra a sentarse sobre su piedra, delante de la cueva, mientras los animales vagaban por el mundo para traer a casa nuevo alimento, también nueva miel; pues Zaratustra había gastado y derrochado la miel vieja hasta el último grano. Pero cuando estaba así sentado, con un palo en la mano, y trazaba sobre la tierra la sombra de su figura, entonces se asustó de repente y se estremeció: porque vio junto a su sombra otra sombra distinta. Y cuando miró rápidamente a su alrededor y se levantó, he aquí que el adivino estaba a su lado, el mismo a quien una vez había dado de comer y beber a su mesa, el anunciador de la gran fatiga, aquel que enseñaba: “Todo es igual, nada merece la pena, el mundo carece de sentido, el saber ahoga.” Pero su rostro había cambiado entretanto; y cuando Zaratustra le miró a los ojos, su corazón volvió a estremecerse: tantos malos anuncios y relámpagos gris ceniza corrían por ese rostro.
El adivino, que había percibido lo que acontecía en el alma de Zaratustra, se pasó la mano por el rostro como si quisiera borrarlo. Lo mismo hizo Zaratustra. Y cuando ambos, así, en silencio, se hubieron serenado y fortalecido, se dieron la mano, como señal de que querían volver a reconocerse.
“Sé bienvenido —dijo Zaratustra—, tú, adivino de la gran fatiga; no ha de ser en vano que una vez fuiste mi comensal y huésped. Come y bebe también hoy conmigo, y perdona que un viejo alegre se siente contigo a la mesa.”
“¿Un viejo alegre?”, replicó el adivino, sacudiendo la cabeza. “Pero seas quien seas, o quieras ser, oh Zaratustra, tú has sido quien más tiempo ha estado aquí arriba: tu barca, dentro de poco, ya no estará en lo seco.”
“¿Estoy yo entonces en lo seco?”, preguntó Zaratustra riendo.
“Las olas alrededor de tu montaña —respondió el adivino— suben y suben, las olas de la gran necesidad y tribulación: pronto levantarán también tu barca y te arrastrarán.”
Zaratustra guardó silencio y se maravilló.
“¿Aún no oyes nada?”, prosiguió el adivino. “¿No resuena y brama desde la profundidad?”
Zaratustra calló de nuevo y escuchó: entonces oyó un grito largo, larguísimo, que los abismos se arrojaban y pasaban unos a otros, pues ninguno quería retenerlo: tan siniestro sonaba.
“Tú, funesto anunciador —dijo por fin Zaratustra—, eso es un grito de angustia, y el grito de un hombre; puede venir quizá de un mar negro. Pero ¿qué me importa a mí la aflicción humana? Mi último pecado, el que me quedó reservado… ¿sabes cómo se llama?”
“¡Compasión!”, replicó el adivino desde un corazón desbordante, y levantó ambas manos en alto. “Oh Zaratustra, vengo para seducirte hacia tu último pecado.”
Y apenas fueron pronunciadas estas palabras, volvió a resonar el grito: más largo y más angustioso que antes, y también mucho más cercano.
“¿Oyes? ¿Oyes, oh Zaratustra?”, gritó el adivino. “A ti va dirigido el grito, a ti te llama: ¡ven, ven, ven! ¡Es la hora, es más que la hora!”
Zaratustra guardó silencio, confuso y estremecido; por fin preguntó, como quien vacila dentro de sí: “¿Y quién es ese que me llama ahí?”
“Pero si lo sabes —replicó el adivino con vehemencia—. ¿Por qué te ocultas? Es el hombre superior quien te llama.”
“¿El hombre superior?”, gritó Zaratustra, presa del espanto. “¿Qué quiere? ¿Qué quiere? ¡El hombre superior! ¿Qué quiere aquí?” Y su piel se cubrió de sudor.
Pero el adivino no respondió a la angustia de Zaratustra, sino que escuchó y volvió a escuchar hacia la profundidad. Pero como allí abajo reinase largo rato el silencio, volvió por fin la mirada y vio a Zaratustra de pie, temblando. “Oh Zaratustra —comenzó con voz triste—, no estás ahí en pie como alguien a quien su felicidad marea: tendrás que bailar, para que no te me desplomes. Pero aunque quisieras bailar delante de mí y ejecutar todos tus saltos laterales, nadie ha de poder decirme: ‘Mira, aquí baila el último hombre alegre.’ En vano vendría uno hasta esta altura que aquí lo buscara: encontraría cuevas, y cuevas tras las cuevas, escondrijos para escondidos, pero no pozos de felicidad, ni cámaras del tesoro, ni nuevas vetas de oro de felicidad. Felicidad… ¿cómo se podría encontrar la felicidad entre semejantes sepultados y ermitaños? ¿Debo aún buscar la última felicidad en las islas bienaventuradas y allá lejos, entre mares olvidados? Pero todo es igual, nada merece la pena, de nada sirve buscar: ya no hay tampoco islas bienaventuradas.”
Así suspiró el adivino; pero con su último suspiro Zaratustra volvió a estar lúcido y seguro, como quien sale de una profunda sima a la luz. “¡No! ¡No! ¡Tres veces no!” —gritó con voz fuerte y se alisó la barba—. “Eso lo sé yo mejor: hay aún islas bienaventuradas. ¡Calla ya con eso, tú suspirante saco de tristeza! ¡Deja ya de chapotear con eso, tú nube de lluvia de la mañana! ¿No estoy ya aquí, empapado por tu tribulación y mojado como un perro? Ahora me sacudo y echo a correr lejos de ti para volver a secarme; de ello no debes extrañarte. ¿Te parezco descortés? Pero esta es mi corte. Pero en lo que toca a tu hombre superior, ¡pues bien!, lo buscaré en seguida en esos bosques: de allí vino su grito. Quizá allí lo acosa una fiera maligna. Está en mi dominio: dentro de él no ha de venir a daño por mi causa. Y, en verdad, hay junto a mí muchas fieras malignas.”
Con estas palabras Zaratustra se volvió para partir. Entonces habló el adivino: “¡Oh Zaratustra, eres un pícaro! Ya lo sé: quieres librarte de mí. Preferirías correr a los bosques y acechar fieras malignas. Pero ¿de qué te sirve? Por la tarde me tendrás de nuevo: en tu propia cueva estaré sentado, paciente y pesado como un bloque de piedra… y esperaré por ti.”
“¡Así sea!” —gritó Zaratustra, mientras se alejaba—. “Y lo que es mío en mi cueva te pertenece también a ti, mi huésped y amigo. Pero si dentro hubieras de encontrar aún miel, ¡pues bien!, lámela sin más, tú, oso gruñón, y endulza tu alma. Pues por la tarde queremos ambos estar de buen ánimo, de buen ánimo y contentos de que este día haya llegado a su fin. Y tú mismo habrás de danzar al son de mis canciones como mi oso danzante. ¿No lo crees? ¿Sacudes la cabeza? ¡Pues bien! ¡Arriba! ¡Oso viejo! Pero también yo… soy un adivino.”
Así habló Zaratustra.
Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.
Deja un comentario