Así cantó el mago; y todos los que estaban reunidos fueron, como pájaros, sin advertirlo, a parar a la red de su astuta y melancólica voluptuosidad. Solo el concienzudo del espíritu no quedó atrapado: en seguida le quitó el arpa al mago y gritó: «¡Aire! ¡Dejad entrar aire puro! ¡Dejad entrar a Zaratustra! ¡Tú vuelves sofocante y ponzoñosa esta cueva, malvado viejo mago! ¡Tú seduces, falso, sutil, hacia desconocidos deseos y desconocidos parajes salvajes! ¡Y ay cuando tales como tú hacen discursos y aspavientos acerca de la verdad! ¡Ay de todos los espíritus libres que no estén en guardia contra tales magos! Se acabó su libertad: tú enseñas a volver a las prisiones y atraes hacia ellas, — tú, viejo diablo melancólico; de tu lamento suena un reclamo; ¡te asemejas a aquellos que, con su elogio de la castidad, invitan en secreto a voluptuosidades!»
Así habló el concienzudo; pero el viejo mago miró a su alrededor, saboreó su victoria y, con ello, se tragó el disgusto que le causó el concienzudo. «¡Calla! —dijo con voz modesta—. Las buenas canciones quieren tener buen eco; tras buenas canciones se ha de callar mucho tiempo. Así lo hacen todos estos, los hombres superiores. Pero bien puede ser que tú hayas comprendido poco de mi canción. En ti hay poco espíritu de mago».
«Me alabas —respondió el concienzudo— al separarme de ti; ¡pues bien! Pero vosotros, los demás, ¿qué veo? Aún seguís todos ahí sentados con ojos lascivos —: ¡Almas libres, adónde ha ido vuestra libertad! Casi, me parece, os asemejáis a aquellos que contemplaron durante largo tiempo a malvadas muchachas desnudas que danzaban: ¡vuestras almas mismas danzan! En vosotros, hombres superiores, debe haber más de aquello que el mago llama su malvado espíritu de hechicería y engaño: — debemos de ser distintos.
Y en verdad, hablamos y pensamos bastante juntos antes de que Zaratustra regresara a su cueva como para que yo no ignore esto: somos distintos. También aquí arriba buscamos cosas distintas, vosotros y yo. Yo, en efecto, busco más seguridad; por eso vine a Zaratustra. Pues él sigue siendo la torre y la voluntad más firmes — hoy, cuando todo se tambalea, cuando toda la tierra tiembla. Pero vosotros, cuando veo los ojos que ponéis, casi me parece que buscáis más inseguridad, — más estremecimiento, más peligro, más terremotos. Deseáis, casi me lo parece así, perdonad mi presunción, hombres superiores — deseáis la vida peor y más peligrosa, la que a mí más miedo me infunde, la vida de animales salvajes, los bosques, las cuevas, las montañas escarpadas y las gargantas laberínticas. Y no son los guías que os sacan del peligro quienes más os agradan, sino los que os apartan de todos los caminos, los seductores. Pero, si tal deseo existe realmente en vosotros, aun así me parece imposible.
Pues el miedo — ese es el sentimiento hereditario y fundamental del hombre; a partir del miedo se explica todo, pecado original y virtud original. Del miedo brotó también mi virtud, que se llama: ciencia. Pues el miedo a los animales salvajes — ese fue el que durante más tiempo se cultivó en el hombre, incluido el animal que alberga y teme en sí mismo: — Zaratustra lo llama “la bestia interior”. Ese miedo prolongado y antiguo, finalmente refinado, espiritual, intelectual — hoy, me parece, se llama: ciencia». —
Así habló el concienzudo; pero Zaratustra, que acababa de regresar a su cueva y había oído y adivinado el último discurso, lanzó al concienzudo un puñado de rosas y se rio de sus “verdades”. «¡Cómo! —gritó—. ¿Qué acabo de oír? En verdad, me parece que tú eres un necio o yo mismo lo soy: y tu “verdad” la pongo de golpe y al instante cabeza abajo. Pues el miedo — es nuestra excepción. Pero valor y aventura y gusto por lo incierto, por lo no osado, — valor me parece toda la prehistoria del hombre. A los animales más salvajes y más valientes les envidió y arrebató todas sus virtudes: solo así llegó a ser — hombre. Este valor, finalmente refinado, espiritual, intelectual, este valor humano con alas de águila e inteligencia de serpiente: ese, me parece, se llama hoy —»
«¡Zaratustra!» —gritaron todos los que estaban sentados juntos, como por una sola boca, y soltaron además una gran carcajada; pero esta se alzó de entre ellos como una pesada nube. También el mago rió y habló con inteligencia: «¡Pues bien! ¡Se ha ido mi malvado espíritu! ¿Y no os advertí yo mismo contra él cuando dije que era un embaucador, un espíritu de mentira y engaño? Sobre todo, precisamente cuando se muestra desnudo. Pero ¿qué culpa tengo yo de sus artimañas? ¿Acaso lo creé yo a él y al mundo? ¡Pues bien! ¡Volvamos a ser buenos y a estar de buen ánimo! Y aunque Zaratustra mire con enojo —¡miradlo! Está resentido conmigo—, antes de que llegue la noche volverá a aprender a amarme y alabarme; no puede vivir mucho tiempo sin hacer tales necedades. Ese — ama a sus enemigos: este arte lo entiende mejor que todos los que vi. Pero por ello se venga — de sus amigos».
Así habló el viejo mago, y los hombres superiores lo aplaudieron; de modo que Zaratustra fue de uno en otro y, con malicia y amor, fue estrechando las manos de sus amigos — como alguien que tiene algo que reparar ante todos y por lo que pedirles perdón. Pero cuando, al hacerlo, llegó a la puerta de su cueva, mira, ya volvió a tener ganas del aire puro de ahí fuera y de sus animales, — y quiso escabullirse al exterior.
Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.
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