A Zaratustra le hablaron elogiosamente de un sabio que sabía hablar bien del dormir y de la virtud: muy honrado y bien recompensado era por ello, y todos los jóvenes se sentaban delante de su cátedra. A él fue Zaratustra, y con todos los jóvenes se sentó delante de su cátedra. Y habló así el sabio:
¡Honra y pudor ante el sueño! ¡Eso es lo primero! ¡Y apartarse del camino de todos los que duermen mal y velan de noche! Pudoroso es aún el ladrón ante el sueño: siempre se desliza en silencio por la noche. Pero desvergonzado es el guardián de la noche, desvergonzado lleva su cuerno.
No es arte menor dormir: para ello hace ya falta velar durante el día entero. Diez veces debes superarte a ti mismo durante el día: eso da un buen cansancio y es amapola del alma. Diez veces debes reconciliarte de nuevo contigo mismo; porque la superación es amargura, y mal duerme el no reconciliado. Diez verdades debes encontrar durante el día: si no, buscas todavía por la noche la verdad, y tu alma se quedó hambrienta. Diez veces debes reír durante el día y estar de buen ánimo; si no, te perturba el estómago por la noche, ese padre de la aflicción.
Pocos lo saben: pero hay que tener todas las virtudes para dormir bien. ¿Daré falso testimonio? ¿Cometeré adulterio? ¿Me dejaré tentar por la criada de mi prójimo? Todo ello se lleva mal con dormir bien.
E incluso cuando se tienen todas las virtudes, se debe aún entender de una cosa: mandar a dormir a las virtudes mismas a su debido tiempo. ¡Para que no riñan unas con otras, las bien portadas mujercitas! ¡Y por ti también, desventurado! Paz con Dios y con el vecino: así lo quiere el buen sueño. ¡Y paz también con el diablo del vecino! Si no, te ronda por la noche.
¡Honra a la autoridad, y obediencia, y también a la autoridad torcida! Así lo quiere el buen sueño. ¿Qué culpa tengo yo de que al poder le guste andar sobre piernas torcidas?
Siempre será para mí el mejor pastor aquel que lleva a su oveja al prado más verde: así se aviene con el buen sueño.
No quiero muchos honores, ni grandes tesoros: eso inflama el bazo. Pero se duerme mal sin un buen nombre y un pequeño tesoro.
Una pequeña compañía me es más grata que una mala: pero debe irse y venir a su debido tiempo. Así se aviene con el buen sueño.
Mucho me gustan también los espiritualmente pobres: favorecen el sueño. Bienaventurados son, sobre todo cuando se les da siempre la razón.
Así transcurre el día para el virtuoso. Y cuando llega la noche, bien me guardo de llamar al sueño. No quiere ser llamado, el sueño, que es el señor de las virtudes. Sino que pienso en lo que hice y pensé durante el día. Rumiando, me pregunto, paciente como una vaca: ¿cuáles fueron tus diez superaciones? ¿Y cuáles fueron las diez reconciliaciones, y las diez verdades, y las diez risas con las que se regaló mi corazón? Ponderando tales cosas y acunado por cuarenta pensamientos, me asalta de repente el sueño, el no llamado, el señor de las virtudes. El sueño me golpea el ojo: entonces se vuelve pesado. El sueño me toca la boca: entonces queda abierta. En verdad, viene a mí sobre suaves suelas, el más querido de los ladrones, y me roba mis pensamientos: estúpido me quedo ahí de pie, como esta cátedra. Pero no permanezco mucho más tiempo en pie: ya estoy acostado. —
Cuando Zaratustra oyó hablar así al sabio, rió para sí en el corazón: porque con ello se le había hecho una luz. Y habló así a su corazón:
Un necio es para mí ese sabio con sus cuarenta pensamientos; pero yo creo que entiende bien del dormir. Dichoso ya el que mora en la cercanía de este sabio. Tal sueño se contagia, aun a través de un muro espeso se contagia. Un hechizo mora incluso en su cátedra. Y no en vano se sentaban los jóvenes ante el predicador de la virtud. Su sabiduría se llama: velar para dormir bien. Y en verdad, si la vida no tuviera sentido y debiera yo elegir un sinsentido, entonces sería también para mí este el sinsentido más digno de elegir.
Ahora entiendo con claridad qué era lo que antaño se buscaba ante todo, cuando se buscaban maestros de la virtud. Se buscaba para sí buen sueño y virtudes fragantes de amapola para ello. Para todos estos elogiados sabios de las cátedras, sabiduría era el dormir sin sueños: no conocían mejor sentido de la vida.
Bien es cierto que aún hoy hay algunos como este predicador de la virtud, y no siempre tan honestos; pero su tiempo ha pasado. Y no seguirán mucho más tiempo en pie: ya están acostados.
Bienaventurados son estos somnolientos: porque pronto se quedarán dormidos.
Así habló Zaratustra
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