1.3. DE LOS TRASMUNDANOS

Antaño lanzó también Zaratustra su delirio más allá del hombre, como todos los trasmundanos. Obra de un Dios sufriente y atormentado me parecía entonces el mundo. Sueño me parecía entonces el mundo, y poesía de un dios; humo coloreado ante los ojos de un ser divino insatisfecho. Bien y mal, y placer y sufrimiento, y yo y tú —humo coloreado me parecía todo ello ante ojos creadores. Apartar la mirada de sí mismo quería el creador; entonces creó el mundo.

Embriagador placer es para el que sufre apartar la mirada de su sufrimiento y perderse a sí mismo. Embriagador placer y perderse a sí mismo me pareció antaño el mundo. Este mundo, el eternamente imperfecto, imagen de una eterna contradicción e imagen imperfecta —un embriagador placer para su imperfecto creador: así me pareció antaño el mundo.

Así lancé también yo antaño mi delirio más allá del hombre, como todos los trasmundanos. ¿Más allá del hombre, en verdad?

¡Ay, hermanos, ese Dios que yo creé era obra de hombre y delirio de hombre, como todos los dioses ! Hombre era, y sólo un pobre fragmento de hombre y yo: de mi propia ceniza y brasa me vino ese fantasma, y, en verdad, no me vino del más allá. ¿Qué sucedió, hermanos míos? Me superé a mí mismo, al sufriente; llevé mi propia ceniza a las montañas, inventé para mí una llama más luminosa. Y mira, entonces se apartó de mí el fantasma. Sufrimiento sería para mí ahora, y tormento para el convaleciente, creer en tales fantasmas: sufrimiento sería para mí ahora, y humillación. Así les digo yo a los trasmundanos.

Era sufrimiento e impotencia —eso creó todos los trasmundos; y ese breve delirio de la dicha que sólo experimenta el que más sufre.

Cansancio que con un salto quiere llegar hasta lo último, con un salto a la muerte, un pobre cansancio ignorante que ya no quiere querer más: eso creó a todos los dioses y trasmundos.

¡Creedme, hermanos míos, era el cuerpo el que desesperaba del cuerpo: el que tanteaba con los dedos del espíritu ofuscado las últimas murallas! ¡Creedme, hermanos míos, era el cuerpo el que desesperaba de la tierra: el que oía al vientre del ser hablarle! Y entonces quiso atravesar con la cabeza las últimas murallas, y no sólo con la cabeza —al otro lado, a “ese mundo”. Pero “ese mundo” está bien oculto al hombre, ese mundo deshumanizado, inhumano, que es una celestial nada; y el vientre del ser no habla en absoluto al hombre, salvo como hombre.

En verdad, difícil de probar es todo ser y difícil de traer al habla. Decidme, hermanos, ¿no es lo más extraño de todas las cosas aún lo mejor probado?

Sí, este yo y la contradicción y confusión del yo hablan aún con la mayor honradez de su ser, este yo creador, volente, valorador, que es la medida y el valor de las cosas. Y este ser, el más honrado, el yo, habla del cuerpo, y aún quiere el cuerpo, incluso cuando poetiza y fantasea y aletea con alas rotas. Cada vez más honradamente aprende a hablar el yo: y cuanto más aprende, más encuentra palabras y honores para cuerpo y tierra.

Un nuevo orgullo me enseñó mi yo; eso enseño yo a los hombres: no meter más la cabeza en la arena de las cosas celestiales, sino llevarla libremente, una cabeza terrenal que crea sentido para la tierra.

Una nueva voluntad les enseño yo a los hombres: querer este camino que el hombre ha seguido a ciegas y llamarlo bueno, y no volver a escabullirse de él hacia un lado, como los enfermos y agonizantes.

Enfermos y agonizantes fueron los que despreciaron cuerpo y tierra e inventaron lo celestial y las redentoras gotas de sangre: pero también esos dulces y sombríos venenos los tomaron de cuerpo y tierra. Querían escapar de su desgracia, y las estrellas estaban demasiado lejos para ellos. Entonces suspiraron: “¡Oh, que hubiera caminos celestiales para escabullirse hacia otro ser y otra felicidad!” Entonces se inventaron sus argucias y pequeñas pócimas sangrientas. Se imaginaban ahora arrebatados a su cuerpo y a esta tierra, estos ingratos. Pero ¿a quién debían el espasmo y la delicia de su arrebato? A su cuerpo y a esta tierra.

Benévolo es Zaratustra con los enfermos. En verdad, no se encoleriza por sus formas de consuelo e ingratitud. ¡Ojalá lleguen a ser convalecientes y se superen, y se creen un cuerpo más alto! Tampoco se encoleriza Zaratustra con el convaleciente cuando mira con ternura a su delirio y a medianoche se escabulle en torno a la tumba de su dios: pero también sus lágrimas siguen siendo para mí enfermedad y cuerpo enfermo.

Siempre hubo mucho pueblo enfermo entre aquellos que poetizan y son ávidos de Dios; odian furiosamente a los que saben y a esa, la más joven de las virtudes, que se llama honradez. Siempre miran hacia atrás, a tiempos oscuros; entonces, ciertamente, delirio y fe eran otra cosa. La locura de la razón era semejanza a Dios, y la duda, pecado.

Demasiado bien conozco yo a estos semejantes a Dios: quieren que se crea en ellos, y que la duda sea pecado. Demasiado bien sé también en qué creen ellos mismos más que en nada. En verdad, no en trasmundos y redentoras gotas de sangre: sino en el cuerpo creen también ellos más que en nada, y su propio cuerpo es para ellos su “cosa en sí”. Pero es para ellos una cosa enfermiza, y con gusto querrían salirse de su piel. Por eso escuchan a los predicadores de la muerte y predican ellos mismos trasmundos.

Escuchadme más bien, hermanos míos, la voz del cuerpo sano: esta es una voz más honrada y más pura. Con más honradez y pureza habla el cuerpo sano, el perfecto y a escuadra; y habla del sentido de la tierra.

Así habló Zaratustra.

Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

COMENTARIO A 1.3. DE LOS TRANSMUNDANOS [K. GRÄTZ]

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