2.12. DE LA SUPERACIÓN DE SÍ MISMO

¿«Voluntad de verdad» llamáis, vosotros, los más sabios, a aquello que os impulsa y os inflama?

Voluntad de hacer pensable todo ente: así llamo yo a vuestra voluntad. Todo ente queréis primero hacerlo pensable, pues dudáis con buen recelo de si es ya pensable. Pero ha de someterse y plegarse a vosotros. Así lo quiere vuestra voluntad. Pulido ha de volverse, y sometido al espíritu, como su espejo y contraimagen. Esa es vuestra entera voluntad, vosotros, los más sabios, como una voluntad de poder; y también cuando habláis de bien y mal y de las valoraciones. Crear queréis todavía el mundo ante el que podáis arrodillaros: así es vuestra última esperanza y embriaguez.

Los no sabios, ciertamente, el pueblo, esos son como el río sobre el que avanza flotando un bote: y en el bote se sientan, solemnes y embozadas, las valoraciones. Vuestra voluntad y vuestros valores los pusisteis sobre el río del devenir; lo que el pueblo cree como bueno y malo me revela una antigua voluntad de poder.

Vosotros fuisteis, vosotros, los más sabios, los que en este bote pusisteis tales huéspedes y les disteis pompa y nombres orgullosos, — vosotros y vuestra voluntad dominadora. Ahora el río lleva más lejos vuestro bote: debe llevarlo. Poco importa si la ola quebrada espumea y furiosa contraría a la quilla. No es el río vuestro peligro ni el fin de vuestro bien y mal, vosotros, los más sabios: sino esa voluntad misma, la voluntad de poder, — la inagotada, engendradora voluntad de vida.

Pero para que entendáis mi palabra acerca del bien y del mal, quiero deciros todavía mi palabra acerca de la vida y de la índole de todo lo viviente.

Fui tras lo viviente; recorrí los caminos más grandes y los más pequeños para conocer su índole. Con espejo centuplicado capté aún su mirada cuando la boca le estaba cerrada, para que su ojo me hablara. Y su ojo me habló.

Pero allí donde encontré algo viviente, allí escuché también la palabra acerca de la obediencia. Todo viviente es un obediente.

Y esto es lo segundo: a aquel que no puede obedecerse a sí mismo, a ese se le manda. Así es la índole de lo viviente.

Pero esto es lo tercero que escuché: que mandar es más difícil que obedecer. Y no sólo porque el que manda lleva la carga de todos los que obedecen, y porque esa carga fácilmente lo aplasta: — tentativa y riesgo se me aparecieron en todo mandar; y siempre, cuando manda, lo viviente se juega a sí mismo en ello. Sí, aun cuando se manda a sí mismo: incluso entonces debe expiar su mandar. Ante su propia ley debe hacerse juez, vengador y víctima. ¿Cómo ocurre esto?, así me pregunté. ¿Qué persuade a lo viviente a que obedezca y mande y, mandando, aún ejerza obediencia?

¡Escuchad ahora mi palabra, vosotros, los más sabios! Comprobad seriamente si me arrastré hasta el corazón de la vida misma y hasta las raíces de su corazón.

Donde encontré algo viviente, allí encontré voluntad de poder; y aun en la voluntad del que sirve encontré la voluntad de ser señor.

Que lo más débil sirva a lo más fuerte, a ello lo persuade su voluntad, que quiere ser señor sobre lo aún más débil: solo de este placer no quiere privarse. Y como lo menor se entrega a lo mayor para tener placer y poder sobre lo más pequeño, así también lo más grande se entrega todavía y, por el poder, pone en juego la vida. Esa es la entrega de lo más grande, que es riesgo y peligro y un juego de dados con la muerte.

Y donde hay sacrificio y servicios y miradas de amor, también ahí hay voluntad de ser señor. Por caminos escondidos se desliza a hurtadillas el más débil hasta la fortaleza y hasta el corazón del más poderoso — y roba allí poder.

Y este secreto me lo dijo la vida misma. “Mira —dijo—, yo soy aquello que siempre debe superarse a sí mismo. Ciertamente vosotros lo llamáis voluntad de engendrar, o instinto hacia un fin, hacia lo más alto, lo más lejano, lo más múltiple: pero todo esto es uno y un único secreto.

“Prefiero aun sucumbir antes que renunciar a esta única cosa; y en verdad, donde hay ocaso y caída de hojas, mira, allí se sacrifica la vida —por poder. Que yo deba ser lucha y devenir y fin y contradicción de los fines: ay, quien adivina mi voluntad, adivina también por qué torcidos caminos debe esta marchar.

“Sea lo que sea lo que yo cree y comoquiera que lo ame, — pronto debo ser adversario de ello y de mi amor: así lo quiere mi voluntad. Y también tú, el que conoce, no eres más que un sendero y una huella de mi voluntad: en verdad, mi voluntad de poder camina también sobre los pies de tu voluntad de verdad.

“Ciertamente no acertó en la verdad quien disparó hacia ella la palabra «voluntad de existencia»: esa voluntad no existe. Porque lo que no es, no puede querer; pero lo que ya está en la existencia, ¿cómo podría querer aún existencia? Solo donde hay vida hay también voluntad: pero no voluntad de vivir, sino —así te lo enseño— voluntad de poder.

“Muchas cosas estima el viviente por encima de la vida misma; pero desde el estimar mismo habla —la voluntad de poder.”

Así me enseñó una vez la vida: y a partir de ello os descifro, vosotros, los más sabios, aun el enigma de vuestro corazón.

En verdad, os digo: bien y mal que fueran imperecederos — eso no existe. Desde sí mismo debe superarse siempre de nuevo. Con vuestros valores y palabras acerca de bien y mal ejercéis violencia, vosotros, valoradores: y esto es vuestro amor oculto y el brillar, estremecerse y rebosar de vuestra alma. Pero de vuestros valores crece una violencia más fuerte y una nueva superación: en ella se rompen huevo y cáscara.

Y quien debe ser un creador en el bien y en el mal: en verdad, ese debe ser primero un destructor y quebrar valores. Así pertenece el mal más alto a la bondad más alta: pero esta es la creadora. —

Hablemos solo de eso, vosotros, los más sabios, aunque sea malo. Callar es peor; todas las verdades silenciadas se vuelven venenosas.

¡Y que se quiebre todo lo que pueda quebrarse contra nuestras verdades! Aún queda más de una casa por construir.

Así habló Zaratustra.

Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.


Comentarios

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