Nietzsche se concibe a sí mismo como un «espejo reflector de las culturas» capaz de fusionar horizontes. En una nota póstuma de 1882 se declara dispuesto a convertirse en el «Buda de Europa», contrapunto del Buda indio. Y precisamente Así habló Zaratustra es la obra donde realiza esa fusión sincrética: entrelaza ideas europeas y orientales bajo una mirada eurocéntrica. Como subraya Michael Stausberg, el propio Zarathustra es «una figura de reflejos culturales entre Oriente y Occidente por excelencia».
La obra se inscribe en la gran fascinación europea del siglo XIX por las religiones del Lejano Oriente y, sobre todo, por el budismo. Desde Herder y Friedrich Schlegel, la India se idealiza como tierra de unidad originaria frente a una Europa desgarrada por la razón. Nietzsche participa de lleno en ese discurso. Aunque no hace una reflexión sistemática, su interés es temprano y constante: ya en 1865 asiste a clases sobre filosofía india en Bonn; en 1870 lee a Koeppen sobre la religión de Buda; en 1875 recibe las Indische Sprüche de Böhtlingk y una traducción inglesa del Sutta Nipāta; en 1881 compra el Buddha de Hermann Oldenberg, que deja huella directa en Zaratustra.
Este interés se refuerza enormemente por su entorno más cercano:
• Schopenhauer, que colocaba una estatua de Buda en su escritorio y veía en el budismo la confirmación de su filosofía (fue el gran mediador del budismo en Alemania).
• Richard Wagner, que planeó una ópera sobre Buda titulada Los vencedores (1856).
• Paul Deussen, a quien Nietzsche elogia en La genealogía de la moral como «el primer verdadero conocedor de la filosofía india en Europa». Lee su libro sobre el Vedanta exactamente mientras termina la primera parte de Zaratustra y le escribe entusiasmado.
Nietzsche no valora el budismo de forma unívoca, pero sí lo presenta repetidamente como contrapunto positivo al cristianismo. En El Anticristo (§ 20) lo califica de «cien veces más realista». Ya en Aurora (M 96) llama a Buda «maestro de la religión de la autorredención». En notas póstumas de 1880 ve en una «religión atea al estilo de Buda» la posibilidad de un «nuevo ser humano» que supere las diferencias confesionales. Y en 1881 menciona juntos a Buda y Zaratustra (junto a Jesús y Epicteto) como heraldos de ese nuevo hombre.
El Zaratustra histórico y cómo lo usa Nietzsche
El nombre que elige Nietzsche remite al antiguo profeta iraní Zaratustra (Zoroastro en griego), fundador del zoroastrismo (hacia 1500-600 a.C. en el este de Irán). Según la tradición, a los 30 años experimenta su vocación como profeta de Ahura Mazda (el dios sabio) y proclama un mensaje que critica los sacrificios antiguos. Reúne discípulos y se enfrenta a la hostilidad de los sacerdotes de la religión tradicional.
La figura de Zaratustra ya tenía una larga tradición de apropiaciones europeas: leyendas helenísticas, óperas (Rameau, Mozart con su Sabio Sarastro en La flauta mágica), teatro (Lessing) y estudios científicos del siglo XIX (Spiegel, Windischmann, Haug). Nietzsche conoce principalmente dos fuentes directas:
1. Los Ensayos de Ralph Waldo Emerson (1882), donde subraya varias veces el pasaje en que un sabio oriental reconoce en Zaratustra al «gran hombre» por su mera presencia física. Nietzsche anota al margen: «¡Eso es!».
2. La Historia cultural de Friedrich Anton Heller von Hellwald (1876), de donde extrae casi literalmente la biografía ficticia que abre Zaratustra: «Zarathustra, nacido a orillas del lago Urmi, abandonó su patria a los treinta años…».
Nietzsche no pretende hacer una reconstrucción histórica fiel. Oculta o modifica datos, carga al personaje con ideas cristianas, antiguas y modernas, y lo convierte en figura sincrética. Le fascina especialmente el dualismo bien/mal que introduce Zaratustra (el primero en ver la moral como «rueda del engranaje del mundo», dice en Ecce Homo). En el fondo, su Zarathustra es al mismo tiempo el primer moralista y el primer crítico de la moral: «Zarathustra creó este error fatídico, la moral: por consiguiente, también debe ser el primero en reconocerlo».
Conclusión de Grätz: lejos de ser un disfraz o un telón de fondo, la elección de Zaratustra es un gesto genial de sincretismo. Gracias a Nietzsche, el nombre del antiguo profeta iraní sigue vivo hoy no solo en Europa, sino también en Latinoamérica, China y Japón.
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