4.6. AUSSER DIENST («FUERA DE SERVICIO»)

Pero no mucho tiempo después de que Zaratustra se hubiera zafado del mago, vio de nuevo a alguien sentado en el camino por el que caminaba, a saber, un hombre alto, vestido de negro, de rostro pálido y demacrado: éste le irritó violentamente. «¡Ay —dijo a su corazón—, ahí está sentada la tristeza embozada; eso me parece de la índole de los sacerdotes: ¿qué quieren ésos en mi reino? ¿Cómo? Apenas he escapado de aquel mago: ¿ha de cruzárseme otra vez en el camino otro hechicero negro, — algún brujo de imposición de manos, un oscuro hacedor de milagros por la gracia de Dios, un ungido calumniador del mundo, al que ojalá se lleve el diablo! Pero el diablo nunca está en el sitio donde estaría en su sitio: siempre llega demasiado tarde, ese maldito enano y pie zambo».

Así maldijo Zaratustra, impaciente, en su corazón, y pensó cómo, con la mirada apartada, se escurriría junto al hombre negro; pero mira, ocurrió de otro modo: pues en el mismo instante ya lo había visto el que estaba sentado; y no de manera distinta a uno a quien le sobreviene una fortuna inesperada, se puso en pie de un salto y se fue a por Zaratustra.

«Quienquiera que seas, tú caminante —dijo—, ayuda a un extraviado, a un buscador, a un anciano que aquí fácilmente puede sufrir daño. Este mundo de aquí me es extraño y lejano; también oí aullar a bestias salvajes; y aquel que habría podido ofrecerme amparo, ése ya no existe. Yo buscaba al último hombre piadoso, a un santo y ermitaño, que, solo en su bosque, aún no había oído nada de aquello que hoy sabe todo el mundo».

«¿Qué sabe hoy todo el mundo? —preguntó Zaratustra—. ¿Acaso esto: que el viejo Dios ya no vive, en quien todo el mundo una vez había creído?»

«Tú lo dices —respondió el anciano, afligido—. Y yo serví a ese viejo Dios hasta su última hora. Pero ahora estoy fuera de servicio, sin señor, y sin embargo no soy libre; ya ni una hora alegre, salvo en los recuerdos. Para eso subí a estas montañas: para darme por fin otra vez una fiesta, como corresponde a un viejo papa y Padre de la Iglesia; pues sábelo: ¡soy el último papa! — una fiesta de piadosos recuerdos y oficios divinos. Pero ahora está muerto él mismo, el hombre más piadoso, aquel santo en el bosque, que alababa constantemente a su Dios con cantos y murmullos. A él mismo ya no lo hallé cuando hallé su cabaña; — pero sí, dentro, dos lobos, que aullaban por su muerte — pues todos los animales lo amaban. Entonces eché a correr. ¿Vine, pues, en vano a estos bosques y montañas? Entonces decidió mi corazón que buscara a otro, al más piadoso de todos los que no creen en Dios —, ¡que buscara a Zaratustra!»

Así habló el anciano y miró, con ojos penetrantes, a aquel que estaba ante él; pero Zaratustra asió la mano del viejo papa y la contempló largo tiempo con admiración. «Mira ahí, tú venerable —dijo entonces—, qué hermosa y larga mano. ¡Ésa es la mano de uno que siempre ha repartido bendiciones! Pero ahora ella sujeta con firmeza a aquel a quien tú buscas: a mí, a Zaratustra. Yo soy, el impío Zaratustra, el que dice: “¿quién es más impío que yo, para que me regocije de su instrucción?”»

Así habló Zaratustra y horadó con la mirada los pensamientos y los pensamientos detrás de los pensamientos del viejo papa. Al fin, éste empezó: «Quien más lo amaba y lo poseía, ése es ahora también quien más lo ha perdido: — — mira, yo mismo soy quizá de nosotros dos ahora el más impío. ¡Pero quién podría regocijarse de ello!»

— «¿Le serviste hasta el final? —preguntó Zaratustra pensativo, tras un hondo silencio—. Tú sabes cómo murió. ¿Es verdad lo que se dice: que lo estranguló la compasión, — que vio cómo el hombre colgaba de la cruz, y no lo soportó, — que el amor al hombre se convirtió en su infierno y, al final, en su muerte?» — —

Pero el viejo papa no respondió, sino que miró hacia un lado, con recelo y con una expresión dolorida y sombría.

— «Déjalo ir —dijo Zaratustra, después de un largo pensar, mientras seguía mirando al anciano de frente a los ojos—. Déjalo ir: ya se fue. Y aunque te honre que de ese muerto no hables sino bien, tú sabes tan bien como yo quién era — y que iba por caminos extraños».

«Dicho entre tres ojos —dijo, alborozado, el viejo papa (pues era ciego de un ojo)—, en cosas de Dios estoy más esclarecido que el propio Zaratustra —y puedo estarlo. Mi amor le sirvió largos años; mi voluntad siguió en todo su voluntad. Pero un buen servidor lo sabe todo —y muchas cosas también que su señor se oculta a sí mismo. Era un Dios oculto, lleno de secretismo. En verdad, incluso hasta un hijo llegó no de otro modo que por sendas furtivas. A la puerta de su fe se alza el adulterio».

«Quien lo alaba como a un Dios del amor no piensa lo bastante alto del amor mismo. ¿No quiso ese Dios también ser juez? Pero el que ama, ama más allá de recompensa y desquite».

Cuando era joven, este Dios de las tierras del Oriente, entonces era duro y vengativo, y se construyó un infierno para solaz de sus favoritos. Pero al final se volvió viejo, blando y quebradizo, y compasivo, más parecido a un abuelo que a un padre; pero, más que a nada, a una vieja abuela temblorosa. Allí se sentaba, marchito, en su rincón junto al fuego, se afligía por sus débiles piernas, cansado del mundo, cansado de querer, y un día se asfixió de su demasiado grande compasión.

«Viejo papa —interrumpió aquí Zaratustra—, ¿has visto tú eso con tus propios ojos? Bien podría haber sucedido así: así, y también de otro modo. Cuando los dioses mueren, mueren siempre de muchas clases de muerte. Pero, en fin: sea como sea, así o asá — ¡ya se fue! Me iba contra el gusto a los oídos y a los ojos; nada peor quisiera yo decir de él».

Amo todo lo que mira con claridad y habla con honradez. Pero él —tú lo sabes bien, viejo sacerdote—, había algo de tu índole en él, de índole sacerdotal: era ambiguo. Era también poco claro. ¡Cómo se irritó con nosotros, ese resoplador de ira, porque lo entendiéramos mal! ¿Pero por qué no habló con más limpieza? Y si la falta estuvo en nuestros oídos, ¿por qué nos dio oídos que lo oían mal? ¿Había barro en nuestros oídos? ¡Pues bien! ¿quién lo metió ahí dentro? Demasiadas cosas le salieron mal, a este alfarero que aún no había acabado su aprendizaje. Pero que tomase venganza de sus cacharros y criaturas porque le salieron mal —eso fue un pecado contra el buen gusto. Hay buen gusto también en la piedad: éste dijo al fin: «¡Fuera con un Dios así! ¡Mejor ningún Dios, mejor hacer destino por cuenta propia, mejor ser necio, mejor ser uno mismo Dios!»

— «¿Qué oigo? —dijo aquí el viejo papa con los oídos aguzados—. Oh Zaratustra, eres más piadoso de lo que crees, con un no creer así. Algún Dios en ti te convirtió a tu impiedad. ¿No es tu piedad misma la que ya no te deja creer en un Dios? Y tu desmesurada honradez te llevará todavía más allá del bien y del mal. ¡Mira, qué te quedó reservado! Tienes ojos y mano y boca: ésos están destinados a bendecir desde la eternidad. No se bendice solo con la mano. En tu cercanía, aunque quieras ser el más impío, olfateo un secreto aroma de consagración y de bienestar, de largas bendiciones: me viene bien y mal con ello. ¡Déjame ser tu huésped, oh Zaratustra, por una sola noche! En ninguna parte de la tierra me encuentro ahora mejor que junto a ti». —

«¡Amén! ¡Así ha de ser! —dijo Zaratustra con gran sorpresa—: allí arriba conduce el camino, allí está la cueva de Zaratustra. Con gusto, en verdad, te acompañaría yo mismo hasta allí, tú venerable, pues amo a todos los hombres piadosos. Pero ahora me llama, con urgencia, un grito de angustia lejos de ti. En mi dominio nadie ha de sufrir daño; mi cueva es un buen puerto. Y más que nada querría volver a poner a todo triste sobre tierra firme y piernas firmes.

¿Pero quién te quitaría de los hombros tu melancolía? Para eso soy demasiado débil. Largo tiempo, en verdad, habríamos de esperar hasta que alguien te despertase de nuevo a tu Dios. Pues ese viejo Dios ya no vive: ése está bien muerto». —

Así habló Zaratustra.

Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

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