[1] Pero cuando Zaratustra dobló un peñasco, vio, no muy lejos bajo él, en el mismo camino, a un hombre que sacudía los miembros como un furioso y, al fin, se desplomaba en tierra, boca abajo. «¡Alto! —dijo entonces Zaratustra a su corazón—. Ese de ahí debe de ser, sin duda, el hombre superior: de él vino aquel terrible grito de angustia; quiero ver si ahí se puede ayudar». Pero cuando corrió al lugar donde el hombre yacía en el suelo, encontró a un anciano tembloroso, de ojos fijos; y por mucho que Zaratustra se esforzó en incorporarlo y volver a ponerlo en pie, fue en vano. Tampoco parecía el desdichado advertir que alguien estuviese junto a él; antes bien, miraba una y otra vez a su alrededor con gestos conmovedores, como quien está abandonado por todo el mundo y entregado a la soledad. Al fin, tras mucho temblar, convulsionarse y encogerse sobre sí mismo, comenzó a lamentarse así:
«¿Quién me calienta, quién me ama aún?
¡Dadme manos ardientes!
¡Dadme braseros de carbón para el corazón!
Tendido, estremeciéndome,
como un semimuerto a quien le calientan los pies —
sacudido, ¡ay!, por fiebres desconocidas,
tiritando ante agudas flechas heladas de escarcha,
¡por ti acosado, pensamiento!
¡Innombrable! ¡Velado! ¡Espantoso!
¡Tú, cazador tras las nubes!
Fulminado por ti, abatido:
tú, ojo burlón que me mira desde lo oscuro: —
así yazgo yo,
me doblo, me retuerzo, torturado
por todos los eternos tormentos,
herido
por ti, el más cruel cazador,
tú, desconocido — Dios!
¡Hiere más hondo,
hiere una vez más!
¡Atraviesa, quiebra este corazón!
¿A qué viene este tormento
con flechas de dientes romos?
¿Por qué miras tú de nuevo,
no cansado del dolor del hombre,
con ojos de relámpago de dioses, gozosos del daño?
¿No quieres matar,
solo torturar, torturar?
¿Para qué — torturarme,
tú, desconocido Dios gozoso del daño? —
¡Ja, ja!
¿Te arrastras hasta aquí?
A tal medianoche,
¿qué quieres?
¡Habla!
Me empujas, me oprimes —
¡ja!, ¡ya estás demasiado cerca!
¡Fuera! ¡Fuera!
Me oyes respirar,
acechas mi corazón,
tú, celoso —
¿pero de qué, celoso?
¡Fuera! ¡Fuera! ¿Para qué la escalera?
¿Quieres entrar,
en el corazón,
subirte al corazón, a mis más secretos
pensamientos subirte?
¡Desvergonzado! ¡Desconocido — ladrón!
¿Qué quieres hurtarme,
qué quieres sonsacarme a escondidas,
qué quieres arrancarme a fuerza de tortura,
tú, torturador!
¡Tú — Dios-verdugo!
¿O he de revolcarme ante ti, como un perro,
entregado, arrebatado, fuera de mí,
y moverte el amor con la cola?
¡En vano!
¡Pincha más,
cruelísimo aguijón! ¡No,
no soy un perro — solo tu presa soy,
cruelísimo cazador!
Tu más orgulloso prisionero,
tú, ladrón tras las nubes!
¡Habla al fin!
¿Qué quieres de mí, salteador de caminos?
¡Tú, velado en el relámpago! ¡Desconocido! ¡Habla!
¿Qué quieres de mí, desconocido Dios? — —
¿Cómo? ¿Rescate?
¿Qué quieres de rescate?
Exige mucho — eso lo aconseja mi orgullo;
y habla breve — eso lo aconseja mi otro orgullo.
¡Ja, ja!
¿A mí — me quieres? ¿A mí?
¿A mí — entero?
¡Ja, ja!
¿Y me torturas, necio que eres,
me martirizas el orgullo?
¡Dame amor! — ¿quién me calienta aún?
¿Quién me ama aún? — dame manos ardientes,
dame braseros de carbón para el corazón;
dame a mí, el más solitario,
a quien el hielo, ¡ay!, un séptuple hielo
hasta por enemigos,
hasta por enemigos enseña a añorar,
dame, sí: entrégate,
cruelísimo enemigo,
a mí — ¡tú! — —
¡Lejos!
Así huyó él mismo,
mi último, único compañero,
mi gran enemigo,
mi desconocido,
mi Dios-verdugo! —
— ¡No! ¡Vuelve,
con todos tus tormentos!
¡Al último de todos los solitarios,
oh, vuelve!
Todos los ríos de mis lágrimas
corren hacia ti.
Y mi última llama del corazón —
para ti se enciende, arde en alto.
¡Oh, vuelve,
mi desconocido Dios! ¡Mi dolor! ¡Mi última dicha!»
[2]Pero aquí Zaratustra no pudo contenerse ya por más tiempo, tomó su bastón y golpeó con todas sus fuerzas al que se lamentaba. «¡Alto! —le gritó con risa enconada— ¡alto, tú comediante! ¡tú falsificador! ¡tú mentiroso de lo hondo! ¡Bien te reconozco! Yo sí que voy a calentarte las piernas, tú maldito mago: me entiendo bien en eso de —a los tales como tú— meterles calor».
«¡Basta! —dijo el viejo, y saltó del suelo—. ¡No golpees más, oh Zaratustra! Lo hice así sólo por jugar. Tal cosa pertenece a mi arte; a ti mismo quería ponerte a prueba cuando te di esta prueba. Y, en verdad, me has calado bien. Pero también tú —me diste de ti una prueba nada pequeña: eres duro, tú sabio Zaratustra. Duro golpeas con tus “verdades”; tu garrote me arranca por fuerza —esta verdad».
«No adules —respondió Zaratustra, todavía excitado y de mirada sombría—, tú comediante de lo hondo. Eres falso: ¿qué hablas tú —de verdad? Tú pavo real de los pavos reales, tú mar de vanidad, ¿qué papel representabas ante mí, tú maldito mago? ¿A quién habría yo de creer, cuando en semejante figura te lamentabas?»
«Al penitente del espíritu —dijo el viejo—, a ese representaba yo: tú mismo inventaste una vez esta palabra—: —al poeta y mago que al fin vuelve su espíritu contra sí mismo, al transformado, que se hiela en su mal saber y su mala conciencia. Y admítelo simplemente: tardó mucho, oh Zaratustra, hasta que diste con mi arte y mi mentira. Creíste en mi angustia, cuando me sostenías la cabeza con ambas manos; —yo te oí lamentarte: “se le ha amado demasiado poco, amado demasiado poco”. Que yo te engañara hasta tal punto: de eso exultaba en mi interior mi maldad».
«A más finos que a mí podrás haber engañado —dijo Zaratustra con dureza—. Yo no estoy en guardia contra embaucadores: debo estar sin cautela; así lo quiere mi suerte. Pero tú —debes engañar: ¡tan bien te conozco! Debes ser siempre de dos, de tres, de cuatro y de cinco sentidos. También lo que ahora confesaste me era desde hace tiempo ni bastante verdadero ni bastante falso. ¡Tú maldito falsificador, cómo podrías hacer otra cosa! Aun tu enfermedad la maquillarías, si desnudo te mostraras a tu médico. Así acabas de maquillar ante mí tu mentira cuando dijiste: “Lo hice así sólo por jugar.” Había también seriedad en ello: eres algo así como un penitente del espíritu. Te adivino bien: llegaste a ser el hechizador de todos; pero contra ti ya no te queda mentira ni astucia alguna, —tú mismo estás desencantado para ti. Cosechaste el asco como tu única verdad. Ninguna palabra hay ya en ti auténtica, sino tu boca: a saber, el asco que se pega a tu boca». — —
«¡Quién eres tú, pues! —gritó aquí el viejo mago con voz desafiante—. ¿Quién puede hablarme así a mí, al más grande que hoy vive?» Y un relámpago verde se disparó de su ojo hacia Zaratustra. Pero al instante se transformó y dijo, triste: «Oh Zaratustra, estoy cansado de ello; me asquean mis artes, no soy grande: ¿para qué finjo? Pero tú lo sabes bien: yo buscaba la grandeza. A un gran hombre quería yo representar y persuadí a muchos; pero esta mentira sobrepasó mis fuerzas. En ella me quiebro. Oh Zaratustra, todo es mentira en mí; pero que yo me quiebre —este mi quebrarme es auténtico».
«Te honra —dijo Zaratustra, sombrío y mirando hacia abajo, de lado—, te honra que buscaras la grandeza, pero te delata también. No eres grande. Tú, maldito viejo mago: lo mejor y más honrado que hay en ti, y lo que yo honro en ti, es que te hartaste de ti mismo y lo dijiste: “no soy grande”. En eso te honro como a un penitente del espíritu: y aunque sólo por un soplo y un tris, por ese único instante fuiste —auténtico».
«Pero di: ¿qué buscas aquí, en mis bosques y peñascos? Y cuando te me pusiste en el camino, ¿qué prueba querías de mí? — — ¿a qué me tentabas?» Así habló Zaratustra, y sus ojos centelleaban.
El viejo mago calló un momento; después dijo: «¿Que yo te tenté? Yo — busco solamente. Oh Zaratustra, busco a uno auténtico, recto, sencillo, inequívoco; a un hombre de toda honradez, un recipiente de la sabiduría, un santo del conocimiento, un gran hombre. ¿No lo sabes, pues, oh Zaratustra? Yo busco a Zaratustra».
Y aquí se hizo un largo silencio entre ambos; pero Zaratustra se hundió profundamente en sí mismo, así que cerró los ojos. Luego, volviendo a su interlocutor, asió la mano del mago y dijo, lleno de cortesía y de astucia: «¡Bien! Hacia arriba conduce el camino: allí está la cueva de Zaratustra. En ella puedes buscar a quien quieras encontrar. Y pide consejo a mis animales, a mi águila y a mi serpiente: ellos han de ayudarte a buscar. Mi cueva, además, es grande. Yo mismo, ciertamente —todavía no he visto a ningún gran hombre. Para lo que es grande, el ojo de los más finos es hoy tosco. Es el reino del populacho. A más de uno he encontrado ya que se estiraba y se hinchaba, y el pueblo gritaba: “¡Mirad ahí, un gran hombre!” Pero ¿de qué sirven todos los fuelles? Al final se escapa el viento. Al final revienta una rana que se hinchó demasiado tiempo: entonces se escapa el viento. Pincharle el vientre a un hinchado, eso lo llamo yo un bravo pasatiempo. ¡Oíd eso, muchachos!»
Este hoy es del populacho: ¿quién sabe aún qué es grande, qué es pequeño? ¿Quién buscaría ahí, con suerte, la grandeza? Un necio solamente: al necio la suerte le acompaña. ¿Tú buscas grandes hombres, tú extraño necio? ¿Quién te lo enseñó? ¿Es hoy tiempo para ello? ¡Oh tú, maldito buscador, a qué — me tentas?» — —
Así habló Zaratustra, con el corazón reconfortado, y se fue riendo, con ganas, camino adelante.
Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.
Deja un comentario