3.14. DEL GRAN ANHELO

Oh alma mía, te enseñé a decir “hoy” como “una vez” y “antaño”, y a danzar tu corro por encima de todo aquí y ahí y allá.

Oh alma mía, te redimí de todos los rincones; barrí el polvo, las arañas y el crepúsculo de ti.

Oh alma mía, lavé la pequeña vergüenza y la virtud-de-rincón de ti, y te persuadí a estar en pie desnuda ante los ojos del sol. Con la tormenta que se llama “espíritu” soplé sobre tu mar embravecido; soplando alejé de allí todas las nubes, y estrangulé incluso a la estranguladora que se llama “pecado”.

Oh alma mía, te di el derecho a decir no como la tormenta y a decir sí como dice sí el cielo abierto. Estás quieta como la luz y ahora caminas a través de tormentas negadoras.

Oh alma mía, te devolví la libertad sobre lo creado y lo increado; ¿y quién conoce, como tú la conoces, la voluptuosidad de lo futuro?

Oh alma mía, te enseñé el desprecio que no llega como carcoma de gusano, el gran, el amante desprecio, que más ama allí donde más desprecia.

Oh alma mía, te enseñé a persuadir de tal manera que persuades hacia ti los fundamentos mismos: como el sol, que aun al mar lo persuade a su altura.

Oh alma mía, tomé de ti todo obedecer, doblar la rodilla y decir “Señor”; y yo mismo te di los nombres de “giro de la necesidad” y “destino”.

Oh alma mía, te di nuevos nombres y juguetes multicolores; te llamé “destino”, “límite de los límites”, “cordón umbilical del tiempo” y “campana azur”.

Oh alma mía, a tu tierra le di toda la sabiduría para beber, todos los vinos nuevos, y también todos los inmemorialmente viejos y recios vinos de la sabiduría.

Oh alma mía, cada sol lo derramé sobre ti, y cada noche, y cada silencio, y cada anhelo: entonces creciste para mí como una vid.

Oh alma mía, desbordante de riqueza y pesada te yergues ahora ahí, una vid con ubres henchidas y apretados racimos de oro pardo; apretada y oprimida por tu felicidad, esperando en tu sobreabundancia, y aún tímida de tu esperar.

Oh alma mía, ahora no hay en ninguna parte un alma que sea más amante, más envolvente y más vasta. ¿Dónde estarían futuro y pasado más estrechamente unidos que en ti?

Oh alma mía, te lo he dado todo, y todas mis manos han quedado vacías por ti; y ahora — ahora me dices, sonriendo y llena de melancolía: “¿Quién de nosotros ha de agradecer? ¿No tiene el dador que agradecer que el que recibe reciba? ¿No es dar una necesidad? ¿No es recibir — compasión?”

Oh alma mía, entiendo la sonrisa de tu melancolía: tu sobreabundancia misma extiende ahora manos anhelantes. Tu plenitud mira por encima de rugientes mares, busca y espera; el anhelo de la sobre-plenitud mira desde tu sonriente cielo de ojos. Y en verdad, oh alma mía: ¿quién vería tu sonrisa y no se derretiría en lágrimas? Los mismos ángeles se derriten en lágrimas ante la sobre-bondad de tu sonrisa. Es tu bondad y sobre-bondad la que no quiere quejarse ni llorar; y, sin embargo, anhela, oh alma mía, tu sonrisa lágrimas, y tu temblorosa boca sollozos. “¿No es todo llorar un lamentar? ¿Y no es todo lamentar — una acusación?” Así te hablas a ti misma, y por eso quieres tú, oh alma mía, sonreír más bien que derramar tu dolor — en lágrimas que se precipitan derramar todo tu dolor sobre tu plenitud y sobre toda el ansia de la vid por el vendimiador y su cuchillo.

Pero si no quieres llorar, si no quieres desahogar llorando tu púrpura melancolía, entonces deberás cantar, oh alma mía. Mira, yo mismo sonrío, yo, que esto te predigo: cantar con canto rugiente, hasta que todos los mares se aquieten para escuchar tu anhelo; hasta que sobre mares quietos y anhelantes flote el bote, la maravilla dorada, alrededor de cuyo oro todas las cosas buenas, malas y extrañas danzan y saltan, también mucho animal grande y pequeño, y todo lo que tiene pies ligeros y extraños, para que pueda correr por senderos color violeta, hacia la maravilla dorada, el bote voluntario, y hacia su señor; pero ese es el vendimiador, el que espera con su cuchillo diamantino, tu gran libertador, oh alma mía, el sin nombre, a quien solo los cantos futuros hallarán nombre. Y en verdad, ya huele tu aliento a cantos futuros; ya brillas y sueñas, ya bebes sedienta en todos los hondos, resonantes pozos de consuelo, ya descansa tu aliento en la bienaventuranza de los cantos futuros.

Oh alma mía, ahora te lo he dado todo y también mi último don, y todas mis manos han quedado vacías por ti: que te mandara cantar, mira, eso fue mi último don. Que te mandara cantar: habla ahora, habla, ¿quién de nosotros, en este momento, ha de agradecer? Pero mejor aún: cántame, cántame, oh alma mía, y déjame a mí agradecer.

Así habló Zaratustra.


Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

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