3.11. DEL ESPÍRITU DE LA GRAVEDAD

Mi hablar — es del pueblo: hablo con demasiada rudeza y cordialidad para los conejos de seda. Y todavía más extraña suena mi palabra a todos los calamares y zorros de la pluma.

Mi mano — es mano de necio: ¡ay de todas las mesas y paredes, y de cuanto aún tenga sitio para adornos de necio y borrones de necio!

Mi pie — es pezuña de caballo; con él pataleo y troto sobre troncos y piedras, en zigzag y campo a través, y el gozo me endiabla en todo correr veloz.

Mi estómago — ¿es, quizá, estómago de águila? Porque ama, sobre todo, la carne de cordero. Ciertamente, sin embargo, es estómago de ave. Alimentado con cosas inocentes y con poco, dispuesto e impaciente por volar, por volar lejos — esa es ahora mi índole: ¿cómo no habría de haber en ello algo de índole de pájaro? Y, sobre todo, que soy enemigo del espíritu de la gravedad: eso es índole de pájaro — y, en verdad, enemigo a muerte, archienemigo, enemigo primordial. ¡Oh, adónde no voló ya, y se extravió ya volando, mi enemistad!

De ello podría ya cantar una canción — — y quiero cantarla: aunque esté solo en una casa vacía y deba cantarla a mis propios oídos. Hay, ciertamente, otros cantantes a quienes sólo la casa llena les suaviza la garganta, les vuelve la mano locuaz, el ojo expresivo y el corazón despierto: — a esos no me parezco. —

El que un día enseñe a volar a los hombres, habrá corrido todos los mojones; los propios mojones saltarán por los aires ante él, y rebautizará la tierra — como «la Ligera».

El avestruz corre más veloz que el caballo más veloz, pero también él hunde aún pesadamente la cabeza en la tierra pesada: así el hombre que aún no puede volar. Pesada llama él a la tierra y a la vida; ¡y así lo quiere el espíritu de la gravedad! Pero quien quiere volverse ligero, y un ave, debe amarse a sí mismo: — así lo enseño yo.

No, ciertamente no con el amor de los enfermos y de los ávidos: porque en ellos apesta incluso el amor propio. Uno debe aprender a amarse a sí mismo — así enseño yo — con un amor sano e íntegro, de modo que uno se soporte a sí mismo y no deambule. Tal deambular se bautiza «amor al prójimo»: con esta palabra se ha mentido y fingido de la mejor manera hasta ahora, y especialmente por aquellos que han caído pesados a todo el mundo.

Y, en verdad, no es un mandamiento para hoy ni para mañana, aprender a amarse a sí mismo. Más bien, de entre todas las artes, esta es la más delicada, la más astuta, la última y la más paciente. Pues para su dueño está todo lo propio bien escondido; y de todos los tesoros enterrados, el propio es el que más tarde se desentierra — así lo obra el espíritu de la gravedad.

Casi en la cuna se nos dan ya palabras pesadas y valores: «bien» y «mal» — así se llama esta dote. Por cuya causa se nos perdona que vivamos.

Y para ello se deja que los niños se acerquen, para impedirles a tiempo que se amen a sí mismos: así lo obra el espíritu de la gravedad.

Y nosotros — nosotros cargamos fielmente lo que se nos da, sobre hombros duros y por montes ásperos. Y si sudamos, nos dicen: «Sí, la vida es pesada de llevar». ¡Pero sólo el hombre es, para sí mismo, pesado de llevar! Eso sucede porque carga demasiado ajeno sobre sus hombros. Como el camello, se arrodilla y se deja cargar a conciencia. En especial el hombre fuerte, resistente al peso, en quien mora la reverencia: demasiadas palabras ajenas y pesadas, y valores ajenos y pesados, carga sobre sí — ahora la vida le parece un desierto.

¡Y, en verdad, también más de una cosa propia es pesada de llevar! Y mucho de lo interior en el hombre es como la ostra: repugnante, resbaladizo y difícil de asir — de modo que una noble concha, con noble adorno, ha de interceder por ello. Pero también este arte hay que aprenderlo: tener concha, y bello parecer, y sabia ceguera. Y, de nuevo, sobre más de una cosa en el hombre nos engaña el que más de una concha sea pobre y triste, y nada más que concha. Mucha bondad y fuerza escondidas no llegan nunca a ser adivinadas; los más exquisitos bocados no encuentran catadores. Las mujeres lo saben, las más exquisitas: un poco más henchida, un poco más enjuta — ¡oh, cuánto destino yace en tan poco!

El hombre es difícil de descubrir, y descubrirse a sí mismo, aún lo más difícil de todo; a menudo miente el espíritu acerca del alma. Así lo obra el espíritu de la gravedad. Pero se ha descubierto a sí mismo el que dice: «Esto es mi bien y mi mal»; con ello ha dejado mudo al topo y al enano que repite: «Para todos bueno, para todos malo».

En verdad, tampoco me agradan aquellos que llaman buena cualquier cosa, y a este mundo, incluso, el mejor: a esos los llamo los omnicomplacientes. Omnicomplacencia, que sabe gustar de todo: ¡ese no es el mejor gusto! Honro las lenguas y los estómagos díscolos y selectivos, que aprendieron a decir «Yo», y «Sí» y «No». Pero masticarlo y digerirlo todo — eso sí que es una verdadera índole de cerdo. Decir siempre «i‑a» — eso lo aprendió sólo el asno, y quien es de su espíritu. —

El amarillo profundo y el rojo ardiente: así lo quiere mi gusto — que añade sangre a todos los colores. Pero quien encala de blanco su casa, me delata un alma encalada. Unos, enamorados de momias; otros, de fantasmas; y ambos por igual enemigos de toda carne y sangre — ¡oh, cómo van ambos contra mi gusto! Pues yo amo la sangre.

Y no quiero vivir y estar allí donde todo el mundo escupe y vomita: ese es ahora mi gusto — antes viviría entre ladrones y perjuros. Nadie lleva oro en la boca. Pero más repugnantes me son todavía todos los lamebabas; y la bestia de hombre más repugnante que encontré, a esa la bauticé «Parásito»: no quiso amar y, sin embargo, vivir del amor.

Desventurados llamo a todos los que tienen sólo una elección: volverse bestias malvadas o domadores malvados de bestias: entre tales no levantaría para mí cabaña alguna.

Desventurados llamo también a los que siempre deben esperar; me van contra el gusto: todos los publicanos, los tenderos y los reyes, y los demás guardianes de tierras y de tiendas. En verdad, aprendí también a esperar, y desde el fondo — pero sólo a esperarme a mí mismo. Y, sobre todo, aprendí a estar de pie, a marchar, a correr, a saltar, a trepar y a danzar. Pero esta es mi enseñanza: quien quiera un día aprender a volar, primero ha de aprender a estar de pie, a marchar, a correr, a trepar y a danzar: — ¡no se aprende a volar volando! Con escaleras de cuerda aprendí a trepar a más de una ventana; con rápidas piernas ascendí a altos mástiles; sentarme en los altos mástiles del saber me pareció no poca bienaventuranza — como pequeñas llamas que titilan en altos mástiles: una luz pequeña, sí, pero aun así un gran consuelo para marineros a la deriva y náufragos.

Todo mi caminar fue un probar y preguntar: — y, en verdad, también hay que aprender a responder a tales preguntas. Pero esto — es mi gusto: — ni bueno ni malo, sino mi gusto, del que ya no tengo ni vergüenza ni disimulo.

«Esto — es ahora mi camino; ¿dónde está el vuestro?» Así respondí a quienes me preguntaban «por el camino». Pues el camino — ese — no lo hay.

Así habló Zaratustra.

Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

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