La vida es un manantial del placer; pero donde también bebe la chusma, allí están envenenados todos los pozos. Soy amigo de todo lo limpio; pero no quiero ver los hocicos de mueca burlona ni la sed de los impuros. Arrojaron su mirada abajo, al pozo: ahora brilla hacia mí su repulsiva sonrisa desde el pozo. Han envenenado el agua sagrada con su concupiscencia; y cuando llamaron placer a sus sucios sueños, envenenaron también las palabras. La llama se indigna cuando ponen sus húmedos corazones junto al fuego; el espíritu mismo borbotea y humea cuando la chusma se acerca al fuego. Dulzón y demasiado blando se vuelve el fruto en su mano; su mirada torna al árbol frutal vulnerable al viento y seco en la copa.
Y más de uno que se apartó de la vida, se apartó solo de la chusma: no quiso compartir pozo, llama y fruto con la chusma.
Y más de uno que marchó al desierto y padeció sed con bestias de presa, solo no quiso sentarse con sucios camelleros alrededor de la cisterna.
Y más de uno que apareció como un aniquilador y como una granizada para todos los campos de fruto, solo quiso asentarle el pie a la chusma en las fauces y así taponarle la garganta.
Y no es este el bocado con el que más me atraganté: saber que la vida misma necesita enemistad y muerte y cruces de tortura; sino que pregunté una vez y casi me ahogué con mi pregunta: ¿cómo? ¿Necesita la vida también a la chusma? ¿Son necesarios pozos envenenados y fuegos pestilentes y sueños ensuciados y larvas en el pan de la vida?
No mi odio, sino mi náusea me roía hambrienta la vida. Ay, a menudo me cansé del espíritu, cuando también encontré rica en espíritu a la chusma. Y volví la espalda a los gobernantes, cuando vi lo que ahora llaman gobernar: regatear y mercadear por el poder — con la chusma. Habité entre pueblos de lengua extraña, con los oídos cerrados: para que permaneciese extraña para mí la lengua de su regateo y su mercadear por el poder. Y tapándome la nariz marché con disgusto a través de todo ayer y hoy: en verdad, mal huele todo ayer y hoy a la chusma escribiente.
Como un lisiado que se volvió sordo y ciego y mudo: así viví largo tiempo, para no vivir con la chusma del poder, de la escritura y del placer. Penosamente subía mi espíritu escaleras, y con cautela; limosnas de placer eran su refrigerio; apoyada en el bastón, la vida se arrastraba para el ciego.
¿Qué me ocurrió? ¿Cómo me redimí de la náusea? ¿Quién rejuveneció mi ojo? ¿Cómo volé a la altura donde ya no se sienta ninguna chusma junto al pozo? ¿Creó mi náusea misma para mí alas y fuerzas que adivinan fuentes? En verdad, tuve que volar a lo más alto para reencontrar el manantial del placer.
¡Oh, lo encontré, hermanos míos! ¡Aquí, en lo más alto, brota para mí el manantial del placer! Y hay una vida de la que ninguna chusma bebe conmigo.
Casi con demasiada violencia fluyes hacia mí, fuente del placer. Y a menudo vacías de nuevo la copa por querer llenarla. Y aún debo aprender a acercarme a ti con más modestia: con demasiada violencia fluye aún mi corazón a tu encuentro; mi corazón, sobre el que arde mi verano, el breve, ardiente, melancólico, sobrebienaventurado: ¡cómo reclama mi corazón de verano tu frescor!
¡Pasada está la vacilante aflicción de mi primavera! ¡Pasada la malicia de mis copos de nieve en junio! ¡Verano me he vuelto por entero, y mediodía de verano! Un verano en lo más alto con fuentes frías y bienaventurado silencio: ¡oh, venid, amigos míos, para que el silencio se vuelva aún más bienaventurado!
Porque esta es nuestra altura y nuestro hogar: demasiado alto y escarpado habitamos aquí para todos los impuros y su sed. Arrojad sin más vuestros ojos puros al manantial de mi placer, amigos míos. ¿Cómo habría de volverse turbio por ello? Ha de sonreíros al encuentro con su pureza.
Sobre el árbol del futuro construimos nuestro nido; águilas han de traernos a nosotros los solitarios alimento en sus picos. En verdad, ningún alimento del que a los sucios les estuviera permitido comer también. Imaginarían estar devorando fuego y se abrasarían los hocicos. En verdad, no tenemos aquí moradas dispuestas para los sucios. Cueva de hielo se llamaría nuestra dicha para sus cuerpos y para sus espíritus.
Y como fuertes vientos queremos vivir sobre ellos, vecinos de las águilas, vecinos de la nieve, vecinos del sol: así viven los fuertes vientos. Y como un viento quiero algún día aún soplar entre ellos y quitarle con mi espíritu el aliento a su espíritu: así lo quiere mi futuro.
En verdad, un fuerte viento es Zaratustra para todas las tierras bajas; y tal consejo aconseja a sus enemigos y a todo lo que escupe y esputa: “Guardaos de esputar contra el viento”.
Así habló Zaratustra.
Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.
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