2.1. EL NIÑO CON EL ESPEJO

El niño con el espejo

Tras esto, Zaratustra regresó de nuevo a las montañas y a la soledad de su cueva y se apartó de los hombres, esperando como un sembrador que ha esparcido su semilla. Pero su alma se llenó de impaciencia y anhelo por aquellos a quienes amaba, porque aún tenía mucho que darles. Pues esto es lo más difícil: por amor cerrar la mano abierta y, como el que regala, conservar el pudor.

Así pasaron para el solitario lunas y años; pero su sabiduría creció y le causaba dolor por su plenitud. Pero una mañana despertó ya antes de la aurora, meditó largo tiempo en su lecho y finalmente habló a su corazón:

¿De qué me asusté tanto en mi sueño, que desperté? ¿No se me acercó un niño que llevaba un espejo? “Oh Zaratustra —me dijo el niño—, mírate en el espejo”. Pero cuando miré en el espejo, grité, y mi corazón se estremeció: porque no me vi a mí en él, sino la mueca de un diablo y su risa de escarnio. En verdad, demasiado bien entiendo el signo y la advertencia del sueño: mi enseñanza está en peligro, la cizaña quiere ser llamada trigo. Mis enemigos se han vuelto poderosos y han desfigurado la imagen de mi enseñanza, de modo que mis más amados deben sentir vergüenza de los dones que les di. Mis amigos se me perdieron; me llegó la hora de buscar a mis perdidos.

Con estas palabras Zaratustra se levantó de un salto, pero no como un asustado que busca aire, sino más bien como un vidente y un cantor a quien asalta el espíritu. Su águila y su serpiente lo miraron con asombro, pues, como la aurora, una dicha venidera se extendía sobre su semblante.

¿Qué me sucedió, animales míos? —dijo Zaratustra—. ¿No estoy transformado? ¿No me vino la bienaventuranza como un vendaval? Necia es mi dicha y dirá cosas necias: es aún demasiado joven; así, tened paciencia con ella. Herido estoy por mi dicha: todos los sufrientes han de ser para mí médicos. A mis amigos puedo descender de nuevo, y también a mis enemigos. Zaratustra puede volver a hablar y regalar, y hacer por sus amados lo más amado. Mi amor impaciente se desborda en torrentes, río abajo, hacia el amanecer y el ocaso. Desde montañas silenciosas y tormentas de dolor irrumpe mi alma en los valles.

Durante demasiado tiempo anhelé y miré a lo lejos. Durante demasiado tiempo pertenecí a la soledad; así, desaprendí el silencio. Boca me he vuelto por entero, y estruendo de un torrente desde altos peñascos: quiero precipitar abajo mi discurso, en los valles. ¡Y que mi río de amor se precipite en lo sin-caminos! ¿Cómo no habría de encontrar finalmente un río el camino hacia el mar? Ciertamente, hay en mí un lago, un lago ermitaño, que se basta a sí mismo; pero mi río de amor lo arrastra abajo consigo, hacia el mar.

Recorro nuevos caminos, me viene un nuevo discurso; me cansé, como todos los creadores, de las lenguas viejas. Mi espíritu no quiere ya caminar sobre suelas desgastadas.

Demasiado lentamente corre para mí todo discurso: ¡a tu carro salto, tormenta! Y también a ti quiero azotarte con mi malicia.

Como un grito y un júbilo quiero navegar sobre vastos mares, hasta encontrar las islas bienaventuradas donde moran mis amigos; ¡y mis enemigos entre ellos! ¡Cómo amo ahora a todo aquel a quien tan solo me sea dado hablar! También mis enemigos pertenecen a mi bienaventuranza.

Y cuando quiero montar en mi caballo más salvaje, mi lanza me ayuda mejor que nada a subir: es el servidor siempre bien dispuesto de mi pie; ¡la lanza que lanzo contra mis enemigos! ¡Cómo agradezco a mis enemigos que por fin pueda lanzarla!

Demasiado grande fue la tensión de mi nube; entre risas de los relámpagos quiero arrojar lluvias de granizo a lo profundo. Poderosamente se alzará entonces mi pecho, poderosamente hará soplar su tormenta sobre las montañas: así le llega alivio. En verdad, como una tormenta llegan mi dicha y mi libertad. Pero mis enemigos han de creer que el malvado se enfurece sobre sus cabezas.

Sí, también vosotros os asustaréis, amigos míos, ante mi salvaje sabiduría; y quizá salgáis huyendo junto con mis enemigos. ¡Ay, si supiera atraeros de vuelta con flautas de pastor! ¡Ay, si mi leona sabiduría aprendiera a rugir con ternura! Y mucho hemos aprendido ya juntos.

Mi salvaje sabiduría quedó preñada sobre montañas solitarias; sobre ásperas rocas dio a luz a su cría, la más joven. Ahora corre neciamente a través del duro desierto y busca y busca un césped suave: mi vieja salvaje sabiduría. Sobre el suave césped de vuestros corazones, amigos míos; sobre vuestro amor querría ella acostar a su más amado.

Así habló Zaratustra.

Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

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