2.2. EN LAS ISLAS BIENAVENTURADAS

Los higos caen de los árboles, son buenos y dulces; y al caer se les desgarra la piel roja. Soy un viento del norte para los higos maduros.

Así, como higos, os caen estas enseñanzas, amigos míos; bebed ahora su jugo y su dulce pulpa. Otoño hay alrededor, y cielo puro, y tarde. Mirad qué abundancia hay a nuestro alrededor. Y desde la sobreabundancia es hermoso mirar hacia mares lejanos. Antaño se decía Dios cuando se miraba hacia mares lejanos; pero ahora os he enseñado a decir: superhombre.

Dios es una conjetura; pero yo quiero que vuestro conjeturar no llegue más lejos que vuestra voluntad creadora. ¿Podríais crear un dios? Pues guardad silencio ante mí sobre todos los dioses. Pero sí podríais crear al superhombre. Tal vez no vosotros mismos, hermanos míos. Pero podríais transformaros en padres y antepasados del superhombre: y que este sea vuestro mejor crear.

Dios es una conjetura; pero yo quiero que vuestro conjeturar quede limitado dentro de lo pensable. ¿Podríais pensar un dios? Pero que esto signifique para vosotros la voluntad de verdad: que todo sea transformado en pensable para el hombre, visible para el hombre, sensible para el hombre. Habéis de pensar vuestros propios sentidos hasta el final.

Y lo que llamasteis mundo, deberá ser primero creado por vosotros: vuestra razón, vuestra imagen, vuestra voluntad, vuestro amor —eso mismo deberá llegar a ser el mundo. Y en verdad, para vuestra bienaventuranza, vosotros, los que conocéis.

¿Y cómo podríais soportar la vida sin esta esperanza, vosotros, los que conocéis? No podríais haber nacido ni dentro de lo incomprensible ni dentro de lo irracional.

Pero para abriros completamente mi corazón, amigos: si hubiera dioses, ¿cómo soportaría yo no ser dios? Por lo tanto, no hay dioses. Bien, inferí yo esta conclusión; pero ahora ella me infiere a mí.

Dios es una conjetura; pero ¿quién bebería todo el tormento de esta conjetura sin morir? ¿Ha de serle arrebatada al creador su fe, y al águila su planear en lejanías de águila?

Dios es un pensamiento que vuelve torcido todo lo recto, y hace girar todo lo que está en pie. ¿Cómo? ¿El tiempo habría desaparecido, y todo lo perecedero sería solo mentira? Pensar esto es torbellino y vértigo para huesos humanos, y aun para el estómago un vomitar; en verdad, la enfermedad vertiginosa llamo yo a conjeturar tal cosa. Malo lo llamo yo, y enemigo del hombre: toda esa doctrina acerca de lo Uno y Pleno e Inmóvil y Saciado e Imperecedero. Todo lo imperecedero —eso es solo una parábola. Y los poetas mienten demasiado.

Pero del tiempo y del devenir han de hablar las mejores parábolas: un elogio han de ser, y una justificación, de toda transitoriedad.

Crear —esa es la gran redención del sufrimiento y el hacerse ligera de la vida. Pero para que el creador exista, para eso mismo hace falta sufrimiento y mucha transformación. Sí, mucho amargo morir debe haber en vuestra vida, vosotros, creadores. Así sois defensores y justificadores de toda transitoriedad. Para que el creador mismo sea el niño que nazca de nuevo, para eso debe querer ser también la parturienta y el dolor de la parturienta.

En verdad, a través de cien almas recorrí yo mi camino, y a través de cien cunas y dolores de parto. Me he despedido ya muchas veces, conozco las últimas horas que desgarran el corazón. Pero así lo quiere mi voluntad creadora, mi destino. O, para decíroslo más honradamente: precisamente tal destino quiere mi voluntad.

Todo lo que siente sufre en mí y está en prisiones; pero mi querer viene a mí siempre como mi libertador y portador de alegría. Querer libera: esa es la verdadera enseñanza acerca de la voluntad y la libertad —así os la enseña Zaratustra. No querer más, no valorar más, no crear más —ay, que este gran cansancio permanezca siempre lejos de mí. También en el conocer siento yo solo el placer de procrear y devenir de mi voluntad; y si hay inocencia en mi conocimiento, así ocurre porque hay voluntad de procrear en él. Lejos de Dios y de los dioses me atrajo esta voluntad; ¿qué habría para crear, si hubiera dioses?

Pero hacia el hombre me empuja siempre de nuevo mi ferviente voluntad de crear; así empuja al martillo hacia la piedra. Ay, hombres, en la piedra duerme para mí una imagen, la imagen de mis imágenes. Ay, que tenga que dormir en la piedra más dura, más fea. Ahora mi martillo se enfurece cruelmente contra su prisión. De la piedra saltan trozos: ¿qué me importa eso? Quiero llevarla a término; pues una sombra vino a mí —la más quieta y ligera de todas las cosas vino una vez a mí. La belleza del superhombre vino a mí como sombra. Ay, hermanos míos, ¿qué me importan aún los dioses?

Así habló Zaratustra.

Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

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