No fue hasta el final de la tarde cuando Zaratustra, tras largo buscar en vano y deambular, volvió a su cueva. Pero cuando se hallaba frente a ella, no a más de veinte pasos de distancia, ocurrió lo que ahora menos esperaba: oyó de nuevo el gran grito de angustia. Y —¡sorprendente!— esta vez el mismo provenía de su propia cueva. Era, sin embargo, un grito largo, múltiple, extraño, y Zaratustra distinguió claramente que se componía de muchas voces: aunque, oído desde lejos, pudiera sonar como el grito de una sola boca.
Entonces Zaratustra se lanzó a su cueva, y ¡mira!, qué espectáculo le aguardaba ahora tras aquella audición. Porque todos estaban allí sentados, uno al lado del otro, aquellos junto a los cuales había pasado durante el día: el rey de la derecha y el rey de la izquierda, el viejo mago, el papa, el mendigo voluntario, la sombra, el concienzudo del espíritu, el triste adivino y el asno; pero el hombre más feo se había impuesto una corona y ceñido dos cinturones de púrpura —pues amaba, como todos los feos, disfrazarse y darse aires de hermoso. Pero en medio de esta triste compañía estaba el águila de Zaratustra, erizada e inquieta, porque había de contestar a demasiadas cosas para las cuales su orgullo no tenía contestación; pero la sabia serpiente colgaba alrededor de su cuello.
Esto todo contempló Zaratustra con gran asombro; pero entonces examinó a cada uno de sus huéspedes con afable curiosidad, leyó sus almas y se maravilló de nuevo. Entre tanto los congregados se habían levantado de sus asientos y esperaban con reverencia a que Zaratustra hablara. Pero Zaratustra habló así:
«¡Vosotros que desesperáis! ¡Vosotros, extraños! ¿Escuché así vuestro grito de angustia? Y ahora sé yo también dónde hay que buscar al que hoy busqué en vano: el hombre superior. Se sienta en mi propia cueva, el hombre superior. ¿Pero de qué me maravillo? ¿No lo he atraído yo mismo hacia mí mediante ofrendas de miel y astutos reclamos de mi bienaventuranza?»
«Pero me parece que no servís bien para la compañía: os ponéis unos a otros el corazón de mal humor, vosotros los que gritáis de angustia, cuando os sentáis aquí juntos. Primero debe venir uno, —uno que os haga reír de nuevo, un Hanswurst, un danzante, viento y salvaje, algún viejo necio: —¿qué os parece?»
«Perdonadme, pues, vosotros que desesperáis, que ante vosotros hable con palabras tan pequeñas, indignas, en verdad, de tales huéspedes. Pero no adivináis lo que vuelve a mi corazón atrevido: —vosotros mismos lo hacéis, y vuestra sola vista; perdonádmelo. Pues todo el mundo se vuelve valeroso al contemplar a uno que desespera. Dar ánimos a un desesperado —para eso se cree cualquiera suficientemente fuerte. A mí mismo me disteis esta fuerza, —un buen don, mis altos huéspedes, un regalo de hospitalidad cabal. ¡Bien, pues! No os encolericéis porque también yo os ofrezca algo de lo mío.»
«Esto aquí es mi reino y mi dominio; pero lo que es mío, por esta tarde y esta noche ha de ser vuestro. Mis animales han de serviros; mi cueva sea vuestro lugar de descanso. En mi casa y en mi hogar nadie ha de desesperar; en mi territorio protejo a cada cual de sus bestias salvajes. Y esto es lo primero que os ofrezco: seguridad. Lo segundo, en cambio, es: mi dedo meñique. Y cuando tengáis ese primero, tomad ya la mano entera; ¡bien!, y el corazón con ella. ¡Bienvenidos aquí, bienvenidos, mis amigos huéspedes!»
Así habló Zaratustra y rió de amor y malicia. Después de este saludo, sus huéspedes se inclinaron otra vez y callaron con reverencia; pero el rey de la derecha le respondió en su nombre: «Por eso, oh Zaratustra, por cómo nos ofreciste la mano y el saludo, te reconocemos como Zaratustra. Te humillaste ante nosotros; casi hiciste daño a nuestra reverencia: —¿pero quién podría, como tú, humillarse con tal orgullo? Eso nos levanta a nosotros mismos; es un refrigerio para nuestros ojos y corazones. Sólo por contemplar eso subiríamos con gusto a montañas más altas que esta montaña. Pues como espectadores vinimos: queríamos ver qué vuelve luminosos los ojos apagados. Y mira, ya ha pasado todo nuestro grito de angustia. Ya están abiertos para nosotros el sentido y el corazón, y están arrebatados. Poco falta, y nuestro valor se vuelve travieso.»
«Nada, oh Zaratustra, crece más gozoso sobre la tierra que una voluntad alta y fuerte: ésa es su más bella planta. Un paisaje entero se reconforta con un solo árbol así. Al pino comparo a quien, como tú, oh Zaratustra, crece: largo, silencioso, duro, solitario, de la mejor y más dúctil madera, magnífico —y al final extendiéndose con fuertes ramas verdes sobre su dominio, planteando preguntas poderosas a vientos y tempestades y a todo lo que es propio de las alturas, —respondiendo con más fuerza, como quien manda, como un vencedor: oh, ¿quién no subiría a altas montañas para contemplar tales plantas? Del árbol que aquí eres, oh Zaratustra, se reconforta también el sombrío, el malogrado; a tu vista el inestable se vuelve seguro y sana su corazón. Y en verdad, hoy se dirigen muchos ojos a tu montaña y a tu árbol; un gran anhelo se ha puesto en marcha, y muchos han aprendido a preguntar: “¿Quién es Zaratustra?”»
«Y a quien alguna vez le has destilado tu canto y tu miel en el oído, todos los ocultos, los solitarios, los que viven a dos, hablaron de pronto a su corazón: “¿Vive aún Zaratustra? Ya no vale la pena vivir; todo es igual, todo es en vano: o —¡debemos vivir con Zaratustra!”»
«¿Por qué no viene, él que se anunció durante tanto tiempo? Así preguntan muchos; ¿o debemos nosotros, acaso, ir hacia él?»
Ahora ocurre que la soledad misma se vuelve quebradiza y se rompe, como una tumba que se quiebra y ya no puede retener a sus muertos. Por todas partes se ven resucitados. Ahora suben y suben las olas alrededor de tu montaña, oh Zaratustra. Y por muy alta que sea tu altura, muchos han de subir hasta ti; tu barca no ha de permanecer ya mucho tiempo en lo seco. Y el que nosotros, los que desesperábamos, hayamos venido ahora a tu cueva y ya no desesperemos: sólo una señal y un presagio es de que mejores están en camino hacia ti —pues él mismo viene hacia ti, el último resto de Dios entre los hombres, esto es: todos los hombres del gran anhelo, de la gran náusea, del gran hastío, —todos los que no quieren vivir, o bien aprenden de nuevo a esperar, o bien aprenden de ti, oh Zaratustra, la gran esperanza.»
Así habló el rey de la derecha y asió la mano de Zaratustra para besarla; pero Zaratustra se resistió a su veneración y retrocedió sobresaltado, callando y como huyendo de pronto hacia lejanas distancias. Al cabo de un breve intervalo, sin embargo, ya estaba de nuevo junto a sus huéspedes, los miró con ojos brillantes e inquisitivos y dijo: «Huéspedes míos, vosotros hombres superiores, quiero hablar con vosotros en alemán y claramente. No por vosotros esperaba yo aquí en estas montañas.»
(«¿“En alemán y claramente”? ¡Que Dios se apiade! —dijo aquí, aparte, el rey de la izquierda—. Se ve que no conoce a los queridos alemanes, este sabio del Oriente. Pero quiere decir “en alemán y a lo bruto”… ¡Bien! Ese no es hoy el peor de los gustos.»)
«Podéis, en verdad, ser todos hombres superiores —prosiguió Zaratustra—; pero para mí no sois lo bastante altos ni fuertes.
Para mí: esto es, para lo inexorable que en mí calla, pero no siempre callará. Y si pertenecéis a mí, desde luego no como mi brazo derecho. Pues quien se sostiene él mismo sobre piernas enfermas y frágiles, como vosotros, quiere ante todo —lo sepa o se lo oculte— que se le trate con miramientos. Yo, en cambio, no ahorro a mis brazos ni a mis piernas, no ahorro a mis guerreros: ¿cómo podríais, entonces, servir para mi guerra? Con vosotros me estropearía toda victoria. Y más de uno de vosotros se desplomaría ya con sólo oír el estruendo de mis tambores.»
«Tampoco sois para mí lo bastante bellos ni bien nacidos. Necesito espejos puros y lisos para mis enseñanzas; sobre vuestra superficie se distorsiona aún mi propia imagen. Sobre vuestros hombros pesan muchas cargas, más de un recuerdo; más de un enano ruin se agazapa en vuestros rincones. También hay en vosotros populacho oculto. Y aunque seáis de índole alta y superior, mucho en vosotros está torcido y deforme. No hay herrero en el mundo que os martillee rectos y derechos para mí.»
«Sois sólo puentes: ¡que los más altos pasen sobre vosotros! Sois peldaños: así pues, no guardéis rencor a quien sube por encima de vosotros hacia su altura. De vuestra semilla podría crecerme también un hijo genuino y heredero perfecto: pero eso está lejos. Vosotros mismos no sois aquellos a quienes pertenecen mi herencia y mi nombre.»
«No por vosotros espero yo aquí en estas montañas, no con vosotros puedo yo descender por última vez. Como presagio vinisteis sólo a mí de que ya más altos están en camino hacia mí, —no los hombres del gran anhelo, de la gran náusea, del gran hastío, y aquello que llamasteis el resto de Dios. ¡No! ¡No! ¡Tres veces no! Por otros espero yo aquí en estas montañas y no quiero levantar mi pie de aquí sin ellos, — por más altos, más fuertes, más victoriosos, más alegres, tales que están construidos perpendicularmente en cuerpo y alma: ¡leones rientes deben llegar!»
«¡Oh huéspedes míos, vosotros extraños! ¿No habéis oído nada aún de mis niños? ¿Y de que están en camino hacia mí? Habladme de mis jardines, de mis islas bienaventuradas, de mi nueva y bella índole: —¿por qué no me habláis de eso? Este regalo de hospitalidad me pido de vuestro amor: que me habléis de mis niños. Para esto soy rico, para esto me volví pobre: ¿qué no di, qué no daría por tener una sola cosa: ¡estos niños, esta viviente plantación, estos árboles-vida de mi voluntad y de mi más alta esperanza!»
Así habló Zaratustra y se detuvo de pronto en su discurso: pues le sobrevino su anhelo, y cerró ojos y boca ante la agitación de su corazón. Y también todos sus huéspedes callaron y permanecieron en pie, quietos y sobrecogidos: solo que el viejo adivino hacía signos con manos y gestos.
Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.
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