— Y Zaratustra corrió y corrió y no encontró ya a nadie, y estuvo solo, y se encontró una y otra vez a sí mismo, y gozó y apuró su soledad y pensó en cosas buenas — durante horas. Pero hacia la hora del mediodía, cuando el sol estaba justo sobre la cabeza de Zaratustra, pasó junto a un viejo árbol, torcido y nudoso, que estaba, por el rico amor de una vid, abrazado en torno y oculto a sí mismo: de él colgaban, en abundancia, amarillas uvas hacia el caminante. Entonces le entró el deseo de apagar una pequeña sed y arrancar para sí un racimo; pero cuando ya extendía el brazo para ello, le entró todavía más el deseo de otra cosa: a saber, tenderse junto al árbol, hacia la hora del perfecto mediodía, y dormir.
Esto hizo Zaratustra; y tan pronto como yació sobre el suelo, en la quietud y el secreto de la hierba multicolor, había también ya olvidado su pequeña sed y se quedó dormido. Pues, como dice el proverbio de Zaratustra: una cosa es más necesaria que la otra. Sólo que sus ojos permanecieron abiertos: — pues no se saciaban de ver y alabar el árbol y el amor de la vid. Pero, al quedarse dormido, Zaratustra habló así a su corazón:
¡Quieto! ¡Quieto! ¿No se ha vuelto ahora el mundo perfecto? ¿Qué me sucede, pues? Como un delicado viento, invisible, danza sobre un mar entablado, ligero, pluma-ligero: así — danza el sueño sobre mí. No me cierra ojo alguno; me deja el alma despierta. Es ligero, ciertamente, pluma-ligero. Me persuade, no sé cómo; me da toques por dentro con mano halagadora, me obliga. Sí, me obliga a que mi alma se extienda: —— ¡qué larga y cansada se me vuelve, mi extraña alma! ¿Le llegó, acaso, la tarde de un séptimo día, justo a mediodía? ¿Caminó demasiado tiempo ya, bienaventurada, entre cosas buenas y maduras? Se extiende larga, larga — más larga aún; yace quieta, mi extraña alma. Demasiado bueno ha gustado ya: esta dorada tristeza la oprime, ella tuerce la boca.
— Como un barco que entró en su bahía más quieta: — ahora se apoya en la tierra, cansado de los largos viajes y de los mares inciertos. ¿No es la tierra más fiel? Como un barco tal se arrima a la tierra, se le adhiere: — basta con que una araña, desde tierra, le teja su hilo. No se necesita ahí amarra más fuerte. Como un barco tal, cansado, en la bahía más quieta: así descanso también yo ahora, cerca de la tierra, fiel, confiado, esperando, atado a ella con los hilos más sutiles.
¡Oh felicidad! ¡Oh felicidad! ¿Quieres quizá cantar, oh alma mía? Yaces en la hierba. Pero esta es la secreta, solemne hora en que ningún pastor toca su flauta. ¡Guárdate! Ardiente mediodía duerme sobre los campos. ¡No cantes! ¡Quieto! El mundo es perfecto. ¡No cantes, tú, ave de la hierba, oh alma mía! ¡Ni siquiera susurres! Mira — ¡quieto! — el viejo mediodía duerme, mueve la boca: ¿no bebe ahora mismo una gota de felicidad — — una vieja gota parda de dorada felicidad, de dorado vino? Algo pasa velozmente sobre él, su felicidad ríe. Así — ríe un Dios. ¡Quieto! —
«¡Por fortuna, qué poco basta ya para la felicidad!» Así hablé yo una vez, y me tuve por inteligente. Pero era una blasfemia: eso lo aprendí ahora. Los necios inteligentes hablan mejor. Lo más mínimo, precisamente; lo más quedo, lo más leve, lo más ligero: el crujir de una lagartija, un soplo, un husch, un parpadeo — poco hace la índole de la mejor felicidad. ¡Quieto!
— ¿Qué me sucedió?: ¡escucha! ¿Voló acaso el tiempo? ¿No caigo? ¿No caí — ¡escucha! — en el pozo de la eternidad? — ¿Qué me sucede? ¡Quieto! Me punza — ¡ay! — ¿en el corazón? ¡En el corazón! Oh, rómpete, rómpete, corazón, tras tal felicidad, tras tal punzada. — ¿Cómo? ¿No se ha vuelto ahora el mundo perfecto? ¿Redondo y maduro? ¡Oh del dorado, redondo aro — adónde vuela acaso? ¡Corro tras él! ¡Husch! ¡Quieto! — — (y aquí Zaratustra se estiró y sintió que dormía.)
«¡Arriba!», se dijo a sí mismo, «¡tú durmiente! ¡tú durmiente de mediodía! ¡Ea, arriba, viejas piernas! Es tiempo, y sobretiempo; aún os queda por detrás más de un buen trecho de camino —
ahora os habéis dormido a gusto, ¿por cuánto tiempo? ¡Media eternidad! ¡Ea, arriba ahora, mi viejo corazón! ¿En cuánto tiempo podrás, después de tal sueño — desvelarte del todo?»
(Pero entonces ya se quedó dormido de nuevo, y su alma habló contra él, y se defendió y se tendió otra vez) — «¡Déjame! ¡Quieto! ¿No se ha vuelto ahora el mundo perfecto? ¡Oh del dorado, redondo balón!» —
«¡Levántate! —dijo Zaratustra—, tú pequeña ladrona, tú ladrona del día. ¿Cómo? ¿Aún estirarse, bostezar, suspirar, caer en hondos pozos? ¿Quién eres, pues? ¡Oh alma mía!» (y aquí se asustó, pues un rayo de sol cayó del cielo sobre su rostro). «¡Oh cielo sobre mí! —dijo suspirando, y se sentó erguido—: ¿me miras? ¿escuchas atentamente a mi extraña alma? ¿Cuándo bebes esta gota de rocío, que cayó sobre todas las cosas de la tierra, — cuándo bebes esta extraña alma — — cuándo, pozo de eternidad, tú sereno y pavoroso abismo-mediodía: cuándo bebes mi alma de vuelta en ti?»
Así habló Zaratustra y se levantó de su lecho junto al árbol como de una extraña embriaguez; y he aquí que el sol estaba todavía justo sobre su cabeza. Con razón podría uno deducir de ello que Zaratustra no había dormido mucho esa vez.
Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.
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