4.9. LA SOMBRA

Pero apenas había echado a correr el mendigo voluntario, y estaba Zaratustra de nuevo a solas consigo mismo, cuando oyó detrás de sí una nueva voz, que gritaba: «¡Alto! ¡Zaratustra! ¡Ea, espera! ¡Soy yo, oh Zaratustra, yo, tu sombra!» Pero Zaratustra no esperó, pues le sobrevino un repentino fastidio ante tanto apremio y apretujamiento en sus montañas. «¿Dónde ha ido a parar mi soledad? —dijo—. Se me hace, en verdad, demasiado; este macizo hormiguea, mi reino ya no es de este mundo, necesito nuevas montañas. ¿Mi sombra me llama? ¡Qué importa mi sombra! ¡Que corra tras de mí! Yo — huyo corriendo de ella.»

Así habló Zaratustra a su corazón y echó a correr. Pero el que venía detrás de él le siguió: de modo que al punto eran allí tres los que corrían, uno tras otro; a saber: delante el mendigo voluntario, luego Zaratustra, y como tercero y último —su sombra. No corrieron así mucho tiempo, cuando Zaratustra volvió en sí de su locura y, de un tirón, se sacudió de encima todo fastidio y hartazgo. «¡Cómo! —dijo—: ¿no nos han sucedido desde siempre las cosas más ridículas a nosotros, viejos ermitaños y santos? En verdad, mi locura creció alta en las montañas. ¡Ahora oigo seis viejas piernas de necio traquetear, una tras otra! ¿Puede acaso Zaratustra temer a una sombra? También me parece, a fin de cuentas, que ella tiene las piernas más largas que yo.»

Así habló Zaratustra; y, riendo con ojos y entrañas, se detuvo y se dio la vuelta de pronto —y he aquí que casi derribó con ello a su seguidora y sombra: tan pegada le seguía ya a los talones, y tan débil estaba también. Pues cuando la examinó con la mirada, se sobresaltó como ante un espectro repentino: tan flaca, negruzca, hueca y vivida de más parecía esa seguidora. —¿Quién eres? —preguntó Zaratustra con vehemencia—. ¿Qué haces aquí? ¿Y por qué te llamas a ti misma mi sombra? No me gustas.

—Perdóname —respondió la sombra— por ser yo; y si no te gusto, pues bien, oh Zaratustra: en eso te elogio a ti y a tu buen gusto. Un caminante soy yo, que ya ha ido mucho tras tus talones: siempre de camino, pero sin meta, también sin hogar; de modo que, en verdad, poco me falta para el Judío Errante, salvo que no soy eterno, y tampoco judío. ¿Cómo? ¿He de estar siempre de camino? ¿Arremolinada por cada viento, inconstante, empujada lejos? ¡Oh tierra, te me has vuelto demasiado redonda!

En toda superficie me he sentado ya; como polvo cansado me dormí sobre espejos y vidrios de ventana: todo toma de mí, nada da, me adelgazo, — casi me parezco a una sombra. Pero tras de ti, oh Zaratustra, seguí por más tiempo, — volando y a rastras; y aunque me he escondido de ti, he sido, pese a todo, tu mejor sombra: dondequiera que tú te has sentado, me he sentado yo también.

Contigo he andado por los mundos más remotos, más fríos, como un fantasma que voluntariamente corre por encima de tejados invernales y nieve. Contigo aspiré a todo lo prohibido, lo peor, lo más remoto: y si hay en mí siquiera algo de virtud, es que no temí prohibición alguna. Contigo hice pedazos lo que alguna vez veneró mi corazón; derribé todos los mojones y las imágenes, corrí tras los deseos más peligrosos, — en verdad, pasé una vez por encima de cada crimen. Contigo desaprendí la fe en palabras y valores y grandes nombres. Cuando el diablo muda de piel, ¿no se le cae también su nombre? Ese, en efecto, es también piel. El diablo mismo es quizá — piel.

«Nada es verdadero, todo está permitido»: así me decía yo para animarme. En las aguas más frías me precipité, con cabeza y corazón. ¡Ay, cuán a menudo estuve por ello desnudo como un rojo cangrejo! ¡Ay, adónde se me fue toda bondad y toda vergüenza y toda fe en los buenos! ¡Ay, adónde fue aquella mentirosa inocencia que una vez poseí, la inocencia de los buenos y de sus nobles mentiras!

Demasiado a menudo, en verdad, seguí a la verdad pegado a sus talones: entonces me asestó un golpe en la cabeza. A veces creí que mentía, y mira, entonces sólo entonces di — con la verdad. Demasiado se me ha aclarado: ahora ya nada me concierne. Nada vive ya que yo ame, — ¿cómo habría aún de amarme a mí misma? «Vivir, como yo tengo placer, o no vivir en absoluto»: así lo quiero, así lo quiere también el más santo. Pero, ¡ay!, ¿cómo tengo yo aún — placer? ¿Tengo — aún una meta? ¿Un puerto hacia el que corre mi vela? ¿Un buen viento? ¡Ay, sólo quien sabe adónde navega, sabe también qué viento es bueno y cuál es su viento de travesía! ¿Qué me quedó aún? Un corazón cansado y descarado; una voluntad inconstante; alas de aleteo; una columna vertebral rota. Este buscar mi hogar: oh Zaratustra, ¿sabes bien?, este buscar fue mi asedio, me devora. «¿Dónde está — mi hogar?» Por eso pregunté y busco y busqué, eso no lo encontré. ¡Oh eterno en todas partes, oh eterno en ninguna parte, oh eterno — en vano!»

Así habló la sombra, y el rostro de Zaratustra se alargó ante sus palabras. «Tú eres mi sombra» —dijo al fin, con tristeza—. Tu peligro no es pequeño, tú espíritu libre y caminante. Has tenido un mal día: mira que no te venga aún una tarde peor. A inconstantes como tú, al fin hasta una cárcel les parece bienaventurada. ¿Has visto alguna vez cómo duermen los criminales encarcelados? Duermen tranquilos, disfrutan de su nueva seguridad. Guárdate de que, a la postre, no te encarcele una fe aún más estrecha, un delirio duro y severo. Pues te seduce y te tienta ahora todo lo que es estrecho y firme.»

Has perdido la meta: ¡ay!, ¿cómo vas a malbaratar y a sobrellevar esa pérdida? Con ello — has perdido también el camino. ¡Tú pobre errante, visionario, tú cansada mariposa! ¿Quieres esta tarde tener un descanso y morada? Entonces sube a mi cueva: allá arriba conduce el camino a mi cueva.

Y al presente quiero echar a correr otra vez lejos de ti. Ya yace sobre mí como una sombra. Quiero correr solo, para que vuelva a haber claridad en torno a mí. Para eso debo estar aún largo tiempo alegre sobre las piernas. Pero por la tarde, en mi casa, — ¡se baila!»

Así habló Zaratustra.

Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

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