4.8. EL MENDIGO VOLUNTARIO

Cuando Zaratustra hubo dejado al hombre más feo, tuvo frío y se sintió solo: pues muchas cosas frías y solitarias le pasaron por los sentidos, así que, por ello, también sus miembros se enfriaron. Mas, conforme seguía subiendo y subiendo —arriba, abajo—, unas veces junto a verdes prados, pero también sobre salvajes lechos pedregosos, donde acaso antaño se había tendido a dormir un impaciente arroyo, se le hizo de repente otra vez más cálido y más cordial el ánimo.

«¿Qué me ha sucedido? —se preguntó—. Algo cálido y vivo me reconforta: eso tiene que estar cerca de mí. Ya estoy menos solo; compañeros y hermanos inconscientes vagan a mi alrededor, su cálido aliento roza mi alma.»

Pero cuando miró en torno a sí y buscó consuelo para su soledad: mira, eran vacas, que en una elevación del terreno estaban unas junto a otras; su proximidad y su olor habían calentado su corazón. Estas vacas, empero, parecían escuchar con ardor a alguien que hablaba, y no prestaron atención al que se acercaba. Pero cuando Zaratustra estuvo ya del todo en su proximidad, oyó claramente que una voz de hombre hablaba desde en medio de las vacas; y era evidente que todas habían vuelto sus cabezas hacia el que hablaba.

Entonces saltó Zaratustra con ardor hacia arriba y apartó a los animales, porque temía que aquí a alguien le hubiese ocurrido algún mal, al que difícilmente podría remediar la compasión de las vacas. Pero en esto se había engañado: pues mira, allí estaba sentado un hombre en el suelo y parecía hablar a los animales, para que no hubiesen de tener temor de él, un hombre pacífico y predicador de montaña, de cuyos ojos la bondad misma predicaba. «¿Qué buscas aquí?», gritó Zaratustra con extrañeza.

«¿Qué busco aquí? —respondió él—. Lo mismo que buscas tú, alborotador: a saber, la dicha en la tierra. Pero para eso querría aprender de estas vacas. Porque, ya lo sabes, media mañana llevo hablándoles, y ahora mismo querían darme respuesta. ¿Por qué, pues, las interrumpes?»

«Si no nos volvemos y nos hacemos como las vacas, no entraremos en el reino de los cielos. Pues deberíamos aprender una cosa de ellas: el rumiar. Y en verdad, aunque el hombre ganase el mundo entero y no aprendiese esa única cosa, el rumiar: ¿de qué le aprovecharía? No se libraría de su aflicción —de su gran aflicción: que hoy se llama náusea. ¿Quién no tiene hoy el corazón, la boca y los ojos llenos de náusea? ¡También tú! ¡También tú! ¡Pero mira a estas vacas!»

Así habló el predicador de la montaña y volvió entonces su propia mirada hacia Zaratustra —pues hasta entonces estaba prendida con amor a las vacas—: pero entonces se transformó. «¿Quién es aquel con quien hablo?», gritó sobresaltado, y saltó del suelo. Este es el hombre sin náusea, este es Zaratustra mismo, el superador de la gran náusea; este es el ojo, esta es la boca, este es el corazón de Zaratustra mismo. Y, mientras así hablaba, besaba las manos de aquel a quien hablaba, con los ojos desbordantes, y se comportaba por completo como uno a quien un precioso regalo y una alhaja le caen de improviso del cielo. Las vacas, empero, contemplaban todo aquello y se maravillaban.

«¡No hables de mí, tú extraño! ¡Encantador! —dijo Zaratustra, y refrenó su ternura—, ¡háblame primero de ti! ¿No eres tú el mendigo voluntario, que una vez arrojó de sí una gran riqueza, — el que se avergonzó de su riqueza y de los ricos, y huyó a los más pobres, para regalarles su plenitud y su corazón? Pero ellos no lo aceptaron.»

«Pero ellos no me aceptaron —dijo el mendigo voluntario—, tú lo sabes bien. Así que al fin me fui con los animales y con estas vacas.»

«Ahí aprendiste —interrumpió Zaratustra al que hablaba— cuán más difícil es dar bien que tomar bien, y que regalar bien es un arte: el último, el más astuto arte-maestro de la bondad.»

«Especialmente hoy —respondió el mendigo voluntario—: hoy, en efecto, cuando todo lo bajo se ha vuelto rebelde y esquivo y, a su manera, altivo: a saber, a la manera del populacho. Pues ha llegado la hora —tú lo sabes bien— de la gran, mala, larga, lenta insurrección de populacho y esclavos: ¡esa crece y crece! Ahora subleva a los bajos todo hacer el bien y todo pequeño dar; y los riquísimos harían bien en estar en guardia. Quien hoy, como botellas barrigonas, gotea por cuellos demasiado estrechos: —a esas botellas se les rompe hoy de buen grado el cuello. Codicia lasciva, envidia biliosa, amargado rencor de venganza, orgullo de populacho: todo eso me saltó a la cara. Ya no es verdad que los pobres sean bienaventurados. El reino de los cielos, empero, está con las vacas.»

«¿Y por qué no está con los ricos? —preguntó Zaratustra, a modo de prueba, mientras contenía a las vacas, que resoplaban confiadas hacia el pacífico.»

«¿Por qué me pones a prueba? —respondió este—. Tú lo sabes aún mejor que yo. ¿Qué me empujó, pues, hacia los más pobres, oh Zaratustra? ¿No fue la náusea ante nuestros más ricos? — ante los forzados de la riqueza, que se recogen su provecho de cada basura, con ojos fríos, con pensamientos lúbricos; ante esa chusma que apesta hasta el cielo, — ante ese populacho dorado y falsificado, cuyos padres fueron rateros o aves carroñeras o ropavejeros, con mujeres solícitas, lascivas, olvidadizas: —pues a todas, en efecto, les falta poco para ser putas— ¡populacho arriba, populacho abajo! ¿Qué es hoy todavía “pobre” y “rico”? Esa distinción la desaprendí; —y entonces huí de allí, más lejos, siempre más lejos, hasta que vine a estas vacas.»

Así habló el pacífico y resoplaba él mismo y sudaba al decir estas palabras, así que las vacas se maravillaron de nuevo. Pero Zaratustra lo miraba siempre a la cara, sonriendo, mientras hablaba con tanta dureza, y sacudía a la vez, en silencio, la cabeza. «Te haces violencia, tú predicador de la montaña, cuando necesitas palabras tan duras. Para tal dureza no te crecieron la boca, ni el ojo. Tampoco —según me parece— tu propio estómago: a él se le resiste todo ese encolerizarse y odiar y desbordarse. Tu estómago quiere cosas más suaves: tú no eres un carnicero. Más bien me pareces un plantador y hombre-raíz. Quizá muelas granos. Ciertamente, empero, eres reacio a los placeres de la carne y amas la miel.»

«Me adivinaste bien —respondió el mendigo voluntario, con el corazón aliviado—. Amo la miel, muelo también granos: pues busqué lo que sabe agradable y hace puro el aliento; —y también lo que necesita largo tiempo, un trabajo de día y de boca para apacibles holgazanes y ladrones del día. Más lejos, ciertamente, lo llevaron estas vacas: se inventaron el rumiar y el tenderse al sol. También se abstienen de todos los pensamientos pesados, que inflan el corazón.»

—«¡Bien! —dijo Zaratustra—: deberías ver también a mis animales, a mi águila y a mi serpiente: no existe hoy en la tierra su igual. Mira, hacia allí conduce el camino a mi cueva: sé esta noche su huésped. Y habla con mis animales de la dicha de los animales, —hasta que yo mismo vuelva a casa. Pues ahora me llama con urgencia un grito de angustia lejos de ti. También hallarás en mi casa nueva miel, miel-oro de panal, fresca como el hielo: ¡cómela! Pero ahora despídete al punto de tus vacas, tú extraño, tú encantador, aunque te cueste. Porque son tus más cálidas amigas y maestras.»

«—Con una excepción: uno al que quiero aún más —respondió el mendigo voluntario—. ¡Tú mismo eres bueno, y mejor aún que una vaca, oh Zaratustra!»

«¡Fuera, fuera contigo, tú pérfido adulador! —gritó Zaratustra con malicia—. ¿Por qué me echas a perder con tal elogio y miel de adulación?» «¡Fuera, fuera de mí!» —gritó aún una vez más, y blandió su bastón hacia el tierno mendigo; pero este echó a correr y se alejó a toda prisa.

Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli-Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann.

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