3.6. EN EL MONTE DE LOS OLIVOS

El invierno, un áspero huésped, se sienta conmigo en casa; heladas están mis manos por el apretón de manos de su amistad. Yo honro a este áspero huésped, pero con gusto le dejo sentado a solas. Con gusto corro lejos de él; y, si uno corre bien, ¡se le escapa! Con los pies calientes y pensamientos cálidos corro hacia donde el viento está calmo, al rincón soleado de mi Monte de los Olivos. Allí me río de mi severo huésped, y aún le tengo aprecio, porque en casa me caza las moscas y acalla muchos pequeños ruidos. Pues no tolera que un mosquito quiera cantar, ni mucho menos dos; e incluso deja solitarias las callejas, de modo que la luz de la luna de noche allí tiene miedo.

Es un huésped duro, — pero yo le honro, y no rezo, como los delicados, al panzudo ídolo del fuego. ¡Prefiero aún un poco de castañeteo de dientes antes que adorar ídolos! — así lo quiere mi índole. Y especialmente soyles adverso a todos los ardorosos, humeantes y asfixiantes ídolos del fuego.

Al que amo, lo amo en invierno mejor que en verano; ahora me burlo mejor de mis enemigos, y con más brío, desde que el invierno se sienta conmigo en casa. Con brío, en verdad, aun cuando me arrastro a la cama: allí ríe y travesea mi felicidad acurrucada; ríe aún mi sueño mentiroso. ¿Yo — un rastrero? Jamás me arrastré en la vida ante los poderosos; y si alguna vez mentí, mentí por amor. Por eso estoy alegre también en mi lecho de invierno. Una cama humilde me calienta más que una rica, porque estoy celoso de mi pobreza. Y en invierno me es la más fiel.

Con una maldad empiezo cada día: me burlo del invierno con un baño frío; por ello gruñe mi severo amigo de casa. También lo cosquilleo de buen grado con una velita de cera, para que por fin deje salir al cielo de la penumbra cenicienta. Pues por la mañana soy especialmente malévolo: a horas tempranas, cuando el cubo tintinea en el pozo y los caballos relinchan calientes por las grises callejas. Impaciente espero entonces a que por fin el cielo claro se abra, el cielo de invierno de barba de nieve, el anciano, el de cabeza blanca,— — el cielo de invierno, el silencioso, que a menudo silencia aún a su sol.

¿Aprendí yo de él el largo y luminoso silencio? ¿O lo aprendió él de mí? ¿O cada uno de nosotros lo ha inventado por sí mismo? El origen de todas las cosas buenas es mil veces múltiple; todas las cosas buenas y traviesas saltan al ser por puro placer: ¡cómo habrían de hacerlo solo una vez! También el largo silencio es una buena travesura: y, como el cielo de invierno, mirar desde un rostro luminoso y de ojos redondos; — y, como él, silenciar a su sol y a su indomable voluntad solar: en verdad, este arte y esta travesura invernal las aprendí bien.

Mi más amada maldad y arte es que mi silencio aprendió a no delatarse por el silencio. Repiqueteando con palabras y dados engaño a los ceremoniosos que aguardan; a todos esos severos vigías, mi voluntad y mi propósito han de escapárseles. Para que nadie vea mi fondo y última voluntad, para eso inventé para mí el largo y luminoso silencio. A más de un sagaz encontré: velaba su rostro y enturbiaba su agua, para que nadie mirara a través de ella y hacia abajo. Pero a él, precisamente, vinieron más sagaces desconfiados y cascanueces; a él, precisamente, le pescaron su pez más oculto. En cambio, los claros, los rectos, los transparentes — esos son para mí los más sabios silenciosos: en ellos es tan hondo su fondo que ni siquiera el agua más clara lo delata.

¡Tú, de barba de nieve, cielo de invierno silencioso, tú cabeza blanca de ojos redondos sobre mí! ¡Oh tú, parábola celeste de mi alma y de su travesura!

¿Y no debo ocultarme, como quien se ha tragado oro, no sea que me rajen el alma? ¿No debo llevar zancos para que pasen por alto mis largas piernas —todos estos envidiosos y amantes del dolor que me rodean? Estas almas ahumadas, templadas de sala, gastadas, enverdecidas y agriadas —¡cómo podría su envidia soportar mi felicidad! Así, solo les muestro el hielo y el invierno de mis cumbres, y no que mi montaña aún se ciñe todos los cíngulos del sol. Oyen solo silbar mis tormentas de invierno; y no que yo también navego sobre mares cálidos, como vientos del sur anhelantes, pesados y ardientes. Todavía se compadecen de mis percances y azares; pero mi palabra dice: “dejad que el azar venga a mí: es inocente como un niño.”

¡Cómo podrían soportar mi felicidad, si no le pusiera percances, penurias de invierno, gorras de oso polar y envolturas de cielo nevado alrededor! — si no me apiadara yo mismo de su compasión, de la compasión de esos envidiosos y amantes del dolor! — si no suspirara yo mismo ante ellos, y castañeteara de frío, y, paciente, me dejara envolver en su compasión! Esta es la sabia travesura y benignidad de mi alma: que no oculta su invierno ni sus tormentas de escarcha; tampoco oculta sus sabañones.

La soledad de uno es la huida del enfermo; la soledad de otro, la huida de los enfermos.

¡Que me oigan castañetear y suspirar de frío invernal, todos estos pobres pícaros de mirada torcida que me rodean! Con tal suspiro y castañeteo aún huyo de sus estancias caldeadas.

Que me compadezcan y suspiren compasivamente por mis sabañones: “¡En el hielo del saber todavía se nos hiela!” —así se quejan.

Entretanto, corro con los pies calientes de acá para allá por mi Monte de los Olivos; en el rincón soleado de mi Monte de los Olivos canto y me burlo de toda compasión.— Así cantó Zaratustra.

Traducción desde el alemán (ed. crítica Colli–Montinari), revisada con ayuda de IA basada en arquitectura Transformer, siguiendo la segmentación de párrafos de Walter Kaufmann. 

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