2.19. EL ADIVINO

«Y contemplé una gran tristeza descender sobre los hombres. Los mejores se cansaron de sus obras. Una doctrina se difundió, una fe corrió junto a ella: «¡Todo es vacío, todo es igual, todo ha sido!» Y desde todas las colinas resonó de nuevo: «¡Todo es vacío, todo es igual, todo ha sido!» Ciertamente, hemos cosechado; pero ¿por qué se pudrieron y pardearon todos nuestros frutos? ¿Qué cayó de la luna funesta en la última noche? En vano fue todo trabajo; veneno se volvió nuestro vino; mal ojo abrasó nuestros campos y corazones, tornándolos amarillos. Secos nos volvimos todos; y si el fuego cae sobre nosotros, nos desmoronamos en polvo como ceniza: — sí, al propio fuego agotamos. Todos los manantiales se nos secaron, también el mar retrocedió. Todos los suelos quieren resquebrajarse, mas la hondura no quiere tragar. «¡Ay, dónde queda aún un mar en que poder ahogarse!» — así resuena nuestro lamento sobre pantanos rasos. En verdad, para morir ya nos hallamos demasiado cansados; y así velamos todavía y vivimos aún, — ¡en cámaras funerarias!»

Así oyó Zaratustra hablar a un adivino, y su profecía le llegó al corazón y lo transformó. Triste vagaba y cansado; y se volvió semejante a aquellos de quienes había hablado el adivino.

«En verdad —dijo a sus discípulos—, falta poco para que llegue este largo crepúsculo. ¡Ay, cómo salvaré mi luz al otro lado! ¡Que no se me ahogue en esta tristeza! Ha de ser luz para mundos más lejanos, sí, y para noches aún más remotas.»

De esta manera, afligido en su corazón, vagó Zaratustra; durante tres días no tomó alimento ni bebida, no tuvo reposo y perdió el habla. Finalmente cayó en un profundo sueño. Pero sus discípulos velaban a su alrededor en largas vigilias nocturnas, y aguardaban con preocupación que despertara, que hablara de nuevo y que se recobrara de su aflicción.

Pero este es el discurso que Zaratustra pronunció cuando despertó; su voz, sin embargo, llegó a sus discípulos como desde muy lejos.

«¡Escuchadme, pues, el sueño que soñé, vosotros, mis amigos, y ayudadme a adivinar su sentido! Todavía es un acertijo para mí este sueño; su sentido está oculto en él y aprisionado, y aún no lo sobrevuela con alas libres.»

Había renunciado a toda vida, así me parecía en el sueño. Me había convertido en vigía nocturno y guardián de tumbas, allá en la solitaria fortaleza de la montaña de la muerte. En lo alto guardaba sus ataúdes; repletas estaban las bóvedas sombrías de tales signos de victoria. Desde ataúdes de cristal me miraba la vida vencida. Respiraba el olor de eternidades polvorientas; bochornosa y polvorienta yacía mi alma. ¡Y quién habría podido allí airear su alma!

Claridad de medianoche había siempre a mi alrededor; la soledad se agazapaba a su lado; y, en trío con ellas, una jadeante quietud de muerte, la peor de mis amigas. Llevaba llaves, las más herrumbrosas de todas las llaves; y sabía abrir con ellas la más chirriante de todas las puertas. Como un áspero graznido corría el sonido por los largos corredores cuando se alzaban las hojas de la puerta; ese pájaro gritaba siniestro, a disgusto quería ser despertado. Pero más espantoso aún y opresor del corazón era cuando callaba de nuevo y todo alrededor quedaba en silencio, y yo permanecía solo en ese silencio traicionero.

Así transcurría para mí, y se deslizaba el tiempo, si es que aún había tiempo: ¿qué sé yo de ello? Pero finalmente ocurrió aquello que me despertó. Tres veces resonaron golpes en la puerta, como truenos; las bóvedas retumbaron y aullaron tres veces de nuevo: entonces fui yo a la puerta. «¡Alpa!», grité, «¿quién lleva sus cenizas a la montaña? ¡Alpa! ¡Alpa! ¿quién lleva sus cenizas a la montaña?» Y presioné la llave, y tiré de la puerta, y me esforcé; pero aún no se abría ni un dedo de ancho. Entonces un viento rugiente desgarró sus hojas y las abrió de par en par: silbando, estridente y cortante, me lanzó un ataúd negro.

Y en el rugido, el silbido y el estridor, el ataúd estalló y vomitó una risa mil veces multiplicada. Y desde mil muecas de niños, ángeles, búhos, locos y mariposas grandes como niños reía, se burlaba y bramaba contra mí. Horriblemente me asusté por ello: me derribó; y grité de horror como nunca había gritado. Pero mi propio grito me despertó, y volví en mí.

Así relató Zaratustra su sueño y luego calló, pues aún no conocía la interpretación de su sueño. Pero el discípulo al que más amaba se levantó rápidamente, tomó la mano de Zaratustra y dijo:

«¡Tu propia vida nos interpreta este sueño, oh Zaratustra! ¿No eres tú mismo el viento de estridente silbido que abre de par en par las puertas de las fortalezas de la muerte? ¿No eres tú mismo el ataúd lleno de coloridas malicias y muecas angélicas de la vida? En verdad, como risa de niños multiplicada por mil viene Zaratustra a todas las cámaras de los muertos, riéndose de esos vigías nocturnos y guardianes de tumbas y de cualquiera que haga sonar llaves lúgubres. Con tu risa los atemorizarás y derribarás; el desmayo y el despertar probarán tu poder sobre ellos. Y aun cuando venga el largo crepúsculo y el cansancio de la muerte, tú no te pondrás en nuestro cielo, oh intercesor de la vida. Nuevas estrellas nos dejaste ver y nuevas magnificencias nocturnas; en verdad, tu risa misma tendiste como un entoldado multicolor sobre nosotros. Ahora manará siempre risa de niños desde los ataúdes; ahora, victorioso, un viento fuerte vendrá siempre contra todo cansancio de la muerte: de ello eres tú mismo garante y adivino. En verdad, a ellos mismos los soñaste, a tus enemigos: ese fue tu sueño más difícil. Pero así como de ellos despertaste y volviste a ti, así también ellos habrán de despertar de sí mismos — ¡y venir a ti!»

Así habló el discípulo; y todos los demás se apretaron ahora en torno a Zaratustra, y le cogieron de las manos, y quisieron persuadirle de que dejase el lecho y la tristeza y volviese con ellos. Pero Zaratustra se sentó erguido en su lecho, y con mirada extraña. Como quien regresa a casa de una larga extranjería, posó la vista sobre sus discípulos y examinó sus rostros; y aún no los reconocía. Pero cuando lo alzaron y lo pusieron en pie, he aquí que de repente su ojo se transformó; comprendió todo lo que había ocurrido, se acarició la barba y dijo con voz fuerte:


«¡Ea! Esto ahora tiene su tiempo; pero cuidadme, discípulos míos, de que hagamos un buen festín, y en breve. Así pienso hacer penitencia por malos sueños. Pero el adivino ha de comer y beber a mi lado; y en verdad, quiero aún mostrarle un mar en el que puede ahogarse.»


Así habló Zaratustra. Pero después miró largo tiempo al discípulo que había hecho de intérprete del sueño, y entonces sacudió la cabeza.

Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

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