2.21. DE LA PRUDENCIA HUMANA

No la altura: la pendiente es lo terrible. La pendiente donde la mirada se precipita hacia abajo y la mano se alza hacia lo alto para asirse. Allí le da vértigo al corazón ante su doble voluntad. ¡Ay, amigos! ¿Adivináis acaso la doble voluntad de mi corazón?

Esto, esto es mi pendiente y mi peligro: que mi mirada se precipita hacia lo alto, y que mi mano querría sostenerse y apoyarse —¡en lo profundo! Al hombre se aferra mi querer, con cadenas me ato al hombre, porque me arranca hacia lo alto, hacia el superhombre: pues hacia allí quiere mi otro querer. Y para ello vivo ciego entre los hombres, como si no los conociera: para que mi mano no pierda del todo su fe en lo firme.

No os conozco, hombres: esta oscuridad y consolación a menudo está extendida en torno a mí. Me siento en el umbral para todo pícaro y pregunto: ¿quién quiere engañarme? Esa es mi primera prudencia humana: que me dejo engañar, para no estar en guardia contra los embaucadores. ¡Ay, si estuviera en guardia contra el hombre, ¿cómo podría ser el hombre un ancla para mi globo?! Demasiado fácilmente me arrancaría hacia lo alto y me llevaría lejos. Esta providencia pesa sobre mi destino: que debo carecer de cautela.

Y el que no quiera morir de sed entre los hombres debe aprender a beber de todos los vasos; y el que quiera permanecer limpio entre los hombres debe saber lavarse también con agua sucia. Y así me decía a menudo para consuelo: «¡Ea! ¡Arriba! ¡Viejo corazón! Una desdicha te salió mal: ¡disfruta esto como tu — dicha!»

Esta es mi otra prudencia humana: soy más indulgente con los vanidosos que con los orgullosos. ¿No es la vanidad herida la madre de todas las tragedias? Pero donde el orgullo es herido, allí acaso crece algo aún mejor que el orgullo.

Para que la vida sea grata de contemplar, su obra debe estar bien representada; y para ello son menester buenos actores. A todos los vanidosos los encontré buenos actores: actúan y quieren que se los contemple de buen grado —todo su espíritu está en este querer. Se escenifican, se inventan a sí mismos; en su cercanía amo contemplar la vida —me cura de la melancolía. Por eso soy indulgente con los vanidosos, porque son médicos de mi melancolía y me mantienen asido al hombre como a un espectáculo.

Y además: ¿quién puede medir en el vanidoso toda la profundidad de su modestia? Le tengo afecto y compasión por su modestia. De vosotros quiere aprender su fe en sí mismo; se alimenta de vuestras miradas, devora el elogio de vuestras manos. Todavía cree vuestras mentiras, si mentís a su favor; pues en lo más profundo suspira su corazón: «¡Qué soy yo!» Y si esa es la verdadera virtud, la que no sabe de sí misma, pues bien: el vanidoso no sabe de su modestia.

Pero esta es mi tercera prudencia humana: no me dejo amargar la contemplación de los malvados por vuestra pusilanimidad. Me sé bienaventurado al ver las maravillas que incuba el sol ardiente: tigres, palmeras y serpientes de cascabel. También entre los hombres hay una hermosa cría del sol ardiente y mucho digno de maravilla en los malvados.

Ciertamente, así como vuestros más sabios no me parecieron del todo tan sabios, así también encontré la maldad de los hombres por debajo de su fama. Y a menudo, meneando la cabeza, pregunté: «¿Por qué aún hacer sonar el cascabel, vosotras, serpientes de cascabel?»

En verdad, también para el mal hay aún un futuro. Y el Sur más ardiente no está aún descubierto para el hombre. ¡A cuántas cosas se las llama ya «la peor maldad» cuando no pasan de doce pies de ancho y tres meses de duración! Pero un día nacerán al mundo dragones más grandes. Pues, para que al superhombre no le falte su dragón —el superdragón, digno de él—, aún ha de arder mucho sol ardiente sobre selva primigenia húmeda. De vuestros gatos salvajes han de hacerse primero tigres, y de vuestros sapos venenosos, cocodrilos; pues el buen cazador ha de tener buena caza.

Y en verdad, ¡vosotros, buenos y justos! En vosotros hay mucho de qué reír, y especialmente vuestro miedo a lo que hasta ahora se llamó «diablo». Tan ajenos sois a lo grande en vuestra alma, que el superhombre os sería terrible en su bondad. Y vosotros, sabios y conocedores, huiríais de la quemadura del sol de la sabiduría en la que el superhombre baña con placer su desnudez. ¡Vosotros, hombres más altos que encontró mi ojo! Esta es mi duda acerca de vosotros y mi risa secreta: adivino que a mi superhombre —«diablo» lo llamaríais.

¡Ay, me cansé de estos más altos y mejores: desde su «altura» me urgía subir, salir, alejarme hacia el superhombre! Un horror me asaltó cuando vi desnudos a estos mejores: entonces me crecieron alas para volar lejos hacia futuros lejanos — a futuros más lejanos, a sures más meridionales que cuantos soñó jamás artífice alguno; allí donde los dioses se avergüenzan de todas las ropas. Pero disfrazados quiero veros, vosotros, vecinos y compañeros, y bien acicalados, y vanidosos, y dignos, como «los buenos y justos»; y yo mismo, disfrazado, quiero sentarme entre vosotros — para desconoceros a vosotros y a mí: esa es, precisamente, mi última prudencia humana.

Así habló Zaratustra.

Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

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