1.11 DEL NUEVO ÍDOLO

En algún lugar existen todavía pueblos y rebaños, pero no entre nosotros, hermanos míos: aquí hay estados. ¿Estado? ¿Qué es eso? ¡Ea, pues! Abridme ahora los oídos, porque ahora os diré mi palabra sobre la muerte de los pueblos. 

Estado se llama el más frío de todos los monstruos fríos. También miente fríamente y esta mentira se arrastra desde su boca: “Yo, el Estado, soy el pueblo.” ¡Es mentira! Fueron los creadores los que crearon a los pueblos y colgaron una fe y un amor sobre ellos: así sirvieron a la vida.

Son destructores quienes tienden trampas para muchos y las llaman Estado: cuelgan sobre ellos una espada y cien codicias.

Donde aún hay pueblo, no se comprende al Estado y se le odia como un mal de ojo y un pecado contra las costumbres y los derechos. 

Esta señal os doy: cada pueblo habla su propia lengua del bien y del mal, que su vecino no comprende. Su lengua se la inventó en sus costumbres y derechos. Pero el Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal; y todo lo que dice lo miente, y todo lo que tiene, lo ha robado. Todo en el es falso; con dientes robados muerde, el mordaz. Incluso sus entrañas son falsas. Confusión de lenguas del bien y del mal: esta señal os doy como señal del Estado. ¡En verdad, esta señal revela la voluntad de muerte! ¡En verdad, convoca a los predicadores de la muerte!

Demasiados nacen: ¡para los superfluos fue inventado el Estado! 

¡Mirad, pues, como atrae hacia si a los demasiados! ¡Como los engulle, los mastica y los remastica. “ Sobre la tierra no hay nada más grande que yo: ¡yo soy el dedo ordenador de Dios!” – así ruge la bestia. Y no solo los de orejas largas y los cortos de vista caen de rodillas. ¡Ay, también en vosotros, oh grandes almas, susurra sus sombrías mentiras! ¡Ay, él descubre los corazones ricos que con gusto se prodigan! Si, también a vosotros os descubre, Oh vencedores del viejo Dios! Os agotasteis en la lucha y ahora vuestra fatiga sirve al nuevo ídolo. Héroes y honorables quisiera el nuevo ídolo colocar a su alrededor. ¡Con gusto se solaza en el resplandor de las buenas conciencias, el monstruo frío!

Todo promete daros, si lo adoráis, el nuevo ídolo. Así compra el esplendor de vuestra virtud y la mirada de vuestros ojos orgullosos. Quiere cebar con vosotros a los demasiados. 

¡Sí, allí se inventó un artificio infernal, un caballo de la muerte, resonante con los atavíos de honores divinos! ¡Sí, allí se inventó un morir para muchos, que se jacta de ser vida! En verdad, un servicio ferviente para todos los predicadores de la muerte.

Estado llamo a donde todos son bebedores de veneno, buenos y malos; Estado a donde todos se pierden a sí mismos, buenos y malos; Estado a donde el lento suicidio de todos se llama “la vida”. 

¡Mirad, pues, a estos superfluos! Roban las obras de los inventores y los tesoros de los sabios: ‘cultura’ llaman a su robo ¡y todo se les torna enfermedad y desgracia!

¡Mirad, pues, a estos superfluos! Siempre están enfermos, vomitan su bilis y lo llaman periódico. Se devoran unos a otros y ni siquiera pueden digerirse.

¡Mirad, pues, a estos superfluos! Adquieren riquezas y se tornan más pobres con ellas. Ansían poder, y ante todo la palanca del poder, mucho dinero, – ¡esos incapaces!

¡Miradlos trepar, estos ágiles monos! Trepan unos sobre otros y así se hunden en el barro y el abismo. Todos ansían llegar al trono: ¡es su locura, como si la felicidad se sentara en el trono! A menudo el barro se sienta en el trono, y a menudo también el trono descansa en el barro. ¡Todos me parecen locos, monos trepadores y fanáticos ardientes! ¡Fétido me parece su ídolo, el monstruo frío! ¡Fétidos me parecen todos juntos, estos idólatras!

¡Hermanos míos, queréis acaso asfixiaros en los vapores de sus bocas y codicias! ¡Mejor romped las ventanas y saltad al aire libre!

¡Huid, pues, de los fétidos olores! ¡Alejaos de la idolatría de los superfluos!

¡Huid, pues, de los fétidos olores! ¡Alejaos del vaho de estos sacrificios humanos!

¡Aún ahora la tierra está libre para las grandes almas! Todavía hay muchos lugares vacíos para solitarios y para los que van de a dos, alrededor de los cuales flota el aroma de mares serenos.

¡Todavía está abierta a las grandes almas una vida libre! En verdad, quien poco posee, menos es poseído: ¡bendita sea la modesta pobreza!

Allí donde el Estado termina comienza por fin el hombre que no es superfluo: ¡allí comienza el canto del necesario, la melodía única e irremplazable!

Allí donde el Estado termina, ¡mirad, pues, hermanos míos! ¿No veis el arcoíris y los puentes del superhombre?

Así hablo Zaratustra.

Traducción revisada con asistencia de IA basada en la arquitectura Transformer. Edición orientada por el texto alemán (Colli y Montinari) y la división estructural de Walter Kaufmann.

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